Mostrando entradas con la etiqueta cine bélico. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta cine bélico. Mostrar todas las entradas

viernes, 26 de septiembre de 2025

La guerra según el cine italiano

Los seres humanos son capaces de perpetrar lo peor, como podéis ver últimamente por la tele. Los seres humanos inventaron las guerras. Catástrofes no naturales que causan muerte, dolor, pobreza, hambre, desplazamientos masivos y años y años de recuperación en medio de la miseria. Me está quedando un comienzo muy tenebroso, pero es necesario para adentrarnos en las pelis de las que quiero tratar en esta ocasión.


Hay pelis bélicas en las que se ensalza el heroísmo y se motivan los valores patrióticos, sobre todo si las filman los vencedores. Ahora me aparece en mente el armario ropero de John Wayne vestido de marine. Esa es precisamente la imagen que quiero desechar ya que hay también quien crea películas en las que la guerra no es más que una tragedia que les sucede a los protagonistas que preferirían estar en cualquier otro lugar en vez de en una trinchera. Es de este segundo tipo de pelis de las que pretendo hablar hoy.


Enlazo dos películas italianas producidas a mediados del siglo XX; una de ellas relata la historia de un par de soldaditos del ejército transalpino durante la guerra del 14, y la segunda narra las vicisitudes de un grupo de soldados al final de la guerra del 39. Ambas tienen en común que uno de sus protagonistas principales es el insigne Alberto Sordi.


A Italia no le fue bien en ninguno de ambos conflictos armados, y eso que se supone que durante la primera guerra mundial estaba del lado de los aliados, vencedores a la postre. Los italianos que fueron llamados a filas en sendas contiendas no se debían sentir demasiado guerreros y eso se ve en estas dos pelis.


Entre los años 1959 y 1960 el productor italiano Dino de Laurentiis, uno de los que consiguió que el cine italiano de posguerra tuviera un nombre, puso la pasta para que se rodaran dos films que contaban las desventuras de unos soldaditos italianos en cada guerra mundial. La casualidad es que en ambas, uno de los personajes protagonistas recale en el mismo actor: Alberto Sordi.



La gran guerra, 1959.


En esta peli bélica también sale Silvana Mangano, una sola mujer haciendo un papel demasiado habitual.

La peli de 1959, La gran guerra (La grande guerra) es una cinta en blanco y negro de 135 minutos dirigida por Mario Monicelli, conocido por ser el artífice de una de las primeras pelis de la comedia a la italiana, I soliti ignoti, más conocida por estos lares como Rufufú, que es justo del año anterior a la gran guerra.


Sordi y Gassman comiendo trinchera.


En las oficinas de reclutamiento los italianos van haciendo cola. Hasta allá ha llegado el milanés Giovanni (Vittorio Gassman) que intenta librarse, aunque sea pagando, cosa que aprovecha el romano Oreste (Alberto Sordi) que le tima. Ambos se reencuentran en el tren y están condenados a limar asperezas porque van a pasarse mucho tiempo en las trincheras. Ellos intentan escaquearse todo lo que puedan. El ardor guerrero no les representa. Eso de reptar por el barro y aguantar la metralla austrohúngara no va con ellos.


Dos caraduras en el reclutamiento.

Consiguen hacer de mensajeros con tal de escapar de las trincheras. En una de esas, volviendo a su unidad, descubren que esta ha sido arrasada y prácticamente son los únicos supervivientes de la misma. Fieles al escaqueo, en una de estas, se quedan a dormir en una granja y los austríacos los hacen prisioneros. Los austríacos se ríen de la cobardía que demuestran los dos italianos. Giovanni reacciona y se enfrenta a los oficiales que les interrogan, con lo cual, es fusilado. Oreste, que tiene miedo a morir, acaba igual. El final de la peli resulta de lo más irónico, ya que los italianos toman la granja y pasan al lado de los cadáveres mientras comentan que esos dos seguro que se han dado a la fuga.


Todos a casa, 1960.



La peli de 1960, Todos a casa (Tutti a casa) narra las vicisitudes de un grupo de soldados que no saben muy bien qué hacer dado que se ha decretado el armisticio entre el ejército italiano y los aliados, con gran cabreo de los alemanes que pasan a ser el nuevo ejército enemigo, del que tienen que huir este grupo de italianos desmilitarizados. La cinta, en color, y de casi dos horas, fue dirigida por Luigi Comencini, autor de pan, amor y fantasía.


Llama al cuartel desde el bar porque han decretado el armisticio.


Esta historia que comienza el día que Italia declara el armisticio en 1943. En Todos a casa el subteniente Innocenzi (Alberto Sordi) se encuentra con que su cuartel es un caos y que todos los soldados se quieren largar. Para añadir dramatismo al desconcierto, los alemanes, que eran "amigos", acaban disparándoles. Innocenzi consigue que algunos de sus soldados vayan con él hasta que encuentren un oficial, pero el caos hace que cada vez le queden menos soldados alrededor. Todos se largan en cuanto pueden. Sólo queda con él Ceccarelli, que es un pobre soldado al que le han dado un permiso que pierde por el camino y que no se separa de una maleta en la que lleva embutidos que ha prometido llevar a destino. Es mítica la escena en la que el numeroso grupo de uniformados se adentra en el túnel del tren y sólo salen dos: Innocenzi y Ceccarelli.


Innocenzi, Ceccareli y Fornaciari a la busca de un superior que les de órdenes.


Después de llegar a una granja donde pueden cambiar el uniforme por ropa civil, se reencuentran con otros compañeros de armas fugados, como el sargento Fornaciari (Martin Balsam, el presidente del jurado de doce hombres sin piedad). Intentan llegar a sus respectivos hogares siempre escapándose del ejército alemán que controla trenes y carreteras. Hay episodios dramáticos donde mueren integrantes de esta estrafalaria cuadrilla, cuando intentan evitar que atrapen a una chica judía o cuando detienen a un militar norteamericano en casa del sargento Fornaciari, al que los camisas negras fascistas se llevan, a pesar de que él acaba de llegar del frente y no sabía nada del nuevo inquilino residente en casa de su familia.


El grupo se ha esfumado en el túnel. Sólo quedan dos.

Innocenzi y Ceccarelli llegan a Nápoles, su ciudad, pero son detenidos y obligados a limpiar los escombros de la calle. En la última escena, Innocenzi, abrumado por la muerte a tiros de Ceccarelli, toma parte en la revuelta de septiembre del 43, conocida como los cuatro días de Nápoles, donde la resistencia lucha contra el ejército alemán.


Comiendo polenta en casa de Fornaciari con el oficial americano. 

Ambas pelis manifiestan el horror a la guerra, el afán por la supervivencia y el arte del escaqueo. Estas dos cintas muestran, aunque sea en clave tragicómica, que la guerra es algo muy lejano a ser un acto heroico. Una gran lección para los tiempos que corren.


Juli Gan.


sábado, 23 de junio de 2018

Hacer comedia de la tragedia (La Vaquilla)


Esta semana traigo a nuestro rincón zinéfilo una de las películas con la que más disfruté en mi adolescencia. La primera vez que la vi, nos la echaron en el instituto y me quedé maravillada con las chuscas peripecias de un grupo de soldados infiltrados entre el enemigo. Se atrevía a burlarse de una cosa tan seria y con tan poca gracia como fue la guerra civil española. Por primera vez se hacía de una tragedia una comedia. Cosa de García Berlanga, que encima fue alistado en la leva del biberón por la República en los estertores de esa barbaridad bélica. Berlanga, y Azcona, fueron capaces de sacar una comedia de algo tan luctuoso por primera vez, luego ya vendrían otras comedias como "Biba la banda", un par de años después.


Cartel de la peli.


Cuando hablo de la película "La vaquilla", yo no sé por qué muchos la confunden con el personaje principal de la película de subgénero delictivo y rateril "Perros Callejeros" de J.A. de la Loma que llevaba el desafortunado apodo de "el Vaquilla", nacido para cosas oficiales como Juan José Moreno Cuenca. Pero no, yo hablo de la famosa película que el maestro de maestros y austrohúngaro por vocación, Luis Garcia Berlanga, rodara hace ya treinta años en el hermoso pueblo zaragozano de Sos del Rey Católico. El pueblo se llama de esta manera porque allá vio la primera luz de su vida el rey Fernando II de Aragón y V de Castilla por matrimonio y luego viudedad, y por pasarse por el forro de las gónadas la sucesión de su hija, y por cargarse la libertad del reino de Navarra, etc, etc. Por cierto, eso de "los reyes católicos" ¿Es que el resto no lo eran?.

Escultura de Berlanga en Sos, donde se rodó La Vaquilla
Ya me he liado, como es costumbre. Volviendo sobre el tema de la película berlanguiana en cuestión, es una ácida sátira de lo que fue la guerra civil. Cuenta la historia de un heterodoxo grupo de hambrientos soldados republicanos que acuden a un pueblo de la retaguardia en zona nacional para robar la vaquilla que es parte de los festejos y así tener algo que comer en las trincheras. 


El quinteto liándola en el pueblo

El guión, siempre al alimón con el gran Rafael Azcona, narra los momentos más chuscos de esta "original " expedición formada por un teniente por derecho político, gran amante de su oficio de peluquero (José Sacristán), un brigada, militar de oficio(Alfredo Landa), un cura rebotado (Carles Velat), un torero con miedo(Santiago Ramos) y un chico natural del pueblo en fiestas cuya máxima obsesión es ver a su novia (Guillermo Montesinos). Como en todas las pelis de Berlanga, la trama es un"arco berlaguiano". Se parte de una mala situación, se aspira a mejorar, y al final se acaba igual o peor que al principio.

Plano-secuencia berlanguiano. Tres escenas a la vez.

Las peripecias del dispar grupo comienzan en unas trincheras aburridas, la inestimable ayuda de un intendente homosexual que les ayuda a cruzar las líneas, encontronazos con la plana mayor franquista, la iglesia represora, la aristocracia más rancia, y la familia política del soldado natural del pueblo. La escena final es simbológica. La vaquilla, que es el origen de la peripecia, la cual quieren robar para dar de comer a sus tropas e impedir la fiesta al enemigo, acaba muerta porque ninguno de los dos bandos sabe muy bien qué hacer con ella. Los buitres planean sobre el cadáver mientras suena "la hija de Juan Simón".  Deja claro su mensaje.




El hecho real del trueque entre los bandos atrincherados ya se había rodado veintidós años antes gracias a una peli de Pedro Lazaga, habitual de las comedias de la época con Landa, López Vázquez, Gracita Morales, Aparicio, etc, etc, llamada "Posición avanzada", rodada en pleno franquismo de los tecnócratas del Opus. Algunos detalles de la peli la hacen recordar viendo las descacharrantes escenas de los cinco republicanos infiltrados en las tropas enemigas.



También es curioso que tanto Lazaga como Berlanga, para purgar su pasado, fueron miembros de la División Azul pasándolas canutas en Rusia en plena juventud.


Guerra chapucera y toros, retrato español.

Berlanga dió muchas vueltas a esta historia. La quiso hacer en los cincuenta, pero hacer humor de un hecho tan serio no parecía bien ni a rojos ni a azules, que ya es curioso, pues en este punto estaban de acuerdo. Cuando acudía al extranjero con alguna peli tipo "Bienvenido míster Marshall" o "el verdugo", Berlanga aprovechaba para hablar con exiliados, que torcían el gesto con reprobación ante la idea de hacer una sátira. El humor, como alguien dijo una vez es igual a tragedia más tiempo. Así que Berlanga tuvo que esperar muchos años para llevar a cabo esta filmación. Tanto que la historia evolucionó. Al principio iba a narrar la historia de un pueblo en pleno frente, dividido en dos, por medio de una franja blanca que delimitaba las dos Españas. Quizá os suene al pueblo "fregatriz" Villaarriba y Villaabajo, donde aprovechó la idea original del primer boceto de la vaquilla. Aunque cosas como las del intercambio de tabaco por papel de fumar son absolutamente ciertas.


Secundarios de lujo. Agustín González, comandante fascista; Amalia de la Torre, condesa trastornada; Adolfo Marsillach, marqués y Fernando Sancho, el alcalde fascista. La idea de Berlanga era contar con Luis Escobar (marqués de Leguineche en la escopeta nacional), pero no pudo ser.

Una de las especialidades de Berlanga era hacer secuencias corales donde los actores, diseminados por todo el cuadro, van desarrollando sus cometidos, como por ejemplo, la escena de la barbería en la que, mientras Landa espera ser inyectado por Luis Ciges, por cierto, también divisionario en Rusia en su mocedad, Sacristán se desvive por recordar su profesión de barbero afeitando a un Agustín González que resulta ser el comandante franquista.


Violeta Cela interpreta un mínimo personaje de la novia de Guillermo Montesinos. Una chica con carácter que elige al alférez fascista(Juanjo Puigcorbé) aunque se nota que aún quiere al pobre perdedor.

Como decía más arriba, las películas más exitosas de Berlanga solían contar con varios aspectos similares: Una, es que en todas ellas aparece la palabra fetiche "austrohúngaro", dos, que no hay un protagonismo individual pues suele estar repartido entre un puñado de actores y tres, que siempre se da el llamado "arco berlanguiano". Esto no es otra cosa que, partiendo de una situación un tanto incómoda, se toma una oportunidad de prosperar, que finalmente se trunca, acabando igual o peor que al comienzo.

Magistral resumen de la peli en 30 segundos:




La Vaquilla fue una película exitosa sobre la guerra civil antes de que este lamentable pasado inundara la literatura, el cine y la televisión. Puede que su éxito fomentara la aparición de otras obras versadas sobre el tema.


Juli Gan

viernes, 25 de mayo de 2018

Senderos de gloria


«Hay ocasiones en que siento vergüenza de pertenecer a la humanidad…» (Coronel Dax, en Senderos de gloria).

El próximo once de noviembre se cumplirán cien años del final de la Primera Guerra Mundial, la mayor catástrofe de la humanidad hasta ese momento.

Por supuesto, el horror de aquella guerra ha sido ampliamente reflejado en la literatura y el cine. De todas las películas que tratan sobre la llamada Gran Guerra, Senderos de gloria (Paths of Glory) de Stanley Kubrick, quizá sea la más impactante.

Desde el punto de vista cinematográfico, esta película significó un hito a partir del cual se produjo un cambio sustancial en el tratamiento del cine bélico.

Para que se pudiera llegar a rodar una película tan atípica respecto a la mayoría del cine de su época fue necesaria la conjunción de diversos factores.

En primer lugar, la aparición, en la década de los cincuenta del siglo veinte, de una nueva mentalidad en algunos directores de Hollywood que, en pugna  con el poderoso código Hays (cuyo promotor murió en 1954), comenzaron a adentrarse en temas espinosos; fue el caso de  Daniel Mann, Elia Kazan, Sidney Lumet, Richard Brooks, John Huston, Otto Preminger, Robert Aldrich, Nicholas Ray y Stanley Kubrick.
En segundo lugar, la intervención de Kirk Douglas. Douglas había comenzado su carrera cinematográfica en 1946, con El extraño amor de Martha Ivers y, con la mezcla de inteligencia, voluntad férrea, y grandes dotes interpretativas que le caracterizaban, había conseguido comenzar la década de los cincuenta siendo ya una estrella de Hollywood. En 1955, dio un nuevo paso en el control de su carrera y fundó su propia productora: Bryna, llamada así en honor a su madre.

El propio Douglas, en su más que recomendable biografía El hijo del trapero (que trapero fue su padre, un judío ruso analfabeto), relata la gestación de la filmación de Senderos de gloria:

“Vi una película modesta, titulada the killing (Atraco perfecto). Una cinta de exiguo presupuesto y que dio exiguos beneficios. Su estructura era insólita, el estudio no tenía fe en ella y la lanzó tímidamente. Pero despertó mi curiosidad y quise conocer al director, Stanley Kubrick, un chico que se había iniciado como fotógrafo a los diecisiete años en la revista Look. Le pregunté si contaba con otros proyectos. Me dijo que tenía un guion, Paths of Glory (Senderos de gloria), de Calder Willingham y Jim Thompson, basado en la novela de Humphrey Cobb (1935), que trata de la sed de fama del alto mando de Francia en la Primera Guerra Mundial y que causo tantas muertes innecesarias… Lo leí y me enamoré de él”

“Stanley  -le dije-, no creo que esta película dé un céntimo, pero tenemos que hacerla”

Efectivamente, Kubrick era, quizá, el director que mejor encarnaba esa nueva manera de entender el cine de la que hablábamos. Así lo había demostrado en esa película, Atraco perfecto, que había encandilado a Douglas al mostrar, con ritmo vertiginoso, los diferentes puntos de vista de los participantes en un atraco. Esa película supuso  un avance en la renovación del cine policiaco iniciada por John Huston, en 1951, con La Jungla de asfalto y  que culminaría  Orson Welles con Sed de mal (1957).

Douglas logró que United Artists aceptará, con reticencias puesto que ya habían perdido dinero con Atraco perfecto, financiar la película con un pequeño presupuesto de 3 millones de dólares.

Puesto que los recursos eran escasos, se decidió rodar en Alemania, en Múnich y sus alrededores, donde los castillos y campos se parecían a los franceses pero los costes eran menores, ya que la economía alemana todavía estaba en recesión tras la devastación producida por la Segunda Guerra Mundial.
Cuando Douglas llegó a Alemania para iniciar la filmación se encontró con que Kubrick, ayudado por Thompson, había cambiado sustancialmente el guion. Buscando hacerlo más comercial -«Necesito ganar dinero», fue su justificación- había introducido diálogos disparatados y había rematado la historia con un absurdo final feliz. Douglas discutió con Kubrick e impuso  que se rodara el guion original.

Paradójicamente, esa película que Kubrick estuvo a punto de desvirtuar es hoy considerada por muchos la mejor de su filmografía.

La película se basa en la novela del mismo título de Humphrey Cobb, un veterano de la Primera Guerra mundial, que utilizó para el título de su obra un fragmento de un poema de Thomas Gray (1716-1771): «Los senderos de gloria no conducen sino a la tumba».

Cobb se inspiró en hechos reales ocurridos durante la Gran Guerra. Así nos lo dice en el inicio del libro:

«Todos los personajes, unidades militares y lugares mencionados en el presente libro son ficticios. No obstante, si el lector pregunta ¿sucedieron realmente estos hechos? El autor responde: “Si”…» Y después pasa a señalar las fuentes en las que se basa su novela, para acabar mencionando la noticia publicada en The New York Time el 12 de julio de 1934: «Los franceses absuelven a 5 fusilados por rebelión en 1915, dos de las viudas reciben una indemnización de 7 centavos cada una».
Porque el libro se basó en el fusilamiento,  ordenado por el general francés Deletoile, de cinco soldados, elegidos por sorteo,  para que sirvieran de ejemplo tras el fracaso de un ofensiva mal dirigida y peor planeada.

Kubrick y los otros dos guionistas adaptaron la novela a sus intereses; uno de ellos, que el personaje del coronel Dax, que en la novela tiene una intervención importante pero breve, cobrará mucho mayor protagonismo, puesto que iba a ser el interpretado por Douglas.

Tomando esos hechos reales como referencia, la película se desarrolla en 1916, cuando los ejércitos francés y alemán llevaban dos años desangrándose en la llamada guerra de trincheras.

Acuciados por la necesidad de presentar alguna victoria, el Estado Mayor francés, a través del general Broulard (magníficamente interpretado por Adolphe Menjou) logra que el general  Mireau (encarnado por George Macready, en una gran actuación) ordene a su regimiento un ataque suicida sobre una inexpugnable  posición alemana, La colina de las hormigas.

Toda la película es excepcional en cuanto a la manera de presentar, con rigor e intensidad, las diferentes personalidades de los personajes; sin embargo, cabe destacar la  conversación inicial entre Broulard y Mireau por su inmenso cinismo.

Así, cuando Broulard le sugiere que, con su regimiento exhausto, intente tomar la colina, Mireau se niega puesto que sabe que es imposible. Sin embargo, cuando Broulard le comenta que en el Estado Mayor han pensado en él para ascenderlo a general de División, se produce un cambio en Mireau que queda magníficamente reflejado en el siguiente diálogo:

Mireau: La vida  de uno de esos soldados significa para mí más que todas las estrellas y condecoraciones de Francia.

Broulard: Ya… ¿Entonces, crees que tus hombres no pueden llevar a cabo ese ataque?

Mireau: No he dicho tal cosa. Nada es imposible para ellos si se les despierta su espíritu de combate.

Broulard: No me equivoqué al venir aquí (queda implícito el que Broulard, sumamente cínico e inteligente, había juzgado adecuadamente la ambición Mireau). Eres el hombre que puede tomar la colina. Y en lo que respecta a tu estrella…

Mireau: Eso no tiene nada que ver con mi decisión. Si acaso sería lo contrario.

Broulard: Me doy perfecta cuenta, Paul.

El paseo, previo al ataque, que Mireau da por las trincheras sirve para apuntalar la dicotomía que domina toda la película: el mundo de los soldados, relegados al infierno de las trincheras y sin ningún control sobre sus destinos, y el de los altos oficiales, a salvo en los salones lujosos donde disponen, con total arbitrariedad, de las vidas de sus subordinados. De esta visión dual, sólo se salva el coronel Dax, que comparte trincheras y penalidades con sus hombres.
Como era previsible, el ataque es un terrible fracaso. La matanza que los francés sufren cuando intentan avanzar hacia la posición enemiga supera, incluso, el porcentaje de bajas, un escalofriante 60%, que Mireau había considerado asumible.

Ante la inutilidad de la sangría, el segundo batallón no llega a salir de las trincheras. Mireau, enloquecido por la rabia, ordena a la artillería que abra fuego sobre ese batallón (lo que denominan, muy eufemísticamente, «Proyectiles que se quedan cortos»). El capitán artillero se niega.

Buscando una cabeza de turco que oculte su culpa, Mireau consigue, sin gran esfuerzo, que Broulard autorice un consejo de guerra sumarísimo, aunque ha de conformarse con que se juzgue “tan solo” a tres hombres, elegidos al azar o por oscuros motivos (y quien desee leer el libro, disfrutará con el relato, más detallado que en la película, de esa elección).

Dax, abogado criminalista en la vida civil, se enfrenta duramente a Mireau y consigue que se le permita actuar como defensor en el juicio que se lleva a cabo sin ninguna garantía procesal.
El juicio, la lucha desesperada de Dax, las horas postreras  de los condenados y su asesinato encubierto de justicia patriótica están tratados con la misma perfecta eficacia que las escenas de las trincheras y de la ofensiva. Destacan los violentos y expresionistas contrates de luz que enfatizan el dramatismo de las escenas y que ponen de manifiesto la pericia de Kubrick como fotógrafo (ya comentamos que ese fue su inicio profesional).

Para facilitar los amplios movimientos de cámara que utilizó el director, se excavaron trincheras de dos metros de ancho y sesenta obreros recrearon un campo de batalla embarrado como escenario de la desastrosa ofensiva francesa.


Y especialmente hermosa y conmovedora es la escena final de la película, en la que Kubrick consigue devolver la dignidad humana a la masa despersonalizada de soldados gracias a la emoción que les produce la canción de una prisionera alemana (la actriz alemana Christiane Harlan, que se convertiría en la tercera, y definitiva, esposa de Kubrick).

Senderos de gloria quizás sea la mejor película antibélica que jamás se haya rodado; y consigue ese efecto porque no apela al sentimentalismo sino a la razón del espectador. Sus escenas buscan, por encima de cualquier otro objetivo, la veracidad en la presentación del horror y la sinrazón y es ese realismo lo que llena de congoja y rabia el ánimo de quien ve la película.

Con su obra, Kubrick consiguió que el público juzgase no a unos oficiales concretos en unos hechos concretos, sino a toda la organización militar francesa y, por extensión, a cualquier organización militar. Es decir, sometió a los mandos militares a un juicio tan sumarísimo como el que la misma película narraba.
Cuando Mireau dice «No podemos dejar que los soldados decidan si una orden es posible o no. Si resulta imposible, la única prueba válida serían sus cadáveres en las trincheras» el espectador no sólo le condena a él sino a todo lo que representa.

Y si, al final de la película, Dax consigue acabar con la carrera de Mireau, esto supone poco consuelo para el espectador, ya que Broulard, principal instigador del drama, sale indemne y no es difícil, incluso, imaginarlo ocupando algún Ministerio (esta caída final de Mireau sí es una concesión de la película al interés comercial que no aparece en la novela).

Obviamente, la película suscitó enorme controversia desde su mismo estreno, el 18 de septiembre de 1957 en Múnich, y estuvo prohibida durante muchos años en varios países europeos: en Francia fue prohibida hasta los años 70; en Bélgica hubo manifestaciones contra ella; incluso Suiza la rechazó como «propaganda subversiva contra Francia». En España no fue estrenada hasta 1986.

Pero lo cierto es que, aun aclamada por la crítica,  tampoco tuvo éxito de público en los países en los que no fue prohibida. Hacía tan solo doce años que había acabado la Segunda Guerra Mundial y la mayoría del público no deseaba revivir los horrores de la guerra.

Douglas y Kubrick rodaron juntos otra gran película, Espartaco (1960), con la que también renovaron otro género cinematográfico, el péplum.

Sin embargo, a pesar de la ideología izquierdista que los unía, durante el rodaje de Espartaco se manifestaron fuertes disensiones entre ellos. Finalmente, en 1961, el director, que había firmado un contrato por el que debía realizar tres películas para la productora de Douglas, pidió que el contrato se cancelara y el actor aceptó.

Kirk Douglas cuenta en sus memorias que uno de los motivos de su enfrentamiento con Kubrick fue que éste quiso apropiarse del guion de Espartaco, puesto que el verdadero guionista,  Dalton Trumbo -proscrito de Hollywood por su negativa a declarar ante el Comité de Actividades Antiamericanas- no podía firmarlo. Douglas no sólo se opuso, sino que hizo que Trumbo apareciese en los créditos de Espartaco, con lo que dinamitó, de facto, la lista negra de Hollywood.

Esta versión sobre la falta de escrúpulos de Kubrick parece veraz si tenemos en cuenta que Jim Thompson –el magnífico escritor de novela negra que también participó en el guion de Senderos de gloria- demandó, y ganó el juicio, a Kubrick para que reconociese su trabajo en Atraco perfecto.

Según Douglas, Kubrick tenía mucho talento y un ego inmenso. Al principio ese ego le divertía, pero dejo de hacerlo cuando Kubrick empezó a contar que Douglas sólo había sido un empleado en Senderos de gloria. La personalidad de Kubrick condujo al actor a realizar su propio juicio sumarísimo del director:

«Todo esto demuestra que no es necesario ser una buena persona para tener un gran talento. Puedes ser una mierda y tener talento; inversamente, puedes ser la mejor persona del mundo y no tener ninguno. Stanley Kubrick es una mierda con talento”.

No se puede opinar mejor de un creador, ni peor de un ser humano.

Yolanda Noir



viernes, 24 de noviembre de 2017

Con la venia, señoría. Dos películas sobre tribunales militares.

Dos pelis, dos, que cuentan las vicisitudes de un consejo de guerra. Dos pelis soberbias sobre la justicia militar norteamericana y sus estirados ritos. Dos pelis que distan en el tiempo treinta y ocho años que tratan actos pasados por tribunales de uniforme cuartelero. El primero “el motín del Caine”, de 1954, sobre las tribulaciones de unos marineritos en un buque de guerra en plena segunda guerra mundial en el Pacífico; otra, “algunos hombres buenos”, de 1992, y el juicio a dos soldaditos de la infantería de marina, AKA “marines”, juzgados a raíz de la muerte de un compañero acaecida en la siniestra base militar de Guantánamo, pedazo de tierra yankee en suelo cubano.

El motín del Caine.

 Cartel de la peli, curiosamente, el prota de la novela ni sale.

Una fabulosa peli de guerra dirigida por Edward Dmytryk basada en una estupenda novela de Herman Wouk. Condensa con mucha solvencia gran parte de la historia novelada. El joven bisoño Willie Keith (El malogrado Robert Francis) se enrola en el dragaminas Caine, donde conoce al cínico teniente Keefer (Fred MacMurray), novelista en sus ratos libres y encargado de transimsiones , al segundo de a bordo, el correctísimo teniente Maryk (Van Johnson) y al capitán del buque, de Vriess.(Tom Tully)
Willie se decepciona un tanto cuando ve que en el barco la tripulación viste desaseada y se alegra cuando el capitán de Vriess es relevado por el nuevo sustituto que es el capitán Queeg (Humphrey Bogart). Queeg resulta ser un tipo raro y puntilloso que acaba teniendo una disputa durante un tifón con el segundo de a bordo, Maryk, a resultas de lo cual Maryk sufre un consejo de guerra.
La defensa del teniente Maryk la asume un brillante abogado, miembro del ejército del aire, el teniente Barney Greenwald (José Ferrer) ácido, sarcástico, duro y sin pelos en la lengua que muestra desprecio por el acto del amotinamiento. Es antológico su discurso una vez pasado el consejo de guerra.

El raruno capitán Queeg (Humphrey Bogart con cara de zumbado)

Los personajes son soberbios y su interacción funciona de maravilla. El papel de Queeg, interpretado por Bogart, es impecable, pero el que brilla con luz propia es el teniente Greenwald, abogado de la defensa, interpretado por José Ferrer en su mejor momento y es que el tío de George Clooney hacía nada que se había llevado el Óscar por su papel de Cyrano de Bergerac y una nominación por hacer de Toulouse-Lautrec en Moulin Rouge.

El implacable abogado defensor (José Ferrer se come la pantalla)

Cosas curiosas de la peli son el hecho de que el propio Bogart hubiera servido en un buque de la marina en la primera guerra mundial o que Lee Marvin, que aparece de marinero, hubiera sido infante de marina (marine, vaya) en la segunda contienda. El peligro real rozó a Van Johnson ya que estuvo a punto de ser atacado por un tiburón en la escena en la que se tira al mar a recuperar el cable del barredor de minas.

Testimonio esencia para la defensa

Peor suerte tuvo, pocos años después, el jovencísimo Robert Francis, muerto a resultas de un accidente aéreo cuando pilotaba un avión. Tenía apenas 25 años y sólo había rodado cuatro películas, haciendo en todas ellas de militar. Una muerte trágica que no llegó a ser leyenda como la de James Dean.

Algunos hombres buenos:

A Demi Moore la colocan por la cuota de género

El teniente Daniel Kaffee (Tom Cruise) es un brillante abogado recién ingresado en la marina que vive una complaciente vida entre pleitos legales y partidos de béisbol en Washington D.C. al que designan como defensor de dos infantes de marina (marines) acusados de haber matado a un tercer marine en la siempre peligrosa base de Guantánamo.


Kaffee asume la difícil defensa de un caso aparentemente claro. Él defiende al cabo Lawson (Wolfgang Bodison), mientras que la capitana de corbeta Galloway(Demi Moore) asumirá la defensa del soldado Downey(James Marshall). Como ayudante en la defensa cuentan con el eficaz teniente Weinberg (Kevin Pollak).

El informal y autocomplaciente abogado estrella y la ambiciosa y sufrida militar

Así, el curioso equipo de abogados viajan a Guantánamo para instruirse en el caso y, de paso, conocen al feroz coronel Nathan Jessup  (Jack Nicholson), un inquietante militar con el que tienen un desasosegante encuentro.


El equipo de defensores estudia pormenorizadamente el caso cada noche para luchar contra una inminente condena por asesinato, porque entienden que los acusados sólo han obedecido unas órdenes muy explícitas pronunciadas por algún superior que ahora no las quiere asumir.
Y el juicio se desarrolla entre actuaciones del implacable fiscal, capitán Ross (Kevin Bacon), del teniente Kaffee y de las declaraciones de los testigos, entre ellas, las del fanático teniente Kendrick (Kiefer Sutherland) y las del propio coronel Jessup, que engrandece su ego en el estrado  dando un discurso impagable de la cantidad de responsabilidades que tiene encima mientras el abogado defensor se desgañita intentando sonsacarlo.

Kevin Bacon haciendo un secundario fiscal muy aceptable

El papel del abogado defensor parece haberse confeccionado a medida para Tom Cruise. En él despliega todo su irónico encanto y su autocomplacencia. Rob Reiner consigue rodar un film sólido también basado en una novela de Aaron Sorkin. El papel de la mujer en el ejército resulta algo desagradable, la capitana de corbeta Galloway es ambiciosa y tiene que tragar con que no se la tome en serio, hasta ese soberbio fascista interpretado por un genial Nicholson hace un comentario machista en la sobremesa guantanamera insinuando al atildado tenientillo leguleyo algo sobre las placenteras felaciones de una superior.

¡Tú no puedes encajar la verdad! ¡Esta escena es sólo mía, chaval!

He aquí dos buenas películas sobre consejos de guerra, para no dilatarme como una parturienta de trillizas, he dejado a un lado “Senderos de gloria”(1957) de Kubrick, una espléndida historia de trincheras en la primera guerra mundial que cuenta un sonrojante hecho real: Se juzga a unos soldaditos por haber perdido una batalla, como si ellos fueran los culpables de algo que no les competía. También he desechado la inquietante “el sargento negro”(1960) de John Ford, una historia truculenta sobre un consejo de guerra a un afroamericano con galones de suboficial entre los casacas azules, que no es otro que nuestro buen Woody Stroode.

Afinidades y diferencias:

Mientras en el motín del Caine nos encontramos una historia lineal que avanza progresivamente sin dar la vista atrás, en la cinta de Reiner, tropezamos constantemente con el recurso del “Flashback”, donde llega a aparecer hasta el finado marine Santiago y todo. Mientras en la peli del 54 las dos únicas mujeres que aparecen son la madre y la novia del prota, Willie, en la del 92, teniendo asumido que las mujeres acceden al ejército, se incorpora la única y pobre aportación militar femenina que corre a cargo de Demi Moore. Su personaje demuestra tener más ambición que talento y se empeña de buscar la aprobación masculina, tanto de sus superiores, como del estelar protagonista, Cruise.

Esta es otra de las diferencias entre ambos filmes. A pesar de ser películas con unos cuantos personajes de importancia, así como en la peli de Dmytryk, el peso está bien repartido entre todos los actores, en la peli de Reiner el carácter casi histriónico del prota de Cruise parece llevarse todas las miradas. Veamos los abogados defensores; mientras en la peli del Caine el papel del abogado defensor, llevado por un José Ferrer en todo su esplendor, sólo ocupa la última media hora del film, en el caso de algunos hombres buenos, es el papel del abogado el que resulta el protagonista indiscutible, ya que la historia se centra en él, aunque, Jack Nicholson esté casi a punto de devorárselo en las escenas de réplica.



Jack Nicholson es en algunos hombres buenos lo que Humphrey Bogart en el motín del caine, sólo que el personaje del capitán Queeg (Bogart) es un hombre enfermo quien sabe si consumido por la guerra, mientras el coronel Jessup (Nicholson) es un facha despiadado que se refocila en su poder. Lo único cierto es que ambos personajes son incapaces de reconocer un error propio y lejos de enmendarlo, no dudan en dejar que la culpa cargue contra sus subordinados.



Dos películas entre las que median casi cuarenta años, ambas rodadas a partir de sendas novelas. La de 1954 narra una historia acaecida en el Pacífico de la segunda guerra mundial, en la que ni sale el enemigo ni se hace mención de él. La de 1992 habla de un estado perenne de guerra en un trozo de tierra arañado a una isla con soberanía propia, por mucho que les cueste a aceptar a tipos como Jessup. Tampoco menciona al “enemigo” en esta guerra de cartón-piedra.
Dos historias que reflejan la tiranía de la institución jerarquizada del ejército, ya sea la marina o la infantería de marina (marines), que no es lo mismo. Trata sobre la injusticia de obedecer a un superior  para verse abandonado ante un fatal desenlace o bien de cuestionar sus órdenes por parecer suicidas. Dos films, que, a pesar de todo, no son nada antimilitaristas. Ya se sabe lo tremendamente tradicionalistas que son en Hollywood.

Para acabar, hacer mención a la música que se escucha en sendos films. La banda sonora del motín del Caine corrió a cargo del excelente músico de cine, Max Steiner, autor de conocidísimas bandas sonoras tales como la que musicaliza “lo que el viento se llevó”. En cambio, algunos hombres buenos comienza su metraje haciéndonos oír la melodía “Semper fidelis”, lema de la infantería de marina yankee, que fue compuesta por John Philip Sousa, un músico y militar yankee hijo de un sevillano de ascendencia portuguesa. Sousa hijo, aparte de “sempre fidelis” es el autor de otras muchas otras marchas militares, tales como la archiyankee “barras y estrellas” (Stars and Stripes).

 Espero que os haya gustado.

Con la venia, señorías, Juli Gan.

viernes, 4 de enero de 2013

La división azul en películas

En los últimos años hemos visto sucederse películas que hablan sobre la guerra civil española. Muchísimas, sin embargo hay muy pocas películas que hablen abiertamente sobre un hecho histórico posterior en el que la España de Franco participó, que no es otra que la formación de la división panzer 250 de la wehrmacht, más conocida como la división azul, que se fue a la Rusia comunista a "imponer" el catolicismo. Eso, al menos, es lo que decían los responsables de tamaña absurda aventura. Las películas de los 50 de la época franquista siempre nos presentan clichés habituales sobre la integridad de los protagonistas y la crueldad y el oscurantismo de los antagonistas. Os dejo ya con unas breves reseñas:

1- Silencio en la Nieve (2011)




El año pasado se estrenó en pantalla grande Silencio en la nieve, de Gerardo Herrero, basada en una novela de Ignacio del Valle titulada El tiempo de los emperadores extraños. La película refleja una historia de suspense sobre quién está detrás de los asesinatos de españoles divisionarios en la fría y lejana URSS de los años 40. La ambientación es de lo más lograda. El protagonista lo encarna Juan Diego Botto, un soldado de intendencia, antiguo policía en la época de la República, a quien le encargan investigar quién está asesinando divisionarios. Esto es lo más cercano, aunque pase de puntillas, de lo que ha estado el cine español de hablar de la división azul, aunque hay alguna otra película anterior que sí la menciona.


Pero ésta es una película ambientada en la división azul. No hay más trasfondo. Algo más incidente es La patrulla, un film de 1954, ya que es una de las pocas que muestra a los soldados de la división azul en la posición sobre la nieve.

2- La patrulla (1954)



Curiosamente el director Pedro Lazaga, al igual que en el caso de Luis García Berlanga o el actor Luis Ciges, perteneció realmente a la división azul y estuvo destinado en la URSS luchando del lado de la Alemania nazi. Lazaga acudió para purgar su pasado de excombatiente republicano, y aunque posteriormente fue conocido por firmar las consabidas españoladas de los 60 como Sor Citroën, La ciudad no es para mí o el abominable hombre de la Costa del Sol, pero una década antes se hizo cargo de películas bélicas que intentaban aliviar la conciencia de un régimen militar, basado en escritos militaristas y proalzamiento de periodistas como  Rafael García Serrano, padre del García Serrano que dirige la Gaceta y se pasea por Intereconomía, como fueron La fiel infantería o Posición avanzada.



En La patrulla nos cuenta la vida de unos amigos, que forman patrulla en una guerra civil a punto de acabar. Deciden, como muchos camaradas de armas, reunirse al cabo de diez años. Cada uno sigue un camino diferente al acabar la contienda. Uno de ellos parte para Rusia enrolado en la división azul donde es hecho prisionero. El ser prisionero y el no tener noticias de él en su tierra es uno de los temas recurrentes de este tipo de películas, a lo que hay que sumar la espera angustiosa de la novia abnegada y el buen amigo del soldado que ronda a la novia porque la ama en secreto, cosa que también se repite en La espera. En el caso de la Patrulla, el divisionario, Conrado San Martín, escapa del gulag y vuelve a España tras viajar de polizón en un avión.

3- La espera (1956)




Película de Vicente Lluch en la que se cuenta la historia de unos divisionarios desde la óptica de la familia que espera en el pueblo. Llena de clichés y con un mensaje pueril, nos cuenta la historia de unos amigos que se ven "obligados" a ir a Rusia a luchar por la civilización cristiana "por lo que pasó" en su tierra. Un argumento de puntillas para justificar algo sin demasiado peso.  Los cuatro jóvenes van, mientras unos niños, comandados por un Luis Varela niño, explican la guerra mediante juegos. Vuelven tres de ellos y a Juan (Rafael Arcos) se le da por muerto. Vuelve a estar la novia que espera rezando rosarios y la ronda del amigo que sí volvió, hasta que llega un alemán y les cuenta que está en un gulag. A la vuelta del Semíramis, barco en el que regresaron muchos divisionarios, todo es alegría. Excepto para Juan que se siente turbado por haber perdido trece años de su vida.



Esta película hace recordar a la posterior Los Girasoles (1970) película italiana de Vittorio de Sica, protagonizada por Sophia Loren y Marcello Mastroianni, con uma maravillosa banda sonora filmada por Ennio Morricone en la que nos cuenta la historia de la incansable lucha de la napolitana Giovanna (Loren) por saber si su marido Antonio, al que acababa de conocer, y con el que se casa para que no lo destinen a África, está vivo tras el final de la guerra. Antonio hace lo imposible destinado, pero acaba siendo enviado a Rusia, al igual que los divisionarios españoles. Si no habéis visto esta palícula, ya no os cuento más, porque es de estas que se recuerdan de por vida. Si la traigo a la memoria es porque los italianos, al igual que los españoles, fueron enviados a luchar a Rusia para defender el eje.

4- Embajadores en el infierno (1956)




Del mismo año que la patrulla, esta es, quizá, la película más conocida sobre los divisionarios y su trágico destino. Basada en las memorias del capitán Palacios, que escribiera Torcuato Luca de Tena, fue filmada por José María Forqué aunque primeramente se le ofreció a José Luis Sáenz de Heredia, director de Raza (1942), la película guionizada por el propio Franco.

 Al rechazarla Sáenz de Heredia, se le ofreció a Forqué, que nos cuenta, a la manera habitual de las películas "didácticas" del franquismo el noble ideal de los divisionarios españoles y lo malos malísimos que eran los comunistas, a los que se representa casi siempre como malvados de ojos rasgados. (Por ahí anda Valeriano Andrés con pinta de comisario político tártaro o el personaje de un Trotsky remadado que toma bicarbonato) El protagonista, el capitán Abrados (Antonio Vilar), que en la realidad fue el capitán Palacios, nos muestra su inflexible integridad frente a algún desesperado que, doblegada su voluntad, se acoge a las ideas del padrecito Stalin y, como no, se suicida, como no puede ser de otra manera en el argumento de la España franquista, al no poder volver en el Semíramis acasa. Como la iglesia pesaba, y mucho, la peli acaba con el barco llegando a la ansiada España mientras todos rezan un padrenuestro.



 5- Ispansi! (2010)




Aunque realmente la película de Carlos Iglesias nos cuenta la, también, oscura y poco conocida historia de los españoles rojos enviados a la URSS, en esta cinta se cuenta mediante flashback un momento en el que aparece la división azul que encuentra a unos mozalbetes del ejército rojo, pero españoles, hechos prisioneros por los alemanes. Como tiene bastante fuerza, os la dejo aquí.



Si en este caso Ispansi! habla de los niños que fueron enviados a Rusia, los cuales aún siguen siendo ancianitos en aquél país, hay una cinta de 1954 filmada por Rafael Gil llamada Murió hace quince años en la que un jovencísimo Sancho Gracia, hijo de un alto oficial del ejército franquista, cuando niño, fue evacuado a la URSS, vuelve a su casa al lado de su padre militar, aunque Gracia es un joven espía soviético, que, como no puede ser de otra manera, se vuelve contra los rusos que le han lavado el cerebro y ve la luz de la religiosa España. En fin, una óptica diferente de aquella historia, para ilustrar más que nada, ya que poco tiene que ver con los filmes sobre divisionarios.

Esta es una sucinta lista de películas de ficción que tratan de alguna manera la historia de los miembros de la división azul española. Unos 40.000 voluntarios, algunos forzados por su pasado o el de sus familiares, que se largaron como soldados de la wehrmacht a encontrarse con el frío siberiano.

Juli Gan