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04 junio 2012

En los márgenes


Con la muerte de Julien Gracq se nos va uno de esos artistas que parecen ya de otra época, dedicados a su labor y alejados de las presiones mediáticas y comerciales que les impone la sociedad actual. Su coherente negativa tanto a la candidatura del premio Goncourt por “El mar de las Sirtes” –había criticado sus procedimientos en su panfleto “La literatura estomagante” y pidió por carta que le privasen del mal trago de tener que rechazarlo cuando le nombraron finalista-, como a ingresar en la Academia Francesa al considerar que la institución es un “abuso de poder” –basta comparar con la prisa y el ansia que demuestran algunos autores de estos pagos-, le situó como referente moral de muchos lectores.
Ramón Gaya, en una de las entrevistas que se incluyen en “De viva voz” se sorprende cuando se le señala que sus afirmaciones son polémicas. Él consideraba que lo verdaderamente polémico es que un artista no pueda decir lo que desee y que lo importante sea su obra. Cuando, ya octogenario, recibió el primer premio Velázquez de pintura, todos sus admiradores nos alegramos, pero también sospechábamos que a él le daba totalmente igual. Sus preocupaciones eran otras.
Como también parecen ser otras las de un escritor oculto pero constante, que sigue trabajando a sus noventa y siete años, y que pasa desapercibido porque habla de las sencillas cosas del campo, con una delicadeza y estilo únicos. A José Antonio Muñoz Rojas le llegó hace cinco años el reconocimiento a través de ese hermano pequeño del Cervantes que es el Reina Sofía de Poesía –qué original la rima-, pero sigue siendo un escritor para gourmets, que publica regularmente una nueva perla pese a que los voceros de la cultura no parecen darse cuenta de ello.
Publicado en el diario Público el 24 de diciembre de 2007

30 diciembre 2007

El rostro y la máscara

Una de las cosas más divertidas de las que puede disfrutar un lector interesado hoy en día en España es de lo que Rafael Reig dio en llamar el “tam tam de Alfaguara” en una divertida entrega de su blog.
Por ejemplo, a día de hoy cualquier lector interesado puede encontrar un video de Internet donde el entrevistador dice que Javier Marías se prodiga poco –bueno, es una de las tonterías que se escuchan en esa entrevista como lo de que el de Marías es el “proyecto más ambicioso de la literatura española” sólo porque es una novela de unas dos mil y pico páginas; de medirse la ambición de un proyecto por el número de árboles cortados para su impresión es evidente que en España hoy gana Andrés Trapiello, que lleva ya catorce volúmenes de diarios a razón de unas seiscientas páginas de media, le dejamos a Antonio San José que haga cuentas y examen de conciencia-. Y uno está de acuerdo con la tontería si dijera que se prodiga poco cuando no saca libro, pero desde que apareció el libro de Javier Marías a finales de septiembre como lanzamiento estrella de la temporada en Alfaguara uno le ha visto, leído, escuchado en entrevistas en la tele, en la radio, en esos festivales horrorosos llenos de gentes dedicadas a la literatura que el “auténtico” Marías tanto aborrece. ¿De dónde se sacan esta máscara tan absurda, a quién quieren convencer de su bonhomía, por qué se empeñan en hacerse pasar por seres huraños?
Supongo que porque saben que la gente, y aclaro que cuando digo gente hablo de esos que se llevaban hoy de las librerías del centro la continuación de Los pilares de la tierra a razón de dos o tres ejemplares por cabeza –son los regalos de navidad me dijo uno que conocía-, con lo que se iban con cinco quilos y medio de papel –me he enterado por el artículo de Peio en Público de que cada ejemplar del librito pesa 1700 gramos, para que luego digan que no es un libro pesado-. Pues eso, que en Miguel Yuste 40 y en Torrelaguna 60 saben muy bien que el escritor tiene que ser un tipo alejado del mundanal ruido, donde no se le comprende, y que hay que dejarlo claro en todo momento. Ahora, uno, que no vive muy retirado del domicilio de Marías, lo ve con cierta asiduidad por la calle, y no tiene la sensación de que este hombre viva en otra galaxia. Sensación que sí tiene cuando lee sus artículos, la de que vive en la Galaxia Marías. Sí, él es el centro.
Algo parecido sucede con otro de los que provocan terremotos en la zona del metro de Torre Arias o al lado del puente de Arturo Soria: Mario Vargas Llosa. Don Mario –me parece que hay que ir adaptando la nomenclatura a las maneras- siempre se queja de que cuando está por los Madriles no tiene tiempo para escribir, y que por eso se escapa del Foro para pasar temporadas en sus otras viviendas, la de París y la de Londres. Edmundo Paz Soldán, que es un escritor joven –parece todavía más joven de lo que realmente es- y sólido, de esos que se van haciendo un hueco en el corazón de los lectores a pesar de las portadas que le hacen –por cierto, señores de Torrelaguna, aprovecho para pedir que despidan al diseñador que se ha encargado de realizar la portada de Palacio Quemado, la última novela de Paz Soldán, y del ejecutivo que la ha aprobado-, comenta en su blog que don Mario –dentro de poco El Don a secas- le dijo “Me paso la mitad de mi tiempo defendiendo la otra mitad de mi tiempo”, por la numerosas invitaciones a actos sociales y demás que recibe. Y uno piensa que estamos, de nuevo, ante otra máscara, otra hipócrita aseveración. ¿Realmente pretende El Don hacernos creer que no puede decir que no a estas invitaciones? Es de locos que alguien que genera tanto dinero como él se vea obligado a ir ejerciendo de correpasillos en fundaciones u organismos de todo tipo. Yo conozco a muchos escritores que, cuando les invitan a esos saraos, dicen que no y punto. Se quedan en su casa y escriben, y nadie les echa nada en cara. Ahora bien, El Don seguro que se siente a gusto con compañías tan intelectuales como Esperanza Aguirre –que le ha metido en el patronato del Teatro Real- o tan intachables como Ramón Calderón –Paz Soldán comenta en el blog que el acto al que iba lo organizaba la “Casa Blanca”, quizá El Don, equivocado, se pensó que la invitación era para otro sitio-, y por eso no le importa postergar su trabajo unas horas.
Hoy hace una semana que falleció en el hospital un hombre tranquilo, Louis Poirier, al que el mundo conoció como Julien Gracq. Era uno de los pocos autores que había vivido la alegría de verse incluido en La Pléiade en vida. Pero fue mucho más. Fue el autor de un panfleto durísimo contra los premios literarios, concretamente contra el Goncourt, que se llamó La Littérature à l'estomac. Al año siguiente de editar ese panfleto se vio elegido como uno de los finalistas al mismo premio que había vilipendiado por su novela El mar de las Sirtes. Escribió a la institución responsable solicitando que se excluyese su novela del galardón para evitarle el mal trago de tener que renunciar al premio. Pero la organización no le hizo caso y le premió. Gracq rechazó el premio, demostrando una coherencia que pocas veces se ve en el mundo de las letras. Más tarde rechazó también su inclusión en la Academia Francesa. Vivió alejado del mercado y de las obligaciones sociales que a otros parecen molestar tanto. Se limitó a no entrar en ellas, a no condescender.
Un escritor verdadero no necesita máscara, normalmente los que van enmascarados por la vida son los bandidos o los payasos. Cada uno que escoja.