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19 marzo 2007

Tres ediciones como tres soles

Leo con alegría en el blog de Vicente Luis Mora que se ha lanzado la tercera edición de Las afueras. En diez años tres ediciones de un libro de poesía, de un autor casi desconocido, Pablo García Casado, al que se acercan sólo los interesados por el boca a boca, es una noticia maravillosa. Pero más importante es que el libro es una de las mejores obras que ha dado la poesía española en los últimos años, que ha abierto numerosos caminos a la poesía de este país y que su influencia se va dejando sentir de un modo continuo en los nuevos poemarios que se van publicando.
Supone también, es justo recordarlo, el reconocimiento a la atinada –y arriesgada- labor de Sergio Gaspar desde su editorial DVD. Cuando hace diez años apostó por un novedoso, extraño libro de un autor inédito de veinticinco años para su editorial –una editorial que acababa de recuperar un libro fundamental de uno de los grandes desconocidos, o no tanto ya, de la poesía del siglo pasado: Fonollosa- demostró un olfato genial para detectar por dónde iba a discurrir la poesía en los años venideros.
Ese mismo año, Las afueras era reconocido con el I Premio Ojo Crítico de Poesía de RNE, y fue finalista del Premio Nacional de Poesía. Pero, por encima de esos premios, que muchas veces pueden ser engañosos, el gran mérito del libro está en la comprobación de que se ha convertido ya en un libro clásico, fundacional de la poesía de este siglo xxi, que debe ser impreso cada pocos años porque la demanda no cesa.
La excepcionalidad del libro y el consenso crítico que produjo jugaron a la contra de un libro menos sólido pero lleno de nuevas indagaciones y recursos como fue El mapa de América. Tal vez quien mejor lo haya entendido ha sido Vicente Luis Mora, que le dedicó un certero texto, “El mapa de Pablo García Casado. Un mundo infeliz”, incluido en su libro Singularidades –un estupendo y arriesgado libro del que, por cierto, no se ha hablado aquí porque tras solicitárselo en repetidas ocasiones a su editor, éste no tuvo a bien mandarlo, por lo que uno tuvo que comprarlo, y me parecía injusto no devolver el feo con el feo, lo siento, sobre todo por el autor-, donde analizaba con tino los riesgos y búsquedas que asumió el autor en su segundo libro.
La segunda edición de Las afueras –habría que hablar de reimpresión, pero tampoco va a ponerse uno a partir pelos en tres- se anticipó unos pocos meses a la aparición del nuevo libro de su autor. Tengo la esperanza –que siempre es ansiosa- de que el caso se repita y en unos pocos meses Sergio Gaspar y DVD nos den la alegría de ver impreso un libro nuevo de García Casado.
Pablo García Casado Las afueras DVD, Barcelona, 2007

25 julio 2006

Donde nadie los ve

Es bien cierto que la industria ha obligado al narrador de distancias cortas a recoger sus piezas en conjuntos para facilitar su acercamiento a los lectores. Los editores se amparan en esa frase hecha de que, para publicarlos, los libros de relatos deben tener “lomo”, esto es, ser gruesos. Una novela de ciento y pico páginas encuentra acomodo en un catálogo, o un poemario de sesenta, pero un libro de setenta y ochenta páginas de relatos no tiene “lomo”. Y así muchos buenos autores de cuentos –a veces de un solo cuento- se quedan al margen porque, al contrario que el ganado, no tienen lomo.
Para mayor problema, al reunir esas historias se les pide que tengan un criterio unificador que estructure el libro. En uno de sus menos breves, y aún así corto, texto, Augusto Monterroso hablaba del horror diversitatis que estrangula la creatividad de los cuentistas a la hora de publicar sus relatos. Si ya de por sí es problemático encontrar editores que apuesten por libros de relatos, los que hay suelen preferir libros hechos y no meras recopilaciones de textos. Por eso los autores hacen peregrinos intentos para justificar la hermandad de un texto sobre las iguanas de las Galápagos y otro sobre las pelusas de su cuarto.
Y la mayoría de las veces lo que les da unidad a los libros es el tono, el estilo, más o menos decantado de su autor. Se considera que si el lector se esfuerza ya en vivir trece historias en vez de sólo una a lo largo de la lectura del libro, es complicarle mucho la existencia al andar haciéndole también acostumbrarse a distintos modos de contar las historias, cuando no, directamente, de plantear innovaciones constantes con ese objetivo.
Digo todo esto porque hay que valorar en su justa medida el esfuerzo realizado por Vicente Luis Mora en un libro como Subterráneos. Valorar, por encima de otras cuestiones, su voluntad de violentar la normalidad impuesta por el mercado en la narrativa, hasta el punto de marginar todo texto que no entre en esos restrictivos cánones al más severo ostracismo. Buena muestra de ello es la escasa repercusión que sus tres recientes publicaciones han suscitado. Por su radicalidad, poemarios como Construcción, ensayos como Singularidades y libros de relatos como Subterráneos, deberían despertar reacciones más convulsas de las que se han dado. Pero las escasas reseñas sobre ellos se han limitado a atender los pasajes de crítica más o menos explícita sin leer con detenimiento la parte de propuesta, de novedosa y arriesgada propuesta que suscitan.
La lectura de cada uno de los diecisiete relatos que componen este libro no provoca las mismas sensaciones. Hay textos en los que se aprecia, por encima de todo, una voluntad de violentar las fronteras del género desde una perspectiva más ensayística, como Habitat o Para un nuevo bestiario, hay una intención clara de actualizar los temas y las referencias a un nuevo mundo que la mayoría de los escritores ignoran o desdeñan, Los dos mundos o Psiquia, narraciones metadiscursivas como Así se cuenta un cuento, relecturas de textos ya clásicos como La biblioteca de Babel (versión 5.0), o narraciones que se descodifican a sí mismas a través de sus referencias, como textos de eso que se llamó “posmodernidad”: El texto urbanizado. La radicalidad de las propuestas no evita que, en determinadas ocasiones, los textos se resuelvan con fracasos: La prueba nº15 o Topo, si bien puede deberse a que en ellas se ha decantado en exceso la balanza hacia el discurso por encima de la narración en sí.
Del mismo modo que ha quedado ya claro que buscar la innovación a toda costa, sin reparar en los resultados, es un error que caducó con las vanguardias, despreciar un texto sólo por la voluntad de innovación que demuestre es igualmente erróneo. La capacidad de innovar, de salirse de lo que el propio Mora ha denominado normalidad, no es un mérito o demérito en sí, sino que es, solamente, una de las posibilidades que están a disposición de un autor.
Y más en el caso de autores como Vicente Luis Mora donde se aprecia de un modo claro que el vanguardismo de sus propuestas está directamente relacionado con una voluntad real de aprehender, de explicar y conocer el mundo que nos rodea. Ceñirse a los caminos trillados, a la mediocridad que no es normal pero que sí se ha vuelto, tristemente, norma, es una evidencia palpable de falta de ambición, de incapacidad y, en definitiva, de calidad. Todo artista que busque decir algo –y no repetir como un loro lo que otro ha dicho- debe ensanchar las fronteras de la expresión en la búsqueda de ese “algo” que no comprendemos, pero que, parece ser, buscamos. Llámenlo dios, esencia o vacío, amor, tanto da… pero toda expresión artística verdadera señala a un algo que quiere explicar.
Vicente Luis Mora ha ideado no diecisiete historias, sino diecisiete mecanismos para intentar desvelar ese algo. Unas veces has estado más cerca que otras, eso es indudable, pero ¿cómo no alegrarse de que se arriesgue para intentar buscarlo de otros modos entre tanto escritor adocenado?

Vicente Luis Mora Subterráneos DVD ediciones, Barcelona, 2006