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viernes, 29 de marzo de 2019

El debate entre Hermógenes y Crátilo


Querría dar noticia de la aparición de este artículo sobre poesía, por desgracia sólo para especialistas universitarios, porque el acceso a la revista no es libre.






Enlace a la revista:
https://www.tandfonline.com/doi/full/10.1080/14753820.2019.1574374


Resumen del texto:

El artículo se propone aportar el concepto ‘cratilismo’ para resaltar algunas características metapoéticas presentes en la poesía española contemporánea. La distinción establecida en el Crátilo por Platón respecto a las dos concepciones del lenguaje, la consensualista de Hermógenes y la esencialista de Crátilo, se ha mantenido en el tiempo, estableciéndose durante dos milenios ambas posturas como polos del debate lingüístico primero y literario después. Tras varias evoluciones de la dialéctica entre ellas, en las que el romanticismo tuvo un lugar central, el cratilismo entendido como asociación ‘natural’ entre palabra y objeto designado ha solido encontrar refugio en la literatura, especialmente en la poesía. En el presente artículo se verán diversas manifestaciones a favor y en contra del cratilismo en poemas españoles contemporáneos, que tienen en común el uso de la retórica cratilista, ya sea de forma positiva o para desactivarla.


domingo, 10 de marzo de 2019

El tejido del lenguaje







El amor es como esas palabras
que no encontramos en el diccionario
Ada Salas, Descendimiento

 [Imagen de Arrival, vía]


Gran parte de la literatura —actual y antigua— parece creer en la hipótesis relativista de Sapir-Whorf, con antecedentes en la innere Sprachform de Humboldt, por la cual nuestra lengua determina el modo de pensar; una tesis vista desde el otro lado por Benveniste: “Interesante, en este sentido, es también la reflexión de Émile Benveniste sobre la relación entre pensamiento y lengua, por la cual podemos pensar tan sólo lo que podemos decir. De este modo, no sólo el pensamiento se ve encajado en las posibilidades (y limitaciones) del lenguaje sino también la percepción racional que tenemos de la realidad se ve afectada por la estructura de la lengua.” (Stefano Pradel[1]). Como Pinker señalara en su momento, este determinismo es intolerable por la confusión entre lenguaje en general y un idioma concreto en particular: exponemos sentidos y significados, más allá de la morfosintaxis individual o cultural. Pero esa visión de la lengua, aunque contradiga las teorías lingüísticas actuales y se oponga a los descubrimientos neurobiológicos[2], tiene un potente atractivo para antropólogos y para los creadores —no sólo escritores, recordemos la película La llegada (2016) de Denis Villenueve, donde la lingüista que protagoniza el film trabaja sobre las premisas de Sapir y Whorf para comunicarse con los extraterrestres—, por la inmediata identificación entre capacidad lingüística y poder de conocimiento y expresión, debido al continuo lexicalización-percepción establecido por Whorf. Desde estas premisas, cierta literatura aparece como una conformación exterior de la confirmación interior del mundo, un ejercicio de materialización, una creencia. Por eso me gustan los escritores que, en sus propias obras, alertan contra esta simplificación de las cosas, que tiene algo de solipsista. Porque, en su fondo, expresa ideas cortas de vuelo: no hay mundo si no soy capaz de concebirlo —como decía Einstein de Kant, según recuerda Stanislas Dehaene en su reciente ensayo En busca de la mente (Siglo XXI, 2018)—; no podría pensar en dos idiomas; si no puedo decir la cosa, la cosa no existe; los límites de mi lenguaje son los límites del mundo (Wittgenstein), etcétera.

Miremos más allá, porque, sin necesidad de llegar a los extremos de los realistas especulativos como Hartman o Meillassoux, es evidente que hay más cosas. Y se pueden enunciar desde un lenguaje literario autocrítico, consciente de sus limitaciones gnoseológicas, prudente, no autotélico, no ingenuo.

Berta García Faet, en La edad de merecer (La Bella Varsovia, 2015), escribe: “el caso es que toda educación sentimental es básicamente / lingüística»” (p. 89). Y Alberto Santamaría, comentando la propuesta lírica de la autora, observa: “El objetivo de esta poeta será la búsqueda de una nueva forma de construir lingüísticamente la identidad a sabiendas de que esa construcción siempre será frágil[3].

Por ahí van los tiros.

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[…] sin acertar a saciarme de tantas cosas sin nombre como deseaba […]
Rosalía de Castro[4]

Mariano Peyrou, a quien definí en su momento como uno de nuestros grandes poetas del lenguaje, continúa su indagación metalingüística (¿o metaliteraria desde el plano lingüístico?) en su novela Los nombres de las cosas (Sexto Piso, 2019). “Hay un hueco entre los nombres y las cosas. Un hueco secreto. Y los nombres lo van recorriendo, son lentos […] se van apoderando de las cosas” (pp. 125-126). La crítica de la correspondencia platónica entre los nombres y las cosas planteada en el Crátilo sustenta la semántica de la novela, mientras que la forma es una especie de mayéutica de 230 páginas donde los personajes (tres amigos) se enseñan o cuentan lo que saben a partir de la nominación de los conceptos empleados, prácticamente sin más armas discursivas que el diálogo.

La descripción de los protagonistas se hace, durante las primeras 150 páginas, casi exclusivamente a partir de lo que dicen. No hay descriptivismo naturalista, ni tampoco el narrador abunda en opiniones sobre sus amigos. Esta voz innominada que nos cuenta en primera persona los hechos —pues en Los nombres de las cosas no hay un argumento en sentido estricto, ha sido desmantelado por la trama— participa en las conversaciones desde la óptica menos predominante, pues sus amigos son Garzía (un director de cine) y Amundsen (un escritor) y el narrador los admira, prefiriendo un humilde segundo lugar, lo que no le impide cuestionar lo que dicen los demás, pero sin insistir cuando es replicado. Porque la personalidad de cada personaje también se revela en el modo de interrumpir el discurso de los otros —algo ya presente en De los otros, su anterior novela—. Peyrou plantea varios personajes, pero ninguna descripción física, ni apenas conductual, ni el narrador ofrece demasiadas perspectivas psicológicas. Todos, incluido el narrador, se presentan por lo que dicen: es su uso del lenguaje y su obsesión por los nombres de las cosas y su sentido último lo que los construye como entes perfectamente definidos.

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María do Cebreiro, Los inocentes; Vaso Roto, 2019:



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“El ascensor era una jaula y el techo estaba lleno de inscripciones y grafitis. ‘El lenguaje mata’, leyó Junior” (Ricardo Piglia[5]). Piglia, sobre Lacan (“la palabra mata la cosa”), quien a su vez lo tomó de Kojève, quien partió de Hegel:

Por lo demás, la palabra tiene una función negadora similar en Kojève. La diferencia entre el sentido, “o la esencia, el Concepto, el Logos, la Idea, etc.” del “perro” y la “palabra ‘perro’”, es que “la palabra ‘perro’ no corre, no bebe y no come” (Kojève, 1933-39: 372-373). En otras palabras, “en él, el Sentido (la Esencia) deja de vivir, es decir, muere. Por eso la comprensión conceptual de la realidad empírica equivale a un asesinato” (Kojève, 1933-39: 373).[6]


Por eso decía Hölderlin en una anotación fragmentaria de 1800 que “se le ha dado al hombre el más peligroso de los bienes, el lenguaje, para que con él cree y destruya”, frase que rescata Heidegger y que recupera María do Cebreiro para cerrar Los inocentes con una cita de Hölderlin y la esencia de la poesía.

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El hermoso libro de Pascal Quignard, Las lágrimas, es una fabulación novelesca sobre el origen de un idioma en concreto, el francés, cuyo descubrimiento se convierte en una especie de orquestación épico-lingüística de potencia arrebatadora. Quignard retoma con sus personajes Hardnit y Nithard el arquetipo de los Gemelos Originarios —esa pareja gemelar que en numerosas culturas antiguas, incluso sin contacto entre ellas, está estrechamente anudada al mito de la creación del Universo—, un arquetipo sobre el que hemos escrito aquí. Quignard, conocedor de su potencia expresiva y de su naturaleza anticlimática, tan propicia para las narraciones épicas de base popular —llenas de personajes especulares (Hardnit el guerrero, Nithard el poeta) con destinos separados que vuelven a cruzarse llegado el clímax narrativo—, emplea el arquetipo también dentro de un contexto originario, pues uno de estos dos gemelos, obviamente Nithard, es el primero que hablará y escribirá la lengua francesa. Aunque Nithard o Nitardo y Hardnit parece que fueron realmente hermanos, nacidos bastardos —al menos eso dice la Wikipedia francesa—, entiendo que su condición de gemelos es una decisión narrativa de Quignard.

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Inspirar con confianza y oxigenar el
signo; tu nombre, rostro invisible de
tu rostro, te sobrevive y siempre vuelve
otro, diferente de sí, trayendo días y raíles.

Mariano Peyrou, La sal (2005)

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Cepos / las etimologías.
David Leo García, Nueve meses sin lenguaje

En Los nombres de las cosas, los juegos del personaje narrador con Nico, su hijo, son muy similares a los que el protagonista de su novela anterior, De los otros (2016), tiene con otros niños, con los que juega a la vez que entre todos inventan su propia lengua y varían las nominaciones, acusando la arbitrariedad del signo lingüístico. Al jugar con los términos se devuelve el lenguaje a su estado de naturaleza, a la libertad de buscar un origen diferente al marcado por las etimologías. Los étimos no son ethos, sino pathos, parece decirnos Peyrou, que entiende la literatura como el modo de refundar lo que decimos —y lo que pensamos— con toda la libertad del homo ludens. Cada vez que pronunciamos una palabra pensando críticamente en su sentido la convertimos en neologismo.

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Relato de Lydia Davis:

THE LANGUAGE OF THE TELEPHONE COMPANY

“The trouble you reported recently is now working properly.”


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Unai Velasco, en su prólogo de editor a Nueve meses sin lenguaje (Ultramarinos, 2018), de David Leo García, señala con exactitud algunos elementos de este libro de poemas del vate malagueño: en primer lugar, el desarrollo de los temas de Dime qué (2011), signo de una rara coherencia en una voz todavía hasta cierto punto joven; en segundo lugar, el ahondamiento de su preocupación por el lenguaje, pues “lo que ha sucedido es un cambio en la angulación de la cámara: un plano más cercado para la meditación del sujeto sobre las condiciones materiales de la enunciación” (Velasco, “Nota a la edición”, p. 6). En efecto, lo que antes era planteamiento, ahora parece fijación recurrente, pues la gestación aludida en el título y relativa al proceso de pensar lo que se va a decir ocupa buena parte de la semántica de los poemas de García, hábilmente encarnada en una forma autocuestionadora, vacilante, dialógica, interrumpida, sembrada de interrogaciones, polimétrica —esto es, que no se decide por ninguna opción de medida, cantando la métrica, probando el micro, como marcando la función fática de la lengua versal—.

“Inventar un idioma para titubear”, decía uno de los versos de Dime qué.

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Los personajes de Peyrou se interrumpen unos a otros, el de García se interrumpe continuamente a sí mismo.

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En Fragmentos (Siruela, 2012), George Steiner nos recordaba que “tenemos que advertir la diferencia entre ‘hablar’ y ‘decir’” (p. 12). Un ejemplo clarificador lo tenemos en la novela de Peyrou, pues sus personajes, en sus inacabables charlas, nunca hablan, sino que dicen. Dicen y se responden, y aclaran sus respuestas y cuestionan las ajenas en cuanto enunciados lingüísticos, en un exhaustivo ejercicio de autoconsciencia idiomática que, aunque intenso y repetitivo, resulta ameno, cuando en otras manos podría ser una experiencia agotadora. Su minimalismo sí responde a un menos es más.

Arriesgando una interpretación para un libro especialmente impermeable a las lecturas únicas, entiendo que, a través del lenguaje, los personajes de Los nombres de las cosas no construyen una acción narrativa que avance, sino que la diégesis camina hacia atrás, porque la suma de sus palabras y conversaciones ilumina de modo progresivo el sendero trazado hasta el presente, su psicología y la historia menuda de sus pequeños hallazgos y grandes fracasos. En una frase interrumpida por otra voz, uno de estos tres amigos dice que la etimología demuestra que el sentido de las palabras está en el pasado. También el de las cosas, parece sostener esta novela, así como el de las personas. Los antecedentes, asimismo los familiares, especialmente la madre —el tema de fondo del hermoso último libro de poemas de Peyrou, El año del cangrejo—, también forman parte de ese pasado, de ese léxico vital que nos enuncia.


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Hablo pensando que no debiera hablar: así hablo.
Antonio Porchia, Voces

Una dimensión interesante del poemario de David Leo García es la metáfora de la pronunciación como muerte. Donde otros han puesto el punto de partida de la existencia —la palabra auroral, la expresión como apertura del interior al mundo—, García ve la cancelación del sentido primigenio, la pérdida del hallazgo: “Toda conversación es postcoital / pasar del arcoíris a la tintorería” (p. 21). De ahí que se pregunte “¿Cómo conozco / el gusto de la muerte // sin haberla probado / todavía? // ¿Qué me has hecho, lenguaje?” (p. 20). Como si el tránsito entre lo pensado y lo dicho fuese un desvanecimiento, una aniquilación; “Como el lenguaje, / edificado sobre puntos suspensivos” (p. 32), puntos que señalan la gestación, el girar de las palabras en el cerebro antes de ser decantadas, la paciencia del antes. La afasia, utilizada como recurso y símil en el excelente poema final, donde alguien aprende a hablar de nuevo, en forma de diario:



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Quignard estudia en Las lágrimas el origen histórico de la lengua, que sabe datado en los Juramentos de Estrasburgo del año 842, y se da cuenta de que el personaje más atractivo del relato histórico no se cuenta entre los tres reyes hermanos que se disputaban el territorio galo tras la muerte de Carlomagno, sino en el portador de la mente que redactó los textos en latín, protogermano y protofrancés, creando “la piedra de Rosetta trilingüe de Europa” (p. 85). Un hecho histórico infinitamente más importante que el de los Juramentos, desde luego. Más adelante, hacia el final, Quignard llega incluso a remontarse al origen prehistórico del lenguaje, al momento de la primera emisión comunicativa, que fue el paso siguiente a la creación de litogramas y litoglifos por nuestros antepasados. Y es ahí, en esos diversos retornos, en las encarnaciones de la lengua, donde acontece la maravilla de este libro, cuya delicadeza estilística y narrativa procede de un envidiable prodigio de precisión y equilibrio.

Quignard es el futuro de la ficción, apunta la dirección de su supervivencia, pues lo que ocurre en Las lágrimas sólo puede ocurrir en un libro de literatura imaginativa. El lenguaje expuesto, diacrónica y sincrónicamente, como un tejido. Su presente, que habla del pasado de la especie humana, es nuestro futuro.



[1] Stefano Pradel, Vértigo de las cenizas: Estética del fragmento en José Ángel Valente. Valencia: Pre-Textos, 2018, p. 115.
[2] Véase José Luis Mendívil Giró, Gramática natural. La Gramática Generativa y la Tercera Cultura. Madrid: Antonio Machado Libros, 2003, pp. 217ss.
[3] Alberto Santamaría, "La imagen en el poema. Una proyección cartográfica de la poesía española reciente", en Versants. Revista suiza de literaturas románicas, n.º 64:3 (fascículo español), "La poesía española en los albores del siglo XXI", número editado por Itziar López Guil y Juan Carlos Abril, [pp. 67-79], p. 71.
[4] Rosalía de Castro, “Padrón y las inundaciones”, citado en María do Cebreiro, Los inocentes. Trad. Ismael Ramos. Madrid: Vaso Roto, 2019, p. 37.
[5] Ricardo Piglia, La ciudad ausente. Barcelona: Anagrama, 2003, p. 21.
[6] Thierry Simonelli, “Kojève o Lacan”, Verba Volant. Revista de Filosofía y Psicoanálisis, Año 4, No. 2, 2014, p. 84.

domingo, 18 de diciembre de 2011

Pasadizos entre Rey y García Román. Dos visiones sobre poesía y lenguaje




José Luis Rey, Jacob y el ángel (la poética de la víspera); Devenir, Madrid, 2010.

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Juan Andrés García Román, La adoración; DVD Ediciones, Barcelona, 2011.

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Amemos al lenguaje

José Luis Rey

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La grieta entre el lenguaje y su adoración.

Juan Andrés García Román

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I. Pliegue

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José Luis Rey y Juan Andrés García Román, como hemos escrito en varios lugares, me parecen dos de los poetas jóvenes (no han cumplido los cuarenta años) más inspirados de nuestra poesía. Además, son dos de los vates más dotados, entre los de cualquier edad, para la creación de imágenes poéticas asombrosas. Si me permiten la imagen de David Lynch, más que apropiada a mi propósito, el fuego camina con ellos. Hay en algunos de sus libros ramalazos visionarios que los conectan con la llama de un Blake o de un Lorca. Con esto no intentamos establecer paralelismos de calidad, sino calibrar adecuadamente la asombrosa potencia de sus hallazgos, iluminaciones o fulguraciones ocasionales.

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Aparecido el pasado año, Jacob y el ángel (la poética de la víspera) es mucho más que un intento de esclarecer una poética. Como suele suceder en sus poemas, José Luis Rey parte de lo concreto (su propia obra, en este caso), para luego disolverlo o subsumirlo en una experiencia más abstracta o, mejor dicho, universal. De forma progresiva, y partiendo del motivo bíblico de la lucha de Jacob con el ángel (Gn 32, 22ss), Rey desarrolla diversos motivos donde explica su visión de la poesía, del silencio, del lenguaje y de lo que él denomina la “poética de la víspera”, que supone entender que el alba de la expresión poética total es inalcanzable y que el creador debe aguardar, sublimando el lenguaje, en el día anterior, en el mundo de lo cotidiano, ya que alcanzar la perfección es imposible: “Amar la víspera que somos y dejarla marchar. El lenguaje es esa víspera y sabemos que la víspera es pasajera” (p. 66). Para ilustrar esos conceptos el autor se vale en su ensayo de numerosos poetas, de Dickinson a Vallejo, de Juan Ramón a Rimbaud o de Colerigde a Mallarmé, citando poemas traducidos por él mismo.

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Puede sorprender al lector la constante referencia de Rey a temas y simbologías cristianas, ya desde el título. Se habla en este libro de la poesía como el “paraíso prometido de la palabra” (p. 18), se habla de ángeles, de resurrecciones, de “lenguaje con fe” (p. 50) y demás panoplia bíblica (recordemos que el primer libro de Rey ya se titulaba Un evangelio español, Adonais, 1997), pero hay que advertir que no estamos en absoluto ante una visión religiosa de lo poético, sino ante un uso resemantizador del vocabulario sacro, dirigido a otros fines. Es cierto que se podría haber buscado un léxico menos connotado, pero la cuestión es que Rey sabe domeñar el vocablo y advierte con frecuencia de su intención, para evitar posibles equivocaciones: “no nos enteramos de que toda poesía verdadera es trascendente sin necesidad de ser religiosa” (p. 129). Aunque yo preferiría hablar en términos de inmanencia, Rey es consciente de lo que habla y apoya su visión en argumentos filosóficos, por ejemplo en el Wittgenstein que sostiene que “el sentimiento del mundo como algo limitado es lo místico” (Tractatus, 6.45), frase que ya estaba en el frontispicio de su poemario La familia nórdica (2006) y que estatuye como declaración de intenciones: “así siento yo el lenguaje: como un todo limitado, cerrado, encerrado, guardado con mil llaves de llave en el arcón de la lengua” (p. 7). Nos encontramos, pues, ante un sistema estético que persigue sacralizar o elevar constantemente la labor poética para, en cierto momento, rebajar la tensión sublimadora mediante la poética de la víspera. Es una opción arriesgada, pero late en ella una tensión, una dialéctica referencial entre lo excelso y lo a ras de vida, que J. L. Rey resuelve con brillantez en sus poemas y que sabe ejemplificar muy bien en el caso de Dickinson. Con esta opción intenta Rey oponerse a cierta tradición de poesía mística, que ve representada en Valente (sobre algunas opiniones de Rey acerca de Valente habría cosas que puntualizar, pues coincide con él más de lo que cree), e intenta una reversión de la fórmula: “me gustaría que este libro sirviera, entre otras cosas, para combatir un poco la fácil tendencia a la poesía mística y buscar, en cambio, la mística de la poesía misma” (p. 49). Esto último es más que razonable.

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II. Despliegue

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Adorable es el canto de la madre que se sienta en el suelo con su hijito

saciada al contemplar cómo se duerme.

F. Hölderlin, Elegías

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Hace un tiempo reseñamos en este blog El fósforo astillado (2008), en una lectura muy personal que creo sigue siendo de lo poco decente que he escrito. En ella apuntábamos algunos elementos que son válidos también para La adoración: la estética de síndrome Diógenes (que el autor recoge, curiosa y explícitamente, en este libro), la postura antimetafísica, los atentados contra el concepto de sublimidad literaria, etc. García Román ahonda en su peculiar mundo, pero desde una perspectiva muy diferente. La adoración no es un libro fácil. Frente a la estructura fragmentaria y sincopada de El fósforo astillado, que permitía al lector una entrada razonable en el poemario, La adoración se presenta como una extraña novela en verso (ver reflexiones al respecto en pp. 78-79), una novelírica donde la cascada de imágenes empece y difumina a cada paso la narración, hasta el punto de que el lector pierde en ocasiones el hilo de lo que está leyendo. Hay una ilación, por supuesto, pero puede necesitarse una segunda lectura para encontrarla. A mi juicio, La adoración es una Bildungsroman ditirámbica, metareflexiva e irónica, que narra la historia de Expósito (un abandonado, por tanto), quien persigue unos objetivos no muy diferentes de los manifestados por José Luis Rey en su ensayo: “morir de belleza”, encontrar una pescadilla estética que “se muerde el lomo y las branquias, hasta que en un esfuerzo yóguico se devora la cabeza y logra la aristocracia de lo que no envejece. Eso sí es emancipación. Y yo la conseguiré. El instante, la belleza” (pp. 50-51). Un sujeto lírico que busca “subir una montaña para siempre” (p. 21), en un entorno montañoso (“La montaña nunca es democrática. El Tibet está ahí para todos, pero ¿todos se atreven a escalarlo?”; José Luis Rey, Jacob y el ángel, p. 85), en el que otros personajes secundarios se proponen la construcción de un kibbutz para escuchar la “revelación”: la llegada de “la adoración del lenguaje” (pp. 32, 43 y 44), que el personaje detesta. Porque Expósito, como Rey, buscan algo más que el lenguaje, persiguen un más allá inmanente.

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Como vemos, pese al retorcimiento irónico, abunda también en García Román el mismo vocabulario solemne y bíblico presente en Jacob y el ángel (véanse las páginas 82-84 de La adoración). Pero también hay idéntica unión (¿vía unitiva?) de lo místico y de lo vital, de acercamiento brusco a lo más cercano de la existencia: “era simplemente yo, un obstáculo entre la vía láctea y la tierra tumbada” (p. 113). De hecho, hay un párrafo de Rey que me parece muy adecuado para entender o esclarecer algunas facetas del libro de García Román: “Un lenguaje entregado así a su ser víspera gozará de su sonido diario y quebradizo, de su nada pasajera pero salvada para siempre por su vecindad con el sentido: la poesía que viene. El poeta debe abrir huecos en el lenguaje, revelar la pobreza del lenguaje: nada mejor para ello que tratarlo con humor metafísico, con dulzura irónica, con chistes culturales que rebajen su orgullo” (p. 68). Si pienso en una lírica que materialice esa poética como pocas otras lo hacen, me surgen El fósforo astillado y La adoración como ejemplos. Después del párrafo citado, Rey traduce –con cierta y espléndida libertad, a mi juicio– el poema 61 de Emily Dickinson:

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¡Papá que estás arriba!

¡Contempla a este Ratón

Derrotado por el Gato!

¡Reserva siempre en tu reino

Una “Mansión” a la Rata!

¡Un rincón confortable en seráficas Despensas

para estar todo el día allí royendo,

Mientras los Ciclos inimaginables

Solemnemente ruedan por encima!

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Y ahora veamos un fragmento de García Román:

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-Papá, yo no quería… yo quería pedirte perdón. Sólo eso. Yo no quería traerte a esto de nuevo. No, no voy a sublimarme ni a morir de belleza; moriré, moriré simplemente, lo heredé de ti.

Me incliné sobre el lecho y quise besarlo pero al acercarme y respirar sobre su rostro se desprendieron algunas pestañas. Entonces soplé y todas sus pestañas volaron como si hubiera soplado un vilano. Mi padre me dijo:

-Si me soplas, tengo cáncer.

Y yo lloré fuertemente de los dos ojos hasta que un viento como el espíritu de las navidades pasadas me devolvió a la nube. Eché a correr, corrí como un poseso hasta que mi pie se hundió y caí. Porque la nube comenzaba a deshacerse y por sus huecos se veían pájaros.

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Elementos en común: más allá de la casual referencia a un papá, que además es distinto en ambos textos, estarían el humor metafísico, las referencias muy cotidianas mezcladas con alusiones a lo sublime, la deconstrucción del léxico religioso y… la dulzura irónica.

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El iter o recorrido novelesco de La adoración, ese camino que el abandonado Expósito recorre por cumbres nevadas, alemanas, llenas de objetos y flores simbólicos a lo Novalis, debe ponerse también en contacto con alguna de las obsesiones del autor, sobre todo con la obra de Hölderlin. Recordemos que en la introducción a las Elegías del poeta germano, García Román escribía que:

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El poeta no es un ser humano cualquiera: está poseído por un ritmo interior, una soledad acogedora, y, si vaga por la noche infinita en la era de la caída de los dioses y se halla sin compañeros, nunca, empero, lo abandona, como si fuera el viento imantado de la historia, su voz cargada de un ‘Jetztzeit’ en el que el pasado y lo futuro se miran, se imbrican y asisten a su parto, son creados. (…) En Hölderlin, la naturaleza no es el rincón donde se arropa y se aleja la displicencia de un poeta desclasado y guardián de un orden antiguo definitivamente roto.

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Es aquí, en este orden de cosas (es decir, en una ausencia de orden intelectivo), en esta mística inmanente de la ruptura del sentido en esquirlas, donde debemos situar, entiendo, el proyecto que se inició con El fósforo astillado y que parece desarrollarse en La adoración. Un lugar de ruptura y caos fragmentado en el que también establecieron su centro de operaciones Ingeborgh Bachmann y Paul Celan, quienes no por causalidad son también devociones particulares del traductor y estudioso García Román.

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III. Repliegue

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a lo largo

del pliegue

del párpado

estar cerca de ti

con el propio pliegue

del párpado

Paul Celan, Compulsión de luz

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Vivimos en la noche del lenguaje: en esa noche larga lucharemos, dispuestos a morir.

José Luis Rey, Jacob y el ángel

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Es cierto que no hay respuestas para lo que acontece, pero la poesía hace las preguntas más interesantes. Escribía Alan Badiou que “respecto de la dimensión universal [de la filosofía] nuestro mundo ya no es apropiado para ella, porque, como sabemos, es un mundo esencialmente especializado y fragmentario. Está disgregado en respuesta a las demandas de las innumerables ramificaciones de la configuración técnica de las cosas, del aparato de producción, de la distribución de los salarios, de la diversidad de funciones y habilidades. Y los requerimientos de esta especialización y fragmentación hacen difícil percibir lo que puede ser dado como transversal o universal, o lo que puede ser válido para todo pensamiento”[1]. Mientras la filosofía parece renunciar, por imposibilidad estructural, a la antigua universalidad del pensamiento, he aquí cómo la poesía contemporánea retoma el espíritu universalista de reconstrucción, partiendo de elementos fragmentarios, dirigidos a la contemplación total de la realidad, como soñase Novalis siglos atrás (y aun con parecido método). Eduardo García se ha referido a este fragmentarismo esencial de la última poesía española en un excelente artículo; algo similar decíamos nosotros en La luz nueva (2007) y en nuestra tesis doctoral (2009). Y quizá es lógico que sea así; según Schelling, “la filosofía sólo lleva, por así decirlo, un fragmento del hombre hasta ese punto. El arte lleva al hombre entero, tal como es, hasta ese punto, es decir, hasta un conocimiento superior a todos, y en eso reside la eterna diferencia y el milagro del arte”.

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García Román acoge la incertidumbre con una sonrisa helada, que no reniega de lo afectivo; José Luis Rey prefiere celebrar la palabra y el mundo, sin olvidar que en la relación entre Jacob y el ángel, lo esencial es la lucha, el combate. Esas son las diferencias, pero entre ambos poetas hay bastantes puntos en común, como hemos ido viendo: ambos guardan una metafísica desconfianza hacia el lenguaje, ambos crean estéticas lindantes con la estética del pliegue con la que Deleuze definía lo barroco (Barroco es precisamente el título de uno de los últimos poemarios de Rey). Apuntaba Deleuze que “el mundo con dos pisos solamente, separados por el pliegue que actúa de los dos lados según un régimen diferente, es la aportación barroca por excelencia”[2]; y tiene lugar, de formas muy distintas, en los dos poetas un movimiento doble frente a la posibilidad de una cosmovisión universal, por más que sea una contemplación fracturada. Ese planteamiento fue definido por Hölderlin en su ensayo “El devenir en el perecer”: “lo aislado, lo antiguo individual, aspira a universalizarse y a disolverse en el infinito sentimiento de vida”[3]. Algo similar parece latir en los versos con los que García Román cierra casi su poemario: “y el cielo su celeste / y el trigo su amarillo / Hasta que todos juntos se bañaron” (p. 121). Algo parecido acaece en versos de José Luis Rey como “soy el ángel que aprende / y no baja a comer” (La familia nórdica). Los dos pisos, suelo y cielo, mundo y elevación, se ajustan gracias al pliegue de un lenguaje visionario que no respeta convención alguna. La dialogía constante en estas dos obras poéticas, entreveradas de lo sublime y lo cotidiano, situadas entre lo excelso y lo cárnico, entre lo individual abandonado y el nosotros perseguido, me parece una de las tensiones más emocionantes y mejor resueltas (por no resueltas, por nunca resueltas) que está dando en los últimos años la poesía española.

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[Relación con los dos autores: cordial. Relación con las editoriales: ninguna]


[1] Alan Badiou, La filosofía, otra vez; Errata Naturae, Madrid, 2010, p. 51.

[2] Gilles Deleuze, El pliegue. Leibniz y el barroco; Paidós, Barcelona, 2009, p. 44.

[3] F. Hölderlin, Ensayos; traducción, presentación y notas de Felipe Martínez Marzoa, Hiperión, Madrid, 2001, p. 110.