Julián Herbert
Cocaína (Manual de usuario); Almuzara, Córdoba, 2007
[Banda sonora: Tori Amos, She's your cocaine: http://www.youtube.com/watch?v=ijuf4EXBMDM&mode=related&search=]
Estamos ante un libro extraño, personal, inclasificable y necesario. Hemos leído Cocaína (Manual de usuario) en su segunda edición, ya que el libro fue publicado por Almuzara en 2006, después de su éxito en México tras obtener el V Premio Nacional de cuento Juan José Arreola. Lo hemos hecho por recomendación de un lector de este blog (Vitorino), que nos animaba a tener en cuenta a Herbert como una referencia inexcusable, y debo darle la razón al lector, además de las gracias. Porque Cocaína es un conjunto de textos (quizá llamarlo libro es darle una homogeneidad que el autor combate) que es a la vez del siglo XX y del 21, profundamente imbricado en la mejor tradición anglosajona, como ahora veremos, pero también lanzado hacia el futuro-presente de la globalización pangeica.
Tradiciones, tensiones y estilo
Las referencias culturales más utilizadas por Herbert son aquellas de la tradición culta que tienen relación con la droga porque Cocaína, digámoslo ya, es un libro sobre la droga, sobre la experiencia de la droga observada desde todos los puntos de vista: el consumo, el entorno social y familiar del adicto, el síndrome de abstinencia, la vida de los dealer o camellos (díler, escribe Herbert), y la del simple consumidor ocasional. De su vocación de insertarse en una tradición culta que puede llevar de Sigmund Freud al Eric Clapton de Cocaine habla que Cocaína se abra con una cita de Sherlock Holmes y situada en Baker Street, lugar simbólico donde la distinción intelectual y el consumo del polvo blanco pueden parecer aliados. “Llámenme Mr Sherlock Holmes. Estoy sentado en Baker Street alternando una semana de cocaína con otra de ambición” (p. 13). Este comienzo, con ese “Llámenme”, remite a su vez a otra referencia fundamental, la de Moby Dick. La cocaína se asocia, durante todo el libro, con la gran Ballena Blanca que se convierte en una obsesión para todos los tripulantes de la realidad, sobre todo para Ismael, ese protagonista metamorfoseante que nos cuenta una historia mientras encubre otra, la suya. Aira escribió un excelente ensayo sobre la complejidad de ese legendario comienzo de Melville: “Llamadme Ismael”, que era una forma de encubrimiento deliberado de la personalidad y una apertura a las posibilidades ficcionales de la narración. Herbert conoce esas posibilidades y las utiliza con sabiduría; Ismael y sus rotaciones dispersivas de identidad van apareciendo en diversas piezas, como en la dedicada al mono psicológico titulada “De lo que sucede cuando Ismael se aleja de las ballenas”, hasta cerrar, en la última página del libro –que recordemos se abre con la mención a Ismael-, con la contundente declaración: “Llámenme Ismael. Mi cuerpo es una farmacia” (p. 102).
Como en Trainspotting, de Welsh, o el ensayo de Ann Marlowe, Cómo detener el tiempo. La heroína de la A a la Z (Anagrama, Barcelona, 2002) o la película Traffic de Soderberg, Cocaína trata el tema de la droga sin trampas ni contemplaciones. No hay moralinas, no hay condenas explícitas, ni tampoco defensas o discursos complacientes. La droga y su mundo aparecen reflejadas tal y como son, intentando hacer una literatura a partir de ese fenómeno, como podría haber elegido cualquier otro, aunque siempre rozando el límite de la inefabilidad que surge en cuanto aparece este tema. Me explico: cuando apareció Cómo detener el tiempo, escribí en mi reseña del ensayo:
Marlowe defiende en el apartado “Ficción” la necesidad de esta postura para tratar el tema de la droga: “la droga es la antificción. (...) la heroína existe obras que no sean de ficción: memorias, hechos verídicos. Pero, incluso en ese caso, el truco consiste en ser más listo que la droga; en introducir algo que la droga no introducirá: sorpresa” (p. 131). Una de las causas de que la literatura sobre temas relacionados con la heroína no haya encontrado su obra maestra es la incapacidad de los autores de definir qué se siente exactamente en el éxtasis provocado por una dosis. Siempre se alude a la comparación, sobre todo aritmética: Welsh, en Trainspotting, hablaba de algo parecido a “un millón de polvos”; Marlowe lo define así: “era como los mejores aspectos de un colocón de hongos mágicos, pero multiplicado por diez: eufórico, cálido, reconfortante, y también controlado” (p. 30). La droga es el reino del como literario. Quizá el secreto del colocón sea precisamente eso, el mismo del momento del clímax sexual: la inefabilidad, el ser invulnerable a las palabras, ahí reside su dudoso atractivo, y su impenetrabilidad artística.
Como no soy consumidor de drogas, no sé si Cocaína logra o no traspasar ese límite, pero sí es cierto que lo intenta convincentemente, esto es, a través de medios literarios. La relajación sensorial y los fenómenos de confusión de formas y colores están extrapolados mediante líneas o párrafos de expresiones sincopadas y breves, tejidas al modo del cut-up de Burroughs –una referencia inexcusable, por tantos motivos-, cuya carencia de solución o cesura a través de signos de puntuación alude al continuo indistinto del delirio (cf. páginas 100 ó 102). Son además los escasos momentos de irracionalidad dentro de un conjunto realista, lo que estilísticamente quizá sea apropiado para abordar este fenómeno químico donde de los momentos de éxtasis se pasa rápidamente a instantes de la la más parca y cruda realidad (aunque los juegos de lenguaje de Herbert le hagan utilizar la palabra cruda con irónicas anfibologías). El estilo de Cocaína es tan confuso y problemático como su naturaleza genérica; es bastante revelador a este respecto un pequeño párrafo de Herbert hacia la mitad del volumen: “Lo sublime es antiguo, ya no es noticia, no importa. En estos días es difícil que algo consiga ser sublime e interesante al mismo tiempo” (p. 50). Consecuencias: Herbert pone por encima el interés, sí, pero no lo opone inevitablemente al sublime artístico, solo explica que es difícil compatibilizarlos. De ahí que la referencia sea Moby Dick, cima del sublime artístico de la novela anglosajona, y no Trainspotting o Naked Lunch, de ahí que bajo la dureza o la rudeza expresiva de algunas partes, asomen párrafos donde el brillo estilístico es de una notable pureza, de ahí que Herbert nos parezca el punto medio entre narradores mexicanos del estilo tardomoderno de Fernando León o Juan Villoro, y otros posmodernos como Mario Bellatín o Adrián Curiel Rivera. Porque, como él mismo dice:
De ahí la droga, la necesidad de escapar. Y de ahí, también, la explicación del estilo, realista pero que sabe abandonar a tiempo el despojamiento para vestirse, ya sea rítmicamente, ya mediante el estilo, de otras complejidades y horizontes, quizá en la órbita de Bajo el volcán, de Malcolm Lowry, pero con otro contexto epistemológico que acoge el nuevo contexto comunicacional de la globalización (véase el relato “Satélite porno”).Hay que contemplar nuestra invisible figura en el espejo, apretar la dignidad, afilar la dentadura, renunciar al disfraz de cadáver despierto. No hay peor sobredosis que la realidad. El hombre no soporta demasiada realidad. (p. 51)
Droga y consumo
La droga es un intento de disolución del alguien en el Nadie, o de los uomo qualsiasi de Agamben en un alguien, o en una forma reconocible –socializada– de Nadie. Es decir: supone un intento de dilución de lo singular en la experiencia de la intercambiabilidad, para quienes tienen presencia social, y un intento de encontrar un sustitutivo para la ausencia de esa pertenencia social, para aquellos que están excluidos del sistema; o sea: “el inmigrante que no tiene otra cosa que su nuda vida… y su ansia de convertirse lo antes posible, también él, en un consumidor anónimo, en un uomo cualunque”[1], como explica Félix Duque, hablando de la universalización del individuo contemporáneo, en unos términos que aquí nos resultan de utilidad. La droga despersonaliza, algo que parece sugerir ese Ismael desustanciado y sin nombre fijo cuya existencia sólo cobra sentido, precisamente, a través de las sustancias, a través del consumo, entendido en su esencial doble sentido. De hecho, uno de los mejores momentos del libro es el relato “Manual de usuario”, construido como un prospecto farmacéutico, conteniendo la posología y contraindincaciones del consumo de droga, a través de un medio mercantil: la receta[2]. La ironía termina con una sobreironía genial: “Agradecemos de antemano su preferencia y esperamos que disfrute de los beneficios que este maravilloso artículo le ofrece. Somos, orgullosamente, una empresa nacional” (p. 28), donde la descripción de un México colonizado por la droga y dominado por sus narcos (sacralizados incluso por formas culturales como Los Tigres del Norte, cuyos narcocorridos aparecen aquí citados alguna vez) es tan siniestra como precisa. Los personajes de Herbert no se cuestionan la droga, la cocaína está ahí, es una de las formas del estar, para lograr una clase de ser condicionado por el no-ser; ontologías aparte, pero sin dejar de lado esa perspectiva identitaria (porque Herbert no la deja), la droga es algo con lo que se vive, algo posmedicinal ante lo cual los personajes de Cocaína sólo pueden adoptar dos posturas: ser o no ser (es decir: o consumir, o ser adicto). En otras palabras: individuación débil + consumo = ser social satisfecho y conectado; individuación débil + consumo incontrolado = no-ser, en cuanto ser desconectado de los demás, drogadicto, apartado, marginal voluntario. El paso del consumo a la adicción puede explicarse con los términos psicoanalíticos de deseo y pulsión: una vez que el deseo de obtener el estado se sustituye por el rito del consumo sin más, mecanizado hasta convertirse no en un estar sino en un ser poblado de estares indistinguibles, una situación puntual abandonada por una obcecación, la pulsión gobierna al individuo y destruye el criterio[3]. De ahí que el entorno obligue al adicto a dominarse, no por él mismo, sino por el mejor funcionamiento del sistema, ya que cuanto menor es la alteración social, más fácil resulta funcionar por debajo del radar:
Una vez tuve un supuesto conato de neumonía. En realidad me había vuelto, sin notarlo, adicto a la cocaína. Como era regalada y la compartíamos entre todos en la ambulancia… El doctor Jiménez me citó en su consultorio. Me dijo que no me preocupara demasiado, que muy seguido sucedía con los camilleros novatos; pero que a partir de ahora iba a tener que vigilarme. Algunos colegas (…) alertas pero discretos, habían decidido reportarme con mi médico padrino. Por eso él meEs decir, ni los propios médicos recomiendan en el libro de Herbert el abandono del consumo de la sustancia, a pesar de que todos los estudios son concluyentes respecto a los devastadores efectos del consumo prolongado de cocaína. Pero así están las cosas, parece decirnos el rudo diagnóstico de Herbert, cuya crudeza, sin embargo, no llega al nihilismo: la cursiva impuesta al demasiado pronunciado por el doctor Jiménez y recogido por el adicto nos avisa de que ahí se ha vulnerado un límite. Luego alguno hay, algo es algo. No vamos a caer en la moralina, aunque desde luego no compartimos la naturalidad de un sistema de cosas –el mexicano– tal y como a veces se desprende del texto de Cocaína. Y como preferimos no hacerlo desde el punto de vista de la relación con la droga, lo haremos ideológicamente y desde otra perspectiva. Como recordaba en Afterpop Eloy Fernández Porta, el drogadicto es el consumidor perfecto; dejando de lado juicios éticos sobre el consumo de droga (que no compartimos, pero tampoco combatimos: ni siquiera la legislación española pena el consumo individual), no queremos dejar de lado que, en el caso de la drogadicción, un espacio estético demasiado comprensivo con la adicción (no con el adicto, que es muy otra cosa) nos resulta ideológicamente muy sospechoso, por no ir más allá. Queremos pensar que Herbert no escribe desde ese espacio estético, y que lo que ahorra son las también execrables moralinas sociales que hacen como si la droga no estuviera ahí, como si no estuviera por todas partes. Hay que recuperar el monólogo final de Traffic, cuando el ex responsable de la lucha federal contra la droga interpretado por Michael Douglas hace un discurso final donde reconoce que la droga está entre nosotros; hay que recordar el arranque de la Historia General de las Drogas, de Escohotado, que vincula a todas las formas culturales e históricas conocidas con el consumo (medicinal o no) de drogas. Eso es cierto, y es así; otra cosa es resignarse, sin más, a un descontrol absoluto de las sustancias psicotrópicas; no hay nada malo en una sociedad con droga, sí lo hay en una sociedad de drogadictos, porque quienes han perdido la voluntad ya no son ciudadanos. Podría aportar una batería de argumentos jurídicos, pero espero que baste con el sentido común.
llamaba ahora.
-Tienes que dejarla –ordenó-. Aunque sea por un tiempo. Y aprender a controlarte antes de volver a consumir. (p. 74)
Conclusiones
Volviendo a lo literario estricto –porque lo político, lo social y lo ético son, constitutivamente, literarios–, Cocaína (Manual de usuario) es un libro en la frontera, un texto híbrido, donde relatos fragmentarios pululan mezclados con poemas y estructuras provenientes de la publicidad, como el citado prospecto, cuyo única dificultad para el disfrute proviene de su recepción de la jerga juvenil mexicana, no siempre inteligible para otros hispanohablantes (no hubiera estado de más un glosario final, o alguna nota a pie para expresiones realmente herméticas). Posmoderno, irónico, lleno de talento y deseo[4], con páginas memorables (pp. 77-78, 102), un gran sentido del ritmo, un sabio despojamiento descriptivo y un elocuente uso de los diálogos, el libro de Herbert es un retrato de nuestro tiempo, un preciso diagnóstico social y un notable ejercicio literario.
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Notas.
[1] F. Duque, El cofre de la nada. Deriva del nihilismo en la modernidad; Abada, Madrid, 2006, p. 15.[2] “Habría que etiquetar cada sustancia con una descripción precisa de los efectos –buenos y malos– que produce sobre quien la ingiriera. Para ello, haría falta una honestidad heroica”; Gore Vidal, “Droga”, Ensayos (1952-2001); Edhasa, Barcelona, 2007, p. 699.[3] Perfectamente explicado en Slavoj Zizek, Visión de paralaje; Fondo de Cultura Económica, Buenos Aires, 2006, p. 17.[4] Sobre la escritura discursiva como droga, véase E. Fernández Porta, Afterpop. La literatura de la implosión mediática; Berenice, Córdoba, 2007, pp. 101ss.