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sábado, 2 de julio de 2022

La erosión digital

Se acaba de publicar en la revista Alabe este desarrollo de lo que en La escritura a la intemperie (2021) denominaba "La erosión digital".

Se puede acceder al texto gratuitamente aquí, o aquí.

 



 

 

jueves, 24 de enero de 2019

De las imágenes que confirman a las que afirman o conforman




Juan Martín Prada, El ver y las imágenes el tiempo de Internet. Madrid: Akal, 2018.

En este contenido y a la vez completo estado de la cuestión, Javier Martín Prada ahonda en el régimen escópico de nuestra era, con la loable intención de escapar a partes iguales de la tecnofilia y la tecnofobia, buscando un camino medio donde la sensatez impere a la hora de valorar las luces y las sombras del imaginario contemporáneo. Algo que no hay que confundir con tibieza, pues su escalpelo crítico no ahorra elegantes y argumentados ataques cuando lo considera necesario, como la demolición de la “cultura selfie” (pp. 83ss). Consciente del escaso valor emancipador de algunas supuestas innovaciones igualitaristas, como la interactividad informática (p. 149), es sin embargo prudentemente favorable a las posibilidades pedagógicas de algunas herramientas digitales, como los videojuegos (p. 150) y muy optimista respecto a las posibilidades que las distintas técnicas pueden aportar al arte o la literatura contemporáneos, siempre que se apliquen desde un espectro autoconsciente y autocrítico. También quedan especificados los peligros de la excesiva exposición subjetiva (pp. 44ss) y visual (pp. 159ss) a la que nos vemos sometidos, ya sea de forma activa, como en nuestra actividad en las redes sociales, como de forma pasiva (videovigilancia o telecontrol informático, asuntos a los que se dedica el último capítulo).

Uno de los puntos fuertes del ensayo, quizá a causa de la recurrencia en su argumentario del poder omnipresente de las imágenes en nuestro día a día, es el análisis de los distintos tipos de imagen, al que dedica el capítulo primero. Allí Martín Prada explica el paso de la “imagen evidencia” o testimonio de Roland Barthes a la imagen palimpsesto, retocable mediante Photoshop, o las imágenes de síntesis o renderizadas, que generan una segunda realidad por completo alternativa a la presencial. Esa mutación, como es obvio, produce una desconfianza absoluta en casi todas las imágenes que contemplamos, que han perdido su estatuto testimonial inamovible. Las imágenes actuales ya no confirman, sólo afirman o conforman. Esa progresiva tendencia a la simulación o el simulacro, de luenga bibliografía desde los años 80, explican la peligrosa maniobra de salvoconducto, hábilmente señalada por Martín Prada, desde una realidad donde existía “el mundo del espectáculo” a otra basada en espectacularización del mundo. El simulacro no es la sustitución de la realidad, como decía el excesivo Baudrillard —salvo en el caso extremo de la realidad virtual inmersiva en 3D—, sino una tendencia a la representación espectacular de lo real, característica de la realidad aumentada. De los espacios concretos de ocio visual (véase la sección “La imagen como entorno”) llegamos a la realidad entendida como pantalla bidireccional, como las descritas por Orwell en 1984. Hoy Hollywood es cualquier punto del globo donde haya un ordenador con cámara conectado a la red: desde ahí se puede emitir espectáculo universalmente reproducible en cualquier momento. De ahí que en el capítulo “La red como espejo” se aborde el tema del espectáculo íntimo, y en “Cuerpos y miradas” la conversión del cuerpo propio en carne programada, dirigida a la instagramización del yo, a su proyección fabulada, teatralizada —p. 70; brillante recuperación por Martín Prada de la Carta a D’Alembert sobre los espectáculos (1758) de Rousseau— frente a los posibles lectoespectadores del otro lado, lectoespectactores a su vez en el espectáculo virtual.

Un espectáculo que, desde luego, y en la línea de las teorías de Paul Virilio, acelera nuestro presente y nos limita la reflexión, puesto que “apenas parece interesarnos […] aquello que no esté en modo ahora” (p. 25). La velocidad y el presentismo nos hostigan de continuo y los artistas, especialmente los artistas digitales que Martín Prada va desgranando y comentando a lo largo de su ensayo, son plenamente conscientes de esta realidad y la incluyen en sus obras, por lo común desde una perspectiva crítica.

En resumen, por la diversidad de sus preocupaciones y saberes, por la claridad expositiva, por sus sensatos optimismos y pesimismos, por el sano procedimiento empleado por el autor de leer fenómenos contemporáneos desde fuentes culturales antiguas y aquilatadas, y por la coherencia de su pensamiento con lo expuesto en otros libros anteriores, igualmente valiosos, El ver y las imágenes en el tiempo de Internet es un libro más que recomendable para cualquier tipo de lector mínimamente interesado en saber más sobre su entorno sociocultural y sobre el arte de su época.


[Relación con la editorial: ninguna. Relación con el autor: escasa]

jueves, 19 de diciembre de 2013

La reseña demente




Manfred Spitzer, Demencia Digit@l. El peligro de las nuevas tecnologías; Ediciones B, 2013.

Es interesante el libro de Manfred Spitzer, Demencia Digit@l. El peligro de las nuevas tecnologías (Ediciones B, 2013), y es bastante posible que algunas o muchas de sus aseveraciones sean ciertas, pero tras leerlo me ha surgido un gran escepticismo ante su visión. Conviene precisar algunas de sus aseveraciones y cuestionar su argumentación en algunos puntos. No todo lo que presenta en el mundo editorial como “científico” lo es, y no conviene confundir un manual divulgativo como Demencia Digit@l con un artículo científico. En los manuales divulgativos no hay “examen de pares”, como ustedes ya saben (es decir, no hay otros expertos que estudien y busquen los puntos débiles de la investigación antes de ser publicada), como sí los hay en los artículos científicos publicados en publicaciones reconocidas (y aun así ya hemos visto la opinión del premio Nobel Randy Schekman sobre ciertas revistas prestigiosas como Nature o Science). En el caso de Demencia Digit@l, pues, los pares somos nosotros, los lectores. Spitzer nos recomienda que ante las falsedades sobre los medios el lector sea “crítico, pregunte por las cosas, exija datos e infórmese con buenos estudios publicados (es decir, con publicaciones científicas serias)”, p. 316 –luego se verá que eso justo hemos hecho para redactar la presente reseña–;  y en otro momento se jacta del gran número de fuentes que utiliza. Lo que vamos a examinar aquí es, precisamente, cómo utiliza algunas de esas fuentes.

El libro de Spitzer es un alegato frontal contra las tecnologías, especialmente los videojuegos, pero también los móviles, Internet y la televisión. A lo largo de más de trescientas páginas expone todo tipo de riesgos y posibles daños que los medios digitales pueden procurar, especialmente a los jóvenes: reducir la capacidad de aprendizaje, frenar la plasticidad cerebral, aislamiento, pérdida de la memoria, etcétera. Se citan numerosos estudios en el libro, y se sostiene en todo momento y sin fisuras una opinión contundente contra los medios, aunque el autor reconoce conducir un programa de televisión (cuyo visionado, advierte al lector, “no daña su cerebro”, p. 19) y utilizar el ordenador a diario. Un punto señalado por Spitzer que sí me parece relevante y cierto es que la introducción de tecnologías en el aula es, en no pocas ocasiones, una decisión tomada a instancias de los grupos tecnológicos de presión y del interés económico de las multinacionales que las fabrican (p. 25), y que habría que poner en cuestión tales medidas y hacer diagnósticos serios y previos antes de adoptarlas.

La cuestión es que, si me preguntan, Demencia Digit@l no me parece un diagnóstico irrefutable al respecto. La argumentación de este libro, presuntamente amparada en la ciencia, es en algún momento bastante discutible. Vamos a poner algunos ejemplos.

En la página 123 se dice que las personas que usan redes sociales tienen menos amigos reales, como si eso pudiera ser demostrable en todos los casos, o como si ambas cosas (red y realidad) no pudieran ser complementarias. En la página 87 se liga la tenencia de ordenadores en casa a la distracción de los niños, desechando otras posibles causas de dispersión y haciendo pensar al lector que todos los infantes, desde hace cientos de años hasta la llegada de los ordenadores, han estado concentrados haciendo sus tareas sin distraerse con cualquier cosa. Spitzer entra a fondo en los estudios que combaten sus ideas, para buscarles las cosquillas y agarrarse a cualquier detalle que le sirva para sembrar dudas (véanse p. 187 y 252); pero si el estudio va en la línea de su argumentación se limita a citarlo sin más. En la página 84 se lee: “Otros autores no pudieron constatar efectos negativos en la lectura asistida por ordenador pero excluyeron rotundamente cualquier efecto positivo”. ¿Hace falta que algo sea positivo para que pueda hacerse?

Pero el problema de Demencia Digit@l surge precisamente cuando el lector, a la vista del modo tajante y sin ninguna concesión a la duda que utiliza Spitzer, comienza a preguntarse sobre esos estudios en los que Spitzer se apoya. Ese momento crítico llegó en las páginas 262 y 263, cuando el autor ata, de un modo más o menos directo, el uso de la tecnología al insomnio, ¡al cáncer y a la obesidad infantil! La relación no es del todo directa en el caso del cáncer, pero sí en el caso de la obesidad. ¿Demuestra Spitzer que estén anudados causa y efecto? No, se limita a citar un par de estudios donde se demuestra que los jóvenes duermen poco y mal (no se incluyen estudios sobre cómo dormían en 1980, o en 1950), y a continuación añade sibilinamente una frase que no tiene que ver con los estudios citados justo antes: “La utilización de los medios digitales realizada especialmente por la noche, el chateo sobre todo en las mujeres, el correo electrónico y los juegos en ambos sexos y también la permanente accesibilidad a través del teléfono móvil, iban acompañados de la aparición multiplicada de trastornos en el sueño” (p. 262). Entonces mi intuición hizo saltar la alarma.

Fui a la bibliografía a rastrear el estudio. Se trata de la tesis doctoral de la profesora Sara Thomée, de la Universidad de Gotemburgo, defendida en 2012. Pensé que merecía la pena tomarse el esfuerzo para comprobar si el párrafo de Spitzer era cierto, así que me puse a leer la tesis, que es la fuente citada para sustentar sus argumentos, y lo que expone la profesora Thomée resulta ser algo bastante diferente. En la tesis se habla de uso abusivo, o se acotan los síntomas a la utilización de los aparatos digitales al trasnochar a menudo: “Often using a computer late at night and consequently losing sleep was associated with several mental health outcomes in both sexes” (p. 3). En la página 16 de la tesis (que pueden consultar aquí) se ofrece un gráfico que muestra un crecimiento de los problemas de sueño de los jóvenes suecos desde 1980 hasta 2010. Pues bien: después de aclarar Thomée que las causas de los problemas mentales estudiados pueden ser varias, cita algunas causas posibles: “gender, sociodemographic factors, general health, and major life events, as well as individual factors such as coping skills, are all related to the incidence of depression among young people (…) In addition, family life stress and academic stress are related to depression and insomnia” (subrayado mío). No busquen ninguno de estos factores citados en el libro de Spitzer, que sólo menciona el uso de tecnologías. Thomée añade también que parte de las preocupaciones de los jóvenes suecos pueden radicar en la progresiva quiebra del modélico estado del bienestar del país nórdico: “Factors that have been discused within the Swedish context are economic factors, included unemployment, related to the economic recession in the 1990s” (p. 16). ¿Están  esos otros factores socioeconómicos del insomnio y la depresión incluidos en el ensayo de Sptizer? No, no lo están. El autor espiga de la tesis de Thomée aquellos datos que darían la razón a su argumentario, hurtando cuidadosamente los que lo matizan. Luego habría otra cosa que apuntar. Aunque la propia Thomée señala, como hemos transcrito arriba, que el estrés académico puede alterar el sueño y producir depresión, el universo subjetivo de su estudio… son 1.204 estudiantes universitarios, que tuvieron que rellenar en línea un “cuestionario” (a cambio recibían en algunos casos dos entradas para el cine, véase p. 20) y, sólo en 32 casos, el estudio incorporaba “semi-structured interviews” con estudiantes. Es decir: el estudio se fía por completo de cuestionarios rellenados en Internet, sin apoyo técnico o psicológico ni comprobación de identidad, por jóvenes de entre 19 a 24 años. El estudio no contempla posibles entendimientos defectuosos de las preguntas, ni suplantaciones de identidad, ni la posibilidad de que el cuestionario se rellene de cualquier forma con tal de conseguir las entradas de cine; tampoco se realizan, ni antes ni después, diagnósticos psiquiátricos ni psicológicos a los participantes, ni se realiza un seguimiento de los mismos, ni se practica un examen médico de comprobación, ni existe el respaldo de contraste de las respuestas que daban los chicos, etcétera. Pero con esto no intentamos tanto cuestionar el trabajo de campo de Thomée, que al menos realiza uno, sino cuestionar cómo llega Spitzer a sus brutales conclusiones. Porque a continuación del apresurado resumen del estudio de Thomée, Spitzer sentencia que la falta de sueño (que él ha ligado en su libro exclusivamente, por completo, sin excepciones ni referencia a otros factores, a las tecnologías digitales), “conduce a la reducción de las defensas inmunológicas y por ello a la aparición más frecuente de enfermedades infecciosas y cancerígenas” (p. 262). Eso dice.

Como lo leen.

¿Ha tenido Spitzer la mala suerte de que, en el primer ahondamiento hecho en las fuentes originales, salte a la vista el modo en que cita las conclusiones acomodándolas a su propósito? Creo que estoy formulando la pregunta de un modo muy elegante.

Por ese motivo, para evitar que se tratase de una casualidad, y a pesar de la enorme cantidad de tiempo que todo esto me ha supuesto, me sumergí en otro estudio citado por el autor. En la página 266 alude a un estudio realizado en la universidad de Missouri, donde “quedaron demostradas las relaciones significativas entre varios parámetros de la utilización de internet y la existencia de síntomas depresivos”. Bien. Costó un poco de trabajo, porque no se dan los datos en la bibliografía del libro, pero accedí al estudio, firmado por Raghavendra Kotikalapudi, Sriram Chellappan, Frances Montgomery, Donald Wunsch y Karl Lutzen: “Associating Internet Usage with Depressive Behavior among College Students” [IEEE Technology and Society Magazine, vol. 31(4):73-80 (2012)]. Es un estudio que se jacta de no basarse en cuestionarios rellenados por los propios estudiantes, como la mayoría (el de Thomée, entre ellos), sino en “real Internet data”. En realidad, el estudio tuvo acceso al flujo de datos de los ordenadores de los chicos, pero no siempre al uso concreto que hicieron con los mismos, sino al volumen de datos canalizados. Operaron con aproximaciones y deducciones, como ellos mismos afirman, supongo que por motivos de privacidad: “Larger number of packets per flow is typical under Internet streaming and downloading, which is common when watching videos and gaming. This is intuitive” (p. 5). La intuición no es mala, pero anotemos que el estudio la considera entre sus elementos de análisis. Ahora observemos el suelo del estudio: comienzan los autores recordando que el 90% de los universitarios de Estados Unidos tiene acceso a Internet; a continuación  citan un estudio estatal que apunta que el 26% de los universitarios estadounidenses tienen algún síntoma que puede relacionarse con la depresión. Para empezar, por tanto, es imposible que si el 26% de los universitarios norteamericanos tienen síntomas depresivos, y el 90% usan la red habitualmente, no haya entre un 16% y un 26% de chicos depresivos que utilicen Internet. Bien, para eso no hacía falta un estudio, pues es una simple conexión matemática; Spitzer menciona el estudio porque parece ligar ambos factores causalmente, como consecuencia uno del otro. ¿Es así? No, ni siquiera eso, porque el objeto del estudio es demostrar que es posible identificar el tipo de uso de Internet que hacen los jóvenes con tendencias depresivas, lo cual es útil, añaden, para poder detectarlos y predecirlos (p. 6); incluso enfatizan que Internet puede ser de ayuda para detectar los síntomas. A diferencia de lo que Spitzer parece decir con su estudiada ambigüedad, el estudio sólo dice que los chicos depresivos y solitarios utilizan mucho Internet. Lo cual es obvio, puesto que cualquiera sabe que la enfermedad aísla a los pacientes en su espacio individual, limita sus interacciones personales y les hace dedicarse a actividades solitarias. Por lo tanto es lógico que naveguen mucho, pero eso de ninguna manera quiere decir que por navegar mucho sean depresivos, sino, seguramente, al revés. Al ser depresivos y estar a solas, lo normal es que vean televisión, jueguen a videojuegos o naveguen porque, como es bien sabido, los depresivos profundos no pueden concentrarse en actividades como leer o estudiar. Curiosamente, esta posibilidad, de lógica aplastante, no está considerada siquiera por Spitzer, pero se deduce claramente del estudio, que no demoniza Internet y sólo se limita a plantear un uso concreto de la red como síntoma detectable. Supongo que es fácil entender la diferencia entre tener “relaciones” con algo y “proceder” de algo. Los vecinos de un delincuente han tenido relación con él, pero no tienen la culpa de su crimen. Si bien en ese punto concreto, cuando habla de este estudio, Spitzer no liga causalmente medios digitales y depresión (Spitzer no tiene un pelo de tonto), sí comenta, como hemos reproducido, sus “relaciones”; y en otros momentos del libro lo explicita de modo más claro: “por este motivo desarrollaré en los siguientes capítulos cómo y en qué medida las redes sociales digitales vuelven solitarios e infelices a nuestros niños y adolescentes” (p. 25, las cursivas son mías); “el insomnio, las depresiones y la adicción son los efectos extremadamente peligrosos del consumo de medios digitales cuya importancia para el desarrollo de la salud entera de la actual generación todavía joven apenas puede exagerarse” (p. 273).

Forzando el ejemplo, lo que hace Spitzer es tan injustificable como acusar a los filetes de pollo, las ensaladas o los cruasanes de ser los causantes de la bulimia de alguien, y solicitar la retirada de cualquier alimento de los colegios o universidades para evitar que los niños se vuelvan bulímicos.

Más inconsistencias: dar por bueno un estudio universitario realizado sobre llamadas telefónicas, para probar la adicción a Internet (pero ¿cómo se pueden hacer así los estudios “científicos”?). Spitzer dice que después de llamar a las personas, “quedan demostradas” (p. 267) las conductas adictas. Mi idea de la “demostración” científica era muy diferente. A lo mejor es que yo idealizo las conductas de los científicos, por tener la desgracia de no ser uno de ellos (dicho sin ninguna ironía). Es curioso que en este ejemplo dé Spitzer la estadística por buena y en la página 120, hablando de otra cosa, nos recuerde que “las relaciones estadísticas, por sí solas, no expresan todavía nada sobre causa y efecto”. Muy de acuerdo en esto.

En otras ocasiones, sería interesante trasladar los razonamientos de Spitzer a otros campos de la existencia, para desmontar por sí solo el planteamiento. Hagamos este ejercicio:


Planteamiento: “Quien pasa mucho tiempo con los medios digitales se mueve menos, con todo lo que eso conlleva para la salud física y mental” (p. 264)
Extrapolación: Quien pasa mucho tiempo trabajando en una consulta atendiendo pacientes, o en una oficina resolviendo papeles, se mueve menos, con todo lo que eso conlleva para la salud física y mental.


Planteamiento: “Bombardeamos a nuestros hijos justamente con los consejos equivocados en lo que respecta a la comida. Durante un programa de dibujos animados en una típica mañana de domingo, los niños ven un promedio de un anuncio de alimentos cada cinco minutos, y casi todos los alimentos que salen en la publicidad por televisión son poco saludables” (p. 131)
Extrapolación: Bombardeamos a nuestros hijos justamente con los consejos equivocados en lo que respecta a la comida. Al dejarles salir a la calle en una típica mañana de domingo, los niños ven un promedio de pastelerías, Burger King, Pizza Hut, churrerías, tiendas de golosinas o McDonald’s cada cinco minutos, y casi todos los alimentos que salen en sus escaparates son poco saludables.



Así expuesto, cualquier comportamiento humano puede ser potencialmente peligroso para nuestra salud.

Y luego hay párrafos para los que no encuentro adjetivos, así que prefiero dejarlos a juicio del lector:

“En internet se miente y se engaña más que en el mundo real, y uno mete la pata en la red con mayor frecuencia” (p. 75).

“Como psiquiatra observo una y otra vez que los adolescentes ya no saben lo que debe y lo que no debe decirse, probablemente porque solo en raras ocasiones hablan con alguien” (p. 112).

¿Se ha dado usted cuenta de que raras veces pone una cara feliz la persona que está ante una pantalla? Después de un paseo, después de la lectura de un buen libro o de la visita de un amigo, uno se siente bien, con ganas de hacer cosas y acomete sus tareas con buen humor. (p. 263)

“El Parlamento del Estado federado de Hesse me invitó a una ronda de expertos sobre el tema ‘medios de comunicación’, en cuyo transcurso no pude menos que constatar que no se trataba de ninguna ronda de expertos en absoluto; estaba formada por 29 miembros de grupos de presión y representantes de asociaciones, etc., y un experto: yo mismo” (p. 277).

“Los juegos de ordenador te vuelven gordo, estúpido, violento y te insensibilizan” (p. 293).

No sé muy bien cómo terminar. Quizá con una cita que acaba de venirme a la memoria, sin saber bien el motivo: “La actual sociedad de riesgo es heredera de una modernidad, de origen ilustrado, donde la ciencia se ha investido como dogma de fe, sustituyendo viejos ritos, prácticas y creencias. El problema de esta consideración es que la infalibilidad otorgada a la Ciencia se ha transmitido a los científicos convirtiéndolos en auténticos iluminados de esta sociedad tecnificada”; Carlos Gil de Gómez Pérez-Aradros, Reflexiones (poco académicas) sobre la sociedad actual; KRK Ediciones, Oviedo, 2013, p. 43.


[Relación con la editorial y el autor: ninguna]

lunes, 31 de agosto de 2009

Pedantwitter contra Twitter

Según parece, las lumbreras de una empresa norteamericana cuyo nombre mejor mantenemos en el olvido han realizado un estudio sobre las “conversaciones” que suelen tener lugar en Twitter. Estos grandes genios han descubierto que el 40% de los diálogos tuiteados son “cháchara inútil” frente a un ocho por ciento de mensajes que contienen “información de valor”. Y dicen que sus conclusiones son interesantes e inesperadas. Y con unos grandes titulares que vienen a decir que Twitter es una chorrada se han hecho conocidos en todo el mundo.

Impresionante, de verdad. Sin palabras me quedo. Twitter está diseñado para que la gente se diga en 140 caracteres máximo (menos que en un SMS normal) simplemente lo que está haciendo en cada momento. En la página personalizada de entrada, ya aparece arriba la pregunta “What are you doing?”, bien clara. Es decir, es una invitación a que las personas comenten entre sí las cosas que hacen, con un número de palabras mínimo. ¿Qué esperaban estas luminarias encontrar en los mensajes? ¿Claves para evitar el calentamiento global? Y, además, ¿qué problema hay con la cháchara inútil? ¿Es que fuera de Internet las conversaciones que solemos mantener son las que tenían Platón y Aristóteles en sus paseos por la Academia y yo no me he enterado? Las tardes en que estos investigadores van al supermercado a comprar verduras, ¿qué tipo de conversaciones tienen? ¿Y cuando charlan en los ascensores? Cuando están en su empresa y llaman al trabajo de su mujer, a última hora del día, ¿despachan la conversación con un “voy para allá, ¿compro algo de cena?”, o se ponen a divagar sobre física cuántica? No sólo todos, absolutamente todos, tenemos charlas inútiles a lo largo del día, sino que no hay ningún problema en ello y son más que necesarias para mantener la cordura.

La cuestión, y aquí reside el problema, es que no escasean quienes buscan denostar a cualquier precio los presuntos “descubrimientos” o “bombazos” que suceden en Internet, quitándoles importancia de la manera que sea. Que conste que yo no uso Twitter, pero no se me ocurriría insultar a un programa que relaciona todos los días a cientos de millones de personas, con el mismo nivel de superficialidad con el que nos relacionamos los demás fuera. Es inadmisible que se le pida a Twitter que genere por sí mismo inteligencia en sus usuarios, cosa que nunca se le había pedido a nada (digital o analógico) en la historia de la humanidad. Entre líneas ese estudio –y las noticias que lo acogen– están pidiéndole al sistema que sea no un canal de comunicación, sino un intensificador filosófico, algo que transmute en oro líquido las ideas de las pobres personas que han accedido al mismo. Twitter es culpable de no mejorarnos como humanos, de mantenernos tal y como somos, corrientes, cotidianos, insustanciales la mayoría del tiempo, como si tuviéramos obligación de ser sublimes sin solución de continuidad, según el precepto baudeleriano. Es curiosa esta nueva forma de luddismo, de tecnofobia, que exige a todo lo que venga de Internet unas prestaciones y una capacidad que no se le exige a nada analógico, a nada que haya fuera de la Red.

Twitter ha demostrado su eficacia para mantener en una relación superficial pero constante a personas, sobre todo mayores. Frente a otros programas digitales, es paradójicamente usado por personas de cierta edad. La razón la exponía hace poco un artículo del
New York Times: los adolescentes no quieren usar un programa destinado a comentar lo que hacen en cada momento: en realidad prefieren que eso no se sepa mucho para evitar la sobreprotección paterna y el control. Como agudamente ha entendido la publicidad estadounidense de uno de los gadgets del iPhone, que permite tener controlado mediante el Google Earth a otro usuario que lo acepte (Blackberry tiene otro big brother parecido), los hijos detestan que sus padres sepan en todo momento dónde están y qué hacen, y Twitter es el modo perfecto de conseguir una de las dos cosas. Para no tener broncas en casa por no aceptar como amigos a los padres dentro del sistema Twitter, prefieren simplemente estar al margen del mismo.

Twitter no es la penicilina, de acuerdo. Ni falta que hace. Tampoco va a ser un revulsivo para nada. La revista mexicana de cultura digital Picnic incluía en su último número un divertido artículo de Alonso Ruvalcaba titulado “Micropoética de Twitter”, donde el autor demostraba que no hay muchas razones para poner en esa red social nuestras esperanzas sobre el futuro de la poesía. Ni falta que hace, tampoco se creó para eso.

Del mismo modo que nadie usa una batidora para resolver problemas sociales ni le exige a su microondas que haga aparecer en su pantalla pensamientos profundos, no deberíamos exigirle a las redes sociales más que cumplan lo que prometen; esto es: que sean redes y que sean sociales; que funcionen informáticamente en red y que comuniquen personas. Cualquier otra exigencia de sabiduría habría que hacérsela a esos extemporáneos demandantes de profundidad.

No obstante, y al parecer con ánimo de que no se diga que los tecnófilos carecen de autocrítica o que no intentan mejorar, y para apaciguar a los genios de la empresa que hizo el estudio, se ha creado una nueva red social, llamada Pedantwitter, en la que sólo pueden participar personas con un coeficiente intelectual muy alto, o que tengan mucho dinero... Se puede acceder a Pedantwitter a través de la dirección www.¿EstánUstedesBebidos...org. Transcribo aquí una de las primeras conversaciones corales que han tenido lugar esta semana:


@dubitativa
¿Creéis que debería perdonar a mi padre por los malos tratos sufridos en mi infancia?

@gödel2.0
Galois pensó en la última noche de su vida que sólo 8 de las 24 permutaciones cumplían la restricción de que xsub1 + xsub2=0, y x1 y x3 y x4=0. ¡Qué tío!

@eztoezhorrorozo
dubitativa, no vuelques sobre tus progenitores la violencia recibida, saca de ti la culpa. Ven a mi consulta, 91 25566499983, tardes 20% descuento.

@sonlasdoceycuarto
¿Traduciríais los versos de Celan es gab / keinen Namen meh für / das, was uns trieb como ya no quedaba nombre / para lo que nos movía?

@picarona
Ay, que me tiene loca la Crítica de la razón pura de Kant, ¿podéis ayudarme con el análisis del sujeto trascendental, que tengo que ir a hacer la compra?

@crepusculo
Aquí estoy, comiendo una lata de atún e intentando decidirme sobre si es más útil la imagen-cristal de Deleuze o la imagen-tiempo de Didi-Huberman.

@conunKantoenlosdientes
Picarona, deberías comenzar por clarificar la perspectiva analítica sobre la que vas a operar; ¿en el marco de un debate ontológico o de u

@porreti
No me imagino una organización estatal que produzca la emancipación social y la igualdad económica de oportunidades al mismo tiempo.

@conunKantoenlosdientes
Coño, no seáis tan tacaños y poned más espacio disponible, que las frases suelen hacerse interesantes a partir de los ciento ochenta caracter

@conunKantoenlosdientes
cabrones


¡Guau! ¡¡¡Este Pedantwitter va a ser superpopular!!! Vamos, es que no sé cómo estos empresarios no se habían dado cuenta del negocio. Me alegro de que otros se lo hayan arrebatado. Voy a darme de alta ahora mismo. ¿Quieres ser mi amigo?



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