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viernes, 6 de marzo de 2009

Publicidad cavernícola y UrRock

Mi demencial ritmo de compromisos –que debe disminuir, que voy a disminuir– están convirtiendo la lectura de Homo sampler. Tiempo y consumo en la Era Afterpop (Anagrama, 2008), de Eloy Fernández Porta, en una experiencia digna del propio ensayo. La lectura del libro, que hago a saltos espaciotemporales (comencé a leerlo en México, seguí en España, sigo con él en Estados Unidos) es toda una vivencia del RealTime™ que Eloy señala en el ensayo. Su lectura es como una experiencia intelectual paralela a todas las demás, de modo que llevo meses con el ensayo y todavía voy por la página 220. Pero el caso es que, debido a estas anomalías, Homo sampler me está gustando más, creo que por la lentitud y por la dificultad de acceso (requisito este último que Diderot consideraba necesario para cualquier empresa amatoria); Homo sampler es lo que leo en los escasos momentos en que “he terminado” con el mundo y puedo dedicarme un rato a mí mismo.

La lentitud de la lectura me está procurando una curiosa desviación más: al extenderse durante meses, está logrando abrirse un espacio cerebral propio, de modo que todo lo veo en modo homo sampler, sub aespecie portis, y la crítica mercadotemporal enriquece mi observación como si ya fuera parte natural de mi modo de mirar. Hoy quiero hablar de eso (de Homo sampler como libro hablaré en otro lugar, quizá en un formato diferente, no en una reseña; quizá Homo sampler sólo pueda analizarse –combatirse– desde otro libro), quiero hablar del modo de mirar de Fernández Porta, que me sacude continuamente cuando veo la televisión.

Dentro del primitivismo señalado por Eloy como uno de los elementos estéticos centrales de la estética Afterpop, es curioso cómo, en la edad de la hipertecnificación, el motivo del cavernícola tiene un inesperado predicamento. El regreso a nuestro pasado –no demasiado lejano en esa imagen, a medias memorable y a medias cursi, del reloj de la creación– es una forma natural del gag humorístico, es un recurso fácil que despierta nuestra sonrisa por dos motivos: 1) el cavernícola es todo lo contrario al hombre contemporáneo; 2) el hombre de hoy es un cavernícola profundo y maniatado por la corrección cívica. En esa dialéctica, aparentemente insalvable pero de total coherencia, hunde los dientes el arquetipo publicitario de la aseguradora Geico:










Una variedad del hombre atrasado y rudo, una especie de cavernícola intermedio, es el vikingo, utilizado para difundir las tarjetas de crédito de Capital One:















Fernández Porta apela también al imaginario musical para el asentamiento de sus hipótesis Ur u originales, primitivistas. Algo nada extraño,ya que la música genera siempre una conexión digamos prehistórica con el hombre: Schönberg decía que "La melodía es la forma de expresión más primitiva de la música", precisamente por el hilo invisible que la une al inconsciente. Al hilo de sus razonamientos he recordado varios casos de UrRock profundo: Bruce Springsteen y su estética de leñador o Neil Young, uno de mis músicos favoritos, rápidamente distiguible por su peliagudo look cavernícola. Otras muestras más atávicas serían Ozzy Osbourne comiéndose un murciélago en el escenario:









O el vídeo de Jimi Hendrix tocando el maravilloso solo de Hey Joe con los dientes:







Por no recordar otros casos de violencia ancestral, como Iggy Pop cortándose el pecho con vidrios en escena, o The Who destrozando el equipo al finalizar el concierto:


En cierta manera, el rock, sobre todo el rock duro, es una devolución a un estado primitivo del cuerpo, una base rítmica y acústica que nos sitúa en un estadio primordial, básico, anterior al civismo. Por eso, quizá, nos gusta tanto. Es rock and roll animal.