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02 junio 2010

Diseño extraordinario


En estos días tan sólo se podrán leer noticias sobre el libro electrónico, sobre la nueva plataforma Libranda -que si queire acabar con las librerías o no, que si es una chapuza o una buena idea, que lo extraño que es una joint venture de empresas tan grandes y blablá-, o sobre los autores más vendidos en la Feria del libro. O sea, la misma paparrucha de siempre que parece más destinada a las páginas color salmón que a una verdadera información cultural.
Entretanto, para aquellos a los que les guste de verdad un buen libro, avisarles de que soplan vientos más que frescos y agradables desde Portugal. Yo, que viví en Lisboa durante todo un año hace una década, estaba siempre algo intrigado por las razones que hacían que un país tan delicado y excelente en todo lo tocante al diseño y la estética, editase de un modo tan feo y descuidado. Las librerías del Chiado eran un monumento al más gusto en la mayoría de las ocasiones y había que rebuscar entre los estantes de los alfarrabistas algo verdaderamente bello. Pero, de unos años a esta parte, eso ha cambiado de modo radical. El pasado puente de diciembre me dejé caer de nuevo por las librerías lisboetas y me quedé totalmente enamorado de muchos de los libros que allí encontré. Entre ellos los de la recién nacida editorial Minotauro, un sello de Edições 70 que dirige Antonio Sáez Delgado y que se dedica a difundir autores de la literatura española. Los títulos del lanzamiento, como puede observar cualquier lector hablan muy bien de la dirección elegida. Chirbes, Julián Rodríguez, Pombo y Tusquets. Los siguientes autores editados allá han sido Gopegui y Fontana. Nada que objetar en lo tocante a la calidad de los títulos. Pero, ¿y los libros, como tales?

Pues los libros son preciosos, desde luego, como puede observarse en las fotos. Y más aún cuando se tienen entre las manos. Yo, incluso, no dudé en hacerme con un ejemplar pese a que esos libros los tengo en español. Porque, ¿quién puede sustraerse al placer de tener entre las manos un buen libro? Algo así han debido pensar los miembros del jurado de los European Design Awards para entregar la Mellada de Plata -advierto desde ya que no han entregado ninguna de oro- al diseño de cubiertas de la editorial Minotauro. El diseño es de Ana Boavida y João Bicker para la empresa FBA.–Ferrand, Bicker & Associados. Además de agradecer la decantada apuesta de Edições 70 por el buen diseño, cualquier lector con un poco de buen gusto caerá rendido a los pies de estos ejemplares. Querrá tenerlos entre las manos e, incluso, exhibirlos en la mesa de café del salón para que las visitas aprecien el buen gusto del anfitrión.

08 noviembre 2006

De premios y reconocimientos

El programa de Radio Nacional de España El ojo crítico ha concedido su premio de narrativa a Julián Rodríguez por su novela Ninguna necesidad. Este programa cotinúa demostrando así dos cosas: un criterio afinado y una independencia refrescante. Vaya desde aquí mi enhorabuena al premiado, que se lo merece, a los premiadores, que demuestran una vez más su buen tino, y a los oyentes y lectores que encuentran así una fuente de información fiable.
También se ha hablado por estos pagos de otros dos libros de Julián Rodríguez: Unas vacaciones baratas en la miseria de los demás y Mujeres, manzanas.
Hay días buenos, aunque a veces Holly Golightly no lo crea.

04 noviembre 2006

Tentaciones

A mí me gustan las mujeres. Me gustan mucho. Para hablar con ellas, para trabajar, para tenerlas a mí alrededor, para mirarlas, para tocarlas. A mí me gustan mucho las mujeres. Y siempre he estado rodeado de ellas. Todos hemos salido del vientre de una mujer. Me crié con mi madre y mi hermana, sin padre alguno por casa. A veces mi abuela. A mi padre y mi abuelo los veía los fines de semana, la mañana de los sábados, dos o tres horas. Siempre he tenido muchas amigas, de hecho muchos de mis confesores son mujeres. No sé, me gustan las mujeres, estoy cómodo con ellas. No tengo que demostrar que soy más que nadie, sólo ser, y eso me gusta. Y puedo decir lo que se me pasa por la cabeza sin preocuparme demasiado de que sea más o menos sentimental. Uno habla, y a las mujeres les gusta que las hablen. Dios, que algo sabía de esto, es el verbo, y es en la palabra donde llega su mensaje, mientras que el Diablo crea imágenes, alucinaciones engañosas, para que el hombre actúe mal. En la imagen está la mentira, en la palabra la verdad. Lo divino se transmite por la palabra.
No creo que sea casual que Julián Rodríguez termine el prólogo de este libro, las Palabras preliminares, hablando de la fe. De la palabra, “fe”. Y que ofrezca el curioso dato de que Corominas haya demostrado que, desde 1140 la palabra nunca haya cambiado, que haya perdurado casi mil años del mismo modo, inmutable. Parece ser que significaba confianza, promesa y crédito. A mí son tres palabras que me vienen asociadas a la mujer, no sé por qué, pero me sucede. Y con las otras dos que él cita: vida y dignidad. Hay un algo en la mujer que la hace ser siempre digna. Uno se imagina a un hombre haciendo actos indignos, pero le cuesta más imaginarse a una mujer. Los hombres nos matamos más, y hay más hombres en las cárceles, y aunque eso sea sólo una verdad estadística –y por eso mismo seguramente será falsa- no puede uno evitar ver en eso una evidencia.
Julián Rodríguez ha escrito un libro de amor a las mujeres, pero no el que habría escrito un galán, un donjuán clorótico y enfebrecido de lecturas como el Neruda desesperado y enamoradizo. No, este es un libro en el que se trasluce el respeto, el cariño, la admiración por ellas. Y la fascinación, la del secreto, la del que sabe que nunca sabrá por entero como son. Posiblemente es un libro que una mujer nunca habría podido escribir, porque para hacerlo es necesario ese misterio, ese deseo de saber que Rodríguez tiene, y que para una mujer, posiblemente, sea lo más básico e insustancial del producto. Casi parece que uno pueda escucharla: “Ah, así que es eso lo que le ves a esa chica”, en el caso de que uno, ingenuo, contestase a esa pregunta retórica del “No sé qué le veis”.
Y para escribir esta carta de amor que no espera contestación, toda carta de amor verdadera no se escribe esperando contestación, y tal vez por eso todas las cartas de amor sean ridículas, ha reunido un grupo heterogéneo de vidas, de sufrimientos, que cuenta con el mismo afán alusivo y elíptico de toda su obra, transido de poesía y de silencio, y que se amalgaman en torno a poesías, a pequeñas prosas líricas, a relatos esbozados en los que siempre es una mujer la que nos habla, la que nos cuenta, la que se refleja en el narrador que escribe la historia. Y lo fascinante de este texto, como casi todos los de su autor, es la capacidad de contarlo todo en dos, tres detalles. A veces, como en el texto llamado Chejov en dos recuerdos y una tarde gris, otras, como en Nombres, contando toda una vida desde el modo de nombrar a una persona. Como es corto, lo copio:

Fue Eliza durante unas pocas semanas, cuando era niña. Eliza, Lily. Pronto lo cambió a Lil.

Más tarde fue Miss Steward en la carnicería. Y también mi amor, querida, madre.

Enviudó a los treinta. Volvió a trabajar como Mrs. Hand. Su hija creció, se casó y dio a luz un niño.

Ahora ella era Nanna. Todo el mundo me llama Nanna, solía decir a las visitas. Y eso hacían ellos. Incluso los dependientes y el médico.

En el geriátrico usaban los nombres cristianos de los pacientes. Lil, les dijimos nosotros. O Nanna. Pero aquello no constó en su expediente, y durante las desconcertantes últimas semanas fue Eliza una vez más.

¿Quiénes somos realmente? ¿Cuantás vidas vivimos? Muchas vidas, o muy pocas. Tal vez todas se parezcan. Al menos en lo importante. Y Rodríguez ha sabido apuntar hacia esa cosas que parece que no, pero realmente sí, son importantes.
Porque, haciendo arqueo final, no hay que olvidar que éste es un libro escrito por un hombre, y habla de mujeres, de ahí que posiblemente se trate de comprender que uno no es más que una parte, y que buscamos restaurar la unidad que se escindió con nuestro nacimiento.
Terminaré con una cita del Eclesiastés que incluye el propio autor en las Palabras finales: “Si dos duermen juntos se calientan, pero el que está solo ¿cómo se calentará?”

Julián Rodríguez Mujeres, manzanas Editora Regional de Extremadura, Mérida, 2000

15 septiembre 2006

Dottore in niente

A Julián Rodríguez he llegado tarde. No sé si me explico, he llegado tarde por pereza, por inconsciencia, no sabría decir por qué. Los primeros artículos suyos que leí los publicó cuando apenas tenía un libro en la calle. Pero, por esos azares del destino, no ha sido hasta este verano cuando han recalado en la mesa-baúl que ordena mi salón varios libros suyos. Del más reciente, Ninguna necesidad, ya se dio cuenta en estas páginas, pero creo que habría que hablar con mayor detenimiento del anterior Unas vacaciones baratas en la miseria de los demás.
Gracias a un blog que lleva el propio autor se pueden leer las reseñas que los medios escritos más importantes de España han hecho de sus libros. Quizá habría que afearle a Rodríguez que sólo recoja a esos grandes medios, pero eso sería hasta cierto punto querer arrimar el ascua a la sardina de uno. Releyendo los comentarios que se hicieron sobre este libro –es curioso que cuando no sabemos cómo catalogar temática o genéricamente un libro resolvamos el asunto casi siempre del mismo modo, que es usando su morfología para identificarlo, así que tal vez los formalistas no estuvieron tan equivocados.
Lo primero que llama la atención del libro es su indefinición genérica. En la mayoría de las reseñas hablan de un diario, y creo que para hacerlo se amparan en la cita de Cesar Aira que abre el libro. No deja de ser curioso que obvien los agradecimientos y dedicatoria que cierran el libro donde el propio autor viene a decirnos que no es este libro un diario o una novela, ni tan siquiera los apuntes para unas conferencias o una recopilación de artículos, como parece indicar por lo que comenta. Julián Rodríguez ha erigido una poética, un modo de ver el mundo y de asimilarlo, de entenderlo. Cuando, como algunos reseñistas perspicaces apuntan, el propio autor dice que “narra porque alguien querrá saber” revela de un modo claro sus intenciones. Él desea realizar una acción política. Obvio decir que no es una acción enmarcada dentro de una ideología más o menos concreta, sino una toma de posición respecto a la realidad y una voluntad declarada de transformarla.
En los artículos recogidos en el blog –en casi todos- se elude hablar de esa cuestión. Los reseñistas son, en la mayoría de los casos, entusiastas de la literatura o meros trabajadores de ella –no van más allá en muchos casos de los osos o monos de los que habla Balzac en Las ilusiones perdidas- y por eso evitan o son incapaces de ver algunas cosas. O no quieren verlas, que puede ser el caso de algunos en la voluntad de desactivar la carga revolucionaria del libro. A modo de ejemplo, citaré lo que Juan Ángel Juristo –ese crítico que fue objeto de una divertidísima reseña realizada por Benítez Reyes en la revista Clarín- comentó en el ABC de las citas con que se abre el libro: “Por eso no en vano la obra se abre con tres citas un tanto curiosas, una de César Aira, otra de Karl Marx y otra de Galdós. Ni siquiera atendamos a la pertinencia de lo que dicen. Fijémonos sólo en los nombres, pues son opciones que el autor ha elegido, y con deliberación, pero bien es verdad que podrían haber sido otros.” Uno cree que leyendo así se debe poder hacer grandes críticas. Amigo Juristo, no pueden ser otros, tienen que ser Aira, Galdós y Marx –estos dos, por cierto, obviados en muchas reseñas, lo que no sucede con Aira, buena muestra de los tiempos en que nos movemos- porque suyas son las palabras y están ahí por lo que dicen. Claro que lo que no gusta es lo que dicen. O, como es posible en el caso de Juristo, no se entienden.
A lo mejor uno he hecho algo que no han hecho otros, que es leer el título del libro y entender de dónde proviene. Es el nombre de una exposición del artista conceptual mexicano Daniel Guzmán. De Guzmán, en el libro, se dice que usa materiales despreciados por la Alta Cultura para realizar sus obras, se cita a un crítico que afirma que “se sirve de ellos para hacer un retrato sádico de la sociedad (apuntes morales con los que el artista devolvía a la burguesía las bofetadas que recibía de ella)”, habla de que su obra es un “ajuste de cuentas”. Guzmán es un artista que ha leído a Debord, que usa el situacionismo para construir sus “cosas”. En las octavillas que sobre la instalación que da título al libro de Rodríguez repartía recurría a los situacionistas: “En última instancia, habían dicho Debord y Colman en 1956, cualquier signo, cualquier calle, anuncio, cuadro, texto, cualquier representación de la idea de felicidad que tiene la sociedad es susceptible de convertirse en otra cosa, incluso en su opuesto”.
No creo que sea casual que esta referencia aparezca en el libro y le de título, ni que haya unas citas de Marx y Galdós al inicio del libro –la de Galdós marxista, la de Marx galdosiana, por cierto- ni que el prólogo se llame “La lucha de clases”.
Que los críticos, acertadamente, hayan visto en la obra las referencias al arte y la fotografía en particular –no olvidemos el pasado como director de revistas de estética de Rodríguez y su calidad de pensador sobre la fotografía, que juega un papel fundamental en su obra-, las apariciones de hechos biográficos del autor que no se esconde tras máscara alguna, la dicotomía entre la vida campesina y rural y la tecnología y la sofisticación del mundo artístico revela que saben leer. Al final uno va a tener que agradecer que los periódicos contraten a gente que sabe leer para hacer las críticas de los libros.
Pero que ignoren, de modo premeditado o no, el sentimiento radicalmente subversivo de un libro ideado desde una perspectiva marxista, construido de un modo fragmentario y acumulativo, como los textos situacionistas, revela el estado de la crítica actual.
En las reseñas se aprecia un apego a la literatura, un huir de la realidad y del mundo a la hora de hacer valoraciones, una incapacidad evidente para hacer análisis transversales o comparativos sorprendente. Y claro, analizar libros desde la perspectiva exclusiva de la literatura, ejercer de bivalvos, es lo que tiene, a lo mejor por eso los críticos valoran la narrativa española desde esa perspectiva. Y Marías, Muñoz Molina, Pérez-Reverte y demás son grandes autores... para alguien que sólo sale de su casa a comprar el pan y recibe su sueldo del grupo mediático que toque y tan contento. Perros de su amo. Tal vez, por poner un ejemplo, un crítico de ensayo político, sociológico o incluso artístico, podría haber sacado más partido de la lectura de este libro.
Pero, y por eso el propio autor se considera narrador, todo esto está integrado en una narración más o menos clara, configurada desde una perspectiva política, pero siempre anclada en la realidad novelesca del autor. Eso justifica la adscripción diarística del texto que hacen muchos críticos. Este libro lo ha escrito Julián Rodríguez, y es él mismo el que allí aparece. ¿Literaturizado?, quién sabe, las citas están personalizadas hasta el extremo, las hace suyas, las integra en su discurso, es posible que él se ficcionalice, sería lo lógico para equilibrar el conjunto.
Conviene no olvidar nunca desde donde está escrito el texto. Desde el punto de vista de alguien que sabe donde está en el mundo, cómo ha llegado hasta allí, que es honesto para potenciar y justificar su crítica y que intenta cambiarla con sus textos. Como dice en una de las entrevistas recogidas en el blog: Narrar para no olvidar o narrar para transformar.
Rodríguez cita, expresamente, en el libro el aforismo situacionista: “Cuando la libertad se practica en un círculo cerrado se diluye en un sueño, se convierte en una mera representación de sí misma”. No creo que en esta España que piensa a garrotazos aunque use portátil y vista de diseño esté muy lejos de la realidad espectacular que analizaron Debord y sus compañeros.
En una sociedad que quiere olvidar –y olvida, y si no que nos expliquen a los españoles por qué la nietísima del dictador cobra dinero de todos los españoles por lucir palmito en un programa de la televisión pública mientras los familiares de muchos muertos no tienen ni una tumba en la que honrar sus nombres- y que está tan acomodada que cualquier cosa se considera revolucionario –basta con ver el desparpajo con el que los publicistas usan el adjetivo- la acción política de Julián Rodríguez debe ser desactivada o ignorada.
Su enorme capacidad literaria no puede –sería escandaloso- ser ignorada, y por eso los críticos literarios hacen al menos bien parte de su trabajo y reconocen lo irrebatible.

Julián Rodríguez Unas vacaciones baratas en la miseria de los demás
Caballo de Troya, Madrid, 2004

17 agosto 2006

Mejor decir

En tiempos de literatura verbosa, que nada sabe callar, o de literatura retrógrada en permanente enfrentamiento con la imagen, ya saben, eso de que la imagen se cepillará la literatura y demás, es muy agradable encontrar a un autor que, por un lado, sabe escoger con detenimiento y acierto cada una de las palabras que usa, y que sabe construir imágenes con ellas además de usar, de modo constante, la fotografía como elemento más de la narración.
Julián Rodríguez, a quien empecé a leer en una revista hoy extinta que se llamaba Península y que surgió con la arriesgada apuesta de unir los viajes, la fotografía de calidad y una literatura excelsa, y que, tal vez por eso, acabó cerrando o cambiando de nombre, ahora no recuerdo bien qué pasó, está desarrollando una labor narrativa originalísima que ha logrado recibir con Ninguna necesidad un abrumador éxito de crítica.
Uno, que siempre ha visto la figura de Rodríguez como ese tipo que queremos conocer a toda costa, a lo mejor porque le interesan muchas cosas que también le gustan a uno, como la tipografía, la fotografía, Portugal y Extremadura, las mujeres y la literatura –por eso después de trabajar mucho en la Editora Regional de Extremadura se ha lanzado a la arena con la Editorial Periférica- y que al mismo tiempo y también por todo eso le da un poco de miedo conocer, ha leído esta novela de un tirón y verdaderamente encantado. Antes había leído las buenas críticas que, en distintos suplementos culturales, han hecho de ella, destacando su capacidad de contención, de usar la elipsis, de apelar a los sentimientos sin mostrarlos explícitamente. Y en parte estoy de acuerdo, pero no creo que no haya sentimientos mostrados, los silencios de la novela se deben a mi juicio, a que no existen tampoco muchos sentimientos más allá de los explicitados. Lo que verdaderamente señala este texto es nuestra incapacidad para expresar y, por extensión, siguiendo las tesis de Wittgenstein, de sentir. No es tanto que no se quiera como que no se puede decir, porque falta la palabra. Dándole la vuelta al guante aquí se podría usar una vez más la cita cervantina de El amante liberal, quien sabe sentir sabe decir, pero para poder sentir hay que haber aprendido a reconocer las palabras para mostrar ese sentimiento. Así, el protagonista de esta novela se enfrente a dos realidades, su dolor y la incapacidad de verbalizarlo, de sentirlo. El autor, hábilmente, se hermana con su personaje, y en vez de usar sus propias palabras usa las de otros que supieron decir -¿sentir?- mejor que él, como Pavese, Jorge de Sena –a través de Víctor Botas-, Leopardo –a través de, y con, Cacciari- o incluso a la misma realidad es que la que le ha dado la excusa de la trama aeronáutica.
Pero es que esos silencios vienen, también, marcados por la otra gran referencia de esta novela, de su escritura y concepción, que es la fotografía. Muchas de las escenas, frías, que el narrador nos muestra, son verbalizaciones de fotografías, meras pinturas –emulsiones en este caso, a la espera de que podamos hablar de codificaciones digitales- realizadas con palabras en vez de los procesos habituales, que se ven interrumpidas, a travesadas, por los momentos en los que el narrador en tercera persona deja traslucir algo más que su hermanamiento con el protagonista de la historia.
O el desorden temporal, que a lo largo de los siete días que está agonizando el amigo, permite al protagonista repasar toda la relación de ambos, su ascenso social a la sombra de una familia acomodada, mientras realiza un viaje por la costa de Setúbal, el estuario del Sado y demás, responde, creo, al mismo modo desordenado en que se nos presentan los recuerdos, y más si como, en este caso, vienen ayudados por las imágenes fotografiadas, instantáneas que fijan para siempre una imagen, tan cargada de emociones que cuesta tanto expresar.
Porque, y por eso creo que ha escrito Julián Rodríguez esta deliciosa novela, frente al olvido y a la incapacidad de sentir hay que intentar nombrar, poner palabras a esos sentimientos, aunque muchas veces se nos escapen. Como dice Beckett en la cita que abre el libro, “Mejor decir”.

Julián Rodríguez Ninguna necesidad Mondadori, Barcelona, 2006