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17 junio 2010

Remezclas completas


La literatura no es un medio que haya admitido de buen talante la interpretación o relectura de temas ajenos. Frente al mundo musical, de donde procede el término cover (versión) que da título al libro de Ronaldo Menéndez, o de la industria audiovisual, donde los remakes son ya habituales en las pantallas, el mundo editorial se solivianta ante la posibilidad de un plagio más o menos encubierto. Se permite, eso sí, la relectura de la propia obra que realiza su autor, como las nuevas versiones en inglés que fue entregando Nabokov de sus primeras novelas y no hay figuras fundamentales como Sinatra, pese a que no compusiera nada memorable, o The Beatles, que compaginaron en sus primeros discos la inclusión de temas propios con numerosas apropiaciones de grandes éxitos del rock americano. En la literatura esto no tiene espacio, salvo que se trate de las intensísimas distorsiones que algunos autores han sabido levantar sobre textos míticos. Ahí está la estupenda novela corta Help a él de Fogwill, en la que parece sumergir los personajes borgeanos en un tanque lisérgico donde se liberan sus deseos sexuales transformando este nuevo texto en el verdadero Aleph donde todo aparece reunido y simultáneo. Aún así, resulta más fácil relacionarlo con las reapropiaciones a las que los artistas plásticos nos tienen ya acostumbrados que a la labor de Pierre Menard.
Y no es casual la presencia de Fogwill en esta enumeración de obras porque si hay algún escritor que transpire una herencia musical en su obra ése es él y Covers en soledad y compañía es, desde luego, un libro que tiene mucho en común con un disco, con una producción musical. En primer lugar por la manera en que se presenta estructuralmente, como si en vez de un libro se tratase de las dos caras de un LP, En soledad y En compañía. También porque, precisamente en el caso de las más interesantes composiciones de esta compilación se aprecia la influencia de grandes autores no ya en los temas tratados, sino, sobre todo, en la cadencia y el fraseo del discruso: “Menú insular” no tiene tan sólo referencias a El aleph, sino que incluye fragmentos del cuento, frases insertadas por Menéndez en su discurso que modifican el tono general del texto y que se trasladan finalmente a la estructura. O sea, se dejan sentir en el tono del texto, en la persistencia de la melodía aunque los arreglos y las armonías hayan cambiado.
Por otro lado, la tradición del LP exigía la presencia de unos cuantos temas imbatibles, destinados a ser los que llamaran la atención bien por lo excepcionalmente pegadizo de sus líneas melódicas o por su calidad capaz de soportar escucha tras escucha. Y, como un disco debía tener diez canciones, aproximadamente, siempre había espacio para temas más personales o menos logrados que completaban la entrega discográfica. Para muchos comentaristas musicales, el vigor de las descargas por Internet habla de una vuelta a las costumbres de los inicios del mercado de la música popular, cuando los artistas editaban singles. Cara A y Cara B, dos buenas canciones, cuatro a lo sumo, que no tenían desperdicio. La lectura del libro de Ronaldo Menéndez trasluce esa misma sensación o necesidad. Sucede en casi todas las reuniones de cuentos, siempre brillan más unos que otros. Es inevitable pensar que “Menú Insular”, “La ciudad de abajo” o “El bucle de Villa Búho” no son los “temas estrella” del disco. O, como sucede también con los discos de versiones de grandes artistas, que el conjunto tiene más de divertimento, de oportunidad de explayarse en el repertorio ajeno para disfrute del artista que de verdadera aportación sólida a la construcción de su trayectoria. Ha sucedido siempre, son grabaciones más destinadas a fans y a la curiosidad que al deslumbramiento. Y eso mismo sucede en el caso del libro de Menéndez. Su lectura desprende la sensación de que es un libro más necesario para su autor que para el lector. No es poco, ojo.
Ronaldo Menéndez Covers en soledad y compañía Páginas de espuma, Madrid, 2010
Texto aparecido en el número 319 (Junio 2010) de la revista Quimera
La fotografía de Thomas Hawk se corresponde al abandonado almacén de las escuelas de Detroit

19 mayo 2008

La lenta cristalización de una obra


Previa
Para escribir este texto he leído un montón de libros a lo largo de mi vida. Vamos, si uno no ha leído mucho no se pone a escribir y no tiene mucho criterio al hacerlo. ¿Merece la pena haber leído tanto para escribir de gratis en un blog? Yo creo que sí, y por eso no creo que haya que estar pregonándolo porque es algo obvio.

Río Quibú
Río situado al sur de La Habana –hay que buscar con atención en el Google Maps, ojo, no es fácil verlo-, que se ha convertido en una de las vergüenzas de la capital cubana. Encuentro en la web, ya que por desgracia nunca he estado allí, que es un río al que se asoman barriadas marginales como La Lisa, Los Pocitos, Coco Solo y Versalles. Pero, por encima de estos detalles, para ser que los pocos habaneros con tiempo para denunciar los desmanes ecológicos del régimen cubano llevan años criticando la degradación del río. No deja de ser curioso que sea precisamente la desembocadura del río Quibú, repleta de basura, de aguas contaminadas, la que baña la Marina Hemingway, en el barrio del Naútico, donde atracan los yates de los altos cargos de la nomenclatura y de los turistas ricos afines al régimen. Frank Delgado cantó al río degradado desde la perspectiva de un bañista, de uno de los bañistas pobres que tan sólo tienen el Quibú, ese desagua de lo peor de la miseria habanera que sale a la luz junto al barrio de los potentados y que da título a la nueva novela de Ronaldo Menéndez.

Serie negra
Hablar hoy de serie negra no quiere decir casi nada. Hace unos años suponía aceptar las normas de un género que, durante mucho tiempo, se consideró menor por parte de la crítica y una delicia por el público. ¿El éxito del género negreo tiene que ver con la influencia del mercado o no? Da lo mismo, pero sí que es cierto que la crítica social se ha convertido en parte sustancial de un género que lejos de huir de su realismo, incluso del costumbrismo, lo reivindica. Hoy es difícil encontrar un narrador que no sea de serie negra y reivindique una tradición costumbrista y una mirada realista sobre la sociedad y el mundo. Pero, quizá por ello, por mantener la mirada que siempre sedujo al público, se ha convertido en el género de cabecera de muchos lectores.
Una de las cosas que más les gusta a los lectores de serie negra es su velocidad. El género negro y el western son los únicos que han nacido a la vez dentro del cine y la literatura, y esa influencia se ha dejado sentir de un modo evidente en la escritura de sus novelas. La serie negra es veloz, es dinámica, y debe tener atrapado al lector de principio a fin. Río Quibú lo hace, desde luego. Peio Hernández Riaño ha señalado, acertadamente, que uno tiene la sensación de leer un cuento que se ramifica y presenta otro montón de pequeños cuentos en su interior. De ahí la sensación de extraordinaria tensión que transmite al lector. Pero, la pregunta sería, ¿se puede hacer otro tipo de novela negra en el siglo XXI? En qué medida los grandes superventas del género no hacen más que continuar de modo acrítico patrones que ya no son válidos. En el libro Escritura creativa: cuaderno de ideas, hay un texto de Ronaldo Menéndez donde habla del nuevo modo de narrar que el lector hiperestimulado de hoy demanda: una lectura llena de descargas, como una máquina de toques mexicana, en la que se ate al lector a base de imágenes espectaculares, las mismas que busca en otras formas de divertimento. La literatura del futuro que postule la importancia de la trama, como la serie negra, se la juega en ser tan o más espectacular que el cine o los videojuegos. Las continuas sorpresas, los sustos, las imágenes desagradables o sugerentes que ofrece Ronaldo Menéndez en Río Quibú responden a esa necesidad. La aparición de los conejos de altura, de los pavos de altura, la carne humana, los asesinatos y la violencia, el sexo omnipresente en la mirada de Julia que hereda su hijo Júnior. Toda esa narrativa de alto voltaje icónico, imaginario y sensorial busca crear esa realidad explosiva que atrapa al lector.
Pero, ¿qué busca un autor cuando elige sus códigos realistas y luego los pervierte desde el esperpento como hace Ronaldo Menéndez en Río Quibú? La lectura cómoda sería decir que esta novela, como la anterior, Las bestias, no es realista, no retrata la realidad, sino que asume ciertas características genéricas para poder trazar su historia metafórica. Y sí, es evidente que detrás de ambas novelas hay una metáfora y que puede parecer excesiva la turbia mirada de Menéndez sobre la realidad. Pero, si por algo destacan ambas novelas es porque ha sabido transmitir al lector en todo momento la idea de que la realidad es esperpéntica, y que no hay exageración en su mirada, sino selección. Una selección fruto de la destilación, del contraste de las experiencias vividas con las escuchadas y de la distancia. No sé si se podría haber escrito estas novelas viviendo en la isla.

La isla
Llegamos al nudo gordiano: ¿cómo hablar hoy de Cuba sin hacerle el juego al castrismo o al anticastrismo?
Repasemos las cosas increíbles que uno encuentra en Internet. Ronaldo Menéndez no menciona el nombre del país en ningún momento, lo que para algunos críticos, digamos los nombres: Francesco Manetto, es motivo de elogio. Por sorprendente que parezca hay lectores tan burdos que piensan que hablar del Malecón, de la Marina Hemingway y del río Quibú, del General, del Menú Insular no es nombrar la isla. Fascinante. La isla es una presencia constante, intensa, en la novela. Luego uno lee lo que quiere, y se ve que algunos leen mal.
Otros, José María Plaza, para ser exactos, cree que lo cubano no es el asunto del libro. Seamos claros: otro que no sabe leer. Se conoce que hablar de la pobreza de un lugar, de la política que aboca a la delincuencia a muchos de sus ciudadanos no es hablar de Cuba. Tanto en esta novela como en la anterior Ronaldo Menéndez habla a las claras del drama fundamental de los habaneros: todos, en mayor o menor medida, se han visto obligados a convertirse en pícaros y delincuentes. No es que todos sean moralmente detestables, es que la miseria provocada por las actuaciones políticas es un contexto donde la supervivencia cobra nuevos motivos, genera realidades.
El General, y su muerte, cobran una relevancia en esta novela que desactiva cualquiera de los acercamientos críticos que se han hecho a la obra de Menéndez en un tono amable, de los que no quieren criminalizar a su autor para no enemistarle con las autoridades del régimen -¿alguien cree que los jerarcas de la dictadura cubana tienen tiempo para leer las secciones de cultura de los medios españoles, tan creídos y fatuos son estos colaboradores de todo a cien?-, o bien por el contrario, porque la dictadura cubana todavía es otra cosa, de la que no se debe hablar mal, y el que lo hace no es de ello de lo que trata, sino de la miseria humana en general. Pues sí, señores, así hasta el final. En Río Quibú muere Castro, ya ya sé que no dice eso, dice que muere El General, pero a estas alturas vamos a comportarnos como adultos y llamar al pan, pan, y al vino, vino. Los que no estén por la labor pueden largarse ya, no vaya a ser que la verdad les manche. La verdad es que ninguno podríamos afirmar si eso es ficción anticipatoria, porque no sabemos si Fidel Castro está vivo. Yo, al menos, no lo sé. Pero sí que me parece muy interesante el retrato de una Cuba en la que los mafiosos toman el poder. Ha sucedido en Rusia, ¿por qué no en Cuba?
Cualquier lector con ojos en la cara, oídos en el mundo y un poco de cabeza entiende las referencias crípticas o explícitas, a los periodos de excepción, a las crisis de los balseros, a las sucesivas políticas del socialismo para hacer frente a los bloqueos. El cesante campo socialista ya no da para alimentar a sus ciudadanos. La metáfora del canibalismo trasladada al desprecio por los otros como única salida para el que quiere sobrevivir aparece ya en muchos textos de Ronaldo Menéndez. Si hay algo que logra transmitir es que pasar hambre es muy duro. Que antes de morir de hambre se hace lo que sea. En Cuba la gente ha tenido que hacerlo. Luego cada uno lee lo que quiera y se marca la paranoia de que La Habana es La aldea de Arce. Esta trilogía no existiría son Cuba y sin el Castrismo, cada uno que lo entienda como quiera.

Trilogía
Río Quibú es el segundo de una serie de tres libros que comenzó con Las bestias. Hay muchos puntos en común entre ambas, no sólo los personajes o el estilo, pero hay un cambio fundamental entre una y otra. Lo que en la primera eran referencias a una cultura caribeña, popular y arrabalera, que se plasmaba en canciones y sones montunos, aquí adquiere un nuevo grado. Ahora la propia narrativa de Menéndez se ve usada como referente, usada como un mundo que prefigura la existencia de esta novela. El derecho al pataleo de los ahorcados aparece explicitada en una referencia del libro a ese derecho al pataleo del que son privadas las víctimas, pero también en el uso de los puntos de vista, que en el desenlace de la novela se revela impecable. La piel de Inesa, nombre de la primera novela de Menéndez y de uno de los cuentos del libro ya mencionado, aparece en el tratamiento descarnado del sexo. De modo que esto es la muerte aparece de modo explícito como frase insertada, pero también en toda la metáfora caníbal que ya aparecía en Carne, el primer cuento del libro y de la sección titulada Hambre. Las bestias aparece de un modo omnipresente a lo largo de todo el libro, y no sólo por la reiteración de algunos personajes, sino por el mismo foco de atención del libro, y la presencia de ese escritor mafioso, el Gordo, que se está perfilando como una de las creaciones más interesantes de la narrativa de los últimos años.
Río Quibú supone mucho más que una novela negra o el segundo eslabón de una trilogía. Todo lector versado en la obra de Menéndez verá en ella un ordenamiento, una cristalización de un universo, de unas obsesiones y referencias que la enriquecen exponencialmente. Hay un texto, publicado en la revista Eñe, que quizá en una futura edición recopilatoria de la trilogía en un solo volumen sería un apéndice estupendo. La recreación del cuento borgeano El Aleph, sirvió para empezar a dar forma a muchas de las obsesiones en torno a la isla que tenía en la cabeza Menéndez. Aparecían en Las bestias y aparecen en esta novela. Creo poder intuir, releyendo una vez más Menú Insular, que era el nombre del texto, por dónde puede andar la próxima entrega de la trilogía, o, al menos, qué imágenes subyugadoras nos entregará ahora.
Las esperamos ansiosamente.
Ronaldo Menéndez Río Quibú Lengua de Trapo, Madrid, 2008

24 julio 2006

El sabor de la carne

Cuando Hemingway escribió uno de sus relatos más famosos, llevado más tarde al cine, The killers, no suponía que unas décadas más tarde un trotamundos nacido en Cuba pero criado en el mundo entero iba a partir de un eje argumental similar para trazar una velocísima novela. En la fotografía del autor que ilustra la solapa del libro vemos a Ronaldo Menéndez en un forzado escorzo. Esa perspectiva tan forzada, tan inusual resulta, cuando uno comienza a leer la novela, un paradigma del enfoque que ha realizado el autor sobre la serie negra clásica. A primera vista –en sus primeras páginas, la novela se adentra en un denso magma de reflexiones, de dudas planteadas en un soliloquio que puede echar atrás a más de un lector. En esas primeras páginas se nos presenta un narrador algo farragoso, un Dostoiveski superficial como un traje de baño pero con pretensiones de hondo calado que, afortunadamente, abandona la narración para trocarse en uno de los grandes aciertos de este libro. Desenfadado, burlón, devorador no sólo de alta cultura sino de la cultura popular pret-á-porter que fusiona las referencias filosóficas de un profesor universitario con las películas de Quentin Tarantino, las canciones de Rubén Blades y todo artefacto narrativo que le venga a mano. La trituradora narrativa consigue así hacer honor a esa parte de la novela –la más larga, que abarca noventa páginas y se convierte en arquetipo de la novela- que recibe el nombre unitario de “La trama” porque es a lo largo de la misma cuando sucede toda la vibrante acción de la misma. Menéndez consigue, a lo largo de ese trecho una tensión creciente, un tempo narrativo subyugador –heredero del mejor cine negro norteamericano- y conduce al lector, enfrascado en el turbador mundo que se le presenta, hasta el final de la novela.
Seguramente serán esas ochenta páginas de inusual fuerza narrativa, de una economía y aceleración pasmosa, las que se quedarán en la memoria del que lea esta novela. Y hará bien en guardarlas porque son, sin duda, lo mejor de la misma. En ellas se aprecia la consolidada experiencia como cuentista de Ronaldo Menéndez: nada falta, nada sobra, los elementos van apareciendo de un modo graduado, certero, y en cada una de las secuencias de la novela –que parece más un guión de cine por lo bien trabadas y la visibilidad de la narración-, y uno tiene la cereza de que Ronaldo, admirador fiel del texto de Edith Wharton sobre la dimensión de una narración –“Todo tema contiene su propia extensión”- ha sabido escoger lo fundamental y desechar lo superfluo para mantener al lector pegado al libro.
Por eso decepcionan esas páginas finales, donde se suceden dos errores que al lector le resultan casi inexplicables después de lo que ha contemplado. Por un lado el desenlace de la trama, totalmente imprevisible porque es totalmente injustificado, aparece como un deus ex machina incoherente, en el que una narración de serie negra dura y pura deviene en pastiche de novela best seller muy alejado de la calidad de lo narrado. Además, las reflexiones seudofilosóficas del final de la novela, que buscan dar una mayor profundidad a una anécdota que por si sola ya justifica la novela –y que puede tener una profunda raigambre metafórica tal y como está planteada-, y esa cesión de la voz narradora, que pasa de ser la exacta y pericial tercera persona de un guión cinematográfico a una primera persona confesional tremendista, no hacen sino perder fuste a una narración de, como ya he dicho, inusual fuerza.
Y con todo, el mayor acierto de la novela no es tanto demostrar un oficio consolidado de su autor o la capacidad de generar tensión narrativa desde géneros que la crítica –tan pagada de sí misma como corta de miras- suele considerar menores: el cuento y el guión cinematográfico; no, su punto fuerte es desvelar la imagen de una ciudad, que no aparece nombrada como tal pero que puede ser percibida y asumida como La Habana, como escenario de historias de serie negra pura. Pedro Juan Gutiérrez ha logrado mostrar una Habana turbia, pútrida, pero no la degeneración moral, física y mental que Ronaldo Menéndez nos presenta. La degradación no sólo humana, con hombres que se convierten en cerdos y hombres dispuestos a cualquier cosa por sobrevivir; sino animal, ya que dejan de ser seres vivos para tornarse meros proveedores de alimentos, ya sean los cerdos que se crían en las bañeras de las casas con el sancocho –y que sirven como metáfora del modo en que la sociedad explota al hombre-, los avestruces del zoo o los gatos que vigilan las azoteas.
En la ciudad tropical, caribeña, que sirve de escenario a esta historia, no hay vida, tan sólo supervivencia, y es esa realidad patente y cortante la que da el tono y justa medida a toda la historia. Los personajes no actúan por motivos ideológicos –e intentar justificar sus comportamientos desde esa perspectiva es lo que lastra a la novela en su desenlace- sino meramente físicos, materiales. En una dictadura marxista donde los bienes escasean estos se convierten por tanto en piezas muy cotizadas dentro del mercado. La vida degradada, carente de perspectivas y supuestos éticos, no viene marcada por la ideología ni los sentimientos, sino por las necesidades de la carne.
Ronaldo Menéndez ha trazado un retrato fascinante de una ciudad que, como el retrato de Dorian Grey, sigue siendo a los ojos de los turistas en lugar bello pero que, de puertas para adentro se ha convertido en un pozo de podredumbre. Y acierta al no buscar culpables ni alzar estandartes. La carne es débil, eso es todo.

Ronaldo Menéndez Las bestias Lengua de Trapo, Madrid, 2006