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viernes, 29 de octubre de 2021

En el calor de la noche

Sinopsis a ritmo de soul.


Cartel de la peli

Son los años 60 en un pueblo del estado sudista de Mississippi. (No sé cuántas consonantes dobles lleva este río y por ende, el estado unido, aunque secesionista, del que toma su nombre) Es un pueblo que tiene cierta importancia ya que parece ser un nudo ferroviario entre los trenes que van de norte a sur y de este a oeste. Lo cierto que Sparta, que es el nombre del pueblo, es un lugar poblado por paletos dixies que aún se ríen de las impensables actitudes de Rosa Parks o Martin Luther King jr. A este pueblo ha llegado un rico industrial que pretende montar una fábrica. 

Negro y con pasta, sospechoso.

La peli arranca con la llegada del tren a este nudo ferroviario a orillas del Mississippi y con el agente Sam patrullando por la sofocante noche "espartana". Seguimos a Sam en su recorrido hasta que este se topa con un cadáver. Un hombre blanco. El hombre blanco. El rico industrial que pretendía montar la fábrica ha aparecido muerto en medio de la calle en plena noche. 

Siendo convencido por su jefe para colaborar con los paletos sureños.

El jefe de policía, Gillespie, es un veterano policía con un carácter irascible que trata de llevar en orden al departamento de policía del pueblo. Utilizan el poco sofisticado recurso de tomar como sospechoso al primero que pillan, sin preguntar. Así, el agente Sam, detiene como sospechoso del crimen a un hombre negro bien vestido y con una billetera bien provista que aguarda el tren de las cuatro de la mañana. 


Extraña pareja policial.

El joven negro bien vestido resulta ser Virgil Tibbs, un inspector de homicidios de la policía de Philadelphia que acepta, a regañadientes y por orden de su jefe, ayudar a los segregacionistas de Sparta a encontrar al culpable de la muerte del rico industrial. 


Dixieland


La peli está basada en una novela de John Ball ambientada en esa América segregacionista que no asimila que los afroamericanos son iguales a ellos, los blancos anglosajones protestantes, por supuesto. De hecho, John Ball, con esta novela inició una saga de libros cuyo protagonista era el detective Virgil Tibbs. 

La viuda del rico muerto quiere que Tibbs siga en el caso.


La cinta se rodó en 1967, un par de años después de la primera publicación de la novela de Ball. Rodar una historia policíaca con esa ambientación en plena época de la lucha por los derechos civiles de los afroamericanos era bastante más peligroso que rodar historias con el mismo cariz en los años 80, como "Arde Mississippi".

Los hombres de Paco con otro sospechoso porque sí.

El director de esta película fue Norman Jewison, cineasta canadiense autor de otros éxitos como "Jesucristo superstar" o "el violinista en el tejado". Por cierto, debido a esta última peli mencionada y por el curioso apellido Jewison los antisemitas lo cosían a desprecios, sobre todo por la peli musical de Cristo. En España, por ejemplo, los curas preconciliares guiaban a sus rebaños a los cines para rezar por los pecadores que iban a ver la sesión, tolerada. Chascarrillos aparte, a pesar del sospechoso apellido (Para los antisemitas) el nonagenario director proviene, ahí está la gracia, de una familia cristiana protestante.


Encontronazo con los paletos del white power.

Ya sabemos que  Jewison tiene ciert gusto musical. No podía ser de otra manera en esta peli que goza de la música de Quincy Jones y el tema principal "In the heat of the night" está cantado por Ray Charles.

Reconstruyendo la noche de autos.

La peli está protagonizada por uno de los primeros actores negros en ver reconocida su importancia cinematográfica: Sidney Poitier. En esta peli encabeza el cartel por delante del propio Rod Steiger. Poitier ya rondaba la cuarentena cuando rodó esta peli, pero seguía siendo un hombre guapete, aunque siempre fue un actor bastante inexpresivo. De hecho este año 1967 fue su gran año. Rodó tres películas que fueron auténticos éxitos. Aparte de esta historia criminal en la Mississippi más paleta y racista, también actuó en "adivina quien viene esta noche", haciendo de novio de la blanca niña bien hija de Katharine Hepburn y Spencer Tracy y en "rebelión en las aulas", donde hacía de profesor nuevo en una escuela de barrio pobre londinense donde salía la cantante yeyé  (y eurovisiva) Lulu, sin the luvvers

La trama se va desenredando.

Y aunque el prota era el inspector Virgil Tibbs (Poitier), el que se llevó el óscar a mejor actor fue Rod Steiger, componiendo a ese jefe de policía de malas pulgas y algo cachazudo. Desde luego, ese rudo policía mascando chicle de manera desaforada y manteniendo esa curiosa relación con Tibbs entre la disimulada admiración y la irritación ante su arrogante presencia es una buena razón para ver la peli. Sobre todo la escena cuando suben a ver a Endicott, el terrateniente algodonero, que va de bien educado pero que se siente humillado cuando Tibbs le devuelve el cachete (Ese sí es un zaska antológico) y el jefe de policía no mueve ni un dedo para desagraviar al rico intolerante que ve cómo ya no puede pegar a un negro sin consecuencias. 

Repartiendo.


A ritmo de soul, nos vamos en el ferrocarril,


Juli Gan.

viernes, 11 de enero de 2019

Encrucijada de odios


Dejemos de odiar y aprendamos a disfrutar de las cosas (palabras pronunciadas por Samuels, el judío asesinado en Encrucijada de Odios).

Edward Dmytryk, nacido en Canadá como hijo de emigrantes judíos ucranianos, se inició como director de cine a partir de 1935. Militante comunista de firmes convicciones, en los años cuarenta, la época de sus mejores películas, sus obras tomaron un decidido carácter social -Los hijos de Hitler (Hitler´s children, de 1943), Tras el sol naciente (Behind the rising sun, también de 1943) y Hasta el fin del tiempo (Till the end of time, de 1946)- que culminó en 1947 con la antirracista Encrucijada de odios (Crossfire).

Pero Encrucijada de odios no es solo un decidido alegato antirracista, sino que sobresale especialmente porque en ella Dmytryk, que también pasará a la historia del cine por haber rodado en 1944 uno de los grandes clásicos del cine negro, Historia de un detective (Murder my sweet), consiguió aunar denuncia social con el mejor y más clásico cine negro.

La película es una adaptación de una novela del guionista, y luego director, Richard Brooks (del que ya comentamos su colaboración con John Huston en el guion de Cayo Largo).

La novela trata de un asesinato homófobo en un ambiente militar. Sin embargo, el libro de Brooks, The brix foxhole, fue modificado en el guion por John Paxton, de manera que el asesino de la película actúa empujado por odio antisemita en lugar de por odio hacia los homosexuales. En aquellos años la homosexualidad era un tema tabú en Hollywood (recordemos que toda la producción cinematográfica estaba sujeta a las estrictas reglas morales del código Hays); además, en el momento en el que se rueda la película, los horrores antisemitas del régimen nazi estaban siendo ampliamente publicitados y también juzgados por tribunales Aliados, por tanto era un tema de actualidad.

Hay que tener en cuenta, además, la importancia del lobby judío en Hollywood que vería, inicialmente, con buenos ojos la denuncia del antisemitismo. Más tarde, cuando se impusiera en Hollywood “la caza de brujas”, ese mismo lobby (tan bien estudiado por Neal Gabler en su libro Un imperio propio. Como los judíos inventaron Hollywood), compuesto fundamentalmente por emigrantes judíos de la Europa central y del Este que, desde unos orígenes paupérrimos, habían logrado el éxito económico y social a base de mucha iniciativa y duro trabajo, se sumó al sector conservador que identificaba crítica al sistema con subversión; y esos judíos, que para huir de sus miseros orígenes se habían cubierto de una capa de americanismo y habían contribuido decisivamente a crear y difundir el american way of life a través de sus películas, abrazaron con entusiasmo la persecución anticomunista y proscribieron de Hollywood a cualquier sospechoso de profesar esa ideología, a no ser que hiciera pública apostasía de ella, como fue el triste caso de Edward Dmytryk.

Volviendo a comentar la película, el cambio de la motivación del asesino respecto a la de la novela original no tiene demasiada importancia en cuanto al alegato fundamental: la denuncia de como “Los ignorante se ríen de las cosas que son diferentes; de lo que no comprenden. Sienten miedo de las cosas que no comprenden y las odian”, en palabras de Finlay, el capitán de la Brigada de Homicidios (Robert Young) que investiga el asesinato de un ex combatiente judío a manos de uno de los tres soldados con los que había entablado casualmente conversación en un bar.



Finlay, para determinar quien es el asesino entre los tres posibles sospechosos, busca la motivación del asesino y la encuentra en ese odio irracional que algunas personas sienten hacia lo que consideran una amenaza por ser diferente “… un día matan a irlandeses católicos (como el propio abuelo de Finlay), otro a protestantes, otro a cuáqueros. No pueden parar”.

Y esa es una de los grandes aciertos de esta película: poner en evidencia la irracionalidad de algunos seres humanos, que necesitan chivos expiatorios en los que volcar sus frustraciones vitales.

Dmytrik deja claro en su película que ese tipo de mentalidades son fruto de la ignorancia. Lo pone en boca del sargento Keeley (Robert Mitchum) -cínico, culto e inteligente- cuando condena los prejuicios de uno de los sospechosos diciendo: “creo que Monty debería leer un poco más”.

Pero, como ya señalamos, Encrucijada de odios no se limita a ser una gran denuncia antirracista, sino que encuadra esta denuncia en el marco de una estupenda película de género negro, con su estética neorrealista, sus ambientes estrictamente nocturnos y sus personajes al límite. El inicio de la película, con el asesinato principal narrado a través de sombras en una pared, es uno de los mejores del género negro (tan bueno, sin duda, como el de La carta o el de Los sobornados, por poner ejemplos magníficos).



Las dos líneas de investigación, la oficial llevada a cabo por Finlay, y la oficiosa practicada por el sargento Keeley, nos van presentando una serie de perfiles humanos propios del género negro: el violento Montgomery (un estupendo Robert Ryan, que conseguiría con este papel lanzar su carrera), el agobiado soldado Mitchell (George Cooper), principal sospechoso del asesinato, aterrorizado por su inminente vuelta a la vida civil. 


Destaca también Gloria Grahame, todavía sin la madurez que mostraría unos años después en Los sobornados y en Deseos humanos, pero que ya hace una interpretación tan notable de “buena-chica-mala” como para que fuera premiada con una nominación al Óscar de Mejor actriz de reparto (la película obtuvo otras cuatro nominaciones: al Mejor actor de reparto (Robert Ryan), a la Mejor dirección (Edward Dmytryk), al mejor guion (John Paxton) y a la Mejor película.



Pero también el tercer Robert del trió de actores protagonistas, Robert Young, realiza una de sus mejores interpretaciones cinematográficas como capitán Finlay, el hombre cansado, que ha visto muchos horrores a lo largo de su carrera, pero que “Tiene la mente de un perro de caza”, según Keeley y como tal no abandona el rastro hasta conseguir su presa. El hombre metódico que trabaja de la única manera que sabe: “Reúno toda la información posible, aunque la mayor parte no sirve”.

Y frente a él, llevando a cabo una investigación paralela, el inteligente y cínico sargento Keeley, que basa su convencimiento de que es imposible que su amigo, el soldado Mitchell, sea el asesino en su conocimiento de la naturaleza humana: hay seres humanos que no pueden matar bajo ninguna circunstancia, como es el caso de Mitchell, y otros que si lo pueden hacer, como él mismo lo ha hecho, aunque haya sido en lugares “donde dan medallas por ello”, marcando así la diferencia entre el asesinato socialmente aceptado y el punible; es una crítica implícita al militarismo que aperece también en otra frase que pronuncia el mismo Keeley “Un soldado no sabe adonde ir sino se le ordena. Si no sale a pasear se volvería loco”.



Mitchum está espléndido en esta versión militar del detective lúcido y desencantado (a la manera de ese mítico Marlowe que años después también encarnaría), cínico pero amigo de sus amigos y siempre dispuesto a empujar los margenes de la ley para acomodarlos a lo que él considera justo. 1947 fue un gran año para Mitchum, en él se estrenaron tres de sus mejores películas: Encrucijada de odios, Retorno del pasado y Perseguido (una curiosa mezcla de género negro y wéstern firmada por el gran Raoul Walsh). A partir de ese año Mitchum se convirtió en una gran estrella de Hollywood, aunque sus adicciones y peculiar personalidad harían que su carrera posterior se caracterizará por la alternancia de grandes películas con otras totalmente prescindibles.

Encrucijada de odios fue de los últimos ejemplos de cine crítico en el Hollywood de aquella época. El mismo año de su estreno inició su andadura la Comisión de Actividades Antiamericanas con el objeto de depurar toda corriente subversiva del mundo cinematográfico.



De aquellos a quienes la Comisión llamó a declarar ante ella, hubo diez que se negaron a responder sobre su filiación política acogiéndose a la Primera Enmienda. Entre esos diez estaban Edward Dmytryk, director de Encrucijada de odios, y Adrian Scott, productor de la película.

Los Diez de Hollywood fueron condenados a una multa de mil dólares y a un año de cárcel en una prisión federal; la condena llevaba añadido la expulsión de Hollywood a menos que se retractaran de su ideas y denunciaran a compañeros ante la Comisión. Dmytryk estuvo unos meses en la cárcel, pero después, bien porque no fuera capaz de soportarla o porque temiera el ostracismo que la condena llevaba aparejada, o por otros motivos que ignoramos, aceptó declarar ante la Comisión y delató a 26 antiguos compañeros. Después se exilió en Gran Bretaña.

Hasta 1975 siguió dirigiendo películas (murió a los noventa años, en 1999), pero no volvió a alcanzar la excelencia que había logrado en los años cuarenta. De esos años posteriores, quizás su mejor película sea otra antirracista, el wéstern Lanza rota (Broken lance, de 1954.

Yolanda Noir


viernes, 2 de febrero de 2018

Simpatía por el diablo

José Manuel y Francisco Javier González-Fierro Santos:
Simpatía por el diablo (Serial killers de cine)
Arkadin Ediciones 2005

Hola, amigas y amigos. Hoy toca librito de cine. Me he decantado por esta obrita (el diminutivo es cariñoso, nada despectivo) deliciosa de los presuntos hermanos González-Fierro, que hacen un bonito y muy entretenido repaso a criminales reales y ficticios desde los comienzos del cine hasta los comienzos de este siglo; esto es, de todo el siglo XX. 
A pesar del título, que me gusta tanto que me lo he tomado prestado para mi post, al igual que ellos lo han tomado de otras fuentes, los González-Fierro no solo repasan asesinos en serie, sino que abren el abanico y hablan de otros tipos de crímenes, sobre todo cuando se refieren España, donde, gracias a los dioses, escasean tales especímenes tanto en la realidad como en la ficción. Bueno, que escaseen en la ficción no lo agradezco tanto.
En el prólogo al libro explican los autores qué problemas encontraron a la hora de seleccionar películas y por qué han dejado fuera de su obra filmes tan notables como "Criaturas celestiales" u "Ocurrió cerca de su casa", que, oh casualidad, son dos de mis favoritas. 
Precisamente a mis filmes favoritos me voy a referir en esta mi reseña, pues de todos los recopilados y comentados en el libro, he tenido que seleccionar mucho para quedarme con los que más placer me han brindado. Son estos:

El verano de Sam (Spike Lee, 1999)

Ese es su título en inglés, "Summer of Sam". En español se tituló "Nadie está a salvo de Sam", que no me gusta nada, así que, como este es mi post, manipulo la realidad y la rebautizo como me da la gana.
Vamos primero con la historia real. David Berkowitz, un neoyorquino de veintitrés dulces añitos, fue conocido como "el hijo de Sam", ya que con tal sobrenombre se presentó a sí mismo en una nota manuscrita que dirigió a la policía y depositó en el lugar de uno de sus crímenes y en sucesivas cartas que envió al Daily News.

Comenzó su carrera criminal en julio de 1976 y mantuvo en vilo a la ciudad entera durante más de un año. Se dedicaba a disparar, con un arma de calibre 44, a parejas que charlaban por la noche en su automóvil o a gente que caminaba solitaria por las calles. Mató a seis personas, dejó heridas a unas cuantas más y, tras apasionantes y muy peliculeras peripecias policiales, fue detenido. Confesó todos y cada uno de sus crímenes y fue juzgado y condenado a 364 años de cárcel; el equivalente, al parecer, a seis cadenas perpetuas. Sigue en prisión, concretamente en la penitenciaría de máxima seguridad de Attica (Nueva York). 
Vayamos ahora con el cine. Spike Lee en El verano de Sam somete al narcisista de Berkowitz a todo un baño de humildad al convertirlo en un personaje secundario de su película, pues esta se centra en la vida cotidiana de un puñado de hombres jóvenes (Lee no es lo que se dice un feminista) del Bronx, precisamente el sector de población objeto de los asesinatos de Sam, durante la tremenda ola de calor del verano de 1977, cuando Berkowitz estaba a punto de ser detenido.

Lee se detiene en uno de sus asuntos favoritos: la confrontación entre grupos sociales de distintos orígenes (latinos, africanos, italianos, irlandeses, centroeuropeos…) y distintas preferencias musicales; en esta peli en concreto echa un pulso el punk contra la música disco, ni más ni menos. De hecho, las escenas en las macrodiscotecas, que nos hacen pensar irremediablemente en Fiebre del sábado noche y nos devuelven al enfrentamiento entre barrios pobres (Bronx, Brooklyn…) y barrio rico (Manhattan), son de lo mejorcito de la película, junto a, claro está, las interpretaciones de Mira Sorvino, John Leguizamo y Adrien Brody.

Apunto, para terminar, que los González-Fierro no valoran demasiado esta peli. Yo discrepo, a mí me gusta mucho y por eso la he traído aquí, para que figure en mi selección junto a esta española que viene ahora.


Amantes (Vicente Aranda, 1991)

No solo es uno de mis filmes de crímenes favoritos, sino que también figuraría en mi lista de (pongamos) las diez mejores películas españolas de todos los tiempos, si es que alguna vez elaboro una lista tan pedante.

El filme en un primer momento fue concebido como un capítulo de la serie televisiva La huella del crimen. Se basaba en un asesinato cometido en 1948, época verdaderamente gris oscura de la historia de España, a la que Aranda se atreve (y acierta plenamente) a dar un poco de color. Así, aligera bastante la sordidez del crimen real e incluso le confiere una pizca de glamur cinematográfico.

Amantes contiene interpretaciones excelsas de Maribel Verdú, Jorge Sanz y, sobre todo, Victoria Abril y escenas antológicas, como la que tiene lugar frente a la catedral de Burgos, de una belleza rara e inesperada.


El cebo (Ladislao Vajda, 1958)

Me extraña que no haya en Simpatía por el diablo ni siquiera una referencia a esta película, pues se trata de una producción española de técnica y tono impecables que aborda un asunto tan espeluznante como un asesino en serie de niñas y lo aborda, además, con la osadía (ficticia, claro) de un policía que se atreve a montar un operativo con una niñita como cebo para el monstruo. De ahí el título.

El cebo es una joyita de un director, Vajda, que tocaba muchos palos (es el director de Marcelino pan y vino) y todos los tocaba con sobrada profesionalidad.

Sigue extrañándome mucho que no aparezca en este libro, así que, a modo de resarcimiento, os enlazo  varios clips de y sobre la película en Youtube y espero que lo disfrutéis.


Hasta pronto, fauna zinéfila. Se despide vuestra amiga Noemí Pastor.

viernes, 15 de diciembre de 2017

Laura

“Nunca olvidaré aquel fin de semana en el que murió Laura…”
(Waldo Lydecker)

En 1946 Francia aún sufría  las terribles heridas causadas por la Segunda Guerra Mundial. Eran tiempos de racionamiento, depuraciones, duelo por los muertos y por las ilusiones perdidas…  Era una época en la que poder disfrutar de algún momento de evasión de la cruda realidad resultaba especialmente necesario; sobre todo si esa evasión se conseguía a través de unas películas tan magníficas como lo eran algunas de las que, llegadas desde Estados Unidos, se estrenaron en Francia durante aquel verano: El halcón maltés (1941), de John Huston,  Laura (1944), de Otto Preminger, Historia de un detective (1944), de Edward Dmytryk; Perdición (1944), de Billy Wilder; La mujer del Cuadro (1944), de Fritz Lang


Estas películas tenían unas características comunes que permitieron a la crítica francesa acuñar un nuevo término, “film noir”, para referirse a ellas. En todas se aglutinaban elementos de otros géneros, especialmente del policiaco de los años 30 y del melodrama, macerados en una cierta ambigüedad moral y un marcado pesimismo existencial que casaban muy bien con el espíritu de postguerra. Con una conjunción de la estética expresionista de origen alemán y del realismo del cine norteamericano, se retrataban las pulsiones más oscuras del ser humano, tanto como individuo como en sociedad, en unas atmósferas densas y peculiares que se convertirían en  impronta del género negro.


Todas las películas mencionadas son grandes hitos del género, pero quizá la que haya alcanzado mayor carácter mítico sea Laura, porque es la que mejor combina melodrama, intriga y sugestión. Esas características, junto con la intensidad de su fotografía en blanco y negro, la utilización del flash-back y de la voz de un narrador implicado en la trama,  la magia de su música y la utilización de diversos puntos de vista en la investigación del crimen, sentaron muchos de los principios del cine negro.

Pero Laura es, sobre todo, la historia de dos obsesiones por una misma mujer; una mujer, que, fluctuando entre el sueño y la realidad, se convierte en una nueva versión, mucho más sugerente, de la femme fatale del género negro.

La trama de la película parte del hallazgo del cadáver desfigurado de una mujer asesinada en el apartamento de Laura Hunt, una exitosa creativa publicitaria. Lógicamente, se piensa que se trata de la  propia Laura. El teniente de la policía Mark McPherson (Dana Andrews) se encarga de la investigación y la centra en el círculo íntimo de Laura: su gran amigo y mentor, el corrosivo escritor Waldo Lydecker (Clifton Webbs), su prometido, el playboy Shelby Carpenter (Vicent Price), y su tía, la sra. Treadwell (Judith Anderson, la inolvidable señora Danvers de Rebeca). Las sospechas sobre cada uno de ellos van sucediéndose según avanza la historia, con una gran sorpresa en mitad de la película (¿sueño o realidad?) y un vibrante desenlace.

A través de los testimonios de todos ellos, y de sus diferentes puntos de vista, McPherson va recreando las últimas horas de vida de Laura, a la vez que va quedando subyugado tanto por la personalidad de la difunta como por su gran belleza, plasmada en el omnipresente retrato de la joven asesinada. Precisamente, ese retrato se convierte en una especie de fetiche sobre el que gira la obsesión de McPherson por Laura.


El rodaje de Laura ha pasado a la historia cinematográfica como uno de los más conflictivos que se recuerden. La película fue, inicialmente, pensada en la Fox como un producto de serie B que iba a ser dirigido  por un director prácticamente desconocido, el austriaco Otto Preminger. Esa era la situación, cuando el poderoso jefe de la Fox, Darryl Z. Zanuck, intervino para ascender la película a la categoría A, relegando a Preminger, con quien tenía una historia previa de enfrentamientos, a funciones de producción y encargando la dirección a  Rouben Mamoulian, tras haberse negado Walter Lang y Lewis Milestone a ocupar el puesto.


Tampoco aceptaron el papel protagonista las hermosas Jennifer Jones y Hedy Lamarr. Por ello, recayó en la jovencísima (23 años), y también muy hermosa, Gene Tierney.

Incluso el papel de Waldo Lydecker no estuvo adjudicado a Clifton Webb hasta el último momento, puesto que Zanuck no quería, inicialmente, dárselo. Afortunadamente, Preminger se impuso; Webb obtuvo  el papel y realizó una interpretación tan buena de Waldo Lydecker que esa fue una de las bazas decisivas del éxito de la película. Su rostro anguloso, sus gestos elegantes, fueron perfectos para definir la personalidad del ficticio escritor que decía sobre sí mismo: “Escribo con una pluma de ganso que mojo en veneno”. Con este papel, Webb relanzó su carrera y obtuvo una nominación al Óscar como mejor actor de reparto.


Ya iniciado el rodaje, Zanuck, descontento con  Mamoulian, prescindió de él y volvió a encargar la dirección a Otto Preminger, que lo primero que hizo fue echar al director de fotografía y sustituirle por Joseph La Shelle. Ese, quizás, fue el mayor acierto de Preminger, puesto que la fotografía en blanco y negro de La Shelle (premiada con el único Óscar que obtuvo la cinta) fue esencial para crear la atmósfera de sugestión, misterio e irrealidad que recorre la película.


Preminger  también contrató a nuevos guionistas y encomendó la música a David Raskin, que compuso el pegadizo y sugerente tema central de la película. Otra de las decisiones inmediatas del director austriaco fue sustituir el cuadro de Laura, que había pintado Azadia Wewman, esposa de Mamoulian, por una fotografía de Gene Tierney pintada con ceras para simular un retrato al óleo.

Tras el inmenso éxito de Laura,  Mamoulian afirmó que, aunque Preminger aseguraba que había desechado todo el material anterior, su concepción de la película seguía siendo la que vertebraba la película. No se puede saber cuánta verdad pueda haber en esa afirmación;  lo único cierto es que todas las decisiones, las muchas modificaciones y cambios que se produjeron desde que se inició el proyecto, confluyeron en el magnífico resultado final.


Y también es cierto el que a Preminger se le debe otro de los grandes hitos del género negro: Cara de Ángel (1952); eso y su carrera posterior como director avalan su talento: Carmen, El hombre del brazo de oro, Buenos días tristeza, Anatomía de un asesinato, El cardenal, Éxodo (con la que Preminger rompió, como ya había hecho Michael Douglas, “la lista negra”, al incluir al proscrito guionista Dalton Trumbo en los créditos), Tempestad sobre Washington (en la que Charles Laughton realizó su última gran interpretación)… son pruebas incontestables de su valía como director.



Otto Preminger, uno de esos grandes directores cinematográficos de origen judío que encontraron refugio en Estados Unidos al huir de los nazis (como Lang o Wilder, por ejemplo), se caracterizó por su tiránico carácter durante los rodajes (quizás no fue casual que, como actor, se especializara en papeles de militares germánicos). En el caso de Laura, además de los problemas con Zanuck,  tuvo fuertes enfrentamientos con Vera Caspary, la autora de la novela original.


Caspary, también de origen judío, había logrado el éxito más importante de su carrera con la publicación, en 1942, y posterior adaptación al teatro, de Laura. Feminista por convicción, la escritora plasmó en la novela sus ideas de emancipación femenina; así la protagonista es una profesional de mucho éxito que, aunque ha recibido una ayuda decisiva de Lydecker en el inicio de su carrera, ha triunfado gracias a su propio talento.
Es también muy interesante observar cómo la relación de Laura con su prometido, el atractivo pero frívolo y amoral Shelby Carpenter es una especie de reflejo invertido de comportamientos tradicionalmente masculinos: la muy competente e inteligente Laura tiene una relación sentimental con el que también es su subordinado en el trabajo (empleo que ella le ha conseguido), un hombre sin más cualidades que su simpatía y atractivo físico (“Una belleza masculina en apuros”, tal y como le define Waldo con su habitual sarcasmo); un hombre al que Laura, en la mejor tradición del hombre poderoso con la mujer conquistada, hace regalos absurdamente caros (una pitillera de oro que se convierte en otro de los objetos claves de la trama). Ya se lo dice Waldo a Laura: “… tienes una trágica debilidad: para ti un hombre es un cuerpo bien constituido y fuerte y siempre sales dañada”. ¿No es esa una debilidad tradicional de muchos hombres que ocupan posiciones de poder? Lo peculiar, en aquella época, era que Caspary hiciese a Laura participe de esa actitud.


Curiosamente, aunque la cinta es fiel en lo esencial a la novela, Caspary, que sería ella misma una guionista de éxito, no se sintió satisfecha con el resultado de la película.
En cuanto a los protagonistas, Gene Tierney y Dana Andrews,  Laura significó para los dos el espaldarazo definitivo en sus carreras. Tras esta película, ambos gozaron durante unos años del estrellato conseguido. Gene tuvo papeles memorables como el de la perversa Ellen de Que el cielo la juzgue o el fantasmalmente romántico de la Sra. Muir; por su parte, Dana participó en una de las más grandes películas de la época: Los mejores años de nuestra vida (1946), de William Wyler. Y Preminger volvería a contar varias veces con ellos, juntos (Al borde del peligro, otra intriga criminal, de 1950) o por separado  (Andrews en ¿Ángel o diablo? (1945) y Entre el amor y el pecado (1947), y Tierney en Vorágine (1949).

Pero ambos, cada uno a su manera, estaban atormentados por terribles demonios personales que hicieron que, a partir de la década de los 50, sus carreras iniciaran un prematuro declive. Dana Andrews era alcohólico. Gene Tierney sufría serios problemas depresivos provocados, al parecer, por el nacimiento de una hija nacida con graves deficiencias físicas y mentales debido a que una admiradora contagió la rubeola a la actriz cuando estaba embarazada de la niña. La desgraciada historia de Gene  inspiró la trama de una de las novelas de Agatha Christie, El espejo se rajó de lado a lado (1962).


Sin embargo, en el mejor momento de su carrera, Tierney y Andrews formaron una pareja esplendorosa en una de las más bellas y míticas películas que el género negro nos ha dejado: Laura,  quizás la que mejor conjuga misterio y glamur, romanticismo y obsesión, sueño y realidad.

Yolanda Noir

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

viernes, 1 de diciembre de 2017

Yo quería ser Lauren Bacall

Yo quería ser Lauren Bacall. Y no me digáis que eso lo queríamos todas. Ni hablar: unas querían ser Marilyn, otras Ingrid Bergman, muchas Audrey Hepburn, bastantes Katherine Hepburn y hasta algunas Liz Taylor (por aquello de los ojos violetas).
Cayo Largo
No fue una decisión que tomara a tontas y a locas, lo pensé bastante tiempo. No fuera a ser que me pasara como a esa gente que les conceden tres deseos y los malgastan de mala manera. Había que sopesar pros y contras y, una vez hecha la elección, no se podía cambiar. Y no penséis que era una cría cuando tomé esa decisión. Tenía más de veinte años cuando me compré en los traperos de Emaús una falda de pata de gallo que pretendía recordar al traje de chaqueta que llevaba la actriz en Tener y no tener. Creo que el efecto era más bien “look hospiciana de la posguerra”, pero yo lo intentaba.
Creo que esa pasión por ser como ella me entró en unos ciclos dedicados a Humphrey Bogart que organizaban cada verano en un cine de Barcelona con dos pequeñas salas, el Casablanca.
La mirada
Me fascinaban esas películas y cada verano me las veía todas: Casablanca, Tener y no tener, El sueño eterno, El halcón maltés, Cayo largo… No recuerdo que pusieran La reina de Africa, esa era como de otra ventanilla, con otro Bogart muy distinto. Me gustó mucho cuando la vi, pero no la asocio a ese grupo. Dentro de esas películas tenía mis preferencias. El halcón maltés me gustaba, aunque al final siempre me armaba un poco de lío entre todos los malos implicados en la trama. Durante muchos años pensé que la frase “estaba hecha del material del que se hacen los sueños” era original de esta película, pero hace poco me enteré que pertenece a La tempestad de Shakespeare (mi incultura es infinita). Casablanca era la reina, por supuesto, ese Rick tan duro y tierno, esa Ingrid Bergman que parecía brillar como si fuera santa (siempre recuerdo la luz tan especial que tenían esas películas en blanco y negro) y creo que era muy apropiada para ese papel, con esa historia. Desde luego, Lauren Bacall no se hubiera ido con Laszlo que era un lechuguino con cara de ensaimada y nunca hubiera dicho “Tienes que pensar por los dos, por todos nosotros”. No, Mi Lauren decía cosas como: “Si me necesitas, silba. Sabes silbar, ¿verdad Steve? Solo tienes que juntar los labios y soplar”. Mataría por haber dicho algo así alguna vez en.
Si me necesitas, silba
Qué se le va a hacer, son naturalezas o quizás es que vamos por la vida sin que nos escriba los diálogos un guionista y por eso nuestras conversaciones son tan poco lucidas. Tenía diecinueve años la criatura cuando interpretó ese papel en Tener y no tener, película dirigida por Howard Hawks basada en una novela de Hemingway. Bogart se enamoró de ella en el rodaje y se casaron un año después, aunque él le llevaba veinticinco años. Dicen que en el rodaje de esa película estaba tan nerviosa que temblaba y agachaba la cabeza, lo que dio origen a esa mirada que se hizo tan famosa. La verdad es que encarnaba muy bien ese prototipo de mujer fatal, de respuestas rápidas y mirada felina que tanto gustaba a los autores de novela negra. No me digáis que este párrafo de Dasiell Hammett no parece la descripción de la actriz: “Aquellos ojos revelaban que se trataba de una mujer marcadamente felina: Todos sus movimientos eran lentos, suaves, seguros como los de una gata. Las líneas de su bonito rostro, el contorno de su boca, la nariz breve, la forma de sus ojos, la hinchazón de las cejas, todo en ella era felino”.  O esta otra: “era tan bella como Lucifer y dos veces más peligrosa”.
Aquellos besos...
Otra de mis favoritas era El sueño eterno. Y eso que, fácil de entender, tampoco era. Por lo visto ni el propio Howard Hawks sabía quién cuernos mató al chofer. Pero a mí eso me daba igual. Ver a la pareja Bogart-Bacall mantener esos duelos verbales, encender cigarrillos como si fumar fuese saludable y moverse entre el hampa y la clase alta me parecía más que suficiente. ¡A quién le importa quién mató al chofer!
Cayo largo me gustaba menos.  Dirigida por John Houston está basada en una obra de teatro y se nota. Los personajes se pasan la película encerrados en un hotel en Florida a causa de una tormenta terrible. Un grupo de gánsters dirigidos por Edward G. Robinson (uno de los mejores malos de la historia) mantiene prisioneros a los dueños del hotel (Lauren Bacall, una joven viuda de guerra y Lionel Barrymore, su suegro) y a un veterano de guerra interpretado por Bogart. No estaba mal, pero era otro estilo y el papel de mi musa era más soso.
Y luego estaba La senda tenebrosa dirigida por Delmer Daves donde Lauren Bacall ayuda a Bogart, injustamente acusado del asesinato de su esposa.
Son películas que puedes ver una y otra vez sin cansarte. Ellas siguen estando divinas, con ese estilo, esa elegancia… No se necesitan muchos efectos especiales ni inversiones millonarias para conseguir que te quedes atrapado en una historia. Ahora estoy pensando que, ya que nunca conseguí parecerme a Lauren Bacall, debo decidir cómo quién quiero envejecer. Dudo entre Meryl Streep, Helen Mirren o Judi Dench ¿qué me aconsejáis?
El sueño eterno

Laura Balagué (Mona Jacinta)