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viernes, 17 de febrero de 2023

Revolutionary Road


Sam Mendes

Revolutionary Road es una peli norteamericana del año 2008 dirigida por Sam Mendes y eso a mí ya me dice mucho. Mucho y bueno. Mendes es un director inglés especialista en entomologizar la sociedad estadounidense; en concreto, el idílico sueño americano de la felicidad en los suburbios, que en sus filmes, como ya sabéis porque los habéis visto o, si no, como os podréis imaginar, no es ni idílico ni feliz ni sueño (más bien pesadilla).  

Así hizo en American Beauty, una de las mejores piezas de los últimos años, y así hace en Revolutionary Road, con un especial añadido de cinismo al escoger como pareja protagonista de una historia de desintegración personal y familiar a Kate Winslet y Leonardo Dicaprio, quienes unos años antes, en Titanic, habían encarnado el prototipo del amor romántico.

Mendes tiene en su currículum otros filmes reseñables, como un par de la serie de James Bond, Skyfall y Spectre, interpretados ambos por Daniel Craig, que no son precisamente los mejores de la saga. Sin duda, de toda su filmografía, me quedo con American Beauty y esta Revolutionary Road.

 

April Wheeler

Cuando se rodó Revolutionary Road, Kate Winslet estaba casada con Mendes y ni ella ni Dicaprio se habían
revelado aún como los monstruos de la interpretación que son; no habían alcanzado aún el grado de consagración del que hoy disfrutan, lo cual demuestra el grandísimo ojo del bueno de Mendes.

Winslet y Dicaprio interpretan a April y Frank Wheeler, una pareja neoyorquina de jóvenes enamorados que, en la década de 1950, se muestran disconformes con la vida que ven venir a imponerse sobre sus voluntades y deseosos de romper con un destino de hermosa casa en las afueras y jardines poblados de criaturas rubias y barbacoas.

En un principio ambos abominan de esa existencia prefabricada a la que se encaminan. Pero resulta que ese american way of life no los trata a ambos por igual, porque está diseñado a la medida de los hombres como Frank. A las mujeres como April les cuesta más encajar, ya que les toca una parte menos dulce y menos resplandeciente. Así que Frank se acomoda, acepta el futuro previsto de ascensos laborales y canas al aire con los amigotes. April no. Y ahí comienza a desencadenarse la tragedia, la tragedia de Frank y, sobre todo, la de April, pero también la de todos los seres humanos que no consiguen escapar de lo que se espera de ellos.

 

Laura Brown

El personaje de April Wheeler nos lleva sin remedio a pensar en Laura Brown, alias “el monstruo”. Me refiero al personaje del filme Las Horas (2002), de Stephen Daldry, interpretado por Julianne Moore.

Tanto Laura como April encarnan el tabú de la madre que no se porta canónicamente con sus criaturas, un asunto de tintes mitológicos que me daría para un artículo (o varios) más, pero, de momento, lo vamos a dejar ahí. Solo añadiré que Las Horas está basada en la novela homónima que Michael Cunningham publicó en 1998 y que contiene otros interesantes personajes femeninos, como a la mismísima Wirginia Woolf.

 


Richard Yates

Revolutionary Road también está basada en una novela con el mismo título, que en 1961 publicó el
norteamericano Richard Yates. Yates fue escritor y escribidor por encargo, ya que durante un tiempo se dedicó a redactar los discursos del mismísimo presidente John Fitzgerald Kennedy. También fue guionista en Hollywood. Como murió en 1992, no llegó a conocer la versión cinematográfica de Revolutionary Road, y no sé por qué, pero creo que le habría gustado. Además, la película lo rescató del olvido y trajo consigo la reedición de sus obras.

Revolutionary Road fue la primera novela de Yates y desde su aparición fue aclamada por la crítica. No la he leído, pero le tengo ganas, porque, según dicen, la peli no alcanza ni de lejos sus niveles de amargura y desgarro.

 


John Givings

Puede decirse que la fuerza de Revolutionary Road descansa preferentemente sobre sus personajes, así que, para terminar este articulito no puedo dejar de mencionar a uno de los más logrados: John Givings, magistralmente interpretado por Michael Shannon.

Givings es uno de esos locos crudamente lúcidos, el único que se atreve a señalar al elefante rosa que duerme plácido sobre el cuidadísimo césped de los casoplones suburbiales y en los primorosos salones donde se reunen las vecinas y vecinos a tomar el té. Givings es el único que nombra lo innombrable y, claro, eso lo convierte en alguien terriblemente incómodo.

Sus palabras son tan hirientes como hermosas y esa es también una buena forma de calificar Revolutionary Road: una película tan cruel como bella.

Noemí Pastor

 

viernes, 16 de diciembre de 2022

Único testigo


No es la primera vez que publico algo sobre esta peli. Sin dedicarle, como ahora, un artículo entero, la nombré hace unos diez años, cuando regresé de un viaje por los Estados Unidos y recopilé en un post todas las pelis que me habían venido a la cabeza durante mi estancia en Filadelfia. 

 Ahora, tras haberla visto por millonésima vez en la tele y no aburrirme nunca, me pregunto por qué nunca le he dedicado más líneas, siendo como es una de mis pelis favoritas de siempre.

 Pero empezaré explicando por qué es mi favorita; o una de mis favoritas.

 En primer lugar, por su protagonista, Harrison Ford (una debilidad que tengo); luego, por su director, Peter Weir, a quien debo otras dos pelis que me gustan mucho (“El show de Truman” y “Matrimonio de convivencia”) y otras muchas más que no me gustan tanto; por su guion y su high concept, tan originales; y por la escena del baile en el garaje mientras suena Don't Know Much About History, de Sam Cooke.

 Sea como sea, ahora me apetece hablar, para empezar, un poco, de su reparto, en el que voy a destacar a dos estrellas malogradas y un debutante.

 Una de las estrellas malogradas es Alexander Godunov. Nacido en la extinta Unión Soviética en 1949, fue una de las más grandes estrellas del ballet Bolshoi, hasta que en 1979, cuando tenía treinta años, durante una gira, pidió asilo político en los Estados Unidos y no regresó a su país nunca más. En América continuó su carrera de bailarín y seis años después debutó en el cine, precisamente con esta peli, Único testigo. Tras este éxito, participó en otros cinco filmes más, incluida una entrega de La jungla de cristal, y en 1995, con tan solo cuarenta y cinco años, murió de una cirrosis provocada por su adicción al alcohol. Dios lo tenga en el paraíso de los hombres bellos y desdichados.

La otra estrella malograda, aunque no tanto (al menos sigue viva), de Único testigo, es Kelly McGillis. De hecho, Único testigo fue la segunda peli de esta actriz californiana que luego brilló en Top Gun y en Acusados y ahí se acabó la historia, porque el resto de los filmes que hizo pasaron sin pena y sobre todo sin gloria. No porque McGillis no tuviera talento ni presencia, no porque no fuera una maldita reinona ni un hermoso animal cinematográfico, sino porque, según dicen, se declaró públicamente lesbiana, se lio con Madonna (eres mi ídola, Kelly, cariña), se negó a operarse para parecer más joven y eso a los señoros productores de Hollywood no les hizo gracia. Pues nada, que Dios tenga a McGillis algún día muy lejano en el paraíso de las señoras que merecen mucho la pena.

 Y, para acabar, el debutante, como todo el mundo sabe, es Viggo Mortensen; de los tres que he destacado, sin duda el más estrella y el que mejor currículum ha hecho, sí, pero en 1985 era todavía un pipiolo sin demasiado lustre. Nacido en Nueva York de familia danesa, vivió mucho tiempo en Argentina y por eso habla castellano mejor que yo y tiene una pareja española. Como digo, debutó en el cine con Único testigo en un papelito mínimo, pasó igualmente desapercibido en Pánico en el túnel y en La teniente O’Neil, pero luego llegó El señor de los anillos y de ahí en adelante todo fue triunfar.

Único testigo recibió ocho nominaciones al Oscar y ganó dos. Tuvo mucho éxito, pero su principal repercusión no fue cinematográfica, sino turística.

La película dio a conocer al mundo (y quien dice al mundo dice a mí, que soy una inculta) que en estado de Pensilvania, cuya capital es Filadelfia, existía una comunidad religiosa rural, la de los amish, caracterizados principalmente por su vida sencilla, sus vestimentas modestas, recatadas y tradicionales y su resistencia a adoptar tecnologías modernas, incluida la electricidad.

Nacidos como comunidad religiosa en Suiza, en el siglo XVI, y arribados a América en varias oleadas de inmigración, ya a finales del siglo XX, a la comunidad amish no le hizo gracia Único Testigo. Su Comité Nacional se temió que sus pueblos fuesen inundados por turistas, cosa que efectivamente sucedió, a pesar de que, poco después, el gobernador de Pensilvania renunció a promover más rodajes en los pueblos amish.

Así y todo, yo piqué. Cuando estuve por aquellos lares, me di una vuelta por el condado de Lancaster y me encontré con una cierta infraestructura turística a su alrededor y a paisanos que se tapaban la cara al acercárseles un coche, para no salir en las fotografías. Conseguí retratar algunos de sus famosos y peculiares carros de caballos y unas cuantas de sus típicas vestimentas tendidas al sol a las puertas de una granja. Podéis verlas en el post sobre Filadelfia que os he citado antes, pero aviso que no son gran cosa. No pude hacer grandes fotos. Y lo acepto. Los amish no me deben nada y no son monos de feria.

Y esto es lo que me apetecía contaros sobre Único testigo. Hasta la próxima vez que la den en la tele y que la vuelva a disfrutar, se despide vuestra amiga

 Noemí Pastor