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sábado, 3 de octubre de 2009

Pasadizos de vidrio: los hombres de cristal

1. El comienzo

Seis meses estuvo en la cama Tomás, en los cuales se secó y se puso, como suele decirse, en los huesos, y mostraba tener turbados todos los sentidos. Y, aunque le hicieron los remedios posibles, sólo le sanaron la enfermedad del cuerpo, pero no de lo del entendimiento, porque quedó sano, y loco de la más estraña locura que entre las locuras hasta entonces se había visto. Imaginóse el desdichado que era todo hecho de vidrio, y con esta imaginación, cuando alguno se llegaba a él, daba terribles voces pidiendo y suplicando con palabras y razones concertadas que no se le acercasen, porque le quebrarían; que real y verdaderamente él no era como los otros hombres: que todo era de vidrio de pies a cabeza.

[Miguel de Cervantes, El licenciado vidriera, Novelas ejemplares]




2. Mr. Glass en El protegido:








3. Hombre-poema

Y eso es el licenciado hombre-poema, alma suelta, transparencia, objeto de constante irrisión popular. Pero conviene recordar que Garcilaso había anticipado el esquema con su peculiar y problemática caracterización de Albanio en la Égloga II (...) que busca la transparencia mediante una versión o emisión literal del alma (...) La temeridad de Albanio se extrema cuando postula su conversión final en agua: cuando se enamora de su reflejo en la fuente. Así debe interpretarse esta irrupción de la leyenda de Narciso. No es que Albanio se enamore de sí mismo. Sencillamente se alarma ante su propia persona desomatizada: “Espíritu soy, de carne ya desnudo, / que busco el cuerpo mío” (...) Albanio queda, pues, en un estado de transparencia radical. En este sentido, el licenciado vidriera no es sino un narciso liberado de la dialéctica especular, un narciso que ha interiorizado el espejo (la imagen) hasta el punto de volverse transparente. Por decirlo en plata, Tomás es un Narciso que se ha tragado el espejo, un Albanio con la fuente dentro: un sujeto radicalmente animizado, espectralizado, transformado en su propio fantasma. Y la ocasión es error y peligro: “más cercano peligro, y más presente, / hay siempre en el espejo que en la fuente” (Hernando de Acuña, “La fábula de Narciso”).[1]




4. "El hombre de cristal", en Atenas, Grecia:


http://www.greecetravel.com/photos/athens/everyday-athens/PhotoAlbum1/glassman.jpg

https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEinjo4rh7PGfqxxA41eP7OKaVh9tC1sVqbvj-kanhEUbqHhaSwC-EdinbXC7thSSuo6aA20IP6R_uxH8oEDEsRP9CVPsAvGm-fz1y5Y-c_tcatCuhg-_8ipU9GVG1Y_RDE-mwWm/s1600/Glass+man.jpg





5. Teste.

“Tan recta es mi visión, tan pura mi sensación, tan desgraciadamente completo mi conocimiento, y tan sutil mi representación, tan nítida, y mi ciencia tan consumada, que desde la extremidad del mundo hasta mi palabra silenciosa me penetro; y levantándose de la cosas informe que se desea, a lo largo de fibras conocidas y centros ordenados, yo me soy, me respondo, me reflejo y repercuto, me estremezco en el infinito de los espejos –soy de cristal”

[Paul Valéry, Monsieur Teste; Visor Distribuciones, Madrid, 1999, p. 46.]



6. T-1000

http://www.youtube.com/watch?v=jg7e9WeYg8M&feature=fvw



7. Francisco de Quevedo, "El reloj de arena":

¿Qué tienes que contar, reloj molesto,
en un soplo de vida desdichada
que se pasa tan presto?
¿En un camino que es una jornada
breve y estrecha de este al otro polo,
siendo jornada que es un paso solo?
Que si son mis trabajos y mis penas,
no alcanzaras allá, si capaz vaso
fueses de las arenas,
en donde el alto mar detiene el paso.
Deja pasar las horas sin sentirlas,
que no quiero medirlas,
ni que me notifiques de esa suerte
los términos forzosos de la muerte.
No me hagas más guerra,
déjame y nombre de piadosa cobra,
que harto tiempo me sobra
para dormir debajo de la tierra.
Pero si acaso por oficio tienes
el contarme la vida,
presto descansarás, que los cuidados
mal acondicionados
que alimenta lloroso
el corazón cuitado y lastimoso,
y la llama atrevida
que amor, ¡triste de mí!, arde en mis venas
(menos de sangre que de fuego llenas),
no sólo me apresura
la muerte pero abréviame el camino:
pues con pie doloroso,
mísero peregrino,
doy cercos a la negra sepultura.
Bien sé que soy aliento fugitivo;
ya sé, ya temo, ya también espero
que he de ser polvo, como tú, si muero;
y que soy vidrio, como tú, si vivo.






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Notas:

[1] Julián Jiménez Heffernan, “Pequeño, claro y libre. Una poética para el poema lírico en la España del siglo XVI”, en Studi Ispanici, Pisa-Roma, 2002, pp. 78-79.