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29 julio 2009

Quince años no es nada


Hace quince años, la niña bonita, que se publicó El que apaga la luz. Hace quince años que comenzó una historia durante un examen de literatura de COU. Mi profesor leía el libro de Juan Bonilla, del que yo había oído hablar, y cuando entregué el examen le pregunté si me lo podría prestar cuando lo terminase. Lo hizo y aquel libro fue el comienzo de una amistad ya algo descuidada que me brindó la oportunidad de conocer muchos otros autores y muchos otros libros. Él también me dejó, poco tiempo después, un libro que compró tras leer El que apaga la luz aunque se había editado antes: Veinticinco años de éxitos. Lo editaba una editorial extraña, con el mismo nombre de un bar de copas y alterne, La Carbonería, que durante unos meses se dedicó a la quimérica labor de conseguir que sus visitantes leyesen. Es el único libro de Bonilla que no he podido conseguir para mi biblioteca. Al profesor le regalé el otro único libro que he conocido de esa editorial, el Manual del veraneante perpetuo de Fernando Ortiz. Por lo visto él y Ortiz habían sido compañeros en la facultad. Me sigue pareciendo a día de hoy la editorial con el catálogo más excelso que he conocido, y con los mejores títulos. Tan sólo dos, pero los dos valían un Potosí. Cuando fui a Sevilla me empeñé en conocer el bar, pero aquello no debía tener ya mucho que ver con lo que debió haber sido, así que tras una cerveza me fuí.
Me compré mi ejemplar de El que apaga la luz para releerlo. No habría pasado un mes desde que lo leí por vez primera. Fue el primer libro de Pre-Textos que compré, por cierto. Tanto lo leí y tanto lo elogié que mi mejor amiga me lo pidió para poder leerlo también. Lo perdió en un bar al lado de la plaza de Vázquez de Mella que se llamaba El purgatorio. No habría sido más oportuno ni haciéndolo con intención. Volvió al bar preguntando por el libro, pensaba que se debió caer del bolso y tal vez alguien lo habría devuelto en la barra. Nadie roba libros suele decir toda la gente que no lee casi nunca. Pero este libro sí debió llamar la atención del que lo encontrase. Nunca apareció. Cuando me dijo que lo había perdido me llevé un buen berrinche, claro. Un libro era una cantidad de dinero importante para la economía de un estudiante de dieciocho años. Se comprometió a comprarme otro y vino con él a los pocos días. Era casi igual, salvo por un detalle: el perdido era una primera edición y ése era una segunda. Sí había tenido éxito, sí, porque ya iba por la segunda edición. Con la estupidez propia de un adolescente demasiado preocupado por detalles intrascendentes, debí dar a entender que me molestaba haberme quedado sin mi ejemplar de la primera edición. La culpa, en cierta medida, era del propio Bonilla, que en sus artículos hablaba de esas primeras ediciones con dedicatorias entre escritores o las búsquedas, que entonces me parecían exóticas y llenas de encanto, de libros únicos de librería de viejo en librería de viejo. A los dos o tres meses mi amiga apareció con un ejemplar de la primera edición de El que apaga la luz. Imaginarla a lo largo de ese tiempo aprovechando cada vez que encontraba una librería para buscar el dichoso ejemplar de la primera edición me dio entonces una medida bastante clara del valor que debía darle a su amistad. Hoy creo que si le tengo tanto cariño a ese libro es porque cada vez que lo tengo entre las manos me recuerda a ella.
A ella, además, le parecía que Bonilla era muy guapo. La fotografía de la solapa, desde luego, lo vendía bastante bien. Por eso le regalé el ejemplar de la segunda edición, que tan sólo durante unos meses fue mío porque estaba destinado a ser suyo. También le pedí que me acompañase cuando le hice una entrevista para la primera revista “profesional” en la que colaboré. Fuimos tres, ella, otro amigo y yo. Ellos dos con cámaras y yo con una grabadora, un cuaderno y todos los libros de Bonilla. Menos el de La Carbonería, claro. Cuando recuerdo aquella tarde en el Café Central de Madrid pienso que debimos asustarle. Sobre todo yo. Lo recordaba todo, cada entrevista suya que había leído, cada pasaje de sus cuentos. Incluso me emocioné cuando me enteré de que los dos compartíamos padres dedicados al transporte. Creo que el suyo era camionero o algo así, y el mío tiene una pequeña empresa de autocares. Todo mientras mis dos amigos le cegaban con una lluvia constante de flashes y de chasquidos con sus cámaras de fotos. Antes de irnos me dedicó mi ejemplar de El que apaga la luz. Me permitiré copiar la dedicatoria, ya que él las colecciona: “Para Antonio este El que apaga la luz deseando tener en un futuro mil fans más como él”. Yo le había dicho al presentarnos en el café que yo era fan suyo, un fan de veinte años, así que me gustó mucho la dedicatoria. La entrevista quedó bien, tengo la cinta todavía por ahí. Me habló de una novela preciosa que al final no escribió nunca, o que al menos no ha publicado. Mi amigo hizo un par de dibujos sobre sus fotos y las de mi amiga que ilustraron el artículo de la revista. Quedé con Bonilla por segunda vez para entregarle uno de los dibujos, dedicado de una manera algo exagerada por mi amigo –hoy creo que yo era tan vehemente que ellos, les gustase o no, pensaban que estaban ante un futuro premio Nobel-, pero me dio plantón. Luego lo comenté con un amigo, también escritor, y me dijo que a veces con Bonilla pasaban esas cosas. Pero que no me lo tomase a mal. Y no me lo tomé a mal. De hecho pienso que fue una de las mejores lecciones de mi vida, esa de no ilusionarse más de lo necesario con las cosas. Todavía no la he debido aprender bien, de todos modos.
Hace dos meses, cuando comenzó la Feria del Libro de Madrid, me dijo un amigo que atendía en la caseta de Pre-Textos que a finales de junio aparecería una nueva edición de El que apaga la luz. Apenas tuve el libro en las manos me lancé a leerlo de nuevo, con la misma alegría de mis dieciocho. Y no me ha defraudado nada.
El que apaga la luz de Juan Bonilla
acaba de ser reeditado por Pre-Textos con cinco nuevos textos

08 mayo 2009

Algún avispado

Me manda Patricio Pron esta instantánea que ha tomado en la Avenida de América de Madrid. Demuestra que hay muchos avispados que se han dado cuenta de que algunos de los viajes más sorprendentes y satisfactorios que se pueden hacer hoy pasan por abrir un libro firmado por César Aira. Pues eso, para que luego digan que la gente no lee...

11 agosto 2008

A la luz cambian las cosas (y 2)

Como sucede siempre, hasta el día siguiente no se dio cuenta de que se había dejado algunos sobre por enviar. Basta con revisar las libretas junto al ordenador, la de la bolsa, la del teléfono, para encontrar unas cuantas notas de libros, discos y demás envíos pendientes. Después de la experiencia del día anterior no le quedaban muchas ganas de volver a correos, y menos todavía de tomarse algo en la terraza que está junto a la estafeta, pero recordó que había quedado para desayunar con una amiga que vive enfrene de la oficina postal. Lo lógico sería tomar algo allí mismo. Pensó que tendría su gracia ver la cara del camarero al ver de nuevo al cliente que estaba convencido de que allí hacían cualquier cosa con tal de entretener a la clientela.
Pero quiso la casualidad que la amiga se negase a tomar el café allí porque aludió a que “al estar enfrente de casa no tengo la sensación de que he salido a dar una vuelta, vamos mejor a alguna de las de la plaza de la Paja”. De ese modo quedó abortada la posibilidad de poder disfrutar de las expresiones del camarero o de alguna otra función improvisada en la esquina de la terraza.
De todos modos, la conversación transitó por los hechos del día anterior, como no podía ser de otro modo. Tanto a uno como a la otra les pareció que salir de casa se estaba convirtiendo, cada día más, en una aventura que, al menos en algunas ocasiones, resultaba divertida. Una vez se pusieron de acuerdo en eso continuaron repasando todos esos asuntos intrascendentes de los que están hechas las conversaciones de café, por fortuna, ya que uno siente verdadero miedo ante la gente que, en cualquier situación y contexto, saca a colación temas como el cambio climático, el paro, la carestía de la vida y demás asunto que a uno le llevan a pensar que hay tertuliano radiofónico latiendo en cada español. Los españoles de verdad somos así, tenemos opinión sobre todo, mucho más firme y convincente cuanto menos sabemos de lo que hablamos.
Afortunadamente, la conversación giró más en torno a la gente rara con que se cruza uno. Después de contarle yo la escena del día anterior, ella me contó cómo le entró una vez un tipo mientras leía un poco en los jardines del Príncipe de Anglona. O sea, que los dos nos pusimos de acuerdo sobre la cantidad de raros con que uno se cruza por las calles.
En esas estábamos cuando uno sintió un golpe en la silla. Un cliente, que debía ser parroquiano del bar a juzgar por el modo en que se dirigía al camarero, escuché como le decía “Sí, hoy me quedo a comer, tráeme la carta”, se había sentado de un modo no muy delicado en la mesa que estaba junto a la nuestra. A menudo piensa uno que es un poco maniático, porque le molesta mucho la gente que tiene la costumbre de sentarse junto a uno. Si el bar, el autobús o la sala de espera está abarrotada uno comprende que el asiento que está junto a uno sea ocupado porque el que llega. Lo que no me entra en la cabeza es la gente que se sienta junto a uno en un autobús vacío, o que le hace mover la bolsa en la sala de espera y, sin tener en cuenta que uno tiene un libro en las manos, le empieza a hablar o hacer preguntas a uno. Durante muchos años uno ha sido lo que se suele decir “educado”. ¿En qué consiste? Pues en aguantarse con el codo del vecino mientras el autobús, vacío, sigue su camino; o en cerrar el libro y responder a todas las preguntas absurdas que la viejecita de turno te hace en la sala de espera -no sé por qué, pero normalmente son viejecitos los que se lanzan a pegar la hebra en esos casos-. Pero de hace un tiempo a esta parte, la verdad es que uno no se corta lo más mínimo y toma medidas drásticas. Si se le sienta alguien al lado en el autobús le mira mal y le hace levantarse para cambiarse uno de asiento. Algunas veces el tipo en cuestión se indigna y hace algún comentario, algo sobre su olor corporal o su aliento. La mayoría de las veces uno le dice que si no se hubiera puesto tan cerca de uno no se habría dado cuenta de que sí, de que verdaderamente huele mal. Con las salas de espera es todavía mejor, porque uno levanta el libro y se lo muestra al que le hace la pregunta. Normalmente dicen algo así como “Sí, un libro, ya lo he visto.” A lo que uno puede contestar tranquilamente que si conoce el objeto, conocerá cómo se usa y que eso pasa por no hablar con nadie. También ponen mala cara, pero al menos a uno le dejan en paz.
En los bares y las terrazas pasa más o menos lo mismo. Yo entiendo que si el recinto está lleno uno se siente al lado de uno, pero si está, como estaba, la terraza casi completamente vacía -me parece que estaban tres mesas ocupadas de las quince o veinte que deben tener-, que se sienten al lado de uno y encima le empujen la silla no lo ve uno muy lógico. Se conoce que, por muy gallito que acostumbre a ser uno, cuando hay amistades más o menos recientes cerca uno se modera, porque pasé por encima de la cuestión para que mi amiga no se asustase de uno. Y tuve que aguantarme mucho, porque el tipo era el clásico enfermo que iba trajeado y con la corbata en pleno agosto, y llevaba un maletín rígidos de esos de cuarina, con claves de seguridad, que dan risa sólo de verlos. O sea, que era uno de esos tipos que demuestran la teoría de los arquetipos platónicos: parece tonto y lo es.
Lo mejor fue que, a los segundos de sentarse en la mesa, el tipo comenzó a estornudar y moquear como un descosido. Yo lo escuchaba todo, puesto que lo tenía espalda con espalda, pero mi amiga iba poniendo una de esas caras de lástima que se le ponen a las mujeres cuando ven a un perro herido o a un niño llorando, ese afán protector que tienen tan agudizado. Lo lógico sería haber pedido la cuenta en ese momento y largarse, porque uno, que sabe que las desgracias nunca vienen solas, estaba comenzando a temerse una mañana como la anterior. De hecho pensé que se estaba poniendo imposible bajar a tomarse algo por el barrio ante el incremento de freakies que se estaba dejando notar en las calles.
A los cinco minutos de estornudar como un descosido, el tipo nos dirigió la palabra, y tuvo que coincidir con una llamada que me hacían al móvil. Por un lado yo estaba manteniendo una conferencia con Dinamarca en la que me preguntaban si había comprado ya el billete de avión para una boda a la que estaba invitado. Lo lógico sería haber dicho que llamaba uno en un par de horas, o que le llamaran, porque desde luego en ese contexto no estaba uno en la mejor disposición de hablar de nada. Pero, como uno es un poco rata, y la llamada la tendría que hacer a Dinamarca, uno siguió hablando, y entonces pudo asistir como espectador a la conversación del tipo estornudante con la amiga de uno.
-¿Quieres un antihistamínico, no? Te ha dado un ataque de alergia.
-Sí, me ha dado un ataque, pero un antihistamínico no hace nada. Es que soy muy alérgico a un ingrediente que se usa en perfumería. ¿Tú no usarás Chanson de Paris?
Yo en ese momento no me corté y me di la vuelta para verle la cara al tipo. Uno ha escuchado muchas historias más o menos raras, pero la de ese tipo era de las más increíbles que había escuchado en mucho tiempo.
-No, yo no uso ese perfume.
-¿Y él? ¿Es tu chico o es sólo un amigo?
Ahí ya me mosqueé un poco. Vale que un tipo pueda ser alérgico, vale que le de un ataque porque sí, pero lo de andar preguntando a la gente por las terrazas cosas personales me pareció más de lo soportable. En esta vida cada uno tiene sus manías y la mía es que no soporto a la gente que me hace preguntas personales sin conocerme de nada. Por ejemplo: Tú estás en tu casa, tan tranquilo, y suena el teléfono. Uno atiende, claro, porque piensa que le llama un ser querido o un familiar -sólo a veces ambos grupos comparten miembros, repasen la intersección en la teoría de los grupos de Cantor-, pero no, es un imbécil que te pregunta quién eres, si tienes ordenador o no, si te gusta la tele, y demás gilipolleces por el estilo. Durante una temporada colgaba, pero lo mejor de todo es que a veces sonaba el teléfono de nuevo porque pensaban que se había cortado, no que les había colgado. Ahora espero hasta que me hacen una pregunta y entonces les digo que no les pienso contestar a anda y que tengan un buen día. Algunas veces los oigo protestar mientras estoy colgando el aparato.
Pues algo así me apetecía hacer con el tipo ese, la verdad, pero decidí ir por partes. Le dije a mi amiga que iba a terminar de atender la llamada telefónica y que ahora volvía.
Según me levantaba todavía le escuché preguntar:
-A lo mejor su chica sí que usa ese perfume.
Estuve a punto de explicarle que uno se ducha todos los días, y que es un poco difícil que a uno se le queden restos del perfume de otra persona después de haber pasado por la ducha, pero preferí dejarlo. Me levanté, no sin echarle una mirada asesina al tipo, y me mantuve a unos cinco metros, contemplando lo que ocurría y hablando con la casamentera, que le da al teléfono que es una gloria, supongo que porque, ya que decide a llamar desde Jutlandia, aprovecha.
Pues bien, se conoce que el tipo comenzó a preguntarle a mi amiga si usaba ese perfume o no y, cuando esta lo negó de nuevo, comenzó a buscar soluciones a la situación. Apareció un camarero y le pidió a mi amiga que nos cambiáramos de mesa. En ese momento estuve a punto de colgar para decirle al camarero que algo estaba haciendo mal. Quien debía cambiarse era el tipo que había llegado después y que era, a fin de cuentas, el que tenía el problema. A nosotros nos daba bastante igual que ese hombre estornudara o que se tirase por un puente, la verdad. Pero, al mismo tiempo, me daba un poco igual todo, y de hecho estaba pensando en pedir la cuenta ya y largarnos de allí. Estaba claro que no se puede salir a tomarse un café tranquilo por mi barrio.
Entonces fue cuando vi que mi amiga se acercaba a una mesa que estaba junto a donde yo hablaba por teléfono con un vaso prácticamente vacío y nuestros dos libros. Mientras, veía como el tipo se había sacado del maletín un pulverizador con el que estaba rociando la mesa en la que habíamos estado sentados. En un banco, que estaba al otro lado de la terraza, dos tipos y una chica se estaban descojonando de toda la escena.
-Le he dicho que no nos importaba cambiarnos de mesa -me explicó mi amiga.
Yo asentí, para darle a entender que me parecía una buena opción. Y le dije que, incluso, teniendo en cuenta la hora que era ya -creo que eran ya las dos-, lo mejor era pedir la cuenta. Ella se dirigió al bar para pagar los dos cafés y yo me quedé hablando por el móvil y alucinando con el tipo. Seguía limpiando las mesas y las sillas con un trapo, como un loco.
Apenas volvió mi amiga decidimos irnos de la plaza en dirección a la calle Segovia. Yo me estaba despidiendo ya de mi amiga “danesa” cuando veo que uno de los dos tipos que se estaban cagando de risa en el banco se acerca a mi amiga a decirle algo. Ella se ríe y se gira hacia mí. Al acercarme escucho que están hablando de una autorización para utilizar el material grabado.
Increíble, directamente increíble. Le dije a mi interlocutora que no podía seguir hablando con ella y que ya hablábamos. Me dirigí directamente al tipo que estaba hablando con mi amiga.
-Perdona, ¿todo esto era una cámara oculta?
-Sí, no creo que la usemos porque vosotros habéis sido muy enrollados y no habéis discutido para nada con él, pero por si acaso necesito que me firméis una autorización.
Mi amiga, coqueta como toda mujer, se hizo de rogar un poco más pretextando que le gustaría ver las imágenes antes de dar el visto bueno. Yo no, yo firmé inmediatamente sin poner pega alguna. Estaba aliviado incluso al ver que todo aquello estaba montado para ser grabado, no como lo del día anterior. Al final, mi amiga decidió darles el visto bueno sin ver las imágenes, al ver la poca importancia que le daba yo al asunto. El tipo nos dio las gracias y nos deseó buen día.
-Una cosa -le dije yo-, en esta terraza hay muy poca gente y os va a llevar un rato grabar los recursos que os hacen falta. Yo me iría a una terraza que hay en la carrera de San Francisco, al lado de la oficina de Correos. Justo al lado de la calle San Isidro. Allí hay siempre más gente.
Me dijo que era un buen soplo y que si veían que llegaba poca gente se moverían hacia allá.

09 agosto 2008

A la luz cambian las cosas

Tenía pendientes un montón de envíos de libros y fotografías desde hacía meses y aprovechó que, desde que regresó de un viaje transatlántico, sufría un horario cambiado por lo que se despertó muy pronto para escribir las tarjetas que acompañarían los envíos, meterlo todo en sobres acolchados y acercarse a la estafeta de correos. En un mundo donde puede uno hablar en tiempo real con alguien que esté en Manchuria y mandar una fotografía enorme en unos diez segundos a través del correo electrónico, tiene lo de enviar cartas y paquetes un no se qué romántico y como anacrónico que le alegra a uno el día. Así que se está uno un cuarto de hora viendo desfilar a los que llegaron antes de que lo hiciera uno a la oficina de buen humor, con los quince sobres que ha preparado durante unas dos horas, escribiendo cartas personalizadas a cada uno de los destinatarios, y pensando en la alegría que da recibir hoy una carta que no contenga una factura o un extracto bancario. Por eso paga uno contento los treinta y pico euros que se ha dejado en correos para cartas a los cuatro puntos cardinales de la península y algunos del extranjero, y sale uno con el alma tan esponjada que se sienta a tomarse un café en la terraza de bar que hay junto al establecimiento postal.
Bueno, la verdad es que tampoco fue algo improvisado, porque de haberlo sido no habría llevado un libro para leer en alguna terraza junto a los sobres. Pero bueno, eso son detalles secundarios, porque pese a llevar el libro encima y sacarlo, lo que menos hizo uno fue leerlo.
La terraza, como he dicho, está junto a correos. En la carrera de San Francisco, en un recodo que hace la calle porque la fachada del edificio está retranqueada. Allí hay un quiosco de prensa que lleva años cerrado, y un par de cabinas -bueno, de teléfonos público, porque ya no hay cabina alguna-, además de un centro de asistencia del SAMUR social, ese invento cosmético del Ayuntamiento de Madrid para aparentar que hacen algo por la gente sin techo cuando en realidad no hacen más que maquillar las calles para que no se les vea mucho. El bar en cuestión lleva allí muchos años, pero recientemente le han dado un lavado de cara porque parece ser que tiene nuevos dueños. De todo esto me enteré el otro día tras un encuentro casual con el que fuera camarero de la cafetería del instituto donde uno cursó el bachillerato. Ahora el tipo ha dejado aquello y se dedica a ejercer de encargado en uno de los locales que regentan los propietarios de este bar. Deben tener unos siete negocios en la zona, por lo que le entran a uno ganas de conocerlos, por la fascinación que siempre ha sentido uno por los emporios, aunque sean de algo tan poco sofisticado como los bares de tapas de La Latina y las discotecas horteras.
Total, que uno no podía imaginar ni de lejos lo divertido que es tomarse un café con una tostada con tomate en esa terraza. Le entran a uno ganas de ir todas las mañanas, hacerse parroquiano y llevar una cámara para registrarlo todo.
Apenas me senté en una de las mesas de la terraza, la que estaba más recogida, justo en el esquinazo, vi al camarero comentando con el cliente de la mesa de al lado, que estaba con una niña de unos tres o cuatro años, tomando una cerveza, lo maleducados que eran muchos padres. Le contaba que otra clienta que acababa de largarse le estaba dejando a su hija pasear sobre la mesa como si fuera un patio de juegos. Y claro, él, como camarero, no podía permitir que alguien dejase huellas de las sucias aceras madrileñas donde luego tiene que depositar las consumiciones de los clientes. Desde luego tenía más razón que un santo, las cosas como son. Pero lo mejor del asunto es que no parecía comentarlo con este nuevo cliente como una curiosidad, sino advirtiéndole de que no hiciera él lo mismo con su hija. Una niña que, por cierto, estaba ya de pie en la silla, así que le estaba dejando restos de las basuras callejeras de la capital en la silla en la que más tarde se sentaría otro cliente. El padre de la niña -bueno, supongo que sería el padre, en estos casos tiene uno que suponer estas cosas, si comienza a pensar en otras razones se vuelve uno un poco loco, la verdad- contraatacó pidiéndole al camarero un poco de paciencia. Y usó el argumento más manido de estos casos: “Cómo se nota que no tienes hijos”.
Yo, desde luego, también habría pensado que el camarero no tiene hijos. Es un tipo de tez oscura, algo agitanado, que debe andar por los treinta y pocos. Tenía buen planta, muy buen tipo, con la camisa de un blanco impoluto metida dentro de unos pantalones negros que, al contrario de como se suele acostumbrar en el gremio, no tenían pinzas. Aunque al camisa era de manga larga -en un agosto tórrido con una ola de calor sahariano-, la llevaba remangada y se veían una de esas muñequeras de cuero que uno nunca ha entendido. Si uno es un tenista y debe estarse cinco horas dándole golpes a un melocotón blando, se comprende que uno lleve muñequera para secarse la frente cada poco tiempo, incluso tienen justificación esas horrorosas cintas de pelo que se calzan los jugadores. Pero las muñequeras de cuero, con sus dos hebillas, le hacen pensar a uno en el daño que hicieron las películas de Conan de los años ochenta. Estéticamente no tienen justificación, y funcionalmente tampoco, así que no entiende uno porque las usa la gente. Lo mejor de todo es que en la otra muñeca llevaba un reloj enorme, plateado, con doscientas esferas, que no pegaba con el cuero de la otra mano ni de rebote. Para rematar la faena estaba el peinado, uno de esos tocados a la moda, que uno debe esculpir cada mañana con la ayuda de gomina u otros afeites, y que recuerdan a una peineta incrustada en mitad de la cabeza. No, desde luego no habría pensado uno que el tipo tenía hijos. Pero, los tuviera o no, no se amilanó lo más mínimo y le espetó al cliente:
-Dos, tengo dos hijos. Pero los tengo bien educados.
Y se largó dejando en la mesa el doble de cerveza y el refresco de la niña y sin darle opción de réplica.
Se acercó a la mesa de uno y le pedí el ya mencionado café y la tostada con tomate, que es un desayuno muy oportuno cuando se sufre una ola de calor norteafricano.
Mientras despachaba la comanda el camarero dentro del bar, me fui fijando en el resto de la clientela. Una pareja de mediana edad, con la pinta de hippies trasnochados que tienen muchos de los vecinos del barrio. Gente que tiene bares, o trabaja en profesiones más o menos bohemias, que baja a desayunar al medio día como lo hace uno. Ella llevaba una falda con un estampado de flores y una blusa desteñida, él unos vaqueros ajustados y una camiseta negra que le bailaba debido a su extrema delgadez. Fumaba, él, tabaco de liar, pero se conoce que lo más barato del conjunto, el papel, no lo tenía. Cada cuarto de hora se daba una vuelta por las mesas para pedir un papelillo. Que alguien piense que en una terraza del centro de Madrid con siete mesas el resto va a tener papel de liar te deja claro en qué círculos se mueve. Uno de los clientes, muy amable, le indicó que a apenas cien metros tiene un estanco, y allí podía hacerse con un librillo de papel. Pero el tipo le dijo que esos cien metros era muy lejos, así que entró al bar a preguntar al camarero.
El hombre que le había sugerido lo del estanco era un tipo muy curioso. Delgado, muy bajo, se había sentado en la mesa junto a la mía al poco de hacerlo yo. Salía, también, de la estafeta. Portaba una caja de cartón enorme, un paquete recién recibido, supuse, que se dispuso a abrir en la mesa de la terraza. Sólo por eso merecería la pena acercarse hasta esta esquina todas las mañanas. Tiene que reconocer uno que es un poco cotilla, y eso de ver cómo abre la gente sus paquetes tiene un interés evidente para todo el que pueda presenciarlo. Algunos los abrirán ilusionados, otros temerosos, los menos curiosos, etc. Se podría hacer una clasificación de seres humanos dependiendo de la relación que tienen con los envíos que reciben. Por supuesto, me fije que en la caja ponía, en inglés, algo así como “asiento budista ergonómico”. Lo de asiento ergonómico tenía su lógica, lo de que fuera budista era muy gracioso. Había que contenerse mucho y aguantarse las ganas de mudarse con él a la mesa para ver en qué consistía ese prodigio. La verdad es que, quitando lo del asiento budista, fue el tipo más tranquilo y discreto de toda la mañana. Ojeó las instrucciones de montaje de la silla, se tomó su café, se echó un ducados y se largó sin darle guerra a nadie.
Lo mejor llegó entonces. Cuando el camarero me trajo el café me fijé en que había un loco, el típico hombre con pantalones de pana y una camisa de franela en una mañana de agosto mesetaria, con la melena sucia y que no se había afeitado en meses -o sea, que salvo lo de la ducha que había disfrutado por la mañana, de cuello para arriba era igual que uno-, pidiendo mesa por mesa un cigarro; y una mujer mayor -o sea, una vieja- vestida de negro andando también entre las mesas. La mujer miraba alternativamente al cielo y a las mesas de los clientes. Estos son los locos de esta esquina, me dije. Seguro que alguno de los dos la montarían en breve, me dije. Y en eso se descubre que uno es un malpensado contumaz, porque el loco se ofreció a acercarse al estanco a comprarle papel de liar al otro cliente con tal de poder echarse uno, ya que el ducados que le ofreció el hombre tranquilo no le convenció.
No, el que la lió fue otro. Casi se me cae el café cuando escuché unos golpes que estaba dando un tipo a la cabina telefónica con el auricular.
-Se ha tragado el euro, se ha tragado el euro la muy hija de puta. Mama, se ha tragado el euro.
Nos quedamos todos mirándole. No tanto por lo exagerado de los golpes y las voces que estaba dando, como por el vocativo. Las cabinas, al menos en Madrid, generan muchos problemas y escenas esperpénticas. Hace unos años, estando de copas por el barrio de Malasaña con un amigo barcelonés que estaba de visita, nos topamos con un tipo al que se le había quedado la mano enganchada en el mecanismo de la cabina por intentar recuperar unas monedas que el aparato no le retornaba. Salió en los telediarios y todo, porque ni la policía, ni la ambulancia, ni los bomberos resolvieron nada. Era divertidísimo ver uno tras otro los distintos vehículos en la calle Velarde. Tuvo que llegar un técnico de la compañía telefónica que, con una llave especial, abrió la carcasa en un minuto y liberó la mano del pobre avaro. Durante la espera que, por supuesto, contemplamos íntegra, fueron llegando coches de distintas televisiones para hacer recursos de cara a los noticiarios. Uno, que estaba ya algo achispado, no dejaba de gritar ironías como “A ver si aprendes y te compras un móvil”. O, “joder, te vas a dejar la mano por cien pelas” -todavía no había euro, creo-. Aunque de la que más orgulloso está uno fue de lo de “Llamen a Antonio Mercero, que si lo ve no se lo cree”. Además, debía gritar uno muy algo, porque luego familiares y amigos me dijeron que en las noticias se me escuchaba y que hicieron alguna broma similar con lo de López Vázquez y la cabina.
Total, que a uno no le extraña que alguien pierda los nervios porque la cabina le deja sin monedas y se líe a golpes con ella. No, lo mejor era que le hablase a su madre un tipo de unos sesenta años, canoso, con la camisa perfectamente planchada pero por fuera de los pantalones y unas gafas de sol de macarra discotequero. Todos, como era de esperar, nos pusimos a buscar a la madre, que debía ser una momia o una aparición divina que había bajado de los cielos. Y resultó que era la señora de luto que desfilaba de mesa en mesa, porque le contestó.
-Tranquilízate. Ya has llamado cinco veces esta mañana, no podemos estar así todo el día.
-Pero es que yo quiero hablar con mi mujer y esta cabina hija de puta -ahí volvía a golpearla- se me ha tragado el euro, mama.
-Bueno, venimos luego y pruebas.
-No, yo tengo que hablar con mi mujer. Dame otro euro, mama.
-¿Cómo te voy a dar otro euro, si van ya cinco llamadas esta mañana?
-Dame otro euro, mama.
-No, cómo te voy a dar otro.
-Dámelo.
Y la mujer se lo dio y volvió a alejarse, caminando de nuevo entre las mesas. Ahí nos mirábamos todos entre nosotros y al camarero, que había salido al dintel del bar cuando escuchó los golpes en la cabina.
-¡Otro euro se ha tragado esta otra hija de puta! Me cagüen... Mama, se ha tragado otro euro.
La mujer volvió a mirar la cielo pidiéndole una explicación de todo esto.
-Pues venga, hijo, vámonos a casa, que son ya dos euros los que has tirado.
El hombre golpeaba la cabina con verdadera saña.
-¡Pero qué tienen las cabinas en contra de mí! Esta otra hija de puta se ha tragado otro euro.
-Venga, vamos a casa.
-Has sido tú.
Ahí nos quedamos todos congelados, sin saber qué hacer o qué decir, porque aquello se estaba ya transformando de un chiste a algo trágico.
-Has sido tú, que tienes la negra y me la has pasado, mama.
-Si yo no me he acercado a la cabina aposta, para que no me dijera nada. Ahora dice que soy yo la que tiene la culpa -esto no lo decía por nosotros, sino con el mismo pensar en voz alta que deben usar los dos en casa, porque a esa altura estaba claro que los dos estaban locos.
-Has sido tú, que me quieres joder la vida. Has sido tú la que has estropeado las cabinas.
Aquello era increíble. La mujer, que se conoce que, pese a no andar muy cuerda, está mejor que el hijo, le conminó de nuevo a volver a casa y emprendió camino por la carrera de San Francisco arriba.
Pero el hijo se quedó allí renegando, dando golpes a las cabinas y diciendo que tenía la negra. Todos los clientes que salían de la estafeta se le quedaban mirando extrañados, y nos interrogaban a nosotros con la mirada, queriendo saber lo que había sucedido. En ese momento lo suyo sería haber montado una tertulia, y comentar lo sucedido a ver si entre la imaginación de la niña, la espiritualidad del budista y las alucinaciones del porrero llegábamos a alguna conclusión. Pero no, nos quedamos todos mirándonos y uno tras uno fuimos volviendo a nuestras cosas, no fuera a ser que el tipo se diese cuenta de la escena que había montado y nos encarase a nosotros ahora.
El tipo siguió golpeando la cabina y murmurando unos cinco minutos cada vez con menos fuerza, como una letanía. Y en esas volvió a aparecer la madre.
-Vamos a casa, hijo. Luego bajamos a llamar de nuevo.
-Pero yo tengo que hablar con mi mujer. Vete tú a casa.
-No, vamos los dos.
-Que no voy, que tienes la negra.
Y, dando un último golpe, dejó el aparato colgando y se largó a cruzar la calle. Desde donde yo estaba lo podía ver. Se sentó en el alféizar de una de las ventanas del edificio de enfrente, que es del Insalud o algo así. A la sombra de un arbolillo. La madre lo siguió, y debía de estar convenciéndole de que se largasen a casa. A ella no se la escuchaba. A él sí, porque de vez en cuando al gritaba que se fuera ella, que ya iría él luego. Pero ella, pacientemente, esperaba. Daba todo mucha pena, la verdad.
Le pidió uno al camarero la cuenta. Mientras la traía, el padre agarraba a su hija que amenazaba con subirse a la mesa como ya le advirtió el camarero que no hiciera. Hablaba por el móvil, supuso uno que con su mujer, y le decía que todo aquello era de locos, que estaba en un terraza al lado de San Francisco el Grande donde todo el mundo, hasta el camarero, estaba loco. Daban ganas de darle la razón, la verdad.
En ese momento pensé en que era todo demasiado extraño, en que alguna de esas escenas pueden suceder ante los ojos de un testigo, pero que no es normal que se den todas a la vez. Comencé a sospechar que se trataba de una de esas cámaras ocultas con las que se cachondean luego a costa de la buena voluntad del ciudadano. No podía ser otra cosa. Por eso, cuando llegó el camarero con la cuenta, le preguntó uno dónde estaban las cámaras.
Benítez Reyes, en su Prontuario en marcha, incluye esta definición de poema:
- "POEMA: Dícese en los medios de comunicación de aquellos rostros que muestran un estado lamentable por causas psicológicas relacionadas con el mundo del deporte: "Tras el gol, la cara del portero era todo un poema". (No suele utilizarse en sentido contrario: "Aquel poema parecía la cara de un portero tras un gol".)
Yo creo que la cara del camarero fue todo un poema, desde luego, porque no entendía nada. Estaba claro que todo aquello había sucedido de verdad, que no tenía a ningún productor hábil o un guionista ingenioso detrás. Incluso, para más INRI, yo creo que mi pregunta debió dejar al camarero totalmente perdido, porque hasta ese momento seguro que yo le parecía el único tipo medianamente normal que había pasado por allí. Ahora, después de la pregunta por la cámaras, habrá pensado que uno es el peor, desde luego, y que no puede uno fiarse de nadie. Y le habrá dado exactamente igual que, en una última intentona de arreglar mi imagen maltrecha, le haya dejado casi un euro de propina. Seguro que al volver dentro del bar le habrá comentado a su compañero de la barra:
-Se acaba de ir un idiota que se piensa que montamos espectáculos para distraer al personal. Hasta ha dejado un montón de pasta de más, como su fuéramos unos cómicos de los del paseo del lago del Retiro.

04 agosto 2008

La vida en unas hojas de color rosa

Hay días que, sin saber uno muy bien por qué, parecen correr como un helado de vainilla con cookies. Frescos, agradables, sabrosos. Serían lo contrario a uno de esos días rojos de Holly Golighty. Y lo más gracioso es que llegan de un modo casi estúpido.
El pasado sábado regresé de un viaje. El buzón estaba lleno de cartas -algunas que no son ni para mí, sino de la casera o de alguno de los inquilinos anteriores que, por el membrete del sobre, debe ser un tipo con muchos problemas de morosidad-, y entre ellas había una de La Casa Encendida. La verdad es que pensé que se trataba de la programación de los próximos meses. Me dije para mí, por fin alguno de los amigos y conocidos que trabajan allí se ha acordado de incluirme en el mailing de los folletos. Así podré estar informado de esas actividades a las que casi nunca me acerco, sobre todo por pereza, ya que el centro cultural en cuestión está a menos de cinco minutos andando de casa. Y, la verdad, dejé el sobre junto a las cartas del banco, las publicidades de tarjetas de crédito y demás, sin abrirlo.
Tengo al costumbre, no sé si sana, de abrir mi correspondencia en el retrete. Si, como un entretenimiento más. A lo mejor es porque de un modo automático, inconsciente, relaciono mis heces con la porquería que meten en mi buzón, a veces camuflada de sesudas e importantes cartas de instituciones comerciales. Así que no esperaba nada de la carta de La Casa Encendida. Pero, al abrirla, qué sorpresa. Nada de folletos, se trabaja de un precioso cuaderno hecho de páginas rosas reutilizadas. Y entonces supe quién estaba detrás de ese cuaderno, y con sólo haberlo recibido y saber de quién venía pareció el que sol brillaba más y calentaba un poco menos la mañana de este tórrido lunes de agosto.
Hace ya casi diez años me fui un año a vivir a Lisboa. La excusa fue una de las becas Sócrates-Erasmus que han servido a tantos jóvenes para tener un puñado de ciudades del mundo en las que ahorrarse el hotel cuando van de visita. La verdad es que uno hizo poca vida académica. No fui a Lisboa hasta entrado el mes de octubre porque se nos había avisado que la facultad de letras estaba de obras y hasta mediados de mes no abriría sus puertas. Lo mejor fue que hasta iniciado noviembre no hubo clases y que a lo largo de todo el año no estuvo disponible la biblioteca de la facultad. Con eso creo que lo he dicho casi todo.
Para mí ese año fue el del conocimiento de una cultura que desde entonces siento como mía -no es difícil, ya que siempre he sospechado que tengo algunos antepasados lusos por el origen de parte de mi familia-, y de trabar amistad con dos amigos estupendos: Laura y Sergio.
Hasta hace apenas un año ellos permanecieron en Lisboa. Allí construyeron un hogar, engendraron a su hija, y se dejaron la piel intentando sobrevivir en una ciudad amable y acogedora pero desesperante en algunos momentos.
Sergio es biólogo y vende bombas de vacío para laboratorios. Laura, que llegó a cursar el doctorado en biología, ha elegido en cambio senderos un poco más artísticos. Como intérprete y bailarina. Algunas veces la he visto en obras de teatro y en alguna “pieza” a medio camino entre la danza contemporánea y las “performances”. Y la mayoría de las veces me he quedado con la sensación de no haber entendido nada y de que me han hecho pensar mucho. Como en una clase de matemáticas avanzadas, que es una sensación agradable, al menos para mí. Pues bien, resulta que a mediados de junio me llamó para ofrecerme unas entradas para una obra en la que participaba. Los Torreznos había seleccionado a un grupo de actrices para una obra en torno al poder. Laura era una de ellas.
No sé muy bien cómo, pero terminé no sólo asistiendo, sino incluso escribiendo un artículo sobre la representación para el periódico. Un texto en que, como no podía ser de otro modo, daba a entender que no había entendido nada pero que me habían hecho pensar mucho, como en una clase de física.
A los pocos días quedé para comer con Laura y Sergio. Ella tuvo que irse pronto porque tenía que “preparar” la representación de esa noche. Por lo visto, los gestores de La Casa Encendida la habían contratado, además, a lo largo de todo el festival para acondicionar el patio donde se realizaban los pases de los distintos grupos teatrales o conjuntos interpretativos -parece que estuviera presentando la sección de coros y danzas del programa Gente Joven, en el que se estrenaron los Mecano-. Le pregunté qué tenía que hacer. Y entonces me dijo que había que desparramar por la sala y pasillos un montón de pliegos rosas. Eran los mismos pliegos rosas que algunos de los espectadores de la representación a la que asistí garabatearon, los que arrugábamos y echábamos al suelo para poder sentarnos en nuestras butacas -en realidad eran sillas tijera de ikea pero respetemos la terminología teatral-, los que provocaban un rumor estruendoso en los pases.
“¿Para qué narices lo llenáis todo de los dichosos papeles?” le pregunté.
Me respondió que ya lo vería.
Y hoy lo he visto, al abrir el sobre de La Cada Encendida. Un cuaderno de hojas rosas, con restos de los programas del día, con manchas de suelas -quizá de mis propios zapatos-, con algún garabato, con algún roto. Un cuaderno que tendré que rellenar antes o después de palabras, de dibujos, de un poco más de vida.
Para que, cuando se lo regale a Laura, tenga algunas experiencias y recuerdos más que cuando ella me lo envió, ya cargado con unas cuantas.