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domingo, 22 de julio de 2018

La crítica creativa



Una entre muchas filologías posibles

Me gustan los académicos porque piensan de verdad que lo que hacen es importante. Sus reuniones, esas publicaciones acartonadas que nunca nadie lee.
Katixa Agirre, Los turistas desganados (2017)


No escasean los textos sobre la decadencia o falta progresiva de interés de los artículos académicos y los capítulos de libro, parte de una maquinaria mundial de papers en rotación; una práctica que, sobre todo en el terreno de las humanidades, ha materializado un océano de irrelevancia publicada y de separatas entendidas como mero trámite para la obtención de trienios, sexenios y currículum, en su mayoría vertebradas con poca aportación original y escaso pensamiento digno del nombre[1]. En un artículo del diario argentino Clarín, María Luz González Gadea, investigadora del Conicet en el Instituto de Neurología Cognitiva de Buenos Aires, apunta un dato estremecedor: “Un promedio de un paper bastante leído es de diecisiete personas. Eso, haciendo un pronóstico optimista: el 50% de los trabajos sólo serán leídos por los coautores, los revisores y los editores del journal. Entonces, ¿qué estamos haciendo?”[2]. Por no hablar de la precariedad laboral de las últimas promociones de profesores, comentada por Remedios Zafra en El entusiasmo (2017), o la distorsión que en este mundo crean las predatory journals que cobran por publicar, o las revistas que sólo publican a los amigos de los miembros del comité científico, o aquellas que cobran por acceder a la lectura de los artículos sin pagar un solo céntimo a sus autores. Junto a estos problemas referidos al medio socioeconómico de implantación y transferencia de conocimiento de la universidad, la práctica de los estudios filológicos se veía amenazada desde dentro por otro motivo, apuntado por José Francisco Ruiz Casanova, cuando se refería a “esta Filología que ya sólo tiene eco entre los filólogos”, al penalizar los “asuntos nuevos”[3] y quedar convertida en una forma de autoconsumo cultural, ajena por completo a los intereses de la sociedad de su tiempo.



Pero lo que me gustaría abordar hoy no es el entorno socioeconómico en que se desarrolla el trabajo de investigación en las universidades, sino la forma de la aportación crítica, entendiendo por tal, en sentido amplio, tanto la filología tradicional como la crítica ensayística e incluso cierta crítica en medios. Las instituciones son reticentes al cambio y a la evolución por su propia conformación burocrática, lo sabemos, pero ¿no debería una mente humanística, al escribir, resistirse en cierta medida a la institucionalización, o abrir, de cuando en cuando, las ventanas, no sólo para refrescar el aire, sino también para mirar más lejos? En esta dirección también se hacen notar las voces poco complacientes; no hace mucho exponía Kevin Perromat que “tampoco es posible descartar un cambio de paradigma que, como proponen algunos, salve los discursos de la Crítica, aunque desprovistos quizás de pretensiones universales u objetivas”[4], y César Aira, en Continuación de ideas diversas, se preguntaba “¿Por qué no existe, ni existió nunca, el ensayo ‘de vanguardia’?”[5]. Pocas páginas antes, Aira dudaba acerca de “[…] si ese rigor filológico no se estará llevando demasiadas energías que sería más fecundo poner en el trabajo mismo […] Quizá si dejáramos de lado el rigor y volviéramos a lo aproximativo de una información deficiente, volvería a haber un florecimiento humanístico… Esta hipótesis pueda probarse en los tiempos inmediatamente venideros, si filósofos y científicos empiezan a usar la web como fuente de información” (p. 41).



En los últimos tiempos están apareciendo muestras de otros enfoques teóricos y ensayísticos que proponen nuevos modelos, más próximos a lo que quizá espera la sociedad de nosotros, en el marco de una crítica entendida como activismo cultural, en la línea marcada por Josefina Ludmer: “La crítica literaria parecía como demasiado contemplativa o pasiva, y por eso, la tarea de este activismo cultural parece ser la de pensar de qué modo intervenir, como convertir discurso ya no en interpretación, sino en un modo de la acción”[6]. Se trata de pensar a fondo para quién y para qué escribimos, cuál es nuestro ámbito de intervención, y si los trabajos académicos deben escribirse con el objetivo central de superar exámenes de pares o deben buscar, más allá, lectores. Como ya dijo en un lejano artículo titulado “Is Literary Studies Becoming Unpublishable?” Mary Murrell, por entonces editora de Princeton University Press, “writing for readers and not for a committee is what will ensure a stable book market for literary studies”[7].

            Siempre hemos oído que la crítica literaria debe lidiar con las dos orillas sobre las que está asentada. Por un lado, se debe al rigor intelectual; por otro, tendrá presente el público a quien se destina (siendo diferentes en forma y propósitos, por supuesto, la crítica académica y la crítica periodística). Pero, ¿en realidad es esto así? ¿No existen medios para ser riguroso, incluso en el más estricto sentido académico, y, sin embargo, poder llegar a la sociedad, poder cumplir un papel intermediador entre autor y lector, o una no menos necesaria función prescriptora? No sé cuántos caminos hay, pero vamos a extendernos sobre uno: la crítica creativa, aquella que, gracias al uso de herramientas provenientes de la literatura mal llamada “creativa” —porque la crítica, a mi juicio, es creativa y artística también—, por ejemplo de la ficción, puede ser entendida y asimilada por lectores en principio no pensados. Camille Paglia decía algo que me parece interesante, en este sentido: “Good writing comes from good reading. Humanists must set an example: all literary criticism should be accessible to the general reader. Criticism at its best is re-creative, not spirit-killing”[8]. Son palabras algo terminantes, pero en ellas late bastante sentido común. Porque al cabo, en los terrenos que no son de nuestra estricta especialidad —poesía húngara, teatro australiano, narrativa keniata, crónicas laponas, aforismos en quechua, entre otros miles de casos— nosotros somos meros lectores también. Recuerdo que antes de cumplir la mayoría de edad, lejos aún de tener algo digno de llamarse “formación humanística”, como mero lector disfrutaba con entusiasmo de los ensayos literarios de Borges, Edmund Wilson o George Steiner. Antes de ser universitario, y por lo tanto potencial “interesado por la teoría”, esos ensayos me parecían tan apasionantes como las obras que describían —en el caso de Borges, me fascinaban más sus extricaciones que las obras extricadas—. No estoy poniendo como modelo ni el tono, ni la forma u orientación crítica de estos autores, alejado de la crítica creativa que ahora se defenderá: me limito poner como ejemplo a imitar la pasión con la que yo los leía. Me pregunto si nuestras lecturas de las obras ajenas ilusionan de la misma forma a los adolescentes de hoy.


La crítica creativa

del Glas de Derrida al plexiglás de Javier García Rodríguez no hay apenas distancia, ambos son en sus contextos una magnífica apología de lo que podemos llamar Crítica Creativa
Cristina Gutiérrez Valencia[9]

Aunque la crítica creativa, repetimos para no descubrir mediterráneos, ha existido al menos desde el romanticismo (o antes, si pensamos en el Cándido de Voltaire como crítica creativa del pensamiento de Leibniz, por ejemplo), da la impresión de que en los últimos años su autoconciencia ha dado una vuelta de tuerca, quizá por ese agotamiento generalizado del mondo paper al que antes hacíamos referencia. De ser una posibilidad más, ahora la crítica que rebasa los marbetes del análisis y el método parece una elección más meditada y combativa que antes, una forma metacrítica de resistencia, que puede tomar como fines la creación literaria, la estética plástica o un sano sentido del humor. También cabe hablar de una dirección de análisis literario dirigido a la apertura de esos marcos y la lenta disolución de los mismos en la retórica textual de los nuevos tiempos (el lenguaje de las redes, incluyendo incluso el código con que se diseñan y programan esas redes), representada por el libro de Alex Saum-Pascual que comentaremos después. En resumen: la crítica creativa entendida como una alternativa, entre otras, de renovar los estudios literarios, orientándolos a un público más amplio. Y en esta línea quiero apuntar el surgimiento de distintos tipos de ensayo y de escritura académica que tienen en común una intención creativa que desborda el límite, creo que bastante aceptado y poco discutible, de que toda crítica es creación. Lo es, sí, pero hay creaciones más creativas que otras, igual que hay novelas que son más novelas que otras (novelas Cervantes frente a novelas Avellaneda, para entendernos), o músicos que son más músicos que yo cuando tomo una guitarra y perpetro unos acordes borrosos y discordantes.

Llega el momento de analizar brevemente lo que podría denominarse el dispositivo literario de Javier García Rodríguez, una de esas rara avis de la cultura española que puede hacer una tesis sobre el neoaristotelismo de la escuela teórica de Chicago, analizar las novelas estadounidenses de campus, componer libros de poemas o relatos, estudiar con rigor tanto la narrativa de David Foster Wallace como la influencia de los mitos grecolatinos en la poesía española actual, o generar toda una serie de textos polimórficos en los que es inútil diferenciar parte teórica y parte creativa, pues ambas vienen indisolublemente unidas. García Rodríguez, como dije recientemente en un congreso, se dedica al terrorismo genérico —de géneros literarios, se entiende—, en aras de un decir otro que comprenda o incluya todas las maneras de enunciar la literatura. En los últimos tiempos ha publicado tres libros que tienden pasadizos entre ellos, los ensayos creativos de Literatura con paradiña. Hacia una crítica de la razón crítica (Editorial Delirio, 2017) y En realidad, ficciones (Septem Ediciones, 2017), y los relatos con momentos teóricos de La mano izquierda es la que mata (Trea, 2018).  Criticar o analizar la obra creativa con otra obra creativa es un principio romántico, como viese Walter Benjamin[10], y quizá de un modo postromántico —muy ligado a la ironía posmoderna—, García Rodríguez construye lo que denomina “razón crítica ficcional” en Literatura con paradiña: “Recoge este libro algunos trabajos que ensayan una crítica de la razón crítica (que es, al tiempo, una crítica de la razón ficcional), esto es, una problematización de las formas hermenéuticas o analíticas tratando de expandirlas hacia espacios menos transitados. No es ajena a esta pretensión la idea de sostener el discurso teórico-crítico sobre la indistinción genérica entre este y el discurso de ‘la ficción’”[11]. Un poco más adelante, García Rodríguez añade: “Dejar que la ficción sea un elemento más del trabajo crítico (‘quien se proponga escribir como un ensayista ha de aceptar la inconsistencia de la dispersión, ha de aprender a multiplicarse como sea y, si es preciso, a armarse con muchos ojos, dice Enrique Lynch en Prosa y circunstancia) no es más que un paso en la dinámica de no renunciar a cualquier recurso disponible” (pp. 12-13). Y, en efecto, el volumen reúne varias piezas que están en el límite de lo conceptual y también en el límite de lo decible, como “Lyrica®”, un texto que fue publicado originalmente en una revista académica, aunque es la reproducción literal del texto íntegro del prospecto del medicamento antidepresivo homónimo. Al insertar el discurso farmacológico en un contexto filológico-lírico genera una inquietante apertura del horizonte de expectativas sobre el concepto de poesía y su funcionamiento psicológico (y también del marco académico como marco neurótico; no cito el pharmakon derrideano porque ustedes ya lo habían pensado).



Como ha señalado Cristina Gutiérrez Valencia, otras piezas de los libros de García Rodríguez que nacieron como poemas o relatos se integran sin solución de continuidad en su discurso crítico, amparadas en la regenerización o la repetición multiforme, en un esfuerzo que, según Jara Calles, abraza “la ficción no solo como refuerzo semántico, sino, sobre todo, como medio para la revisión, problematización y ampliación de las formas hermenéuticas tradicionales”[12]. Mutatis mutandis, aparecido como libro en 2009, es un ejercicio exploratorio de la narrativa mutante utilizando algunos elementos retóricos de la misma, del mismo modo que “Narratología para dummies” compila algunas ideas sobre narrativa posmoderna mediante la reproducción de sus estrategias dispositivas y elocutivas. En una reseña sobre Literatura con paradiña, Laro del Río Castañeda expone algo de gran interés: “el análisis del papel de la crítica y la Academia en torno a ellas consiguen una riqueza expresiva (en el instante y reveladora) que solo se podía hallar en la mezcla de crítica y ficción, de creación y metacreación.”[13], en un marco que es metafictiocrítico o metacrítico-ficticio. Algo similar sucede con La mano izquierda es la que mata (2018), un conjunto de relatos donde sigue penetrando la teoría con naturalidad, y una sentencia judicial y una noticia de prensa son trasvasados, sin apenas más operación estética que la recontextualización, al discurso narrativo. Observemos una página de este libro “de cuentos”, a fin de comprobar el grado de retorsión teórica al que se somete al discurso narrativo:




Los penaltis con paradiña o paradinha, inventados por futbolistas brasileños como Didí o Pelé, tenían por objeto desequilibrar al portero antes del momento del lanzamiento, postergando el chute del balón hasta que el futbolista veía caído al arquero en el suelo. Eso garantizaba el acierto.




Pero, si lo pensamos bien, la paradiña genera un momento de suspensión en que el delantero contempla, libre del obstáculo natural, la portería contraria; un instante sin tiempo en que puede ver de un modo diferente la meta (lo meta) y pensar, gracias a un gesto creativo, cuál es el mejor punto de entrada del pensamiento, quiero decir del balón, en las redes. Pues creo que los libros de García Rodríguez generan idéntico momento de cambio de la mirada en el entendimiento —a puerta vacía— de lo que es la literatura en nuestro tiempo. Del mismo modo que el delantero talentoso, que no renuncia a ningún recurso para obtener el tanto (aunque, ay, la paradiña se ha prohibido hace poco por la FIFA), el crítico inteligente no renuncia a ninguna de las posibilidades de la panoplia intelectual para hacer diana.

Un segundo libro del máximo interés en este sentido es #Postweb! Crear con la máquina y en la red (Iberoamericana Vervuert, 2018), de la profesora y poeta digital Alex Saum-Pascual. Desde la universidad de Berkeley, donde forma parte de un grupo de estudio e investigación en creación digital, Saum-Pascual propone un análisis de la narrativa española reciente desde un marco conceptual que desafía lo establecido y que considera el tecnotexto como el punto donde se manifiesta la tensión entre el mundo del libro impreso (y su vertical cultura institucionalizada) y las nuevas formas de escritura en los márgenes, portadoras de valores diferentes y de un modo distinto de enfocar el hecho literario —desde su nacimiento creativo hasta su distribución horizontal—. Aunque #Postweb! puede parecer un poco provocador, tanto desde el título como desde el índice y el esquema dispositivo, esa sensación se diluye nada más comenzar a leerlo, pues es un libro extraordinariamente inteligente e informado (esté uno de acuerdo o no con los planteamientos concretos que hace la autora, que no siempre habrá consenso, ni falta que hace). Si nos parece provocador es porque #Postweb! materializa el desiderátum al que hacíamos antes referencia: actualizar a la contemporaneidad el lenguaje de la crítica literaria/académica y situar las lecturas en un contexto reconocible, mezclado con la realidad social y una perspectiva de crítica sociohistórica. Creo que la autora lo explica mucho mejor que yo:




Su perspectiva anti-académica (no se referencian los números de las páginas citadas, por ejemplo) y su extremo subjetivismo pueden entenderse, además, como una forma adecuada a un discurso alérgico a cualquier hegemonía, un modo de encarnar en primera persona el punto de vista. Es una perspectiva más próxima a los estudios literarios anglosajones que a los españoles, y que conlleva sus problemas, pero que, cuando se emplea con el debido rigor y ajeno a la uniformidad de los Cultural Studies (no pocas veces tan pétreos e institucionalizados como el discurso que venían a combatir), como lo hace Saum-Pascual, produce un saludable efecto de aire nuevo. Además, el innovador modo digitalizado (un poco tecnotextual también, ahora que lo pienso) en que Alex organiza, amplía, glosa y comenta sus propios textos es una perfecta traslación de sus conceptos sobre la interfaz digital y su profundo impacto en los textos actuales (no sólo en los que ella estudia, sino, prácticamente, en todos). #Postweb!, en consecuencia, también se inserta en ese momento de crisis entre lo impreso y lo digital, nutriéndose de ambas esferas, intentando la comunicación fructífera entre las dos. No niego que el ensayo pueda suscitar cierta polémica por su ruptura abierta con la norma académica, pero creo que esa polémica es necesaria, porque es preciso un debate sobre las formas de la crítica académica en el siglo XXI. Intento decir que lo importante no es si la academia debe cambiar hacia la dirección en que trabaja Saum-Pascual, sino tomar nota de que Saum-Pascual es un buen radar de lo que sucede ahí fuera, y que la academia necesita radares para no quedarse aislada, como aquel soldado japonés que resistió a solas en la selva a los estadounidenses durante veinte años, sin saber que había terminado la II Guerra Mundial.

Otro ejemplo de crítica creativa es el interesante ensayo de Fernando Iwasaki, Las palabras primas (Páginas de Espuma, 2018), un libérrimo ejercicio de estilo y mirada atravesado por una mezcla singular de rigor lingüístico, histórico y filológico y de sentido del humor (algo que lo emparenta con Javier García Rodríguez, por cierto, que tampoco ahorra la mirada irónica y el descaro en sus ensayos). En sus primeras páginas, además, Iwasaki recuerda algunos significativos párrafos de distintos autores, desde Chesterton a Borges pasando por Monterroso, que recuerdan la posibilidad de hacer un pensamiento irónico, que puede desactivar el otro rigor, el mortis, que a veces afecta a la escritura teórica. El teórico argentino Alberto Giordano, en un ensayo titulado “La resistencia a la ironía”, señala “Para que la literatura pueda hacer su propia teoría, la teoría deberá ser irónica y adoptar la forma de lo paradójico, que es la de la coexistencia inestable de determinaciones heterogéneas, incluso antagónicas: el apego a lo circunstancial y el deseo de lo definitivo, subjetivismo radical y la busca de objetivación, la exaltación del detalle y la voluntad totalizadora, la experiencia afectiva y el rigor conceptual”[14]. Ironías y paradojas no faltan en el ensayo de Iwasaki, desde luego, que con un estilo cuidado y digresivo se arroja sobre cuestiones lingüísticas e históricas con el bisturí del estudioso y la anestesia del enamorado de todo lo relativo a la lengua —en todos los sentidos de la palabra— y de la cultura —también en todas sus variantes—.

Otros posibles ejemplos de una crítica creativa son los ensayos visuales o ensayos gráficos, donde podríamos citar los conocidos libros de Frédric Pajak, como El manifiesto incierto (Errata Naturae, 2016), y también La rue del Percebe de la cultura y la niebla de la cultura digital (Consonni, 2015) de Mery Cuesta, Qué vemos cuando leemos, de Peter Mendelsund (Seix Barral, 2015); la crónica-cómic Los vagabundos de la chatarra (Norma, 2014), de Jorge Carrión y Sagar, o la tesis doctoral Unflattening (Harvard University Press, 2015) de Nick Sousanis. O algunos artículos académicos de Remedios Zafra, que pueden encontrarse sin dificultad en la red, que renuncian explícitamente a las citas y las referencias bibliográficas para ahondar, según la autora, en el tema tratado en cada momento. Vega Sánchez Aparicio recuerda otras direcciones y posibilidades:

En las últimas décadas, el ensayo, o la crítica, que se acerca a propuestas ya no solo híbridas, sino también mutantes, ha superado un estadio de consenso y su fisonomía se asemeja progresivamente al objeto examinado. De ahí, por ejemplo, Notas sobre conceptualismos (2009), de Robert Fitterman y Vanessa Place, que adopta la materialidad de la escritura conceptual, o, en una línea diferente, pero más cercana a la de Javier García Rodríguez, los trabajos de David Foster Wallace y de Eloy Fernández Porta, este último en el ámbito español. No es fortuito tampoco que ciertas creaciones ensayísticas se aborden desde la crónica, como Librerías (2013), de Jorge Carrión, finalista del premio Anagrama de ensayo, o desde la ficción y no-ficción como en Había mucha nebrina o humo o no sé qué (2016), de Cristina Rivera Garza.[15]

En la misma dirección podríamos citar también En la confidencia. Tratado de la verdad musitada (2018), un revelador ensayo sobre el secreto de Eloy Fernández Porta, siempre tan preciso como para-académico, o el Teleshakespeare (Errata Naturae, 2011) de Jorge Carrión, o incluso puede hacerse referencia a algunos libros de poemas de Ángel Cerviño o de Julio César Quesada Galán, donde teoría y práctica están tan unidas que separarlas es hacer inviable la supervivencia del texto donde viven en perfecta simbiosis.



Como se ve, parece que algo se mueve en el campo de los estudios literarios, y creo que cualquier forma de ventilación es bienvenida, aunque sólo sea para seguir ejerciendo esta antigua forma de arte verbal no desde una torre de marfil, sino desde un lenguaje ensayístico y una forma de mirar que no excluyan a los posibles lectores: nuestros semejantes, nuestros hermanos.




[1] “Pensador no es cualquiera: hace falta capacidad de observación, talento literario y conocimiento profundo de un ámbito de la realidad y el suficiente de otros cuantos para trascender. Al trabajo académico, en cambio, le basta con esconderse tras una supuesta labor investigadora y pergeñar textos de los que ya nadie espera atractivo estético ni mayor aportación. No hay que pensar en nombre propio para hablar de una obra literaria, no hay que saber mirar para hablar de pintura, no hay que haber estudiado a fondo y tener cultura suficiente para escribir sobre literatura, arte, filosofía; con investigar, basta: recoger fuentes, analizarlas, recopilar datos, tratarlos, recopilar estadísticas, extraer resultados, son manera de tratar una obra de arte o el pensamiento místico. Y con todo ello escribir un paper, citar a unos cuantos pares para que luego nos citen ellos y publicar el resultado en una revista indexada.”; José Antonio de Ory, “Esbozo sobre el ensayo /y II)”, Revista de Libros, 20/12/2017, en http://www.revistadelibros.com/blogs/pasajero-en-transito/esbozo-sobre-el-ensayo-y-ii.

[2] Martín de Ambrosio, “El drama de escribir papers para casi nadie”, Clarín, 19/07/2018, https://www.clarin.com/revista-enie/ideas/drama-escribir-papers-nadie_0_Hk77ydRQX.html.

[3] José Francisco Ruiz Casanova, Anthologos: poética de la antología poética. Madrid: Cátedra, 2007, p. 15.

[4] Kevin Perromat, “El apocalipsis que nunca llega. Crisis y representaciones de la crítica literaria actual”, Líneas. Revue interdisciplinaire d’Etudes Hispaniques, n.º 4, julio 2014, accesible en http://revues.univ-pau.fr/lineas/1297.

[5] César Aira, Continuación de ideas diversas; Ediciones Universidad Diego Portales, Santiago de Chile, 2014, p. 65.

[6] Josefina Ludmer, “De la crítica literaria al activismo cultural”; Chuy. Revista de Estudios Literarios Latinoamericanos, n.º 4, 2018, [pp. 52-73], pp. 60-61.

[7] M. Murrell, “Is Literary Studies Becoming Unpublishable?”, PMLA, Vol. 116, No. 2, Mar 2001, [pp. 394-396], p. 395

[8] Camille Paglia, “Introduction”, Break, Blow, Burn; Pantheon Books, New York, 2005, p. xvi.

[9] C. Gutiérrez Valencia, “Javier García Rodríguez, un homo sampler con estilete crítico”, El Cuaderno, enero 2018, https://elcuadernodigital.com/2018/01/05/en-realidad-ficciones/.

[10] Walter Benjamin, El concepto de crítica de arte en el romanticismo alemán; Península, Barcelona, 1988, p. 105.

[11] Javier García Rodríguez, Literatura con paradiña. Hacia una crítica de la razón crítica. Salamanca: Editorial Delirio, p. 12

[12] J. Calles, “Literatura con paradiña”, EU-topías, vol. 15 (primavera 2018), [pp. 179-183], pp. 179-180

[13] Laro del Río Castañeda, «Entre mutantes y académicos: la criticaficción de García Rodríguez. Reseña sobre: Javier García Rodríguez: Literatura con paradiña. Hacia una crítica de la razón crítica», Actio Nova: Revista de Teoría de la Literatura y Literatura Comparada, 1 (2017), [268-272], p. 271.

[14] A. Giordano, El pensamiento de la crítica. Buenos Aires: Beatriz Viterbo, 2015, citado en Virginia P. Forace, “Reseña bibliográfica: Alberto Giordano, El pensamiento de la crítica”. Estudios de Teoría Literaria. Revista digital: artes, letras y humanidades, marzo de 2018, vol. 7, n.° 13, [pp. 177-181], p. 179.


[15] Vega Sánchez Aparicio, “Javier García Rodríguez: Literatura con paradiña. Hacia una crítica de la razón crítica. Salamanca, Delirio” (reseña), Pasavento. Revista de estudios hispánicos, Vol. VI, n.º 1 (invierno 2018), pp. 239-243, p. 239.

jueves, 26 de febrero de 2009

10 notas para explicar(me) El fósforo astillado




Juan Andrés García Román, El fósforo astillado; DVD Ediciones, Barcelona, 2008



1. No lo entiendo, de modo que continúo; sigo sin entenderlo, así que sigo (sin entenderlo). Vamos a buscar algún punto de apoyo, porque uno necesita (lo sabían las serpientes de Horacio Quiroga y lo supo Arquímedes) un punto de apoyo para proyectar la fuerza. Buscaremos el apoyo en Rilke. / Primer error: Álvaro García se posa sobre mi conciencia y me dice que no debe juzgarse la obra de un poeta por la de los poetas que traduce; que consideraba errados a los críticos que juzgaban su Intemperie a partir de la poesía de Larkin, por ejemplo. Nada que decir. O sí, algo: 1.1. La crítica literaria es un error sistémico que genera nuevas dimensiones de acierto, aciertos mutantes. 1.2. Lo importante no es pensar qué puede haber de un poemario concreto traducido en la obra del traductor. Eso –de acuerdo con García– puede ser intrascendente. Pero hay una pregunta mucho más importante, más necesaria: ¿qué mueve a un poeta a traducir y/o estudiar a otro durante años? ¿Qué concita su atención como para dedicarle tanto tiempo? ¿Qué impele a Jordi Doce a volver, de un modo u otro -como al propio García-, sobre T. S. Eliot? ¿Qué fuerza impulsa a Riechmann a traducir a Brecht o a consagrar buena parte de su tiempo y su energía creativa a traducir por entero la obra de René Char? ¿Qué encaminó a Valente de forma fatal hacia Celan, qué amistad procura Rilke a Juan Andrés García Román para insistir con tanto cuidado en el trato continuo con el autor de las Elegías de Duino? No le demos más vueltas: una afinidad esencial. Esencial es una palabra peligrosa. Una afinidad. Ah, ya tenemos punto de apoyo, lancémonos, equivoquémonos, abracemos el error pues somos críticos. 1.3. Error segundo: toda crítica se hace a la intemperie. 1.4. Cien años después, los temas de Rilke y de Juan Andrés García Román son los mismos: la belleza como tema, la preocupación por la muerte, la belleza como problema, la desaparición en el otro, los límites del conocimiento como límites de la expresión. La categoría de sublime como objetivo a discutir (“Aún debes explicarme porque alternas tus tonterías con tus ‘sublimidades’ / Compréndeme. Es que, ¿sabes? cuando estás / a punto de decir, a las palabras que rodean la palabra / les entra la risa floja”, El fósforo astillado, p. 56). ¿Puedo seguir? // 2. La no renuncia como transformación (¿posmoderna?) de la ambición moderna de totalidad. El paso del Todo a los todos. 2.1. Cuando leí Perdida latitud (Hiperión, 2004), de García Román, pensé: “he aquí un poeta moderno alemán”. No era un hecho rigurosamente dañino ése, buena parte de lo que más me gusta es moderno y alemán, desde Nietzsche a Murnau pasando por Marlene Dietrich o la Bauhaus. Pero apuntaba mi impresión a que la poesía de García Román era en aquel entonces más un eco que una voz. Había unos modelos maravillosos (Bachmann, el propio Rilke), pero la voz propia del autor estaba agazapada –por modestia, quizá– tras ellos. Nos pasa a todos, no hay problema, sólo que los modelos de García Román eran mejores que los de la mayoría (tupido velo aquí, disculpen). Aquel era un libro moderno, o tardomoderno, como lo era Las canciones de Lázaro (2005), escritos por un autor español que miraba, en cierta manera, hacia el pasado. 2.2. Pero en El fósforo astillado García Román ha decidido mirar hacia su época, y lo ha hecho mediante un modo personal de entender lo posmoderno. No renunciar. Adirlo todo, no dejar(se) nada atrás. Esto es muy del siglo 21, muy del capitalismo desatado de nuestro tiempo. No hay moralina en esta aseveración, sino un recordatorio, para el autor, para cualquiera, para mí mismo: mis críticas pecan también de intentar no dejar nada fuera, dejadme, sigo. La buena crítica debiera ser una selección válida para definir lo imprescindible de un libro. ¿No había dicho que seguía? La crítica debiera ser no un carrito de supermercado, sino una ronda de reconocimiento: mirar a todos, llevarse sólo a uno. Soy incapaz de este tipo de crítica, siempre los veo a todos culpables. ¿Puedo seguir? Sí, por favor. 2.3. Hablábamos de acaparar, de quedarse (con) todo, en medio de todo. El fósforo astillado es un poemario al que le salen brotes -¿de ahí el título, un tronco central con esquirlas?, hum-, esquejes: al final de los poemas aparecen, introducidas como “Cuaderno del apuntador”, diversas piezas que agrupan una colección de maravillosos microcuentos y un racimo de afortunados aforismos, fósforos incandescentes: “los huevos son huecos convexos, florecidos. Huecos que han saltado como palomitas” (p. 41). La brillantez, por tanto, rodea a los poemas, los completa, pero la cuestión es: ¿necesita el poemario esos añadidos a cada texto? Desde una lógica economicista, de esencialismo poético, quizá no, pero: a) dijimos que la esencia es un concepto bomba; b) ¿por qué los poemarios deben ser despojados, como si fueran muebles minimalistas? ¿Acaso, desde otro punto de vista –malvado, de acuerdo, pero es mi trabajo– no son los muebles de Ikea lo más economizado del mundo, a la vez que lo más despojado, no son el paradigma de la globalización? ¿No ha escrito Eloy Fernández Porta que la pulsión consumista desmaterializada de nuestra época comparece bajo la forma de una Ikea sumergida[1]? Podemos concluir que bien vayamos hacia el barroco de acumulación o hiperconstructivo (el estilo perfumería del que hablo en Pasadizos), o bien hacia el despojamiento minimal, caemos fatalmente en el mercado. El mercado es la intemperie de la metafísica, sí, pero García Román hace maravillas quedándose con todo, acumulando materia, mercancía poética, que al cabo debe ser lo que buscamos cuando compramos un libro (gesto mercantil, no se me olviden; es difícil estar al margen del mercado, este blog lo consigue, de momento. Mi hiperconsumo es de mi propio tiempo libre). 2.4. El fósforo astillado crece, pues, entendido como diálogo entre materiales diversos, imposibles, que crecen con la contradicción y la polemología (oh, sí, el moderno alemán de Perdida latitud murió, cada página de este libro es una lápida). // 3. Una reseña que reflexiona sobre sí misma y sobre el proceso analítico, ¿es posmoderna? ¿Es posible una metareseña? Me gustaría pensar que no, que en este caso es una aplicación pangeica y desmaterializada que intenta ajustarse a un libro, El fósforo astillado, que también reflexiona sobre sus propios procedimientos de expresión, cuestionándolos en el mismo momento en que aparecen. Como si el poeta, al escribir, se dijese a sí mismo: “¡Achtung!, momento retórico”. Veamos casos: “La ficción se mece. El lenguaje tranquiliza” (p. 36); “hasta aquí la mímesis” (p. 39); “¿Pero no te das cuenta? Ésta es ya otra edad. / Escribir sobre la lluvia es hacer poesía social para mineros que se pintan los labios. / ¿Lo ves? Es sólo historia literaria” (p. 40); “te interesaban las elipsis” (p. 82). Termina nuestra autojustificación crítica. Esa es la diferencia entre el autor (autor de primera) y el crítico (autor de segunda: al final, necesitamos justificarnos, encontrar un apoyo, suelo firme. Ellos no. Por eso intento ser de ellos). // 4. En alguna poética ha escrito García Román: “La verdadera poesía se balancea, por tanto, en todos los límites de los lugares de la enunciación”. Esto me gusta mucho. // 5. Teatro. 5.1. El teatro y la poesía mantienen desde antiguo un fructífero diálogo. Desde los pentámetros griegos a los yámbicos de Shakespeare, desde los monólogos dramáticos de Browning a los dramas en verso de Eliot, desde el Teatro de operaciones (1967) de Martínez Sarrión hasta el Cara Máscara (2007) de Álvaro Tato. García Román estructura los poemas con apuntador y tenores, operísticamente, mientras que Tato llevaba personajes a la dramaturgia dialogada de su libro. Pero, ¿algo cambia? Sí, por fortuna, lo dramático ha evolucionado en su recepción por la poesía, ya no es meramente discursivo, sino que la dialogía se extiende a lo espacial: son máscaras en movimiento, espacio paginal en tensión, re-presentación. Como explica el autor al comienzo, “la ‘representación’ para ser fiel tiene que deslumbrar como lo hace la vida; y para estar viva ha de dar el salto al vacío de la performance” (p. 14). La cuarta pared es en El fósforo astillado la del inconsciente de cada personaje, la salida del escenario no es hacia fuera, sino hacia dentro. Ya no hay sólo voces enmascaradas, como en la dramaturgia poética moderna, sino máscaras caminando y alguien –otra máscara– que sostiene el discurso y les deja espacio para que fluyan: “Como viento invisible / delante de un espejo transparente / vamos de tela negra a tela negra / sin detenernos nunca”, escribe Tato en “Los figurantes”. “Mi poética / hace que lleve a cuestas el paisaje como el bosque dinámico de Macbeth”, responde García Román. En todo caso movimiento: de fuera a dentro, de la sociedad del espectáculo al interior vacío del sujeto. 5.2. García Román y Tato tienen una cara que se la pisan. Se quitan la personae y la tiran al suelo. Hacen lo que quieren, sin prejuicios. Tienen más cara que los demás, y ese plus de jeta, esa más cara dinamita desde dentro el discurso poético y lo regenera, hace crear un nuevo recinto poético, condición indispensable para que pueda hacer un nuevo acontecimiento (Valente), otra forma de organizar la representación. Un nuevo arte para un nuevo espacio. Cuenten conmigo. [Añadir a 1.2.: el poeta es consciente de que lucha todavía con(tra) la idea rilkeana de sublime estético: “¿Juraste decir la belleza, toda la belleza y nada más que la belleza? / ¿Es ésa tu poética?” (p. 35)] [Añadir a 4.1.: ya no podemos salir de lo económico: somos capital subjetivado. Para que la poesía no sea ideológicamente ingenua, basta con que no olvide esta obviedad. García Román lo tiene muy claro, como demuestran poemas como “Per capita”. Dentro de la ingenuidad hay grados, desde el grado cero de la poesía de la normalidad, que no se pronuncia, hasta los grados de ignición de la poesía de combate ideológico; esta última sólo deja de ser ingenua cuando es consciente de que es parte también del sistema, aunque sea la parte crítica: una parte tóxica, como la glándula venenosa es parte de la cobra o del escorpión. ¿Que qué tiene todo esto que ver con El fósforo astillado? Sólo quien no lo ha leído puede hacerse la pregunta]. 6. Un hombre se ha citado con la mujer a la que ama en una cafetería. Camina alegremente hacia el encuentro, cuando se da cuenta de que sus manos se están derritiendo, convirtiéndose en agua. Se mira aterrado en un escaparate, pero el líquido que cae de su frente transforma el cristal en una cascada. Acelera el paso mientras su ropa se empapa. Al llegar a la cafetería, ella está limpiándose las gafas, de forma que no puede ver cómo él llega apenas a tiempo de verter lo que resta de su corazón en su vaso de agua. Ella se pone las gafas, bosteza, toma el vaso y bebe el agua. Esta historia no está en El fósforo astillado, pero podría estarlo. 7. García Román se enmarca con este libro dentro de una corriente de poetas que llamaríamos “metaepistemológicos”, caracterizados por hacer obras muy conscientes de la episteme o marco socio-intelectual en el que aparecen sus obras; un marco que se incorpora a los poemas, por lo común críticamente, como parte del propio discurso. En este extraño grupo de poetas contaríamos a Jorge Gimeno, Carlos Pardo, el Abraham Gragera de Adiós a la época de los grandes caracteres (Pre-Textos, 2005; metaepistemológico ya en el título), Mariano Peyrou o Sandra Santana. También algún libro mío, como Construcción, puede incluirse en esa línea. Ahora que lo pienso, todos estos autores han o hemos sido publicados por Pre-Textos, de modo que esta línea poética es, en realidad, una creación de Manuel Borrás. Vamos, que la culpa es suya, no nuestra. 8. Qué pide un libro del crítico literario. Si lo pide todo, si exige del crítico todos sus recursos y capacidades analíticas y expresivas, es que ese libro excelente: el crítico pone a prueba el texto, sí, pero también se somete a prueba con su lectura, es juzga al poner su ambición a la altura de la del libro. Creo que esto se entiende con facilidad. ¿Alguien tiene hora? 9. “En la televisión, con una estilográfica / sobre el mapa del tiempo, muestra el hombre las plagas, / los focos de conflicto, ¿no lo ves? / Tantas cosas nos han venido así: / igual que una pistola camuflada en una Biblia. / Pero aún así no debes preocuparte. En el fondo, los tanques son herbívoros. / Por otra parte, estamos en un tiempo en que los pájaros / van a volver a ser creados: / saldrán en bandada de los jerséis de los niños, / los pequeños jerséis / que las madres tendieron con el resto de la ropa esta mañana. // Cuaderno del apuntador. / Los muertos son buzos de la tierra. Hay un estrato de la tierra en el que están todos los muertos. No existen los cementerios: es sólo ese estrato. Los muertos lo ocupan y recorren como si fuese el interior de un dragón chino” (Juan Andrés García Román, “Quieres escribir las ocasiones”, El fósforo astillado; DVD Ediciones, Barcelona, 2008, p. 36). // 10. [Añadir a 6.: que no se nos olvide decir que El fósforo astillado es un poemario excepcional, y que puede convertirse en una referencia inexcusable de nuestra creación poética reciente. Eso, que no se nos olvide].




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Nota



[1] Eloy Fernández Porta, Homo sampler. Tiempo y consumo en la Era Afterpop; Anagrama, Barcelona, 2008, pp. 29ss.