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19 mayo 2012

“Todo es irreal, menos la Revolución.” Lenin


Cayeron los gobiernos del bloque comunista y todos los directivos de las multinacionales se pusieron a dar saltos. Habían ganado la guerra en nombre del capitalismo. El apóstol Fukuyama decretó el final de la Historia y nos sumergimos en las aguas del pensamiento único.
Hoy, casi veinte años después, vemos que el pensamiento marxista, lejos de haber caducado, rebrota con inusual fuerza. Estamos al borde de otra crisis energética como la que marcó la década de los setenta, y es posible que la situación sea más parecida de lo que, en principio, se suele pensar.
En España los políticos se entregan a conversaciones con sus primos, se enzarzan en discusiones sobre conspiraciones y sentencias, y los políticos españoles evidencian a golpes de socavón la escasa solidez de sus propuestas. Mientras tanto las familias se endeudan al ritmo que sube el Euribor y el IPC. Y parece que tan sólo algunos novelistas parecen darse cuenta de ello.
Lejos de las superficiales propuestas de lo que se dio en llamar con marcado tinte publicitario la “nueva narrativa española”, hay novelistas que quieren hablar sobre lo que ven, y que, al hacerlo, no pueden evitar una crítica hacia esta sociedad mercantilizada.
Ese sería el caso de las novelas de Belén Gopegui, en especial “El padre de Blancanieves”, donde demuestra ser una narradora incómoda para la sociedad. No se puede leer su última novela sin indignación. Para unos por lo revolucionario de su propuesta, para otros por la crítica social del que abre la epidermis de lo público con la precisión de un cirujano. Una sociedad de proletarios anestesiados con la ficción de pertenecer a un sucedáneo de clase media, encadenados por hipotecas y un cada vez más incierto “bienestar”. La vida espectacular que ya denunció Debord se ha expandido a todos los registros de nuestra vida, que se nos presenta como un anuncio de cosmética en el que no podemos afirmar que haya una persona tras esa cara. Al modo brechtiano -¿este tipo era marxista también, no?- la novela presenta una realidad muy alejada de la que se ven en los festivales de publicidad.
De Hispanoamérica llegan distintos títulos que son fiel reflejo de las convulsas luchas entre los gobiernos de tinte libertario que surgen en los países americanos y las presiones que la lógica capitalista impone.
Sería el caso del fascinado análisis que Roncagliolo realiza de Abimael Guzmán y de sus correligionarios de Sendero luminoso en “La cuarta espada” (Debate). Desde el temor a la comprensión, el libro narra el recorrido de un autor cuando se acerca a la realidad que durante tanto tiempo le hurtaron en su país. O también la fascinante –posiblemente una de las mejores y más novedosas novelas del año - “Museo de la Revolución” del argentino Martín Kohan. El diario con los análisis de los textos revolucionarios que escribió un guerrillero de extrema izquierda asesinado durante la dictadura argentina le sirve como instrumento para analizar la “enorme potencia ideológica” de Marx, Lenin y Trotsky. Pero, al mismo tiempo, la novela se presenta como una novela de ideas que, como señaló Tabarovsky, es en realidad una idea sobre la novela. Una novela que representa la lucha dialéctica entre la realidad y la ficción.

Apoyos
Martín Kohan (1967) está en estado de gracia. Acaba de ganar el Herralde de Novela con “Ciencias morales” que, a tenor de las estupendas “Museo de la Revolución” y “Segundos fuera” (Mondadori en ambos casos) hará que su nombre suene entre los lectores españoles. Los aficionados al ensayo alabaron su acercamiento a Benjamín en “Zona Urbana” (Trotta).

Belén Gopegui (1963), forma junto a Chirbes el dúo de novelistas españoles que no le han dado la espalda a la realidad. A las arriesgadas propuestas de “La conquista del aire”, “Lo real” y sus trabajos cinematográficos se le unió la polémica “El lado frío de la almohada” donde se “atrevió” a defender al régimen cubano. Todo en Anagrama.

León Trotsky (1879-1940) ha visto sepultada su calidad literaria por su actividad política. Lugarteniente de Lenin, rival de Stalin, asesinado por Mercader en México, su vida parece una novela. La reciente edición de “Historia de la revolución rusa” (Veintisiete letras) puede interesar a historiadores o lectores de novela indistintamente. Sus mil páginas se funden de modo único vida e ideología.
Publicado en el diario Público el 12 de noviembre de 2007

07 mayo 2012

Cruz de olvido de Carlos Cortés

Carlos Cortés (San José, 1962) llega ejerciendo casi de embajador no oficial de una literatura prácticamente desconocida en España: la costarricense. Sus ocho poemarios, dos libros de cuentos, tres novelas y un ensayo parecen ser credenciales suficientes. Y los veinte años como periodista llegando a ser jefe de redacción de La Nación, el diario más importante del país, no sólo hinchan el currículum, sino que auguran una conversación de altos vuelos.

-¿Se da cuenta de que puede hacerse la boutade de decir que usted es la literatura costarricense?
-Es un país muy pequeño, pero habría que preguntar a algún crítico de allá si lo soy o no.

-Pero, desde luego sabe que aquí no se conocen apenas autores de su país.
-Tengo la sensación, de ser el representante de una literatura un tanto invisible que le cuesta salir de sus fronteras geográficas porque la historia costarricense se ha visto durante mucho tiempo como una historia feliz donde no ha ocurrido nada. Por eso mi novela comienza jugando con eso, dice “En Costa Rica no pasa nada desde el Big Bang”.

-¿Y eso es real? ¿Tan anodina es la vida allí?
-Mi generación ha ido en contra de esa lectura previa de que vivimos en el paraíso, estimulada por el hecho de que somos un destino turístico potente. Al final es una sociedad en evolución, que está pasando de tener un estado benefactor muy fuerte, con una tradición socialista, de grandes servicios básicos al Tratado de Libre Comercio y a todo lo que está viviendo América Latina.

-Su novela Cruz de olvido (ganadora del Premio Nacional de novela en Costa Rica) gira en torno a ese derrumbe de los mitos revolucionarios en la región.
-Retrato a dos generaciones que se sintieron integradas en una serie de procesos que hubo en los años ochenta que fueron muy vigorosos y que, de alguna manera, dieron la última ilusión en el siglo veinte de ser parte de algo… generador, digamos. Después de la caída del Muro de Berlín, en muchos países de Centroamérica se la llamó la “década perdida”, y en los noventa hubo un proceso de privatización muy violento. Y esta generación quedó en el medio, en un limbo no sólo ideológico sino existencial. El poder no admite vacíos, y todo ese poder se ha vuelto a llenar con una política corrupta que en Iberoamérica ha estado presente a lo largo de toda su historia.

-También ha ganado el Premio Nacional de Ensayo con un provocador libro, “ensayo-ficción”, La gran novela perdida. Historia personal de la literatura costarrisible.
-Es una frase de la poeta Eunice Odio, que renegó varias veces de su nacionalidad. Todo país no quiere enfrentarse con una imagen en el espejo que no sea esa imagen amable que los demás proyectan sobre ella. Parece que el premio alguna gente lo recibió con sonrisas, porque es un libro lleno de géneros, y eso no se considera muy bien. La gente espera un ensayo académico. Mucha gente me dijo: Qué lastima que no te lo tomaste en serio. Pero yo pienso que la literatura no tiene por qué ser demasiado seria.
Carlos Cortés Cruz de olvido Veintisiete letras, Madrid, 2008
Publicado en el diario Público el 12 de junio de 2008

16 mayo 2011

Una entrevista extraordinariamente generosa


Hace unos meses, en un encuentro de escritores en Barcelona al que fui invitado, tuve la alegría de conocer en persona a Marta Aponte Alsina. Yo, que he leído, por desgracia tan sólo una, de sus novelas, Sexto sueño, que ha sido editada por la editorial Veintisiete letras y merecería mayor atención de la que se le dio, era ya un respetuoso admirador de su escritura. Pero conocerla fue, además, una enorme alegría, porque pude conocer a una mujer de una inteligencia afiladísima y un humor envidiable. Fue, para mí y para todos los que acudimos allá, uno de los mejores hallazgos de aquel encuentro. Suena adolescente, como es lógico, pero yo creo que somos ya muchos los fans de Marta Aponte Alsina.
Para mi sorpresa, a la vuelta de unos meses me encontré con la grata sorpresa de un mail atento en el que Marta demostraba haber leído mi libro y haberlo hecho de un modo generosísimo. El mail incluía una batería de preguntas que fue tremendamente costosa de responder porque uno se siente en la obligación de hacer un milagro: responder algo mínimamente inteligente a unas preguntas tan certeras y profundas.
El resultado de esa conversación se ha editado en una publicación digital puertorriqueña y puede leerse aquí.
La foto es de Cecilia Orso y está tomada en los días en que respondía a esta entrevista,
poco antes de que Federico Falco, quien me acompaña en esta "espontánea" foto
concluyera su estancia como estudiante en Madrid.

21 enero 2008

Marx 2.0

Ando muy liado con diversos temas en estas fechas y no tengo tiempo de actualizar el blog como desearía, así que he decidido hacer lo que muchos compañeros de profesión hacen. La profesión es profesional de la palabra, y consiste en que a uno le pagan por juntar palabras. Es lo que hay.
Esto apareció en el diario Público, se podría hacer un artículo mucho más extenso, y exacto, con este esquema, pero, como ya he dicho, ando mal de tiempo:

Mientras los partidos políticos manipulan las sentencias de los jueces o se echan la culpa mutuamente de los socavones de las obras, el precio de los alimentos se dispara y las hipotecas no dejan de subir. La política se vuelve cada vez más superficial y las ideologías parecen cosa de la ficción. Quizá por eso el debate sobre la realidad que nos rodea se ha trasladado de las páginas de política a las de cultura. Los autores parecen más conscientes del mundo que los dirigentes políticos. Y una buena muestra de ello es la revitalización que el pensamiento marxista, sobre todo en lo que tiene de dialéctico, está viviendo en las librerías españolas.
Más allá de las clásicas editoriales libertarias o progresistas, se aprecia un giro a la izquierda en las editoriales de primera línea. Novelas, narraciones, que construyen ideas a partir de la enorme potencia y fecundidad del marxismo.
Como “Museo de la Revolución”, del argentino Martín Kohan, donde se revisa el pensamiento del propio Marx, de Lenin y de Trotsky. A la luz de la peripecia de uno de los guerrilleros de extrema izquierda en los convulsos años d la dictadura, Kohan va más allá de una merca narración con excusa histórica. Las doctrinas comunistas son glosadas en una libreta para transmutarse en una poética de la novela, de los mecanismos con los que atrapa al lector la ficción y las herramientas que este encuentra en ella para analizar una realidad cada vez menos sólida.
Del análisis de esa realidad más cercana, casi cotidiana, Belén Gopegui construye sus ficciones, posiblemente las más incómodas del panorama español. No se puede leer “El padre de Blancanieves” sin indignación. Para unos por lo revolucionario de su propuesta, para otros por la sociedad que destripa con la precisión de un cirujano. Una sociedad de proletarios anestesiados con la ficción de pertenecer a un sucedáneo de clase media, encadenados por las hipotecas y un cada vez más incierto “bienestar”. La vida espectacular que ya denunció Debord se ha expandido a todos los registros de nuestra vida, que se nos presenta como un anuncio de cosmética del que no podemos que haya una persona tras esa cara. Al modo brechtiano -¿este tipo era marxista también, no?- la novela presenta una realidad que no puede presenciarse desde la indiferencia.
El mercado ha sufrido una metástasis, una hipertrofia tumorosa que amenaza con acabar con el paciente, la sociedad. Quizá Tabarovsky, en su “Autobiografía médica” ha atinado al definir los síntomas, las vidas de esas células que forman el tejido social. Un hombre que se deja llevar por el continuo ciclo de repeticiones, de las recaídas clínicas que no son más que la alegoría de la reproducción del cáncer en cada una de las cadenas de la sociedad.
Desactivar estos mensajes es uno de los deberes de los medios de comunicación dirigidos por el mercado. El arma elegida suele ser el fracaso de la utopía comunista en Europa. Quizá sea el momento de revisar la “Historia de la revolución rusa” de Trotsky que acaba de editar Veintisiete letras. Seguro que en los próximos meses habrá nuevos libros que hayan bebido de él.