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12 agosto 2007

Una mirada atrevida frente a los tópicos

Se dice mucho, pero casi siempre en los bares y cafés, cuando nos juntamos unos cuentos autores, y casi nunca en los medios de comunicación y demás espacios donde tendría que decirse: la crítica española está adocenada y ha asumido una condición de meros vendedores, correveidiles de las editoriales. Los casos de críticos que ejerzan su labor con seriedad e independencia son, por desgracia, cada vez menos. Basta con echar una ojeada a los suplementos culturales o a las revistas literarias. Por eso es especialmente importante la labor de algunas voces que, si bien pueden recibir numerosas objeciones y puntualizaciones, intentan agitar, provocar, con sus textos y sus criterios. Dentro de ese grupo está, sin lugar a dudas, Vicente Luis Mora.
Yo he leído la poesía de Mora y me parece, al menos, distinta a lo que se hace por aquí. He leído su narrativa y, si bien le veo defectos, me gusta su audacia a la hora de estructurar sus historias, de narrarlas, e, incluso, de buscarlas. Yo leo asiduamente el blog de Vicente Luis Mora –está enlazado dentro de las recomendaciones de esta bitácora desde sus inicios- y a veces encuentro debates interesantísimos que tienen lugar allí. Y he leído, por supuesto, su libro Singularidades y La luz nueva.
De Singularidades ya he dicho en muchas conversaciones que es, por encima de otras cuestiones, un libro necesario. No porque haya que seguir a pie juntillas su discurso, sino porque plantea otra manera de entender el panorama poético actual, y se atreve a apostar por una tendencia –línea que no es la que a mí, personalmente, más me gusta- lo que frente a la tibia y estratégica actitud habitual es de agradecer. Me extendería más para hablar de ese libro pero, como ya indiqué en una ocasión –y repito ahora para demostrar lo poco tibio que también es uno-, pese a solicitarlo en dos ocasiones a la editorial para comentarlo nunca tuvieron el detalle de remitirlo. Y, si bien en este blog se habla de muchos libros que compra uno sin esperar que los departamentos de prensa se los hagan llegar, sí que es cierto que, cuando uno se siente despreciado, actúa en consecuencia.
La excusa, la percha, de este post es la lectura que he realizado de La luz nueva. Ha sido una lectura sosegada y recurrente, ya que algunos de los artículos los había leído ya en el blog y otros los he leído en más de una ocasión antes de escribir estas líneas. Si uno tuviera que dar un diagnóstico, una valoración general, tendría que decir que este es, también, un libro necesario. Sobre todo por la primera parte del libro que es la que se ha escrito ex profeso para él.
La segunda de las partes recoge una selección de entradas aparecidas en el blog. Textos sobre autores, libros o apreciaciones más libres, que son los que ocupan el grueso del libro. Uno, que como ya he dicho, sigue habitualmente la bitácora de Mora, encuentra que los textos, tal y como aparecen, van descafeinados. Uno de los aspectos más interesantes de los blogs es el asunto de los comentarios. Las apreciaciones, opiniones, indignaciones de los lectores, etc. convierten a las bitácoras en uno de los medios de comunicación más interesantes que existen hoy. En primer lugar porque permiten al receptor interactuar con el mensaje, y en segundo lugar porque las conversaciones que se generan dan nuevos matices a los asuntos tratados. Precisamente Mora es consciente de ello y lo plantea como una de las virtudes del medio en su libro Pangea. ¿Por qué no aparecen esos comentarios? Supongo que porque entonces el libro se iría a las quinientas páginas y porque plantea problemas de derechos. Si se cobra al lector por el libro habría que pagar a los autores de los comentarios, creo. Pero el que sale perjudicado es el libro, y consecuentemente el lector del mismo, que pierde buena parte de la “chicha” de los temas.
Pero, además, intuyo en esta decisión una voluntad de revalorizar las entradas del blog convirtiéndolas en artículos de un libro. Todavía hoy, pese a los avances del mundo digital, se valora mucho más que un autor tenga libros publicados frente a una difusión virtual de su obra. Todavía estamos aferrados a un materialismo que coloca al libro por delante de la web. Es un contrasentido, y creo que Mora, verdadero valedor de la crítica digital –de hecho su posición dentro del panorama literario obedece de un modo directo a la seriedad y eficacia de su blog más que a otras cuestiones- debería haberse dado cuenta de ello. Que una editorial como Alfaguara quiera colocar un libro de Azúa a esos lectores que nunca han entrado en Internet pero tiene todos los libros del autor es una cosa, pero que uno de los defensores de la esfera digital como lugar de intercambio caiga en ese subterfugio no me convence demasiado. Él sabe que esos artículos, tal y como aparecen en el libro están mutilados, y no son, desde luego, lo más interesante del libro.
La primera parte sí que demuestra una ambición mayor, y quizá tenía que haber conformado, por sí sola, todo el libro. No digo ampliarlo –aunque sí es cierto que una descripción más pormenorizada y ejemplificada habría sido más eficaz- sino ceñirse a esa parte a la hora de editarlo. ¿Por qué no un libro de ciento y pico páginas denso e interesante? ¿Por qué engordar el lomo para justificar el libro y su precio? De hecho el libro, tanto en su subtítulo como en su contracubierta apunta tan sólo a esa parte como asunto del libro. Y eso se debe a que es donde Mora ha dado el do de pecho.
La clasificación que realiza es interesante y arriesgada. Obedece a cuestiones estrictamente literarias, tanto estética como temáticamente –frente a la tendencia biográfica de la crítica universitaria y académica- y no cae en el vano impresionismo –como sucede con casi toda la crítica mercenaria de suplementos y revistas. Pero, sobre todo, es práctica. Si uno lee con atención el libro verá que el punto de partida, la clasificación, es más certera de lo que pueda parecer.
Pero también, si uno lee con atención, verá que al libro le faltan un par de vueltas, algo de trabajo. Vamos a ver por qué. En primer lugar la lectura de este ensayo revela un conocimiento del terreno parcial. Frente a la solidez que exhibía Singularidades en el conocimiento de la poesía joven –con la otra había también lagunas que les sirvieron a críticos como García Martín para tirarse a la yugular- en La luz nueva se aprecia que el autor no ha leído tanta narrativa como lírica. Eso se evidencia en algunos listados, en ciertas apreciaciones en las descripciones de cada una de las tendencias, pero también, y sobre todo, en la recurrente utilización de ejemplos líricos en vez de narrativos para justificar sus tesis. Son muchas las ocasiones en que, tras una disertación sobre un aspecto de cierta tendencia, remata con un ejemplo lírico lo dicho. Y eso no tiene mucho sentido, máxime teniendo en cuenta que de lo que se habla es de narrativa.
Por otro lado hay ciertos detalles que revelan un cierto descuido. Por ejemplo, el hecho de que en todo momento se nos esté hablando de narrativa, que muchos de las referencias que aparecen en el libro son de autores de cuentos –que es un género mucho más vanguardista y permeable que la novela-, pero que, a la hora de resumir las características de cada tendencia se nos hable de la “novela” como única posibilidad narrativa. Hay que ser un poco más coherente a la hora de evaluar críticamente la realidad narrativa actual. Si el cuento, como se viene demostrando, es uno de los géneros que más juego da hoy por hoy, eso tiene que quedar reflejado en un libro que pretende describir la vanguardia narrativa.
Vivimos en un mundo donde los críticos practican con dejadez su labor, que alguien como Mora se tome en serio lo que hace, lo que lee, y elabore un sistema para explicar lo que sucede es algo que genera polémica. Lo triste es que la polémica que debería generar es la indignación de que haya pocos como él removiendo el acomodaticio panorama que presenciamos. Vicente Luis Mora es uno de los agitadores del mundo cultural que nos están haciendo cada vez más falta.
Vicente Luis Mora La luz nueva Berenice, Córdoba, 2007
(La portada es una portada fantasma, mucho más bonita que la que tiene el libro, que hay colgada por el ciberespacio).

25 julio 2006

Donde nadie los ve

Es bien cierto que la industria ha obligado al narrador de distancias cortas a recoger sus piezas en conjuntos para facilitar su acercamiento a los lectores. Los editores se amparan en esa frase hecha de que, para publicarlos, los libros de relatos deben tener “lomo”, esto es, ser gruesos. Una novela de ciento y pico páginas encuentra acomodo en un catálogo, o un poemario de sesenta, pero un libro de setenta y ochenta páginas de relatos no tiene “lomo”. Y así muchos buenos autores de cuentos –a veces de un solo cuento- se quedan al margen porque, al contrario que el ganado, no tienen lomo.
Para mayor problema, al reunir esas historias se les pide que tengan un criterio unificador que estructure el libro. En uno de sus menos breves, y aún así corto, texto, Augusto Monterroso hablaba del horror diversitatis que estrangula la creatividad de los cuentistas a la hora de publicar sus relatos. Si ya de por sí es problemático encontrar editores que apuesten por libros de relatos, los que hay suelen preferir libros hechos y no meras recopilaciones de textos. Por eso los autores hacen peregrinos intentos para justificar la hermandad de un texto sobre las iguanas de las Galápagos y otro sobre las pelusas de su cuarto.
Y la mayoría de las veces lo que les da unidad a los libros es el tono, el estilo, más o menos decantado de su autor. Se considera que si el lector se esfuerza ya en vivir trece historias en vez de sólo una a lo largo de la lectura del libro, es complicarle mucho la existencia al andar haciéndole también acostumbrarse a distintos modos de contar las historias, cuando no, directamente, de plantear innovaciones constantes con ese objetivo.
Digo todo esto porque hay que valorar en su justa medida el esfuerzo realizado por Vicente Luis Mora en un libro como Subterráneos. Valorar, por encima de otras cuestiones, su voluntad de violentar la normalidad impuesta por el mercado en la narrativa, hasta el punto de marginar todo texto que no entre en esos restrictivos cánones al más severo ostracismo. Buena muestra de ello es la escasa repercusión que sus tres recientes publicaciones han suscitado. Por su radicalidad, poemarios como Construcción, ensayos como Singularidades y libros de relatos como Subterráneos, deberían despertar reacciones más convulsas de las que se han dado. Pero las escasas reseñas sobre ellos se han limitado a atender los pasajes de crítica más o menos explícita sin leer con detenimiento la parte de propuesta, de novedosa y arriesgada propuesta que suscitan.
La lectura de cada uno de los diecisiete relatos que componen este libro no provoca las mismas sensaciones. Hay textos en los que se aprecia, por encima de todo, una voluntad de violentar las fronteras del género desde una perspectiva más ensayística, como Habitat o Para un nuevo bestiario, hay una intención clara de actualizar los temas y las referencias a un nuevo mundo que la mayoría de los escritores ignoran o desdeñan, Los dos mundos o Psiquia, narraciones metadiscursivas como Así se cuenta un cuento, relecturas de textos ya clásicos como La biblioteca de Babel (versión 5.0), o narraciones que se descodifican a sí mismas a través de sus referencias, como textos de eso que se llamó “posmodernidad”: El texto urbanizado. La radicalidad de las propuestas no evita que, en determinadas ocasiones, los textos se resuelvan con fracasos: La prueba nº15 o Topo, si bien puede deberse a que en ellas se ha decantado en exceso la balanza hacia el discurso por encima de la narración en sí.
Del mismo modo que ha quedado ya claro que buscar la innovación a toda costa, sin reparar en los resultados, es un error que caducó con las vanguardias, despreciar un texto sólo por la voluntad de innovación que demuestre es igualmente erróneo. La capacidad de innovar, de salirse de lo que el propio Mora ha denominado normalidad, no es un mérito o demérito en sí, sino que es, solamente, una de las posibilidades que están a disposición de un autor.
Y más en el caso de autores como Vicente Luis Mora donde se aprecia de un modo claro que el vanguardismo de sus propuestas está directamente relacionado con una voluntad real de aprehender, de explicar y conocer el mundo que nos rodea. Ceñirse a los caminos trillados, a la mediocridad que no es normal pero que sí se ha vuelto, tristemente, norma, es una evidencia palpable de falta de ambición, de incapacidad y, en definitiva, de calidad. Todo artista que busque decir algo –y no repetir como un loro lo que otro ha dicho- debe ensanchar las fronteras de la expresión en la búsqueda de ese “algo” que no comprendemos, pero que, parece ser, buscamos. Llámenlo dios, esencia o vacío, amor, tanto da… pero toda expresión artística verdadera señala a un algo que quiere explicar.
Vicente Luis Mora ha ideado no diecisiete historias, sino diecisiete mecanismos para intentar desvelar ese algo. Unas veces has estado más cerca que otras, eso es indudable, pero ¿cómo no alegrarse de que se arriesgue para intentar buscarlo de otros modos entre tanto escritor adocenado?

Vicente Luis Mora Subterráneos DVD ediciones, Barcelona, 2006