Con esto de la cuarentena
tengo la cabeza como un bombo. Leo, veo series, oigo audiolibros y recibo un
constante bombardeo de mensajes, videos y artículos. Unos serios,
profesionales; otros graciosos, y otros aborrecibles y apocalípticos. Pero no
he visto muchas pelis. Ayer, de pronto me acordé de Gilda. No la había
vuelto a ver desde la infancia, pero hace unos días(cuando éramos libres y
felices sin saberlo), en el encuentro de novela negra de Villanoir, un grupo de
músicos nos ofreció un concierto con músicas de película y me entraron muchas
ganas de volver a ver todas esas pelis en blanco y negro con las que crecimos.
Al oír Amado mío, me acordé de Gilda y ahora, aprovechando el
parón de la actividad, la he vuelto a ver.
| Brillando con luz propia |
Tengo que decir que la
película dirigida por Charles Vidor me ha decepcionado un poco. La trama
policíaca del tungsteno, los nazis y demás me ha parecido bastante floja. Y
vayamos con la historia de la pasión arrolladora de los protagonistas, ese amor
maldito que parece condenarlos al sufrimiento. ¡Madre del amor hermoso! ¡Con
qué historias nos han educado! No pretendo en absoluto juzgar las películas de
los años cuarenta con los ojos de ahora. Gilda refleja un tipo de
relación de pareja, de historia de amor romántico, que estuvo presente en
nuestras vidas y que, afortunadamente, hoy nos escandaliza. De todas formas,
hay machismos y machismos. La idea del amor de los boleros y rancheras es un
horror: los celos, la desesperación, el amor como centro del universo. Qué
pereza… Será la edad que me hace verlo así. Pero a lo que iba, del mismo año
que Gilda es El sueño eterno y el personaje de Lauren Bacall
tiene otra fuerza, otro poder.
| El amor, ¡ay, el amor! |
Las únicas armas de la pobre
Gilda son la belleza y la sensualidad, bueno, y al final la decencia porque
para poder acabar con el chico tenía que ser buena. Ella hace algunos gestos de
rebeldía, coquetear con hombres y decir cosas como: “Si yo fuera un rancho, me
llamaría Tierra de nadie”. Pero siempre es un objeto en poder de un hombre:
Glen Ford o su marido. Es la quintaesencia de la mujer fatal, de la que todos
se prendan, pero a la que no respetan. Bellísima, fumadora, siempre vestida con
brillos y transparencias hasta la apoteosis final: la interpretación de Put the
blame on Mame en la famosa escena del guante que, en la España franquista,
se suponía el inicio de un estriptis que la censura nos había robado.
Hay que decir que me parece
que Rita Hayworth era preciosa y cantaba y bailaba de forma muy seductora. De
hecho, Glen Ford no me parece un partenaire adecuado para Gilda. Tiene cara de
ensaimada y no da para el tipo duro que pretende representar. Sinceramente, la
famosa bofetada a mí me hizo pensar que si ella se la devolvía, le saltaba un
diente.
| La famosa bofetada |
La pobre Rita debió tener una
vida tan complicada como el personaje de la película. Su verdadero nombre era
Margarita Carmen Cansino y era hija de un bailarín español que le hizo trabajar
como su pareja de baile, fingiendo que era su mujer. También la sometió a
abusos sexuales, lo que ya son muy malas cartas para comenzar a andar por la
vida.
Pese a que siempre digo que me
hubiera gustado probar los terribles problemas que acarrea la belleza, creo que
en el caso de muchas de estas actrices fascinantes es totalmente cierto. Rita
Hayworth comenzó a trabajar muy joven en películas de la serie B. Su primer
marido, Edward Jason, le consiguió un contrato con Columbia. A partir de Solo
los ángeles tienen alas despegó su
carrera, que incluye varios musicales, cuyo punto culminante es Gilda, que la
consolidó como sex-symbol. Trabajó con grandes directores de la época, como
Charles Vidor, Rouben Mamoulian u Orson Wells. Tuvo como compañeros de reparto
a Fred Astaire, Tyrone Power o Gene Kelly.
| No se puede estar más divina |
Por supuesto, también tuvo varios
matrimonios, entre otros con Orson Wells, con quien rodaría, al año siguiente
de Gilda, La dama de Shangai. Se dice que la relación con Wells comenzó
a deteriorase durante el rodaje de Gilda y que el director la obligó a
cortarse la famosa melena pelirroja y teñirla de rubio. Se atribuye a la actriz
la frase “Todos los hombres que
conozco se acuestan con Gilda, pero se levantan conmigo”, lo que da una idea de
que su vida amorosa no fue precisamente feliz. Se casó en cinco ocasiones que
terminaron en divorcio. Tuvo que dejar el cine bastante pronto, con apenas
cincuenta años, por problemas de memoria y de carácter que se achacaron al
alcoholismo, aunque luego se descubrió que padecía Alzheimer. Murió con sesenta
y ocho años.
La
verdad, queridas amigas, es que estar en el centro de las fantasías y del deseo
no te augura para nada la felicidad, más bien al contrario. Estoy mucho más
resignada a no haber sido un bellezón ni a los veinte.