No correrá más sangre en esa arena embrutecida. Nadie jaleará más la agonía de un ser vivo, mientras aplaude su gusto por la muerte. Ningún otro ser, ridículamente vestido para matar, le cortará el rabo y las orejas, viendo que exhala el último suspiro. Quizás aún tardará en morir, pero ya habrá sufrido los tormentos de la maldad pura, la que tortura y mata por puro gusto. En la plaza nadie más disfrutará con ese horror y quizás esa ausencia le convertirá en mejor persona. No habrá carteles barrocos anunciando la maldad. Y en la ciudad que acoge ese vestigio de barbarie, nadie más hará los honores al deshonor de una fiesta brutal. El día se vestirá de gala, la ciudad será más bella y el territorio que ha hecho posible que se acabara con una gratuita orgía de sangre será más digno. Por supuesto faltará mucho hasta que, en estas cuestiones, podamos mirarnos al espejo. Faltará acabar con la miseria que embrutece a fuego y a soga algún sur del sur del territorio, y en los rincones de la ...