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domingo, 4 de junio de 2017

jueves, 15 de octubre de 2009

Los lectores eligen a Juan Goytisolo como deseable Premio Cervantes

Bien, se ha cerrado la consulta, después de 16 días, y aquí están los resultados. Estas son las votaciones de los lectores de Diario de Lecturas, tras consultarles quién debería ser el próximo Premio Cervantes:

1. Juan Goytisolo: 86 votos.
2. Rafael Cadenas: 51 votos.
3. José Manuel Caballero Bonald: 49 votos.
4. César Aira: 48 votos.
5. Carlos Edmundo de Ory: 47 votos.
6. Pere Gimferrer: 45 votos.

A más distancia quedan Tomás Segovia, con 35, y Fernando Vallejo, con 31. De los candidatos propuestos por los lectores, el más votado ha sido, sorprendentemente, el canario Isaac de Vega, un autor muy poco conocido fuera de las islas, con 36 menciones. Después, Nicanor Parra con 25 votos y Leopoldo María Panero con 21.

Revelo ahora mis propios votos: primero voté, para probar el sistema, por todos los candidatos; después, ya seleccionando, voté por Goytisolo, Gimferrer y Eltit. Evidentemente, todos los candidatos que yo propuse tienen calidad, a mi juicio, para recibir el premio y lo merecen; sólo que considero que estos tres nombres son más premiables, por diversas circunstancias, no que sean necesariamente mejores que los otros. Por lo demás, sería muy complejo y polémico comparar a un poeta con un narrador, o establecer juicios de preferencia entre ambos. Ya es complicado y polémico hacerlo entre practicantes de las mismas artes; entre escritores cuyos géneros no se tocan hacerlo es introducirse en un jardín donde los senderos te ensartan.

Es difícil hacer una valoración de estos resultados, por varios motivos. Primero, porque desde la misma IP podía votarse varias veces, lo que altera la consulta. Segundo, porque no tengo acceso al origen geográfico de los votos, que hubiera contribuido a aclarar algo más las cosas. Tengo la impresión, por ejemplo, de que se ha votado mucho más desde España que desde Latinoamérica, por el hecho de que 4 de los 6 candidatos más votados son españoles, algo inconcebible si el grueso de los votantes fuera de este lado del Atlántico (el americano, desde donde escribo).

Sin embargo, no podemos obviar que, votando una o varias veces, cada voto supone un apoyo a un nombre. Por ese motivo, mientras podemos dudar razonablemente de si los lectores prefieren más a Cadenas, Caballero Bonald o Aira, separados por 3 minúsculos votos, no cabe duda de que había una actitud favorable y claramente mayoritaria hacia Juan Goytisolo. De los 455 votos totales, 86 han recaído sobre Goytisolo, lo que supone que uno de cada cinco votantes ha elegido al autor de Señas de identidad, solo o en compañía de otros.

Parece que los votantes han preferido también a los autores de más edad y de más obra, algo lógico, ya que aquí no se está votando –desde luego no era mi intención– al autor más valioso, al “mejor”, sino al que pueda reunir los difusos requerimientos que deberían acompañar al ganador del Premio Cervantes. No sé cuáles sean éstos en la práctica, pero sí sé cuáles deberían ser: el premiado debería ser una figura de larga trayectoria, conocida y respetada en todas las orillas del idioma; su obra debería ser representativa de un concepto elevado del idioma común (esto es: debería ser una obra caracterizada por el uso completo, complejo, problemático y ambicioso del castellano; una obra que aumente y mejore el idioma, como lo hizo la de Cervantes), debería ser una obra de gran o indiscutible calidad literaria, y debería suscitar el consenso de lectores, escritores, críticos y académicos de todos los países donde nuestra lengua se utiliza. Estoy seguro de que eso ocurre con todos y cada uno de los candidatos que yo postulaba; en los de los lectores, lamento decirlo, ocurre en muy pocos casos, porque se han postulado muchos autores que son demasiado jóvenes o de obra aún escasa como para tener la condición de “premiables”. El Cervantes premia a una trayectoria, no a un proyecto inconcluso de trayectoria. También se han postulado otros nombres que me parecen de escasa calidad o simplemente ridículos, aunque no me apetece destacarlos.

No voy a hurtar un factor que a mí mismo me parece polémico, como es el de la inclusión –me extraña que no se haya producido debate sobre esto– de Gimferrer en la primera lista. Polémico no por el hecho de que no sea un escritor extraordinario, sino porque (buena) parte de su obra esté escrita en catalán. Puse su nombre casi sin pensar, de modo inconsciente, porque me parece un escritor hispanoamericano o hispánico indiscutible, en el sentido de “nacido en un Estado donde el castellano es lengua oficial”. Hasta una semana después no caí en la cuenta de que el Cervantes juzga obra realizada sólo en castellano. Pensamos los españoles en Gimferrer como en una figura única, cuando en realidad es un escritor de lengua doble, o esquizofrénica, o dos escritores. Yo le he leído en español, en catalán y en catalán traducido al castellano, y para mí es una figura sola, pero eso no tiene por qué ser así para los lectores del otro lado (este) del océano. Ignoro asimismo qué recepción han tenido las obras de Gimferrer en Latinoamérica; no sé si es un poeta conocido o no, supongo y espero que sí, ya sea su indispensable obra en castellano o la muy importante en catalán. A mi juicio, la obra en castellano de Gimferrer es más que suficiente para postularle al Cervantes, como en su momento la catalana pareció ser suficiente para convertirle en un serio candidato al Premio Nobel. Creo que el mayor premio de Gimferrer es ése, la rotunda necesidad de su existencia, la imposibilidad de “olvidarle” o de no tenerle en cuenta. El hecho de que sus últimas obras hayan sido controvertidas no es óbice para hacer como si la inmensa mayoría de su producción no existiera y fuera incontrovertible.

Para terminar, mi valoración sobre el resultado final, que coincide además con uno de mis votos, es obviamente favorable. Goytisolo es un autor que merece, desde cualquier punto de vista, este galardón. Sus posiciones políticas, ideológicas, religiosas, las críticas a su patria de origen, su personalidad, sus gustos estéticos, su extraterritorialidad o cualquier otro factor externo a la literatura no deberían ser tenidos en cuenta para nada; menos aún para la concesión de un premio literario. En España tenemos la detestable costumbre de juzgar la obra literaria por lo bien o mal que nos cae su autor, o por sus posiciones ideológicas o sociales. A Goytisolo, a la hora de valorarle como escritor, hay que atenerse a sus libros, a su trayectoria. Y pocas obras literarias hispanoamericanas han tenido la buena valoración universal que la suya ha tenido durante décadas. Esto es lo único que puede y debe contar.

Ahora sólo queda por saber qué decide el jurado.


martes, 25 de noviembre de 2008

El agridulce encanto de lo tardío



Aprenderás a pensar contra tu propia lengua
Juan Goytisolo, Juan sin tierra


Juan Goytisolo es uno de los nombres más conocidos de nuestras letras fuera de España y uno de los más controvertidos dentro. Su nombre sólo suscita indiferencia o tibieza en quienes no le han leído, o no le conocen. Sus elecciones ideológicas o sentimentales han sido tomadas por algunos como excusas para desactivar lo único importante, lo único que (en principio) reconoce el Premio Nacional de las Letras: la calidad de la carrera literaria de un autor. Y creo que es poco discutible la calidad media de la obra narrativa, crítica y autobiográfica de Goytisolo, encontrándose su legado entre los más importantes del XX. Sobre Goytisolo han escrito con fervor críticos europeos, hispanoamericanos, musulmanes y norteamericanos; católicos, árabes, protestantes, agnósticos y ateos; es leído en casi todo el mundo y ha tenido seguidores en varias promociones de escritores y lectores, así como defensores de edades variopintas como las de Julián Ríos, Carlos Fuentes, Pere Gimferrer, A. Sánchez Robayna, José María Pérez Álvarez, Juan Francisco Ferré o Jorge Carrión. Incluso quienes ponen algunos peros a partes o aspectos de su obra o su figura, no dudan en calificar de “obras maestras” a novelas como Señas de identidad, Reivindicación del Conde Don Julián o Juan sin tierra (como hace el gran estudioso de la literatura de posguerra José-Carlos Mainer en Tramas, libros, nombres).

El propio Goytisolo ha contribuido, conscientemente o no, a que la valoración de su obra literaria se vea esmerilada por factores extraliterarias. Atento siempre a la actualidad española pese a su exilio voluntario en Marrakech, agitador cultural, portador constante de opiniones contundentes, ha sido criticado por tirios y troyanos, por estar demasiado lejos o demasiado cerca; a ratos por la ferocidad de sus críticas y a ratos por aceptar premios o reconocimientos de un panorama cultural que dice detestar. Ana Nuño ha llegado a hablar de que “cabe entonces plantear la existencia de un problema Goytisolo. Éste, en realidad, es el generado por la ausencia de un contexto crítico adecuado para la recepción de su obra”. Creo que ese contexto ha comenzado a aparecer de unos años a esta parte, coincidiendo quizá con una nueva promoción de críticos nacidos o crecidos ya en democracia y que pueden abordar cierto tipo de problemas culturales o literarios con el necesario distanciamiento. En este sentido, para contextualizar la figura de Goytisolo, quizá habría que precisar qué significa “contribuir al desarrollo de una cultura”. A mi juicio –y no me cabe duda que al de Goytisolo también– esa contribución puede hacerse aportando nuevas obras, pero también mediante la crítica rigurosa de vicios establecidos y de las carencias que hay en todo sistema cultural, incluido el español. Goytisolo ha hecho las dos cosas, y las ha hecho bien. Ha demostrado con creces que sabía escribir y que sabía denunciar fisuras, vacíos, anorexias y tabúes de la cultura española. Esto no significa que tengamos que compartir todos sus libros, posturas, críticas y opiniones, algo imposible por su extrema singularidad y por su abundancia, después de 78 años de vida. Nadie comparte todo lo que ha hecho o dicho Juan Goytisolo. Ni es necesario hacerlo. A la hora de valorar su competencia literaria hay que dejar de lado lo que piensa Goytisolo sobre la cultura patria, sobre política internacional, sobre el orientalismo, sobre las religiones, sobre el sistema educativo o sobre la historia de España. Hay que ceñirse a los textos y ver si sus lecturas, teorías y diversos conocimientos construyen o no una narrativa sólida, algo que ha hecho el hispanista suizo Marco Kunz, por ejemplo, estudiando el tema de la migración en la obra del autor barcelonés. Habrá que abordar la calidad de su literatura de viajes, como hizo Jorge Carrión en su tesis doctoral, de próxima aparición en la editorial Iberoamericana Vervuert. Habrá que analizar si su utilización del lenguaje es firme y original, si su tratamiento textual relanza la novela española de finales del XX (algo que tratase Juan Francisco Ferré en su tesis doctoral), si sus personajes y técnicas han quedado en el imaginario narrativo posterior, y si sus aportaciones críticas y autobiográficas se cuentan o no entre las mejores que tenemos. Se trata de valorar, de forma desapasionada, un conjunto de textos. Y si esto se hace con rigor, sin animadversiones ni nepotismos, debe reconocerse que el Premio Nacional de las Letras ha acertado de lleno al galardonar –con bastante retraso– una trayectoria literaria con escasos parangones en nuestra historia reciente, por calidad y por diversidad. Decía Gimferrer en Los raros que “la sociedad y la literatura hispánica no deben prescindir de nadie, y la literatura, en particular, no puede prescindir de la verdad literaria”. Por ello da igual que Juan Goytisolo quiera siempre huir minuciosamente de la literatura hispánica, o al menos de la ibérica; lo importante es que ésta nunca deje escapar a Goytisolo. Y darle un premio es tan buena manera de intentarlo como cualquier otra, y entra dentro de los agridulces encantos de lo tardío. Aunque hay otras formas de retenerlo con nosotros: yo prefiero seguir, o que siguiésemos, leyéndole. Ahí es donde aguarda el Goytisolo que quedará cuando el polemista se vaya, ahí respira el Juan Sin Tierra realmente valioso. Ahí, entre las páginas de Señas de identidad, de Reivindicación del conde Don Julián, como lectores de gran literatura en castellano, podremos encontrarnos siempre también a nosotros mismos.


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