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17 agosto 2011

La violencia nuestra de cada día


Nos resulta más consolador pensar que la violencia está encerrada en las pantallas, del cine o de la televisión o dentro de las páginas de un libro, de las noticias del periódico, de algún noticiero de la radio. Son cosas que suceden siempre lejos, en la ficción, en las secciones de sucesos. Como mucho las asumimos cuando se trata de una narración “basada en hechos reales”, que finalmente nos convence de la suerte que tenemos de vivir en un mundo más o menos pacífico gracias al simulacro de algo que, en realidad, nosotros hemos consumido como ficción. Por fortuna casi nadie contempla un tiroteo en su vida. Pocos son los ciudadanos europeos que hayan visto morir a un semejante alcanzando por un arma de fuego si no es en algún telediario. Pero la violencia está mucho más cerca de lo que nos gusta pensar , de lo que preferimos creer. Muchas veces al otro lado de la pared que separa nuestra casa de la del vecino. De eso trata este cómic.
No moriré cazado no está basado en un hecho real, sino en una novela homónima de Guillaume Guéraud, pero hay algo en ella que nos dice que hechos como esos están sucediendo todos los días al lado nuestro, que son inquietantemente más reales de lo que podríamos pensar cuando decidimos arriesgarnos a abrir el libro y lanzarnos a su lectura. No me refiero con ello tanto a la matanza que sirve como inicio y final de la narración y que es, a la postre, lo que puede parecer más significativo de esa violencia sobre la que pivota la narración, porque es ahí donde se da lo extraordinario y singular que alberga la historia -por fortuna no todos los días nos sorprenden noticias como las de Puerto Hurraco-, sino el modo en que los miembros de la sociedad van poco a poco inoculándose ante la violencia, que es el verdadero germen de esa matanza final. Ya sea porque prefieren mirar hacia otro lado cuando esta sucede o, más terrible todavía, porque la han convertido en una parte más de su existencia hasta el punto de que disfrutan de ella o no son, siquiera, conscientes de su presencia. Lo cotidiano pasa inadvertido. Ahí es donde reside el verdadero interés de la historia de Guéraud y la habilidad de Alfred para trasladar eso a una narración gráfica consistente, que es el reto al que se ha sometido al hacer este álbum.
Lo más interesante del enfoque de Alfred es que la violencia aparece tan sólo en el momento en que puede ser asumida por el lector, cuando está ya preparado para, si no identificarse con ella, sí justificarla, comprenderla. Antes se ha ido presentando la vida cotidiana del pueblo, las miserias de sus habitantes y, sobre todo, el entorno sádico en que el protagonista y narrador se ha visto envuelto desde la infancia; para, finalmente mostrarnos al tonto del pueblo y sus relaciones con la sociedad. Porque es el elemento que funciona como vórtice de la historia, ya que es él quien sufre de modo totalmente silencioso, sin capacidad alguna de defenderse, esa violencia. Alfred no cae en la tentación de poner ante los ojos del lector el acto violento en sí, sino los resultados, el cuerpo lacerado y sangrante de la víctima, pero no la violencia que ha ocasionado esas heridas.Más adelante, cuando los resultados son fatales ni siquiera se llega a mostrar el cuerpo torturado de la víctima. Se sirve de un escueto texto de apoyo, uno más de los que han servido para vertebrar la voz en off del narrador, y un fuera de campo pudoroso que deja a la imaginación del lector la clausura de la escena, construir en su propia imaginación la imagen de la víctima moribunda. Para qué más, parece decirse Alfred, ¿cómo va a poder construir gráficamente esa barbarie? Ahí hay que buscar uno de los principales aciertos del autor. Frente a la tendencia casi absurda de mostrar hasta el más mínimo detalle la violencia, de recrearse en su vacua espectacularidad, Alfred prefiere dejar en las manos del lector la labor de visualizar, de construir esa violencia. ¿Cuánta violencia podemos imaginar? Parece dirigirse a ese algo turbio que duerme en nosotros, a obligarnos a atisbar cosas que no queremos reconocer.
En cambio, sí decide mostrar esa violencia en acto cuando se retorna al inicio de la narración, el momento de la matanza. Una salida trasera y falsa, un desesperado grito de derrota al que el narrador no puede escapar, porque aunque ha intentado no caer en la molicie de su entorno, tampoco ha logrado finalmente salir de ella, escapar al destino trágico y violento al que parecía condenado. Eso hace que la hipotética lectura de este álbum como una mera muestra más de serie negra sea absurda. Por muchas referencias y homenajes que haya en él, como el que se intuye a Jim Thompson y su Pop. 1280 (1280 almas), por ejemplo. No, Alfred va más allá de un sencillo thriller, ahí reside el verdadero acierto de este álbum. En la capacidad de trascender la historia que tiene entre manos para forzar al lector a pensar, a tomar conciencia clara de lo que sucede a su alrededor.
Sería una pena que, por el simple hecho de que el libro se pusiese a la venta en el mes de agosto del año pasado, no tuviera todos los lectores que merece. De momento han sido pocos, pero quizás se trate de uno de esos casos en que la obra va llegando poco a poco a un público más amplio. Pensemos que, a veces, tiene razón la canción popular: “No hay que llegar primero, pero hay que saber llegar.”
Alfred No moriré cazado Astiberri, 2010
Este texto apareció dentro de la sección Lost & Found de la revista virtual numerocero.es

13 abril 2007

Historias de tono menor

Yo me he acercado a este cómic por referencias. No personales, no me ha llegado ningún amigo y me ha dicho: “Oye, léete este tebeo, que está muy bien”. No, he leído las listas de candidatos a los premios del próximo Saló del Cómica de Barcelona y he visto que esta obra es candidata a ganar todo lo que se puede ganar. Y luego he visto que con su anterior trabajo ya ganó bastantes premios, así que me he acercado a la tienda de cómics de al lado de casa –porque he pasado por la de al lado del trabajo, que tiene la mejor encargada de tiendas de cómics del mundo y no les quedaba- y me lo he agenciado.
Y lo he leído como se debe leer todo libro: totalmente virgen en lo tocante al asunto –no tenía ni idea de qué trataba- y totalmente esperanzado en encontrar algo bueno. Me he acordado de cuando Clarín en La Regenta habla del espectador ideal, que sólo se sirve de su sensibilidad para acercarse a las obras.
He leído las casi doscientas páginas del tebeo de un tirón, con verdadero deleite, pasando del dibujo con aires de manga –por lo visto David Rubín se gana la vida en la industria de los dibujos animados y es normal que tarde en soltar la mano- al más expresionista de la historia final. He disfrutado mucho con las historias humanas, irónicas a veces, siempre tiernas, cargadas de humanidad, que ha usado para construir su libro. Hay que decirlo claro: me parece un tebeo divertido, que se lee con placer y gusto, y que está construido sobre verdades e historias que nos tocan a todos, no como la mayoría de los tebeos, que hablan de mundos paralelos y cosas extrañas de otros planetas.
Ahora, teniendo en cuenta la cantidad de reconocimientos críticos que ha recibido este libro –y que seguramente merece- crece una sombra que me inquieta. ¿Es un libro como este, honesto y sincero, muestra de un trabajo y un oficio encomiables lo mejor que ha dado el cómic español este año? Posiblemente sí, y hay que felicitar y reconocer a Rubín por ello. Pero eso deja al medio muy maltrecho.
El gobierno, en una de estas decisiones que siempre se aplauden unánimemente porque suponen reconocer a las diversas expresiones artísticas, acaba de decretar la creación de un Premio Nacional de Cómic –además, así, sin usar el castizo tebeo, que se ve que no da clase- para premiar la labor de unos creadores de un medio que cada vez tiene mayor entidad y prestigio que debe ser reconocido. Y es verdad. Ahí tenemos a muchos autores de cómics que deberían ser premiados, lo que sucede es que los aficionados al cómic nos vemos siempre en el mismo cruce de caminos. Moore –Alan, por supuesto- señaló que con Watchmen no quería hacer otra cosa que una obra compleja, una obra tan compleja como la ficción literaria y cinematográfica actual, y lo consiguió. Art Spiegelmann eligió el cómic como medio de expresión para una historia escalofriante y magníficamente expuesta, sobre todo en lo tocante al punto de vista y la abierta autocrítica hacia la actitud del pueblo judío desde la que está escrita –que es lo que hace de MAUS algo único, y no el relato del Holocausto-, y por eso ganó el Pulitzer, el de literatura. Porque ahí es donde está, sin duda, la piedra de toque de todo este asunto, en la comparación de las grandes obras de un medio con las de otro. Y de ahí es de donde debe salir el cómic. De unos años a esta parte muchos autores amamantados por la lectura de los grandes tebeos de los ochenta –pienso en Miller y Moore sobre todo- y de los noventa –toda la factoría indie, Fantagraphics y underground- están acercando el medio a temáticas más maduras, más humanas. Muchos autores no tienen el más leve interés en las historias de género –superhérores o lo que sea- y les interesa más contar historias de seres humanos normales, como nosotros. Y son, siempre, obras dignas, algunas muy honestas, y de grata lectura -¿les suena lo que he comentado de este libro de Rubín?- pero de un vuelo muy corto. Hay miedo, verdadero miedo, a internarse en empresas de mayor calado. Y prefiero pensar que es miedo a falta de capacidad. Cuando algún autor, como Carlos Giménez, se ha enfrentado a grandes ciclos temáticos –Paracuellos, Barrio, Los profesionales, Historias de sexo y chapuza- lo ha hecho siempre desde un lugar anecdótico, de historias breves más o menos humorísticas, y poco más. No hay una intención de hacer obras grandes.
Yo echo en falta el espíritu de Spiegelman de contar una historia, independientemente del tamaño, de profundo calado. Algo que pueda competir con cualquier medio, que sea la labor de un creador, no un buen tebeo a secas. La taberna del oso malayo lo es, es un buen tebeo, pero uno quiere más. Aprovecho que Rubín es muy joven para pedirle ese más.
David Rubín La tetería del oso malayo Astiberri, Bilbao, 2006