El desfile de Martín Lamothe (defile que compartió con Carlos Díez) tuvo su comienzo justo después de que Ángel Schlesser y Alejandra Alonso ganasen el premio L'Oréal a mejor diseñador y mejor modelo, respectivamente.
Al principio del desfile me llamó la atención el gran número de prendas que tenían como protagonista el color amarillo mostaza; quien me conoce sabe que, sobre todo últimamente, me obsesiona este color. No sé por qué, pero me encanta en camisetas, vestidos, faldas, chaquetas, abrigos, botas... Creo que queda bien en prácticamente todo tipo de prendas y que además es uno de los pocos colores con los que a veces los escaparates nos dan un poco de alegría durante los largos otoños e inviernos de tonos marrones y grises.
Pero los cortes no me acababan de convencer; demasiadas faldas por debajo de la rodilla... es un corte absurdo en mi opinión; prefiero tirar hacia los extremos: o haces una minifalda y le das protagonismo a las piernas o haces directamente una falda larga con algo de gracia. Pero las faldas que se quedan entre medias me parecen un tanto rancias (supongo que eso son manías de cada uno).
He de decir sin embargo que en los abrigos y chaquetas (tanto de hombre como de mujer) he encontrado cortes muy buenos, que no dejaban nada que desear. Eran prendas fáciles de llevar por la calle y, encima, en color amarillo mostaza muchas de ellas.
Pero el color beige de repente lo inundó todo. Y lo que le faltaba al tipo de faldas que he mencionado era el color beige para que terminasen pareciéndome incluso aburridas (y yo no me aburro fácilmente).
Y otra cosa que no me ha gustado es la aparición del raso en muchos looks. Era raso formando volantes; raso en pantalones, raso en faldas, raso en vestidos, blusas, chaquetas e, incluso, como complemento añadido a otras prendas. Raso azul (tanto azul grisáceo como azul oscuro) y raso en tonos maquillaje. Raso brillante en cualquier caso (como suele ser este tipo de tela).
Todo tenía un toque futurista.
También se veía el futuro en un vestido de gasa en color gris claro, casi transparente, que de nuevo lucía la chica del pelo corto teñido de platino, la que se parecía a Angie, de la que os hablé el otro día. Lo cierto es que esta modelo (de la que no conozco ni siquiera el nombre -de momento-) me parece realmente buena, realmente interesante; y más aún me lo parece el partido que han sabido sacarle los diseñadores hasta ahora, vistiéndola de gasa, vistiendo sus piernas de un aire y una ligereza transparente.
Los estampados geométricos que decoraban los vestidos largos (de manga también larga en general) tampoco pueden dejar de aparecer en esta entrada, ya que han animado un poco entre tanta tela lisa.
Y mencionaré también los zapatos, que (como el resto de las prendas) eran muy sencillos, aunque eso es algo que en los zapatos se agradece; me parecieron realmente bonitos y elegantes: negros.
Al terminar el desfile, antes de que la diseñadora saliese a saludar, las modelos se colocaron de dos en dos para desfilar por última vez mostrando la absoluta sobriedad de Lamothe.
Algo a destacar dentro de este desfile quizá sea la que considero la idea más original: agujas. Había agujas en la parte de abajo de las medias y en los vestidos. Agujas doradas que daban una sensación extraña (aunque supongo que es esa la sensación que se quería conseguir). Era una sensación de que la modelo se iba a pinchar (daba grima), y a la vez una sensación de dureza porque al fin y al cabo las agujas pinchan y son una forma de darle un toque "metálico" a un desfile plagado de prendas clásicas (daba miedo), y a la vez también una sensación de fragilidad porque como bien sabemos todos las agujas son muy finas y aunque sepamos que no se van a romper son tan finas que dan esa sensación (daba inquietud).
Se puede decir que esa idea ha sido un acierto, un momento de luz entre tonos beige, un momento dorado entre las prendas para un invierno oscuro.