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El literato inglés Porson, al escuchar a alguien que decía que ciertos poetas modernos serían leídos y admirados cuando Homero y Virgilio estuvieran olvidados, contestó: “Y no hasta entonces”.
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¿En qué momento la poesía se convirtió en una repostería deliciosa, en un manjar? ¿Se han vuelto las lecturas de poesía la forma canónica de la animación de fiestitas infantiles? ¿Será ése su nuevo lugar? ¿Será que la suerte del poeta ya no se juega en el texto, sino en integrar elemento estable de la festividad? ¿Acaso se equivocan los diarios cuando cada seis meses publican una nota llamada “La movida de la poesía”? Que cada semana haya en Buenos Aires decenas de lecturas de poesía, ¿es estimulante o simplemente una desgracia? ¿No tiene el poeta joven que va de lectura en lectura algo en común con el visitador médico que va de consultorio en consultorio? Al menos al visitador le cabe la figura del explotado, en cambio el aspirante a poeta del momento parece adherir al discurso de la servidumbre voluntaria.
Damián Tabarovsky, Autobiografía médica (2007)
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¿Dante?, aventuró Plotzbach sin demasiada ilusión de haber disimulado su ignorancia. No, D’Annunzio, dijo el capitán. Y añadió: Créame, amigo Plotzbach, nunca confíe en un pueblo capaz de dar al mundo tan buenos poetas.
Ignacio Padilla, La Gruta del Toscano (2006)
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(…) y me encaminé hacia la literatura inglesa, a la que tantos poetas frustrados acababan dedicándose como profesores vestidos de tweed con la pipa en los labios.
Vladimir Nabokov, Lolita (1955)
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Debe ser horrible ser un poeta aceptado por la sociedad.
Augusto Monterroso, La letra e (1987)
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Nicolás Faret (1596-1646), a pesar de dedicar sus días a la escritura, ha pasado a la historia por otro motivo mucho más peculiar: su apellido. En su obra El hombre honesto confiesa su desagrado por la jocosa broma del destino: “No sé cómo ha ocurrido que mi nombre por desgracia rime con Cabaret tan adecuadamente, de manera que buenos y malos poetas, amigos y desconocidos, se han valido de esta rima que encuentran tan cómoda”.
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Los escritores mediocres y los malos poetas son felices, porque carecen de sentido crítico y siempre tienen algún pariente, alguna tía tuerta en la vecindad o algún abuelo bondadoso que los adora como seres geniales.
Ramón J. Sender, entrevista en Cuadernos para el diálogo (1976)
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Las palomas andan un poco confundidas porque no distinguen a los poetas pobres de los heroinómanos.
Ismael Grasa, De Madrid al cielo (1994)
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Franz Blei, El gran bestiario (1924)