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viernes, 26 de enero de 2018

I've written a letter to daddy...


El drama y el sadomasoquismo intiman y conviven a la perfección en esta historia con tintes góticos de terror. What ever happened to Baby Jane?, estrenada en 1962 y dirigida por el controvertido Robert Aldrich, reunió a dos viejas glorias del Hollywood dorado: la invencible Bette Davis y a la diva sin complejos Joan Crawford, dos de las actrices más aclamadas en el cine de los años 30 al 50 e incluidas entre la lista de las diez mejores actrices de todos los tiempos.


Vivían en el eclipse de sus carreras, damas del cine destinadas al silencio del olvido, triste final para dos luchadoras natas contra un sistema que fulmina sin dolor a lo que deje o parezca dejar de ser un surtidor de millones de dólares. Si eres mujer, envejeces con más crueldad aún.
Pero cuando una vieja gloria ha vivido en el cielo, parece difícil anticiparse y activar el “abandona antes de que te abandonen”. Nueve días después del final del rodaje de ¿Qué fue de Baby Jane? Bette Davis publicó un anuncio homérico en la revista Variety, que por supuesto ha pasado a la historia de las grandes anécdotas del cine.

Así se las gastaba Bette. Curioso, ¿no?

Era la primera vez que estas dos actrices compartían escenario, y les perseguía la historia de una rivalidad que resultaba además perfecta para excitar la imaginación calenturienta de prensa y público. Morbo añadido que benefició a la película. Dieron (cuenta la leyenda), muchos quebraderos de cabeza, sobre todo por sueldo y beneficios comparativos, pero las escenas se tejían con sentimientos reales que ambas experimentaban una contra la otra.


Es de las pocas películas que se nos entrega con dos prólogos antes del arranque de la historia.

Situémonos: El primero nos hace vivir un viaje en el tiempo hasta 1917, un flashback que nos convierte en espectadores de un teatro infantil donde una niña con tirabuzones dorados canta y baila acompañada por su padre (de catadura moral más que dudosa y cegado por la avaricia) ante un público entregado que disfruta y se enternece con una de las canciones estrella de la pequeña Jane: I’ve written a letter to daddy.

Julie Alfred interpreta el papel de Baby Jane niña

Esta canción se va a convertir, junto con otros elementos, en un vínculo eterno ligado a un pasado de esplendor durante el desarrollo de la historia, retorciéndose en una melodía desagradable, que nos introducirá de lleno en la mente de una enajenada Baby Jane. Mientras ella triunfa, es observada entre bambalinas por su madre y su hermana mayor. La primera, con una mezcla de sentimientos en su rostro apagado: con trazas de orgullo y al mismo tiempo triste y resignado; la otra, con una mirada oscura y penetrante colmada de hartazgo, celos y sed de venganza acumulada.

Gina Gillespie se introduce magistralmente en el papel de Blanche Hudson de niña

Aparece otro recurso visual de peso: la imagen de una muñeca que es la reproducción de Baby Jane, que nos acompañará durante el resto de la película aportando siempre la unión a la estela de un pasado ajado que evolucionará hasta un presente macabro y envuelto en horror. Los muñecos han formado parte del universo infantil, contagian el espíritu mágico del niño, aunque a veces se conviertan más en una conexión perpetua que no permiten olvidar pasajes de nuestra historia aunque estén envueltos de una toxicidad asfixiante.


Este primer prólogo termina con la discusión entre padre e hija por un helado, la contestación tirana y maleducada de Jane y el desprecio más absoluto del progenitor por su otra hija.

Dave Willock interpreta a Ray Hudson, el padre

Entre sollozos y confesiones de madre e hija, Blanche decide no olvidar sus palabras. Las grabará en su mente hasta el final de sus días.

Anne Barton es la madre de las Hudson

El segundo prólogo nos lleva hasta 1935. El mundo ha girado 180 grados empujado ¿por el azar o el destino? Eterno dilema. Blanche es ahora la que triunfa, la estrella de moda, rica y poderosa, alabada por el público y por una industria que le consiente todo por ser un buen producto comercial. Mientras culmina su objetivo, todo el mundo es testigo del declive de su hermana, no solo en lo profesional sino en lo personal, abocada a un abismo que irá recorriendo durante la cinta. Acaba con la escena de un misterioso accidente, entre gritos y sollozos, en el que únicamente se encuentran las dos hermanas. Y la imagen de una muñeca con el rostro destrozado, preludio del destino final de las hermanas Hudson.


Y ahora comienza nuestra verdadera historia...

*************

Me llamo Blanche Hudson. Vivo atada a una silla de ruedas y confinada en el primer piso de una casa que sólo alberga oscuridad y desesperanza. Comparto agonía y espacio con mi hermana Jane. Condenadas a permanecer juntas.
 
Joan Crawford como Blance Hudson

Hoy he vuelto a sonreír: han repuesto una de mis antiguas películas en la televisión. Es algo nuevo para mí. Entrar en las casas de mis antiguos fans es algo que me da el único aliento en una vida que solo proporciona una rutina injusta y desmedida. He visto una escena que se quedó corta... ¡Así lo dije! Pero sigue siendo una buena película...
Toco insistentemente el timbre. La he escuchado hablar con alguien, pero ya oigo sus pasos, rotundos, que suben por la escalera. Depender de ella y de sus sentimientos es algo que me produce angustia a diario. Aunque sé que ella también depende de mí. Nos conocemos bien. Somos hermanas. Vivimos en una espiral de vinculación mutua en la que ya sólo muestra ira hacia mí. Ella me hiere y yo lo consiento porque recuerdo las palabras de nuestra madre y no me permito olvidarlas.
No puedo borrar lo que mi hermana hizo por mí en los primeros años. Jamás. La he cuidado desde entonces, incluso en mi contrato. Por cada película que yo hacía, ella también tenía su oportunidad, aunque era una verdadera pena que el público ya no se interesase por ella. Pero yo no tenía la culpa. Bebía mucho.
Sólo me queda el consuelo de Elvira, nuestra asistenta. El único ser humano que se preocupa por mí y con la que quiero vivir cuando nos mudemos, a pesar de casi exigirme que busque un lugar para mi hermana donde pongan tratamiento a su trastorno. Elvira piensa que ha empeorado en este último mes.

Maidie Norman es Elvira, la asistenta

Aunque yo quiero estar segura de que hago lo más conveniente para ella... He de comunicarle que la casa debe venderse, no tenemos dinero y no encuentro el modo de conseguirlo. La noto cada vez más irascible y agresiva hacia mí. Oigo como canta esa antigua canción que no logra sacar de su enajenada cabeza y sus horrorosos gritos. Ha vuelto Baby Jane.
Estoy incomunicada. El teléfono no funciona. He pensado en pedir ayuda a nuestra vecina. Escribiré una nota explicándole mi desesperada situación para que avise al doctor y le rogaré que no se entere mi hermana. Lanzo al mundo lo que puede ser mi única salvación.


Todo ha salido mal y desde entonces empiezo a pagar las consecuencias. El miedo me atenaza. Moriré de hambre si sigue jugando conmigo de forma tan macabra. No me atrevo a probar bocado. Su crueldad no tiene límites.


Ya no depende de mí. Creo que por fin se va a atrever a vivir sola.

*************

Me llamo Jane Hudson. Baby Jane para mi público. Siempre atraje la atención de la gente. Tenía el público a mis pies; llenaban teatros sólo para verme y escucharme. Para mi padre era un objeto valioso, pero para mi hermana sólo era un ser aborrecible, siempre me ha envidiado. En un momento de nuestras vidas las cosas comenzaron a irle bien a ella (desconozco el motivo) y, por el contrario, los productores se olvidaron de mí. Una fatídica noche marcó nuestro destino. Sólo recuerdo mis llantos y mis gritos.

Bette Davis como Jane Hudson

Ahora que Blanche Hudson ha regresado a la pantalla, reponiendo sus películas, es de justicia que también Baby Jane vuelva a sus días de gloria. Sé que tengo una oportunidad para recuperar lo que fui, ahora que mi hermana va a dejar de ser un estorbo. Necesito un trago. Mi hermana piensa que la necesito, pero está muy equivocada. No sabe lo equivocada que está.
Canto mi canción favorita a solas, y recito lo que mi padre me enseñó:
Cuando soy una niña obediente
y no hago ninguna travesura,
mamá dice que soy un ángel
y papá que soy una hermosura.
Pero cuando me vuelvo mala
y soy respondona y descarada,
mamá dice que soy un diablillo
y papá que no le gusto nada.
Que ustedes me expliquen desearía
porque yo soy una niña todavía.


Mi hermana tiene un plan para mí: vender la casa y buscar un sitio tranquilo donde poder cuidarme. Pero se arrepentirá: no venderá esta casa ni saldrá de ella tampoco. He puesto un anuncio en el periódico para encontrar un pianista que me acompañe en todas mis actuaciones, y volveré a brillar como una estrella a su pesar. Elvira, la asistenta, se está convirtiendo en un obstáculo. Le he dado unos días libres, pero ha vuelto para desbaratar mis planes, así que he tenido que poner remedio y hacerla callar. Se ha presentado en casa un pianista.

Victor Buono es el pianista Edwin Flagg

Cualquiera diría que es un fracasado y no tiene donde caerse muerto, pero me podría servir para resucitar a Baby Jane.


Sin embargo, también ha resultado ser un entrometido, curioseando donde nadie le llamaba. Ha conocido a una moribunda Blanche Hudson amarrada en su cama y... Ya no tengo otra opción que huir con mi hermana. Siempre juntas, hasta el final.


Hemos llegado a la playa. No puedo más y tengo que soltar a mi hermana sobre la arena. Entonces ella, con un hilo de vida, me dice: «He amargado tu vida haciéndote creer que había sido culpa tuya. Yo la tuve. Tú no conducías esa noche. Estabas borracha y te dije que abrieras la verja. Yo aceleré pero te echaste a un lado. Fuiste tan cruel en la fiesta imitándome y haciendo reír a todo el mundo que sólo quería aplastarte. Entonces no eras fea, yo te hice fea. Hasta eso hice.»





Por Mª Ángeles Lorente
Gracias a Zinefilaz por permitirme colaborar en este maravilloso blog.
Me despido de ellas y de vosotros, aunque las seguiré como hasta ahora.
Hasta que el tiempo nos encuentre.

viernes, 9 de diciembre de 2016

Florence Lawrence


Florence Lawrence (1886-1938) fue una actriz de Hollywood considerada la primera estrella de cine, ya que fue la primera intérprete que consiguió que su nombre apareciera en los títulos de crédito de los filmes. Actuó en casi 300 películas y, además, fue propietaria de una productora, empresaria y mujer de negocios, coleccionista de automóviles e inventora de los intermitentes y las luces de freno. Lawrence se divorció tres veces, se suicidó a la edad de 52 años y hoy reposa en el Hollywood Forever Cemetery.


The Biograph Girl

Florence Lawrence nació en Canadá. Su padre era fabricante de carros y su madre, inventora, empresaria, actriz y directora de su propia compañía de teatro. Ella heredó las profesiones de ambos y se dedicó, como veremos, a los automóviles, los inventos, los negocios y  la interpretación. Pero, claro, si está aquí, en Zinéfilaz, es porque se la considera una de las personas más influyentes de los primeros años de Hollywood y porque protagonizó cambios decisivos en la historia de la industria del cine.

A los tres años, en Canadá, debutó sobre un escenario, junto con su madre, en una producción de la compañía Lawrence, la empresa familiar.  A los diez ya pasó al cine y comenzó una carrera veloz que la llevó de contrato en contrato y de estudio en estudio, de manera que, a los doce, ya trabajaba para la productora Biograph por 25 dólares semanales. Llegó a trabajar con D.W. Griffith en papeles clásicos como Julieta o Cleopatra; sin embargo, nadie sabía cómo se llamaba; para el gran público, Florence Lawrence era “la chica de la Biograph”.


El estrellato

En los primeros años del cine en los títulos de crédito de las películas no figuraban  actores, directores ni productores, a pesar de que los fans inundaban los buzones de los estudios con cartas en las que preguntaban por los nombres de sus ídolos. Las corporaciones que dominaban la industria temían que, si revelaban las identidades de actrices y actores, estos demandarían salarios más altos. Y sus peores presagios se hicieron realidad.

En 1909 Lawrence firmó un nuevo contrato con Independent Moving Pictures, cuyo ejecutivo, Carl Laemmle, apostó por el poder del estrellato e ideó todo un montaje para promocionar a su reciente fichaje.

A principios de 1910 hizo que un periódico difundiera la noticia de la muerte de Lawrence, atropellada por un tranvía, para poco después anunciar que estaba viva y que iba a protagonizar su próximo film. Organizó una comparecencia pública de Lawrence en St. Louis: la estrella en ciernes llegó en tren a la estación de la ciudad y la multitud que la esperaba fue mayor que la que pocos días antes había recibido al mismísimo presidente de los Estados Unidos. Lawrence declaró: “Me resulta muy extraño que tantas personas se hayan congregado para dar la bienvenida a alguien a quien no conocen, a quien solo han visto en las películas”. ¡Oh, qué dulce mundo, ajeno al estrellato y a la celebridad!


Hay vida tras las estrellas

Lawrence fue, pues, la primera persona cuyo nombre apareció en los títulos de crédito de los films. Eso sucedió, como decimos, en 1910, con Independent Moving Pictures, donde Lawrence protagonizó unas 50 películas en menos de un año, porque a finales ya había firmado con otra productora y dos después, en 1912, creó su propio estudio: Victor Company. De hecho, Lawrence fue una de las primeras mujeres de Hollywood que estuvo al frente de una productora.

Aunque parezca mentira, toda esta intensa actividad profesional le dejaba tiempo para sus aficiones y una de ellas eran los automóviles: no es casualidad que su padre hubiera sido fabricante de carros, que su primera película, en 1906, hubiera sido “Los ladrones de coches” (“The Automobile Thieves”) y que su segundo marido fuera vendedor. Además de disfrutarlos, Lawrence también quiso mejorarlos e inventó un par de artilugios indicadores que luego se convirtieron en las señales de giro y de freno. Nunca los patentó, así que la industria de la automoción se apoderó de ellos y de los beneficios que generaron.


Ocaso

En 1915, cuando otras estrellas del celuloide, como Mary Pickford o Charles Chaplin,  empezaban a hacerle sombra, Lawrence sufrió un grave accidente durante un rodaje: un incendio provocado para la ficción que se les fue de las manos la obligó a permanecer en cama durante meses, acabó con su matrimonio y le dejó enormes secuelas psicológicas.

Su carrera en el cine, por supuesto, también se resintió, así que, con su segundo marido, invirtió en una línea de cosméticos y, con su madre, Lotta Lawrence, también inventora, patentó y comercializó un modelo de limpiaparabrisas.

Su segundo marido la abandonó por otra, lo intentó una tercera vez con un alcohólico maltratador y, claro, fue un desastre que por fortuna solo duró cinco meses.

En 1936 filmó su última película con la Metro por 75 dólares a la semana y comenzó a padecer una extraña enfermedad de los huesos.


Y final

En 1938, tres días después de Navidad, Lawrence se desayunó un batido de furmicida con jarabe para la tos. Dejó una nota que decía “Estoy cansada. Espero que esto funcione”. Y funcionó.


Lawrence fue entrerrada en una fosa que permaneció anónima hasta 1991, cuando, según unas fuentes, un actor británico desconocido y, según otras, Roddy McDowall, trasladó sus restos al Hollywood Forever Cemetery y le colocó una lápida con este epitafio: “Florence Lawrence, la primera estrella de cine”.

Noemí Pastor

viernes, 20 de enero de 2012

Hermanas irreconciliables


Curioseando por el admirable trabajo hecho por las zinéfilas  y, leyendo sobre los óscars, recordé algo. Un cotilleo con visos de leyenda urbana. Un chascarrillo similar a aquellos publicados por Kenneth Anger en sus celebrados dos tomos de Hollywood Babilonia. Tampoco llega a la rivalidad-antagonismo enfermizo de Nino y Bruno, personajes de la película fetiche Muertos de risa de Álex de la Iglesia, pero no le va tampoco tan a la zaga. Se dice que estas hermanas, la última vez que se dirigieron alguna fría palabra fue en el funeral de su madre en 1975.

Es la historia de las hermanas De Havilland-Fontaine. Dos nonagenarias que llevan tres cuartas partes de su vida sin dirigirse la palabra. Dice la leyenda urbana que su longevidad se debe a la insana rivalidad que mantienen desde la época de esplendor de los grandes estudios. Es la historia de dos hermanas muy mal avenidas y siempre rivales. Y, aunque cotilleo, no deja de ser parte de la historia del cine, porque ellas son historia viva del cine.

 Rencillas familiares aparte, posan para la foto.

Los padres de las hermanas Havilland-Fontaine eran británicos. Tan británicos como los cuervos de la torre de Londres. El padre era abogado y ejercía en Japón. La madre había sido actriz, profesión que dejó atrás para convertirse en esposa y madre. No es que fuera una familia muy amorosa. Los padres , casados en 1914,andaban a la gresca, y la mamá Havilland, aprovechando la delicada salud de sus hijitas, se largó con viento transoceánico y se instaló en California, donde las niñas crecieron al calorcito de la floreciente industria cinematográfica. Corría el año 1919. Las niñas llevaron una infancia y adolescencia tranquilas, a pesar de que su madre volvió a casarse y el infortunado padrastro no gozaba de las simpatías  de las niñas. Lo único reseñable es que como Olivia, la hermana mayor, comenzó su carrera fílmica con su apellido, Joan, la menor, adoptó el apellido que había recaído en su madre por matrimonio, y así Fontaine figuró en los títulos de crédito.

La hermana mayor:
 

Olivia de Havilland nació el 1 de julio de 1916 en Tokio, Japón. A los tres años, junto a su hermana, quince meses más joven y a su madre, se establecen en la soleada California, como antes se dijo. En su época de estudiante se hallaba actuando en el sueño de una noche de verano, de Shakespeare, cuando la vio Max Reinhardt, productor y director de cine de origen judío y centroeuropeo, de esos como tantos otros se largaron a la primera de cambio de régimen de la vieja Europa en cuanto Hitler asomó su ridículo bigotillo por la cancillería del Reich. Max Reinhardt le dio su primer papel en el cine, y así la contrataron en los estudios de la Warner, en la época en que los actores quedaban encadenados con bola y pesados eslabones a los dueños de aquellos lugares. La emparejaron junto a la gran estrella masculina del momento de la casa, que no era otro sino el libertino tasmano Errol Flynn, protagonista indiscutible de filmes de aventuras. Así Olivia pasó a ser la “chica” del acróbata aventurero que interpretara Flynn. Concretamente hicieron siete películas, ella en el mismo papel, daba igual que fuera lady Marian, que una joven perdida en el barco pirata del capitán Blood o una decimonónica esposa de patán con galones que a fuerza de masacrar nativos americanos acaba palmando con las botas puestas en la batalla de Little Big Horn.

En el año 39 filma uno de las películas más famosas de toda la historia, haciendo el papel de Melanie Hamilton en lo que el viento se llevó. Película de la que se ha hablado y se hablará toda la vida. Se dice que se tardó tres años en encontrar una Scarlett O’Hara  en condiciones, y que Joan Fontaine , que ansiaba hacerse con el papel, consiguió una audición para Melanie. Dice la leyenda que Joan Fontaine rechazó el papel afirmando que si querían una pavisosa para el rol, llamaran a su hermana. Y, sí, Olivia se lo quedó y fue nominada a los Óscars como secundaria, premio que se llevó Hattie MacDaniel con toda justicia por representar a la Mamie negra que cuida de Scarlett.

 El papel secundario que la llevó muy alto.

La hermana menor:

Joan Fontaine nació el 22 de octubre de 1917. Con quince meses de diferencia entre las hermanas de Havilland, siempre hubo rivalidad, cosa que se agudizó al convertirse en adultas y rivales. Muy joven aparece en su primera película en la RKO, estudios para los que queda contratada en pequeños papeles a la sombra de Fred Astaire y Ginger Rogers, entre otros.  Una noche coincide con el productor David O. Selznick, que acaba de producir lo que el viento se llevó, y comienzan a hablar de una novela de Daphne du Maurier que O. Selznick piensa llevar al cine de la mano del director británico Hitchcock. Impresionado el productor ante la preparación de la joven, pide a Joan Fontaine que se presente a las pruebas para protagonista, y así Joan Fontaine se hace con el papel principal de Rebeca junto a Lawrence Olivier y la inquietante Judith Anderson como señora Danvers. Es la primera película de Hitchcock en los EEUU. Joan Fontaine, su primera rubia americana-aunque fuera inglesa- con boquilla, está estupenda como chica atemorizada, en parte porque Lawrence Olivier, que era un pequeño cabroncete, deseaba echar a la pobre Joan para que su papel se lo quedara su chica, Vivian Leigh, así que se dedicó a maltratar a la pobre Joan, cosa que Hitchcock aprovechó para sacarle todo el jugo interpretativo. Los Óscars favorecieron a sir Olivier y a Judith Anderson, y Joan no pasó de la merecida nominación. Aunque en España siempre será recordada porque sus chaqueticas de punto de niña buena se llaman “rebeca”, como la peli, como el personaje fantasma de la primera mujer del viudo Olivier, ya que, por lo que se refiere a la segunda esposa, tanto en el libro como en el film, a pesar del protagonismo, carece de nominativo.

 La segunda señora de Winter acongojada por la sra. Danvers.

Los problemas entre las hermanas se agudizaron al año siguiente, cuando las dos eran candidatas al Óscar como mejor actriz: Olivia por Si no amaneciera de Mitchell Leisen, y Joan por Sospecha de Hitchcock. Se cuenta que Olivia de Havilland se ofendió una barbaridad cuando Joan Fontaine , la ganadora, le hizo el feo de rechazar su felicitación mientras subía a recoger el trofeo. Parece ser que ni la miró al cruzarse con ella. Otra puñalada más en su azarosa relación. Joan fue nominada una tercera vez a los premios hollywoodienses, en 1943 por su papel en la ninfa constante. Por su parte, Olivia de Havilland, después de ver frustradas sus dos candidaturas anteriores, se hizo por dos veces con el galardón, en 1946, por Vida íntima de Julia Norris, y en 1949 por la heredera, además de ser nominada en 1948 por Nido de víboras.

 Joan Fontaine mejor actriz por Sospecha.

Las hermanas seguían sus vidas sin hablarse, Olivia, además, plantándole cara a la política de los estudios, pues consideraba que la Warner le daba papelitos sosos y les puso un pleito, que ganó, con lo que muchos actores le estuvieron agradecidos pues podían hacerse cargo de sus carreras sin que los estudios mangonearan debido a lo que habían firmado al contratarlos.  Olivia, además, después de rodar en la Europa en reconstrucción de los años 50, se estableció en Francia, por matrimoniar con un galo, donde sigue habitando, mientras su hermana continúa residiendo en California. Ambas hace años que están alejadas tanto del cine como de la televisión. Como ya he mencionado antes, su última enganchada fue con motivo del funeral de su madre, pues las dos se acusan mutuamente: Joan de no ser avisada por parte de Olivia y Olivia de que Joan rechazó el aviso, aduciendo mucho trabajo. En fin, puede que sea la fuente de su longevidad, quién sabe, pues no falta quien dice que si continúan vivas es por la secreta felicidad de sobrevivir a la otra.

 
 Olivia ganadora por la heredera.

Un último curioso apunte en esta pequeña joya del cotilleo hollywoodiense de los años dorados. Olivia de Havilland fue Lady Marian junto al impagable marido de bisexuales y alcohólico reconocible Errol Flynn en el año 1938,

Lady Marian y Robin Hood.

y Joan Fontaine tuvo un papel de la misma época y lugar cuando se convirtió, en 1952, en la Lady Rowena de Ivanhoe, novela de Walter Scott, donde aparece fugazmente Robin de los bosques, aunque el prota lo encarnara Robert Taylor, y el papel de Rebecca, la judía, lo bordara Elizabeth Taylor. Por cierto, y para ser mala del todo, por si alguien tiene en mente la voz que dobló a la Taylor en esta película, que es la misma chirriante y desagradable que dobló a Olivia en lo que el viento se llevó, en la versión de la España más franquista. ¿Alguien no recuerda esa voz chillona y ñoña? ¡Qué repelús!

 
Lady Rowena y Rebecca


viernes, 30 de diciembre de 2011

Harry d'Arrast: un vasco en Hollywood

De ilustre familia vascofrancesa, Harry d'Arrast trabajó en Hollywood con Chaplin, dirigió ocho películas, se enemistó con todos los productores de la época y se retiró a su castillo francés como un noble arruinado.  Os cuento su historia.

Casi un aristócrata
Su nombre completo era Henri d'Abbadie d'Arrast, pero lo acortó y americanizó para ser Harry d'Arrast. Nació en una familia ilustre del País Vasco francés. Su tío abuelo, Antoine d'Abbadie, fue presidente de la Academia de Ciencias de París y a tal institución legó su castillo, el Chateau Abbadie, todavía en pie en Hendaya. Su abuelo, Jean Charles d'Abbadie, compró el castillo de Etxauz, también en pie hoy en día en Saint-Etienne de Baigorri, muy cerca de Biarriz. El castillo es hoy un hotel que muestra orgulloso las habitaciones en las que durmieron ilustres huéspedes del Hollywood de los años veinte y treinta.

 El castillo de Etxauz, hoy hotel

El padre de Harry, Arnaud Michel d'Abbadie, ingeniero, se casó con la dama inglesa Katherine Taylor y se trasladó a vivir a Argentina. Allí, en Buenos Aires, en 1897, nació nuestro hombre.
Ya hecho un muchacho, estudió arquitectura en París y en Inglaterra. Combatió en la Primera Guerra Mundial, lo hirieron y lo condecoraron.
Regresó luego a París y allí conoció al director americano George Fitzmaurice, quien le habló del floreciente negocio del cine en California. Harry se lió la manta a la cabeza y dejó Europa.

Harry goes to Hollywood
Nada más llegar a Hollywood trabó contacto con lo más selecto. La primera oportunidad se la dio Gloria Swanson, así que comenzó a trabajar en dos películas de la diva dirigidas por San Wood: como asesor en The Impossible Mrs. Bellew (1922) y como actor de reparto en My American Wife (1923).
Luego Harry trabó amistad nada más y nada menos que con Charlie Chaplin. Cuenta Cabrera Infante que Chaplin, que era “un vulgar cockney de Londres” (lo dice Cabrera Infante, no yo) y no había visto a un aristócrata vascofrancés en su vida, se entusiasmó con Harry y lo contrató como asesor técnico en Una mujer de París, “para que alguien le dijera cuál era la diferencia entre un tenedor y un cuchillo de pescado”. Harry también fue ayudante de dirección en La quimera del oro y colaboró con Chaplin en otras dos pelis más.
 D'Arrast y Chaplin en el rodaje de La quimera del oro

Después de esto, se lanzó a dirigir. Su carrera como director fue breve (de 1927 a 1934) y tormentosa, pero suficiente para filmar unas cuantas películas. La primera fue Service for Ladies (1927) y luego vino A Gentleman of Paris (1927), que puede considerarse una secuela de Una mujer de París, de Chaplin, pues, además, estaba protagonizada también por Adolphe Menjou. Luego filmó Serenade (1927), también con Menjou, y The Magnificent Flirt (1928). A continuación vino su primera sonora, Dry Martini (1928), con Mary Astor, y luego Raffles (1930).
Su obra maestra fue Laughter  (1930), que Cabrera Infante define como “la primera comedia loca americana” y todo el mundo equipara con lo mejor de Ernst Lubitsh. Es un film, protagonizado por Nancy Carroll y Fredric March, lleno de encanto y elegancia, cinismo y sofisticación, con un inteligente guion y una perfecta puesta en escena.
Lo último que rodó en Hollywood fue Topaze (1933), con John Barrymore y Myrna Loy.

¡Ese carácter!
Las peculiaridades de su familia le dieron a Harry un carácter especial. Venía de un entorno distinguido, de una cultura anglosajona, sabía idiomas, estudió arquitectura… Era un tipo encantador, pero muy orgulloso, mordaz e irascible, y no consiguió jamás llevarse bien con los productores.
Fue sonada, por ejemplo, su enemistad con Chaplin, hasta el punto de que este lo borró de los títulos de crédito de la nueva versión de La quimera del oro en 1942.
Algo parecido le sucedió con Raffles en 1930: después de rodar gran parte de la peli, se enfrentó con Samuel Goldwyn y este sustituyó a Harry por su viejo amigo George Fitzmaurice.
Después de filmar Laughter se enemistó también con Irving Thalberg y se tuvo que retirar durante una temporada a su castillo de Etxauz. Regresó a Hollywood, comenzó a dirigir una nueva peli y se peleó también con Joe Shenck, quien le obligó a abandonar el proyecto.
Con el productor de Topaze, David Selznick, parece que también tuvo algún enfrentamiento el bueno de D’Arrast.
 
A España, a Francia y a Montecarlo
Como en Hollywood, al parecer, ya no lo soportaba nadie, marchó a España. Para entonces D’Arrast ya estaba emparejado con Eleanor Boardman, prestigiosa actriz que anteriormente había trabajado y matrimoniado con King Vidor. 

Harry con Eleanor Boardman

En España él dirigió y ella protagonizó La traviesa molinera (1934), adaptación de El sombrero de tres picos, de Pedro Antonio de Alarcón.
La película fue un fiasco y Harry, tras intentar frustradamente volver a Hollywood, se retiró a su castillo francés, desde donde se trasladaba a menudo a Montecarlo, a cultivar otra de sus pasiones: el juego. Con su carrera, acabó también su matrimonio con Boardman.
Harry murió en Montecarlo, como los nobles decadentes, completamente olvidado, mientras ardía París, en 1968. Está enterrado, sin embargo, en Etxauz, en el cementerio del pueblo, donde se puede visitar su tumba familiar.

Y con esta entrada un poco triste, se despide y os desea feliz año vuestra amiga

Noemí Pastor