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viernes, 23 de febrero de 2018

Yo creo en ti


Las causas perdidas son las únicas por las que vale la pena luchar.

Esta frase, pronunciada por James Stewart en Caballero sin espada (1939), de Frank Capra, bien podría ser el resumen de Yo creo en ti (Call Northside 777),  de 1948, película dirigida por Henry Hathaway.


Precisamente, Stewart interpreta en ella a un periodista que lucha por una causa perdida, la de Frank Wiecek, un hombre que lleva once años en prisión, tras haber sido condenado a 99 años de cárcel por haber asesinado, en 1932, en Chicago, a un policía en un despacho de licor clandestino durante la  época de la ley seca. Fueron unos años muy violentos, especialmente en Chicago, con constantes asesinatos de agentes de la ley, a los que la Policía respondía con métodos igualmente expeditivos.

James Stewart, en el papel del periodista Jim McNeal, recibe la orden del redactor jefe de su periódico, el Chicago Times, de investigar quién ha encargado la publicación de un anuncio ofreciendo una recompensa de 5.000 dólares a cualquiera que pueda ofrecer alguna pista sobre el verdadero asesino.

La postura inicial de McNeal es la de limitarse a buscar el lado sentimental de la noticia: ¿quién ha puesto el anuncio y por qué? Y encuentra a una madre desesperada que lleva años trabajando de fregona y ahorrando cada centavo, privándose incluso de comer, para intentar ayudar al hijo al que cree inocente.

A pesar de conmoverse ante la lucha y la fe de la pobre mujer, McNeal se mantiene firme en su consideración de que Frank Wiecek sólo está recibiendo lo que se merece. Pero, impulsado por su jefe, tendrá que continuar la investigación y, entonces,  las nuevas pruebas que hallará le harán cambiar paulatinamente de opinión.
Ese es uno de los grandes logros de la película:  la forma en que muestra el cambio gradual en la  actitud del periodista,  desde la fría indiferencia profesional a la total implicación en una causa que cree justa. En ese camino, su conciencia profesional se verá azuzada por los obstáculos que, desde diferentes frentes, le irán poniendo.

Era un papel perfecto para James Stewart y el actor consiguió aprovecharlo al máximo. Para cuando hizo esta película, Stewart ya era una figura que había triunfado en películas como Vive como quieras (1938) y Caballero sin espada (1939), ambas de Frank Capra, El bazar de las sorpresas (1940), de Ernst Lubitsch, e Historias de Filadelfia (1940), de George Cukor, por la que consiguió el Óscar al mejor actor.

Tras el parón de la guerra (en la que participó como piloto de bombardero, a pesar de las presiones que recibió para quedarse en la retaguardia) se había reincorporado al cine con el maravilloso papel de ¡Qué bello es vivir!; sin embargo, después de esa película ya no había logrado ningún gran éxito. Por ello buscaba papeles a su medida, y eso encontró en dos películas que se estrenarían en 1948: Yo creo en ti, en Henry Hathaway y La soga, de Alfred Hitchcock.
Del colérico y tiránico Henry Hathaway, que se atenía al código de que “Para ser un buen director hay que ser un hijo de puta. Yo soy un hijo de puta y lo sé", se suele decir que era un gran artesano especializado en cine de aventuras  y western. En realidad, fue un gran “contador” de historias que se guiaba por dos principios fundamentales: que el espectador participase de la historia y que sus personajes actuarán guiados por un código ético, aunque fuera peculiar (como por ejemplo el alguacil Cogburn, magnífico John Wayne, de  Valor de ley).

Pero además del cine de aventuras y del Oeste, Hathaway también fue un importe director de cine Noir, en el que destacó por el carácter realista, cercano al documental, que dio a sus películas. Esta característica ya estaba presente  en La casa de la calle 92 (1945) y en El beso de la muerte (1947), comentada aquí anteriormente, y es también una de las cualidades  fundamentales de Yo creo en ti.

Ese afán documentalista se evidencia sobre todo en el principio de la película, cuando una voz en off nos explica que la historia se basa en hechos reales (cambiando el nombre de los personajes implicados) y que, en la medida de lo posible, se ha rodado también en los escenarios reales. Esa misma voz pasa luego a relatar los sucesos que dieron lugar al asesinato del policía Bundy y la posterior detención de Frank Wiecek, como uno de los dos culpables. A partir de ahí, el narrador callará hasta casi el final de la película.
Sobre esa pretensión de realismo en el cine negro de Hathaway, Carlos F. Heredero y Antonio Santamaría, en su obra El cine negro. Maduración y crisis de la escritura clásica, señalan:

“Esta especie de documentalismo sobre los métodos policiales tiene sus orígenes en la confluencia de varios factores que operan en una dirección convergente. En primer lugar, la herencia documental que deja impresa sobre el cine y sobre la sociedad americana los noticiarios de guerra de la etapa anterior. Después, la necesidad de rodar en escenarios naturales como respuesta frente a las limitaciones económicas para la construcción de decorados derivadas de la inmediata posguerra y, finalmente, en un papel menos relevante de los que se ha dado a entender en ocasiones, el eco sordo y muy atenuado que llega hasta Hollywood del primer neorrealismo italiano a través de títulos como Roma, ciudad abierta (Roma, città aperta, 1945) o Paisà (1946)”.

Sea como sea, lo cierto es que el deseo de veracidad y el gusto por rodar en exteriores fue una constante en la obra de Henry Hathaway.

En el caso concreto de Yo creo en ti, el anhelo realista está muy bien afianzado por la magnífica fotografía en blanco y negro de Joseph MacDonald y por su utilización del juego de luces y sombras, con mayor incidencia del claroscuro  en escenas como las de la prisión o en la dramática entrevista de McNeal con Wanda, la testigo perjura; es decir, en los momentos de mayor tensión de la historia.

MacDonald fue uno de los grandes directores de fotografía del Hollywood dorado y muchos de los más importantes realizadores del momento lograron grandes películas con su colaboración: John Ford en Pasión de los fuertes (1946); Elia Kazan en ¡Viva Zapata! (1952) o Pánico en las calles (1950); varias de Edward Dmytryk, como Lanza rota (1954) o El baile de los malditos (1958) por la que MacDonald  fue nominado al Óscar, etc. Con Henry Hathaway  volvería a trabajar en Niágara (1953).

Dentro de ese deseo constante de veracidad que impera en Yo creo en ti, es especialmente interesante el momento en que Wiecek se somete al detector de mentiras, porque quien realiza la prueba es, en un curioso cameo, el inventor real del aparato: Leonarde Keeler, miembro del Departamento de Policía de Berkeley (California). Keeler, actúa, además, con sorprendente naturalidad; por ello, y por lo bien que transmite  Richard Conte la angustia de su personaje en semejante trance, son especialmente destacables estas escenas.
Y también es interesante la visión, prácticamente documentalista, del funcionamiento de un periódico en los años cuarenta, del barrio polaco de Chicago, del mundo carcelario…


Otro gran mérito de esta película es el de las estupendas interpretaciones de los actores que acompañan a James Stewart: Richard Conte, Lee J. Cobb, Kasia Orzazewski y Helen Walker.

Richard Conte interpreta muy bien a Frank Wiecek, el joven delincuente en libertad provisional al que su pasado le convierte en  víctima propiciatoria de un delito que no ha cometido. Conte fue actor habitual en el cine negro hasta la decadencia del género en los años sesenta; aun así, Conte siguió en activo, con desigual suerte, hasta que al final de su carrera logró uno de sus mayores éxitos interpretando a Don Barzini en El padrino (1972).
Lee J. Cobb también hace una  buena actuación  como redactor jefe que impulsa la investigación de McNeal. Cobb fue uno de esos grandísimos secundarios de lujo de la época dorada de Hollywood que mejoraban cualquier película en la que participaban. Desde su debut en el cine en 1934 hasta su prematura muerte en 1976, intervino en innumerables películas (con  James Stewart y Henry Hathaway volvería a trabajar en 1962  el La conquista del Oeste. Llegó a ser nominado en dos ocasiones al Óscar al mejor actor de reparto; una de ellas por su trabajo en la Ley del silencio, en el mismo año, 1953, en que compareció ante la comisión del senador Joseph McCarthy, donde delató a numerosos compañeros (al contrario que James Stewart, republicano y patriota convencido, que despreció la petición de  John Edgar Hoover, director del FBI, de denunciar a compañeros de profesión sospechosos de simpatías comunistas).
Y es de justicia reconocer el gran trabajo de la actriz de origen polaco, el mismo que el de la mujer que interpreta en la película,  Kasia Orzazewski,  la conmovedora Tillie Wiecek, la madre dispuesta a pasar su vida trabajando duramente para demostrar la inocencia de su hijo. En el primer encuentro entre la mujer, de rodillas fregando, y el periodista, la pobre madre ya demuestra toda su dignidad y coraje, que ganan por completo el corazón del espectador, al responder a la pregunta de McNeal sobre el origen de la recompensa que ofrece: “Yo trabajo. Friego suelos. En 11 años no he falté ni un solo día al trabajo. Lo gané hasta el último penique”. Es esa feroz determinación de una madre la que da título a la versión española (el título original, Call Northside 777, obedece al número telefónico que aparece en el anuncio en el que la mujer ofrece la recompensa a cambio de una pista para la absolución de su hijo).
Y Helen Walker como la esposa solicita de Jim McNeal, a cuyo sensato consejo recurre el periodista en sus peores momentos de duda, como pone de manifiesto la ingeniosa conversación de doble sentido que mantiene el matrimonio ante un puzle:
Jim McNeal: Quizás podamos solucionarlo juntos.
Sra. McNeal: ¿Qué pasa? ¿No encajan las piezas?
Jim McNeal: Sí, pero forman un tema equivocado.
Sra. McNeal: Las piezas no pueden hacerlo. Quizá tengan un enfoque equivocado.
Jim McNeal: Es difícil captar la imagen.

Betty Garde como la testigo perjura Wanda Skutnik, y otro conocidísimo y genial secundario, John McIntire, en un breve pero eficaz papel de fiscal interesado en que la investigación de McNeal no prospere, completan el perfecto reparto.

Yo creo en ti es una buena película y parece justo recuperarla, tanto por sus propios méritos como porque hace no mucho comentábamos una película, El gran carnaval, de Billy Wilder, dedicada a los aspectos más negativos de la prensa. Yo creo en ti equilibra la balanza, al reflejar la otra cara del periodismo: el que lucha por esclarecer los hechos turbios y controlar a los poderes públicos en bien de los ciudadanos. Y si bien Jim McNeal inicialmente, cuando todavía considera culpable a  Frank Wiecek, muestra un cierto cinismo, plasmado en la frase  que dirige a Frank  en la cárcel, “El público lo que quiere es emoción… Déjelo en mis manos”, lo que media entre él y el Charles Tatum, el periodista sin escrúpulos de El gran carnaval, interpretado por Kirk Douglas, es el abismo que separa a un hombre en busca de la verdad y la justicia y otro dispuesto falsear ambas  por lograr una noticia.
En definitiva, Yo creo en ti merece ser rescatada del olvido porque tiene una buena historia muy bien contada, a pesar de algunas concesiones finales al efectismo, y muy bien interpretada. Y porque, aunque no sea su mejor película, es un buen homenaje al que, además de ser uno de los mejores actores que el cine nos ha dado, fue, en la pantalla y en la vida real, un hombre íntegro: James Stewart.


Yolanda Noir

 

viernes, 14 de julio de 2017

El hombre que mató a Libery Valance, 1962. Una del oeste.

El hombre que mató a Liberty Valance es un western que refleja un oeste que va dejando de serlo. Una curiosa película del estilo acostumbrado de John Ford, con sus adorables borrachos y sus rudos vaqueros, comandados por uno de sus actores fetiches: el armario ropero John Wayne.

¡Juntos por primera vez, dos actores con personajes pegados a su piel!


El ferrocarril llega a Shinbone, una localidad del oeste norteamericano que se ha convertido en una ciudad. De él bajan el senador del estado, Ransom Stoddard (James Stewart) y su esposa (Vera Miles). Desde que se fueron, hace ya muchos años, la ciudad ha dejado de ser aquél lejano lugar en el que las gentes  vivían atemorizadas por el matón, a sueldo de los ganaderos, Liberty Valance (Lee Marvin) y su banda. Los Stoddard, que son los ilustres recién llegados, han venido a presentar los respetos a un fallecido que fue muy importante en su vida, Tom Doniphon. Requerido por el director del diario local, el Shinbone Star, fundado por el ilustre periodista Dalton Peabody, James Stewart nos hace un grandioso flashback contándonos cómo él, de joven y recién licenciado en derecho, llega a esta ciudad y es recibido con una paliza de los asaltantes de la diligencia: Liberty Valance y su banda.

Ford con los protas


Con el comienzo de la peli, y la cantidad de talco que llevan los actores para resaltar las canas, nos quieren hacer ver que ha pasado tanto tiempo que el nostálgico recuerdo del oeste nos indica que ya nada es como era y que la ley de las instituciones se ha impuesto a de los forajidos. Hasta el secundario de lujo, Woody Stroode, que “de joven” luce una bola de billar en todo lo alto, para avejentarlo, ha dejado crecer la nieve en su cogote.


Ha pasado tanto que la diligencia es una pieza de museo y el pelo de Jimmy está blanco. La diligencia y el oeste ya son cosa del pasado.


El flashback nos introduce en la historia fordiana que nos interesa en realidad: En el oeste de los pistoleros , los saloones y ese John Wayne moviéndose de lado con pesadez y torpeza. Jimmy Stewart hace de Jimmy Stewart, o lo que es lo mismo, ese buen chaval, recto y honrado. Un americano ejemplar, caballeroso y pulcro, defensor de los débiles y lleno de ese americano afán de luchar por conseguir aquello en lo que cree.

Wayne con su clásica pose perdonavidas y Stroode, de criadito


John Wayne, que va primero en los títulos de crédito, es el rudo ranchero, como siempre, feo, fuerte y formal, que tiene echado el ojo a Hallie, la camarera de la casa de comidas de Peter Erikson. La mira y se la remira y le dedica sus rudos galanteos, pero sin moñeces. Cada sábado que va al pueblo Wayne pasa a ver a su novia, la cual aún no sabe que lo es, acompañado de Pompey (Woody Stroode) el gigantazo negro, criado para todo, que no debe entrar a los locales, excepto por la puerta de atrás, no sea que los clientes se tengan que mezclar con un afroamericano. Pompey es servido como uno más en la casa de comidas, pero en la cocina, con el mozo lavaplatos, que resulta ser Jimmy Stewart.


Wayne luciendo arma junto a Ford y Stewart


Dalton Peabody (Edmond O'Brien) es el orgulloso y borracho periodista, director, fundador, impresor y mozo de la limpieza del único diario de la zona, el Shimbone Star. Como en muchas de las pelis de Ford, a la manera irlandesa, no se entiende la vida si no se riega con abundante alcohol. El señor Peabody se pasa el día pimplando de la botella, y durante todo el film exhibe su intoxicación etílica perenne junto a la del médico, papel menor, pero también bañado en whisky. Este es el humor de Ford. Hasta en las elecciones, que se celebran en el saloon, se hacen contínuos guiños a la dipsomanía ya que se cierra la barra mientras se vota y eso es un contínuo chiste para Peabody que asegura que la cerveza no es una bebida alcohólica, con tal de amorrarse al vaso.


Peabody, entusiasta periodista amante de los puros y la botella


Hallie (Vera Miles) es la eficiente camarera de la casa de comidas de los Erikson, unos inmigrantes suecos orgullosísimos de lucir norteamericanos. Todos los sábados a la hora de la cena los mozos de los ranchos de alrededor, después de ponerse tibios en el saloon o la cantina mexicana, llegan a comer a esta casa con hambre de lobos. 

Los Erikson y Pompey servido en la cocina, fuera, Hallie

Desafortunadamente el papel de Vera Miles, aunque lo desenvuelve con gracia, se limita a la chica que se enamora del pacífico y entusiasta idealista y no duda en pedir ayuda al rudo ranchero que se ve abatido al ver que su “novia” prefiere a otro que no es él, pero como es feo, fuerte y formal, lo encaja como puede, preferiblemente, sumergido en whisky.


Hallie se enamora del delicado abogaducho y no del recio y viril ranchero


Liberty Valance (Lee Marvin) es el malvadísimo forajido abusón que impone sus leyes, aunque sea a tiros. Siempre acompañado de los chicos de su banda, uno de ellos un joven y callado Lee van Cleef.

Marvin, a la derecha y Van Cleef, a la izquierda.


Valance es un orgulloso fanfarrón que se atreve con todos, excepto con Donophan (Wayne). Aunque se enfrentan alguna vez, Valance no osa seguir adelante contra Donophan porque calcula que, en cuanto a testosterona, puede que no le gane. Cosas de la virilidad mal entendida.


No insistas, yo la tengo más larga, amigo


Mención honrosa se merece el pusilánime sheriff Link Appleyard (Andy Devine) un orondo y cómico personaje poco amigo de trabajar y menos de enfrentarse a Liberty Valance. Devine ya había trabajado algunas otras veces con Ford, siempre sacando toda la comicidad del gordinflón de turno.

Personaje risible, comilón y pusilánime: El sheriff


Como esta peli es del año 62, descubrí, un buen día, viendo una copia íntegra de la peli, que en la escena de la escuela, porque el entusiasta Ransom Stoddard (Stewart), enseña a leer a todos los interesados en aprender, empezando por Hallie y acabando por Pompey, que la censura española nos había escamoteado un par de minutos en los que se ensalza, muy fordianamente, también, los valores de la República estadounidense y de la democracia, y claro, eso en una dictadura militar de corte fascistoide, como que no. 

La escuela donde se enseña a leer y los hermosos valores de la joven democracia yankee

De repente a Stewart le cambia la voz, que hasta ahora no es la de Jesús Puente en esta ocasión, sino la de ese otro actor de doblaje con la voz finita que rumia las eses de manera particular. Pero no importa, al poco llega el rudo Wayne moviéndose como una rémora para decirle a Pompey que deje de aprender gilipolleces, que leer no le sirve de nada, y que se vaya al rancho a acabar la habitación que se está construyendo para cuando Hallie se convierta en su esposa.
Frecuentemente hay bares y amantes bebedores en las pelis de Ford

Las historias que rodaba John Ford siempre parecían simples y ágiles, pero rascando un poco, en esta memorable cinta, podéis encontrar ricos matices de cada personaje. El romanticismo siempre desde una óptica muy escueta. El humor despreocupado e infantiloide. El amor por la bebida alcohólica. El personaje rudo pero caballeroso. El orgullo de pertenecer a los Estados Unidos...


La amenaza del malote


Ford, de pasada, en esta cinta, nos mete en un triángulo amoroso donde el personaje del rudo vaquero, caballeroso, se retira cuando ve que su novia, a la que no se ha declarado nunca, porque primero es tener la casa y luego la boda, se enamora del atildado caballerete lleno de ideales venido del este. Wayne se duele de este amor no correspondido, como los hombres, agarrado a una botella.


¡Duelo! ¡Duelo! No, si no le falta un perejil


La cinta destila nostalgia de un salvaje oeste que ya ha sido domesticado y que, a pesar de descubrirse la verdad de una historia, conviene que la leyenda siga siéndolo. Por cierto, es curioso que esta magnífica cinta "del oeste" esté basada en una novela escrita por una mujer llamada Dorothy Johnson.



¿Quién no ha querido nunca darle un sopapo al insufrible de John Wayne?

Si no habéis visto este estupendo film, os invito a que lo disfrutéis.




Ficha técnica:

El hombre que mató a Liberty Valance; The man who shot Liberty Valance.

EEUU, 1962, 123' B/N Drama, Western.

Dirección.......................................................John Ford

Guión.............................................................James Warner Bellah, Willis Goldbeck, basado en una novela de Dorothy M. Johnson.

Música............................................................Cyril Mockridge

Fotografía:......................................................William Clothier

Reparto:

Tom Donophan...............................................John Wayne

Ransom Stoddard...........................................James Stewart

Hallie Stoddard...............................................Vera Miles

Dalton Peabody.............................................. Redmond O'Brien

Liberty Valance................................................Lee Marvin

Link Appleyard.................................................Andy Devine

Peter Erikson...................................................John Qualen

Nora Erikson....................................................Jeanette Nolan

Pompey............................................................Woody Stroode





Juli Gan empuñando el Colt 45

viernes, 25 de diciembre de 2015

Nada más navideño en el cine

Si hay una película que se vea en navidades esa es "¡bello es vivir" de Frank Capra, y, como hoy es el día de navidad qué mejor motivo que hablar de este clásico del cine norteamericano de los años cuarenta.

Cartel de la peli

Quizá el referente navideño cinematográfico de España sea "Plácido" de Berlanga, con esa mala leche sobre las campañas hipócritas del "siente un pobre a su mesa", o el monentico navideño de "la gran familia" cuando Chencho se pierde en la plaza mayor de Madrid y lo buscan a grito "pelao"todos sus familiares, especialmente el abuelo, Pepe Isbert, pero eso lo dejamos para futuras fiestas de natalicios cristianos. Hoy toca la historia del ángel de segunda clase que gana sus alas al toque de una campanilla.

El angelote

Sinopsis espoileada con espumillón:


El pobre Clarence, que es muy torpe, es un ángel sin alas al que llaman a capítulo para que salve de la condenación eterna a un desesperado hombre que, debido a los reveses de su vida, pretende tirarse por un puente. Para ponerlo en situación al ángel le cuentan la historia de George Bailey, el presunto suicida.

George Bailey siempre fue un tío majete, incluso de niño. Salvó a su hermano de morir en el agua helada de un río, salvó al farmacéutico para el que trabajaba de que cometiera un error garrafal con la equivocación de poner veneno en vez de medicina en unas píldoras para un enfermo.....Es un buen chaval.

George de niño

El negocio familiar, que regentan su padre y el atolondrado desmedido de su tío, es una oficina de emprésitos. Dan pequeños créditos y fomentan la construcción de viviendas sin del afán de lucro desmesurado de otros promotores, como es el caso del tiburón financiero de la ciudad, el señor Potter, un amargado pero poderoso tullido que pretende quedarse con todos los negocios de la ciudad.

El señor Potter (Lionel Barrymore)


Después de currar muy duro durante su adolescencia, George sueña con viajar por el mundo unos meses antes de ir a la universidad. Podría resumirse la vida de George como la de un buen tipo al que todo el mundo acaba haciéndole chantaje emocional para que haga lo que todos esperan de él, abusando de su bondad. El pobre George jamás podrá gozar de independencia en su vida porque deberá hacer de sufrido velador de los problemas de los demás, así, aparte de joderle el viaje por el mundo, de chafarle la universidad y de tomar las riendas de su vida, su hermano menor toma la plaza universitaria de George, y, con los años, será un héroe de guerra  mientras George es un inútil porque quedó sordo de un oído por salvar la ida al advenedizo de su hermano; la empresa de su padre y de su tío, el inútil, lo nombra jefe contra su voluntad y Mary, la chica que siempre ha estado enamorada de él, consigue llevárselo a una casa ruinosa poco aconsejable para formar una familia.

La joven parejita

Pero todo lo anterior no es nada en comparación con las arremetidas empresariales del señor Potter, que hace lo que sea, en vano, para quedarse con la oficina de emprésitos. La cosa se lía cuando el tío va a hacer un ingreso al banco y pierda la pasta. Ya hay que ser inconsciente para mandar al despistado de la oficina a hacer un pago. Por cierto, la pasta la tiene el señor Potter que ve un momento estupendo para joderle la vida a George.

El solidario vecindario

Este es el momento en que el ángel debe bajar a ganarse sus alas. George está desesperado, arruinado, denunciado por estafa, a punto del arresto y siente que la familia lo abruma,vamos, como la crisis de los 40 solo que dicen que tiene 28 años. Todo muy precoz.

Enlace con el clásico de Dickens

Y ahora es cuando entra en escena el momento dickensiano de la peli. Si hay algo tan navideño como "qué bello es vivir" eso es "canción de navidad" de Dickens, con ese señor Scrooge tan villano al que visitan tres fantasmas. (Un año de estos prometo hacer una recopilacvión de todas las versiones fílmicas de esta reiterada historia) Aquí el villano Scrooge no es otro que el señor Potter, pero a George le permiten hacer el paripé de el fantasma de las navidades pasadas con el ángel del personaje no nacido, contándonos como sería el mundo sin George. Para empezar su hermano no sería héroe de guerra (Recordad siempre que la peli es de 1946, hace un año que ha acabado la contienda); el farmacéutico hubiera estado 20 años en la cárcel por envenenar a un enfermo; la ciudad sería del malvado señor Potter y su esposa sería la solterona bibliotecaria y de esto quiero hablar.

Moralina cristiana y mojigata

La peli está cargada de moralina y, aparte de chantajear a George una vez más, con tienes que ser el abnegado y sacrificado panoli para que todo sea "guay" aunque tú no tengas oportunidad de hacer lo que quieras, como irte de viaje a hacer tu vioda, nos encontramos con que la ciudad, que ya no se llama Bedford Falls, sino Pottersville, porque el dueño es ese malvado Scrooge tullido, está llerna de bares, puticlubs, casas de empeños y licorerías. Vamos, que no es un ghetto negro, pero que poco le falta. Una carga más sobre el pobre George. Te necesitamos, George. Alguien tiene que sacrificarse para que los demás vivamos bien.

Final felíz

Lo más cachondo porque el ángel dice que es lo peor y que a George no le va a gustar nada es que Mary, en esa realidad paralela, es una solterona. Eso es lo peor que se puede ser. Solterona, vestida de una manera descuidada, con gafas, y eso ya demuestra que es un error, que encima es la blbiotecaria. Vamos, que sólo nos falta que nos la muestren de la mano de una mujer de aspecto varonil. Al no existir George, el mensaje que nos llega es que Mary, que tiene un trabajo precios, para mí, no para ellos, no ha triunfado en la vida, porque no ha pescado marido, que es el objetivo vital de toda mujer. Esta es una de las enseñanzas que da la peli.

La bibliotecaria solterona., Lo peor


Total, y para no cansaros, que George ve la luz, se imbuye de espíritu navideño y de ganas de vivir y vuelve al hogar a buscar el afecto de los suyos, donde le esperan el tipo de hacienda y los agentes que vienen a detenerlo, cosa que a él ya no le afecta, y en esto que llegan todos los vecinos que lo aprecian portque es un bien tío y siempre los ha apoyado, y le dan todo lo que tienen. Hasta los agentes aflojan el bolsillo a la par que sueltan una lagrimica, porque es nochebuena y acaban todos cantando villancicos mientras suenan las campanillas que depuestran que Clarence el ángel ha conseguido sus alas, cual compresa.

Ficha técnica:


Título original
It's a Wonderful Life
Año
Duración
130 min.
País
 Estados Unidos
Director
Frank Capra
Guión
Frances Goodrich, Albert Hackett,  Jo Swerlin, Frank Capra. Basado en la novela "The greatest gift" de Philip Van Doren Stern
Música
Dimitri Tiomkin
Fotografía
Joseph Walker & Joseph Biroc 
Reparto
James Stewart,......................George Bailey
Donna Reed...........................Mary
Lionel Barrymore.................Mr. Potter
Thomas Mitchell..................Tío Billy
Henry Travers.......................Clarence, el ángel
Beulah Bondi.......................la madre
Frank Faylen........................Ernie
Ward Bond..........................Bert
Gloria Grahame...................Violet
Productora
RKO  y Liberty Films Inc. Production
Género
Drama



Juli Gan