1) Releeo
El extranjero de Camus, para
explicarlo en una clase. En cada ocasión algo me
inquieta, esta vez fue el “ahora” desde el que en ocasiones está escrito el
texto:
“Tuve
incluso la impresión de que esta muerta, tendida en medio de ellos, nada
significaba a sus ojos. Creo ahora, sin embargo, que era una impresión falsa”.
Al principio del capítulo siguiente ese ahora
parece explicarse, puesto que el narrador nos dice “hoy es sábado”
y parece que es desde ahí desde donde
nos cuenta, pero relata la jornada sabatina en pasado, como si estuviese
escrita a última hora, y luego pasa sin aspavientos al día siguiente, domingo,
que sigue narrando en el mismo pasado. Ese “hoy es sábado”, por tanto, se queda
en ningún lugar, sin sujeción. Acudo al original para ver si se trata de una
licencia de José Ángel Valente al traducir, pero no: “c’est aujourd’hui samedi”.
No hay duda. También la novela comienza en presente, como es sabido (“Aujourd’hui,
maman est morte”, “Hoy, mamá ha muerto”), y luego pasa brevemente al futuro
para, en el segundo párrafo de la novela, instalarse en nuestro pretérito -que
en el original es passé composé-. Cuando
acaba el libro, una vez dictada la sentencia, aparece de nuevo el presente:
“por tercera vez me he negado a recibir al capellán” (p. 118). La novela
termina en un subjuntivo con el que se enuncia el futuro -la ejecución- por
llegar.
El
recurso me parece muy interesante: Camus va situando al narrador en cierto presente, desde el cual recuerda los
hechos, pero el recuerdo en pasado se estira hasta englobar y superar el
momento en que rememora. Es una paradoja temporal que, por alguna razón
fascinante, funciona. Como funciona Meursault, un personaje insostenible si lo
piensas, pero que en El extranjero funciona
con una una naturalidad ilógica a la que el lector se acostumbra sin
resistencia.
2) Y
otra meditación. Si a Wordsworth le aterraba la brutal indiferencia de la
naturaleza, el desdén de montañas y lagos por nuestras minúsculas
tribulaciones, Albert Camus lleva a cabo una lectura completamente diferente:
somos nosotros los que debemos ajustarnos a su indiferencia, los que debemos
apreciarla y darnos cuenta de que la Tierra tiene valores, uno de los cuales es, precisamente, su despreocupación, su
insistencia inerte en seguir siendo ella misma, con independencia de todo lo
demás, incluyéndonos nosotros en el saco de ese todo. Pero Camus veía esto de un modo diferente. Lo recuerda Paul
de Man, que señala con agudeza el papel de la naturaleza en la obra del
argelino, rescatando unas reveladoras líneas de sus Carnets: “(…) un día, la tierra nos muestra su sonrisa primitiva e
inocente. Entonces es como si quedaran borradas las luchas, incluso la vida
misma. Millones de miradas han contemplado este paisaje, pero para mí es como
la sonrisa del mundo. En el sentido más profundo del término, me hace salir de
mí mismo (…) La gran verdad que el mundo nos enseña con paciencia es que el
corazón y la mente no son nada. Y que la piedra caliente por los rayos del sol,
el ciprés magnificado por el azul del cielo, son los límites del único mundo en
el que algo significa lo que está bien: la naturaleza sin el hombre”.
Es decir, la tierra sonríe cuando nos recuerda que no somos nada, pero este
pensamiento, que llenaba de angustia a Wordsworth, es feliz para Camus, porque relativiza instantáneamente nuestros
problemas y preocupaciones. Las vuelve absurdas, un término sobre el que Camus,
como recuerda Tony Judt,
reflexionó mucho, pero su absurdo puede ser una sacudida que nos haga
despertar, con el objetivo final de reconciliarnos con una existencia desnuda, otro término muy querido para
Camus. Queda claro en el final de El
extranjero, cuando el Meursault ya condenado a muerte dice: “como si esa
gran cólera me hubiese purgado del mal, vaciado de esperanza, ante esta noche
cargada de signos y de estrellas me abría por vez primera a la tierna
indiferencia del mundo”.
Ese tierna es la única palabra tierna
de El extranjero, y no se aplica a
una persona, sino a la hosca apatía de una Naturaleza que no nos necesita.
Albert Camus, El extranjero; traducción de José Ángel Valente, Círculo de
Lectores, Barcelona, 2001, p. 16.
Albert Camus, El extranjero; traducción de José Ángel Valente, Círculo de
Lectores, Barcelona, 2001, p. 131.