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miércoles, 18 de abril de 2018

Las formas de las formas





Juan José Rastrollo, Berlín-Barcelona Kabarett; Salto de Página, Madrid, 2018.

Este libro, que cita, homenajea o alude a multitud de obras literarias, tiende puentes hacia dos en concreto; una, de forma explícita, es El cuaderno gris (1966) de Josep Pla, de quien utiliza la idea del diario de un joven catalán que aspira a ser escritor (p. 15), mostrando el conflicto entre sus aspiraciones y sus circunstancias (en el caso de Delfín, el protagonista de Berlín-Barcelona Kabarett, ese conflicto se torna también cernudiano, entre la realidad y el deseo). La segunda obra con la que se puede comparar —ignoro si Rastrollo la ha leído, no es fácil conseguirla en España—, es la novela del argentino Luis Chitarroni, Peripecias del no. Diario de una novela inconclusa (2007), un título de culto que propone los fragmentos de preparación de una novela como narración en sí, como obra finita a través de su (in)finitud. La inconclusión como metáfora del acto de escritura, como símbolo de la imposibilidad de alcanzar la obra perfecta y, también y por supuesto, como consideración de la vida como material demasiado pequeño para lo que el arte se propone mediante su ambición totalizadora de vivencias personales junto a experiencias sociales, culturales y teóricas. Un arte de estratos —idea también presente en la novela de Rastrollo— en que lo biográfico conforma sólo una de las capas de la ecuación.

Berlín-Barcelona Kabarett comienza algo ingenuamente, con un proemio que nos recuerda a tantas novelas amparadas en la manida técnica del manuscrito encontrado, pero remonta poco a poco el vuelo gracias a la finura con la que la hibridez genérica articula la trama, al aunar las posibilidades del diario, el fragmento, la narración epistolar, el aforismo (pp. 84-85), las memorias, el ensayo novelado, y un etcétera de formas que acaban siendo voces: surge una polifonía discursiva donde los esquejes autoriales, los quiebros de sintaxis narrativa, las fugas y ritornelos son tan protagonistas como Delfín, Úrsula, Gavril, Norberto y demás personajes de la obra.

En el tejado del “debe” se asolean la excesiva autoconciencia de la novela (véanse páginas 109 o 145-148), algunos anacronismos (como emplear términos como autoficción o campos de concentración en 1935), o las acotaciones del narrador, que, si a veces añaden dinamismo, otras (p. 79) pesan sobre la lectura. También pueden resultar molestas las analogías políticas de Delfín, a veces libertino y a veces carcamal. Pero los expuestos son reparos achacables a casi cualquier primera novela, y no olvidemos que ésta es la obra de debut de Rastrollo, prometedora y de solvente complejidad, que nos hace esperar más y más cuajados frutos en poco tiempo. Aprovecho para felicitar a Pablo Mazo, que se ha despedido con este libro, creo, de su feraz y exitosa andadura al frente de Salto de Página. Ojalá la editorial siga con el mismo arrojo que Mazo le impulsó, y persevere con más obras de ficción ambiciosa.


 


Jeffrey Jang, Un acuario; La Garúa, Santa Coloma de Gramenet, 2018, traducción de Jordi Doce.


A partir de la descripción de más de 50 especies marinas, que le sirven de pretexto, el poeta estadounidense de origen chino Jeffrey Yang habla del dolor, de la poesía, de la violencia, de nosotros, de bombas nucleares, de las citas en otras lenguas, de las lenguas en otras citas. Es natural que el libro aparezca con un epígrafe de Eliot Weinberger, porque algunos de estos poemas recuerdan a los ensayos de éste: eruditos, inteligentes, bien trazados, capaces de asociaciones sorprendentes. Aunque algunas piezas, como “Quincuncial”, son exhibicionistas, otros poemas son joyas de concisión y contención, donde la anécdota marina se anuda virtuosamente a la lección o motivo del poema, como en “Hipocampo” o “Medusa”.






Yang es hábil en las referencias culturales, fino en las políticas y prodigioso en las sutilezas de observación. Poemas como “Langosta”, “Estrella de mar” o “Pulpo” son para estudiar despacio, tanto en lo temático como en lo compositivo. El último poema, “Zooxantelas”, es abrumador, brutal, sin concesiones, y parece brindar una perspectiva tan polémica como interesante: algunos temas son tan poderosos en sí que pueden arrastrar con su forma propia al marco discursivo con el que intentamos atraparlos.




Manuel Alberca, La máscara o la vida. De la autoficción a la antificción. Málaga: Pálido Fuego, 2017, 354 páginas.

Es casi imposible leer cualquiera de los numerosos artículos y dossiers que aparecen anualmente sobre autoficción española o hispanoamericana sin encontrar dos nombres: Philippe Lejeune y Manuel Alberca. El primero es un claro referente mundial sobre los estudios autobiográficos —Alberca lo menciona ya en la cuarta página de La máscara y la vida—, y el propio Alberca se ha convertido en una referencia, gracias sobre todo a su seminal monografía El pacto ambiguo (2007), insoslayable para quienes hemos estudiado la escritura del yo sobre esa delgada línea entre la realidad y la ficción. Una línea, la autoficcional, que sigue llenando todavía estantes de novedades de librerías, con desigual éxito y no siempre buena literatura.

La máscara o la vida puede leerse, en cierta forma, como la descripción de un cambio de aires en las investigaciones de Alberca, fruto del mismo cansancio (”me cansa ya la autoficción”, p. 306) que nos sacude a los lectores de narrativa española contemporánea, saturados de ejercicios literariamente escolares de narcisismo disfrazado de autoexamen, olvidando que el propósito del subgénero nominado —que no inventado— por Doubrovsky en 1977 era huir del yo del escritor para llegar a otra parte, en vez de hacer, como es costumbre en nuestros días, el camino inverso. Aunque en algún trabajo anterior (“Finjo ergo Bremen”, 2010), Alberca ya había mostrado cierto desapego ante la moda autoficcional, en este volumen magníficamente editado por Pálido Fuego no hace declaraciones, sino gestos claros, al aparcar la autoficción y centrarse en la autobiografía y la antificción, concepto este último tomado de Lejeune, desde el que han leído parte de nuestra literatura última tanto Alberca como la profesora Anna Caballé. Caballé, en un artículo (“Malestar y autobiografía”, Cuadernos Hispanoamericanos, n.º 745-746, julio-agosto 2012, pp. 143-153) explicaba una nueva tendencia del realismo en la literatura a través de esta vertiente no ficticia, examinando tres libros: No ficción (2008), de Vicente Verdú; Turismo interior (2010), de Marcos Ordóñez, y Paseos con mi madre (2011), de Javier Pérez Andújar. Mientras que Caballé parte de algunas teorías neurocientíficas actuales y estudia la relación del yo con el cuerpo de un modo diferente al tradicional, Alberca se centra en La máscara o la vida los procedimientos de la representación, en las elocuciones y disposiciones textuales que mueven a muchos escritores actuales (él cita a Luis G. Martín, Vicente Verdú o Marta Sanz, entre otros) a emplear estos mecanismos de enmascaramiento que “han hecho una bandera de la no invención, han renunciado a ella para hacer un relato veraz de la vida. A diferencia de las autoficciones, no buscan mezclar lo vivido con lo inventado ni parecen relatos reales, lo son” (p. 337). En resumen, para Alberca la autoficción es la forma adolescente que eligió la autobiografía para reinventarse en los años 90, y las antificciones son la primera forma madura y original de la autobiografía en este siglo XXI.

Alberca no sólo es un fino teórico, también es historiador de la literatura española, como muestra su muy difundida biografía de Valle La espada y la palabra. Vida de Valle-Inclán (2015), que se alzó con el premio Comillas de biografía. Esa vertiente de historiógrafo deja también su huella en La máscara o la vida, a través del estudio de autobiografías y memorias en dos épocas clave de nuestra historia: la crisis finisecular y la posguerra. Su conocimiento del corpus de libros y la arquitectura conceptual bien fijada con que lo aborda no podían más que conducir al acierto, evitando caer en la peligrosa falacia biográfica —intento de explicar la vida de los autores por el argumento de sus obras— gracias a una cuidadosa comparación textual, como cuando demuestra que el relato de Azorín “Fragmentos de un diario” puede ser autobiográfico porque las entradas de ese diario ficticio “corresponden justamente a fechas que faltan en el otro” (p. 88), es decir, en el diario real publicado por Azorín bajo el título de Charivari. O cuando encuentra trasvases textuales entre los poemas de Caballero Bonald y sus memorias (p. 245). De lo que es fácil deducir que Alberca seguirá siendo habitual frecuentador de las citas y referencias bibliográficas futuras en estos temas, sin que ello signifique que estamos ante un libro erudito; en realidad, La máscara y la vida es un ameno recorrido por un tema que al lector le interesa como pocos: la condición humana, es decir, él mismo.
 





[Relación con las editoriales: ninguna. Relación con los autores: ninguna con Yang, muy cordial con Alberca, y he sostenido correspondencia sobre temas académicos con Rastrollo]

sábado, 7 de octubre de 2017

Un paseo por la desgracia ajena








 Javier Moreno, Un paseo por la desgracia ajena. Salto de Página, Madrid, 2017.



He procurado juntar lo seco de la filosofía con lo entretenido de la invención, lo picante de la sátira con lo dulce de la épica (...) En cada uno de los autores de buen genio he atendido a imitar lo que siempre me agradó: las alegorías de Homero, las ficciones de Esopo, lo doctrinal de Séneca, lo juicioso de Luciano, las descripciones de Apuleyo, las moralidades de Plutarco, los empeños de Heliodoro, las suspensiones del Ariosto, las crisis del Boquelino y las mordacidades de Barclayo.

Gracián, “A quien leyere”, El Criticón



“[…] una muestra de la abismal distancia que separa el virtuosismo del verdadero talento” (p. 111). Esta frase del relato “Dos camisas iguales”: puede funcionar para explicar la obra literaria de Javier Moreno (Murcia, 1972): si en novela y poesía Moreno es un virtuoso, alguien que domina los recursos técnicos y los lleva a cabo con apabullante capacidad, en el cuento es donde creo que Moreno alcanza el verdadero talento. Si su poesía y sus obras narrativas largas se dejan llevar a veces por el alcance conceptual y la endiablada capacidad de observación sociológica y diagnóstico del autor (en este sentido, Moreno es lo más parecido que tenemos a Don DeLillo, que gustosamente firmaría un cuento BlackMirroriano como “ELLO”), en el relato breve Moreno encuentra la libertad, la extensión y la variedad de tonos necesarios para que sus desafíos estéticos se encuentren ferazmente con el desarrollo justo de unos personajes, sin que ello signifique que están ahí como simples instrumentos al servicio de sus ideas, al modo de teorías personificadas o de máquinas lullianas de pensar (como pasaba a veces en sus novelas La Hermogeniada o Acontecimiento). Desde Atractores extraños (2009), Moreno resuelve en sus cuentos  con un par de detalles sintéticos la psique y sus posibilidades de sus criaturas, emplazándolas en una situación crítica (“El discurso del método”, “Dos parejas”, “Un accidente”), lo que le permite exponer sus cul de sac vitales y sus recorridos psicológicos sin salida (como en “Dos camisas iguales”, donde el protagonista, que tiene dos camisas idénticas, cree que una le queda bien y otra mal). La camisa del cuento le sienta a Moreno a la perfección, lo que no significa que no le ajusten las de la poesía (sobre todo, Cortes publicitarios, 2006, y Renacimiento, 2009), o las de la novela (quizá las mejores sean Alma, Acontecimiento y 2020). Además, hay que explorar los pasadizos que Moreno tiende entre sus obras de uno y otro género, que revelan un proyecto coherente, en el que las obsesiones de su autor adoptan diferentes encarnaciones:








(Un paseo por la desgracia ajena, p. 17)








(Javier Moreno, La imagen y su semejanza; Santa Coloma de Gramenet: La Garúa, 2015, p. 205)




Javier Moreno es un escritor tan complejo que le gusta trabajar con niveles de accesibilidad, para no expulsar a ningún lector. Sus relatos se proyectan en dos dimensiones -al menos-: una, digamos de close reading o lectura próxima al texto, donde aparecen tramas ambientadas en nuestros días y protagonizadas por personajes bastante reconocibles. El otro plano es más conceptual y menos evidente, se materializa o desmaterializa en una hipótesis filosófica elaborada o sugerida por medio de lo contado en el relato. Si recordamos los diálogos platónicos, o algunos tratados filosóficos, donde el razonamiento se detiene para incluir alguna historia real o caso que viene a completar el análisis, los cuentos de Moreno son las historias o novelas intercaladas en una novela mayor, casi filosófica, que Moreno prefiere no escribir, dejando sólo los relatos que la prueban. Este modo de proceder, habitual también en sus libros de poemas, poblados de referencias filosóficas, artísticas y científicas más o menos ocultas, es una de las señas de identidad de Moreno y, de todos los escritores que conozco que usan o usamos parecidas herramientas, a mi juicio él es el que mejor las emplea, y el que más lejos las lleva.



Moreno es uno de los mayores tratadistas que tenemos sobre dos asuntos: la crítica frontal a la tecnología y el examen de la identidad. Sobre lo primero, ya desde el relato "Mnemosyne" de Atractores extraños el autor ha logrado una notable capacidad para encontrar metáforas adecuadas para expresar hasta qué punto podemos ser terminales al antojo de las máquinas o aplicaciones que se supone que vienen a "liberarnos". Sobre el segundo aspecto de Moreno, su profunda lectura de la subjetividad contemporánea, ya he hablado en La literatura egódica y en El sujeto boscoso, por lo que a ellos me remito para el lector interesado. Para terminar, de entre todos los relatos de Un paseo por la desgracia ajena quiero destacar “Selfie Vamps”, no sólo por su lugar central dentro del libro (de hecho, la sombra de sus aterradores personajes se proyecta sobre uno de los últimos relatos, “D.J.”), sino por su capacidad representativa del Zeitgeist de nuestra era de exhibicionismo icónico instagramero: “Ada y Cloe […] habían inventado, tal vez sin darse cuenta, llevadas por un método fundado a la par en la inconsciencia y en la frivolidad, un nuevo género. Se trataba del turismo por la desgracia ajena. Por eso su sonrisa y su belleza resultaban imprescindibles, el contrapunto erótico frente a la muerte y la catástrofe que transcurrían en segundo plano” (p. 58). La historia de las dos chicas, sociópatas a la vez que ídolos sociales, toca la fibra del colectivo y revalúa y reinventa el clásico encuentro entre eros y tanatos, constituyéndose como uno de los mayores hallazgos de un cazador habitual de hallazgos, que logra un cuento que llevarse a la memoria para siempre.








[Relación con la editorial: ninguna; relación con el autor: cordial]