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martes, 22 de agosto de 2023

Poéticas del desorden

 


Rafael Argullol, Danza humana. Barcelona: Acantilado, 2023. 

Gueorgui Gospodínov, Física de la tristeza. Traductores: María Vútova y Andrés Barba. Logroño: Fulgencio Pimentel, 2018.

 

Poéticas del desorden

1

Estos dos títulos son una suerte de antilibro uno del otro. Si en la Física de la tristeza de Gospodínov el protagonista puede invadir los recuerdos de otras personas (como el Amado Dam de Roque Larraquy en La telepatía nacional), en Danza humana, continuando el proyecto iniciado desde Visión del fondo del mar, Rafael Argullol permite que sus recuerdos sean invadidos por apuntes históricos, eruditos o artísticos. Biografía y conocimiento se interrelacionan en ambos libros de una manera híbrida, porosa, abierta, muy subjetiva y, en el caso de Argullol, intelectualmente estimulante. Física de la tristeza puede pasar por novela y Danza humana por hiperdiario o protodietario, pero su adscripción genérica es lo de menos, porque su género mayor es la escritura omnívora, que no se permite limitaciones, vallados ni estrecheces.

Creo que puede ser interesante comentar estos libros por oposición, y mostrar cómo la poética del desorden puede adquirir disímiles y casi contradictorias materializaciones literarias.

 

2

Pese a la gravitación del pasado en ambos proyectos narrativos, los resultados no pueden ser más divergentes. Por ejemplo, en el estilo; el del catalán se alinea en la estela de un estilo de escritura culto, digamos centroeuropeo, mientras que el del búlgaro borbotea desde un crisol cultural posmoderno donde cabe todo, si bien intenta lanzarlo hacia la tradición universal, como revelan los epígrafes de apertura. Argullol, dentro de la diversidad, mantiene un tono medio de notable calidad durante 1030 páginas. En cambio, Gospodínov cae en la trampa de rebajar a veces su nivel, a veces de forma inexplicable, como en la página 191 (“¡Venga, que nos vaaamooos!”), o, peor aún, al final de las páginas 97 y 361, con esos imperdonables mugidos (no es una metáfora: “Muuuuuuu”, p. 97).

Creo que el problema de Gospodínov es que confunde el hecho de quitarse importancia a sí mismo, un gesto loable, con quitarle importancia al texto propio, infantilizándolo. Recuperar la infancia, un asunto literario de luenga tradición, no debería hacerse al precio de incorporar la idiocia infantil. Como explicó una buena lectora, Ana Gavilá, en una red social, algunos puntos de este libro hubieran necesitado de mayor exigencia por parte de su primer editor búlgaro.

 

3

La estructura de la Danza humana de Argullol parte de un esquema en apariencia sencillo que se va enrejando: el volumen se escribe durante dos años, entre 2019 y 2021, y se divide en diez libros, cada uno de ellos dividido en sus correspondientes capítulos y dotado de una temática central, aunque tanto la vida contada como la subjetividad del autor engarzan un hilo de continuidad a lo largo de la obra. La poética de Argullol entroniza la temporalidad como eje central y cifra en lo que podríamos llamar la subjetividad estética (auto)indagatoria su mecanismo de irradiación. Las distintas capas cronológicas se entreveran, desde el pasado histórico y la infancia al presente inmediato y el futuro, y la narración es como un barco que boga entre las “tempestades del tiempo” (p. 224). Para ayudarse en este camino, emplea el intradiálogo con un alter ego llamado Å, y dialoga con algunas figuras mitológicas o evemerismos, que por lo común aparecen en uno solo de los diez capítulos.


Fiel a la escritura transversal característica de Argullol, el género literario de Danza humana es híbrido; aunque el tono predominante sea el autobiográfico, se mezclan aquí apuntes reflexivos, microensayos, esquejes de ficción ambientadas en el futuro, estampas historiográficas, crónicas pandémicas, aforismos emboscados, análisis pictóricos, trazas de crítica social, etc. A veces reconstruye —o restituye, el de restitución es un término importante en esta obra— momentos históricos, como las hermosas páginas que dedica a Salinas y Fray Luis, o fabula con garra momentos legendarios como el encuentro de Príamo y Aquiles al final de la Ilíada.

 

4

La estructura general de Física de la tristeza es interesante y peligrosa a la vez. Gospodínov la describe autorreferencialmente en varias ocasiones como “caja” (p. 240, entre otras), donde va introduciendo todo tipo de materiales, más o menos hilados. Esa elección tiene el obvio atractivo de la variedad, pero requiere de una sana autoexigencia para no caer en el peligro potencial de convertir la obra en un cajón de sastre. Y me temo que su novela deviene cajonera revuelta donde materiales cualitativamente muy irregulares son introducidos a la fuerza; a veces son pecios estimables, fabulosos, pero numerosas páginas se pueblan de ocurrencias fútiles (por ejemplo, 271-277), lugares comunes (“la vida entera puede narrarse como un catálogo de mudanzas”, p. 193) o episodios banales (pp. 335-341, entre otras).

Las novelas son como escafandras de buzo: pueden tener rayones, o manchas, pero si tienen agujeros, te ahogas.

No obstante, en este totum revolutum también proliferan los hallazgos. La idea del sótano (p. 162) o “inframundo” (p. 190) desde el que el protagonista autoficcional escribe la novela es un hábil correlato de las profundidades del inconsciente (el de las tres instancias: autor, personaje desdoblado y obra), y desde ahí Física de la tristeza teje el simbolismo con los mitos del Minotauro y del laberinto —ya manidos, hay que evitar cualquier símbolo desarrollado por Borges, entre otras cosas porque los tratamientos borgianos han generado a su vez la proliferación imitativa en cadena—. El mitotauro y su laberinto se vinculan con otro símbolo, el del arca de Noé, variante de la estructura de caja —o cajista, como de impresor de tipos—, para la cual se recuerdan vivencias propias o reapropiadas, o se compran (pp. 239-241) historias ajenas. Nadie puede negar ingenio y puntual talento a Gospodínov; creo que nadie dejará de apuntar que su talento e ingenio pudieron refinarse, manteniéndose alejados de la irregularidad que los afea y disminuye.

 

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Otros momentos del máximo interés llegan en Danza humana cuando Argullol profundiza o divaga, según casos (y la profundización no ha de ser necesariamente más exacta o relevante que la digresión) en ejemplos filosóficos, literarios o artísticos, entre los que se mueve como pez en el agua. Se logra así gran altura en páginas como aquellas en las que observa el paso del tiempo en el propio Cronos (p. 883-885), o cuando distingue la “mirada doble” humana, a partir de las dos trinidades pictóricas de Masaccio y Rubliov (852-866), doble mirada que a su juicio conforma la mayoría de las expresiones estéticas de lo humano, apuntalando la visión, expuesta en la página 227, del arte como forma esencial de recuperación del tiempo.

La tesis está bien construida, aunque es difícil estar de acuerdo con alguna de sus consecuencias, como la de que no hay progreso en el arte: si no existiera ese progreso Argullol escribiría su proyecto autobiográfico de la misma forma que Agustín redactó sus Confesiones, o sus poemas mediante la cuaderna vía de Gonzalo de Berceo. Hay que recordar que en La atracción del abismo (1983) el propio Argullol se refería a la “revolución” romántica —que tantos avances trajo, pese a cierto antiprogresismo programático en alguna de sus manifestaciones— o aseveraba que “Munch provoca un ‘incendio’ del cielo sin precedentes en la pintura” (Plaza & Janés, 1987, p. 118), porque en eso consiste la genialidad artística: lograr, incluso sin saberlo, detalles, técnicas, resultados, estructuras, recursos estéticos, hallazgos estilísticos o dimensiones semánticas sin precedente.

 

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El “Gaustín” que incorpora nada menos que tres citas al comienzo de la novela de Gospodínov es la primera ficción del texto; se trata de un alter ego (a la Renzi más que al estilo de un heterónimo pessoano), configurado como una figura metanoica: a veces es un escritor apócrifo, que procede de su relato “Gaustine” (2001), publicado en uno de sus libros que en la versión en inglés se tituló And Other Stories (Northwestern University Press, 2007), y que también aparece en Las tempestálidas —libro que no he leído, y que seguramente no leeré— bajo la forma de un psiquiatra llamado Gaustín. Otras veces comparece como personaje atemporal con diversas figuraciones, desde un amigo de juventud del protagonista de Física de la tristeza (p. 148) hasta un “Gaustín de Arlés (S. XVII)” citado en la p. 87. Así que Gaustín es un personaje comodín que le permite al autor desdoblar sus voces desde cualquier presunta legitimación bibliográfica.

 

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Entre las numerosas virtudes de Danza humana, una no menor es la de explicar a la perfección el proceso de madurez, expuesto como paralelo, y esto me parece un hallazgo, al intelectual: ambos parten de la puesta en cuestión de aquello que se daba por sabido o asentado, solo por creerlo, porque otros lo creían o porque formaba parte de una tradición. Deshacer el falso conocimiento, para Argullol, es más valioso que construir el nuevo, porque el nuevo, pasado un tiempo, también deberá ser reexaminado (p. 166). Un ejemplo de cómo se realiza ese proceso en lo intelectual son las vibrantes páginas en que el autor revisa la famosa cita de Goethe sobre la preferencia del orden frente a la injusticia. Argullol la localiza en el original alemán, la traduce de nuevo y la reinterpreta de un modo completamente distinto al tradicional (pp. 164ss), regalándonos una perspectiva de análisis muy diferente de la que hemos heredado. Este tipo de revisiones culturales nos enriquecen tanto como cualquier descubrimiento de nuevo cuño.

 

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Física de la tristeza es una metaficción posmoderna que no esconde sus resortes al lector, mostrando sus tripas (por ejemplo, pp. 66 o 167) sin complejos, con varias mises en abyme recursivas (la cápsula de cápsulas temporales de la p. 193, entre otras). El narrador de Gospodínov es poco fiable; varía en el uso de la primera y la tercera persona, desdobladas temporalmente, y su relato es dudoso o forzado en algunas ocasiones.

La excesiva preocupación del autor búlgaro por salpicar las novelas de golosinas llamativas —algo especialmente claro en Novela natural, su primera novela de 1999—, le acaba llevando al preocupante reino de lo que podríamos llamar la estética midcoolhunter, una poética del desorden revuelto compuesta a medias por una prosa midcult y por la actitud zahorí de coolhunter. Y el acopio de bisutería textual, esa prosa de relumbrón, me parece su mayor debilidad.

 

Dos nombres me han venido a la cabeza leyendo a Gospodínov: Gonzalo Tavares y Mircea Cărtărescu, uno por afinidad y otro por antagonismo. Creo que Gospodínov se parece a Tavares, que es otro hábil mezclador posmoderno de materiales de irregular calidad. Pero Tavares tiene momentos aún más abaratados que el búlgaro, y comete el error de disfrazar las ocurrencias de hallazgos. Gospodínov no las disimula, honestamente las presenta sin más como tales, refugiándose en su “complejo de Noé” (p. 189). Su poética de la recolección (Novela natural, p. 126) no filtra: profetas y bolsas de plástico acaban por igual en el vientre de la ballena.

Digamos que ambos recuerdan a Cărtărescu por oposición: el rumano es el modelo de gran escritor posmoderno que el portugués y el búlgaro, a mi juicio, y al menos de momento, no pueden llegar a ser.

 

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Recontar todos los hallazgos de Danza humana sería inútil, pues los hay de todo tipo; desde fulguraciones como la de que los pensamientos tienen sombra, hasta la definición de los sueños como “un viaje en todas las direcciones” (p. 448), pasando por profundos apotegmas sobre la condición humana, la importancia del error en el conocimiento (propio o ajeno), reflexiones creativas o sesudos descubrimientos de madurez. La recopilación de los subrayados, marcas y señales de mi ejemplar, pasados a papel, ocuparía un volumen del tamaño de una novela corta.

Es normal que en un libro de 1030 páginas sobren algunos pasajes, o hallemos subapartados de menor fuerza o valor que otros. Eso me ha pasado en Danza humana con la larga parábola de Matías el Desnudo (pp. 333-360) o con las algo previsibles páginas dedicadas a Hiroshima (730-732), o en algunas digresiones sobre el amor. Pero el nivel medio es de una altura sorpresiva, las diversas historias incluidas contienen siempre uno o más aspectos relevantes, y las últimas 400 páginas alcanzan una brillantez desusada. No voy a cometer la boutade de decir que esta Danza humana se hace corta, pero consigue el milagro de no hacerse larga.

Otra virtud: pese a su extensión y variedad, no hay en el libro concesiones al exhibicionismo ni al confesionalismo vergonzante, características de otras escrituras autobiográficas contemporáneas. Aunque Argullol incluye algún ajuste de cuentas consigo mismo, sobre todo al repasar sus etapas adolescentes y de juventud temprana, la vida íntima del autor no aparece ni por asomo, y un espeso bloque de silencio se levanta entre la persona —de la que apenas llegamos a saber nada— y el escritor, de quien sí aprehendemos todo. Para Argullol, resguardar lo más valioso de uno es una forma de que “fructifique la libertad” (p. 993). Desde mi perspectiva personal, que va en contra de las modas editoriales en vigor, y que por supuesto no hay que compartir, este modelo autobiográfico me parece modélico.

 

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El problema de Física de la tristeza, con su final un poco ñoño —que recuerda, y no es un símil positivo, a las películas de Christopher Nolan, donde lo familiar comparece siempre asociado a la blandenguería, puede explicarse con la imagen —quizá manida, disculpen— de las almendras. Cuando comemos almendras lo hacemos con gusto, pero si masticamos una amarga —y no digamos si es la última— ese amargor estropea la entera experiencia. Como lectores, al leer no podemos adivinar cómo será la almendra que viene a continuación; nuestra esperanza es que sea, al menos, tan sabrosa o alimenticia como la precedente. Para lograr ese efecto, un escritor capacitado debe localizar las piezas alcaloides y extirparlas del conjunto, antes de que lleguen a nuestra boca. Me temo que el problema del muy posmoderno Gospodínov es que cree que todo vale. Sus lectores, y me consta que no soy el único caso, sabemos que no.

Eso no obsta a que haya extractos suficientes para recomendar, con moderación, Física de la tristeza; es un libro leído a ratos con gusto. Tiene elecciones narratológicas interesantes, que pueden aprovecharse para explicaciones de clase o como ejemplos para talleres de escritura creativa, y Gospodínov tiene una notable imaginación. Pero la recomendación de lectura debe hacerse dentro de la prudencia y desde la certeza de que es una novela con problemas, y cuyos innegables aciertos están a la penumbrosa altura de sus batacazos.

 

11

Eso sí, nunca olvidaré que Gospodínov es autor de una de las definiciones más memorables que he leído nunca sobre ese concepto casi inefable que es “novela”: “El mundo es un todo, y la novela es lo que ensambla ese todo” (Gueorgui Gospodínov, Novela natural. Trad. María Vútova. Logroño: Fulgencio Pimentel, 2020, p. 31).


 

12

He pasado muchas horas de este agosto en compañía de Danza humana, que generaba a mi lado la sombra de una persona culta, sabia, que con pasión pero sin aspavientos iba contándome historias propias y ajenas, en un tono libre de afectación, contenido y elegante, respetuoso consigo mismo y con quien escucha. Han sido horas muy bien empleadas, porque es difícil imaginar mejor compañía que una de la que se aprende.

 

La poética del desorden autobiográfico de Argullol, que encuentra su espejo en los autorretratos trastocados de André van Valen (pp. 687-689), me parece uno de los proyectos literarios más interesantes de la literatura española actual. Cuando me sea posible, y como el dios Jano con quien conversa el autor en uno de los capítulos de Danza humana, miraré hacia atrás y recorreré en orden inverso las otras dos piedras basales del proyecto, Poema (2017) y Visión del fondo del mar (2010), sin prisa. Con la conciencia de que la piedra, como dice Argullol, puede ser infinitas cosas, pero, “en los días benevolentes”, puede constituir “un fragmento de eternidad” (p. 1030).

 

 

[Relación con los autores y las editoriales: ninguna]

 

viernes, 28 de octubre de 2016

Extractos de un diario de lecturas y andanzas, 2




04/10/2016
De camino a Córdoba, el vagón se llena por completo de la conversación inane y estentórea de una chica que llama a un chico y le explica lo que tiene que hacer con su nueva novia. Justo en esos momentos leo un pasaje de Cada día es del ladrón de Teju Cole (Acantilado, 2016), en el que explica las dificultades que tenía para concentrarse en Nigeria por los olores y los ruidos.

Pienso si el ruido, proveniente o no de la mala educación, es la peste global del siglo 21.

Llego a Córdoba. Es el homenaje a Eduardo García en el teatro Góngora. Jesús Urceloy me entrega, al terminar el acto, unos poemas inéditos que escribió Eduardo con 24 años, que tenían guardados sus amigos de Madrid. Me enfrento con esos poemas de juventud, en los que ya se aprecia el poeta hondo y vital que vendrá después. Leo: “prefiero al enunciado la sustancia, / al mero verbo la acción / y el ser complejo y entrañable que la anima. / Sostengo que la piel nació para ser acariciada”.

En el tren de vuelta, asombrosamente tranquilo esta vez, estoy tan sobrepasado por las circunstancias que no puedo leer ni concentrarme en nada. Me pongo música y la escucho por los auriculares a todo volumen, dejando fluir los recuerdos. Me suministro mi propia dosis de ruido.


07/10/2016
Me ha gustado mucho el libro de Teju Cole. Leerlo produce esa sensación que tienes al introducir la mano en agua tibia: unas veces te parece fría y otras caliente. Cada día es del ladrón demuestra que no hay libros menores si el escritor tiene talento y se vigila para no desperdiciarlo. Este librito que en apariencia cuenta un viaje a su Nigeria natal, a la que Cole no regresaba desde que la abandonó en la adolescencia, narra en realidad muchas cosas y la mayoría muy interesantes (y muy bien traducidas por Marcelo Cohen), como por ejemplo los nada baladíes problemas éticos inherentes a la mirada postcolonial de un colonizado. El modo vibrante en que el autor de Ciudad abierta describe el linchamiento de un niño y otra situación violenta vivida en su propia carne se quedan tan adheridos a la piel como el olor de gasóleo que flota en el ambiente de Lagos. Es envidiable su capacidad para las imágenes, las comparaciones (“la electricidad vuelve a las cuatro de la mañana […] los ventiladores vuelven a girar como si reanudaran una conversación interrumpida a mitad de una frase”, p. 63), las descripciones y los apuntes de penetración sociológica, y leyéndole da la impresión de que tiene recursos narrativos para cualquier envite. Una obra deliciosa para cualquier lector, y más aún para quienes hemos vivido en África varios años y participamos del asombro y la suspicacia que tan agudamente se acogen en estas páginas.


08/10/2016
Escucho tras las ventanas a un niño gritar de una forma sincopada y aguda, un grito-hipido que me recuerda el canto de un pájaro exótico que oí de niño en un par de zoológicos. El sonido abre en el melón de la memoria y mi mente se puebla de hipopótamos con las fauces abiertas esperando pan seco y sandías, olor a cagada de elefante y chimpacés alterados al ver un cucurucho de cacahuetes en mis manos.

Cuando en aquellos tiempos oía en en los zoos aquel canto de ave, pensaba que parecía un niño extranjero gritando.


13/10/2016
Le dan el Nobel a Dylan. En redes sociales se lía una tangana impresionante respecto a si es o no escritor o a la duda de si, siendo Dylan poeta (yo creo que lo es), lo merece. Todos los opinadores, salvo rarísimas excepciones, parecen tener clarísimo cualquier extremo, y denuestan sin paliativos a quienes piensan de modo contrario. Me quedan dos impresiones de ese falso debate, que es más bien cruce de monólogos airados: la primera, que las personas dedicadas al intelecto prefieren imponer el suyo que pulirlo; la segunda, que, como sabíamos quienes estudiamos de continuo Teoría de la Literatura, hay una definición de literatura por persona. A veces, incluso más de una por persona.


Dentro de los diversos argumentos que he tenido la ocasión de leer a este respecto, me ha llamado la atención uno, bastante extendido, que compara a las canciones de Dylan con la lírica arcaica antigua, especialmente la griega, por sus valores “musicales”, “orales” y “populares”. Creo que podríamos detenernos un poco en esto.


Como a pesar de mi interés por el período -tuve una de mis escasas matrículas de honor universitarias en la asignatura de Filosofía griega- no soy experto en literaturas clásicas, creo que lo prudente sería analizar, a través de los expertos en aquel período, para ver si la poesía griega era tan oral y tan popular. Así que comencemos citando a Erick A. Havelock, para quien la originalidad literaria nace con la cultura escrita y la actitud libresca. En tiempo de los griegos, como recuerda Havelock en su Prefacio a Platón, es “indiscutible (…) que todos los poetas, a partir de Homero, son ya escritores. Pero no menos indiscutible es el hecho de que tales escritores escribían para ser recitados y escuchar. Puede decirse, por tanto, que componían para un público de oyentes. (…) Tenían que moldear sus palabras y frases de modo que resultaran repetibles, que fueran ‘musicales’ (…) Y el contenido tenía que ser tradicional. La osadía inventiva es privilegio de escritores asentados en una cultura de libros[1]. El subrayado de la última frase es mío. Como es lógico, hay que entender por “libros”, referido a aquella época y como recuerdan Luciano Canfora, García Gual, Emilio Lledó o Fernando Báez, las formas impresas de tradición textual (desde las inscripciones a los papiros y rollos). Walter J. Ong recoge y desarrolla estas y otras tesis de Havelock en su conocido y clásico ensayo Oralidad y escritura. Incluso un estudioso de la literatura tan filológico y tradicional como Kurt Spang reconoce que la “oralidad” es sólo uno de los “diez rasgos fundamentales de lo lírico”[2] que él estudia como posibles.

En un sentido similar, escribe Arnold Hauser: “los rapsodas eran con toda probabilidad gentes capaces de escribir, pues aunque en tiempos muy tardíos existían aún recitadores que se sabían su Homero de memoria, la recitación ininterrumpida sin un texto escrito habría provocado con el tiempo la descomposición total de los poemas. Tenemos que imaginarnos a los rapsodas como literatos diestros y prácticos, cuya tarea artística gremial consistía más bien en conservar que en incrementar los poemas recibidos.”[3]. Lo más curioso aparece cuando Hauser detalla algunos extremos del funcionamiento creativo de estos poetas antiguos: “lo cierto es que los rapsodas formaban una clase profesional cerrada, separada de otros grupos, una clase de literatos muy especializados, formados en antiguas tradiciones, que nada tenían que ver con lo que llamamos ‘poesía popular’. La ‘poesía épica popular’ griega es un invento de la filología romántica; los poemas o médicos son cualquier cosa menos poemas populares, y esto no sólo en su forma definitiva, sino incluso en sus comienzos” (pp. 85-86, subrayado mío). Después de exponer las ideas de H. M. Chadwick en The Heroic Age (1912), Hauser añade que “los poemas homéricos sería la continuación inmediata de la poesía cortesana de la época heroica; los aqueos y eolios habrían llevado consigo a pensar su nueva patria no sólo sus cantos heroicos, sino también sus cantores, y éstos habrían trasmitido a los poetas de la épica las canciones que ellos habían cantado antes en las cortes de los príncipes. En consecuencia, el núcleo de la poesía homérica habría estado formado no por romances populares tesalios, sino por canciones alérgicas cortesanas, que no  estaban destinadas a las masas, sino a los oídos exigentes de los entendidos” (p. 86). Jacob Burkhardt apunta en su Historia de la cultura griega, en el mismo sentido, que “es posible que los rapsodas hayan sido los principales transmisores y que hayan frecuentado los palacios de los nobles”[4].

Por tal motivo, denominar “literatura popular” a la poesía griega arcaica parece una temeridad; como sigue diciendo Hauser, “es algo que choca con todas las concepciones románticas de la naturaleza del arte y del artista -concepciones que pertenecen a los fundamentos de la estética del siglo XIX- el que la epopeya homérica, ese inigualado modelo de poesía, no pueda ser considerado ni como la creación de un individuo ni como producto de la poesía popular, sino como poesía artística anónima, obra colectiva de elegantes poetas cortesanos y literatos eruditos, en los cuales los límites entre las aportaciones de las diversas personalidades, escuelas y generaciones son completamente imprecisos” (pp. 86-67). Y, aún más claro: “El cantar heroico se dirigía todavía exclusivamente a los príncipes y a los nobles; sólo se interesaba por ellos, por sus costumbres, normas e ideales. Aunque en la epopeya el mundo no está ya tan estrictamente limitado, sin embargo el hombre común del pueblo carece todavía de nombre y el guerrero vulgar no tiene ninguna importancia. En todo Homero no existe ni un único caso en el que un personaje no noble se eleve por encima de su propia clase” (p. 87). Y durante los siglos siguientes no mejora demasiado la situación: “Todos los espíritus importantes de los siglos V y IV están, con la excepción de los sofistas y de Eurípides” -ningún poeta, por tanto- “al lado de la aristocracia y la reacción. Píndaro, Esquilo, Heráclito, Parménides, Empédocles, Herodoto, Tucídides son aristócratas” (p. 108).

En fin, parece que leyendo a los estudiosos resulta que la llamada “poesía oral popular griega” no parece demasiado oral, ni muy popular. A ver si en realidad va a resultar que era “libresca” (Havelock), antipopular y elitista. Creo que la raíz de esta confusión late en la alegría con la que se utiliza en nuestros días la expresión “literatura popular”. Sobre ese tema, aunque algo hemos avanzado ya en este blog recientemente, ya hablaremos otro día, en otro lugar.



[1] Erick A. Havelock, Prefacio a Platón (1963); Antonio Machado Libros, Madrid, 2002, p. 57, traducción de Ramón Buenaventura.
[2] Kurt Spang, Géneros literarios; Síntesis, Madrid, 2000, pp. 58-61.
[3] A. Hauser, Historia social de la literatura y el arte; vol. II, Debate, Madrid, 1998, p. 85.
[4] Jacob Burkhardt, Historia de la cultura griega; tomo I, RBA, Barcelona, 2005, p. 75.
 


14/10/2016
Leo en el Diario de Carlos Edmundo de Ory una magnífica entrada de 1949 que parece de George Steiner -y, de hecho, anticipa algunas cosas que dice Steiner en Presencias reales-:

Sobre música.

Valiéndose de ciertas humoradas de tipo musical, algunos clavecinistas del XVI se complacían en demostrar que la melodía es infinita trazando un pentagrama circular en el que escribían una melodía. Esta melodía podía empezarse en cualquiera de sus notas, de manera que no terminaba nunca, siguiendo así infinitamente como una melodía que se muerde la cola: canum perpetuo por motus contrario. Es la época de los jeroglíficos musicales, como el elefante de piel blanca y colmillos negros o el de la noche en día. La época de los cangrizantes. Fue cuando la música se hizo una ciencia oculta y dejó de ser arte. el músico Vito Frazzi, autor del Rey Lear, creía firmemente en la existencia de un acorde inicial fijo, absoluto, que no procede de los hombres porque es de origine sobrenatural, o sea transmitido por Dios. Ese acorde son los armónicos que nos da cualquier sonido puro. Cuando a Saint-Saëns le preguntaron: ‘¿Qué nota da esa campana?’, respondió: ‘Muchas’.
La humanidad de la música nace del sentimiento que despierta en los corazones. Este sentimiento es de tristeza. La vida de la música está sensiblemente unida a la vida del dolor. La música y la fiebre, la agonía, la muerte. En vísperas del tránsito, o en las melancolías del amor, el espíritu desea hundirse en un más alto país irracional. En busca de las armonías puras, beatíficas y calmas. Estando para morir, Sócrates sintió que su demonio le repetía: ‘Sócrates, haz música, estudia la música’. La música es triste, sí. Bella y triste. Herodoto cuenta que mientras permaneció en Egipto no oyó más que una canción, y era una canción triste. La melancolía es inherente a la música. Tal cosa lo demuestra también Jessica, en El mercader de Venecia, cuando dice: ‘Nunca estoy alegre al escuchar dulces melodías’. El pobre Nietzsche (que exigía gustos especiales en la música, y gustaba tan distintas músicas) escribió: ‘Yo no sé hacer diferencia entre las lágrimas y la música’.
La poesía me duerme. La música me despierta. No puedo dormir cuando oigo dulces sonidos. Entonces muerto de dolor y siento que vivo. Y siento que he caído en un lugar donde todo lo que existe es hermoso y amoroso, y considero la calma de mi espíritu mecido por esas horribles, digo verdaderas, olas de misteriosos sonidos.”
Carlos Edmundo de Ory, Diario (1944-1956); Barral, Barcelona, 1975, pp. 57-58.

En estos días leo también El álbum de las rejas (2016) de Omar Pimienta (Liliputienses), Incertidumbre (Jekyll&Jill, 2016) de Paco Inclán y La narración como realidad virtual (2004) de Marie-Laure Ryan.


16/10/2016
Termino La fórmula Miralbes (Caballo de Troya, 2016) de Braulio Ortiz Poole, que comencé ayer. Muy interesante, hablaré sobre ella en algún lugar conectándola con Los últimos días de Adelaida García Morales de Elvira Navarro, a la que todavía no he podido hincar el diente. Las dos obras están construidas como documentales falsos sobre escritoras.

Comienzo Mar desterrado (Anagrama, 1988), de Mariano Antolín Rato.




17/10/2016
En el diario de Carlos Edmundo de Ory veo algo que me parece feo: el poeta apunta los elogios que recibe de otros. Por ejemplo, recoge este piropo de Pepe Caballero:

“Me preguntó por ella. Yo le dije:
-¡Me preguntas por Eurídice!
-¿Por qué la llamas así?
-Porque yo soy Orfeo y porque me ha abandonado en el infierno.
-¡Tú estás por encima de Orfeo!
También me dice:
-Has hecho unos poemas estupendos.” (p. 132)

De pronto pienso que cuando retuiteamos algún elogio o lo destacamos, al enlazar las reseñas, en nuestro perfil de Facebook, estamos cometiendo la misma ridiculez narcisista.


18/10/2016
Advierto en bastantes países de Hispanoamérica, desde Guatemala a Argentina pasando por México, una atención al trabajo sobre archivos (Cristina Rivera Garza, Bárbara Göbel, Daniel Noemi Voionmaa, Manuela Garau, etc.). No sólo sobre los archivos públicos, por ejemplo los archivos policíacos de las épocas de represión, sino también sobre archivos privados, contemplados a veces desde una perspectiva política. 

Este es el caso de El álbum de las rejas (2016) de Omar Pimienta, donde el poeta y fotógrafo mexicano hace una lectura de la frontera con Estados Unidos y de la vida de los trabajadores fronterizos a partir de la lectura textovisual del archivo de su familia. El poemario tiene un sentido geopolítico y documental -voluntad visible en el fechado de los nombres reales mencionados en los poemas-, que transforma la experiencia individual del poeta en colectiva y social, en condiciones de ser “apropiada” por el lector, como si la obra fuese una fuerza de trabajo. El álbum de las rejas alcanza más altura, sin embargo y a mi personal juicio, cuando la ideología cede a la mirada íntima y nostálgica de Pimienta:

de esos días recuerdo bien unos soldaditos
americanos hechos en china que perdí
en uma montaña de arena junto a la parra
el pelotón entero sucumió ante una avalancha

con esa arena mezclaron el cemento
que convirtió mi patio en una explanada
si ahora lo pienso un poco más      aunque no quiero
cada vez que visito a don Marcos
camino sobre los restos arqueológicos de mi infancia.


18/10/2016
Me pregunto si la cultura de estos tiempos no es demasiado documental. Me gusta la no-ficción, pero añoro una mayor presencia de imaginación desatada.


19/10/2016
Tengo un coloquio con José Manuel Benítez Ariza, titulado “Escritura íntimo-pública en Internet: de la sociabilidad en red a las redes sociales”. Como nuestra anfitriona es la Fundación Carlos Edmundo de Ory, comento más o menos esto:

Aunque en varios lugares de su Diario Carlos Edmundo de Ory expresa su “naturalidad” a la hora de escribirlo, lo anotado por él en varias jornadas de escritura y el prólogo nos advierten de que era un gran lector de diarios, e incluso lleva a establecer clasificaciones de diarios íntimos. Pocas pruebas más necesitamos para saber que no hay naturalidad ninguna en su escritura diarística y que es plenamente consciente de que escribe para un lector ajeno, esto es, de que “posa” para su diario, como casi todos los diaristas.

Respecto al parecido entre lo que él hace y el uso de las redes sociales en nuestros días, en su Diario habla Carlos Edmundo de lo que lee, de lo que oye, de lo que hace. Por ese motivo, su comportamiento es muy parecido al nuestro en las redes sociales. Como nosotros, él se hace selfies ekfrásticos -escritos y descriptivos- con Cirlot, con Nieva, con Chicharro, con Gregorio Prieto, etcétera. Se retrata con ellos y lo fecha. Igual que nosotros en Facebook o Instagram. Cuando le gusta algo, lo fotografía y lo “cuelga” en el timeline de su diario, sólo que lo fotografía con palabras, en vez de con cámara digital. Muchas de sus entradas tienen la longitud de un estado de Facebook o Google +, y algunas anotaciones tienen la extensión de un tuit: “El estilo es el alma”[1], apunta el 5 de abril de 1949.

Como decíamos antes, Carlos Edmundo sabe que va a ser leído, escribe para lectores, no sólo para sí. Que diga que escribe para sí en el prólogo -esto es, en un texto específicamente pensado para anteceder a otro en un libro por imprimir- es más que revelador. Incluso en algún lugar del diario (el 28 de noviembre de 1949) lo reconoce: “todas las frases están pensadas para que sean leídas mañana” (p. 57). La única diferencia entre estos diarios y un perfil de red social es la dilación, el aplazamiento, el tiempo transcurrido entre la publicación y la lectura, el hecho de que la escritura no sea en “directo”. Lo demás, esto es, el ansia de comunicar, la instantaneidad, la contextualización social y amical, el gusto de compartir lecturas y gustos, la sentimentalidad algo exhibicionista, es idéntico.

Como ha escrito Charles Simic en sus memorias,

Los poetas todavía tienen mucho de diarista puritano. Como sus antepasados, introducen observaciones sobre el estado de su vida interior en entradas de su diario que hablan del clima. El problema de la identidad siempre está presente, al igual que la persistente sospecha de que la existencia carece de sentido. La premisa de trabajo, sin embargo, es que cada individuo es representativo hasta en sus preocupaciones más íntimas, que el ‘problema estético’, como ha dicho John Ashbery, es un ‘microcosmos de todos los problemas humanos’, que el poema es el lugar donde el ‘Yo’ del poeta, por cortesía de una alquimia visionaria, se convierte en el espejo de todos nosotros.[2]

Se puede conectar esto con lo que dice Carlos Edmundo en diciembre de 1949, cuando apunta: “No es ése un Diario que siga el ejemplo del de los Goncourt. Éste es el diario que refleja un espejo: el espejo de mis espejos” (p. 59). O con lo que escribe el 14 de octubre de 1950, cuando escribe: “De la misma manera que mi frase nocturna ‘Todo es sufrimiento’ nació como nudo de un poema…, del propio sufrimiento, el sujeto debe ser considerado como ‘materia artística’” (p. 76). En efecto, el diario es una especie de autopsia diaria del propio cuerpo considerado como materia analizable, como cobaya donde se van explorando las huellas y rastros que deja la vida. El diarista, como un forense, deduce las causas de las agresiones examinando los hematomas dejados en la piel (propia). El diarista convierte al yo en un experimento, en un laboratorio, durante años. “Estoy notando que yo soy el elemento principal de mi creación. Creo sobre mí mismo. Mi inspiración sale de mi ser y no de ninguna fuente extraña (…) Soy aquello que no puedo negar: un experimentador” (p. 83). Y ese es otro punto de contacto con nuestro uso de Internet en la actualidad, todo gira alrededor de la burbuja de nuestras preocupaciones, sometiéndonos a un experimento de comunicación continua del yo.

Veamos otro parecido entre el Diario de Ory y nuestro comportamiento digital. Hay un momento (pp. 59-60) en que Carlos Edmundo describe una fiesta poética en casa de unos diplomáticos, a la que ha sido invitado junto con otros vates. Carlos Edmundo se queda algo alejado, en otra habitación, “voluntariamente retirado del parlamentario Parnaso”, departiendo con un joven sobre pintura. Cuando finalmente le reclaman para participar leyendo sus propios poemas, Carlos Edmundo adopta un papel discordante y, tras tomar un libro de poesía de uno de los anaqueles, recita la obra de otro. Esta escena podemos traspasar términos cibernéticos; Carlos Edmundo estaba en un canal de mensajes privados de Facebook con un artista, ajeno a la conversación general, y cuando es etiquetado decide no dar su propia opinión, no dar su propia obra, sino que hace una foto a un poema que le gusta y lo cuelga en su muro.


20/10/2016
En Cáceres, dentro del encuentro “Transversales”, que me ha permitido conocer al poeta uruguayo Eduardo Espina, hago un elogio de la dificultad narrativa, presentándola como una forma de resistencia de la literatura ante estos tiempos donde todo tiene que ser fácil, mascado, espectacular y de rápido consumo. Partiendo de los experimentalistas de los 70 (Ríos, Cela, Torrente Ballester, Goytisolo, Miguel Espinosa) llego a lo que denomino la “escuela de la última dificultad”, donde incluyo Un acontecimiento excesivo de Javier Avilés, Menos joven de Rubén Martín Giráldez y La herida se mueve de Luis Rodríguez, tres de los libros más literarios y más sugestivamente difíciles que ha dado la narrativa española última.

En el mismo encuentro, Eduardo Espina se pregunta, en una magnífica charla sobre ensayo literario, si sus pensamientos piensan lo mismo que él.



[1] Carlos Edmundo de Ory, Diario (1944-1956); Barral, Barcelona, 1975, p. 52.
[2] Charles Simic, Una mosca en la sopa. Memorias; Vaso Roto, Madrid, 2010, p. 215.