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09 septiembre 2008

El viaje virtual

Uno puede cometer el error de pensar que estos viajes son "falsos". Pero eso supondría entrar en colisión con la idea de verdad. ¿Un viaje es tan sólo un desplazamiento? De ser así, viajar es cruzar a ciudad para comprar una lámpara y una cubertería barata pero con aspecto bonito en el IKEA. De ser así, viajar es el turismo de masas en el que todo consiste en comprobar lo fidedigno de las fotografías que uno ha visto mil veces en las revistas y largarse luego al macdonalds más cercano porque sabemos cómo va a saber la doble con queso. No, viajar es otra cosa, y este libro es un modo idóneo de demostrarlo. Hoy para viajar no hace falta tener que empazar la ropa y aguantar las colas de facturación de las compañías de bajo coste, disfrutar del paisaje como nos vende Renfe, o disfrutar de las procesiones de semana santa a la entrada y salida de las ciudades. No, hoy se viaja en el ciberespacio, el la mente, y en la cultura. Todos los viajes de este libro, estos trece proyectos de viaje. generados en un laboratorio con la intención de experimentar una serie de sensaciones y conservar un inventario de recuerdos más o menos creíbles son, en realidad, los viajes del futuro. No me cuesta imaginar un mundo en que los viajes alrededor del mundo sean experiencias que en realidad tenemos casa noche conectados a nuestros ordenador, y donde las experiencias comunes pueden ser vistas desde la distancia con la conveniente dosis de ironía. Ligeros, intrascendentes como las escapadas llenas de encanto que se nos venden desde los suplementos de viajes de los diarios, en estos viajes uno puede hallar, por encima de cualquier otra cosa, la mirada de su autora -me voy a permitir obviar el trabajo, correcto y poco más, que no es poco, del ilustrador-, que es capaz de hacernos meditar sobre lo que es el viaje en sí, sobre cómo asimilamos nuestros periplos y en qué medida esa asimilación no es otra cosa que un mimbre social más. Lejos de experimentar de modo personal, singular, esos viajes, parece que uno se viera obligado a contrastar el lugar que visita con el que habita, de remarcar las diferencias y las semejanzas en los modos de vida, y dejar a un lado la sencilla observación descargada de prejuicios y puntos de vista manidos. Hay un poema de Pessoa, un hombre que viajó poco, apenas la marcha a Sudáfrica siendo niño y el retorno a su patria de elección, Lisboa -y no Portugal-, en la adolescencia, donde se explica muy bien esto. el viajero pretende que el viento esté cargado de historias, el río de voces y el sol de recuerdos, mientras que el lugareño ve tan sólo el fluir del río, se calienta con el sol y se refresca con la brisa. Y basta. Quizá es ese viaje el que se ha perdido en el fondo de la memoria y el que conviene recuperar. Cebrián juega en sus textos a otra carta, una más cercana a Salgari -otro que no salió se movió de su Verona pese a escribir todas las novelas de Sandokán-, donde se usan los tópicos de cada uno de los lugares, de cada uno de los viajes. Pero, donde el escritor prototipo, el de las novelas previsibles a la venta en el VIPS y las columnas en el suplemento dominical con tono de abuelo cebolleta, usa los hitos y los lugares comunes para dar color -se puede ver esto fenomenalmente explicado en el texto que abre el Afterpop de Fernández Porta, donde se muestra la diferencia entre usar la cultura como referente superficial: Javier Marías, o como elemento constructivo de la historia: Ray Loriga, independientemente de la calidad de cada uno de los textos-, pues bien, en los textos de Cebrián, esas marcas que "dan color" son cuestionadas y analizadas, intentando encontrar el verdadero sentido de las mismas. O sea, que, esos "viajes falsos", no lo son en realidad. En estos viajes in vitro se recoge el espíritu de los verdaderos fundadores de la literatura de viajes, que pretendían dar fe de lo visto y entender sus causas. Hoy, cuando la realidad en la que nos movemos es ficcional, no se puede sino hacer un viaje cultural, metafórico y semiológico, desde el salón de casa, en el que intentemos entender esta ficción en la que vivimos y que construimos día a día.
Mercedes Cebrián & Ismael García Abad, 13 viajes in vitro, Blur ediciones, Madrid, 2008

27 diciembre 2007

¿Qué es poesía?, preguntas...

Una de las cosas más sorprendentes de impartir talleres de escritura –y en general realizar cualquier acto que pretenda hacer pensar sobre la literatura a la gente- es averiguar qué entiende la mayoría de los ciudadanos por poesía. Además de algo que rima con ambrosía o con la reina, tienen claro que está escrito en renglones cortados y que habla de amor. Y con esos moldes es muy difícil hacerles entender que un libro como Mercado común, de Mercedes Cebrián es un estupendo libro de poemas, en el que, además, comparece la poesía con cierta asiduidad.
Uno cree, desde hace mucho tiempo, que la poesía es una sustancia extraña que se deposita allí donde quiere, independientemente de que el vehículo sea un poema, una novela, un sms, una mirada o un modo de beberse un botellín. Háganme, caso, hay gente que bebe botellines de un modo muy poético.
Y luego están los poemas. Que ni tan siquiera tienen que estar escritos en renglones cortados, sino que pueden ser en prosa o incluso haciendo dibujitos por el papel. Para gustos los colores.
Mercedes Cebrián es una escritora extraña. En primer por su rareza, por su escasez. En España lo normal es hacerse un escritor que se deja llevar por la corriente, que contemporiza con lo que hay y saca más o menos tajada de donde puede. Y todo esto, normalmente, con la brillantez justa que la picaresca –no evitemos llamar a las cosas por su nombre- impone. Sin embargo, Cebrián ha hecho un camino inverso a lo que dicta el mercado –la corriente- y, tras estrenarse con un libro que aunaba poemas y cuentos, ha decidido continuar su producción con un libro de poemas –y un libro de poemas que, como veremos, escapa de las convenciones de lo que suele ser un libro de poemas para el público, o sea, los consumidores-, y dicho libro es de una calidad muy superior a la media, demostrando que además de asumir riesgos solventa la papeleta con nota.
Por otro lado es una escritora extraña porque se fija en cosas que el resto ignora o, directamente, no ve. Saber mirar es, sin duda, una de las virtudes del escritor, del buen escritor, y construir pensamiento desde esos materiales es, o debería ser una obligación de todo autor. Y, además, conoce el verdadero valor de cada una de las palabras que usa, que usamos. Mientras que todos usamos palabras, y en muy contadas ocasiones las cargamos de sentido, Mercedes Cebrián –y esto lo he comprobado personalmente- se fija en cada una de las palabras de la conversación, en los mecanismos que desarrollamos para entregar u ocultar información, a veces sencillamente para dejar discurrir tiempo hasta que decidimos qué hacer. Por eso sus textos son tan originales, porque en su cerebro ya ha habido un análisis profundo de cada una de las posibilidades y posibles interpretaciones de los hechos y pensamientos que allí aparecen.
Además, llama la atención poderosamente en su libro los temas. Normalmente la poesía se ha encargado, casi siempre, del entorno privado, el yo, los sentimientos, las preocupaciones ontológicas y existenciales. En algunos casos se han producido destellos de poesía política, en la que los temas ideológicos o las cuestiones civiles, los asuntos de la res pública, se hacían centro del poema. Sin embargo, en Mercado Común –y no Unión Europea o CEE, no es una cuestión secundaria-, los poemas parecen referirse, hablarnos desde un yo plural, que nos afecta a todos, pero no desde una postura de la que se desprenda abiertamente una ideología determinada, y en la que siempre tiene cabida la realidad que se mueve en medio de las dos esferas mencionadas, ese espacio que Castoriadis, tirando de tesis antropológicas, definió como lo no público/no privado. Esa realidad es el ágora, el punto de encuentro, es un lugar donde no se toman las decisiones que afectan a todos, lo que se decide en la ecclesía, pero en la que todos pueden comparecer como seres privados. En una sociedad tan fuertemente capitalizada como la nuestra, donde todo tiene precio y se considera que dicha cantidad es el valor (de mercado) de cada uno, ese espacio común, el ágora, se ha visto invadido por el mercado. Y es dicho mercado el que impone las normas, las reglas, rebasando las barreras de lo público y lo privado.
En esa realidad mercantilizada, en la que buscamos objetos capaces de satisfacer nuestros sueños y deseos, y de la que emanan las corrientes de opinión y las tentaciones que marcan las decisiones de las asambleas que nos representan, es el ámbito donde se mueven los poemas de Mercado Común.
Lo que analiza a través de sus versos es el modo en que esa esfera condiciona nuestra existencia, nuestro sentir y nuestro pensamiento. La apertura de un IKEA en Jerusalén es una “noticia horizontal y enorme” y un poema se llama PYME y otro Clientela. Pretender ignorar esa intromisión, que cada uno vive como más o menos violenta, del mercado en nuestra vida, en nuestro sentir y nuestro imaginar es absurdo. Pero es algo que se produce todos los días, como si el poeta permaneciera en esa torre de marfil de la que tanto se ha hablado y su vida se limitase a realidades inmateriales.
Hoy las parejas se casan en el momento en que comparten un alquiler –lo que les impone de un modo tácito una duración mínima de su convivencia, y por tanto de su afecto y cariño- y se condenan al firmar la hipoteca a treinta o cuarenta años en la caja de ahorros de turno. Ese marco impone nuevos modos de quererse, nuevos horizontes sentimentales que parecen quedar a un lado de la mayoría de la producción poética que hoy se hace. Pero está ahí.
De todos modos sería injusto limitar este libro a esta lectura más o menos materialista de la realidad y no indicar que hay más cosas en él. Hay tecnología y un mundo en constante cambio, pero un cambio que tiene como objetivo la uniformidad de los paisajes, de los escenarios, y que por eso está modificando esa variedad de modos de vida que era la característica del mundo hace veinticinco años. Con la pérdida de esas culturas, de sus lenguas, de sus costumbres, se están perdiendo también sus sentires. Hoy un chico de Vallecas no ve el mundo muy distinto que uno de Chicago, de Lagos o de Mumbai. Y eso no se debe a que cada uno haya tenido las mismas posibilidades, sino a que su realidad es muy similar, está formada por los mismos objetos, los mismos referentes y, consecuentemente, los mismos deseos que están directamente inducidos por la publicidad.
Cebrián nos coloca ante esa distopía que, sin darnos cuenta, estamos viviendo, y plasma los sentimientos que esta produce. Lo importante es que el misterio de la vida, las preguntas que desde siempre se ha hecho el hombre, permanecen latentes a la espera de respuestas, pero tenemos que soportar el constante discurso del “mundo desarrollado” y de la “sociedad de la información”, cuando es evidente que vivimos en una sociedad del registro donde no se analiza y se digiere la información, por lo que no puede haber mucho desarrollo.
Cuando mis alumnos me dicen qué es lo que entienden por un libro de poesía les obligo a leer Mercado Común de Mercedes Cebrián, para demostrarles que un libro de poesía puede contener pensamiento, análisis, imágenes poderosas, reflexión, y sentimientos, muchos sentimientos. Que la poesía es muchas más cosas de lo que nos enseñaron en el colegio.
Mercedes Cebrián Mercado Común Caballo de Troya, Madrid, 2006

16 agosto 2006

Una mirada inteligente e inquisitiva

Cuando Mercedes Cebrián se estrenó, como autora que firma con su propio nombre, con un libro tan inesperado como El malestar al alcance de todos se produjo una recepción casi unánimemente positiva por parte de la crítica. Y la razón de ese feliz recibimiento se debió, creo, a la particular apuesta de su autora, que escribió el primer libro verdaderamente posmoderno de la literatura española.
Supongo que al oír esto habrá unos cuantos lectores tirándose de los pelos, unos por considerar que ellos son los autores del libro que ostenta ese moderado mérito o bien porque creen conocer al autor de ese libro; otros, que habrán degustado el libro de Cebrián, no estarán de acuerdo conmigo porque ese libro que tanto les gustó “no puede” formar parte de esa detestable realidad que se ha dado en llamar posmodernismo. Pero, si atendemos a las ideas fundamentales de eso que se ha dado en llamar posmodernismo o lo posmoderno –el serio, el que nace dos los textos de analíticos de Barth, de Eco, y de algún otro- vemos que en el libro del que hablamos cumple muchos preceptos de ese algo abstracto que es lo posmoderno.
En primer lugar, fusión de géneros. El malestar al alcance de todos está compuesto por once poemas y catorce narraciones, distribuidas estas de un modo desigual –no hay una distribución delimitada del espacio prosístico frente al del verso, a cada narración no le corresponde un poema como sucede en otros libros-, de hecho, tanto los cuentos como los poemas tienen un tratamiento similar en el que la vertiente narrativa y la lírica se funden, por lo que se puede afirmar que el trabajo de la autora se ha centrado en transmitir un mensaje sin adecuarlo a un género o una forma determinada. O sea, que ha despreciado los conceptos genéricos establecidos y ha hecho una relectura de los mismos para fines novedosos.
Por otro lado, más allá del aspecto meramente retórico o lingüístico del asunto, lo importante es el lugar que toma el autor, el yo poético y el narrador en cada uno de los textos. Todas las narraciones, todos los poemas, están vertebrados en torno a un yo, que es distinto en cada caso, sea cuento o poema, pero que se torna expresión de la masa, de la sociedad en su cambiante realidad pero que mantiene una unidad esencial. El uso que hace, por lo tanto, del yo, es plenamente posmoderno. Siempre muta, con lo que se puede permitir tratar asuntos variados tanto temática como sentimentalmente, pero mantiene una dicción y tono sorprendentemente único y sólido. Así pues, mediante el mecanismo más sencillo y antiguo de contar lo particular para hablar de lo universal se expone ante los ojos del lector un reflejo de la realidad en la que nos movemos. El espectáculo resultante de una sociedad siempre distinta y siempre igual, en perpetuo cambio para mantener su misma identidad, que se construye usando un método tan antiguo como la literatura en sí –la impostación de la voz narrativa o lírica- pero que recibe una libertad genérica insospechada hasta ahora. Más de lo posmoderno.
Aunque, lo verdaderamente interesante del libro es la creación de un tono extraordinariamente maduro para lo que se quiere contar. La estrategia es, casi siempre, la misma: exponer de un modo irónico los usos y costumbres de la sociedad que nos rodea sin olvidar, en ningún momento, incluir tanto al narrador como al lector, dentro de esas prácticas. Como si se tratase de una catarsis propia de la tragedia griega, se usa la idea de que hay que cuestionar las propias actitudes, los usos y costumbres de los que hacemos gala, pero siempre desde una perspectiva que, a medio camino de la inocencia y de la fina ironía, pone en entredicho no sólo los actos de los personajes –por extensión de la sociedad-, y del lector, sino también la actitud propia del narrador –por extensión del autor- de hurgar en esas heridas. Para decirlo de un modo más claro, lo novedoso del libro es que se plantea la capacidad y la oportunidad de la literatura de cuestionar la realidad, de ponerla en entredicho, y frente a la tendencia fácil de justificar esa capacidad de la literatura y el arte en general –si se cree que no se puede hacer basta con no escribir el libro, eso es evidente- lo verdaderamente acertado es que no responde a esa pregunta, la deja en el aire.
No sabemos si la literatura debe poner en jaque a la sociedad o al menos destapar sus vergüenzas, pero tampoco sabemos si la sociedad tiene derecho a controlar al arte dicha capacidad. La literatura, como la sociedad, existen y coexisten, del mismo modo que muchos día a día cuestionan a la sociedad y sus mecanismos, no está de más que alguien, en este caso Mercedes Cebrián, cuestione la literatura y sus mecanismos. Pero, sobre todo, que la cuestione haciendo libros tan inteligentes y divertidos como este.

Mercedes Cebrián El malestar al alcance de todos Caballo de Troya, Madrid, 2004