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martes, 22 de agosto de 2023

Poéticas del desorden

 


Rafael Argullol, Danza humana. Barcelona: Acantilado, 2023. 

Gueorgui Gospodínov, Física de la tristeza. Traductores: María Vútova y Andrés Barba. Logroño: Fulgencio Pimentel, 2018.

 

Poéticas del desorden

1

Estos dos títulos son una suerte de antilibro uno del otro. Si en la Física de la tristeza de Gospodínov el protagonista puede invadir los recuerdos de otras personas (como el Amado Dam de Roque Larraquy en La telepatía nacional), en Danza humana, continuando el proyecto iniciado desde Visión del fondo del mar, Rafael Argullol permite que sus recuerdos sean invadidos por apuntes históricos, eruditos o artísticos. Biografía y conocimiento se interrelacionan en ambos libros de una manera híbrida, porosa, abierta, muy subjetiva y, en el caso de Argullol, intelectualmente estimulante. Física de la tristeza puede pasar por novela y Danza humana por hiperdiario o protodietario, pero su adscripción genérica es lo de menos, porque su género mayor es la escritura omnívora, que no se permite limitaciones, vallados ni estrecheces.

Creo que puede ser interesante comentar estos libros por oposición, y mostrar cómo la poética del desorden puede adquirir disímiles y casi contradictorias materializaciones literarias.

 

2

Pese a la gravitación del pasado en ambos proyectos narrativos, los resultados no pueden ser más divergentes. Por ejemplo, en el estilo; el del catalán se alinea en la estela de un estilo de escritura culto, digamos centroeuropeo, mientras que el del búlgaro borbotea desde un crisol cultural posmoderno donde cabe todo, si bien intenta lanzarlo hacia la tradición universal, como revelan los epígrafes de apertura. Argullol, dentro de la diversidad, mantiene un tono medio de notable calidad durante 1030 páginas. En cambio, Gospodínov cae en la trampa de rebajar a veces su nivel, a veces de forma inexplicable, como en la página 191 (“¡Venga, que nos vaaamooos!”), o, peor aún, al final de las páginas 97 y 361, con esos imperdonables mugidos (no es una metáfora: “Muuuuuuu”, p. 97).

Creo que el problema de Gospodínov es que confunde el hecho de quitarse importancia a sí mismo, un gesto loable, con quitarle importancia al texto propio, infantilizándolo. Recuperar la infancia, un asunto literario de luenga tradición, no debería hacerse al precio de incorporar la idiocia infantil. Como explicó una buena lectora, Ana Gavilá, en una red social, algunos puntos de este libro hubieran necesitado de mayor exigencia por parte de su primer editor búlgaro.

 

3

La estructura de la Danza humana de Argullol parte de un esquema en apariencia sencillo que se va enrejando: el volumen se escribe durante dos años, entre 2019 y 2021, y se divide en diez libros, cada uno de ellos dividido en sus correspondientes capítulos y dotado de una temática central, aunque tanto la vida contada como la subjetividad del autor engarzan un hilo de continuidad a lo largo de la obra. La poética de Argullol entroniza la temporalidad como eje central y cifra en lo que podríamos llamar la subjetividad estética (auto)indagatoria su mecanismo de irradiación. Las distintas capas cronológicas se entreveran, desde el pasado histórico y la infancia al presente inmediato y el futuro, y la narración es como un barco que boga entre las “tempestades del tiempo” (p. 224). Para ayudarse en este camino, emplea el intradiálogo con un alter ego llamado Å, y dialoga con algunas figuras mitológicas o evemerismos, que por lo común aparecen en uno solo de los diez capítulos.


Fiel a la escritura transversal característica de Argullol, el género literario de Danza humana es híbrido; aunque el tono predominante sea el autobiográfico, se mezclan aquí apuntes reflexivos, microensayos, esquejes de ficción ambientadas en el futuro, estampas historiográficas, crónicas pandémicas, aforismos emboscados, análisis pictóricos, trazas de crítica social, etc. A veces reconstruye —o restituye, el de restitución es un término importante en esta obra— momentos históricos, como las hermosas páginas que dedica a Salinas y Fray Luis, o fabula con garra momentos legendarios como el encuentro de Príamo y Aquiles al final de la Ilíada.

 

4

La estructura general de Física de la tristeza es interesante y peligrosa a la vez. Gospodínov la describe autorreferencialmente en varias ocasiones como “caja” (p. 240, entre otras), donde va introduciendo todo tipo de materiales, más o menos hilados. Esa elección tiene el obvio atractivo de la variedad, pero requiere de una sana autoexigencia para no caer en el peligro potencial de convertir la obra en un cajón de sastre. Y me temo que su novela deviene cajonera revuelta donde materiales cualitativamente muy irregulares son introducidos a la fuerza; a veces son pecios estimables, fabulosos, pero numerosas páginas se pueblan de ocurrencias fútiles (por ejemplo, 271-277), lugares comunes (“la vida entera puede narrarse como un catálogo de mudanzas”, p. 193) o episodios banales (pp. 335-341, entre otras).

Las novelas son como escafandras de buzo: pueden tener rayones, o manchas, pero si tienen agujeros, te ahogas.

No obstante, en este totum revolutum también proliferan los hallazgos. La idea del sótano (p. 162) o “inframundo” (p. 190) desde el que el protagonista autoficcional escribe la novela es un hábil correlato de las profundidades del inconsciente (el de las tres instancias: autor, personaje desdoblado y obra), y desde ahí Física de la tristeza teje el simbolismo con los mitos del Minotauro y del laberinto —ya manidos, hay que evitar cualquier símbolo desarrollado por Borges, entre otras cosas porque los tratamientos borgianos han generado a su vez la proliferación imitativa en cadena—. El mitotauro y su laberinto se vinculan con otro símbolo, el del arca de Noé, variante de la estructura de caja —o cajista, como de impresor de tipos—, para la cual se recuerdan vivencias propias o reapropiadas, o se compran (pp. 239-241) historias ajenas. Nadie puede negar ingenio y puntual talento a Gospodínov; creo que nadie dejará de apuntar que su talento e ingenio pudieron refinarse, manteniéndose alejados de la irregularidad que los afea y disminuye.

 

5

Otros momentos del máximo interés llegan en Danza humana cuando Argullol profundiza o divaga, según casos (y la profundización no ha de ser necesariamente más exacta o relevante que la digresión) en ejemplos filosóficos, literarios o artísticos, entre los que se mueve como pez en el agua. Se logra así gran altura en páginas como aquellas en las que observa el paso del tiempo en el propio Cronos (p. 883-885), o cuando distingue la “mirada doble” humana, a partir de las dos trinidades pictóricas de Masaccio y Rubliov (852-866), doble mirada que a su juicio conforma la mayoría de las expresiones estéticas de lo humano, apuntalando la visión, expuesta en la página 227, del arte como forma esencial de recuperación del tiempo.

La tesis está bien construida, aunque es difícil estar de acuerdo con alguna de sus consecuencias, como la de que no hay progreso en el arte: si no existiera ese progreso Argullol escribiría su proyecto autobiográfico de la misma forma que Agustín redactó sus Confesiones, o sus poemas mediante la cuaderna vía de Gonzalo de Berceo. Hay que recordar que en La atracción del abismo (1983) el propio Argullol se refería a la “revolución” romántica —que tantos avances trajo, pese a cierto antiprogresismo programático en alguna de sus manifestaciones— o aseveraba que “Munch provoca un ‘incendio’ del cielo sin precedentes en la pintura” (Plaza & Janés, 1987, p. 118), porque en eso consiste la genialidad artística: lograr, incluso sin saberlo, detalles, técnicas, resultados, estructuras, recursos estéticos, hallazgos estilísticos o dimensiones semánticas sin precedente.

 

6

El “Gaustín” que incorpora nada menos que tres citas al comienzo de la novela de Gospodínov es la primera ficción del texto; se trata de un alter ego (a la Renzi más que al estilo de un heterónimo pessoano), configurado como una figura metanoica: a veces es un escritor apócrifo, que procede de su relato “Gaustine” (2001), publicado en uno de sus libros que en la versión en inglés se tituló And Other Stories (Northwestern University Press, 2007), y que también aparece en Las tempestálidas —libro que no he leído, y que seguramente no leeré— bajo la forma de un psiquiatra llamado Gaustín. Otras veces comparece como personaje atemporal con diversas figuraciones, desde un amigo de juventud del protagonista de Física de la tristeza (p. 148) hasta un “Gaustín de Arlés (S. XVII)” citado en la p. 87. Así que Gaustín es un personaje comodín que le permite al autor desdoblar sus voces desde cualquier presunta legitimación bibliográfica.

 

7

Entre las numerosas virtudes de Danza humana, una no menor es la de explicar a la perfección el proceso de madurez, expuesto como paralelo, y esto me parece un hallazgo, al intelectual: ambos parten de la puesta en cuestión de aquello que se daba por sabido o asentado, solo por creerlo, porque otros lo creían o porque formaba parte de una tradición. Deshacer el falso conocimiento, para Argullol, es más valioso que construir el nuevo, porque el nuevo, pasado un tiempo, también deberá ser reexaminado (p. 166). Un ejemplo de cómo se realiza ese proceso en lo intelectual son las vibrantes páginas en que el autor revisa la famosa cita de Goethe sobre la preferencia del orden frente a la injusticia. Argullol la localiza en el original alemán, la traduce de nuevo y la reinterpreta de un modo completamente distinto al tradicional (pp. 164ss), regalándonos una perspectiva de análisis muy diferente de la que hemos heredado. Este tipo de revisiones culturales nos enriquecen tanto como cualquier descubrimiento de nuevo cuño.

 

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Física de la tristeza es una metaficción posmoderna que no esconde sus resortes al lector, mostrando sus tripas (por ejemplo, pp. 66 o 167) sin complejos, con varias mises en abyme recursivas (la cápsula de cápsulas temporales de la p. 193, entre otras). El narrador de Gospodínov es poco fiable; varía en el uso de la primera y la tercera persona, desdobladas temporalmente, y su relato es dudoso o forzado en algunas ocasiones.

La excesiva preocupación del autor búlgaro por salpicar las novelas de golosinas llamativas —algo especialmente claro en Novela natural, su primera novela de 1999—, le acaba llevando al preocupante reino de lo que podríamos llamar la estética midcoolhunter, una poética del desorden revuelto compuesta a medias por una prosa midcult y por la actitud zahorí de coolhunter. Y el acopio de bisutería textual, esa prosa de relumbrón, me parece su mayor debilidad.

 

Dos nombres me han venido a la cabeza leyendo a Gospodínov: Gonzalo Tavares y Mircea Cărtărescu, uno por afinidad y otro por antagonismo. Creo que Gospodínov se parece a Tavares, que es otro hábil mezclador posmoderno de materiales de irregular calidad. Pero Tavares tiene momentos aún más abaratados que el búlgaro, y comete el error de disfrazar las ocurrencias de hallazgos. Gospodínov no las disimula, honestamente las presenta sin más como tales, refugiándose en su “complejo de Noé” (p. 189). Su poética de la recolección (Novela natural, p. 126) no filtra: profetas y bolsas de plástico acaban por igual en el vientre de la ballena.

Digamos que ambos recuerdan a Cărtărescu por oposición: el rumano es el modelo de gran escritor posmoderno que el portugués y el búlgaro, a mi juicio, y al menos de momento, no pueden llegar a ser.

 

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Recontar todos los hallazgos de Danza humana sería inútil, pues los hay de todo tipo; desde fulguraciones como la de que los pensamientos tienen sombra, hasta la definición de los sueños como “un viaje en todas las direcciones” (p. 448), pasando por profundos apotegmas sobre la condición humana, la importancia del error en el conocimiento (propio o ajeno), reflexiones creativas o sesudos descubrimientos de madurez. La recopilación de los subrayados, marcas y señales de mi ejemplar, pasados a papel, ocuparía un volumen del tamaño de una novela corta.

Es normal que en un libro de 1030 páginas sobren algunos pasajes, o hallemos subapartados de menor fuerza o valor que otros. Eso me ha pasado en Danza humana con la larga parábola de Matías el Desnudo (pp. 333-360) o con las algo previsibles páginas dedicadas a Hiroshima (730-732), o en algunas digresiones sobre el amor. Pero el nivel medio es de una altura sorpresiva, las diversas historias incluidas contienen siempre uno o más aspectos relevantes, y las últimas 400 páginas alcanzan una brillantez desusada. No voy a cometer la boutade de decir que esta Danza humana se hace corta, pero consigue el milagro de no hacerse larga.

Otra virtud: pese a su extensión y variedad, no hay en el libro concesiones al exhibicionismo ni al confesionalismo vergonzante, características de otras escrituras autobiográficas contemporáneas. Aunque Argullol incluye algún ajuste de cuentas consigo mismo, sobre todo al repasar sus etapas adolescentes y de juventud temprana, la vida íntima del autor no aparece ni por asomo, y un espeso bloque de silencio se levanta entre la persona —de la que apenas llegamos a saber nada— y el escritor, de quien sí aprehendemos todo. Para Argullol, resguardar lo más valioso de uno es una forma de que “fructifique la libertad” (p. 993). Desde mi perspectiva personal, que va en contra de las modas editoriales en vigor, y que por supuesto no hay que compartir, este modelo autobiográfico me parece modélico.

 

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El problema de Física de la tristeza, con su final un poco ñoño —que recuerda, y no es un símil positivo, a las películas de Christopher Nolan, donde lo familiar comparece siempre asociado a la blandenguería, puede explicarse con la imagen —quizá manida, disculpen— de las almendras. Cuando comemos almendras lo hacemos con gusto, pero si masticamos una amarga —y no digamos si es la última— ese amargor estropea la entera experiencia. Como lectores, al leer no podemos adivinar cómo será la almendra que viene a continuación; nuestra esperanza es que sea, al menos, tan sabrosa o alimenticia como la precedente. Para lograr ese efecto, un escritor capacitado debe localizar las piezas alcaloides y extirparlas del conjunto, antes de que lleguen a nuestra boca. Me temo que el problema del muy posmoderno Gospodínov es que cree que todo vale. Sus lectores, y me consta que no soy el único caso, sabemos que no.

Eso no obsta a que haya extractos suficientes para recomendar, con moderación, Física de la tristeza; es un libro leído a ratos con gusto. Tiene elecciones narratológicas interesantes, que pueden aprovecharse para explicaciones de clase o como ejemplos para talleres de escritura creativa, y Gospodínov tiene una notable imaginación. Pero la recomendación de lectura debe hacerse dentro de la prudencia y desde la certeza de que es una novela con problemas, y cuyos innegables aciertos están a la penumbrosa altura de sus batacazos.

 

11

Eso sí, nunca olvidaré que Gospodínov es autor de una de las definiciones más memorables que he leído nunca sobre ese concepto casi inefable que es “novela”: “El mundo es un todo, y la novela es lo que ensambla ese todo” (Gueorgui Gospodínov, Novela natural. Trad. María Vútova. Logroño: Fulgencio Pimentel, 2020, p. 31).


 

12

He pasado muchas horas de este agosto en compañía de Danza humana, que generaba a mi lado la sombra de una persona culta, sabia, que con pasión pero sin aspavientos iba contándome historias propias y ajenas, en un tono libre de afectación, contenido y elegante, respetuoso consigo mismo y con quien escucha. Han sido horas muy bien empleadas, porque es difícil imaginar mejor compañía que una de la que se aprende.

 

La poética del desorden autobiográfico de Argullol, que encuentra su espejo en los autorretratos trastocados de André van Valen (pp. 687-689), me parece uno de los proyectos literarios más interesantes de la literatura española actual. Cuando me sea posible, y como el dios Jano con quien conversa el autor en uno de los capítulos de Danza humana, miraré hacia atrás y recorreré en orden inverso las otras dos piedras basales del proyecto, Poema (2017) y Visión del fondo del mar (2010), sin prisa. Con la conciencia de que la piedra, como dice Argullol, puede ser infinitas cosas, pero, “en los días benevolentes”, puede constituir “un fragmento de eternidad” (p. 1030).

 

 

[Relación con los autores y las editoriales: ninguna]

 

sábado, 25 de junio de 2022

El diario desde Giordano


Alberto Giordano, El tiempo de la convalecencia. Fragmentos de un diario en Facebook. Barcelona: Kriller71.

Alberto Giordano, El tiempo de la improvisación. Avinyonet del Penedès: Candaya, 2022.

 

El diario desde Giordano

Algunos libros relevantes nos obligan a repensar y cuestionarnos cómo dialogar con ellos, de qué manera establecer el debate, cómo forjar una escritura especial, vertebrada al caso, que propicie el encuentro. Al principio pensé en darle a esta entrada la forma de un diario de lectura, pero dos razones me convencieron de abandonar la idea: la primera, que la metalectura de una metalectura es acaso un rizo gratuito; la segunda, que ya lo había hecho antes.

*

Este texto no tiene por objeto comentar los detalles ni los motivos, el fechado o el argumento de los dos libros de diarios publicados en España del escritor y crítico argentino Alberto Giordano; precisamente el esclarecimiento del primer término —la consideración del autor sobre si es escritor, o cómo lo sería—, es parte del proceso intelectual recorrido, que diríamos que se abre en El tiempo de la convalecencia y se resuelve en El tiempo de la improvisación. El término “convalecencia” es clave para entender por qué nace, tras una depresión de Giordano, el impulso de escribir un diario en la red social Facebook. La lectura del primer volumen me ha recordado esto de Rosa Martínez: “Alguien tan reconocido como Matisse empezó a pintar durante un largo período de convalecencia y durante toda su vida prestó sus cuadros a amigos enfermos para que la visión de sus formas sensuales y placenteras calmara sus angustias”[1]. Tampoco vamos a entrar en el tema de la escritura como terapia, ni en el mucho más jugoso de si la terapia es una escritura. Entonces, ¿de qué vamos a hablar, y por qué durante tanta extensión?

*

Pues vamos a problematizar el diario como género literario desde los diarios de Giordano, porque su archi-autoconciencia de practicante de la “escritura del yo”, dentro del presente “giro autobiográfico” (término inventado, o acuñado, por el propio Giordano), nos permite una atalaya privilegiada para atisbar algunas ideas sobre el género, al que he sido aficionado episódico por motivos profesionales —para extraer, digámoslo claro, de la escritura menor de los grandes autores pistas relevantes acerca de sus obras mayores—. Una precisión: si todos los diarios que uno ha leído fueran como los de Giordano, uno hubiera sido adicto al género. Pero la brillantez constante, salvo algunos casos de todos conocidos —Rilke, Gide, Virginia Woolf, Jules Renard, Julio Ramón Ribeyro, etc.—, es una rarísima excepción dentro de un mar de inanidad circunstancial. Siempre he pensado que la grandeza de la microescritura se refugia más bien en el dietario, género “más proclive al ensayo de estirpe fragmentaria y la divagación dispersa” (Jordi Gracia[2]) que los escritores sólo practican cuando se sienten inspirados —Valéry, Cioran, Quignard, Martín Gaite, Ramón Andrés, etc. —, y no viene lastrado por esa costumbre obligatoria, algo mecánica en la mayoría de las ocasiones, del diario.


Esto es algo que pasa con las escrituras del yo, si empiezas no sabes dónde acabas: el párrafo anterior lo comencé hablando de Giordano y lo he terminado hablando de mí. Intentemos corregir el tiro: les decía que la archiconsciencia de Giordano nos permite abordar el género porque, como él mismo dice (El tiempo de la convalecencia, p. 67), “la auténtica teoría de las escrituras de sí mismo es su práctica, reflexiva e irónica”. Así que lo que van a leer ustedes es una especie de metaescritura del yo, pero el yo no va a ser el mío, o casi nunca lo será, sino el de Giordano, a quien se lo tomo prestado por unas páginas. ¿Recuerdan aquel memorable caso, comentado por Andrea Valdés en Distraídos venceremos. Usos y derivas de la escritura autobiográfica (Jekyll & Jill, 2019), del escritor brasileño Carlos Sussekind, quien tomó los diarios inéditos de su padre y los reescribió como propios? Pues haremos algo así, sin el drama humano radicado en aquel alucinante hito de la autoescritura.

 



Al recorrer los apuntes de Giordano, poco a poco van apareciendo personas, algunas para volatilizarse y otras para permanecer. El motivo ya lo expuso Walter J. Ong: “Incluso en un diario personal dirigido a mí mismo, tengo que crear al destinatario. De hecho, el diario requiere, en cierta forma, la invención máxima de la persona que habla y de aquella a la cual se dirige.[3]. Dentro de sus creaciones subjetivas, primero aparece el Giordano normal, que es convenientemente expulsado de los libros, al quedar convocado sólo el Giordano brillante; el ciudadano vino para quedarse en el banquillo y ver jugar a los demás. Luego, aparece el autor consciente de que está escribiendo “sucesivas pérdidas”, bajo la conciencia, cada vez más clara, de que “todo diario es diario del duelo” (El tiempo de la convalecencia, p. 62). Esto, de inmediato, hace surgir al tercer Giordano, el que de verdad mueve esta escritura: el Giordano futuro que, desde una fingida retrospectividad, va eligiendo aquellos momentos del presente del diario que el Giordano diarista considera que son los salvables, los que merecen recuerdo. Una especie de espectro (de la escritura) por venir que vuelve fantasmática la decisión de seleccionar lo diariable, lo anotable.

El acierto literario no depende de que sean esos al final los hechos que derivarán acontecimientos. Imagino que el acierto personal sí, pero esa puntería íntima ya preocupa solo al diarista, no a sus lectores.

Y luego, en última instancia, aparecen todas las personas vivas o muertas —espectros de otro tipo— sobre quienes Giordano escribe, reflexiona, acecha o merodea, que no pocas veces arrojan momentos memorables, por la esquinada inteligencia con que son abordadas: recordemos que Giordano sabe que lo miran.

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Una de las fortalezas de Giordano es la madura calma con que confirma sus debilidades.

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“Pienso con frecuencia en la palabra Nada, escrita por Luis XVI en su diario en la fecha que iba a señalar el comienzo de su agonía: 14 de julio. Todos estamos en su caso, no distinguimos el comienzo exacto de nuestra decadencia”; Emil Cioran, Cuadernos.

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Mientras que los diarios procedentes de la propia cultura nos generan siempre la tentación de tomar una postura —conozco eso y no me gusta, comparto eso, disiento siempre de aquello—, la intimidad individual / sociológica del diario escrito en otros imaginarios —y las latinoamericanas son culturas distintas, también entre ellas— produce la sensación de asomarse a costumbres, posibilidades o miradas que no pueden compartirse ni rechazarse, que no mueven a tomar partido o sentir familiaridad. Esto, lejos de ser un problema, conlleva una enorme riqueza: quien lee adquiere una especie de vida vicaria, como si el yo del diarista fuese el personaje de un videojuego que se vive en primera persona —la de quien escribe el diario—, pero que sucede en un mundo ignoto, cuya realidad se clausura en el momento mismo en el que acontece.

En términos narratológicos, cada entrada de diario íntimo es un vistazo a un mundo posible.

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Uno de los méritos literarios que estimo más dignos de encomio es el de crear una sensibilidad personal, única, no transmisible ni equiparable a otras, lograda en exclusiva a través del texto. Kafka le preguntaba a Milena si sería posible enamorar mediante la sola escritura; análoga cuestión cabe respecto a la conmovesión, la capacidad universal de conmover.

La sensibilidad extrema y singularísima, de sabio frustrado, que logra Giordano, en ocasiones descarnada y a ratos de una ternura radical que no molesta —porque no es cursi, ni estratégica, ni bobalicona—, me parece un hallazgo literario de primer orden. Algo que lo convierte a él, de forma irreversible, en escritor, aunque él quiera arribar a la postautonomía y vindicar la persona real (improvisación, p. 99). Demasiado tarde, profesor: ya pasó de estudioso a estudiado, y ese paso no puede deshacerse, no depende de la voluntad autorial. Es el riesgo de publicar libros: se corre el peligro de devenir escritor, aunque suceda muy pocas veces.

Esa hiperestesia de Giordano es ya parte de mi propio bagaje emocional. Quiero decir que en mi futuro aguardan momentos Giordano que reconoceré cuando los alcance. Y tendré que volver a estos textos, al yo de Giordano, para entender el mío.

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“En su diario lo ha contado de otra manera. No puede contar la verdad, tan deshonrosa. Esta vez no escoge las palabras con cuidado, ni si esfuerza en mejorar su letra, como hace normalmente. Escribe rápido, con precipitación, sintiéndose aliviada según rellena la hoja, pero muy mal cuando acaba y relee lo escrito. Las frases son contradictorias, están llenas de mentiras que son como aristas, de tanto como pinchan.”; Sara Mesa, Cara de pan; Anagrama, 2018, p. 103.

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Giordano es a veces severo en sus juicios, casi siempre crítico, puntilloso y en alguna ocasión, implacable. Pero lo que despierta inmediatamente mi simpatía es que jamás es mezquino.

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Porque, a fuerza de retratarse, la persona que sostiene un diario acaba, afortunada o desgraciadamente, por aparecer.

“Dicho con otras palabras, el novelista arriesga su prestigio artístico, el autobiógrafo, además, su crédito como hombre.”; Manuel Alberca, La máscara o la vida. De la autoficción a la antificción; Pálido Fuego, 2017, p. 237.

Iñaki Uriarte, o más bien su personaje, no me cayó nada bien cuando leí sus exitosos Diarios 1999-2010 seguidos de un epílogo (Pepitas de Calabaza, 2019). Se supone que ese no debe ser el objetivo de un libro, caer bien o mal al lector; pero cualquier diario, pese a sus considerables dosis de ficción, entra voluntaria y fatalmente en ese juego. Me sucede con Uriarte como a Giordano con Piglia: algo chirría, algo me escama. No puede negarse que en los diarios de Uriarte abundan los momentos interesantes. Frases y párrafos ingeniosos, perlas brillantes, citables sin dificultad, que compensan en parte el largo esfuerzo de lectura, pero. Pero. Uno se pregunta si esa inteligencia no hubiera corrido mejor suerte en otro género —por ejemplo, el ensayo— donde la posible antipatía ante el posibilismo del autor y sus estudiadas poses no se erigiera como inexpugnable farallón de resistencia.

El Tomás Sánchez Santiago que aparece en El murmullo del mundo (Trea, 2019), por el contrario, me agradó en extremo; he ahí alguien de quien uno podría ser amigo —hablo del personaje, al autor no lo conozco; y así está bien, me ahorro la posibilidad de la decepción—. Leí y leí páginas y notas de sus diarios, y más páginas y más notas, hasta que llegó un momento en que dejé de leer, porque ya tenía suficiente: ya había entrado en su mundo, al que vuelvo de cuando en cuando en las entradas nuevas de Los cuadernos pálidos que va publicando Sánchez Santiago en El Cuaderno. Por suerte, los diarios no son objeto de mi trabajo académico; eso me permite espigar, no completar, picotear aquí y allá sin culpa. El estilo de Sánchez Santiago es demorado, reflexivo; el ingenio es controlado por una tendencia natural de su autor a huir de lo superficial y anclarse en otro espacio sólo aparentemente menor, ese murmullo intrahistórico al que apela en el título de su recopilación.

*

Otra ventaja de los diarios de Giordano es la contención: tienen un tamaño justo, asimilable.

Con los diarios extensos llega —o me llega— un momento en que sucede aquello que apuntaba Savater respecto a La montaña mágica: sí, el guiso es estupendo, y el primer día paladeas tres platos de lentejas; al día siguiente tienes por delante más estupendas raciones de lentejas, que saben igual que ayer —ese es para mí el problema de los diarios, su homogeneidad estilística, la ausencia de sorpresa, sus escasísimas variaciones de forma—, y sabes que mañana te esperan otros dos o tres platos rebosantes, y, al cuarto día más lentejas…

No niego que el problema esté en mí, que sufra una especie de urticaria ante lo autobiográfico extenso. Lo siento, pido disculpas universales. Quizá por ello digiera mejor los tomos cortos, como Envejece un perro tras los cristales, de Horacio Castellanos Moya (Literatura Random House, 2019), o las selecciones breves de diarios que publica José de Olañeta Editor, donde la literariedad consustancial a los diarios (Álvaro Luque[4]) se muestra en su máximo esplendor. En mi personal y me temo que muy solitaria opinión, los diarios íntimos ganan cuando se publican en una exigente selección, antologados por personas distintas de sus autores.

Quizá un diario íntimo es como la vida: sólo merece la pena pasar el trago de aguantarla por entero para vivir los momentos interesantes si eres el protagonista.

*

Leer a Giordano despierta una elucubración con posible fundamento: uno de los problemas de la crítica cultural es la interrupción constante del análisis a causa de la amistad o la camaradería. De lo que resulta que el crítico ideal es una persona formada y brillante carente de amigos, conocidos o enemigos en el campo literario. Tiendo a pensar que tal espécimen no existe, porque el extraneus, con su primera reseña, ya gana un amigo o un enemigo, y ustedes deben conformarse con los escombros; es decir, con nosotros.

*

“Un periodista italiano [...] de visita en París, a mediados de los años cincuenta, tenía la intención de entrevistar al famoso novelista, pero no pudo hacerlo. [...] Al fin una confidencia de uno de los íntimos le dio la clave de tantas reticencias: Julien Green era ‘un esclavo de su Diario’. Es decir: no quería verlo porque después tendría que relatar el encuentro en su Diario, y ése un trabajo por el cual, a diferencia de su interlocutor, nadie le pagaría. En su afán de sinceridad de sinceridad, y de no dejar nada fuera del registro escrito, Green había llegado al punto de cuidarse de tener experiencias nuevas si no estaba seguro de antemano de que no iba a tener problemas para escribir sobre ellas”; César Aira, Las tres fechas; Beatriz Viterbo Editora, Rosario, 2001, pp. 80-81.

*

Lo único imperdonable de El tiempo de la improvisación es que Giordano confiese en cierto apunte que le encanta una canción de La oreja de van Gogh.

Hasta ahí podíamos llegar.

*

Supongo que alguno de los muchos estudiosos del diario habrá apreciado lo que podríamos denominar la ley de rendimientos crecientes del género. No he leído miles de diarios, pero me ha parecido apreciar que los diaristas dan sus primeros pasos en el camino de forma sintética, espigando lo mejor, y luego sus pequeños volúmenes van engordando el número de páginas, sobre todo cuando ya tienen claro que van a publicarse en libro. El tiempo de la convalecencia tiene 134 páginas, y El tiempo de la improvisación, pese a abarcar apenas seis meses más de cronología vital, llega hasta las 332.

Las causas de esta ontología crecientemente desatada se me escapan, por no ser especialista, pero imagino que una de las claves puede ser el autoposado. Saco la expresión de una anécdota que alguien me contó de los diarios de Trapiello. Según mi interlocutor, que supongo veraz, Trapiello malignamente retrataba a un por entonces joven poeta español que intentaba ser ingenioso a toda costa en su presencia; Trapiello sugería que el vate estaba posando para su diario, para salir favorecido en él.

De acuerdo, pero también sería necesario hablar del diarista que posa para sus propios diarios, que deja de vivir en primera persona para desarrollar una existencia adecuada para aparecer favorecedoramente en su diario, aunque no carezca de autocrítica. De hecho, si de cuando en cuando no se perpetrara autolesiones, ¿cómo podría un diario ser favorable?

Pensar en la performance continua del diarista, su permanente acción (acción de acciones) artística, materializada en la documentación posterior de la vida literaria. El diario como catálogo de una exposición, de la autoexposición.

*

Poses.

1) “Y ¡ojo con caer en el diario! El hombre que da en llevar un diario -como Amiel- se hace el hombre del diario, vive para él. Ya no apunta en su diario lo que a diario piensa, sino que lo piensa para apuntarlo.”; Miguel de Unamuno, Cómo se hace una novela; ed. Teresa Gómez Trueba, Cátedra, 2009, p. 185.

2) Mariano Peyrou:

 

-Yo no puedo librarme de la sensación de estar posando.

-¿Cómo posando?

-El otro día encontré mi diario de cuando tenía quince años. Estaba en el trastero, buscando otra cosa, y apareció ahí. En realidad son varios, cuatro o cinco. Luego lo estuve leyendo y me pareció terrible.

-¿Por?

-No sé, es totalmente falso. Es eso de la pose que te decía. [...] No sé cómo explicarlo, Pola, pero sé que nunca he posado tanto como en mi diario. Y mira que he posado. Y posar en un diario, en el diario íntimo, es especialmente patético.[5]

3) “Pienso que éste es el peligro de llevar un diario: se exagera todo, uno está al acecho, forzando continuamente la verdad.”; Jean-Paul Sartre, La náusea; traducción de Aurora Bernárdez, Unidad Editorial, 1999, p. 15.

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El 18 de junio publico esto en Twitter, directamente sacado de la página 74 de El tiempo de la convalecencia:

 


Pero ahora, en El tiempo de la improvisación me encuentro lo siguiente: "releyendo los Diarios de Ángel Rama, encontré citada esta máxima de Carlos Real de Azúa: 'La crítica también es el arte de saber cambiar de tema’" (p. 188). ¿Rama? ¿José Pedro Díaz? ¿Carlos Real de Azúa?

Empiezo a pensar que la frase es del propio Giordano, que en cada nuevo texto se la va atribuyendo azarosamente a un autor distinto.

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El frecuente y agudo sentido del humor de Giordano me recuerda aquello que escribió Piglia: “El diario, sin duda, es un género cómico” (Crítica y ficción; Anagrama, 2001, p. 91). Pero su género, quizá el de toda expansión intimista, es más bien la tragicomedia. Y ese es su más claro y directo anclaje con la experiencia vital.

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Giordano me escribió diciéndome que tenía interés en que leyese El tiempo de la improvisación. Supuse que era por mi condición de crítico. Sin embargo, leyendo algunos pasajes, me surgió una intuición oscura: “¿Y si Giordano quiere que lo lea para que aprenda? Ignoro si esa era la razón, pero lo cierto es que he aprendido.

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Quienes escriben dan a sus herramientas de publicación funciones muy distintas. Mientras Giordano es consciente de practicar en Facebook primero y sus libros después el “intimismo espectacular” (improvisación, p. 64), en la línea de la extimidad de Foucault y Paula Sibilia, Tomás Sánchez Santiago utiliza la web de El Cuaderno para irradiar un diarismo a la antigua usanza, por completo autista frente a su condición de work in progress cibernética realizada en tiempo real ante un indeterminado número de personas. El tratamiento de alguna de sus esquirlas no es muy distinto del que reciben sus poemas editados en libro.

Giordano sabe que “El diario íntimo constituye la quintaesencia de la literatura autobiográfica, su manifestación más genuina y consustancial, aquella que permite —por la inmediatez de la escritura— una mayor espontaneidad en la exteriorización del yo” (Anna Caballé[6]), y que, por lo tanto, es normal en él una calculada ligereza, nunca superficial ni despojada.

Sánchez Santiago escribe su diario como si cada anotación fuera a esculpirse en piedra; hasta su relato de sucesos cotidianos o encuentros casuales se encarna en un estilo inmemorial. No se busca la comunicación, como apuntaba Hans Rudolf Picard, sino la literatura de antes, una especie de clasicidad.

Giordano utiliza un presente que mira hacia el futuro, en un estiramiento anacrónico que se explicita a veces, como cuando piensa en su hija leyendo El tiempo de la convalecencia cuando él ya no viva. Sus posts en Facebook saben que acabarán en libro, y esos libros en relecturas, movidas por el afecto personal o el rigor académico.

Sánchez Santiago, en cambio, nos escribe siempre desde un presente que sucedió en el pasado.

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Gracias a Giordano descubro una dimensión del diario en la que no había reparado: la de la escritura íntima como “cuidado de sí” (improvisación, p. 155), expresado por Rodolfo Rabanal de este modo: “escribo para mi bien” (citado en convalecencia, 111). Luego, en mis notas de lectura, descubro que María Moreno ya nos lo había contado en su momento: “Las autobiografías, según Alberto Giordano, son ‘ejercicios espirituales laicos y cuidado de sí bajo la forma autobiografía’”[7]. El ordenador como suplemento de la memoria.

Es decir, con palabras de Jacques Derrida, el diario puede ser parte de un movimiento inmunitario, un movimiento de salvación, de salvamento y de redención”[8], que corre el riesgo de volverse auto-inmunitario. Pero qué duda cabe de que, mantenido dentro de unos límites, su ejercicio debe ayudar, y a Giordano parece haberle ayudado.

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Otra de las felicidades de Giordano es su habilidad para acuñar sentencias fulminantes en el núcleo de párrafos digresivos: “Cuando la alientan mandatos superyoicos, la crueldad de la imaginación se vuelve exuberante” (improvisación, p. 189).

A ratos pienso que la puntual dureza de Giordano puede ser un mecanismo para esconder su radical necesidad de sentirse necesitado —esto se advierte en pequeños detalles reveladores, como cuando atesora una reseña de El tiempo de la convalecencia porque el reseñista la define como “querible”—. No sé si detrás de un crítico se agazapa una persona vulnerable, que lucha por no parecerlo analizando con fiereza las capas de mentira discursiva de las demás.

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Supongo que alguien habrá formulado la analogía con anterioridad, pero el diario íntimo puede ser una variante de aquellos antiguos palacios de la memoria que compartimentaban un edificio imaginario para rememorar mejor un discurso, una suma de conocimientos o un relato de hechos. También, como allí, sucede la asociación entre el concepto y el cuerpo, porque el texto siempre es un exocuerpo, una prolongación de la sensibilidad por otros medios. Al modo de las antiguas técnicas mnemotécnicas descritas por Frances A. Yates, el diario no es una forma de olvidar sistemáticamente, sino de saber dónde se puede ir a buscar algo más o menos real que debió de suceder en el pasado, si es que uno necesita reencontrarlo.

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Cuando me quedaban tres o cuatro páginas para acabar El tiempo de la improvisación interrumpí la lectura. No quería rematarlas. Me defendía de este sentimiento que sabía inminente: el de terminar los diarios de Giordano y acusar la ausencia fulminante de un nuevo amigo que, durante un tiempo cuya duración hay que medir en intensidad y no en días, ha llenado de inteligencia, humor y rabiosa humanidad tus escasos tiempos libres.

Mi analista interior me dice que debo seguir, que ya no necesito a Giordano. Y yo me digo que sí, que acaso será verdad, pero seguir… ¿cómo?

 

 

 [Relación con el autor reseñado: ninguna. Relación con las editoriales: ninguna]



[1] Rosa Martínez, “Buscando otros lugares: el arte como asistencia social”, Archipiélago, 2000, n.º 41.

[2] Jordi Gracia. Hijos de la razón. Contraluces de la libertad en las letras españolas de la democracia; Edhasa, Barcelona, 2001, p. 151.

[3] Walter J. Ong, Oralidad y escritura. Tecnologías de la palabra; Fondo de Cultura Económica, México D.F., 1999, p. 103.

[4] Si se desea tener una introducción teórica al género del diario, es más que recomendable leer este excelente artículo de Álvaro Luque Amo: “El diario personal en la literatura: teoría del diario literario”; Castilla: Estudios de Literatura, 7, 2016, pp. 273-306.

[5] Mariano Peyrou, De los otros; Sexto Piso, Madrid, 2016, pp. 38-39.

[6] Anna Caballé, Narcisos de tinta. Ensayo sobre la literatura autobiográfica en lengua castellana (siglo XIX y XX); Megazul, Málaga, 1995, p. 51.

[7] María Moreno, Subrayados. Leer hasta que la muerte nos separe; Mardulce, Buenos Aires, 2013, p. 33.

[8] Jacques Derrida, El animal que luego estoy  si(gui)endo; Trotta, Madrid, 2000, p. 64.