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23 noviembre 2006

La muerte es todas las cosas que se van a quedar por decir

Es la definición que Javier Rodríguez Marcos hace de la muerte en un cuestionario contestado de camino al trabajo y recogido en este libro. Es el otro libro de Javier Rodríguez Marcos que ha caído en mi mano. Un verdadero chollo. Se llama Antología sumergida y cuesta sólo un euro. Menos que un café, oiga. Pero vale mucho.
Es una antología de los tres libros de poemas de su autor editada por el Plan de fomento de la lectura de Extremadura –estos chicos lo hacen bien, a lo mejor era a estos y no a la Trujillo a la que tenían que haberse traído a Madrid- que ya ha tenido a bien editar otros pequeños tesoros, como Una oración por Nora de Javier Cercas.
Javier Rodríguez Marcos es un poeta que se prodiga poco. Tres libros en once años es poco, y eso demuestra hasta qué punto es exigente con su obra. Si tenemos en cuenta que los dos primeros se publicaron en 1995 –Naufragios- y 1996 –Mientras arden- esta exigencia se hace aún más evidente. En estos diez años tan sólo Frágil, publicado en 2002, ha visto la luz. Y de hecho, el poema que cerraba ese poemario –y que también cierra este- no parece augurar que ese ritmo cambie:

otra poética

Evitar
desde ahora una palabra:
yo. Mirar sin ideas.

Evitar
las imágenes, algunas imágenes,
las que sean poéticas.

Escribir
como el que hiciera cuentas
en los márgenes del papel usado.

Evitar
hacerse sangre en la planta del pie
con los trozos de las palabras rotas
al caminar descalzos.

Evitar
las poéticas y los infinitivos,
y las palabras grandes,
porque cualquiera sirve.

Evitar,
evitarse.

Porque cada palabra
corre el riesgo de ser
la palabra de más.

Con un poema así, que en su mismo desarrollo pone en duda no ya la obra poética anterior de su autor o la poesía en general, sino su propia existencia, es verdaderamente un escollo importante.
La poesía de Rodríguez Marcos se ha ido haciendo más despojada, directa, y ha ido tomando una conciencia cada vez mayor de la importancia de la palabra, del verbo, como elemento que no refleja o sustituye, sino que es. El lenguaje se vuelve por tanto universo, y todo está en el lenguaje, lo que podemos pensar y lo que nos es dado pensar está ahí. Por eso tal vez, desde sus primeros libros, en los que el transcurso y el viaje se muestran como una metáfora similar al proceso que tiene que realizar el lenguaje para transformarse en conceptos y sentimientos desde la estética simbolista que se trasluce en sus versos, la decantación hacia los procesos mentales se ha agudizado. El mundo no se ve reflejando mediante símbolos en el poema, el poema es el mundo, y cada una de sus palabras un ladrillo más que lo sustenta. Los poemas de Frágil evidencian esa fragilidad del mundo, que no existe hasta que no es pronunciado por el poeta, y que solamente entonces puede ser experimentado. De ese modo se produce una transustanciación, ya que el poeta se torna verdadero creador, hacedor del mundo, toma verdaderamente las riendas de la creación, y como nuevo dios ejerce la poiesis –creación- de su mundo. El poema es el mundo y el peligro que acecha ahora al poeta es esa palabra de más, esa palabra innecesaria que quiebre la armonía del poema.
Y ese silencio es peligroso, y hasta cierto punto es injusto con el lector.
De momento Rodríguez Marcos le entrega un montón de mundos en esta antología. Y lo de menos es el precio.

Javier Rodríguez Marcos Antología sumergida Plataforma La Gaceta del libro en Extremadura, Cáceres, 2005

22 noviembre 2006

Pon cuanto eres en los mínimo que hagas

Ha querido ¿el azar? que casi haya coincido en el tiempo mi lectura de dos libros de un mismo autor. Hace tiempo compré unos libros de la Editora Regional de Extremadura a través de la librería Boxoyo -¿mucha publicidad?, cuando la lees en El País no te quejas- y entre ellos estaba un pequeño libro de título maravilloso: Nosotros, los solitarios, de Javier Rodríguez Marcos.
La lectura del libro evidencia una calidad equiparable a la del título. Se trata de un cuento, una coda, y una breve nota final aclaratoria. Por la lectura de la misma sabemos que este texto está desgajado de un libro mayor del que formaba parte físicamente, aunque nunca lo fue temática ni verdaderamente, y que finalmente había decidido dejar que corriese solo por los estantes de las librerías. Escrito durante la estancia de su autor como becario de la Academia española de Roma –quién estuviese allí, en el Giannicolo, a un paso del Trastevere, a dos de la Via Guilia y del Campo di Fiori- narra la historia de un autor joven que ha conquistado el prestigio dentro de la profesión y se ve convidado a formar parte del jurado de un premio literario. Al leer las novelas finalistas –la escena en que se nos describe cómo selecciona a su favorita es antológica- descubre que la novela presentada es la suya, y se desencadena la trama que corre veloz hacia su final. Disculpen que no lo cuente, pero así obligo a la gente a gastarse los tres euros con setenta y cinco que cuesta el libro. Como ven es un precio pequeño para lo que el libro vale.
El estilo llano y lo acertado del ritmo del texto son, sin lugar a dudas las dos principales virtudes de un texto que se rige por una implacable lógica, como si se tratase de un bisturí va seccionando la historia para dejarnos ver su transcurso, y que desemboca en un final fantástico y, al mismo tiempo, perfectamente coherente con la historia. Está mal decirlo, pero sorprende tratándose de un autor que ha merecido su fama a través del verso, ya que no suelen destacar las narraciones de poetas por su rigor constructivo –y sé que al decir esto surgen un montón de excepciones que echan por tierra la afirmación, y aún así sabemos que no ando desencaminado.
La coda del texto viene a aportar una poética de la lectura y la escritura, casi un modo de entender la vida:


-Sí, es cierto que se lee para saber que no estamos solos, tanto como que se escribe para decir que lo estamos.

Que viene a ser una versión muy acabada del “escribir poesía es mi manera de estar sólo” de Pessoa –y sabe el que haya leído este libro que la cita no es casual.
Pero, además del texto en sí me ha gustado que el cuento se haya editado de modo independiente –y de un modo excelso, como es habitual en la Editora-, otorgándole a la narración, por sí misma, todo el reconocimiento que merece. Una de las fatigosas labores del cuentista es tener que recopilar sus historias en volúmenes que siempre tienen “poco lomo” a juicio de los editores. Pero este libro demuestra que en sesenta páginas puede haber muy buena literatura sin necesidad de llevar todo un cortejo detrás –que es uno de los defectos que tienen algunos libros de cuentos, que acusan mucho la macrocefalia de ocupar doscientas páginas cuando sólo unas veinticinco de ellas, de uno o dos cuentos, merecen la pena.
El cuento es, como algunos se han percatado, una epifanía. Hay momentos que sólo los puede otorgar un cuento. Pero por condicionamientos editoriales los relatos han tenido que ir en grupo, en pandilla, y de ese modo cuesta mucho distinguir a los brillantes de los prescindibles. A veces tiene uno la misma sensación al comprar un libro de cuentos que cuando va a la frutería: no puedes saber hasta que comes todas las manzanas cuántas estaban pasadas. Por eso habría que editar más cuentos así, de un modo exento, respetando la personalidad del mismo. Quizá de ese modo se evitaran esas recopilaciones que devalúan al género, y los autores tendrían la posibilidad de reunir los mejores de sus cuentos sin prisas, sin la necesidad acuciante de tener que llegar a las ciento y pico páginas para que alguien se lea el manuscrito.
Este cuento, junto a unos cuantos compañeros, fue presentado a un certamen de relatos, uno de los muchos que salpican el panorama nacional y que permiten sobrevivir a un puñado de buenos cuentistas y dar alas a muchos mediocres. Fue desestimado porque su autor mando una copia menos de las solicitadas por las bases –por cierto, ¿por qué hacen falta varias copias de un original para los premios?, ¿no sería más lógico enviar sólo uno para que se hiciera el proceso de selección y que la organización fotocopiara los cuatro o cinco finalistas para el jurado?, ¿hay intereses de los fabricantes de fotocopiadoras o de CEDRO en todo esto?-, se quedaron fuera por ser pocos. Como si se tratase de un partido de fútbol: no hay suficientes jugadores y no se juega.
Tal vez el azar en este caso jugó a favor del lector, ya que de ese modo ha podido disfrutar de un cuento único –si McLuhan estuviese aquí alabaría el título del libro como ejemplo de medio que contiene mensaje-, sobre los solitarios que leen y escriben, preciosamente editado –muy bien elegido el cuadro de portada-, que nos hace sentirnos un poco más acompañados.

Javier Rodríguez Marcos Nosotros, los solitarios Editora Regional de Extremadura, Mérida, 1997