Marcos Ordóñez
Detrás del hielo; Bruguera, Barcelona, 2006
Al explicar François Truffaut las razones que le llevaron a rodar la novela de Henri-Pierre Roché, Jules et Jim, escribía lo siguiente: “Cuando leí Jules y Jim tuve la sensación de encontrarme ante un ejemplo de lo que el cine no llegaba nunca a hacer: mostrarnos a dos hombres que aman a la misma mujer sin que el público pueda sentir una preferencia por uno de estos personajes, de tan obligado que se ve a quererlos a los tres del mismo modo. Éste fue el componente (…) que me conmovió más en esta historia que el editor presentaba así: un verdadero amor entre tres”. La cita viene al caso no sólo porque la novela de Roché esté citada en Detrás del hielo, sino porque entiendo que la misma intención narrativa (hacer creíble un amor a tres, un propósito siempre ambicioso) es la que persigue esta rotunda novela de Marcos Ordóñez. La cita de Truffaut no es en absoluto inoportuna tratándose de alguien, como el autor, que compatibiliza la escritura con la crítica teatral y con la docencia de narrativa audiovisual y teatral; de hecho todo lo visual, lo cinematográfico y, sobre todo, lo dramatúrgico están omnipresentes en esta novela, en la que aparecen muchos actores (reales y fingidos), numerosas páginas movidas por el amor al teatro, y sentidos homenajes a Shakespeare (pp. 87 y 96).
Pero no dejemos lugar a equivocaciones: Detrás del hielo es ante todo, y en ello estriba su mayor mérito, una obra profunda y genuinamente literaria, una pieza de excelente narrativa con momentos puntuales de grand style, algo a lo que ya no estamos acostumbrados, por desgracia. Su trama también está tocada por la ambición: los tres protagonistas (Klara, que es la que sostiene la voz elocutoria del relato, narrado en primera persona; el fotógrafo Oskar y el rebelde Jan), se verán envueltos en una serie de peripecias sucedidas en Moira a finales de los años sesenta y principios de los setenta, que llevan a ese país ficticio a pasar de una maltrecha democracia a una cruel dictadura militar. Moira es una república centroeuropea falsa, construida narrativamente con topónimos ficticios, tomados por Ordóñez de apellidos de escritores como Janouch o Belinsky, pensadores como Malwida von Meysenburg, o músicos como Jasarev. Una pequeña Europa del pensamiento que, simbólicamente, es referencia de toda la Europa del 68 (más Praga que París), y que convierte a Detrás del hielo en una parábola explicativa de la degradación política de las utopías, una Paneuropa donde Ordóñez ha volcado una profunda revisión de problemas y recuerdos generacionales.
Detrás del hielo es, por tanto, una novela política amén de una novela de amor. Su trama está forjada en esa desilusión que sufrieron quienes eran jóvenes en un momento histórico donde el optimismo colectivo desembocó, en ciertos países, en un brutal encuentro con la realidad: “no fue una época de razones. Fue una época de proclamas absurdas, viejos juramentos, maldiciones olvidadas, deseos ocultos” (p. 454). Como Kundera, como Chirbes o como el Volpi de El fin de la locura, Ordóñez pasa revista a toda una generación que pasó de la “edad de la broma” (p. 404) a la “edad del plomo” (p. 529). Conforme van pasando los años, nos damos cuenta de que es, al cabo, la “gran historia que contar” de la segunda parte del siglo XX, cuando las guerras grandes se volvieron pequeñas, y las batallas de todos contra todos pasaron a ser batallas de unos pueblos contra sí mismos: minúsculos y crueles suicidios colectivos. Sin embargo, la visión de Ordóñez no es testimonial, no es imparcial: uno de los “Compañeros de la noche” (el grupo, al que pertenece Jan, que lucha contra los militares sublevados), Pavel, se dirige en un momento clave de la novela contra unos jóvenes franceses que no tuvieron que nada que perder y que no perdieron nada, y antes de endilgarles una cita de Hegel, les pregunta si saben algo. De la guerra. De la vida. Por tanto, no hay un discurso inocuo en la novela; se retoma el asunto de la revolución pendiente (“eso es la revolución, dijo Stefan: todo lo que está por hacer”) y se utiliza un punto de vista nostálgico y crítico a un tiempo: algo que sólo puede hacer quien ha perdido algo, siquiera sus ilusiones de cambio. Todas las dictaduras militares, tanto de izquierdas como de derechas (pero sobre todo estas últimas, tampoco es Ordóñez imparcial en este punto), incluso la de Argentina y sus miles de jóvenes desaparecidos, aparecen retratadas en su crueldad, en su ignorancia, en su absoluto abandono de lo humano y en el castigo gratuito a una generación de revolucionarios, seguramente más platónicos que prácticos.
Pero Detrás del hielo, quizás desde el título, es una obra que intenta ser positiva, que intenta buscar la vida más allá de lo muerto. Y de ahí que junto a la novela política encontremos también una historia de amor: el relato de una inteligente educación sentimental, donde están cuidados a la perfección incluso los títulos de los libros que lee la joven Klara (ver p. 107). En una elección muy afortunada, ya que el narrador podría haber sido cualquiera de los personajes del trío, es la propia Klara quien se convierte al final del argumento en la “cazadora de voces” que permite hilar, retrospectivamente, las voces de todos los demás. No sólo las de sus compañeros perdidos, sus amigos de la infancia y adolescencia o sus familiares, sino el coro de todo un pueblo, el de Moira, con la memoria sepultada por la opresión militar. La construcción del personaje de Klara es firme, aunque comience con cierto tono ñoño que, sin embargo, debemos comprender por cuanto al empezar a narrar sus peripecias el “yo” que escribe tiene 17 años. Pronto esa voz infantil va ganando solidez y recursos, y se permite pequeños hallazgos que van poblando el tejido de la obra: “mi madre siempre tenía prisa. Eso es lo que más recuerdo de ella. Mi madre ante el espejo, pintándose, poniéndose perfume y yéndose tan rápida que los botones de su abrigo chocaban con el pasamanos de la escalera, y sonaban como pequeños disparos” (p. 28). O: “luces hermosísimas pero que no hacían feliz, como joyas falsas” (p. 513). También una hermosa comparación de gustos da pie al enamoramiento entre Klara y Oskar, cabal 66% del trío amoroso: “como dos niños felices al descubrir que han estado haciendo, cada uno en su cuarto, la misma colección de cromos” (p. 88). La aceptación de este trío sentimental, algo muy difícil de solventar airosamente para cualquier narrador, está de sobra conseguida en un par de páginas espléndidas (315-316), donde se oblitera la incredulidad y se cuajan los posos para una elaboración de la relación doble de Klara con Jan y Oskar, que da paso al final, mucho más político y menos personal, del libro. En efecto, se consigue el propósito buscado, y la novela se configura, tal como quería el editor de Jules et Jim, en un verdadero amor entre tres.
Además de todo ello, Detrás del hielo es un elaborado estudio sobre la construcción de la identidad (personal, de pareja, grupal o colectiva y nacional), nada ingenua sobre el individualismo y la disolución del sujeto. La larga lucha de Ordóñez como crítico y lector de teatro en lo tocante a la construcción de personajes ha surtido un efecto ejemplar: toda la disgregación subjetiva contemporánea encuentra su eco en otras tantas despersonalizaciones concretas. Así, la disolución del actor teatral en el personaje, del cantante en el coro, del retratado en la fotografía, del soldado en el ejército, son otras tantas variantes de dispersiones de identidad que Ordóñez va estudiando a lo largo de esta interesante novela, más compleja y profunda de lo que la amenidad de su lectura nos pueda hacer parecer. Porque ese es otro milagro del libro, haber creado un contundente volumen de más de quinientas páginas que se pasan en un suspiro, pese a algunos episodios sobrantes (“La ruta encantada”), sin crear sentimiento de hartazgo o de impaciencia.