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viernes, 4 de diciembre de 2020

Vascos luciendo boina en el oeste ("El desfiladero de la muerte", 1959)

Hace tiempo,  en aquellos años en que no había tanto comercio on line, y para ver pelis interesantes fuera de los aburridos circuitos comerciales habituales, o para poder degustar pelis viejas, había que recurrir a descargas por la mula y similares. Así adquirí películas conocidas, no tan conocidas y otras joyitas ignotas. Entre ellas estaba, no en la última categoría precisamente, “el desfiladero de la muerte”, aunque en la descarga poseía el subtítulo “la de los vascos”. 

Jacques Bergerac lanzando piedras a los indios.

Y es que esta es una película del oeste donde los pioneros son unos vascofranceses decimonónicos cuya obsesiva idea es llegar a California para enriquecer el valle de Napa a base de variedad de vino que, por lógica, aunque la peli no lo dice, debe de ser vino de Irulegi (d.o.p.)Los gabachos le dicen “Irouleguy”. Por cierto, volvemos a encontrarnos con esa manía tan española de cambiar el título de la cinta que se llama "thunder in the sun" (Trueno en el sol) por "el desfiladero de la muerte", sí, suena más a cine de vaqueros, pero no explica por qué en el tema principal hay un coro de voces varoniles cantando al trueno en el sol acompañado de silbos y tamboriles a la manera vasca.

 

   

Sinopsis al son del txistu:

La historia es bastante recurrente y simple: Unos emigrantes vascos de la zona de Francia -porque de todos es conocido que la côte basque llega hasta Hendaia y para los franceses, y para los americanos influidos por estos, el resto ya no lo es- llegan a los EEUU con intención de atravesar el salvaje oeste para llegar a la cálida California y allí cultivar la vid. Para ello, contratan a un rudo guía de la frontera. El rudo explorador, que es un gañán acosador, se prenda de joven vasca que viaja en la caravana. Como es una del oeste, los indios pretenden atacar en el desfiladero, pero los vascos se anticipan atacándolos antes desde lo alto de la montaña. Hay lucha, tiros, saltos imposibles, héroes que mueren y, por supuesto, la victoria, para terminar en la tierra soñada.


Frontón en las praderas ¿Sin paredes?


Los falsos nombres de muchos artistas

La peli la protagonizan dos actores que se conocían desde críos porque ambos acudieron al mismo colegio de su barrio neoyorquino, que era Brooklyn.  Susan Hayward, que hace de Gabrielle, la chica vasca, fue una gran actriz que se llevó un óscar por hacer de condenada a muerte mediante cámara de gas en aquella peli llamada “quiero vivir”. Jeff Chandler, por su parte, que hace de Lon Bennett, el explorador que cree que puede acosar a cualquier cosa que lleve faldas, fue el célebreguerrero indio Cochise en “flecha rota”.


Susan Hayward con rosario y mantilla

Ni Susan Hayward ni Jeff Chandler se llamaban así. Ambos usaban seudónimos. En el caso de Chandler era normal. A pesar de que la industria del cine era movida por infinidad de judíos, pocos actores protagonistas de los años cuarenta y cincuenta solían lucir sus apellidos semitas. El bueno de Chandler se llamaba Ira Grossel así que se cambió el nombre para difuminar su origen. Susan Hayward se llamaba Edythe Marrenner y era un pelín inglesa, otro pelín irlandesa y otro pelín sueca.  

Jeff Chandler con el traje folklórico del oeste.

La pobre Susan Hayward, como la conocemos, participó en un rodaje maldito “El conquistador de Mongolia”, una cinta del excéntrico magnate Howard Hughes, que no solo fue maldita porque se considerara una de las peores pelis rodadas jamás, y es que hay que tener valor de ver a John Wayne como Gengis Khan. La maldición de la peli es que más del 40% de las personas que trabajaron en aquella cinta acabaron desarrollando un cáncer. Se dice que el rodaje en el desierto de Utah, lugar donde se hacían ensayos militares radioactivos fue el desencadenante de las muertes por diversas neoplasias. Nosotras sólo conocemos a los actores que sufrieron estas secuelas como John Wayne, Agnes Moorehead o la propia Hayward. Pedro Armendáriz fue más tajante ya que, cuando supo el diagnóstico de lo que padecía, se descerrajó un tiro en la cabeza.

Pioneros txapeldunes

Volviendo a los actores que salen en la peli aún había uno vasco de verdad, un labortano llamado Jacques Bergerac. Jacques llegó al cine porque un día conoció a Ginger Rogers que se hallaba veraneando en Francia,  así que este estudiante de derecho acabó ennoviándose con la famosa actriz estadounidense 16 años mayor. De chiripa y por boda, Bergerac, que iba para abogado, acabó haciendo alguna cosilla para el cine y cuando se cansó de la vida en Hollywood, se volvió a su costa vasca hasta el fin de sus días. Su hermano Michel prefirió no apartarse de sus estudios y acabó siendo presidente de la casa de potingues y ungüentos Revlon .

Jacques Bergerac (izda.) y Fortunio Bonanova (dcha) con la boina bien puesta.

Aparte de Jacques el resto de los “vizcaínos fingidos” eran  de diversos lugares. Blanche Yurka(Louise) era una norteamericana de raíces húngaras. Carl Esmond, que lleva el rol de André, se llamaba en realidad Willy Eichberger y era austríaco. Llegó a EEUU hacia los años 30 y decidió cambiar su definitorio apellido germánico porque el horno no estaba para bollos.  Y para terminar, rizando el rizo, el papel de Ferdinand, el viejo soldado napoleónico,  lo llevaba a cabo Fortunio Bonanova, que tampoco se llamaba así. El bueno de Fortunio, barítono lírico de toda la vida, fue bautizado como Josep Lluís Moll y era mallorquín. Allá por los años 20 la música lo llevó a Hollywood donde acabó actuando y en el año 1934 volvió para ses illes, hasta que por causas de la guerra civil decidió trasladarse para siempre a los EEUU.


Viejas tradiciones en el nuevo mundo:

La peli no es nada del otro mundo, lo que pasa es que aquí se ve con cierto interés porque choca ver la imagen, distorsionada, por supuesto, que tenían (Y tienen) los norteamericanos de lo que era aquél pueblo vasco que emigraba al oeste. Y bien cierto es esta emigración porque hay numerosas asociaciones de descendientes de vascos en todo el medio oeste (Idaho, Wyoming, Nevada y California) No faltan  las boinas sobre las cabezas de estos vascos del oeste. No olvidemos que los franceses a la boina la llaman “béret de basque”. Lo primero que nos choca es que creen que los irrintzis (Gritos agudos que se usan de manera festiva y que antiguamente quizá si se usaban como aviso pastoril desde lo alto de la montaña) es una especie de lenguaje completo, cosa absurda, claro.

 

Carl Esmond el vasco del Tirol.

Jeff Chandler descubre a Susan Hayward en la fiesta del fin de la jornada ¡Bailando algo parecido al flamenco! Taconeos, cimbreos de cintura, palmas y florituras con las manos.  Curioso, cuando menos. Los vascos de esta peli hablan de sus costumbres como esa de casarse jóvenes, cosa que no puede ser más falsa. Si hay una cosa que caracteriza a los vascos como parte de los pueblos pirenaicos es que estos, los pueblos de esta cordillera, solían casarse habitualmente en la treintena para controlar la natalidad, y es que, cuanto más tarde te casas, menos hijos engendras. Poco parece que hayan leído a Pierre Bourdieu en esa excelente obrallamada “el baile de los solteros” donde explica este fenómeno de la abundancia de bodas tardías que se da en los Pirineos.


Atravesando el desierto.


Hay, entre las extrañas costumbres de estos pioneros del oeste, una que es, además de falsa, una excusa para poder hacerla servir más adelante en la trama y es la tontería de llevar ascuas encendidas  a modo de incensarios. Esta y el absurdo afán de llevar muebles y bultos poco necesarios en los carromatos sirve para enfrentar al gañán norteamericano con los aldeanos del viejo mundo. La argucia final es, oh nuevo país, dejarse de tradiciones arcaicas y fundirse con el país joven y el paisanaje anglosajón. A los indios, que llevaban allí toda la vida, que les den. ¡Y que les den con una xistera! Una xistera es una cesta de las de usar en el frontón, de esas que lanzan las pelotas contra el frontis a una velocidad endiablada. 

Arsa y olé, Susan Hayward a punto de bailar un aurresku.

Claro, porque, a falta de armas, una pedrada lanzada con la cesta de remonte es mano de santo.  Hay que tener en cuenta que una de las cosas por las que se conoce a los vascos desde hace siglos es por el juego de pelota, y especialmente, en Estados Unidos. No en vano las cestas de remonte se han usado en el cine, aparte de en esta peli, en otras como Tron o el Sustituto, que recurrentemente nos endilgan por la tele ¡Hasta Montgomery Burns de los Simpsons sale pegando saltos en un frontón!

La hembra debe rendirse al macho porque es el vecino el que elige al alcalde y es el alcalde el que quiere que sean los vecino el alcalde, por eso la lleva en brazos.

Para ir finalizando, porque la historia me está quedando más antropológica que cinematográfica, señalar que esta cinta vuelve a incidir, con un descaro absoluto que hoy día sería intolerable, en que las mujeres somos objetos codiciados y que cualquier gañán puede convertirse en un acosador sin sonrojo. Al menos, el personaje de Susan Hayward aplica un rodillazo bien dado a los testículos del personaje machirulo y perdonavidas que interpreta Jeff Chandler. Pero, claro, al final, porque las pelis de los 50 están para adoctrinar, ella, como no puede ser de otra manera ¿O sí? cae rendidita a sus pies y está deseando que él la asalte. ¡Sí, venga! Cultura de la weinsteinización.


Txapela buruan eta ibili munduan (Con la boina en la cabeza y a pasear por el mundo): Juli Gan

viernes, 17 de enero de 2020

Ennio Morricone o la guinda mediterránea del western.

¿Qué sería de los westerns sin la aportación italiana? Bueno, va, la mayor parte de las pelis rodadas de este tipo no pasan de ser pura anécdota, pero las hay que brillan con luz propia, como esa trilogía dirigida por Sergio Leone. ¿Y qué sería de esas pelis sin la magia que infunde en ellas su gran música? Hay que reconocer que fue un italiano  el que le puso carácter a la melodía del western de los años sesenta. Todo el mundo reconoce el sonido de la flauta de "el bueno, el feo y el malo", y la trompeta del duelo final en el cementerio, que no está en Almería sino en Burgos en ese duelo a tres. Todo el mundo sabe cómo suena la armónica de "hasta que llegó su hora". La música original, celebrada y reconocible de Ennio Morricone, que aún, nonagenario sigue dedicado a su oficio.

Ah, id pinchando, si os agrada la música, en los enlaces que son las letras de color azul.

Dirigiendo.

Morricone hubiera preferido ser médico o ajedrecista, pero su padre, trompetista, se empeñó en que si él se ganaba la vida con aquél instrumento, su retoño debía dedicarse a lo mismo. Y Morricone entró en el conservatorio más por su padre que por propia convicción. En esto de poner música a las películas se dedicó más adelante, hacia finales de los años cincuenta, dedicándose al cine de su país, hasta que un día Sergio Leone lo convenció, después de mucho darle la lata, para que compusiera las melodías de "Por un puñado de dólares" (1964)

Morricone y Leone, del spaghetti western al mundo entero.

La casualidad quiso que el día que se vieron por fin para hablar de ello se reconocieran como los dos críos que habían ido al mismo colegio  y jugado a las orillas del Tíber. Aunque Leone pretendía que Morricone imitara la música de western auténtico como las del compositor ruso Tiomkin, se tuvo que dar por vencido y aceptar las partituras del gran Ennio. Por cierto, Morricone firmó esta peli con el seudónimo de Dan Savio y Leone, a su vez,  con el de Bob Robertson. Cosas de parecer menos italianos de lo que eran, claro.

Leone y Morricone, compañeros de colegio.

Después de la primera peli, la trilogía del dólar se completó con "la muerte tenía un precio" (1965) y "el bueno, el feo y el malo" (1966). Un par de años después volvió a colaborar con Leone en "hasta que llegó su hora", pero esta vez su héroe silencioso no era Clint Eastwood sino Charles Bronson y el malo no era Lee van Cleef, sino Henry Fonda. En esta película, cada personaje tenía su tonada, así cada vez que "Cheyenne" (Jason Robards) aparecía en escena, sonaba el sincopado banjo que le representaba, cosa que también ocurría cada vez que Jill (Claudia Cardinale) entraba en escena.

Cheyenne (Jason Robards) tiene su melodía propia.

Pero no sólo hizo pelis del oeste con sabor mediterráneo que impactaron hasta en los EEUU, sobre todo porque con ellas se dio a conocer el duro Clint Eastwood, hasta entonces, mero confidente de la mula Francis. La música original de estas originales pelis llevaron a Morricone a ser un compositor de fama para el cine, aunque el óscar se le resistió, a pesar de haber sido nominado con auténticas obras maestras como la banda sonora de La Misión (1986) de Roland Joffé o Los intocables de Elliot Ness (1987) de Brian de Palma.


Gabriel's oboe (La misión), una composición exquisita.

Pero no todo es musicar cine para los americanos. Afortunadamente Morricone es italiano, algo que beneficia al cine europeo al regalarnos cosas como esa memorable banda sonora de ese film tan del gusto de los amantes del séptimo arte que es "Cinema paradiso " (1988) de Giuseppe Tornatore.

Óscar tarantiniano, niano, niano, naaaá.

Y, sin embargo, no fue hasta después de ganar un óscar honorífico por su vasta producción musical, hito acontecido en 2006, cuando lo ganó, por derecho propio, con un western, cómo no. Una cinta de ese mitómano fervoroso que es Quentin Tarantino. Con "los odiosos ocho", Morricone ganó su óscar en 2015.

Unos yankees por Burgos.

Morricone ha compuesto centenares de partituras para centenares de pelis y series de televisión. Morricone sigue componiendo, aunque el año pasado diera una gira mundial para colgar la batuta. Morricone se ha ganado, por derecho, ser parte inmortal y fundamental de la historia del cine.

Juli Gan.

viernes, 22 de septiembre de 2017

Suena I left my love: un cine casi imposible de encontrar.


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Todo comienza con un encuadre de la caballería en movimiento ocupando la pantalla al ritmo de la memorable marcha I left my love , la canción de Stan Jones más popular de la Unión. Les acompaña de forma marcial y con ímpetu aunque a lo largo de la cinta sufrirá el mismo cansancio que sus soldados, cabalgando hacia un ocaso triste e incierto.

Como todos los grandes creadores, John Ford tiene su propio mundo, completo y cerrado, que, luego de haber sido contemplado, es fácil reconocer. Planteamiento de historia, personajes, planos y secuencias, fotografía, acciones, etc., que conforman ese mundo se encuentran de forma canónica en esta película.

El cine fordiano se mueve casi siempre entre tesis y antítesis, y Misión de audaces es uno de los ejemplos más claros de sus síntesis, de las ideas que el autor quiere transmitir. Las aparentes contradicciones que nos presenta son una forma peculiar y única de dar la vuelta a conceptos y valores para que su público los pueda apreciar desde diferentes puntos de vista, eso sí, marcados con un humor irlandés que lo hace único.

El argumento (basado, por cierto, en un suceso real), da un buen pie a tal planteamiento: en el marco de la Guerra Civil norteamericana, un grupo de soldados del ejército de la Unión comandados por el coronel John Marlowe (John Wayne), debe realizar una peligrosa incursión en territorio sudista para destruir una estación ferroviaria de gran importancia, Newton, que se ha convertido en un núcleo importante de abastecimiento del ejército confederado. En esta misión el responsable médico es el mayor Hank Kendall (William Holden). Y por el camino tendrán que hacerse cargo de una indomable mujer sureña, Hannah Hunter (Constance Towers), que ha intentado espiarles y revelar a su bando el objetivo de la incursión.

"Dïgame, ¿qué prefiere: muslito o pechuga?"

De entrada, los dos protagonistas masculinos suscitan dos formas de enfrentarse a la anticivilización que es la guerra, con una visión nada heroica y bajo un tono escéptico y amargo. El ingeniero ferroviario militar que por encima de todo se obliga a cumplir las órdenes recibidas (una misión cargada de ironía) y el médico militar al que por encima de todo le interesa su juramento hipocrático. Aparentemente son dos formas irreconciliables de ver y concebir la vida. Pero las aristas que presentan estos personajes, y que se van mostrando paulatinamente, demostrarán que no son tan distantes como parecen.


- ¡Yo no quería esto! ¡Quería evitar la lucha!
- Por eso mismo yo elegí la medicina

Si bien la concepción de la guerra que posee el médico se percibe claramente desde el principio y se mantiene hasta el final, el coronel se irá redescubriendo por el espectador a medida que avanza la película al mostrar un conflicto interior que le provoca sufrimiento; Marlowe lame sus heridas emocionales en soledad, no es un militar de carrera, ni vocacional, y el cumplimiento de sus objetivos militares le llega a envolver incluso en una penosa amargura.

El juego de equilibrio continuo entre los protagonistas masculinos nos muestra la lucha como ¿única? alternativa y los dilemas morales que plantean las guerras (recuérdese que Ford participó en la II Guerra Mundial como oficial de los servicios cinematográficos de la Armada y fue herido en combate durante la filmación de un documental en plena batalla de Midway); eso sí, bajo el sentido del humor y la grave socarronería fordianas (regado con las consiguientes dosis de whisky, «indispensable para poder confiar en un hombre» según afirmaba el propio Duke). Comienzos paralelos que acaban siendo caminos entrecruzados.


«I never trust a man who doesn't drink»
Nadie mejor que Wayne representó ese espíritu fordiano de la camaradería. Coincido plenamente con Arturo Pérez-Reverte: «John Ford sigue siendo literalmente Dios padre. Y John Wayne, por supuesto, su encarnación sobre la tierra».

Y es que, como en otras muchas ocasiones, Ford introduce una compleja variedad de personajes para poner de relieve el verdadero fondo de su obra. Los protagonistas comparten unos mismos códigos de honor, en los que predominan la nobleza y la valentía, que defienden por encima de cualquier circunstancia. Y entre esos protagonistas destaca el personaje femenino, la “rebelde” Hannah, definida con el mismo carácter que sus antagonistas. Es algo común en la obra fordiana encontrar mujeres con fuerza, entereza, valentía y resistencia, todo ello compatible con la sensibilidad, que o bien dan el contrapunto o bien reafirman los valores de los demás personajes. En este caso, se aprecia una evolución en la percepción del ser humano, al convivir con “el enemigo” y desdibujar fronteras entre buenos y malos, entre norte y sur: los códigos éticos, la caballerosidad y el mérito no son patrimonio de un solo bando, sino que son valores universales a través del espacio y del tiempo. Hannah Hunter es una mujer fordiana de armas tomar, capaz tanto de sentar en su mesa al enemigo como de cruzarle la cara al mismísimo general.

Aunque se trata de una película de género bélico, en la que aparentemente se ensalza una notable acción de guerra, en realidad el mensaje de fondo es netamente antibelicista. La sinrazón de la guerra se pone de manifiesto a lo largo de la historia y de diversos modos. No se evita la crudeza de las escenas de lucha y se da la vuelta a situaciones que en su concepción son una cosa pero se transforman a través de las imágenes en otra bien distinta. Por ejemplo, una victoria que consiguen las tropas de la Unión se convierte en una amarga derrota del espíritu debido a la masacre sufrida por el enemigo, que ni siquiera el alcohol (refugio-muleta muy propio de protagonistas fordianos) es capaz de mitigar. En este mismo sentido, una famosa secuencia en la que una compañía de cadetes infantiles confederados carga contra el experimentado y atónito escuadrón del coronel Marlowe, que daría lugar a la más espantosa situación imaginable incluso en una guerra, transforma su carácter bélico en un pasaje con tintes cómicos, mostrando a un curtido batallón de caballería perseguido por un conjunto de niños guiados por un anciano reverendo. Este episodio, por cierto, también posee base histórica (batalla de New Market).

Suena Bonnie Blue Flag...




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Por otra parte, el punto de vista estético de esta película no defrauda al más exigente espectador cinéfilo. Imágenes épicas y simbólicas, contraluces, un objetivo de cámara muchas veces teatral pero nunca sin un significado concreto: lenguaje visual, cine en estado puro que habla sin palabras. Sin ir más lejos, en las escenas finales se incluye una de las más hermosas declaraciones de amor de la historia del cine (a mi juicio) sin que ninguno de los personajes diga una sola palabra: el pañuelo de Hannah anudado al cuello de Marlowe en su despedida, donde la vida se lanza de nuevo al abismo intentando conservar en esa mirada azul la esperanza del reencuentro.

Aunque palabras, también las hay...

 "Ahora que voy a dejar de ser el motivo de sus sufrimientos, sepa que estoy enamorado de usted".
      
Misión de audaces es una cinta infravalorada que es necesario reivindicar, ya que incluye todos los elementos de la filmografía de John Ford, que aúna con su maestría lo épico y lo íntimo, el drama y el humor, lo trivial y lo trascendental. Tal como expresó su biógrafo Tag Gallagher: «Los detractores de su cine desatienden las sutilezas entre los extremos, el doble nivel de los discursos y el obsesivo alegato de su obra a favor de la tolerancia».

Una obra de arte creada por alguien que no pretendía hacer obras de arte: «Me llamo John Ford y hago películas del oeste».
Haciendo pelis del oeste...


Datos técnicos:

Título original: The Horse Soldiers
Año: 1959
Duración: 119 min.
Director: John Ford
Guion: John Lee Mahin, Martin Rackin (Novela: Harold Sinclair)
Música: David Buttolph
Fotografía: William H. Clothier
Reparto: John Wayne, William Holden, Constance Towers, Althea Gibson, Hoot Gibson, Russell Simpson, Anna Lee.
Productora: The Mirisch Corporation / Mahin-Rackin / United Artists
                                                                 
                                Dedicado a mi padre y a todos los @fordianos amantes del buen cine.                                                                                                                                          Mª Ángeles Lorente

viernes, 14 de julio de 2017

El hombre que mató a Libery Valance, 1962. Una del oeste.

El hombre que mató a Liberty Valance es un western que refleja un oeste que va dejando de serlo. Una curiosa película del estilo acostumbrado de John Ford, con sus adorables borrachos y sus rudos vaqueros, comandados por uno de sus actores fetiches: el armario ropero John Wayne.

¡Juntos por primera vez, dos actores con personajes pegados a su piel!


El ferrocarril llega a Shinbone, una localidad del oeste norteamericano que se ha convertido en una ciudad. De él bajan el senador del estado, Ransom Stoddard (James Stewart) y su esposa (Vera Miles). Desde que se fueron, hace ya muchos años, la ciudad ha dejado de ser aquél lejano lugar en el que las gentes  vivían atemorizadas por el matón, a sueldo de los ganaderos, Liberty Valance (Lee Marvin) y su banda. Los Stoddard, que son los ilustres recién llegados, han venido a presentar los respetos a un fallecido que fue muy importante en su vida, Tom Doniphon. Requerido por el director del diario local, el Shinbone Star, fundado por el ilustre periodista Dalton Peabody, James Stewart nos hace un grandioso flashback contándonos cómo él, de joven y recién licenciado en derecho, llega a esta ciudad y es recibido con una paliza de los asaltantes de la diligencia: Liberty Valance y su banda.

Ford con los protas


Con el comienzo de la peli, y la cantidad de talco que llevan los actores para resaltar las canas, nos quieren hacer ver que ha pasado tanto tiempo que el nostálgico recuerdo del oeste nos indica que ya nada es como era y que la ley de las instituciones se ha impuesto a de los forajidos. Hasta el secundario de lujo, Woody Stroode, que “de joven” luce una bola de billar en todo lo alto, para avejentarlo, ha dejado crecer la nieve en su cogote.


Ha pasado tanto que la diligencia es una pieza de museo y el pelo de Jimmy está blanco. La diligencia y el oeste ya son cosa del pasado.


El flashback nos introduce en la historia fordiana que nos interesa en realidad: En el oeste de los pistoleros , los saloones y ese John Wayne moviéndose de lado con pesadez y torpeza. Jimmy Stewart hace de Jimmy Stewart, o lo que es lo mismo, ese buen chaval, recto y honrado. Un americano ejemplar, caballeroso y pulcro, defensor de los débiles y lleno de ese americano afán de luchar por conseguir aquello en lo que cree.

Wayne con su clásica pose perdonavidas y Stroode, de criadito


John Wayne, que va primero en los títulos de crédito, es el rudo ranchero, como siempre, feo, fuerte y formal, que tiene echado el ojo a Hallie, la camarera de la casa de comidas de Peter Erikson. La mira y se la remira y le dedica sus rudos galanteos, pero sin moñeces. Cada sábado que va al pueblo Wayne pasa a ver a su novia, la cual aún no sabe que lo es, acompañado de Pompey (Woody Stroode) el gigantazo negro, criado para todo, que no debe entrar a los locales, excepto por la puerta de atrás, no sea que los clientes se tengan que mezclar con un afroamericano. Pompey es servido como uno más en la casa de comidas, pero en la cocina, con el mozo lavaplatos, que resulta ser Jimmy Stewart.


Wayne luciendo arma junto a Ford y Stewart


Dalton Peabody (Edmond O'Brien) es el orgulloso y borracho periodista, director, fundador, impresor y mozo de la limpieza del único diario de la zona, el Shimbone Star. Como en muchas de las pelis de Ford, a la manera irlandesa, no se entiende la vida si no se riega con abundante alcohol. El señor Peabody se pasa el día pimplando de la botella, y durante todo el film exhibe su intoxicación etílica perenne junto a la del médico, papel menor, pero también bañado en whisky. Este es el humor de Ford. Hasta en las elecciones, que se celebran en el saloon, se hacen contínuos guiños a la dipsomanía ya que se cierra la barra mientras se vota y eso es un contínuo chiste para Peabody que asegura que la cerveza no es una bebida alcohólica, con tal de amorrarse al vaso.


Peabody, entusiasta periodista amante de los puros y la botella


Hallie (Vera Miles) es la eficiente camarera de la casa de comidas de los Erikson, unos inmigrantes suecos orgullosísimos de lucir norteamericanos. Todos los sábados a la hora de la cena los mozos de los ranchos de alrededor, después de ponerse tibios en el saloon o la cantina mexicana, llegan a comer a esta casa con hambre de lobos. 

Los Erikson y Pompey servido en la cocina, fuera, Hallie

Desafortunadamente el papel de Vera Miles, aunque lo desenvuelve con gracia, se limita a la chica que se enamora del pacífico y entusiasta idealista y no duda en pedir ayuda al rudo ranchero que se ve abatido al ver que su “novia” prefiere a otro que no es él, pero como es feo, fuerte y formal, lo encaja como puede, preferiblemente, sumergido en whisky.


Hallie se enamora del delicado abogaducho y no del recio y viril ranchero


Liberty Valance (Lee Marvin) es el malvadísimo forajido abusón que impone sus leyes, aunque sea a tiros. Siempre acompañado de los chicos de su banda, uno de ellos un joven y callado Lee van Cleef.

Marvin, a la derecha y Van Cleef, a la izquierda.


Valance es un orgulloso fanfarrón que se atreve con todos, excepto con Donophan (Wayne). Aunque se enfrentan alguna vez, Valance no osa seguir adelante contra Donophan porque calcula que, en cuanto a testosterona, puede que no le gane. Cosas de la virilidad mal entendida.


No insistas, yo la tengo más larga, amigo


Mención honrosa se merece el pusilánime sheriff Link Appleyard (Andy Devine) un orondo y cómico personaje poco amigo de trabajar y menos de enfrentarse a Liberty Valance. Devine ya había trabajado algunas otras veces con Ford, siempre sacando toda la comicidad del gordinflón de turno.

Personaje risible, comilón y pusilánime: El sheriff


Como esta peli es del año 62, descubrí, un buen día, viendo una copia íntegra de la peli, que en la escena de la escuela, porque el entusiasta Ransom Stoddard (Stewart), enseña a leer a todos los interesados en aprender, empezando por Hallie y acabando por Pompey, que la censura española nos había escamoteado un par de minutos en los que se ensalza, muy fordianamente, también, los valores de la República estadounidense y de la democracia, y claro, eso en una dictadura militar de corte fascistoide, como que no. 

La escuela donde se enseña a leer y los hermosos valores de la joven democracia yankee

De repente a Stewart le cambia la voz, que hasta ahora no es la de Jesús Puente en esta ocasión, sino la de ese otro actor de doblaje con la voz finita que rumia las eses de manera particular. Pero no importa, al poco llega el rudo Wayne moviéndose como una rémora para decirle a Pompey que deje de aprender gilipolleces, que leer no le sirve de nada, y que se vaya al rancho a acabar la habitación que se está construyendo para cuando Hallie se convierta en su esposa.
Frecuentemente hay bares y amantes bebedores en las pelis de Ford

Las historias que rodaba John Ford siempre parecían simples y ágiles, pero rascando un poco, en esta memorable cinta, podéis encontrar ricos matices de cada personaje. El romanticismo siempre desde una óptica muy escueta. El humor despreocupado e infantiloide. El amor por la bebida alcohólica. El personaje rudo pero caballeroso. El orgullo de pertenecer a los Estados Unidos...


La amenaza del malote


Ford, de pasada, en esta cinta, nos mete en un triángulo amoroso donde el personaje del rudo vaquero, caballeroso, se retira cuando ve que su novia, a la que no se ha declarado nunca, porque primero es tener la casa y luego la boda, se enamora del atildado caballerete lleno de ideales venido del este. Wayne se duele de este amor no correspondido, como los hombres, agarrado a una botella.


¡Duelo! ¡Duelo! No, si no le falta un perejil


La cinta destila nostalgia de un salvaje oeste que ya ha sido domesticado y que, a pesar de descubrirse la verdad de una historia, conviene que la leyenda siga siéndolo. Por cierto, es curioso que esta magnífica cinta "del oeste" esté basada en una novela escrita por una mujer llamada Dorothy Johnson.



¿Quién no ha querido nunca darle un sopapo al insufrible de John Wayne?

Si no habéis visto este estupendo film, os invito a que lo disfrutéis.




Ficha técnica:

El hombre que mató a Liberty Valance; The man who shot Liberty Valance.

EEUU, 1962, 123' B/N Drama, Western.

Dirección.......................................................John Ford

Guión.............................................................James Warner Bellah, Willis Goldbeck, basado en una novela de Dorothy M. Johnson.

Música............................................................Cyril Mockridge

Fotografía:......................................................William Clothier

Reparto:

Tom Donophan...............................................John Wayne

Ransom Stoddard...........................................James Stewart

Hallie Stoddard...............................................Vera Miles

Dalton Peabody.............................................. Redmond O'Brien

Liberty Valance................................................Lee Marvin

Link Appleyard.................................................Andy Devine

Peter Erikson...................................................John Qualen

Nora Erikson....................................................Jeanette Nolan

Pompey............................................................Woody Stroode





Juli Gan empuñando el Colt 45

viernes, 6 de mayo de 2016

Los siete magníficos

-Aunque tuviéramos armas, sabemos labrar y cuidar la tierra, pero no sabemos matar.
-Pues aprended. O morid.

"Los siete magníficos" John Sturges
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Los habitantes de una pequeña aldea mexicana asisten impotentes a los continuos saqueos que lleva a cabo en su pueblo una numerosa banda de ladrones. Para poner fin a esta situación contratarán a siete pistoleros a sueldo, que aceptarán una mísera recompensa por adiestrar a los campesinos en combate y luchar contra los bandidos.

En efecto, parece el argumento del típico western, pero en realidad es una versión de una peli de samurais dirigida por Akira Kurosawa, quien quedó tan entusiasmado al ver el filme de hoy que le regaló a su director una espada japonesa.

Este hombre fue John Sturges, que ya había rodado otras pelis del oeste como "Duelo de titanes" o "Fort Bravo". La cosa es que el director estaba acostumbrado a trabajar con estrellas como Kirk Douglas, Burt Lancaster o Frank Sinatra, pero en esta ocasión contó con un reparto casi desconocido.

En principio se contempló la idea de que los pistoleros fuesen más veteranos, barajándose el nombre de Spencer Tracy como protagonista, pero fue Yul Bryner quien puso en marcha el proyecto, y se reservó para sí el papel principal. Clark Gable, George Peppard, Stewart Ganger o Glenn Ford fueron considerados para formar parte del grupo, pero al final el casting se compuso por actores menos famosos en aquel entonces.

Porque Steve McQueen había rodado ya algunas películas, pero con papeles secundarios, y lo mismo podía decirse de Charles Bronson o James Coburn, cuyas carreras despegaron sin duda tras participar en "Los siete magníficos". El director los fue reclutando de forma similar a la que se ve en el filme, contando con la supervisión de Yul Bryner, quien se arrepentiría más tarde de haber contratado a Steve McQueen.


Y es que McQueen estaba obsesionado por centrar la atención. Se quejaba continuamente del excesivo protagonismo que tenía el más joven del grupo (y con razón) y en cada escena que compartía con Bryner no paraba de hacer gestos y movimientos como quitarse y ponerse el sombrero con el fin de eclipsar al protagonista.

Esto creó mal ambiente durante el rodaje y el resto de los actores empezó a hacer lo mismo que McQueen, excepto Charles Bronson, que sólo se hablaba con James Coburn (aunque esto no tenía que ver con las movidas del rodaje, simplemente Bronson era así).

Además de lidiar con las niñerías del reparto, Sturges tuvo que adaptar el guión a la censura mexicana.
Y es que la peli se rodó en México y las autoridades exigieron revisar el guión para asegurarse de que no se degradaba en forma alguna al pueblo mexicano. Así, los campesinos viajan a la ciudad en busca de armas y no para contratar pistoleros (cosa de la que les convencería el personaje de Bryner), pues resultaba humillante que los mexicanos tuvieran que pedir ayuda a unos yankis. 
También exigieron que la ropa de los aldeanos estuviese siempre limpia, luciendo durante todo el filme más blanca que una patena, pese a estar trabajando la tierra.

Y todo para que la peli fuera un fracaso. En efecto, hoy en día "Los siete magníficos" es considerada uno de los mejores westerns de la historia y se hicieron tres secuelas, una serie de televisión y recientemente un remake con Denzel Washington como protagonista que se estrenará este año (que Dios nos pille confesados), pero en su día la peli no triunfó en la taquilla americana, salvándose por el enorme éxito que tuvo en Europa, y que motivó sus decepcionantes secuelas.

A parte de lanzar la carrera de sus protagonistas, "Los siete magníficos" cambió el género en cierto modo. Tras ella se rodaron otras pelis protagonizadas por una cuadrilla de pistoleros como "Los profesionales" o "Grupo salvaje" y fue también la semilla que dio pie a los spaghetti western, siempre protagonizados por tipos fuera de la ley, más violentos que las pelis del oeste que se filmaban hasta la fecha.

Seguramente no sea la mejor peli del oeste, pero sí una de las más entretenidas. Cuenta con una historia simple, mucha acción y un reparto ideal después de todo (destacar a Eli Wallach como el líder de los bandidos, un primo cercano del Tuco que interpretaría poco después en "El bueno, el feo y el malo").

Ah, y la mejor banda sonora del género, sin lugar a dudas. Todas las que vinieron después fueron imitaciones e incluso Marlboro se hizo con sus derechos para aquellos anuncios de vaqueros que hacían antes.




Imprescindible para cualquier fan del western o cualquiera que quiera empezar a curiosear en el género.



Doctora

viernes, 29 de abril de 2016

The Big Country, 1958

¿Cómo conseguir que un montón de varones de los años 50 del siglo XX se traguen un culebrón sin rechistar? ¡Convirtiéndolo en una historia del oeste! Si a una historia romántica le pones botas y gorro de cow-boy, revólver al cinto y lo montas a caballo por las llanuras de Texas, ya has convertido un drama cualquiera en una peli que seguirán los fans del far-west.

Cartel de Peck protector y Connors empequeñecido (Y eso que jugó con los Boston Celtics)

Algo parecido pasó con la historia que dirigió William Wyler en 1958 que en España, con esa especial sensibilidad por poner títulos idiotizados llamaron “horizontes de grandeza”, pero que en versión original se llama “The Big Country”, es decir, “el gran país”, y es que eso se empeñan en decirle al forastero Gregory Peck desde que pone los pies en Texas, que “aquello es un gran país” con unas llanuras sin fin y con tierra para aburrir.

Que quede claro que es GRANDE

Sinopsis:

Una diligencia corre por las vastas llanuras de Texas al ritmo de la inconfundible música de Jerome Moross. De la diligencia, al llegar al polvoriento pueblo de San Rafael, baja Jim McKay (Gregory Peck) un capitán de navío retirado que viene del este, donde su familia posee, en Baltimore, una flota naval. Llega a Texas con la intención de casarse con su novia Pat Merrill (Carrol Baker), a la que conoció en el este, donde la gente es civilizada.

 

Títulos de crédito

Pat Merrill es la única hija del Mayor, así lo llaman todos, Henry Merrill (Charles Bedford), un rico ganadero que posee un extensísimo rancho con decenas de miles de cabezas de ganado. A pesar de ser un ricachón que se sabe el amo de todo y de todos, tiene un enconado enemigo en la figura de otro rudo ganadero, Rufus Hannassey (Burl Ives), con el que mantiene interminables disputas por los pastos y el ganado. La gota que colma el vaso es que los brutos hijos de Rufus, especialmente, el primogénito, Buck Hannassey (Chuck Connors), han estado divirtiéndose un rato a costa del recién llegado Mc Kay.

El novio llega al oeste vestidito como en la ciudad

Mc Kay se horroriza, como caballero que es, de la rudeza y las maneras toscas de hacer las cosas en el salvaje Texas, a pesar de que está acostumbrado a ver cosas porque ha navegado durante años y ha recalado en puertos muy remotos. McKay no desea que el Mayor y sus mozos vayan a dar un escarmiento a los Hannassey. Se muestra en contra de la medida, cosa que sienta muy mal a su novia que lo cree un cobarde. Por lo visto, no zurrarse la badana con quien se le planta delante, es ser una vergüenza.


Fiesta de pedida de mano

Para mayor osadía, a Mc Kay no se le ocurre otra cosa que salir solo a caballo por las procelosas llanuras texanas, nadie entiende que un marino está acostumbrado a guiarse en medio de la nada. Mc Kay acaba en Valverde, cuya propietaria es Julia Maragón (Jean Simmons) íntima amiga de Pat, joven y casadera a la que le salen pretendientes sobre todo porque tiene agua en sus tierras.

El novio charlando con la amiga de la novia

Para acabar de aderezar la historia, el capataz del mayor, un arrogante y rudo vaquero, Steve Leech (Charlton Heston), intenta medir su fuerza con Mc Kay, al que cree despreciable y poco hombre para Pat, a la que pretende desde lejos, pues es la hija de su jefe al que admira como un Dios.

Total que la pareja casadera riñe, entre otras cosas porque Pat no entiende que a Mc Kay le resbalen las bravuconadas y los desafíos. Lo desprecia y, con un complejo de Electra manifiesto, que es como el de Edipo, pero a la inversa, abnegación desmesurada de la hija hacia el padre, acaba espetándole que “no es ni la mitad de hombre que el mayor”. Ruptura irreconciliable.

El apoteosis final tiene lugar en el cañón blanco, donde los Hanassey tienen su hogar.

Descanso de rodaje

El guión de esta película es una adaptación de una novela por entregas, que salía en un diario, la cual firmó Donald Hamilton. Consiguieron hacer una historia en la que mezclaban amor, despecho, desafíos, orgullo, el chico, la chica, los patriarcas malos, el malvado cobarde, el rudo rival, e incluso, el empleado humilde.

¡Pelea, pelea!

Hay momentos memorables en el que el lobo de mar Mc Kay intenta confraternizar con los rudos texanos orgullosos de su tierra, que, por cierto, había llegado a ser un país propio. En la fiesta de la pedida de mano, poco antes del altivo discurso de Rufus Hanassey, que le valió el óscar a mejor secundario a Burl Ives, un texano pregunta con orgullo a Mc Kay refiriéndose a la vasta extensión territorial: “¿Había visto algo tan grande alguna vez?”, a lo que Mc Kay responde displicente “Sí, un par de océanos”.

Los personajes:

Los personajes definen la historia con maestría, así tenemos al prota, Jim Mc Kay, que es un capitán de barco retirado, todo un caballero, que odia parecer un fanfarrón y al que los excesos de orgullo le parecen de un salvajismo incongruente.

El chico

La chica con complejo de Electra, pues no hay hombre como su padre, que acaba despreciando a su prometido porque este no desea zurrarse con el capataz del rancho.

La chica

La amiga de la chica, que defiende al novio, quizá porque le guste demasiado, que prometió a su abuelo no vender la tierra a ninguno de los viejos rivales, y que es acosada por el rudo macarra Buck Hannassey.

La amiga de la chica

El capataz, Steve, que es un rudo vaquero que se pasa provocando al forastero todo el rato pues lo cree poca cosa para la hija de su jefe, a la cual desea.

El rudo capataz

El chulo pendenciero, Buck, que es un canalla e inicia una guerra por no pensar las cosas que hace.

El chico malote

El empleado mexicano (Alfonso Bedoya), que es un humilde cacho de pan.

El humilde secundario

El Mayor, un viejo granuja que se las da de intachable caballero, acostumbrado a que su voz es ley.

El padre de la chica


Rufus Hannassey, el otro viejo guerrero que habla con locuacidad y voz de trueno, invocando a la caballerosidad.

El gran enemigo del padre

La música es, también, parte esencial del encanto del film. Suena briosa a caballo y melosa en el baile de prometida.

Valverde, Texas

Los actores secundarios están soberbios. Burl Ives se llevó el óscar al secundario por su papel de enconado enemigo del Mayor Terrill y Chuck Connors, con su estatura y sus maneras de rufián, hace creíble a Buck. Chuck Connors, además, era un atleta, como demuestra cuando salta del edificio en la peli, no en vano fue uno de los pocos deportistas que jugó en la NBA con los Celtics de Boston y en la liga de Béisbol con los Dodgers de Nueva York y los Cubs de Chicago.

William Wyler y el elenco

Esta peli es un clásico de Hollywood que reúne un drama tipo culebrón ambientada en el rudo oeste y bañada con una melodía magnética.  

Ficha técnica:

Título: "The Big Country" (Horizontes de Grandeza) 

Año, país, duración: 1958, EEUU, 165'

Dirección: William Wyler

Guión: James R. Webb, Sy Bartlett; Robert Wyler;  Jessamin West. Basada en la novela de Donald Hamilton.

Reparto:

Gregory Peck....Jim Mc Kay

Jean Simmons...Julia Maragón

Charlton Heston....Steve Leech

Carroll Baker....Pat Terrill

Charles Bedford...Mayor Henry Terrill

Burl Ives....Rufus Hannasey

Chuck Connors....Buck Hannassey

Alfonso Bedoya....Ramón.



Hasta otra.

Juli Gan