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viernes, 22 de noviembre de 2024

Missing (Desaparecido)


 Me reencontré con esta peli a principios de agosto de 2024, en La 2 de Televisión Española, cuando todavía no estaba apaciguado (¿lo está ya?) el asunto de las elecciones venezolanas del 28 de julio. No sé si, al programar entonces este film de 1982, Televisión Española nos estaba queriendo decir algo, pero lo que sí tuve seguro es que Missing, repito, de 1982, en 2024, más de cuarenta años después, no ha perdido vigencia.

Os cuento algo de su director, Costa Gavras, quien, a sus 91 años, soporta la etiqueta de autor de “cine político”, concepto que debemos urgentemente revisar y destruir, pero este es un asunto que no voy a tratar ahora. Me gusta más decir, como dice la Wikipedia en español, que cultiva el thriller político y la ficción social.

Costa Gavras, nacido en Grecia y emigrado a Francia, desarrolló en el país galo buena parte de su carrera y luego ha trabajado también abundantemente en los USA. La verdad es que este buen hombre se ha metido en todos los charcos. Os pongo algunos pocos ejemplos. En Z (1969) abordó el terrorismo de estado. En El sendero de la traición (1988), la extrema derecha rural racista en los Estados Unidos. Y en La caja de música (1989), los tentáculos del nazismo emigrado al otro lado del charco.

Costa Gavras, además de dirigir, también ha firmado el guion de muchas de sus películas y ha trabajado también con Joe Eszterhas, guionista que no es santo de mi altarcito, que me chirría mucho y que está sobrevalorado. Pero tampoco voy a abrir ahora ese melón, porque tengo que seguir hablándoos de Missing. Os hago una breve sinopsis de su argumento: Charlie Horman, un joven norteamericano que reside en Chile con su esposa, desaparece durante las primeras horas del golpe de estado de Pinochet, en 1973. Su padre, ejemplar ciudadano de los USA y orgulloso de su democracia, viaja a Chile para buscarlo.

Lo mejor de esta peli es Jack Lemon (da igual cuándo leas esta frase y da igual a qué película se refiera), aunque hay que reconocer también el mérito del guion, que construye un arco de personaje, el del padre del desaparecido, que transita fluidamente desde la confianza absoluta en las instituciones de su país al desencanto más doloroso cuando se le revela la verdad, revelación que resulta ser aun más lacerante al comprobar que no se enfrenta solo a unos pocos funcionarios y militares sin escrúpulos destinados en Chile, sino a absolutamente todo el sistema institucional y económico de los USA.

Sissy Spacek, como esposa del desaparecido Charlie, hace bien su papel, pero el personaje quizás se nos antoja hoy demasiado ñoño, ingenuo o naif.

Los funcionarios americanos están genialmente retratados. Son mentirosos, sibilinos, retorcidos. No dan la cara jamás y te vencen por agotamiento, porque construyen un muro de indiferencia y te permiten golpearte la cabeza contra él todas las veces que sean necesarias, hasta que te quedes sin cerebro.

Missing está basada en hechos reales. Charles Horman era un periodista neoyorquino que vivía y trabajaba en Santiago de Chile cuando el 11 de septiembre de 1973 un golpe de estado militar depuso al presidente Salvador Allende. Horman fue detenido en las primeras horas y ejecutado, pero este hecho le fue ocultado a su familia, para quien Charlie estaba missing, desaparecido. Su esposa lo buscó sin éxito y su padre, Edmond Horman (el personaje que interpreta Jack Lemon no se llama como él) viajó a Chile para ayudar en la búsqueda.

Así que Charlie, su esposa y su padre existieron de verdad. Ray E. Davis, el Jefe del Grupo de Asistencia Militar de Estados Unidos en Chile, existió de verdad. Y Frank Teruggi, uno de los compañeros periodistas de Charlie, también existió de verdad y también fue ejecutado, tal como nos cuenta la peli.

Missing se basa en el libro “The Execution of Charles Horman: An American Sacrifice”, escrito por su hermano Thomas (en la peli Charlie era hijo único), que fue publicado en 1978. Tras el éxito del film, cuatro años después, el libro volvió a publicarse con el título Missing.

Sé que me ha quedado una entrada poco cinematográfica, que he hablado de otras cosas más que de puro cine, pero el cine también es esto o, al menos, también nos conduce a esto. Mi excusa es que Missing acaba con Jack Lemon anunciando a los funcionarios y militares estadounidenses que tendrán que enfrentarse a la justicia de su país, que habrá un pleito, y a mí me apetecía enterarme de qué pasó con el pleito, pero no os lo voy a contar. Solo os digo que hubo un pleito y, luego, otro pleito.

Y para compensar y acabar hablando de cine, me sumerjo en la escena en la que a Sissy Spacek, que busca a su marido por todo Santiago, la pilla la noche y el toque de queda en plena calle y debe refugiarse de los disparos en la entrada de una tienda, en un escaparate. Allí, aterrorizada, llega a quedarse dormida y en su duermevela, en un momento en el que abre mínimamente los ojos, ve trotar por las calles de Santiago un caballo blanco al que persiguen a tiros, desde un carro de combate, los militares.

Y así se despide vuestra amiga

 Noemí Pastor

viernes, 15 de marzo de 2024

Carles Porta, el maestro del true crime

Si tienes una mínima afición por el true crime, seguro que conoces a Carles Porta y seguro que, como yo, lo consideras un maestro del género; así y todo, espero en este articulito darte algunas pistas. Y si no lo conoces, enhorabuena: tienes mucho bueno por descubrir. No puedo hacerte una mejor recomendación.

Carles Porta ha cultivado y cultiva el true crime en, que yo sepa, al menos cuatro formatos: exposición, podcast, libros y series de televisión. No voy a hacer un repaso exhaustivo de toda su obra; si la queréis más o menos completa, visitad su entrada en Wikipedia.

Crims, l’Exposicio permaneció abierta en el Palau Robert de Barcelona entre el 25 de octubre de 2022 y el 10 de abril de 2023, con gran éxito de público. Lamentablemente no pude visitarla, así que no puedo contaros mucho más sobre ella; solo que no estaría mal llevarla por provincias y por provincias me refiero a enfrente de mi casa.

De sus podcasts tampoco os voy a decir gran cosa, porque no los he escuchado; tiene unos cuantos, pero yo solo os voy a citar el que se titula ¿Por qué matamos? y tenéis disponible en Audible.


De los libros, en cambio, os podría decir mucho, porque son todos interesantes, pero, como este es un blog de cine y televisión, me limitaré a recomendaros Tor. La montaña maldita (Anagrama, 2006), sobre los crímenes cometidos en esa bellísima y diminuta aldea leridana, fronteriza con Andorra; La farmacéutica. 492 días secuestrada (Reservoir Books, 2021), sobre el caso de Maria Ángels Feliu, de Olot; y, por supuesto, la saga Crímenes, que tiene varias entregas y una versión televisiva de la que vamos a hablar ahora.

Crímenes es la obra estrella de Porta, una serie televisiva de tres temporadas que recoge episodios (unos sencillos y otros dobles) sobre asesinatos cometidos en Cataluña. Los hay de todo tipo, más o menos recientes, más o menos vulgares (de móvil económico) y más o menos perversos; muchos resueltos y otros, los menos, sin resolver. A mí me han impresionado especialmente un par de asesinAs en serie de ancianas que actuaron en Barcelona y la tremenda cifra de chicas jóvenes víctimas de la violencia sexual contra las mujeres.

Añado otras dos series suyas también muy recomendables. La primera, además de recomendable, llega a ser imprescindible. Me refiero a El crimen de la guardia urbana, el famoso asesinato de un agente de la Policía Local de Barcelona, a manos (iba a añadir “presuntamente”, pero no: ya están juzgados y condenados) de otros dos. Este crimen real, que ha dado pie posteriormente a otra serie de ficción, El cuerpo en llamas, se trata en tres episodios: el primero recoge la versión de la condenada Rosa Peral; el segundo, la del otro condenado, Albert López; y el tercero intenta ofrecer una visión objetiva de los hechos. Como podéis imaginar, si el asunto ha dado tanto pie audiovisual, es porque tiene mucha tela que cortar.


La otra serie de Porta que os voy a citar es Luz en la oscuridad, en la misma línea de Crímenes, pero rebasados los límites geográficos de Cataluña. Son cuatro episodios sobre dos casos muy diferentes: uno reciente, de 2019, el asesinato en Zaragoza de un informático de Getxo que había acudido a una cita a través de una aplicación de internet; y otro de hace casi cuarenta años, pero que no pierde actualidad: la desaparición de David Guerrero, el niño pintor de Málaga.


Como dice el prologuista de uno de sus libros, Porta reúne las tres erres imprescindibles para que un true crime sea un producto brillante y digno: rigor, respeto y ritmo. Esas tres palabras lo dicen todo, pero me apetece añadir que Porta mantiene un tono sobrio y a la vez apasionante; no supera nunca los límites de la tragedia, no se recrea jamás en el morbo ni en el mal gusto; a veces hace gala de un humor negro nunca hiriente y siempre elegante; e impone un ritmo narrativo, una manera de contar historias, que resulta amena, nunca embrollada, sencilla y absolutamente eficaz.

Como te decía al principio, si te gusta el true crime, no puedo hacerte una mejor recomendación. Sin más, te saluda tu amiga

Noemí Pastor

viernes, 13 de octubre de 2023

The Split


Vengo hoy a hablaros de una serie británica, de la BBC, y de solo tres temporadas, lo cual es un dato importante para gentes vagas, como yo, a las que les da pereza hacer frente con retraso a más de cien episodios. No es el caso. The Split es asumible. Solo tres temporadas y, según he leído, parece ser que no tendrá ninguna más. Hay quien opina que la tercera y última no está a la altura de las otras dos, pero servidora de ustedes discrepa un tanto.

Bueno, os voy contando. Por empezar por el título, os diré que split significa ‘ruptura’. Pero no sé por qué lo digo, pues seguro que cualquiera de mi público lector sabe más inglés que yo.

El núcleo protagonista es una familia londinense de abogadas matrimonialistas: una madre y tres hijas.

La mayor de las hijas, la prota más prota, se llama Hannah, en un clarísimo homenaje a Hannah y sus hermanas; de hecho, The Split tiene bastantes ingredientes del universo de Woody Allen. Trata de una familia acomodada y poderosa que habita el centro de una gran ciudad y mantiene unas relaciones familiares y sociales en las que todo el mundo engaña a todo el mundo, todo el mundo esconde secretos y pretende difuminar un pasado, si no turbio, al menos sí azaroso.

El glamur, las clases altas londinenses, los modelitos caros, los tacones y los elegantes despachos de abogados de alto standing y las tramas de líos amorosos (luego os cuento) nos llevan sin remedio a acordarnos de The Good Wife y The Good Fight, pero con la sobriedad y la dramaturgia de las producciones británicas, alejadas por lo general de los retorcimientos de guion más típicos de los norteamericanos. Tampoco es que en The Split resulten necesarios: los divorcios en las clases adineradas tienen mucha literatura; una ruptura millonaria trae mucha cola y los guionistas lo saben, como saben que, cuando se mezclan trabajo, negocios y familia, algo estalla siempre.

Os adelanto un poco el argumento. Hanna Stern (interpretada por Nicola Walker) está en una fase delicada de su vida. Acaba de dejar el despacho de abogados familiar, dirigido por su madre y especializado en divorcios, para fichar por otro de más relumbrón de la city. Además, su padre, que las abandonó (a Hannah, a su madre y a sus otras dos hermanas) cuando eran pequeñas para fugarse a Nueva York con la niñera, infinitamente más joven, por supuesto, regresa a Londres y no precisamente para pedir perdón, sino para reclamar la mitad de la empresa familiar.

Por si fuera poco, en el despacho nuevo Hanna se reencuentra con un antiguo novio que parece no haberla olvidado. Y la relación con su marido no pasa por su mejor momento.

Todos esos detalles se nos van revelando a poquitines, en retazos de conversaciones, en frases que se dejan caer como si nada y hacen que a menudo te preguntes ¿he oído bien?,  ¿ha dicho lo que creo que ha dicho?

El resultado es un melodrama a veces intensito, tan intensito que hay quien lo califica de culebrón, pero con el acierto de invertir ciertos estereotipos de género. Se nota en eso la mano de la guionista Abi Morgan, que firmó La dama de hierro,  Shame y Sufragistas; está acostumbrada, pues, a que los personajes femeninos conduzcan el carro de la ficción.

Hablando de personajes femeninos, una de las críticas más repetidas contra The Split es que las tres hermanas protagonistas son demasiado arquetípicas. Y un poco verdad sí es esto. Hannah, la mayor, es la mujer aparentemente perfecta (un matrimonio duradero, tres hijos, un buenísimo currículum profesional…) que luego muestra raptos inesperados de vulnerabilidad, fragilidad y desequilibrio. Nina, la mediana, es la, de entrada, alocada, pero que va tomando decisiones que la hacen desembocar en lo presuntamente maduro y convencional. Y Rose, la pequeña, es la protegida de todas que no sabe qué hacer con su vida personal ni profesional y va dando tumbos de extremo a extremo.

¿Un poco prototípico todo? Pues sí, pero he de deciros que este esquema en principio simplón mejora con la técnica de la que antes os hablaba, de ir revelando detalles aclaradores, con un guion muy ágil y unas interpretaciones a la altura de lo que se espera de los británicos.

¿Estáis de acuerdo conmigo? Ya me contaréis. Recibid un saludo de vuestra amiga

 Noemí Pastor

viernes, 7 de julio de 2023

Imitación a la vida


 No soy yo precisamente una superfán del melodrama. Lo considero un género terriblemente arriesgado. Para que me guste, tiene que ser mesurado y a la vez incisivo; debe conseguir un equilibrio verdaderamente difícil entre la emoción y la ausencia de ñoñería y, en mi humilde opinión, pocas producciones lo logran.

Esta, del gran Douglas Sirk, es ya un clásico, así que no me voy a poner yo ahora tiquismiquis con si se le va o no la mano con todas las dosis que requieren un pesaje estricto. Sirk merece un respeto y una admiración. Sí os diré, en cambio, que es otra cosa la que me ha impresionado desde siempre de Imitación a la vida.

¿Qué es? Pues que, sin dejar de ser un melodramón tremebundo, plantea uno de los asuntos raciales más bestiales que haya visto yo jamás en la ficción. En colores rutilantes, con estrellas destelleantes en el reparto, vestuarios carísimos, escenarios lujosos y todo el glamur del Hollywood de los años cincuenta; sí, pero superbestia.

Me acordé de esta peli recientemente porque releí la novela Un extraño en mi tumba, de MargaretMillar, una obra muy recomendable en la que, al igual que en Imitación a la vida, son protagonistas dos pares de mujeres: madre e hija y madre e hija.

La buena de Millar hace aparecer en esta novela, publicada en 1960, a una madre y una hija blanquitas y de clase más o menos media que viven en California y, por otro lado, a otra pareja de madre e hija, estas chicanas, mexicanas, que viven en la misma ciudad californiana, son bastante más pobres (menuda sorpresa) y han llevado una vida bastante más azarosa y novelesca.

Los caminos de ambas parejas se cruzan y entrecruzan y luego va a resultar que ni la vida de las unas era tan perfecta ni la de las otras tan canalla. Bueno. Leed la novela, que merecerá la pena.

Como digo,  este esquema me trajo a la memoria la historia de Imitación a la vida, película estrenada por parecidas fechas (1959) y protagonizada por una madre y una hija blanquitas y rubitas y otra madre y otra hija de raza negra. Ambas madres se conocen un día por casualidad y, desde entonces, unen sus vidas, ocupando, eso sí, cada una su lugar: blanquita ama y negrita sirvienta.

Una novela me llevó, pues, a revisitar Imitación a la vida, que está basada en otra novela, del mismo título. Es una novela bastante desconocida, al igual que su autora, Fannie Hurst, quien en su tiempo gozó de cierto crédito, ya que, basadas en sus novelas, se rodaron, entre los años 20 y los 70 del siglo pasado, un total de quince películas.

Entre esas quince debo destacar una anterior versión de Imitación a la vida, de 1934, también con cambio de preposición en español, Imitación DE la vida, dirigida por John M. Stahl y protagonizada por Claudette Colbert.

No he visto esta primera versión, pero seguro que Colbert lo hacía mejor que Turner. De hecho, una pega que le pongo a esta peli es que su protagonista, Lana Turner, nunca fue una buena actriz, con lo que queda un personaje principal que podía dar mucho de sí, pero se queda en poco más de la preciosa estampa de la bellísima Lana.

Y, ya que cito a Lana Turner y a su hija en la ficción (la inefable Sandra Dee), que en Imitación a la vida se enamora del pretendiente de su madre, no puedo dejar de ver cierto paralelismo con la historia real de la verdadera hija de de Lana Turner y el asesinato del gángster Stompanato, amante de su madre, es decir, de Lana Turner, por si os he liado.

No creo que nadie desconozca esta historia, pero, por si acaso, os la resumo.

El 26 de marzo de 1958, en la casa de Turner en Beverly Hills, esta y su amante Johny Stompanato, que la había agredido más de una vez anteriormente, comenzaron a discutir en el dormitorio. Stompanato amenazó con matar a Turner y a su hija Cheryl. Cheryl, que tenía quince años y estaba en la casa, en una habitación contigua, temió por la vida de su madre agarró un cuchillo de cocina, apuñaló a Stompanato en el estómago y lo mató.​ En el juicio Turner y su hija fueron exoneradas de cualquier delito.

Esto sí que es un melodramón. O más que un melodramón, una historia muy negra, un escandalazo en la época y una constante fuente de chismorreos que no ha dejado de manar durante décadas. Así y todo, creo que nunca se ha adaptado al cine y tampoco le conozco ningún tratamiento literario digno de mención. Y, si me equivoco, corregidme, por fa.

Y esto es todo, amigas. He comenzado con un cierto cuestionamiento del melodrama y he acabado constatando que la vida misma es todavía más melodramática. Recibid un cariñoso saludo de vuestra amiga

 

Noemí Pastor

viernes, 16 de diciembre de 2022

Único testigo


No es la primera vez que publico algo sobre esta peli. Sin dedicarle, como ahora, un artículo entero, la nombré hace unos diez años, cuando regresé de un viaje por los Estados Unidos y recopilé en un post todas las pelis que me habían venido a la cabeza durante mi estancia en Filadelfia. 

 Ahora, tras haberla visto por millonésima vez en la tele y no aburrirme nunca, me pregunto por qué nunca le he dedicado más líneas, siendo como es una de mis pelis favoritas de siempre.

 Pero empezaré explicando por qué es mi favorita; o una de mis favoritas.

 En primer lugar, por su protagonista, Harrison Ford (una debilidad que tengo); luego, por su director, Peter Weir, a quien debo otras dos pelis que me gustan mucho (“El show de Truman” y “Matrimonio de convivencia”) y otras muchas más que no me gustan tanto; por su guion y su high concept, tan originales; y por la escena del baile en el garaje mientras suena Don't Know Much About History, de Sam Cooke.

 Sea como sea, ahora me apetece hablar, para empezar, un poco, de su reparto, en el que voy a destacar a dos estrellas malogradas y un debutante.

 Una de las estrellas malogradas es Alexander Godunov. Nacido en la extinta Unión Soviética en 1949, fue una de las más grandes estrellas del ballet Bolshoi, hasta que en 1979, cuando tenía treinta años, durante una gira, pidió asilo político en los Estados Unidos y no regresó a su país nunca más. En América continuó su carrera de bailarín y seis años después debutó en el cine, precisamente con esta peli, Único testigo. Tras este éxito, participó en otros cinco filmes más, incluida una entrega de La jungla de cristal, y en 1995, con tan solo cuarenta y cinco años, murió de una cirrosis provocada por su adicción al alcohol. Dios lo tenga en el paraíso de los hombres bellos y desdichados.

La otra estrella malograda, aunque no tanto (al menos sigue viva), de Único testigo, es Kelly McGillis. De hecho, Único testigo fue la segunda peli de esta actriz californiana que luego brilló en Top Gun y en Acusados y ahí se acabó la historia, porque el resto de los filmes que hizo pasaron sin pena y sobre todo sin gloria. No porque McGillis no tuviera talento ni presencia, no porque no fuera una maldita reinona ni un hermoso animal cinematográfico, sino porque, según dicen, se declaró públicamente lesbiana, se lio con Madonna (eres mi ídola, Kelly, cariña), se negó a operarse para parecer más joven y eso a los señoros productores de Hollywood no les hizo gracia. Pues nada, que Dios tenga a McGillis algún día muy lejano en el paraíso de las señoras que merecen mucho la pena.

 Y, para acabar, el debutante, como todo el mundo sabe, es Viggo Mortensen; de los tres que he destacado, sin duda el más estrella y el que mejor currículum ha hecho, sí, pero en 1985 era todavía un pipiolo sin demasiado lustre. Nacido en Nueva York de familia danesa, vivió mucho tiempo en Argentina y por eso habla castellano mejor que yo y tiene una pareja española. Como digo, debutó en el cine con Único testigo en un papelito mínimo, pasó igualmente desapercibido en Pánico en el túnel y en La teniente O’Neil, pero luego llegó El señor de los anillos y de ahí en adelante todo fue triunfar.

Único testigo recibió ocho nominaciones al Oscar y ganó dos. Tuvo mucho éxito, pero su principal repercusión no fue cinematográfica, sino turística.

La película dio a conocer al mundo (y quien dice al mundo dice a mí, que soy una inculta) que en estado de Pensilvania, cuya capital es Filadelfia, existía una comunidad religiosa rural, la de los amish, caracterizados principalmente por su vida sencilla, sus vestimentas modestas, recatadas y tradicionales y su resistencia a adoptar tecnologías modernas, incluida la electricidad.

Nacidos como comunidad religiosa en Suiza, en el siglo XVI, y arribados a América en varias oleadas de inmigración, ya a finales del siglo XX, a la comunidad amish no le hizo gracia Único Testigo. Su Comité Nacional se temió que sus pueblos fuesen inundados por turistas, cosa que efectivamente sucedió, a pesar de que, poco después, el gobernador de Pensilvania renunció a promover más rodajes en los pueblos amish.

Así y todo, yo piqué. Cuando estuve por aquellos lares, me di una vuelta por el condado de Lancaster y me encontré con una cierta infraestructura turística a su alrededor y a paisanos que se tapaban la cara al acercárseles un coche, para no salir en las fotografías. Conseguí retratar algunos de sus famosos y peculiares carros de caballos y unas cuantas de sus típicas vestimentas tendidas al sol a las puertas de una granja. Podéis verlas en el post sobre Filadelfia que os he citado antes, pero aviso que no son gran cosa. No pude hacer grandes fotos. Y lo acepto. Los amish no me deben nada y no son monos de feria.

Y esto es lo que me apetecía contaros sobre Único testigo. Hasta la próxima vez que la den en la tele y que la vuelva a disfrutar, se despide vuestra amiga

 Noemí Pastor

viernes, 4 de noviembre de 2022

Un poco más sobre The Crown


Yo no sé cómo lo hago que siempre (o casi siempre) llego tarde a las series. A mí nunca me pasa eso de ser la primera en ver o descubrir una serie estupenda que luego recomiendo a todo el mundo y se hace viral. No. Jamás me ha ocurrido semejante cosa. Casi siempre llego tarde.

A The Crown llego también evidentemente tarde: años después de que se estrenara, en 2016, y meses después de que mi compañera Troyana, en febrero de 2022, escribiera un magnífico artículo sobre la serie en este blog que nos une.

Tarde, pues, pero ordenadamente, comienzo a ver The Crown por la temporada uno, con ansia viva por llegar a la cuarta y de momento última, que es la que narra los acontecimientos de mayor salseo (como decía Troyana) y más papel couché y diría también que seguro que ha sido la más difícil de hacer; de hecho, cuanto más frescos y recientes son los acontecimientos narrados, más complicado se hace recrearlos en la ficción, pues la cercanía enmaraña la repercusión. Así y todo, siendo la temporada más delicada y la más ardua, para mí ha sido también la mejor.

Quiero destacar de entrada a dos auténticas diosas de la interpretación: la primera, Helena Bonham-Carter, pues reinventa genialmente a Margarita de Inglaterra, esa figura trágica y mediática, buen precedente de Diana de Gales; la segunda, Gillian Anderson, casi irreconocible, una vez adaptados el cuerpo y el alma de Margaret Thatcher. La interpretación de Anderson es un poco bastante deudora de la de Meryl Streep en The Iron Ladypero, así y todo, me quedo con ella, pues creo que comunica mucho mejor que Streep la personalidad fascinante, complejísima y una pizca psicópata de la tremenda señora Thatcher.

Una vez nombradas esas dos monstruas, no quiero dejar de citar a Olivia Colman, quien encarna a la reina Isabel II en su edad madura. Su interpretación no tiene más remedio que ser contenida y de no gran lucimiento, pero resulta muy adecuada.

No pasa desapercibida la escena de sororidad entre ambas mandamasas, una vez que Thatcher es traicionada por los señoros de su partido. Cuando dos mujeres están en la cumbre, cosa que ha pasado muy pocas veces en la historia, la misoginia popular acostumbra a inventar enfrentamientos, rencillas, envidias y malos rollos entre ellas y el relato de los medios dominantes apuntala tales rumores, los propaga y los intensifica. Por eso me parece destacable y clarificadora la escena del encuentro final entre ambas dirigentas. No doy más datos. Si habéis visto la serie, sabéis a qué me refiero. Si no la habéis visto, la veis y punto.

Por cierto, The Crown cumple sobradamente con el test de Bechdel. Quién nos iba a decir que sucediera tal cosa en un ambiente tan rancio como el de una monarquía (o LA monarquía) europea.

Acabo este articulito contándoos por qué me ha gustado The Crown, aparte de por el salseo y por las actrices excelsas que os he nombrado en los párrafos anteriores. Primero, porque sin ser yo de nunca una amante de la historia (echo balones fuera y digo que me la enseñaron mal, solo datos y fechas, y no me la explicaron ni me hicieron apreciarla), la serie me ha obligado (bendita obligación) muchas veces a echar mano de la Wikipedia para contextualizar acontecimientos que narraba, como, por ejemplo, la catástrofe de Aberfan o el atentado contra Lord Mountbatten. Creo que con The Crown he aprendido más historia del siglo XX que en toda mi enseñanza básica y bachillerato juntos.

Y la otra cosa que me ha enganchado y pasmado de The Crown es su total atrevimiento, su valentía al tratar asuntos verdaderamente delicados de la familia real británica. El príncipe Carlos, por ejemplo, aparece como un vulgar maltratador psicológico de su exmujer: no tiene escrúpulos a la hora de mostrarla al mundo como una desequilibrada y manipula y retuerce sus argumentos para que Diana sea la malvada y él la víctima. Carlos es un verdadero villano; solo lo salva la dignidad de su amada Camilla Parker-Bowles.

Otro asunto fastidiado que aborda sin tapujos es el de las primas de la reina Isabel: dos hermanas con cierto grado de discapacidad, encerradas de por vida en un psiquiátrico y dadas oficialmente por muertas.

Me pregunto cuántos siglos deberán transcurrir antes de que se produzca una exposición semejante de la familia real española. Me pregunto incluso si se producirá alguna vez y me inclino a decir que no.

Leo que ya está filmada o a punto de rematarse una quinta temporada de The Crown, que se lanzará en noviembre de 2022, y ya estoy impaciente. Más impaciente aun, cuando leo que con mucha seguridad habrá una sexta. Es la mayor satisfacción (si no la única) que me ha dado la monarquía en toda mi vida de republicana convencida.

Noemí Pastor

viernes, 23 de septiembre de 2022

The Good Fight


Esta serie televisiva norteamericana creada por Michelle y Robert King comenzó a emitirse en 2017 como spin-off de la exitosísima The Good Wife, tomando como personaje central a uno de los principales de la serie “madre”: la inefable e inigualable Diane Lockhart, una exitosa abogada de Chicago, demócrata, activista y feminista. Dicen que, en la génesis del personaje de Lockhart, la inspiración vino de una persona real, Christine Lagarde, pero no sé si creérmelo. Puede que una semilla del personaje sí viniera de ahí, pero luego Diane hizo su propio camino y se distanció tanto de su modelo que ambos se volvieron mutuamente irreconocibles.

Con Diana Lockhart viajan de la precuela a la secuela otras dos cracks más: la abogada Lucca Quinn y la todoterreno Marissa Gold.

Vuelvo un momentito a la precuela, a The Good Wife, para contaros que a su actriz protagonista, Julianna Margulies, que encarnaba a la gran Alicia Florrick, la invitaron a aparecer en The Good Fight (en adelante, TGF), pero las negociaciones no llegaron a buen puerto, porque las demandas económicas de Margulies debían de ser desorbitadas.

Con todo, quizás Margulies, más que una faena, hizo un favor a TGF, pues los guionistas supieron valerse de tal ausencia y hacer que planeara magistralmente sobre los acontecimientos, especialmente sobre la primera temporada, hasta el punto de convertir al personaje en una especie de mito, más etéreo e importante por invisible y esquivo.

En el episodio 1 de la temporada 1 de TGF, encontramos a Diane Lockhart en la peor etapa de su vida: por si fuera poco horrible que Donald Trump haya ganado las elecciones y se haya convertido en el maldito presidente de los Estados Unidos,  Diane se descubre víctima de una estafa financiera del estilo de la de Bernard Madoff, que le hace perder los abultadísimos ahorros de toda su vida.

Con semejante arranque, aunque The Good Wife había dejado el listón verdaderamente alto, TGF consigue al menos igualarlo y en ciertos momentos incluso diría que superarlo. No defrauda en absoluto y, al explorar nuevos estilos de narración, incluso  refresca a su antecesora. Sin una gran historia de amor ni tensión sexual ninguna, se arriesga en la originalidad y triunfa al lanzarse de lleno a intrigas políticas convertidas en estupenda ficción televisiva. De hecho, uno de sus grandes aciertos es el de seguir muy de cerca los sucesos de la historia social y política norteamericana (la emergencia de la extrema derecha y el supremacismo, el movimiento #MeToo y las violentas reacciones contra él, el acoso en redes sociales, las fake news e incluso la covid-19), que, sobre todo desde Trump, tienen un toque de irrealidad o surrealidad muy sugestivo y se prestan bien a ser ficcionados.

Además, se adentra de lleno en un ámbito ya apuntado en The Good Wife: la hipocresía liberal, lo que no es oro, aunque reluce, en el compromiso moral de la progresía demócrata norteamericana.

Estoy segura, queridas lectoras y lectores, de que, si conocéis esta serie, coincidiréis conmigo en que el episodio estrella, insuperable, es el primero de la cuarta temporada. Y si no la conocéis, mejor no digo nada y os dejo con la intriga, para que os animéis a verla.

El rodaje de la quinta temporada tuvo que interrumpirse por la pandemia, lo cual no dejó sin reflejos a los guionistas, que, como os decía antes, en su línea de seguir muy de cerca los acontecimientos reales del país, incorporaron a sus tramas la covid-19, las reuniones por Zoom con sus consabidas meteduras de pata más o menos graves, las protestas por la muerte de George Floyd, el asalto al Capitolio y la muerte de la jueza Ruth Bader.

 TGF une el horror y la farsa y se empeña también en mostrarnos hasta qué punto puede ser la justicia absurda y arbitraria. En este apartado destaca, ya desde The Good Wife, un elenco de jueces a cual más extravagante que llega a su clímax en la temporada quinta con el personaje que encarna Mandy Patinkin.

La sexta y, según dicen, última temporada de TGF se estrenó el pasado 8 de septiembre. Aunque estoy deseando hacerlo, todavía no la he visto, sospecho que porque, cuando la vea, se habrá terminado TGF definitivamente y, por supuesto, no deseo que tal cosa suceda.

Noemí Pastor

viernes, 29 de abril de 2022

Birth (Reencarnación)


Cinco aspectos quiero destacar de esta película, muy recomendable, de 2004: su argumento originalísimo y nada convencional; su reparto de supermegalujo; su ambientación en un Nueva York diferente y sombrío; su director Jonathan Glazer; y su guionista Jean Claude Carrière.

Pues vamos uno por uno.

 

El argumento

Es de los buenos, de esos que se resumen en pocas líneas y te dejan con ganitas de saber más. Ahí va: Anna, una joven, bella y adinerada viuda neoyorquina, pocos días antes de volver a casarse, conoce a un niño de unos 11 años que afirma con vehemencia ser la reencarnación de su difunto esposo.

Al principio, al mocoso lo toman por un chalado o, lo que es peor, por un inconsciente malvado, pero poco a poco el crío, que tiene mucho peligro y da bastante miedito, va convenciendo a la propia Anna y esto le supone enfrentarse a todo su entorno.

El acierto del guion es que consigue que a los espectadores, como a Anna, tampoco nos parezca disparatado lo que dice ese chaval que nunca sonríe (solo lo hace al final, muy al final) y disfrutamos viendo cómo los personajes van llenándose de dudas.

 

El reparto

Anna es Nicole Kidman. Impresionantemente bella, la vemos por primera vez en un cementerio y durante todo el filme mantenemos esa primera impresión: es una mujer triste, oscura, tampoco viste nada alegre; incluso cuando sonríe rezuma dolor. Y no es para menos, conocida su historia. Es una mujer rota, pero no frágil. Me temo que vais a tener que ver la peli para entenderme.

Kidman ocupa casi o sin casi la mitad del filme con su presencia imponente, aunque no se quedan atrás Cameron Bright (el chavalín inquietante), Lauren Bacall (la hierática madre de Anna; adivinamos en su pasado la esfinge impecable que es ahora su hija, pero con una pizca de humor negro y corrosivo) o Danny Huston (el atribulado prometido de Anna).

Completan el elenco de personajes atormentantes y atormentados Anne Heche y Peter Stormare, muy correctos, y planea sobre todos ellos la ausencia de Sean, el difunto marido de Anna.

 

La ambientación

Es lo que más me gusta de Birth: su atmósfera sombría, a la que ayuda la magnífica banda sonora de Alexandre Desplat .

Birth muestra un Nueva York refinado, de élite, pero insólito: invernal, inhóspito, de inmuebles demasiado grandes y demasiado vacíos, encapotado, lúgubre; por completo alejado de la destelleante imagen convencional de las grandes avenidas y sus deslumbrantes apartamentos de megalujo.

En Birth siempre hace frío y mal tiempo. Los interiores tampoco resultan acogedores. Jamás sale el sol, nadie ríe, nadie disfruta, nadie parece ser feliz. Y, a pesar de todo, los espectadores entramos a gusto en ese microcosmos, que no deja de ser elegante; lo observamos con deleite estético, admiramos su construcción detallada y no nos provoca rechazo ni desazón. Solo intriga y curiosidad.

 

El director

Birth es el segundo largometraje del inglés Jonathan Glazer, quien antes se había desfogado haciendo spots publicitarios (algunos rechazados por su crudeza) y videoclips musicales.

Quizás por eso le sale un film adulto, clásico, carente de rebuscamiento técnico, pero muy coherente y eficaz.

 

El guion

Yo le he dado todo el mérito a Jean-Claude Carrière, aunque parece ser que también trabajareon en el guion Milo Addica y el propio Glazer.

Sea como sea, yo me centro en Carrière porque respect! No sé por dónde empezar. Ante un carrerón como el de este señor me quito el sombrero y me callo.

Así y todo, algunas críticas en prensa, escritas por gente con más atrevimiento que yo, le reprochan al guion de Birth un final no del todo convincente. Bien. Puede que tengan razón, aunque he de reconocer que la trama se mete en semejante lío (un lío literariamente delicioso) que no se me ocurre ninguna alternativa mejor.

Con todo, quitando ese final digamos raruno, el guion resulta brillante y encaja a la perfección con el resto de elementos de este film.

Y, sin más, esperando que Birth os guste tanto como a mí, os dejo con la ficha técnica (filmaffinity.com):

Noemí Pastor

 

Resurrección  

Título original  Birth

Año  2004

Duración 100 min.

País  Estados Unidos

Dirección  Jonathan Glazer

Guion  Jean-Claude Carrière, Milo Addica

Música  Alexandre Desplat

Fotografía  Harris Savides

Reparto  Nicole KidmanCameron BrightDanny HustonLauren BacallAnne HechePeter StormareArliss HowardTed LevineCara SeymourAlison Elliott

Productora  New Line Cinema, Fine Line Features

viernes, 11 de marzo de 2022

And just like that


 A pesar de que hace solo unos pocos meses publicaba aquí mismo un artículo que daba cuenta de mi ilusión y mis ganas de ver este reboot, dada mi absoluta admiración por Sexo en Nueva York, la serie original, debo confesar que cuando comencé a verlo, me había olvidado bastante de la serie y solo guardaba frescos en el recuerdo los dos largometrajes estrenados desde que en 2004 dejara de emitirse la hasta entonces última temporada.

 

Por eso creía yo, bastante inconscientemente, que este reboot mantendría el tono de las pelis: más rosa, menos verde, menos negro, más frívolo, bastante más superficial, más de típica comedia romántica norteamericana.

 

Porque, a decir verdad, volviendo a la serie original, Sexo en Nueva York, he de decir que no era para nada una serie complaciente ni almibarada: tenía escenas duras y tocaba temas desagradables, como la enfermedad, el abandono, la pobreza… Todo envuelto en vestimentas de lujo, tacones y oropel, sí, pero quizás ese envoltorio rutilante solo acentuaba con mayor fuerza el contraste con la crudeza de lo tratado.

 

Y resulta que And just like that recupera ese tono correoso y descarnado y habla del dolor, de la enfermedad, el alcoholismo, la enemistad, el aburrimiento vital, la vejez, la muerte, las pérdidas que se nos acumulan en la vida, las decepciones… Tiene, de hecho, un comienzo desabrido, arriesgado, pero admirable, desde el punto de vista del guion, porque promete mucho: una línea argumental de peso y de largo alcance, ni más ni menos.

 

Y ya que he escrito la palabra decepción debo admitir que eso precisamente ha supuesto para mí este reboot: una pequeña decepción. No llegaré a escribir la palabra fracaso, como han hecho muchas plumas críticas, pero sí puedo hablar de decepción. Y lo lamento mucho.

 

Nada que objetar a lo que he expuesto antes: es bienvenido el tono bronco y amargo; pero hay mucho que no funciona. Las escenas son demasiado largas, los diálogos carecen de chispa, la trama no va a ninguna parte, los personajes secundarios no parecen cumplir ninguna función, excepto una a todas luces insuficiente: la de servir de contrapunto a las tres protagonistas.

 

Se aprecia el empeño por cerrar las bocas de quienes durante años se quejaron de la falta de diversidad de sus guiones. Se trata de suplir y se suple: los nuevos personajes no son blancos ni heterosexuales. Bien. Lo aplaudo. Pero no es suficiente; no está bien encajado narrativamente y la historia pierde dinamismo e ingenio.

 

Como os digo, de episodio en episodio transitaba yo de decepción en decepción, hasta llegar al último, y ahí cambió la cosa; ahí se recupera el mejor tono narrativo de la serie original y vuelven muchos de sus tópicos más celebrados: vuelve una pizca de humor negro, que siempre se agradece; vuelve París y su resignificación como ciudad de la soledad; y vuelve el asunto de la huida, del abadono en pos del amor, esa decisión que antaño tomaron Carrie y Samantha y que no les resultó nada bien; solo que ahora, para nuestra sorpresa, es Miranda la que se encuentra en esa tesitura.

 

Ya que he nombrado a Samantha, una de las grandes pérdidas sobre las que trata And just like that, es necesario decir que su ausencia planea sobre la trama durante todos los episodios hasta que en este final se abre una gran ventana de esperanza sobre su regreso.

 

Y así, como si nada, acaba el episodio con un invisible “continuará”, suena una optimista musiquilla final, se me pone una sonrisa bobalicona en la cara y me muero ya de las ganas de reencontrarme con estas chicas en una nueva temporada, que todavía, en el momento en el que escribo estas líneas, no se ha confirmado, aunque todo apunta a que vendrá, sobre todo tras comprobar que, a pesar de no haber sido recibida por la crítica precisamente con elogios, esta primera entrega de And just like that ha registrado en los Estados Unidos cifras estratosféricas de audiencia que han tenido consecuencias muy directas sobre las ventas de las marcas emplazadas.

 

Mientras tanto, amenizaré la espera con el documental de HBO Max sobre el rodaje. Con una hora de duración, incluye anécdotas de la filmación, entrevistas con el reparto y los guionistas y detalles sobre el vestuario, que, en esta entrega, al igual que en las anteriores y especialmente en la final, es deslumbrante.


Noemí Pastor

viernes, 22 de octubre de 2021

Sexo en Nueva York - Temporada 7


En junio de 2021 comenzó a rodarse en Nueva York, dónde si no, una nueva temporada, la séptima, de esta serie que se emitió entre 1998 y 2004 (94 episodios en seis temporadas) y se prolongó después en dos largometrajes: uno en 2008 y otro en 2010. Se programó un tercero para 2017, pero quedó cancelado.

“Sexo en Nueva York” fue una serie popularísima, de gran éxito en sus estrenos y con un montón de reposiciones posteriores. Es una serie mucho más vista de lo que se confiesa, muy citada, muy referenciada, y que, sin embargo, raramente aparece en los ránkings de las series de culto. ¿Por qué? Luego hablaremos de esto.

Centrémonos ahora en que, más de veinte años después, regresa a HBO Max con el título “And just like that” (que puede traducirse por “Y así, como si nada”) y diez episodios de media hora cada uno. Dicen las malas lenguas que al rebufo del reencuentro de “Friends”, vuelven casi todos sus protagonistas, con la remarcable y estelar ausencia de Kim Cattrall, la imprescindible Samantha Jones. No dejo de preguntarme hasta qué punto se resentirá la historia de este enorme vacío, aunque, por otro lado, tengo toda mi confianza en el equipo de guionistas, cuya principal preocupación seguro que es precisamente que no se note que falta. Además, este equipo ha prometido “novedad total”, así que pinta bien.


La primera foto del rodaje de la séptima temporada (etonline.com)

Vuelve Chris Noth (Mr. Big), aunque se lo estuvo pensando, y también repiten Evan Handler (Harry Goldenblatt), Mario Cantone (Anthony Marento), el entrañable Willie Garson (Stanford) y David Eingenberg (Steve Brady). Abonado a las breves apariciones, aparece brevemente John Corbett (Aidan) y repite como director ejecutivo Michel Patrick King.

Echo de menos en el reparto al guaperas de Jason Lewis (Smith Jerrod), pero, al no estar Samantha, tampoco tiene mucho sentido.

Esta séptima temporada que ahora se rueda nos mostrará a las tres amigas, una vez cumplidos los cincuenta años, tal como anticipaba el final del segundo largometraje. Promete una visión del mundo desde la cincuentena, lo cual es novedoso e interesante.

También han adelantado que hablará de la pandemia y que incorporará un nuevo personaje no binario, Che Díaz, interpretado por Sara Ramírez, a quien conocemos de “Anatomía de Grey”.

El rodaje se llevó en principio bastante en secreto, aunque Sarah Jessica Parker compartió en Instagram el primer vídeo teaser de este esperado regreso.

No os voy a engañar: me voy a lanzar a una defensa encendida de esta serie, pero antes voy a nombrar un defecto: su pésima traducción al castellano. Hay fragmentos con una versión castellana penosa, sin gracia y hasta sin coherencia. Quizás no fuera posible hacerlo mejor, pues la protagonista es muy aficionada a los juegos de palabras y eso es siempre un quebradero de cabeza para las traducciones. Así y todo, los largometrajes tienen una mucho mejor versión española, de manera que algo sí se podía mejorar.

Ya está. Hecha la minicrítica, vamos con la alabanza. Un punto muy a favor de esta serie es que su contenido, veinte años después, sigue en vigor y, al menos en mainstream, no se ha superado. Vamos con uno de sus puntos fuertes: está totalmente protagonizada por mujeres, cosa que no es frecuente y menos frecuente era en 1998, cuando se estrenó. Volviendo a lo de los ránkings que os decía antes, mirad cuántas de esas series presuntamente de culto están protagonizadas por mujeres y luego hablamos.

Otro punto fuerte y rompedor: la serie consiste en una exploración de la sexualidad y el placer femeninos, algo que a menudo molestaba y provocaba críticas feroces; demasiado feroces; sospechosamente feroces. Hace más de veinte años fue una forma de presentar los universos femeninos y hablaba sin tapujos de sexo, abortos, masturbación… De mujeres profesionales, de cómo se desenvolvían en sus trabajos, de cómo se veían y cómo las veían en lo laboral, de la tensión con las carreras de sus parejas…

Como serie, “Sexo en Nueva York” evolucionó. Comenzó con un tono narrativo y acabó con otro. Con el tiempo, se hizo menos ligera, algo más amarga, pero con ese amargor sabroso del té negro bien cargadito.

Tiene especial miga su final irónicamente feliz: todas las chicas acaban emparejadas, pero con unas situaciones de pareja que no son ni mucho memos las soñadas, jugando así con las convenciones de la comedia romántica.

Ya para acabar, os voy a recomendar un artículo muyinteresante sobre esta serie. Lo publicó Emily Nussbaum en The New Yorker en julio de 2013. Se titula “Difficult Women. How ‘Sex an the City’ lost its good name” y os resumo un poco sus ideas principales.

“Sexo en Nueva York” fue una serie pionera, atrevida, con episodios de una brillante coherencia. Puede criticársele haber envejecido en un par de aspectos: el primero, la falta de diversidad (mujeres blancas y mayormente heterosexuales) y el segundo, que no son precisamente defensoras de un estilo de vida sano, pues beben, fuman y consumen fast food sin remordimiento alguno. Se me ocurre (a mí, no a Nussbaum) que quizá quieran actualizar algo de esto en la próxima temporada.

Carry Bradshaw no es una heroína; más bien, una antiheroína: no es perfecta; engaña a sus parejas. Es una tía poco complaciente, cortante, deslenguada; tiene un punto de vista cínico, es promiscua y utiliza un lenguaje soez. Tanto ella como sus amigas son taimadas, astutas, impías y tienen gran ingenio y sentido del humor. Son atractivas y triunfadoras y carecen de la fragilidad de otras protagonistas televisivas como Ally McBeal.

Termino con un aspecto que destaca Nussman y que me parece fundamental a la hora de entender la condesdendencia y el desprecio con el que los críticos (y aquí el masculino no es genérico) trataron a esta serie. Fijaos en que estas chicas guapas, elegantes, atractivas, inteligentes, profesionales, triunfadoras no gustaban a los hombres. Solo nos gustaban a las mujeres. Los críticos se cebaron contra sus carísimos modelitos de alta costura y su modo de vida pijo y obviaron todo lo demás. Puede que ya sepamos por qué.

Noemí Pastor

viernes, 11 de junio de 2021

A propósito de Henry

Iba a escribir que siempre me ha gustado esta peli, pero seré más fiel a la verdad si escribo que siempre me ha resultado agradable de ver, porque, así y todo, le encuentro muchos defectos.

Luego hablaré de los defectos. Ahora, para empezar, os diré que se trata de una peli muy de los ochenta y noventa, típica de las dos últimas décadas del siglo XX. ¿Por qué? Por dos de sus características. La primera, que puede englobarse dentro del cine de yuppies, grupito en el que también se encuentran, entre otros muchos filmes como Wall Street, Armas de mujer (del que ya os hablé en Zinéfilaz) o La hoguera de las vanidades (de la muy buena novela de Tom Wolfe; la película, en cambio, no es tan buena). Ahora que acabo de escribir esta minilista, me doy cuenta de que algunos intérpretes se repiten. ¿Casualidad? No creo.

La segunda característica es que A propósito de Henry (en adelante APDH) podría definirse también como una high concept comedy. Aunque no se suele citar como ejemplo, sí creo que puede responder a este tipo de filmes.

¿Qué es una high concept (en adelante, HC)? Según la Wikipedia, una creación artística (en este caso, una peli) que puede formularse sencillamente en una frase breve y llamativa. Así, APDH se formularía así: un desalmado yuppie neoyorquino, un amo del universo, recibe un disparo en la cabeza y su vida se desmorona en todos los sentidos.

Los argumentos HC responden a la pregunta global “¿qué pasaría si..?”. El ejemplo más claro de película HC es Parque Jurásico, que respondería a “¿qué pasaría si clonaran a los dinosaurios?”. Esta pregunta a menudo da pie a una reflexión sociopolítica sobre el futuro de nuestro mundo.

Así, en el caso de Henry el HC se amplía y se precisa: en realidad, la vida de Henry no se desmorona, sino más bien se vuelve del revés, porque la bala en la cabeza la pone frente a un espejo que muestra que no era lo que parecía; tenía una parte destruida que se restaura, a la vez que se desploma lo que parecía sólido: el trabajo, la economía y los privilegios de hombre blanco hetero urbano adinerado.

Se supone que una película HC es capaz de llegar a una amplia audiencia al basarse en una idea fácil de captar. Y sí, en esto APDH encaja perfectamente, porque presenta un buen repertorio de ideas simples (e incluso simplonas) que constituyen uno de los defectos de los que antes os hablaba y que ya ha llegado el momento de tratar.

Veamos. Lo primero que no me gusta de APDH es la abundante dosis de ñoñez, con niña y perrito incluidos, y ciertos personajes arquetípicos entre los que destaca el del enfermero que cuida a Henry en su larga y lenta recuperación tras el disparo y que interpreta Bill Nunn. Es este un personaje típico de teleserie de sobremesa: el profesional abnegado que se deja el alma en el cuidado de sus pacientes, no solo en lo físico, sino también y sobre todo en lo espiritual. Y para ello se vale de su propia experiencia, de su propia tragedia, porque, tras su apariencia alegre, se oculta un sufrimiento pasado que deja en nada lo padecido por cualquier pijoque caiga en sus manos. Es su as en la manga, su arma secreta; cuando nada le funciona, cuando ya ha agotado todos los demás cartuchos, ¡pum!, saca la artillería: su tremenda desgracia personal. Y entonces todos los pacientes se dan cuenta de que lo suyo es una minucia y se recuperan. Milagro americano. Ya está.

¿Cómo mejoraría yo APDEH? Pues creo que habría ayudado al guion haber desarrollado algo más la parte anterior al disparo que cambia la vida de Henry. Yo me habría recreado cual cochino en charca de lodo en ese vivir opulento, regalado; un poco superficial, sí, vale, pero de calidad sin duda. Esos apartamentos de avenida céntrica neoyorquina, con terrazas en las que cabe mi casa entera, salones desmesurados, pasillos kilométricos, ascensores privados… Esa limusinas, esos restaurantes de exquisita decoración y no tan exquisita cocina; esos modelitos de las señoras, sobrios y carísimos. Yo me habría extendido algo más en esos ambientes suntuosos que nos deleitan a los pobres, porque, cuando ahonda en esa parte lujosa y fake, es cuando APDH saca lo mejor de sí misma, con la inestimable ayuda, por supuesto, de dos tótems de Hollywood como son Harrison Ford y Annette Bening.


Y con la ficha técnica de filmaffinity.com se despide vuestra amiga Noemí Pastor.

Título original  Regarding Henry

Año  1991

Duración  107 min.

Dirección  Mike Nichols

Guion  J.J. Abrams

Música  Hans Zimmer

Reparto  Harrison FordAnnette BeningMichael HaleyStanley SwerdlowJulie FollansbeeRebecca MillerBruce AltmanElizabeth WilsonDonald MoffatKamian AllenAida LinaresJohn MacKayMary GilbertPeter AppelHarsh NayyarJohn LeguizamoHarold HouseRobin BartlettCynthia MartellsJames Rebhorn

 Productora  Paramount Pictures