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lunes, 26 de octubre de 2009

Bosones y versos


Parece ser que en diciembre se retoma uno de los proyectos científicos que más me ha interesado en los últimos años, el Large Hadron Collider del CERN de Ginebra, que también aparece mencionado en textos de Javier Moreno o Agustín Fernández Mallo. Es un viaje al fondo de la materia, tan radical que hay científicos como Holger Bech Nielsen o Masao Ninomiya que han publicado artículos advirtiendo de que el proceso tomado para la búsqueda del Bosón de Higgs es tan aberrante que puede producir que se retroceda en el tiempo y que el colisionador de partículas no llegue nunca a producir el choque. Hay mucha información sobre esto en Internet, para posibles interesados. El caso es que la noticia de que se retoma (para bien o para mal) el experimento me recordó que aludí a él en la presentación de Tiempo que hice en Palma de Mallorca el mes pasado. Como algunas personas allí presentes me dijeron que podía ser interesante colgar aquí el texto que preparé para la ocasión, aquí lo dejo. Disculpen si puntualmente es un poco, o demasiado, personal, pero los libros son algo muy personal para sus autores.


Presentación de Tiempo

“En cualquier desierto hay dos caminos: uno lleva a la estética y otro a la moral”, escribía hace poco Manuel Vicent
[1]. Yo no estoy muy de acuerdo con esto. Para mí la palabra estética, que tiene dentro de sí la palabra ética, si se fijan, es un conjunto plural de elementos que no pueden vivir los unos sin los otros. Por eso en mi visión del desierto no hay dos caminos. Tampoco hay un camino. Un desierto es un desierto precisamente porque no hay caminos, cuando los hay es un parque natural, o una reserva. Un desierto es otra cosa.

A mí el desierto me llamó desde muy pronto. Mucho antes de ir por primera vez a uno de verdad. Durante lustros alimentaba en mí la pasión de lo desértico sin entender muy bien por qué me llegaba. Creo que caí fascinado por Borges porque él también estaba fascinado con el tema, y sus relatos y poemas están plagados de arena. Había varias cosas, supongo, en mi obsesión, y muchas las he descubierto con este poemario. Otras las fui entendiendo antes. Por ejemplo, el poder de la arena como metáfora. Para Eva Lootz, una artista a cuya sensibilidad me siento muy próximo, “arena es el nombre de lo que continuamente se deshace. (…) Arena es cuanto está expuesto a las corrientes y a la caída, es lo que se encuentra tan suelto de sí que obedece a las fuerzas ajenas: arrastre, magnetismo y gravedad. Partículas erráticas donde la ley de la cohesión ha desaparecido... Arena es la incesante ramificación de las líneas simples, la permanente distracción que aleja de toda meta, la inevitable proliferación de desvíos y bifurcaciones, el resquebrajamiento de los conductos, la aparición de derrames en los sistemas”
[2]. Ahí, al final, aparece el mayor punto de engarce con mi preocupación. Para mí la arena siempre ha sido la pura imagen del caos. De la entropía. Porque la arena es lo terminal, donde acaba todo lo sólido. Otro artista, Giusepe Penone, lo ha explicado bien, así que yo no lo estropearé diciéndolo mal: “para mí, todos los elementos son fluidos. Incluso la piedra es fluida: una montaña se desmorona, se convierte en arena. Sólo es cuestión de tiempo. Es la corta duración de nuestra existencia la que hace que llamemos ‘duro’ o ‘blando’ a éste u otro material. El tiempo echa a perder esos criterios”[3].

Tiempo habla de muchas cosas. Un libro escrito durante seis años, que además fueron para mí especialmente complicados, acaba siendo una summa de temas, preocupaciones, líneas de investigación intelectual, sentimientos y afectividad. Desde que lo comencé hasta este momento se han producido muchos cambios en mi vida, algunos dramáticos. Todo eso, muy oculto, laminado, hecho arena, está en este poemario. Todo ese tiempo está ahí, en las partes en blanco, disuelto entre las dudas, quiero decir entre las dunas.

Sí, todo acaba en la arena. Pero decíamos antes que la arena es la imagen del caos, de modo que también, en cierta forma, todo empieza en la arena. Se supone que el primer animal que respiró en toda la historia del Cosmos lo hizo en una playa de este planeta. Eso fue hace 438 millones de años. Nadie piensa en este tipo de cosas, pero a mí no me dejaba dormir cuál fue el primer animal que inhaló oxígeno, que abrió sus poros (pues no tenía pulmones ni branquias), recibió el alimento del aire y pensó vaya, parece que sobrevivo. Ese animal que salió del mar del Período Silúrico y respiró por primera vez lo hizo sobre la arena. De aquél pequeño animal vino el modo de relacionarnos con la atmósfera que tenemos ahora mismo. A mí suelen preocuparme las cosas que no le interesan a nadie, en las que nadie piensa, pero que me parecen fundamentales. Por ejemplo, ¿qué animal fue aquel? ¿Alguien lo sabe? Uy, les va a encantar la imagen. No se lo van a creer. La entropía se reserva estos chistes para contárselos en el duro invierno de la antimateria, cuando se instala más allá de los agujeros negros. El primer animal con respiración aérea fue una pequeña variedad del escorpión. Ahora se entiende todo mejor, ¿verdad?

Tiempo habla mucho sobre otra preocupación que desde niño que atosiga y me deja sin dormir por las noches. El origen y sentido último de la materia. ¿Saben? Yo iba para científico. Horribles profesores de matemáticas me lo impidieron. Hicieron que las aborreciera. Pero yo hubiera sido un científico decente. Mi inclinación a la ciencia se debe a que me horroriza la incertidumbre. Hace unos días me escandalizaba cuando leía en un libro de César Aira: “lo sé ciegamente, por entero, sin fallas, como la materia se sabe sus átomos”
[4]. Ay, don César, cómo puede usted decir eso. La materia ignora por completo su composición. La mayoría de las personas, por ejemplo, cree que está compuesta de células, lo que sólo es una aproximación interesada. Las células evocan algo vivo, y por eso la gente sonríe pensando en su identidad de compuestos celulares. Bueno, supongo que ustedes piensan a veces en eso, en qué son, más allá de si son hombre o mujer; porque lo que son es aquello que les forma, no aquello que les preocupa. Yo llegué un día del colegio lleno de alegría, gritándole a mi madre que era un organismo multicelular. Mi madre me miró sin comprenderme. Esa es la imagen de mi vida, creo: lo que a mí me preocupa deja a los demás indiferentes. Termino con esto: señores, ustedes no son células. Ustedes son fermiones y bosones ordenados. Estas partículas forman los átomos de carbono, oxígeno, silicio, hidrógeno, calcio, nitrógeno y fósforo que les componen en un 98’5; el resto son trazas de hierro y yodo, y minúsculas cantidades de hierro, sodio, magnesio y otros minerales. Sí, todo eso se organiza luego en células, de acuerdo. Si son más felices pensándolo así, bien, por mí perfecto. Pero no olviden que ustedes son químicamente más parecidos al desierto que a una gota de agua. Les dijeron en la escuela, como a mí, que somos un setenta por ciento de agua, ¿verdad? Otra verdad interesada. El agua es un concepto hermoso, cálido, da la vida, refresca, alivia la sed. En realidad, señores, ustedes sólo comparten dos elementos con el agua, pero casi diez con los átomos que componen el Sáhara. ¿Se emparejarían ustedes con una persona con la que comparten dos cosas en común o con otra con la que comparten esas dos mismas cosas, y otras ocho más? No se engañen, ustedes serían felices con el desierto, en el desierto, como yo lo fui. Noté que mi composición orgánica estaba en su elemento. En cierta forma, estaba en casa. Yo era otro animal de respiración aérea que llegaba a la arena, insuflaba aire y se sentía muy vivo. Vivo como pocas veces me he sentido. Es una cuestión de partículas. Era un modo de canalizar mi obsesión por los elementos subatómicos. Llevo años durmiendo mal porque no termina de despejarse la incógnita del bosón de Higgs. Estoy a punto de hacer una colecta para que se terminen los problemas económicos y de otro tipo que han paralizado las pruebas del CERN, el Laboratorio Europeo de Física de Partículas, para llegar hasta el final en este tema. Desde niño me han fascinado los átomos y sus complicadas proposiciones teóricas. Y esta preocupación por las partículas subatómicas responde a una metafísica precisa, a una pregunta por el origen cabal de la realidad. Las partículas son lo incuestionable. A eso creo que se refiere el filósofo Víctor Gómez Pin cuando dice que “el electrón representa una suerte de reencuentro con lo sustancial”[5]. Aquí lo sustancial debe ser entendido en su anfibología, en su polisemia. Es la sustancia como materia, pero también lo sustancial en el sentido de lo importante, de lo fundamental. Me causa una tremenda tranquilidad saber que soy el resultado azaroso de un proceso subatómico, una explosión nuclear en miniatura, una implosión. Eso me hace entender mi combustión interna, mi inestabilidad, la radiación y el calor desprendidos inútilmente durante todos estos años. Para mí cada libro es una terapia, y Tiempo es una terapia química cuya causa original, disculpen el autoanálisis, pudo ser la quimioterapia de mi padre. Porque la muerte del padre, como ya dijo Lacan, nos deja solos ante el tiempo, nos coloca en la terrible lista de los siguientes aguardando turno ante la muerte. Ahí se sale del paraíso de la juventud y se entra en el desierto de la madurez. Tiempo habla un poco de todas estas cosas. Quizá las preguntas no les interesen, espero que al menos las respuestas sean de su agrado.
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Notas
[1] M. Vicent, “Sáhara”, El País, 17/05/2009, contraportada.
[2] Eva Lootz, en Arena Internacional del Arte, nº 0, enero 1989, p. 94. Citado en Mª Carmen África Vidal, “Y… ¿Después de la postmodernidad? La escritura femenina”; en Rosa María Rodríguez Magda y Mª. Carmen África Vidal (eds.), Y después del postmodernismo, ¿qué?; Anthropos, Barcelona, 1998, p. 260.
[3] Giuseppe Penone, citado en G. Didi-Huberman, Ser cráneo. Lugar, contacto, pensamiento, escultura; Cuatro Ediciones, Valladolid, 2009, p. 53
[4] C. Aira, Diario de la hepatitis; Bajo la Luna, Buenos Aires, 2007, p. 20.
[5] V. Gómez Pin, Filosofía. Interrogaciones que a todos conciernen; Espasa, Madrid, 2008, p. 84.

viernes, 18 de septiembre de 2009

Tiempo / 3




Notas para un poemario con imágenes

1. Sí, ya no puedo escapar de la imagen. En realidad, me di cuenta de que llevaba años engañándome al hacerlo (escapar). La poesía es para mí imágenes en ambos sentidos, imágenes verbales en el sentido romántico, e imágenes pixeladas en el sentido contemporáneo. ¿Por qué? Por esto, escrito en 1818: "La poesía también es puramente humana, ya que todos sus materiales proceden de la mente y todos sus productos están dirigidos a la mente"; S. T. Colerigde, Sobre la poesía o el arte (Ellago, Castellón, 2002, p. 68). Cuando de la mente vienen elementos verbales, sonoros, y elementos visuales, y el autor -estoy hablando para mí, sólo en lo que a mí respecta- deja fuera una de las dos cosas, el resultado no es poesía, es castración. La operación mental en que la poesía consiste debería nutrirse de las dos cosas, si ambas han venido al poeta soldadas y de forma natural e indistinguible.

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Nuestra imagen del tiempo hoy es casi más visual que sonora. Los ritmos que estratifican nuestro cerebro no son ya, como en el XIX, los de los días y las noches, los del canto matutino del gallo, el rumor de los ríos o de las hojas de árboles estacionales. El estruendo del tráfico no nos permite oír ya las campanas de las iglesias ni los gritos de los muecines. Los nuestros son los ritmos de la ciudad en movimiento, los de las imágenes en la televisión, los de los semáforos, los de los anuncios interrumpiendo las películas cada 11 minutos. Esos son nuestros ritmos, salvo para quienes vivan en aldeas o zonas rurales. Esos ritmos constituyen nuestro tiempo y por tanto la imagen poética nace contaminada de la otra -sigo hablando para mí, intento explicarme, no generalizo-. En realidad son indistinguibles. Ojo a esto: “Prosa es toda representación de conceptos; poesía, en cambio, es imagen pura, acecho de la palabra desde la zona de nuestra mente no contaminada aún de verbalidad” [Eugenio Montejo, El cuaderno de Blas Coll; Pre-Textos, 2007, p. 44]. No sé si Montejo se quedó corto, voy más allá, creo que nacen ambas -al menos en mi caso, el único del que estoy hablando- contaminadas una de la otra, o nosotros contaminados de ambas a la la vez, originalmente.

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La parcial insuficiencia de la palabra (y de la imagen) para reproducir cuanto transcurre en la mente de un poeta no es algo nuevo; en realidad lleva tiempo latiendo tras el imaginario creativo occidental y oriental. “Algunas propuestas artísticas de la modernidad supusieron ya una llamada de atención sobre las carencias, limitaciones y posibilidades del lenguaje verbal, que se muestra incapaz de garantizar la certeza y la validez de las imágenes y los significados transmitidos” [Alfredo Saldaña, No todo es superficie. Poesía española y posmodernidad; Universidad de Valladolid, Servicio de Publicaciones, Valladolid, 2009, p. 105]. Y podríamos retrotraernos al qué corto es el decir dantesco, con su vasta tradición posterior. No hará falta. Sólo intento decir que me siento próximo a muchos poetas y narradores, de diversas épocas, que incluyeron imágenes en sus textos o junto a sus textos, por unos motivos u otros: los poetas japoneses y chinos clásicos, los caligramistas barrocos y renacentistas, Lawrence Sterne, Kafka, Apollinaire, Mallarmé, Joyce, los vanguardistas latinoamericanos, Juan Eduardo Cirlot, Louis Zukofsky, los narradores posmodernistas estadounidenses, alguno de sus sucesores como Dave Eggers, Mark Danielevski, J. Safran Foer o Douglas Coupland, los poetas visuales, y otros nombres como Christophe Hanna, Mario Bellatin, W. G. Sebald, César Aira, Carlos Labbé, Dan Graham, José-Miguel Ullán, Javier Fernández, Agustín Fernández Mallo y un largo etcétera. Aclaro y añado que entiendo también por "imagen" la disposición visual significativa de los versos, lo que llamaba Manuel Álvarez Ortega en Intratexto "el código ideográfico de las tensiones de un poeta". Esa imagen que se construye con la palabra, sintetizando a la perfección las dos necesidades del poeta para reconstruir la experiencia que vislumbra en su mente. No hablo de caligramas, que sería imitar con la escritura la forma del objeto descrito, sino de una sintaxis visual del poema o del texto que exprese su sincopación, su fractura, su solidez o debilidad, su ritmo exento, su fragmentariariedad, su oclusión, su derramamiento o concentración extremos.

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“por suprematismo entiendo la supremacía de la sensibilidad pura en las artes figurativas (...) ya no hay «imágenes de la realidad», ya no hay representaciones ideales; ¡no queda más que un desierto! Pero ese desierto está lleno del espíritu de la sensibilidad no-objetiva, que todo lo penetra”, Malévich, Manifiesto del suprematismo, 1915.

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No se trata de volver ahora al debate que plantease Slovsky, quien contradecía en El arte como mecanismo (1916) tesis anteriores de Belinski y Potebnia, para quienes “el arte es el pensamiento en imágenes[1] (una idea que está reformulando ahora José Luis Molinuevo desde diversos frentes[2]). Slovsky atacaba el simbolismo y apelaba a que el propósito de la poesía no es la economía verbal. Hum, mucho habría que hablar al respecto. La economía de Celan o Valente es decir lo mínimo significante para decir lo absoluto; la economía de Neruda o Whitman -no menos valiosa- para buscar el mismo fin era justo la contraria. Beckett se explicaba mediante una economía del no decir. Pero no quiero salirme del tema; en cuestiones de palabra e imagen, lo que me interesan son las intersecciones, porque las secciones también caminan siempre próximas a la castración. Toda separación tajante implica un tajo, y a mí me interesan los atajos. Al unir imagen y palabra, al hacer visión sonora o pensamiento en imágenes lo único que me propongo es dejar brotar mi deseo tal y como se manifiesta en mi interior. Es un intento de eliminar la represión. De no censurar ni castrar mi proceso creativo.

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El tiempo no puede construirse -sigo cercando mis ideas, no generalizo para los demás-, o no puedo construirlo, sin esa referencia a lo visual. También lo sentía así Marcel Broodthaers, para quien “un segundo de eternidad tiene un doble sentido. En primer lugar representa el tiempo cinematográfico. Pero también representa el sentido y el sinsentido del choque entre dos lenguajes: el de las palabras y el del cine. O, todavía mejor, el de la relación entre la imagen estática y la imagen movimiento[3]. Frente a la antigua idea de Machado -valiosísima para su época- de la poesía como palabra en el tiempo, la tensión entre la imagen como "ojo de la historia" de Didi-Huberman (Imágenes pese a todo; Paidós, 2004) y la imagen-movimiento de Broodthaers me parece lo constitutivamente poético actual. Es una imagen dialéctica, diacrónica, dialogante. En otro libro, Didi-Huberman explica genialmente el montaje a partir de la idea de dis-poner, de poner de otra forma, de desordenar las imágenes de forma significativa para que puedan ser mejor entendidas [Cuando las imágenes toman posición; Antonio Machado Libros, Madrid, 2008, pp. 104ss]. ¿Y si pensáramos en la poesía como el modo de ordenar / desordenar las imágenes -visuales y verbales- del pensamiento interior y/o del inconsciente? En este sentido, ya no estaríamos ante un acto que refleje el aparecer del acto creador (en la línea de Heidegger, Valente, Gadamer, Hugo Mújica y cierto Derrida[4]), sino algo quizá tan o más interesante: la poesía como un acto de acontecer, como el lugar donde el discurso no sólo toma cuerpo y tiempo sino donde se convierte en una reflexión sobre su modo temporal de aparición y sobre su condición de relato en marcha.

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Cortázar decía que su pensamiento era para él como una película. No elaboraba abstracciones, sólo veía un filme.

Mi poesía es el intento de reconstruir las imágenes, reproducir las palabras y repetir el metraje de esa película inconsciente que veo cuando estoy creando, en un des/orden que el lector pueda comprender.

Una operación de montaje.

Por ese motivo, Tiempo ni es un libro de poemas, ni es un poema único. Es otra cosa. El hilo de un pensamiento captado en el momento en que acontece.

Esta poesía ya no se lee, se visualiza.

Como una película.

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Bueno, Tiempo (Pre-Textos) es un poco todo eso, y algunas cosas más. Y es barato, mírenlo por ese lado.


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Notas
[1] David W. Fokkema y Elrud Ibsch, Teorías de la literatura del siglo XX; Cátedra, Madrid, 1981, p. 33.

[2] “El romanticismo acude a otras formas de expresarse bien distintas a las del pensamiento reflexivo que se estrella con la contradicción. Pero sin renunciar al pensamiento. Muy al contrario, lo que busca es un pensamiento en imágenes. El romanticismo es eminentemente visual y por ello caracteriza nuestra época de rasgos tecnorrománticos.”; José Luis Molinuevo, Magnífica miseria. Dialéctica del Romanticismo; CENDEAC, Murcia, 2009, p. 18. Slovsky, en cambio, reniega de esa asociación necesaria entre poesía e imagen, y ataca a la tradición crítica del simbolismo.

[3] Marcel Broodthaers, sobre su película Un segundo de eternidad (1971); citado en José Luis Brea, La Era Postmedia (2002); edición digital, accesible en http://www.laerapostmedia.net/, p. 10.

[4] “Desde luego, esta inscripción siempre puede ser una figura o una forma (Bild) del propio poema que se produce al decir, en cierto modo de manera autodeíctica y performativa, su firma o su secreto sellado”; Jacques Derrida, Carneros. El diálogo ininterrumpido: entre dos infinitos, el poema; Amorrortu, Buenos Aires, 2009, p. 57. Más adelante (p. 70) apela el pensador francés a la posibilidad de anudar el radical anonadamiento de la realidad fenoménica (según la visión husserliana de la epojé) a la aparición del poema. Traduciendo a román paladino el difícil discurso del francés, a su juicio, en la experiencia de la (buena) poesía, el mundo desaparece para que aparezca el poema.

miércoles, 16 de septiembre de 2009

Tiempo / 2





















martes, 15 de septiembre de 2009

Tiempo / 1


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