[Página tachada, de Fernando Millán]
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Recuerdo una época anterior,
cuando yo tenía novias o amantes —esto es, una época antediluviana; debió suceder
por la Modernidad, más o menos—, una de ellas me prestó un libro que –según me
contaba– le había impactado. Hasta que no leí ese libro no comprendí la
importancia de los subrayados que yo hacía en mis propios libros, hasta
entonces un simple gesto mecánico. Leyendo las líneas remarcadas por ella, en
tinta negra y en una novela de ciencia ficción no demasiado buena, comprendí de
golpe que los subrayados lo dicen todo de nosotros, desvelan nuestras
obcecaciones latentes y nuestras inercias intelectuales o psicológicas más
ocultas. Tuve la tentación de poner en un folio aparte todos los subrayados que
mi amante había hecho en la novela, sabedor de que esos extractos podían
constituir un relato exento, en este caso un cuento de terror, con su padre
como protagonista. Con posterioridad, descubrí durante una conversación con
ella que, en efecto, su relación de odio/terror con sus progenitores en general
y su padre en particular había estructurado, en cierto modo, su manera de
enfocar la vida y su imposibilidad para mantener cualquier relación afectiva
estable, algo que, por suerte, encajaba muy bien con la alergia que por
entonces yo desarrollaba hacia la estabilidad (de cualquier tipo). De esto debe
hacer mucho tiempo; por entonces, yo era todavía uno.
En todo caso, mi descubrimiento
fue posterior a que Salvador Elizondo escribiese un falso relato, en realidad
es una excelente digresión ensayística, titulado “En defensa de lo
desprestigiado”. Merece la pena transcribir el largo primer párrafo, porque
abunda en la importancia de los subrayados en los libros: “Cuál no sería mi
sorpresa al compulsar los subrayados de dos ejemplares idénticos de An Outcast of the Islands, leídos con
veinticinco años de diferencia, y comprobar que a todo lo largo de sus 368 páginas
no hubo un solo caso en que coincidieran. Además, la naturaleza de los
subrayados era totalmente diferente en cada ejemplar. En mi primera lectura,
hecha todavía sin malicia de escritor, señalaba los pasajes que se referían a
la profundidad de las pasiones, a la vehemencia de los sentimientos, a las
formas de vida y los parajes exóticos que el autor describe con gran maestría. [...]
Pasados cinco lustros desde entonces, los subrayados de mi relectura señalan
únicamente los procedimientos técnicos, las argucias y las convenciones
literarias con las que el autor desarrolla la trama del argumento y mueve a los
personajes en un medio palafítico inusitado [...] la misma ley que rige la
diferencia entre los subrayados compensa las actitudes o las disposiciones de
ánimo con que nos aproximamos a una obra literaria en diversas épocas de la
vida”[1].
Elizondo lo puede decir más alto, pero no más claro: quienes releen los libros son otros, en 25 años el lector cambia
drásticamente y el resultado, a modo de líneas de sismógrafo mental, son esas
líneas quebradizas extendidas en el margen de la página. Esas marcas
irregulares, trazadas sosteniendo el libro en posición vertical, sin
equilibrio, son un inquietante test de Rorschach que trasluce todo lo que
éramos en el momento de la lectura.
Por eso los subrayados son
terroríficamente delatores, por eso deberíamos cuidarnos más de eliminar los
libros que leímos (o los subrayados que dejamos en ellos) que los libros
tempranos y torpes que escribimos; los libros ajenos subrayados por nosotros son
más letales para nuestra intimidad que nuestros escritos íntimos, que los
borradores, que las cartas de amor. Los subrayados son el verdadero
autorretrato, puesto que suponen una escritura
sin el vértigo de la autoría, una emanación libidinal en estado puro, una
confesión por escrito sin revisión ni repaso corrector; nos acechan como una
marca psicológica dejada inconscientemente sobre los libros de los demás, una
proyección lineal y alineada de nuestras fantasías de perfección, nuestras
pulsiones atávicas, nuestras obsesiones privadas, nuestras ironías. Somos
nuestros subrayados. Y en los críticos literarios el mal del párrafo marcado es
todavía peor, porque es un tic profesional y delata una tacha ética imborrable. George Steiner, en Pasión intacta, escribe que “el
intelectual es, sencillamente, un ser humano que cuando lee un libro tiene un
lápiz en la mano”. Ese gesto revela, en sí mismo, nuestra escasa catadura moral:
mírennos ahí, sentados, empuñando algo afilado con lo que hendir el talento
ajeno, apuñalando líneas al borde del troquelado, esbozando patéticamente un
perecedero canon –ralo, escaso,
avaro– de lo que creemos que vale en la obra de los demás: ese gesto altanero y
repugnante ya lo dice todo de nuestra propia miseria.
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Addenda de 2017: http://revistapenultima.com/continuacion-de-subrayados-diversos-de-vicente-luis-mora-sobre-continuidad-de-ideas-diversas-de-cesar-aira/
Y también este microcuento de José Óscar López, Fragmentos de un mundo acelerado. Cartagena: Balduque, 2017, pág. 81:
Addendas de 2019:
1: “Has subrayado algunos versos
que yo también subrayé”[1], dice
para indicar afinidades electivas un personaje de Belén Gopegui. Luis
Rodríguez: “[...] a mí siempre me han llamado la atención los libros subrayados
por otros; busco con ansia lo subrayado. Luego pienso que es impúdico”[2].
2: Leo Trance (2018), de Alan Pauls, y en la entrada titulada “Subrayar”,
subrayo: “Eslabón de enlace entre la lectura callada (gratuita, puramente amateur)
y la lectura escrita (especializada, profesional), el subrayado, como le gusta
llamar, genéricamente, al simple goce de dejar un rastro en la nieve de lo que
lee, es quizás el único documento autobiográfico que no se atrevería a contradecir,
que reconocería y aceptaría aun cuando lo comprometiera o lo humillara, tan
fiel, preciso y no manipulable como para la vida de un árbol el dibujo de los
anillos internos de su tronco” (Alan Pauls, Trance;
Ampersand, Buenos Aires, 2018, p. 109).
[1] Belén
Gopegui, El comité de la noche;
Random House, Barcelona, 2014, p. 113.
[2] Luis
Rodríguez, El retablo de no; Tropo,
Barcelona, 2017, pp. 46-47.