Daniel Bellón
Cerval; Baile del Sol, Tenerife, 2009
Relación con la editorial: ninguna.
Relación con el autor: no hay relación de amistad, he sostenido con él correspondencia digital referente a los libros que me ha ido enviando.
[Explicación a esto más abajo]
Cuando el título de un poemario consta de varias palabras, está formulando una idea; pero cuando un título está compuesto por una sola palabra, plantea un enigma.
Cerval es una palabra que remite al ciervo, al miedo cerval, a un espino llamado cerval que actúa como purgante y a un helecho con propiedades pectorales, pero creo, tras leer el poemario de Daniel Bellón (Cádiz, 1963), que el autor utiliza el término para referirse al temblor cerval. El temblor cerval sería el producido por aquellos factores de la realidad que atenazan el espíritu y lo convierten a la negatividad, manteniendo al poeta apesadumbrado y nostálgico de otro mundo o de otra realidad posible. La de Bellón no sería tanto una poesía de combate, como la de Enrique Falcón o Jorge Riechmann, sino la obra de quien ha ido a la batalla y regresa con la sensación de haber perdido, a pesar de vivir para contarla. Dos cosas me interesan de este poemario de Bellón: su condición de texto collage, y su construcción como texto continuo fruto de un “rapto” expresivo.
Y es que me interesan mucho los textos, sobre todo los poemas largos, prosas discontinuas o libros de poemas escritos en un período muy corto de tiempo: por ejemplo, Alexander Blok, quien “escribió Los Doce en una sola noche y se levantó del escritorio en un estado de agotamiento absoluto, como si hubieran cabalgado sobre él” (Marina Tsvietáieva, El poeta y el tiempo). Mientras Graham Green escribía El poder y la gloria redactó a la vez, con fines alimenticios, en seis semanas y con ayuda de la bencedrina El agente confidencial. Dostoievski dictó a una taquígrafa El jugador en menos de un mes. Otros ejemplos serían algunos libros de Fernando Pessoa, María Antonia Ortega o el Aira de Diario de la hepatitis, aunque hay muchos más. Bellón se suma a esta extraña cofradía con un “poema (…) que es el resultado de un proceso de escritura semi-automática, matraquilla tensa, retahíla fragmentaria, en un estado de ensimismamiento o ensoñación de ojos y oídos abiertos, a lo largo de los meses de febrero a abril del año 2006” (p. 3). El tiempo, por tanto, no es un factor secundario en Cerval; el ritmo frenético de escritura es sacudido y contradicho, sin embargo, por la brevedad de las frases, hay una dialéctica irresoluble entre el poeta que siente la pulsión de seguir escribiendo y el poeta que va cortando, deteniendo los versos, mutilándolos, haciéndolos girar sobre la restricción de sentido. La mano izquierda empuja y la derecha frena.
A esta inquietante tensión textual interna (este trocaico juego de consonantes que he hecho, t-t-t-t-t, recuerda un poco a la sintaxis rítmica de Bellón) hay que sumar la creada por la aparición de intertextos, aclarados en las páginas finales, que se insertan en el discurso y lo salpican como lágrimas brillantes. Quizá alguien puede decir, por la rotundidad de algunas de las citas incluidas, que Bellón ha corrido el innecesario riesgo de que un material tan bueno cree un hiato de calidad con el restante, pero entiendo que para Bellón esas citas vinieron a su mente durante el corto proceso creativo de una forma tan intensa e inevitable como las “citas” de política y de actualidad social que también aparecen en Cerval; entiendo que es una forma de honestidad dejar todo ese material externo tal y como apareció como tegumento del poema (aunque no deja de ser mi discutible suposición personal). Esta sería una de las diferencias entre un libro normal y el libro escrito durante un arrebato: el autor parece sentir la necesidad de posterior de no pulir mucho, para no traicionar la autenticidad del proceso creativo, respetándolo en lo posible tal y como apareció.
Terminamos con algunos textos de Cerval, que les permitirán apreciar si acierto o me pongo estupendamente errático, como sería mi deseo:
Cerval es una palabra que remite al ciervo, al miedo cerval, a un espino llamado cerval que actúa como purgante y a un helecho con propiedades pectorales, pero creo, tras leer el poemario de Daniel Bellón (Cádiz, 1963), que el autor utiliza el término para referirse al temblor cerval. El temblor cerval sería el producido por aquellos factores de la realidad que atenazan el espíritu y lo convierten a la negatividad, manteniendo al poeta apesadumbrado y nostálgico de otro mundo o de otra realidad posible. La de Bellón no sería tanto una poesía de combate, como la de Enrique Falcón o Jorge Riechmann, sino la obra de quien ha ido a la batalla y regresa con la sensación de haber perdido, a pesar de vivir para contarla. Dos cosas me interesan de este poemario de Bellón: su condición de texto collage, y su construcción como texto continuo fruto de un “rapto” expresivo.
Y es que me interesan mucho los textos, sobre todo los poemas largos, prosas discontinuas o libros de poemas escritos en un período muy corto de tiempo: por ejemplo, Alexander Blok, quien “escribió Los Doce en una sola noche y se levantó del escritorio en un estado de agotamiento absoluto, como si hubieran cabalgado sobre él” (Marina Tsvietáieva, El poeta y el tiempo). Mientras Graham Green escribía El poder y la gloria redactó a la vez, con fines alimenticios, en seis semanas y con ayuda de la bencedrina El agente confidencial. Dostoievski dictó a una taquígrafa El jugador en menos de un mes. Otros ejemplos serían algunos libros de Fernando Pessoa, María Antonia Ortega o el Aira de Diario de la hepatitis, aunque hay muchos más. Bellón se suma a esta extraña cofradía con un “poema (…) que es el resultado de un proceso de escritura semi-automática, matraquilla tensa, retahíla fragmentaria, en un estado de ensimismamiento o ensoñación de ojos y oídos abiertos, a lo largo de los meses de febrero a abril del año 2006” (p. 3). El tiempo, por tanto, no es un factor secundario en Cerval; el ritmo frenético de escritura es sacudido y contradicho, sin embargo, por la brevedad de las frases, hay una dialéctica irresoluble entre el poeta que siente la pulsión de seguir escribiendo y el poeta que va cortando, deteniendo los versos, mutilándolos, haciéndolos girar sobre la restricción de sentido. La mano izquierda empuja y la derecha frena.
A esta inquietante tensión textual interna (este trocaico juego de consonantes que he hecho, t-t-t-t-t, recuerda un poco a la sintaxis rítmica de Bellón) hay que sumar la creada por la aparición de intertextos, aclarados en las páginas finales, que se insertan en el discurso y lo salpican como lágrimas brillantes. Quizá alguien puede decir, por la rotundidad de algunas de las citas incluidas, que Bellón ha corrido el innecesario riesgo de que un material tan bueno cree un hiato de calidad con el restante, pero entiendo que para Bellón esas citas vinieron a su mente durante el corto proceso creativo de una forma tan intensa e inevitable como las “citas” de política y de actualidad social que también aparecen en Cerval; entiendo que es una forma de honestidad dejar todo ese material externo tal y como apareció como tegumento del poema (aunque no deja de ser mi discutible suposición personal). Esta sería una de las diferencias entre un libro normal y el libro escrito durante un arrebato: el autor parece sentir la necesidad de posterior de no pulir mucho, para no traicionar la autenticidad del proceso creativo, respetándolo en lo posible tal y como apareció.
Terminamos con algunos textos de Cerval, que les permitirán apreciar si acierto o me pongo estupendamente errático, como sería mi deseo:
20
De imanes desatados condenados a dejarse ir y venir. Al choque y al vacío. Fuerzas invisibles que el espacio desordena. El aire se llena de conversaciones. Los cables se tensan. Las líneas arden en su vibración. Se enredan. No es un flujo de datos fríos lo que anima las redes.
26[i]
Soba olas. Grita y en la incoherencia del grito hay un poema. Es sabido. Poemas inarticulados: llanto / gemido / risa / grito. La forma es contenido ¿o no sabes distinguir la alegría del dolor en un grito? Aquel que gritó yo soy llenó de señales los caminos. De gritos cantados surgieron las palabras que nos pertenecen.
38
Luz que emanas rodéame. Que envuelto en esa luz cruzo las calles sin que me toque el frío. Me ve brillar la gente y se preguntan qué sustancia consumo. Qué me sustenta la sonrisa mientras se disuelve el sentido y todo cae al piso alrededor. Sonrisa insolidaria acaso. Negada a compartir la fuente.
79[ii]
Sus plegarias caníbales están llenas de pureza. Limpios. Claros sueños de pueblos perfectos. De gente perfecta. De una pieza. Sin embargo yo soy el múltiple. Soy mi otro en una dualidad armoniosa de palabra y signo. Y quien me cree buena persona nada sabe de los monstruos que me habitan.
100
Cuerpo a otro cuerpo gritan las yemas de los dedos. Claman las células tan pequeñitas. El puñado de elementos que me componen. La onda del estampido que me nació me atropella y pasa. Vuelvo a ser sombra de un rastro. Radiación residual. Ahora que otra vez el mundo tiembla en barruntos de guerra y mis manos han dejado de temblar.
Mis manos han dejado de temblar.
Notas de los poemas:
[i] “Los trazos de la canción”, Bruce Chatwin
[ii] “ yo soy el múltiple. Soy mi otro en una dualidad armoniosa de palabra y signo.”: versos de “Identidad” de Mahmoud Darwish
[Explicación de lo apuntado arriba en azul: he estado pensando en este paso durante mucho tiempo. A partir de ahora explicitaré, en todas las reseñas aquí colgadas, mi relación personal no sólo con el autor del libro, sino también con la editorial. Mucho se habla –y mucho podríamos hablar, luego apuntaremos algo– del nepotismo literario, del acto de hablar de los libros de los amigos. Como creo que es una especie de “argumento censurador” que flota en el ambiente, no tengo ningún problema en exponer mis afectos y desafectos en público, por si hay quien cree que los necesita para valorar mi reseña, para juzgar mi “imparcialidad” (nadie es imparcial, yo no conocí a Henry James pero me cae fatal por el rostro altanero con el que posaba para retratos y fotos). También creo que puede verse comprometida la imparcialidad, o parecerlo, en el caso de las editoriales. ¿Tiende uno a poner mejor los libros de la propia editorial, para llevarse bien con el editor, o por agradecimiento? Bueno, creo que uno edita en ciertas editoriales porque está de acuerdo con el criterio del editor (al menos, es lo que yo hago), con lo cual lo ilógico sería escribir mal de sus ediciones; ello no me ha impedido hacer alguna reseña dura de novedades de Pre-Textos, por ejemplo, como el caso del último libro de Cristóbal Serra (dice mucho de un editor, por cierto, seguir editando a una persona que ha criticado mal uno de sus libros). En todo caso, por si las moscas, aclararé en el futuro mi relación o ausencia de relación con las editoriales de los libros reseñados.
Sí, puede que me pase. Puede que sean medidas excesivas. Pero lo cierto es que en este país los críticos se han estado pasando durante años, haciendo de su capa un sayo, utilizando su(s) espacio(s) para arreglar temas personales, encumbrando amigos, denostando enemigos, criticando líneas estéticas no afines, etc. de un modo absolutamente impune y a veces vergonzante. Creo que ahora, durante un tiempo, no estaría mal que los críticos estuviésemos rigurosamente vigilados, como los trenes de Hrabal. Como no quiero obligar a los demás críticos a someterse a esta transparencia, me limito a dar ejemplo. Los demás que hagan lo que quieran.
De todas formas, me gustaría apuntar algo sobre la amistad entre críticos y escritores, que es un problema que cambia radicalmente cuando el crítico, como es mi caso, es además escritor. Créanme: no son ustedes quienes tienen el problema, soy yo. Para ustedes ese hecho puede ser confuso, para mí esa dualidad es incomodísima. Ni se imaginan. Mi doble condición me ha estropeado muchas amistades en el pasado (bueno, ha demostrado que esas amistades no lo eran, en realidad, para la otra parte), y dificultará mis relaciones en el futuro. Personas con las que yo creía tener buena relación me han escrito dolidas sólo porque no las he mencionado en una entrevista o en un recuento apresurado de nombres. El año pasado estuve a punto de dejar la crítica –me refiero a publicarla, no a ejercerla, cosa que no puedo dejar de hacer– para siempre, precisamente por tres problemas de este tipo en una semana con presuntos “amigos”, con personas que muchos de ustedes creen que son “amigos” míos (yo tengo cinco amigos de verdad nada más, y dos de ellos no escriben). Fue un momento muy duro para mí. Pero tengo ese problema: para mí la crítica es tan vocacional como la escritura. Es parte de mi deseo y no pienso renunciar a él. De modo que esto me ha generado y va a provocarme un insoluble problema eterno.
Pero querría aclarar algo, que me parece esencial, y ya que me sujeto más que nadie a la mirada crítica de los demás, también quiero que ustedes hagan un esfuerzo por entender un elemento clave: el 95% por ciento de mis “amistades literarias” provienen de la admiración previa por la obra. Es decir: salvo casos muy puntuales, como los de mis amigos escritores Pablo García Casado o Javier Fernández, donde circunstancias vitales y partidos de fútbol nos unieron tanto o más que el hecho de la literatura, el resto de mis conocidos literarios han llegado a serlo mediante este proceso: 1. Leo un libro que me seduce o me impresiona. 2. Me pongo en contacto con el autor para felicitarle, o el autor lee mi reseña elogiosa y se pone en contacto conmigo para agradecérmela. 3. Seguimos escribiéndonos (antes cartas, ahora emails) durante un tiempo. 4. Nos conocemos en un acto literario, en un congreso, en un encuentro casual o provocamos una reunión con café para hablar de literatura. 5. Además de encontrar química como escritores, nos caemos bien como personas, y la relación continúa intensificándose hasta la amistad.
Este ha sido mi caso, por ejemplo, con todos y cada uno de los autores mutantes, a los que tanto se me critica por reseñar aquí, sin entender que todo comenzó por la literatura. De hecho, con algunos de ellos, pienso en Ferré y Sierra, pasó casi un año desde que los leí hasta que los conocí personalmente, y eso que por entonces vivía en España. Entonces, si todo viene de la admiración literaria, ¿no sería lo malo, lo nefasto, lo injustamente parcial, no reseñarles por un motivo extraliterario aparecido con posterioridad? ¿Qué debería hacer, encerrarme en una concha y salvaguardar mi autonomía e integridad negándome a conocer a otros autores? Creo que hay que ser un poco más naturales que todo eso. Simplemente, hay que ser honestos. Con eso bastará. Nunca he negado mis amistades, pero ahora no esperaré siquiera a que me pregunten. A partir de ahora aclararé quién es amigo y quién no, por si los muy quisquillosos, que son los que menos escrúpulos suelen tener para sí mismos, se ponen de los nervios. Nada: a partir de este momento, Gran Hermano Crítico en el blog de VLM. Todos contentos. A ver ahora qué se les ocurre para intentar negarme el legítimo derecho a hacer lo que quiera.]
[Explicación de lo apuntado arriba en azul: he estado pensando en este paso durante mucho tiempo. A partir de ahora explicitaré, en todas las reseñas aquí colgadas, mi relación personal no sólo con el autor del libro, sino también con la editorial. Mucho se habla –y mucho podríamos hablar, luego apuntaremos algo– del nepotismo literario, del acto de hablar de los libros de los amigos. Como creo que es una especie de “argumento censurador” que flota en el ambiente, no tengo ningún problema en exponer mis afectos y desafectos en público, por si hay quien cree que los necesita para valorar mi reseña, para juzgar mi “imparcialidad” (nadie es imparcial, yo no conocí a Henry James pero me cae fatal por el rostro altanero con el que posaba para retratos y fotos). También creo que puede verse comprometida la imparcialidad, o parecerlo, en el caso de las editoriales. ¿Tiende uno a poner mejor los libros de la propia editorial, para llevarse bien con el editor, o por agradecimiento? Bueno, creo que uno edita en ciertas editoriales porque está de acuerdo con el criterio del editor (al menos, es lo que yo hago), con lo cual lo ilógico sería escribir mal de sus ediciones; ello no me ha impedido hacer alguna reseña dura de novedades de Pre-Textos, por ejemplo, como el caso del último libro de Cristóbal Serra (dice mucho de un editor, por cierto, seguir editando a una persona que ha criticado mal uno de sus libros). En todo caso, por si las moscas, aclararé en el futuro mi relación o ausencia de relación con las editoriales de los libros reseñados.
Sí, puede que me pase. Puede que sean medidas excesivas. Pero lo cierto es que en este país los críticos se han estado pasando durante años, haciendo de su capa un sayo, utilizando su(s) espacio(s) para arreglar temas personales, encumbrando amigos, denostando enemigos, criticando líneas estéticas no afines, etc. de un modo absolutamente impune y a veces vergonzante. Creo que ahora, durante un tiempo, no estaría mal que los críticos estuviésemos rigurosamente vigilados, como los trenes de Hrabal. Como no quiero obligar a los demás críticos a someterse a esta transparencia, me limito a dar ejemplo. Los demás que hagan lo que quieran.
De todas formas, me gustaría apuntar algo sobre la amistad entre críticos y escritores, que es un problema que cambia radicalmente cuando el crítico, como es mi caso, es además escritor. Créanme: no son ustedes quienes tienen el problema, soy yo. Para ustedes ese hecho puede ser confuso, para mí esa dualidad es incomodísima. Ni se imaginan. Mi doble condición me ha estropeado muchas amistades en el pasado (bueno, ha demostrado que esas amistades no lo eran, en realidad, para la otra parte), y dificultará mis relaciones en el futuro. Personas con las que yo creía tener buena relación me han escrito dolidas sólo porque no las he mencionado en una entrevista o en un recuento apresurado de nombres. El año pasado estuve a punto de dejar la crítica –me refiero a publicarla, no a ejercerla, cosa que no puedo dejar de hacer– para siempre, precisamente por tres problemas de este tipo en una semana con presuntos “amigos”, con personas que muchos de ustedes creen que son “amigos” míos (yo tengo cinco amigos de verdad nada más, y dos de ellos no escriben). Fue un momento muy duro para mí. Pero tengo ese problema: para mí la crítica es tan vocacional como la escritura. Es parte de mi deseo y no pienso renunciar a él. De modo que esto me ha generado y va a provocarme un insoluble problema eterno.
Pero querría aclarar algo, que me parece esencial, y ya que me sujeto más que nadie a la mirada crítica de los demás, también quiero que ustedes hagan un esfuerzo por entender un elemento clave: el 95% por ciento de mis “amistades literarias” provienen de la admiración previa por la obra. Es decir: salvo casos muy puntuales, como los de mis amigos escritores Pablo García Casado o Javier Fernández, donde circunstancias vitales y partidos de fútbol nos unieron tanto o más que el hecho de la literatura, el resto de mis conocidos literarios han llegado a serlo mediante este proceso: 1. Leo un libro que me seduce o me impresiona. 2. Me pongo en contacto con el autor para felicitarle, o el autor lee mi reseña elogiosa y se pone en contacto conmigo para agradecérmela. 3. Seguimos escribiéndonos (antes cartas, ahora emails) durante un tiempo. 4. Nos conocemos en un acto literario, en un congreso, en un encuentro casual o provocamos una reunión con café para hablar de literatura. 5. Además de encontrar química como escritores, nos caemos bien como personas, y la relación continúa intensificándose hasta la amistad.
Este ha sido mi caso, por ejemplo, con todos y cada uno de los autores mutantes, a los que tanto se me critica por reseñar aquí, sin entender que todo comenzó por la literatura. De hecho, con algunos de ellos, pienso en Ferré y Sierra, pasó casi un año desde que los leí hasta que los conocí personalmente, y eso que por entonces vivía en España. Entonces, si todo viene de la admiración literaria, ¿no sería lo malo, lo nefasto, lo injustamente parcial, no reseñarles por un motivo extraliterario aparecido con posterioridad? ¿Qué debería hacer, encerrarme en una concha y salvaguardar mi autonomía e integridad negándome a conocer a otros autores? Creo que hay que ser un poco más naturales que todo eso. Simplemente, hay que ser honestos. Con eso bastará. Nunca he negado mis amistades, pero ahora no esperaré siquiera a que me pregunten. A partir de ahora aclararé quién es amigo y quién no, por si los muy quisquillosos, que son los que menos escrúpulos suelen tener para sí mismos, se ponen de los nervios. Nada: a partir de este momento, Gran Hermano Crítico en el blog de VLM. Todos contentos. A ver ahora qué se les ocurre para intentar negarme el legítimo derecho a hacer lo que quiera.]