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03 abril 2007

La piedra filosofal

¿Puede trazarse una historia de la imaginación humana? Como labor es un ejercicio titánico, pero hay algunos arrojados que se lanzan a la labor. Patrick Harpur es una de ellos, y lo ha hecho de un modo magnífico en un libro que podemos considerar canónico y de obligada lectura. Compruebo que el libro está siendo un pequeño éxito, y que hay al menos una reimpresión ya en las librerías, así que me alegra sobremanera comprobar que el boca a boca sigue funcionando con los buenos libros.
Harpur realiza un repaso de todas las creaciones del ser humano a través de su imaginación, que él identifica con la capacidad del ser humano de hacerse preguntas, de intentar entender el universo a través de las herramientas que posee, y la capacidad de fabular es una de ellas. Hay una realidad empírica, mensurable, hecha de objetos físicos que nosotros percibimos a través de nuestros sentidos. Pero hay, también, otra, no menos importante, que a lo largo de la Historia del hombre ha ido tomando diversos rostros.
Desde los seres feéricos –traducción algo forzada de los faeries de la cultura anglosajona- hasta los más recientes estudios de los psicólogos y psicoanalistas. Y en el camino nos va hablando de los daimones griegos, de los santos y la mística cristina, pero también de trabajos de desarrollo de la imaginación como la teoría de la evolución de Darwin –uno de los momentos más osados e interesantes del libro- y numerosas teorías científicas. Hábilmente, Harpur los relaciona a todos, porque todos son productos de nuestra capacidad de imaginar, y todos están mucho más relacionados de lo que, en principio, podría parecer. Relaciona todos con el mundo inferior, porque todos esos actos son intentos de entender, descifrar, crear, ese mundo inferior que intuimos y sentimos pero que no podemos registrar usando los mismos métodos con que estudiamos nuestro plano, y que debemos intuir, imaginar.
No es casual que relacione los desarrollos teológicos con los recovecos del inconsciente, porque Harpur trabaja con la certeza de que ese Mundo inferior está en nosotros mismos, y el sendero que nos lleva hacia él pasa por abrir los ojos a nuestro interior como paso previo a ver como el universo entero se descodifica para nosotros.
Pero todo esto que comento podría hacer pensar en un iluminado, un visionario cercano a William Blake –protagonista de otro de los grandes capítulos del libro- que ha volcado al papel sus sueños e intuiciones. Y sí, pero no es sólo eso, porque el libro está construido sobre una sólida base filosófica y cultural, y cada uno de los capítulos está sobradamente apuntalado por un aparato crítico deslumbrante y, lo que es más importante aún, los distintos enfoques a los que se aproxima el discurso están siempre marcados por un uso lógico y racional, un modo perfectamente claro y desenvuelto que arroja luz sobre los oscuros temas que trata. No hay en este libro un solo momento en que el autor se abandone al “porque sí”, a la autosuficiencia, sino que todos los temas están trabajados desde la lógica y la razón.
¿Contradictorio? ¿Un libro sobre la imaginación escrito desde una perspectiva cartesiana? No puede serlo de otro modo si pretende ser sólido, si quiere transmitir ideas y no sólo intuiciones. Y ahí radica lo más atractivo del libro, su principal virtud: logra analizar desde el logos el mito, de un modo claro, huyendo de la terminología rebuscada en la que, normalmente, el filósofo se resguarda. No, el estilo de Harpur es sencillo, claro, diáfano, y consigue de ese modo un ensayo que sirve como verdadera piedra filosofal para entender el devenir del pensamiento mítico, imaginativo, a lo largo de la historia del hombre.
Patrick Harpur El fuego secreto de los filósofos Atalanta, Vilaür, 2006

30 enero 2007

La obra de un explorador

¿Se puede leer ingenuamente? ¿Podemos asimilar las narraciones sin tener en cuenta el momento en que fueron creadas, sin ubicarlas en la cadena de la Historia de la Literatura? ¿El lector ideal es el que tiene en cuenta el texto y su contexto o el que se sumerge en el sin ningún tipo de idea preconcebida? Es una pregunta que me he hecho muchas veces, incluso he llegado a creer que puede ser un baremo interesante que separe a las obras maestras –esas piezas que todos dicen haber leído pero de las que se habla casi siempre por referencias- de las que no lo son. El baremo consistiría en que la lectura de esos libros, tanto en el momento de su nacimiento como a través de los años proporcione la misma sensación de novedad, sin perder nunca su calidad artística. Cuando uno lee a Shakespeare o a Cervantes –por poner dos ejemplos irrebatibles- uno siente que se le habla de cosas que ve en su día a día, y que se hace de un modo cautivador. Y, del mismo modo, parecen hablar al catedrático como al lego, sin hacer distinción entre ambos.
Toda esta reflexión viene a cuento del libro de H.G. Wells que acaba de editar Atalanta: Los ojos de Davidson. ¿Debemos leer a Wells con la misma ingenua perplejidad con que lo leyeron sus coetáneos victorianos? El prólogo de Alberto Manguel parece apuntar en esa dirección. Parece decirnos: pasemos por encima de los tópicos sobre Wells –prejuicios, debemos ser justos al reconocerlo, que han marcado su obra tras la muerte del autor- y leamos sus cuentos como prefiguraciones de la ciencia-ficción por venir. Sorprende en el prólogo las limitadas referencias de Manguel. Limitadas si considerásemos que la literatura es el mundo, algo muy borgeano que, posiblemente, ha heredado Manguel de su relación con el hacedor ciego. En tal caso habría que reconocer que Manguel tiene un amplísimo conocimiento del mundo. Ahora bien, la herencia más profusa de Wells, la más fértil, no está en la literatura, sino en expresiones de mayor éxito popular como el cine o los cómics, por no hablar de la televisión. La lectura de los cinco relatos recogidos en este volumen evoca innumerables referencias a un lector que esté más en ese mundo audiovisual que en la enorme biblioteca de referencias de Borges y Manguel.
Y por eso hay que volver a lo preguntado, ¿cómo debemos leer a Wells? Si lo hacemos ubicándolo diacrónicamente se engrandece, no por cuestiones estéticas, sino temáticas. Ha quedado en la mente de todos como un precursor de la ficción científica y ciencia ficción –no son lo mismo- y agudo montador de parábolas sobre la condición. Pero la realidad es que hoy los textos de Wells se han quedado un poco viejos, son pasto de nostálgicos y eruditos y el lector no va a encontrar historias o enfoques que no haya visto ya mejor resueltos en obras que, sí, son posteriores a esta, pero también resultan más interesantes.
Eso nos aboca a una nueva pregunta: ¿es pertinente la edición de este libro?, ¿podemos pensar que Wells está superado y hay que dejarlo como pasto de libreros de viejo e historiadores de la literatura? Está claro que la literatura no se mide como la ciencia, y por eso la respuesta debe ser afirmativa. Una literatura –y al decir esto estoy haciendo una mezcla casi imposible de mercado y arte, así como de los que los usan y practican- debe tener siempre disponibles a los clásicos, a las obras de referencia. Para un aficionado a la ciencia ficción este libro supondrá la fijación de los padres del género, y por lo tanto debe ser una lectura casi obligada. Comprenderá que tanto la ciencia como la ficción se han desarrollado más bien poco en estos cien años. Para un lector de Wells supone la posibilidad de disponer de los textos fijados en una buena traducción que, como en el caso de “El país de los ciegos” –el relato más conocido de su autor, y más editado-, aporte las dos versiones que el autor hizo del texto al pasar los años. Y, para un lector que busque una narración bien planteada y entretenida es una oferta inigualable, ya que en el libro se recogen cinco historias que, sobre todo, entretienen y divierten al lector.
Pero sigue flotando en el aire la duda del inicio. ¿Podrá está edición cuidada y respetuosa situar a Wells en un canon de autores mayores? Yo creo que no, porque la función de Wells en la narrativa no parece la de un gobernante, sino más bien la de un explorador.
H.G.Wells Los ojos de Davidson Atalanta, Vilaür, 2006

20 diciembre 2006

Un gran camino hacia la sabiduría

A poco atento que uno estuviera en las clases de filosofía del instituto y la universidad siempre terminaba por preguntarse lo mismo: ¿cómo es posible que la civilización griega, que tenía constantes contactos con muchas civilizaciones orientales, no ha demostrado nunca la más mínima influencia del pensamiento de dichas civilizaciones? Afortunadamente hay más gente que se sentía igual de sorprendida que uno, y entre ellos estaba Peter Kingsley, que se ha dedicado a rastrear esos focos de espiritualidad, de pensamiento mítico, entre la herencia de la cultura griega clásica.
Hasta cierto punto parece lógico que con una finalidad educativa se simplifique el conocimiento, lo que sucede es que hay que dejar siempre claro que esa simplificación no es la verdad, sino tan sólo una adaptación destinada a divulgar el saber. En mis clases, en muchas conversaciones, me sorprendo a menudo al ver que la gente ha tomado demasiado al pie de la letra lo que le enseñaron en el colegio. Por ejemplo, muchos alumnos llegan convencidos de que la literatura está conformada por compartimentos estancos que unidos los unos a los otros como si fueran las piezas de un juego de construcción forman la literatura. Les sorprende, por ejemplo, saber que Bécquer y Rosalía fueron contemporáneos de Valera o Galdós. Les sorprende, por ejemplo, que la edición de las Rimas coincidiera con los primeros Episodios Nacionales, y también que Blasco Ibáñez sea contemporáneo de Unamuno –de hecho don Miguel era tres años mayor que él- pese a que su obra evidencia una visión literaria rebasada en su época. Son generalizaciones que vienen bien para los dependientes de las librerías –“pues dónde va a estar Borges, en novelistas por la B, qué clientela, Dios”– o para los guionistas de concursos –“-¿Famoso poeta renacentista italiano? -¿Ariosto? –No, Dante. Te dijimos del Renacimiento.”– que para la realidad.
Tan sólo hemos heredado una visión pragmática, lógica, del pensamiento griego. A los pensadores anteriores a Sócrates –ese genial personaje de ficción- les han acomodado en una categoría, la de los presocráticos, donde entra todo. Luego los dos momentos fundamentales de la filosofía clásica: Platón y Aristóteles –los únicos que todo el mundo estudiaba en COU, porque uno de los dos siempre caía en selectividad, aunque a mí me cayó San Agustín y Descartes- y la decadencia. A través de la visión que ambos dieron de sus predecesores nos hemos orientado hasta hoy. Platón siempre se señaló como heredero de Parménides. Se consideraba su discípulo y así lo señaló, situándole como el “padre de la lógica occidental”. Las apreciaciones platónicas del Zenón y el Parménides le hacen señalar a Kingsley que estamos ante un verdadero asesinato del padre. Por de pronto, Kingsley recuerda que el elegido por Parménides como alumno fue Zenón, por lo tanto pese a la pésima consideración que demuestra Platón hacia él, algo debía diferenciar el pensamiento de ambos. En este libro no se duda en indicarlo para el que lo quiera ver: Zenón sí siguió el pensamiento mítico, sanador, de Parménides.
A lo largo del libro ya se ha encargado de que el lector conozca ese pensamiento, muy alejado del tópico que nos ha llegado sobre el pensador foceo. Siguiendo la estela de unos descubrimientos arqueológicos en el sur de Italia –el terreno de los pitagóricos-, Kingsley reconstruye la trayectoria del pensamiento de los habitantes de las polis de Focea y Quíos, situadas en la costa de Anatolia. Dicho pensamiento consistía en unas prácticas casi chamánicas, ritos iniciáticos que nos hablan de una preparación de la muerte, de una aclimatación del pensamiento y del cuerpo destinada a ver ese Otro mundo, que hay detrás de la realidad que percibimos. Cualquiera un poco instruido verá de un modo evidente una unión de ese pensamiento con la visión trascendente de otros pueblos orientales –que en el caso de las tres religiones semíticas, Judaísmo, Cristianismo e Islam se ha polarizado y convertido en una recompensa o castigo; mientras que en otras disciplinas toma otros matices, como en el caso del Induismo, Budismo o Taoismo-.
Kingsley sigue el recorrido físico de los habitantes de dichas polis y la evolución de sus ritos que tienen como referente simbólico a Apolo. Reconstruye los procesos y la razón de los mismos siguiendo referencias históricas, descubrimientos arqueológicos, analizando el propio poema de Parménides –un viaje al otro mundo- e, incluso, realizando análisis linguísticos comparativos de textos griegos clásicos. El resultado es un libro iluminador sobre la cultura griega, que como todo texto destinado a abrir el sendero del conocimiento traza nuevas fronteras en el saber y despierta una voracidad lectora de más textos sobre el mismo asunto.
Pero es, por encima de los aspectos culturales e intelectuales, una lectura sanadora, que analiza una cultura de la sanación –no he usado de un modo intencionado curación- destinada a ayudarnos en nuestro día a día. Su revolución está inmersa en la raíz real de este libro. Como bien dice al final del mismo su autor: “este libro que acaba de terminar, lector, es sólo el principio”.
De todos modos no me resisto a hacer una lectura pitagórica o parmenéitica del mito de la caverna de Platón. Siempre hemos pensado, creído, que era la lógica y la razón lo que podría conseguir que en vez de las sombras fueran las imágenes reales lo que presenciaran los hombres de la caverna. Pero, ¿y si las sombras fueran este mundo, lo que percibimos de una manera consciente, y lo real fuera ese Otro mundo que se nos presenta mediante distintos tipos de conocimiento? Los narradores de lo fantástico y el neo-fantástico, los místicos, los psicólogos –especialmente los psicoanalistas jungianos-, los surrealistas, ¿no son sino intérpretes, buscadores de las razones de ese Otro mundo para el que el rito iniciático foceo nos prepara? ¿No es la filosofía, como su nombre indica, un camino de búsqueda en vez de una rígida estructura de pensamiento?
Peter Kingsley En los oscuros lugares del saber Atalanta, Vilaür, 2006