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lunes, 19 de febrero de 2007

Paseo por ARCO




Sólo escombros, gracias



Campaña de la Comunidad Autónoma de Madrid. Consejería de Infraestructuras





16 de febrero de 2007. Entro en ARCO con más ganas que expectativas. De una librería me acabo cansando al rato, los macroconciertos me agotan a las tres horas, pero puedo pasar doce horas seguidas de pie, observando obras de arte y caminando entre ellas, casi sin descanso. Quizá he llegado demasiado temprano, parece que estén montando todavía algunos stands, pero esto no empezó hoy, sino ayer. Luego no están a medio montar, es que algunas piezas son así, incompletas, con restos de construcción, escombros, ladrillos, escobas, recogedores. Por ejemplo, las obras de Aggtelek, mezcla de reciclaje y puro desperdicio; por ejemplo, la escultura o instalación del artista chino Ai Weiwei, que ha recogido maderas e hierros procedentes de la destrucción de un templo para salvarlos en una especie de muro artístico. O como esto:










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Recuerdo:





"Se trataba de una pieza que reflexionaba sobre la existencia, el espacio y el tiempo. Unos trozos de madera y aglomerado amontonados con obsesión de performance daban el toque a una obra de prestigio. Pero pasaron las limpiadoras y tiraron los ladrillos. Desde entonces, las limpiadoras de la Feria de Arte Contemporáneo (ARCO) no se atreven a tocar nada (...) La galerista Magda Belloti narra esta anécdota como una de las más divertidas de la Feria." (“¿Parque temático o escaparate sagrado?”, El Mundo (ed. Andalucía), febrero 2000).

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Al poco rato me rindo a la evidencia: hay una insensata, compulsiva, sustitución del arte por el mercado. La pregunta es: ¿habría, hay, algún arte o estética que fuera capaz de convertir todo este mercado en arte, leerlo estéticamente y hacer algo aprovechable con él?

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Xavier Bru de Sala: “Vivimos tiempos de confusión entre el arte y la publicidad (…) habida cuenta de que es imposible penetrar en la intimidad del acto de concepción de la obra, ¿cómo distinguiremos la voluntad artística de la simple publicidad encubierta del arte?”
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En el principio no fue el Verbo sino la basura.
J. M. Pérez Álvarez, Cabo de Hornos

"Tras asistir al Royal College of Art de Londres, y entrar en contacto con los principales representantes de la escultura británica del momento (...) A finales de la década de los setenta, Cragg empezó a recorrer y observar la ciudad, para recoger aquellos elementos que conforman nuestro paisaje urbano, acumularlos y ordenarlos, ofreciendo nuevas visiones sobre nuestra cultura industrial. Él mismo cuenta cómo en esa época su proceso de trabajo se basaba en viajar, pensar, y hacer. A raíz de sus exposiciones se trasladaba a una ciudad y empezaba a localizar todo tipo de materiales para realizar sus obras, gracias a lo cual tenía la posibilidad de absorber su atmósfera y podía acercarse a lo que le interesaba de la gente de la comunidad (...) La escultura abandonaba el 'pedestal' convencional para desplegarse en el espacio, evitaba los materiales tradicionales para inclinarse por aquellos que la misma sociedad está habituada a rechazar, escudriñaba la ciudad y el paisaje industrial (...) e iniciaba algo que nos atreveríamos a llamar como una estética del contenedor.” (Gloria Picazo)

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ARCO, Stand PR41: DNA – Berlín. El artista ha dejado la pintura literalmente fuera de la exposición. Las paredes permanecen blancas y las figuras han sido sacadas: compuestas con grandes pegotes de pintura de varios colores, yacen en una vitrina exterior, desechadas, como un muestrario de posibilidades exiliadas.

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“El espectáculo –decía Debord en La sociedad del espectáculo, acabo de recordarlo al colocarme frente a la pieza flotante de Damián Hirst– es un dinero sólo para mirar”; todo empieza a cuadrar ahora. El objetivo del espectáculo, en términos de arte internacional, es la circulación del producto, no del capital en sí. Es el movimiento, la sucesiva adquisición de la pieza, el cambio de coleccionista, el paso del coleccionista al museo, el que mejora el valor de cambio. Debord tenía razón, siempre la tuvo, pienso mientras camino contemplando el gigantesco espectáculo del arte contemporáneo extendido bajo el cielo gris del Pabellón 9.

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“Cuando la mierda apareció en el arte, la desublimación regresiva produjo su postarte más consumado”, escribe Donald Kuspit en El fin del arte.

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Leo últimamente mucho al filósofo Eduardo Subirats, quien en su ensayo La cultura como espectáculo decía que "el mundo ha devenido enteramente en su representación y la imagen se ha convertido en todo su ser", sobre todo en temas culturales. La cultura, a base de ser confundida con la representación espectacular, acabará siendo espectáculo en sí misma. Si observamos los reportajes que vienen apareciendo en prensa sobre y televisión sobre ARCO, ¿acaso son las fotos de las mejores obras las que acaparan protagonismo? En absoluto; son más bien las imágenes de las instalaciones más atrevidas las que cobran interés para los medios. La parte artística –que no es poca– de ARCO queda sepultada bajo las toneladas de información inútil sobre su parte espectacular –que es la mayoría, no nos engañemos–. La saturación de lo esencial por lo menos importante acaba, con el tiempo y la presión de los medios, por ahogar a la primera, de modo que la rémora se hace más grande y fuerte que el pez al que chupa la sangre. El espectáculo, la cáscara, vale más y ocupa más espacio que la almendra cultural.

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Nuno Vasa: Home (2004): una pieza que resume a la perfección la distopía imaginada por Javier Fernández en su novela Cero absoluto (2005): la sociedad de individuos burbuja, desconectados unos de los otros, viviendo aislados y sólo unidos por los media:


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En los últimos diez años, una serie de cosas bastante sorprendentes han recibido el nombre de esculturas: estrechos pasillos con monitores de televisión en los extremos; grandes fotografías documentando excursiones campestres; espejos situados en ángulos extraños en habitaciones ordinarias; líneas provisionales trazadas en el suelo del desierto. Parece como si nada pudiera dar a un esfuerzo tan abigarrado el derecho a reclamar la categoría de escultura, sea cual fuere el significado de ésta. A menos, claro está, que esa categoría pueda llegar a ser infinitamente maleable.
Rosalind Krauss, “La escultura en el campo expandido”, October, nº 8, 1979


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Son múltiples las obras, instalaciones y exposiciones que cuentan con tecnología para intentar incluir al espectador. Una galería de Montreal ofrece una interesante experiencia de inmersión tridimensional. También hay mucho arte interactivo, sensores que te detectan, proyectos de vida artificial que procuran entornos virtuales de comunicación, contadores que te cuentan si te colocas delante y un largo etcétera. Es curioso que las obras de técnicas tradicionales intentan excluirnos con propuestas cada vez más epatantes, herméticas o excéntricas, mientras que la presunta inhumanidad de los robots y las nuevas tecnologías persigue lo contrario: contar con nosotros, incluirnos, tocarnos, escucharnos, sentirnos. Algo parecido sentí al día siguiente en la exposición llena de circuitos, cables y televisores de Nam June Paik. No nos emociona el resultado (obviamente, es una ficción técnica, lo sabemos), pero sí el propósito. El arte tecnológico contemporáneo, al menos, intenta ser humano.

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En una mesa redonda (15:00 h. Salón N108), la joven comisaria neoyorkina Amy Smith Stewart cuenta que una vez comisarió una exposición sobre arte y mercado, explicando el modo en que cada uno de los jóvenes había recogido su reto. Contó cómo algunos artistas se habían vestido de obreros, o se habían imaginado en situaciones de contenido social. Sólo uno, a mi juicio, se había enterado de algo: tomó el dinero que le dio la señorita Smith y contrató a otro para que le hiciera el trabajo.

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En una galería de arte de Copenhague vi una instalación junto a una serie de pantallas de televisión, cada una con grandes subtítiulos en los que se leía: “La tierra prometida”. Esta instalación me pareció que estaba muy bien pensada y que era a la vez una invitación a pensar, y ello no menos por la escoba y la hebilla que había en el rincón, al final de la serie. Sin embargo, antes de que tuviera tiempo de meditar sobre ese significado al final de la instalación, una operaria de limpieza vino a recoger sus herramientas, que había dejado en el rincón durante la hora del almuerzo. (Zygmunt Bauman)
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Francisco Calvo Serraller, en una de sus crónicas, cita para criticarla la opinión de la Teoría general de la historia del arte de Jacques Thuiller: “hoy en día se puede decir que la palabra arte se aplica a cualquier cosa”. Creo que ambos tienen razón; Thuiller porque, en efecto, se llama arte, como es sociológica y mediáticamente comprobable, a cualquier cosa (y basta ir a ARCO para verlo); Calvo Serraller porque cree que aún hoy es posible hablar de arte auténtico sin mezclarlo todo en un maremágnum ingobernable. También creo que eso es posible. A mi juicio, hay arte y hay mercado, dividido el espacio de esta forma:

1) Arte sin mercado.
2) Arte más mercado.
3) Arte menos mercado.
4) Mercado.

1) Arte sin mercado: arriesgado, demasiado avanzado en unos, demasiado clásico en otros, es un arte que no encuentra posibilidad de venta, y permanece apartado del círculo de Ferias, Bienales y galerías poderosas. Depende de pequeñas galerías independientes o del impulso personal de sus autores.

2) Arte más mercado: como el anterior, es arte de verdad, auténtico, pero ha alcanzado además el reconocimiento del mercado y la academia, cotizándose por un alto y seguramente justificado valor. Aquí podemos citar a todos los artistas internacionales que, vivos o muertos, siguen vendiéndose y triunfando, sin renunciar –al menos, en demasía– a sus propósitos originales: Pollock, Chillida, Tapiès, Warhol, Barceló, Hopper, Koons, Bourgeoise, etc.

3) Arte menos mercado: arte “vendido”, arte de autores que pudieron ser grandes pero prefirieron someterse a las exigencias del mercado; arte que no es capaz de tener más miras que su propio consumo. Incluye a los artistas del grupo interior que han rebajado su musa con el objetivo de ser más accesibles y vendibles, o se han estancado en una estética rentable; también a quienes planifican cuidadosamente una estrategia de provocación y escándalo –algo instalado en el establishment artístico londinense– para forrarse.

4) Mercado: todo lo demás. Pura basura.

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“El arte es el antimercado en tanto pone la multitud de las singularidades contra la unicidad reducida a precio”; Toni Negri, Arte y multitud.

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Estas categorías tienen claros equivalentes literarios:
1) Arte sin mercado: literatura experimental o de riesgo.
2) Arte más mercado: grandes maestros consagrados, como Vargas Llosa, Pombo, García Márquez, etc.
3) Arte menos mercado: mainstream literario, cazapremios, novelistas de “novela al año” secuestrados por grandes grupos.
4) Mercado: best-sellers y lo demás.


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Buscando soluciones:




“La basura puede ser una mina de oro si se calienta a 10.000 grados Fahrenheit (5.537 grados Celsius). Una planta que se construye en Florida usa la tecnología Plasma Arc Gasification para convertir 3.000 toneladas de desechos diarios en vapor para las fábricas cercanas, además de 120 megawatts de electricidad.” (Ciberpaís, El País 01/04/2007)