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domingo, 1 de noviembre de 2009

Pasado artístico y el kitsch

1. En su primer disco, Let love rule (1989), Lenny Kravitz utilizó técnicas de grabación de los años 70, para dar mayor autenticidad a la música. Quería que sonara real, sin interferencias electrónicas ni sampleados, para lo cual se encerró en un estudio de Hoboken (New Jersey) utilizando equipos antiguos, amplificadores de válvula de veinte años de antigüedad e instrumentos setenteros. El resultado fue fabuloso:
http://www.youtube.com/watch?v=YwTMUoVYVFE

Veinte años después, EMI lo ha reeditado con mucho material añadido y una buena remasterización.
Aquí cuenta Kravitz, en una entrevista con Rolling Stone, cómo escribió la letra de “Let love rule” en una pared y un día, al entrar a la casa y verla, entendió que allí estaba todo. Escribir en la pared, tocar como en los setenta. Borges dijo que él escribía para la Antigüedad.

2. Black Dynamite (2008), de Scott Sanders, se plantea como una parodia deliberada de las películas de blaxplotation de los años 70. Lejos del rescate de Tarantino en Jackie Brown (1997), donde se intentaba partir de Pam Grier –una de las heroínas del blaxplotation y de la época– para hacer un homenaje oblicuo y elegante, Black Dynamite es una inmensa broma, pero que utiliza el mismo ritmo, los mismos encuadres y el mismo tipo de celuloide que aquellas cintas. Algo así intentaba Tarantino en las escenas de entrenamiento de la protagonista de Kill Bill, pero también había aquí más homenaje a las películas de Bruce Lee que chanza o parodia. Sanders va más allá; intenta hacer en 2008 la última película del género, a costa de la carga kitsch; la ironía la convierte en un producto hiperconsciente, posmoderno, donde la burla no es tanto sobre el género huésped como sobre la película misma:



3. Miquel Barceló presentó en 2002 en la Galería de Arte Moderno de Roma una amplia retrospectiva, entre cuyas piezas se contaban algunas cerámicas hechas con materiales de la época pompeyana, y a imitación de las mismas. El artista declaró: “es un sitio magnífico, y lo mejor es que tengo a disposición los materiales que usaron los artistas de Pompeya hace dos mil años, la arcilla y los pigmentos antiguos, como el negro de manganeso”. Aquí el anacronismo es insalvable. Se produce algo que nace muerto, como la ciudad revisitada.

4. El Discovery Channel se propuso reconstruir las máquinas diseñados por Leonardo da Vinci, utilizando exclusivamente las técnicas existentes en la época. Aquí está el resultado:




5. Sky Captain and the World of Tomorrow (2004), de Kerry Cornan, es el último ejemplo y el colmo del oxímoron; al “mundo del mañana” se llega mediante la revisitación estética de Metrópolis (1926), y por lo tanto a partir de un deliberado viaje al pasado. Es dudoso si el anacronismo buscado gira en torno al kitsch o más bien a la idea de una distopía clasicista; pero en cualquier caso la resurrección digital de Laurence Olivier en la película, similar a la que Natalie Cole obligó a su padre, Nat King Cole, en Unforgettable, la dota de un ambiente espectral. No hay más allá del tiempo, sino un tiempo paralelo, inexistente, irreal, creado por la ficción del lenguaje cinematográfico pervirtiendo –sin ironía, con una helada convicción– las pautas de la lógica del rescate. Quizá eso explica cómo, a pesar de su calidad visual, ha pasado rápidamente al olvido:



Olvido que quizá pueda no afectar a La antena (Esteban Sapir, 2007), una original película argentina, cuyas recuperaciones estéticas no sólo hacen brindis a la fantasía, sino también al humor, a la crítica política, a la estética publicitaria y a la inteligencia narrativa:




Cinco formas de proyectarse hacia el pasado. De volver para… ¿lanzarse al futuro? No lo creo, no en todos los casos. Se ronda siempre el kitsch, sea en la acepción tardorromántica de “velo rosado arrojado sobre lo real (…) mal estético supremo” (Milan Kundera, El telón. Ensayo en siete partes; Tusquets, Barcelona, 2005, p. 67), o en el sentido –anterior al de Kundera… y acaso más moderno- de Gillo Dorfles. Escribía Dorfles en Nuevos ritos, nuevos mitos (Lumen, Barcelona, 1969) que el kitsch tiene dos dimensiones, una de mitificación y otra de fetichismo (a la que habría que sumar la histórica, estudiada con profundidad por Matei Calinescu). Creo que cuando en una obra de arte (o en un acto de recuperación científica, como en el caso de las máquinas de Leonardo) se pone más énfasis en la primera que en el fetichismo, hay posibilidad de que la búsqueda realizada obtenga algún tipo de éxito. Creo que ése es el caso de Kravitz, cuya obsesión era cierto sonido y no la antigüedad de los instrumentos utilizados para conseguirlo. Estos eran sólo un medio. Sky Captain, en cambio, se deja llevar por el fetiche; la devolución virtual, poshumana, de Olivier, responde a un deseo de reestimulación forzada, innecesaria, como diciendo si Olivier viviera hubiera querido formar parte de esta película. Lo dudo. Incidir en el aspecto mitificante hubiera implicado elegir a un buen actor actual y hacerle interpretar a Olivier, algo que no casaba en la lógica de la película, pero sí en la lógica del mito. Sky Captain se queda, por tanto, a medio camino. Como decía con acierto el arquitecto Jean Nouvel, "raramente un neofenómeno sobrepasa la potencia que tuvo el original. El neogótico aplicado a los rascacielos como técnica de adquisición de inmediata profundidad histórica por parte de una civilización mergente puede tener algún interés, pero nunca la misma potencia expresiva de aquellas culturas capaces de expresar directamente sus valores" (entrevista en revista El croquis, nº 65-66, 1994, p. 19). Los regresos al pasado ejecutados con deliberación tienen sentido sólo cuando buscan ser una ironía con destellos de inteligencia (Black Dynamite, La antena), o cuando se plantean como el medio instrumental de recuperar algo valioso perdido, o en peligro de extinción. Sólo en esos casos aportan algo al tiempo real, y dejan de ser una simple reverberación forzada del tiempo aniquilado.