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12 abril 2012

Prohibido abrir este libro

Me he dado un atracón de nuevo con No leer de Alejandro Zambra. Me lo di ya hace dos años, cuando él mismo me hizo llegar la primera edición del libro, publicada en Chile por la editorial de la Universidad Diego Portales, donde él mismo ejerce la docencia y que es, sin duda, una de las editoriales más interesantes de Chile. Pero cuando los editores de Alpha-Decay me hicieron llegar las galeradas de esta nueva edición me sorprendí imitando mi gesto de dos años atrás. Sucedió, de hecho, de un modo muy parecido: uno abre la caja de bombones y se mete uno en la boca apenas un artículo, por probar, por hacerse una idea de lo refinado del chocolate, de la calidad del pastelero. Y cuando quieres darte cuenta, no queda ni un bombón en la caja, porque has devorado uno tras otro los artículos que componen el libro. Esta bulimia puede resultar preocupante a ojos de quien no haya probado alguno de los manjares literarios de Zambra, pero no a los que ya lo conocen.
Álvaro Enrigue, en un artículo publicado en El Universal para elogiar la estupenda novela que Lina Meruane ha publicado casi a la vez en Chile, Argentina y España y que se distribuye en México con profusión, citaba a Cristina Rivera Garza a vueltas con la costumbre, extendidísima ya, de vender un libro con argumentos parecidos a los que yo he usado para hablar de la recopilación de artículos de Zambra. Coincido con Rivera Garza y con Enrigue en que “Siempre me ha parecido por lo menos paradójico –decía la autora– que para promocionar un libro… se diga de él que se lee con una facilidad tal que casi parece que no se le está leyendo.” Es más, seguro que el propio Zambra coincidiría con nosotros, y ante todo destacaría que quiere que su libro No leer, paradójicamente, sea leído de modo consciente como tal. Pero también coincido con Enrigue y su artículo en que a veces los narradores logran que, sin reducir un ápice la excelencia de su texto, logren obligar a un paréntesis en que el lector posterga todo lo que no sea la lectura. A mí, todavía, me sigue pareciendo uno de los síntomas más contundentes de que un libro me está llegando, el hecho de que sola y únicamente me apetece seguir leyéndolo, y el resto de tareas u obligaciones de mi vida pasan a ser nada más que molestos entretenimientos cuya única razón de ser parece ya la de apartarme de la lectura. Sí, así de subjetivo y neurótico puede ser el ensimismamiento de la lectura -el "ensumismomiento", habría que decir con más propiedad-, y por eso disfruto como un niño con zapatos nuevos cuando una novela me lo proporciona. Algunos amigos me reprochan que prefiera Estrella distante o Nocturno de Chile a Los detectives salvajes, cuando el único motivo real y cierto es el que he mencionado: cuando encaro la novela protagonizada por Ulises Lima y Arturo Belano no me atrapa como lo hacen las otras, que no puedo soltar y que me alejan del mundo que me rodea durante su lectura.
Pero, como el lector atento habrá notado, siempre se nombran novelas para ejemplificar esa voracidad lectora. Quizás porque en el fondo todos los lectores tenemos un lector portera latente que ansía saber qué pasa en las vidas de los otros -perdón por el matiz machista de definir a un lector cotilla como lector portera, pero estéticamente me gusta cómo suena-, y por eso cuando una historia nos fascina nos dejamos llevar por ella. Pero el libro de Zambra es una recopilación de ensayos, y pese a carecer de una trama la he devorado cada vez que la he tenido entre las manos. Conviene, entonces, pensar en el por qué de esta bulimia lectora.
Lo primero que me ha llamado, siempre, la atención de este libro es la postura desde la que está escrito. La del amor total y absoluto por la literatura, más allá de condicionamientos mercantiles o profesionales. Desde la primera a la última línea, Zambra construye un crítico coherente, razonado, capaz de dedicarle el tiempo necesario a un libro y de escuchar lo que el autor tiene que decir con él y cómo lo dice. Ya sólo por eso habría que agradecer el libro. La crítica actual está muy deteriorada, y cada día es más promoción, herramienta de ascenso social o pataleta de lector vago incapaz de entrar en un libro. Eso es lo que encuentro en la mayoría de las publicaciones, virtuales o no, que me llegan. Pero Zambra llega, incluso, a burlarse de sí mismo, del lector que fue y de cómo los años y las lecturas lo han refinado, hasta el punto de captar más matices, de establecer una relación más sofisticada con los libros que caen en sus manos.
Por otro lado, es capaz de extraer petróleo de cada lectura. Las citas que aparecen en el libro, espigadas de los textos que comenta, son siempre excelentes e iluminadoras, y no sólo hablan muy bien de sus autores, sino del lector-crítico capaz de ubicarlas y compartirlas. Insertadas, además, en un discurso, en una propuesta estética que se aleja radicalmente de casi todo lo que se nos suele vender. Zambra sabe muy bien que la lectura es un diálogo minoritario y chueco, donde uno no sabe nunca cómo son interpretadas sus palabras que, eso sí, pueden visitarse una y otra vez gracias a que están fijadas en la escritura.
Zambre tiene un tino único para leer. No sólo porque comparte muchos de los gustos con uno -aunque eso me parece ya un motivo válido para celebrar su gusto- sino que consigue despertar en el lector el deseo de leer eso que no ha leído. Muchos, por no decir casi todos, los libros chilenos de los que habla son territorio virgen para mí, y eso convierte a No leer en una guía idónea para explorar terrenos nunca hollados.
Pero, por encima de todas estas cuestiones, desde el primer momento me gusta de este libro su título y la lectura que hago de él. Cuando me han preguntado por mecanismos de promoción de la lectura -sí, a veces lo han hecho- siempre he respondido que la mejor medida sería prohibirla. Yo veo que la gente disfruta mucho más haciendo cosas prohibidas, que no dejan de hacerlas por estar prohibidas, de hecho, y que se esfuerzan mucho más para poder realizarlas que si pudieran hacerlas de modo libre y público. Así que siempre he pensado que la prohibición es la mejor promoción. Me miran raro cuando lo digo, pero lo pienso de veras. Así que un libro como No leer me llama la atención desde el primer momento, y creo que si lo leo de cabo a rabo sin detenerme y postergando cualquier distracción es, precisamente, porque entiendo que se me está vedando la lectura desde el inicio. Y no me queda otra que leerlo, obvio.
Por eso, con justa coherencia, les prohíbo que lo lean. No está en mi mano, como es obvio, velar por la dicha prohibición, sospecho que ni siquiera estoy habilitado para ejercer esa prohibición. Pero no quiero dejar de hacer todo lo que esté en mi mano para que este libro tenga lo que se merece. Y su autor, ojo con el autor, hay qeu vigilarlo de cerca.
Alejandro Zambra No leer Alpha-Decay, Barcelona, 2012. Universidad Diego Portales, Santiago, 2010.
Foto de Natalia Espina

15 septiembre 2011

El ocaso de un seductor

Hay una pregunta que todo lector se hace, supongo, antes de leer Piña. ¿Le estarían dando tanto bombo a este relato y lo habrían traducido de estar escrito por alguien desconocido -un autor de 23 años al que nadie conociera, quiero decir- o tiene mucho que ver el hecho de que Michael Cera sea uno de los jóvenes actores más reputados de Hollywood? Conviene responderla desde ya: tiene mucho que ver. No porque el relato sea malo. No lo es, para nada, pero es evidente que el eco obtenido está directamente relacionado con la noticia de "oye, el chaval ese no sólo actúa bien, también escribe". Que nadie se llame engaño.
Cuando apareció Pinecone en el número 30 de McSweeney's, estaba introducido por unas entusiastas palabras de Dave Eggers, uno de los gurús de la literatura norteamericana actual y el fundador de la mencionada revista. Eso sí, conviene ir aclarando cuestiones: la experiencia demuestra que lo mejor es coger con pinzas las recomendaciones de Eggers. Su posición, como autor inquieto y de extraordinaria influencia en el mundo cultural de los USA -y por extensión en el resto del mundo, el imperio es el imperio- se confunde muchas veces con una infalibilidad que parece tener más en común con la fe ciega que muchos católicos tienen en el papa de Roma.
Sin ir más lejos, la audaz propuesta estética de la revista McSweeney's no tiene un correlato similar en lo tocante a los riesgos estéticos de buena parte de los colaboradores habituales de la misma, por ejemplo, y aún así, por haber sido publicados en ella se les presupone un marchamo vanguardista del que carecen. Por mucho que Eggers lo haya publicado. Eso de seguir a Eggers como las ratas al flautista de Hamelin puede ser peligroso.
Un ejemplo de ello es la revista española El estado mental, cuyo formato recuerda demasiado a la otra revista de Eggers, The Believer. The Believer es una revista estéticamente torpe. Es cuadrada, que es lo que todo diseñador pide para tener más margen de experimentación en la maqueta, o sea, el formato es el idóneo para una revista de tendencias y grafismo, no para una revista de texto. Pero luego el interior es una sucesión de textos maquetados en una horrorosa doble columna que convierte a sus páginas en una secuencia horrorosamente estática, menos dinámica, incluso, que la triple columna del "clásico" The New Yorker. Por otro lado, la unidad estética que propician las portadas de Charles Burns se pierde totalmente en el batiburrillo estético que intenta recoger El estado mental, que se desliza a los terrenos de McSweeney's en la inclusión de formatos extraños que casan mal con el resto de la revista. Toda esta disertación sobre revistas pretende ofrecer un ejemplo válido de los peligros de la imitación poco o nada razonada. Muy próximos a los de la exaltación acrítica, que le da poco, o ningún juego a cualquier proyecto artístico o intelectual.
Pero es mejor volver al asunto de estas líneas: Piña. Michael Cera ofrece, sí, un texto interesante, que permite intuir hasta dónde puede llegar un autor capaz de rebuscar en las miserias del alma humana. Además sabe, y es importante también, construir un relato donde no haya elementos que sobren y cada página haya sido calibrada en su justa medida para permitir que la trama avance de modo coherente. O sea, que el señor Cera ha hecho lo que cualquier autor con un poco de vergüenza debería hacer: trabajar su texto. Nada más, y nada menos. El relato está bien, es una lectura recomendadísima, pero tampoco conviene echar las campanas al vuelo. La pregunta que hay que hacerse después de leerlo es: ¿habría conseguido un autor con un solo relato publicado en una revista ser traducido al español en un libro autónomo? No, seguramente, no. Conviene no ser ingenuo al respecto.
La historia de este actor venido a menos, de un seductor que ya tan sólo atrae a las dependientas de los restaurantes de comida rápida, tiene tintes de crueldad, de ironía que contrastan con el estilo ingenuo, muy plano, quizás pretendidamente anodino, que Mercedes Cebrián ha sabido captar en su traducción. Con todo, es quizás ahí, en la casi total ausencia de trabajo linguístico donde más flojea el texto. Porque lo mejor es la crueldad con la que dibuja al acto adolescente venido a menos, mezquino y sin demasiadas salidas. Se trata pues de un texto que, siguiendo la tradición de las revistas literarias estadounidenses -aunque casi todas se hagan entre New York y San Francisco usaremos el gentilicio de la federación íntegra-, sirve como lectura idónea para acompañar un buen café -bueno, la bebida la dejo a la elección del lector- la idea es que tiene la extensión adecuada para ese cuarto de hora de relax.
Con todo, y ya pensando en el lector, mejor la opción elegida por la editorial de traducir buenos relatos puntuales que no otras cosas que se han ofrecido al lector. Al menos, la profundidad e ironía de Piña sirve para dar cera y servir como modelo válido a los autores patrios. Con veintitrés añitos se pueden escribir buenos relatos.
Michael Cera Piña Alpha-Decay, Barcelona, 2011

21 abril 2011

Boedismo zen


Uno de los grandes temores de todo lector pasa por conocer a los autores a los que admira. Lo mejor es mantenerse alejado de los ídolos de uno, porque en seguida se deshacen. Por eso, conocer a Fabián Casas ha sido una alegría doble. Primero por el placer de leerlo, luego por la alegría de tratarlo y comprobar que es, incluso, mejor persona que autor.
Lo que no es poco, porque es un autor verdaderamente único. Yo comencé a leer a Casas casi de refilón, porque en no se qué antología leí alguna cosa suya que me gustó y en seguida intenté hacerme con sus libros. No deja de ser curioso que de los tres primeros libros que tuve de Casas, dos no estén estén ya en mi poder, sino que han pasado a ser propiedad de su editora española, a quien se los pasé cuando me preguntó a qué autor argentino podía editar para continuar con el sendero exitoso que abrió con la edición en España de Las teorías salvajes. Por suerte, cuando le escribí a Fabián para comentarle que le había pasado a la editora los libros e intentar concertar un encuentro entre ellos aprovechando su viaje a la feria de Frankfurt, él mismo se ofreció a enviarme los ejemplares de Los lemmings y Ocio que yo había regalado. Así los puedo releer con cierta frecuencia.
Para mí fue un shock leer la poesía de Fabián. Primero porque para mí, en aquel momento, muchos de los giros, de los modismos y demás argot que usaba hacían ininteligible para mí esos versos. Quizás fue eso lo primero que me llamó la atención de su obra, la constatación de que cuando somos más naturales, cuando escribimos desde el lenguaje de nuestro día a día somos más herméticos e incomprensibles. En realidad, este registro de la escritura es algo afectado, y Casas entendió eso desde el primer momento en que comenzó a escribir poesía: la expresión de los sentimientos no puede, nunca, pasar por el filtro de la retórica, de lo literario, que no hace sino enmascarar el verdadero latido del poema.
La lectura de los cuentos de los Lemmings fue, también, de una intensidad inusual. En esos relatos, que aunque independientes dibujan una suerte de tejido común que se asemeja, mucho, a una novela de la educación sentimental en la calle y el camino de la infancia a la madurez -algo que refuerzan los apéndices del libro, que no hacen sino hacer más evidentes los hilos que unen las narraciones- había mucho más que literatura. En cada página uno podía sentir el pálpito de la vida. Tras esos relatos uno podía intuir recuerdos, vivencias. Cuando he hablado con Fabián de ellos me ha hablado de que algunos le han llevado diez años de reescrituras, de dudas, de ir sacando de ellos todo lo que oliese a retórica. Por eso me interesan especialmente los relatos de Fabián Casas, porque, frente a la costumbre que de tan interiorizada no se es consciente del lector común de exigir verosimilitud o a la actual tendencia editorial y crítica de defender todo texto mediante su condición de documento verdadero, en sus narraciones se escribe desde la verdad. Todo es verosímil en la narración, sí, uno sabe que muchos de los hechos que sirven como anécdota argumental han sucedido, sí, pero va más allá. Y ese más allá es lo que a mí me interesa de su literatura.
Ocio es, en realidad, la construcción de una narración de más largo aliento, de una novela, usando los materiales que hasta ese momento habían aparecido de forma dispersa en sus poemas y cuentos. Y Los veteranos del pánico, escrito durante la estancia en la Universidad de Iowa con una beca, una especie de bitácora de la transformación de lo vivido en literatura. Por eso los dos libros de narrativa, visto siempre de una manera purista, de Casas, están indisolublemente unidos, soldados. Los unen remaches, se ve que comparten muchas piezas y por eso no hacen sino reforzarse el uno al otro. Y son, además, la plasmación casi milagrosa de las ideas que se desarrollan o van cobrando sentido en sus ensayos.
A día de hoy tan sólo se ha publicado un libro, los Ensayos bonsái, pero está a punto de aparecer los Breves apuntes de autoayuda, que es el segundo de los libros ensayísticos de Casas. Allí, además de textos donde puede dar rienda suelta a los que han sido sus referentes estéticos y que le han convertido en lo que hoy es, se encuentran reflexiones más que interesantes sobre su concepción de la escritura. Por un lado, uno aprecia desde el comienzo la profundidad y variedad de sus lecturas, de hecho Los lemmings se abre con una cita de Schopenhauer, pero Casas sabe que más allá de la relevancia de los argumentos de autoridad, lo importante es qué se hace con las referencias. Por eso los Ensayos bonsái se abren con una cita de Dave Duchovny donde habla de un concepto relacionado con el arte del tiro con arco: el hamartia. Dicha idea tiene que ver con el modo en que se falla. Para que nos entendamos, como siempre dice Casas, en el momento en que uno está cómodo, en que sabe lo que está haciendo y puede sacar adelante lo que tiene entre manos tirando de oficio, es el momento en que se debe abandonar el proceso creativo. La creación debe ser, y es algo que comparto, un territorio inseguro, movedizo, en el que uno se sienta al borde del ridículo, sentir vergüenza... Uno debe crear en la incertidumbre.
Quizás por todo eso no dudé ni un segundo en usar como cita unos versos que encontré cuando releía Oda mientras escribía mi novelita. Me gusta pensar que, del mismo modo en que Fabián piensa que la creación es una actividad colectiva en la que uno participa, yo podía sembrar en mi texto esa honestidad para que germinase en él. Robarle, aprovecharme de su creación para nutrir la mía. Todo eso más o menos se lo dije cuando, finalmente, nos conocimos en persona. Fue en el funeral de Fogwill. De hecho, para mí, es lo único bueno que trajo aquello, que por azares del destino coincidimos Fabián y yo en la cafetería de la Biblioteca Nacional, le hablé de mi admiración por su obra y le prometí enviarle esa novelita en la que había usado un injerto suyo con la esperanza de que creciera robusta y sana.
Lo que más me alegra de que lo estén editando en España es que ahora muchos podrán sentir la misma alegría que yo al leerlo. Sólo por eso, creo que se debe dar las gracias.

18 julio 2010

Reseña azteca


Cosas raras. No he leído, todavía, una sola crítica o reseña medianamente concienzuda sobre Poesía en mutación en un medio español. Nada. Supongo que siguen pesando más los aspectos cuantitativos que los cualitativos, y la coincidencia con el engendro editado por Luis Antonio de Villena, donde hay más antologados, inclina la balanza a su favor frente al hecho de que en Poesía en mutación todos los que están son. En todo caso, gracias a la alertas de Google, me acabo de enterar de que en el Periódico de poesía de la UNAM de México sí que alguien la ha leído y, de refilón, habla muy bien de todos los poetas incluidos y en particular de dos de ellos, Elena Medel y Martín López-Vega. Quién, por cierto, no ha sido antologado en el libro de Visor, lo que ofrece un claro síntoma de la escasa calidad de la selección que se ha realizado allí. En fin, dejo el enlace ahí para quien quiera echarle un ojo.

29 mayo 2010

Poesía en mutación encuentra sus huecos


Como no sólo de viajes vive la poesía, quiero mostrar aquí la excelente acogida que ha tenido la antología en las bibliotecas más exigentes.


En este caso, sin ir más lejos, se trata de los estantes de Guillermo Jiménez Fernández, excelente alumno y mejor lector. Ahí están los abundantes y bien seleccionados libros para demostrarlo.

Esta me gusta especialmente, porque mejor rodeado no se pué estar.

(Invitamos a que remitan nuevas muestras de los ejemplares que vean por ahí a: poesiaenmutacion@gmail.com)

27 mayo 2010

Poesía en mutación sigue en movimiento

La Poesía en mutación sigue viendo mundo.
Unas veces junto al Ampelmann berlinés del Brücke.


Otras por las calles de Malasaña, frente a escaparates de librerías poético-líricas


O contemplando las animadas charlas de cualquier café del invento cool TriBall, junto a la caja de música reconvertida en platillo de cuenta y el cartel de una película fetén

Mil gracias a Hasier Larretxea por sacarlas a la luz y permitir su difusión.

(Invitamos a que remitan nuevas muestras de los ejemplares que vean por ahí a: poesiaenmutacion@gmail.com)

11 mayo 2010

Poesía en mutación va cruzando el Atlántico

Los siete poetas mutantes han llegado a Cabo Verde. Más exactamente a la isla de Santo Antão que es, para los que no lo sepan, la más occidental y septentrional de las islas del archipiélago. O sea, que es considerado el punto más occidental de África. Justo en medio del camino a América, como quien dice.

Allí han comenzado a mezclarse con los frutos de la tierra. Todo poeta sabe que depende de una buena alimentación para poder crecer fuerte y vigoroso, de ahí que sea tan importante lo que nutre a la poesía mutante.

Y, al mismo tiempo, deben tener experiencias capaces de incentivar su imaginario. En este caso, por ejemplo, pese a la distancia con Luis Muñoz, aprenden a limpiar otros pescados. Caboverdianos, en este caso.

10 mayo 2010

Dos citas ineludibles: La poesía mutante y la Narrativa líquida


En un interesante artículo de la edición de hoy del diario El País, Elsa Fernández Santos hace un repaso a una serie de novedades editoriales relacionadas con la poesía. Se me cita través del prólogo de Poesía en mutación, así que poco o nada tengo que decir al respecto, más allá de agradecer a la autora su atención y acordarse de una antología pequeña, con un antólogo desconocido en una editorial que no acostumbra a embarcarse en proyectos relacionados con la lírica. Una y mil veces, gracias.
Por otro lado, se van agotando los días para matricularse en el taller que, a partir de este viernes, se imparte en la librería La Central del Museo Reina Sofía. Un acercamiento dinámico e inquieto a las realidades de la narrativa actual a través de una metáfora novedosa, que quiere comparar las formas y principios de la física con la narración contemporánea. Toda la información sobre el taller está aquí.

05 mayo 2010

Editores meditando mutaciones

James Womack se plantea la agradable posibilidad de que estos poetas muten para ser rusos
y poder editarlos en su editorial Nevsky Prospects.

Marian Womack no da crédito, su socio James le había dicho que eran poetas rusos y acaba de dar con la edición original en castellano. De todos modos pueden traducirlos al ruso, piensan.

(Invitamos a que remitan nuevas muestras de los ejemplares que vean por ahí a: poesiaenmutacion@gmail.com)

Contubernios poético-mutantes

Hasier Larretxea come un muffin.
Patricia protege su ejemplar mutante.
Zuri prefiere mirar a otro lado, algo normal en estos casos.
(Invitamos a que remitan nuevas muestras de los ejemplares que vean por ahí a: poesiaenmutacion@gmail.com)

24 abril 2010

Primeras fans

Las lectoras de poesía se muerden las uñas por las ganas de leer Poesía en mutación

(Invitamos a que remitan nuevas muestras de los ejemplares que vean por ahí a: poesiaenmutacion@gmail.com)

Buenosaurios

Hasta los dinosaurios quieren leer Poesía en mutación, por algo será...
(Invitamos a que remitan nuevas muestras de los ejemplares que vean por ahí a: poesiaenmutacion@gmail.com)

21 abril 2010

Escaparates


Jesús Alonso, amigo editor y librero, nos hace llegar estas estupendas instantáneas de la librería Pasajes, situada en la calle Génova de Madrid. Una esquina por la que paso casi a diario y no había reparado en el acertado escaparate. Lo digo para que tomen nota el resto de los distinguidos libreros de la acertada elección de los amigos de Pasajes.

Nótese que en el exigente escaparate de la librería tan sólo acostumbran a tener libros extranjeros o verdaderas piezas maestras. A mí me gusta especialmente tener como compañeros a Copi y el Shopping and fucking de Ravenhill entre otros. Veo premios Nobel y escritores insoslayables, que diría Armas Marcelo.

Hay que agradecer a Jesús el detalle e invitar a libreros a imitarle, y a los lectores a comprarla, que todo viene bien en esta época de lecturas superficiales e insulsas. Además, cada autor sale más barato que un café, un pavo. El editor va de regalo.
(Invitamos a que remitan nuevas muestras de los ejemplares que vean por ahí a: poesiaenmutacion@gmail.com)

19 abril 2010

Más avistamientos


Gonzalo, un Tipo Infame, se aprovechó de mi benevolencia para hacer estas fotos de las mutaciones de la poesía en los servicios de caballeros de los bares. Cualquier diría que andan buscando plan en otras antologías, o trasnochando con otros antologistas...



(Invitamos a que remitan nuevas muestras de los ejemplares que vean por ahí a: poesiaenmutacion@gmail.com)

01 abril 2010

Segundas muestras

No sólo se están avistando ejemplares en terrenos boscosos, también en ambientes urbanos:


Seguimos a la espera de los análisis pertinentes de los acontecimientos
(E invitamos a que remitan nuevas muestras de los ejemplares que vean por ahí a: poesiaenmutacion@gmail.com)

31 marzo 2010

Primeras muestras

Todo parece indicar que las primeras muestras del experimento están ya en las calles:

Ahora sólo resta ir analizando las mutaciones que se produzcan.

12 febrero 2010

San Valentín de mucho calibre



El otro día, mientras pedía un café cortado y un montado de jamón -serrano, que uno no tiene en su sótano el Banco de España-, me sorprendió escuchar a otro cliente pidiéndole al camarero un Valentín con Coca Cola.
Los combinados son, quizás, un ejemplo más de buen maridaje. No sé por qué en las campañas publicitarias de grandes almacenes no se han dado cuenta de ellos y se han lanzado al ruedo con eslóganes del tipo: "Hasta el whiskey sabe mejor si está acompañado, sobre todo si es vulgar como tú (y segoviano)". En fin, que si ahora me doy una vuelta por la calle, pese a la crisis, me toparé con innúmeras invitaciones al consumo para recordarme que este domingo le tengo que demostrar a la gente que la quiero con un regalo. A ser posible caro, porque desde que el consumismo voraz llegó para quedarse la idea de "demuéstrale cuánto le quieres" se ha trasladado al "cuánto" dinero gastado en "el detalle". En fin, que no sermoneo más y paso a recomendar un regalo a los que, todavía, no se hayan decidido.
Este domingo hará ochenta años que Bonnie Parker le envió a Clyde Barrow la primera de las cartas que reúne Ana S. Pareja en el libro Wanted Lovers. El libro que reúne esa correspondencia es breve e intenso, como las relaciones sentimentales. Sé que la frase anterior no será del agrado de muchos lectores, lo siento, pero la honestidad obliga. Vinicius de Moraes, atinadamente, usaba la imagen del amor como una llama para decir que el amor es infinito mientras dure. Algo así podría decirse de toda relación de pareja, que aspira a ser eterna aún sabiendo que tiene una fecha de caducidad más o menos determinada. La historia de Bonnie & Clyde es quizás, por eso, un paradigma casi único del amor. La juventud de los protagonistas de la historia, su vida salvaje y su final trágico son un pasaporte casi seguro para la inmortalidad. Y entre la estela de leyenda que dejaron en vida, y el modo en que la cultura popular la ha ido alentando -sobre todo gracias a la película de Arthur Penn que a mí, comentándolo de paso, no me gusta nada, sobre todo por el estilizado tratamiento estético de la época-, Bonnie Parker y Clyde Barrow se han terminado por transformar en unos Romeo y Julieta modernos, agresivos y, por qué no decirlo, seductoramente peligrosos.
Posiblemente esta edición sea una buena muestra de ello. En ella se reúne el interés documental de las pocas fotografías que se conservan de la pareja de forajidos, las cartas de Clyde -muy poco interesantes más allá del ya referido valor documental, a decir verdad, no le había dado Dios a este hombre el poder de la palabra- con la pasión y sentimiento que exudan las cartas de Bonnie. Es en esas cartas donde radica el interés de este libro, en su intensa manera de vivir el amor, en lo desatado de su expresión del mismo, en el dramático lirismo que destilan y que logran contagiar. Quizás, alguno lo podría pensar, son cartas nacidas de la euforia pasional de una casi adolescente y por lo tanto su virtud radica en lo virginal de su mirada. Bueno, eso no es malo, al contrario, quizás lo más bello de ellas sea su pureza, el no haber permitido que la vida haya ido cariando la idealizada imagen que su autora tiene del amor y de la devoción por el ser amado que suele ser su síntoma.
Completan el volumen tres poemas de Bonnie que tienen, también un interés relativo. Nacidos más del blues que de la poesía, no termian de explotar el lirismo que parece residir en ellos y no investiga tampoco las posibilidades de las narraciones que les sirven como excusa. Lo más atractivo son los juegos de palabras y el brillante uso del argot criminal que inocula en el lenguaje poético todavía muy tierno que se aprecia en ellos. Una singularidad, por cierto, que como es de esperar en la traducción se pierde. Conviene por eso fijarse bien en los originales además de leer la versión en español.
En todo caso, las tres cartas de Bonnie bien merecen que pueda decirse que este es el libro más romántico, más intensamente pasional que hay en las mesas de novedades de las librerías de cara al fin de semana. Para los que necesitan un encuadre serio y crítico que justifique su compra se ha encargado la propia editora de incluir un esclarecedor y dinámico prólogo donde se nos explica a todos la verdadera importancia del libro que tenemos entre manos y su contexto histórico y social.
Hay muchos regalos posibles para este domingo, pero sólo en uno la pasión se funde con la muerte. Se buscan los lectores capaces de resistir las descargas de este libro.
La foto es de Chus Sánchez