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martes, 1 de abril de 2014

Juana Molina, Fernando Cabrera, aprendices de magos

por Willy Villalobos

Cuenta la leyenda que este verano tocaron el negro Rada, Jaime Ross y Fernando Cabrera en uno de esos megafestivales donde no terminás de ver a un artista que ya está subiendo el otro.

También cuenta la leyenda que hace unos cuantos años el Negro y Jaime se llevan como el orto, pero de eso no me voy a ocupar en esta crónica porque, la verdad, poco agrega.

Pero resulta que ese día, el día que tenían que tocar los tres, Rada y Ross, a quien los une o separa la figura de Mateo, no puedo con mi genio, se pusieron de acuerdo.

Resulta que tenían que decidir quién iba a cerrar el recital y era obvio que cualquiera de los tres tenía suficientes pergaminos y trayectoria para hacerlo. Pero a Jaime se le ocurrió sugerirle a Rada que el indicado para dar por terminado el concierto era Cabrera y el Negro estuvo de acuerdo inmediatamente.

“Donde toca Cabrerita ya no puede tocar nadie”, dijeron los dos a dúo.

¿Hay un elogio mayor que ese para Fernando Cabrera, uno de los más grandes compositores del Uruguay?

¿No es este un buen motivo para salir corriendo a buscar su música? Cabrera es un amigo imprescindible para entender ese loco mundo del que formamos parte y eso lo tienen bien claro sus compañeros de ruta.

La idea con la que escribo es esa. Tratar de transmitir lo importante que son estos grandes, me refiero a Fernando Cabrera y Juana Molina, para que todos los que se banquen la sensibilidad y la inteligencia que ellos transmiten puedan tener en su mochila esas canciones que sirven como bastones para caminar la vida.

Dije Juana Molina porque también voy a escribir algo de lo que vi y escuché en su misterioso recital del teatro Solís, un pequeño teatro Colon. Lo comparo para que se tenga en cuenta el marco en el que Juana, merecidamente… ¿tocó?, me parece que esa palabra es chiquita para describir la brujería con la que conquistó al público.

También está claro que donde toca Juana tampoco puede tocar nadie más.

Tendrían que ver la cara de asombro y felicidad de la gente saliendo del Solís para corroborarlo.

Más de mil kilómetros viajé para encontrarme con estos dos tesoros y doy gracias a mi espíritu inquieto por haberlo hecho.

La escritura va a ser desordenada, voy a mezclar los dos recitales porque pienso que estos dos grosos tienen mucho en común y logran llegar al mismo lugar usando métodos completamente diferentes.

El año pasado vi a Cabrera en Buenos Aires con su nueva banda: Herman Klang en teclados, Juan Pablo Chapital en guitarra, Ricardo Gómez en batería y Federico Righi en bajo.

A la salida del concierto se armó una discusión y el tema era si el quía era mejor sólo o en banda. Suele suceder cuando los artistas cambian la propuesta, como en este caso, que genera ciertas resistencias, ya que estaba asegurado que tocando sólo te rompía el bocho y que con la banda hay algo nuevo que distrae, que lo saca del centro de la escena. Debo reconocer que estaba equivocado, el tipo es impresionante, se presente como se presente. "Nosotros tocamos chiquito, el resto lo hace el maestro”, me decía Herman al finalizar el concierto en el espacio Guambia, un lugar donde en la época de los milicos se animaban a presentar a los impresentables para los que usan gorra.

De todas maneras al terminar el recital uno se queda con las ganas de escuchar más a la banda, porque cada vez que pelan, asombran.

Juana Molina, la maravillosa Juana, la Heidimetal Juana, creo que es un apodo que le viene perfecto, hizo magia en el Solís.

Acompañada por Odín Schuwartz en teclado, el tipo que tiene toda la jugada en la cabeza, y Diego López de Arcante en batería, haciendo justo lo que Juana necesita, y la rubia en el centro con teclado, pedales y con una guitarra eléctrica colgada que le da un aire rocanrolero que la hace más linda todavía.

”El cambio fundamental para mí de la guitarra eléctrica es que no se ve ni se oye. La tenés pegada al cuerpo y es como que se integra físicamente. Con la acústica hay un aire entre vos y la guitarra. En la eléctrica la tenés pegadita, hay algo que pasa ahí, es muy importante y lo descubrí ahora” -dice Juana para explicar el cambio de instrumento.

Aunque en el recital vuelve a tocar temas viejos con la acústica a pedido del público, que quiere escuchar temas de los primeros discos.

Tanto Cabrera como ella necesitan compañía para poder jugar a lo que mejor saben y no estar tan pendientes de la cosa.

Los dos presentaban disco nuevo, ella Wed 21 y él Viva la Patria.

Juana se ríe de sí misma, ridiculiza sus equivocaciones, conversa con el público, baila, agradece a sus músicos cuando la ayudan a recordar cómo sigue la película. Su manejo del escenario nos recuerda que el humor que tantos extrañan en su paso por la tele sigue intacto. Juana y sus hermanas siguen vivitas y coleando, pero están en otra cosa, cambiaron. Esta vez las hermanas son esos misteriosos sonidos que va grabando uno sobre otro hasta conseguir una orquesta que, si te entregás, te lleva a increíbles mundos de placer.

Había que bailar al ritmo de la magia que la bruja proponía desde el escenario. El Solís quedaba demasiado careta como para poder soportar sentados semejante propuesta.

Juana se supera, ya no hace eje en sus letras sino en la alquimia que los sonidos producen cuando se mezclan con frases que se repiten. “Es un Mantra”, me dice la rubia que me acompañó a verla. Para mí es brujería de la buena.

Ella y Cabrera tienen mucho en común. Los dos son algo así como discípulos de uno de los más grandes músicos del mundo, Eduardo Mateo. Los dos son muy exigentes con el público porque necesitan que los que los vayan a ver estén a la altura de su sensibilidad.

Cabrera te va llevando de a poco, como un boxeador que te va tocando con la izquierda, te va tanteando, hasta que luego de describir una situación totalmente cotidiana te emboca un derechazo, una verdad, que te deja en la lona, emocionado. “Estoy regando el tiempo con tu recuerdo/ y entre los dedos con el agua vas vos”. O “Te atrapó la noche/ la oscuridad traga y no convida”, dos de los tantos knock-outs de Cabrerita.

Juana hace lo mismo, arma una orquesta invisible y cuando menos te lo imaginás, ya estás navegando por donde ella quiere, volando con las aves de su imaginación.

Hablando de reconocimiento, también sabemos que ninguno de los dos es profeta en su tierra, aunque el caso de Cabrera es todavía más incomprensible. Estamos tan acostumbrados al maltrato que cuando aparecen los aliados no sabemos reconocerlos.

Hay quienes dicen que Fernando canta mal, que desafina... ¡que canta como una oveja! Son los mismos que cuando el tipo empieza a triunfar en Buenos Aires se les ocurre prestarle atención.

Y es gracioso porque se fijan en que los argentinos le presten atención a Cabrera, a pesar de que “todos los argentinos son unos chorros”, a pesar del “tuerto y la vieja”, a pesar del pedido de ayuda a los EEUU que hizo el futuro presidente del Uruguay pensando que Néstor los iba a… ¡invadir! Y, como si esto fuera poco, hace un par de semanas , el ministro de economía de Mujica dijo que Argentina era un país imprevisible, justo en medio de un intento desestabilizador,  y el candidato a presidente por el Partido Blanco, Lacalle Pou, lacayito, una especie de Macri de bolsillo, dice que Cristina es una mujer desequilibrada.

Estos giles que no se dan cuenta de los tesoros que tienen en la esquina de su casa, necesitan que los porteños los tomemos como propios para empezar a valorarlos.

Pero todo esto supongo que a Cabrera lo tiene sin cuidado. Para él “detenerse es morir” y si bien nosotros sabemos que, “se quema aquel que quiera su corazón”, da gusto acercarse, pase lo que pase.

Juana y Cabrera son de los que no encajan, aprendices de magos, imprescindibles para todos los que no quieren que nadie se ponga en su lugar, que nadie les mida el corazón.


viernes, 24 de enero de 2014

Imposible entender a Mateo

Una entrevista con Urbano Moraes, el bajista de Eduardo Mateo

Entrevista: Guillermo Villalobos
Texto: Marcelo Rodríguez *

Urbano Moraes, dice, no quiere que se haga un mito de Eduardo Mateo. Sin embargo el respeto que le guarda y, sobre todo, el misterio que aquella figura sigue representando para él, parecen querer quebrar esa voluntad.

Urbano fue el bajista de varias de las formaciones de Mateo: El Kinto, en 1967; la malograda La Morsa –“nunca llegamos a tocar”–; Tres Bigotes y una Mosca (1982), y La máquina del tiempo, después del regreso definitivo a su país en 1986, luego de un accidentado periplo. Tocó con varios grandes de la música rioplatense (como Rubén Rada y Hugo Fattorusso) y conoció los circuitos europeos antes de dedicarse a hacer su música en su país: 

- Necesito a la gente, necesito mi espacio conocido para poder cantar y mostrar lo mío.

“Delirio” y  “demencia” son palabras a las que recurre a menudo para evocar el clima artístico de la época en que se conocieron con Mateo, allá por 1966. Urbano tenía 18 años y un grupo que llegó a ser la primera banda eléctrica que tocó en el Teatro Solís –el “Colón” montevideano– haciendo covers de los Beatles. Se llamaban The Knacks. Una obra de teatro que habían musicalizado les dio ese nombre: The Knack and how to get it, “ese no sé qué y cómo lograrlo”, como él lo traduce hoy. Todos querían alcanzar ese territorio al que los Beatles abrieron las puertas, y no parecía imposible vivir en función de ese objetivo. Apenas un año antes se había comprado el bajo “para tocar como Paul McCartney”, cuando en medio de un agotador trajín de actuaciones de un lado y del otro del Plata, entre “esos cruzamientos de cabeza”, lo convocó Mateo para formar El Kinto.

–  O sea que sólo tenías un año de carrera profesional...

–  ...Y me tocó la bestia. A partir de ahí, seguir las armonías, las rítmicas de él... ¡la cabeza de él...!

Antes de eso Mateo sólo había armado una banda (Los Malditos), pero entre los músicos ya empezaba a hacerse conocido, precisamente por los primeros frutos de esa cabeza musical. El Kinto, usina original del candombe beat, estaba formado por Mateo, Urbano, Pippo Spera, Chichito Badrel, y ocasionalmente Rubén Rada. Llevando las tumbadoras a cuestas para los shows notaban la confusión que generaban: “Un grupo de cumbia”, pensaba la gente. Era algo que a ninguna banda beat se le hubiera ocurrido jamás, una innovación que no había sido dictada por la moda y que aparentemente no fue muy bien recibida. Y por eso:

- Cuando apareció Santana fue una salvación, no sabés qué tranquilidad...

El primer disco de Carlos Santana, que “habilitaba” al rock para incursionar en la cosa afrolatina, se conoció en el 69. Ya podían considerarse más normales. Pero había otra rareza fundamental que incorporaba esta banda, además de su rescate de las raíces negras; algo percibido hasta “como violento” por el público: El Kinto cantaba en castellano. La base de operaciones era el boliche Orfeo Negro, en Carrasco. Allí tocaban todos los días temas propios y otros a pedido del público, y componían sin parar. Pero el progreso no parecía venir de esa mano: 

- Éramos los peor equipados de todos –recuerda Urbano–, pedíamos equipos prestados y no nos prestaban

Tal vez la movida que ellos iniciaban, cree ahora, fuera lo que iba obligando de a poco a los demás músicos a dejar de ser simples imitadores, y eso hacía que no cayeran muy simpáticos dentro del ruedo. Sobre la etapa de Musicasion, “yo me perdí las dos primeras”, lamenta Urbano. Después vinieron la disolución definitiva de El Kinto, el fallido proyecto de La Morsa y una rara etapa solista de Urbano Moraes: estuvo 2 años ensayando temas propios pero que nunca salió a mostrarlos. Así llega 1973, año del golpe militar en Uruguay. Urbano se instaló en Buenos Aires, donde transcurrieron, dice, “los dos peores años” de su vida. Grabó las bases de lo que sería su primer disco solista, pero se le fue la voz cuando llegó el turno de cantar: 

- No podía ni hablar, tenía que andar con una lapicera y la libretita. Fue como si se me desinflaran las cuerdas vocales, o los músculos, yo qué sé. Una mierda. Justo en el momento en que estaba con todas las pilas. 

La afonía duró 8 meses, durante los cuales anduvo penando como artesano, hasta que emigró a España. En su primer tiempo allí, sin dinero, sin instrumento y sin papeles –ergo, sin muchas posibilidades de trabajar–, las cosas iban de mal en peor hasta que conoció al argentino Horacio Icasto, arreglador de Joan Manuel Serrat. Con su ayuda consiguió integrarse al circuito de músicos españoles y llegaron así sus 7 años de vacas gordas. Pero algo le andaba faltando.

Yo ya extrañaba Uruguay que no podía más”, recuerda. Un día de 1982 recibió un sobre con media docena de servilletas de papel: eran cartas de Mateo, de Pippo, de Horacio Buscaglia, y el cortocircuito fue inmediato. Hacía apenas 6 meses que había logrado tramitar, por fin, la residencia en España. Pero cargó todas sus pertenencias, sus equipos e instrumentos y se los trajo a Montevideo con su familia, con la idea de recorrer el país en camioneta haciendo música. Un día después del retorno ya estaba trabajando con Mateo, Buscaglia y Pippo. “Era una demencia”, dice: Pippo Spera pasaba por entre las butacas para ir al baño en medio del show, y desde allá se lo escuchaba cantar una canzonetta, y luego el ruido al tirar la cadena. O bailaba vestido de mujer mientras Mateo, calzado con un par de chancletas Sorpasso, entonaba un tango sentado al borde del escenario. Buscaglia anunciaba todo aquello como “un aporte a la confusión general”. Estaban siendo muy requeridos en la radio, y muchos nuevos músicos habían abrevado en lo que hicieron en la época del Kinto. Sin embargo, “la realidad era que el dinero no existía”. Algo muy diferente a sus tiempos en España, donde llegaba a ganar 1.000 dólares por presentación: ahora la ganancia de un show se gastaba en una noche en la pizzería. En un año el choque con el Tercer Mundo se comió su sueño itinerante y su capital, y tuvo que venderlo todo:

- Sabía que las cosas acá iban a ser así, nunca pensé que fueran a ser de otra manera. Pero me movilizó ver cómo la gente hacía lo que quería. Todo el mundo me escribía que no me volviera, que acá había hambre, que no se podía hacer nada... “No me importa nada”, dije, y en realidad no era consciente de que ya estaba acostumbrado a no tener problemas para pagar la luz, el agua, el alquiler, y tenía un autito, una motito, y tomaba un avión para ir acá y allá. Y me parecía que eso era lo natural. Y si bien yo toda la vida había contado las monedas para tomar un ómnibus y pensé que perder todo eso no me iba a importar, me importó. 

En 1983 Urbano emigra por segunda vez, esta vez a Brasil y Argentina, para luego volver definitivamente a su país en el 86.

- Ahora los guachos están alucinados con Mateo y quieren imitarlo, pero sería bueno poder rescatar la cabeza de Mateo, cómo encaraba la vida. Nosotros somos más comunes –reflexiona Urbano–. Podemos perder tiempo, decir ‘quiero vivir cómodo’. Obviamente es otra cabeza, otra manera de ver la vida.

El desapego de Mateo por lo material signaba su intensa búsqueda por otros mundos, de donde volvía hecho música, en el mejor de los casos. Su extraordinario poder de concentración lo hacía olvidarse del mundo, y en el mercado supieron aprovecharse de esta característica suya, haciéndolo tocar por poco o nada para otras bandas. Pero las innovaciones que se le atribuyen a Mateo no se limitaron, parece, sólo a lo musical: 

- Experimentaba mucho. En realidad, la droga comercial que había acá era la marihuana... Bueno, ‘que había...’: empezó a haber a partir de que Mateo la trajo de Brasil. Vos podías fumar delante de un policía sin ningún problema, porque el tipo no tenía idea de lo que era. Y pastillas...

Por las épocas en que el maestro “andaba salado” había que cruzarse de vereda cuando se lo veía venir. Fue en una de esas que Urbano rechazó la oferta de formar una nueva banda con él y con el baterista Roberto Galletti. Y asegura que de eso sí se arrepiente ahora:

- Hay millones de cuentitos sobre Mateo; lo bueno sería que se haga un estudio profundo y dejen de ser cuentitos.

Para Urbano, aquel carácter apacible que de pronto se volvía severo y arbitrario –“cuando te retaba, seguro era porque estabas desconcentrado”–, aquel tipo que “sentía las cosas como las siente un niño, sin mucho pensar, sin mucha cabeza”, aquella lucidez, aquella mirada perturbadora que “te hacía ver tu caretez”, merecen un detallado trabajo de acercamiento, porque son, sin duda, reveladoras de una forma de ver el mundo que no es la habitual. De esa necesidad surge ahora, como una plegaria: 

- Pasame pique, que te fuiste y yo ahora me tengo que quedar pensando en todo aquello. Pasame pique, que no me da a cabeza.

* Esta nota fue originalmente publicada en revista La otra nº 2, primavera de 2003.

domingo, 19 de enero de 2014

Seguí, acordate, seguí

Horacio Buscaglia habla de Eduardo Mateo *

Horacio Buscaglia fue un creador polifacético: escritor, teatrista, autor de canciones, conductor de radio, publicista. Nació en Montevideo el 23 de marzo de 1943 y murió el 1 de febrero de 2006 en la misma ciudad. Para los más jóvenes: es el papá del talentoso Martín Buscaglia. Horacio conoció a Eduardo Mateo en 1967 y desde entonces hasta la muerte de este, en 1990, fueron grandes amigos y socios artísticos. Juntos hicieron las Musicasiones, una serie de espectáculos realizados en Montevideo en 1969 que, imbuidos en el espíritu irreverente de la época, combinaban música, poesía, performances, divagues, cine, humor y desconcierto, en un registro que iba desde el dadaísmo hasta el alegato político, pasando por la psicodelia. En 2003 Buscaglia recordaba así a su amigo:

"Alrededor de Mateo se han tejido demasiadas... es un tema que hay en este país, que no lo tienen ustedes, ¿no? Ustedes a veces se quieren demasiado, nosotros nos queremos muy poco. Y Mateo murió con hambre, murió sin tener la caja con ropa que yo le presté pa’ que se muriera decentemente. Resultó que después de muerto empezó a ser una especie de ídolo, después de muerto es que se le hace ese libro (Razones Locas), y fijate vos qué curioso, lo hace Guilherme, que es un tipo que Mateo ni siquiera saludaba, porque lo consideraba un lance. Un lance para la gente nuestra es algo... no sé cómo trasladártelo... Es un tipo sin swing, un tipo que puede tener conocimientos y ser culto, pero es un lance, porque no entiende las cosas, la vida, o quiere encasillarlas. Guilherme es un brasilero, no vivió la mayoría de las cosas que cuenta, que después recabó, ¿no? La mayor parte de las cosas las conoce a través de discos, pero, bueno, la paradoja de la vida de Mateo y de los uruguayos es esa. Mateo termina muriéndose en un rincón del hospital de Clínicas y hoy un libro que habla de él es un terrible éxito. A mí me parece interesante y lindísimo que la gente joven se acerque a Mateo, que continúe en esa impronta que tuvo la generación de los que que estuvimos amontonaditos en las Musicasiones. Pero por otro lado te da un poco de rabia, porque muestra la hipocresía de esta sociedad, la sociedad uruguaya es muy hipócrita, y particularmente con los artistas, a los cuales, ni pelota. Fijate que cuando se murió Mateo a mí me llamaron de las principales radios de este país, pero me llamaban a pedirme discos, porque no tenían los discos de Mateo.

"En eso Mateo es un paradigma del artista uruguayo, somos tratados con una hipocresía por la sociedad, por la izquierda, por la derecha, por la intelligentsia. Y, los amigos que el oro me produjo, en el Uruguay serían los amigos que la muerte me produce, je. Porque también uno lee en ese libro, y se sorprende, gente como yo, como Urbano, que éramos amigos de siempre de Mateo y seguimos hasta el final con él, se sorprende de encontrar que, como yo digo, si el 50% de la gente que dice que era amiga de Mateo, que creía que era un genio, si fuera verdad, Mateo, yo no digo que no se hubiera muerto, pero la habría pasado mucho mejor, hubiera comido todos los días.

"Hay cosas que se dicen de Mateo que me gustarían aclarártelas. Lo más interesante del libro son las entrevistas, claro, claro que con ese handicap de que hay tantos “amigos” nuevos. Pero lo más importante es que por primera vez aparece un libro -más allá de que con Guilherme Alencar yo tengo muchas cosas en contra de sus enfoques como crítico musical, ya que sea crítico me molesta; en sus páginas de crítico es lo menos mateístico que existe: Mateo seguiría sin saludarlo, aún hoy, pese a haberle escrito el libro-, pero Alencar Pinto se tomó el trabajo de juntar todo eso, durante 3 o 4 años, lo que ningún uruguayo nunca en la puta vida iba a hacer. Y particularmente nosotros somos los reyes de los pelotudos, cosa que no guardamos nada, y él nos hizo buscar y rebuscar y aparecieron algunas fotitos; luego se las quedó, eso es cierto, pero no importa. Lo importante es que pinta, más allá de Mateo, una movida que hubo acá, que estaba dejada de lado por los análisis culturosos de la intelligentsia uruguaya, estábamos olvidados, ese grupejo de gente de Musicasión. Pero después cuando Guilherme saca conclusiones, ahí a mi gusto le erra muchísimo; y una cosa en particular: llega a decir la barbaridad de que cuando Mateo mendigaba -porque Mateo mendigaba, él era una figura conocida en el centro, aún para la gente que no lo conocía como músico, te pedía, ¿tenés 10 pesitos?-, y Guilherme dice la barbaridad de que eso se debía a su interés por las religiones hindúes... ¡Nada que ver! Mendigaba porque no tenía pa’ comer, no tenía pa’ pagar la pensión y se quedaba una noche afuera, con la ropa, con la guitarra.

"Y yo tengo una teoría sobre el mendigar de Mateo o la negativa de Mateo de cantar las canciones que más la gente quería, entre ellas una que hicimos juntos, El príncipe azul. La gente se lo pedía y él se negaba. Cantaba cosas rarísimas. Yo creo que se tomaba una especie de venganza con la sociedad, con todos estos. “Vos no me das nada, vos no te das cuenta que yo soy lo que soy, yo entonces soy esto: te pido un pesito, me rebajo, sentite bien o despreciame”. La gente se molestaba, no lo quería ni ver, pero era porque era una cosa muy fuerte ver a un ser como Mateo mendigando en la calle. “¿Vos querés que yo cante El príncipe azul, porque es bárbara la canción, es preciosa? Bueh, yo no te la canto”. Y te canta una canción sobre la cotorra, esas cosas que hacía Mateo que, además, lo más cómico es que decía que las hacía porque era comercial: “no, no, yo hago esto porque es más comercial”. Cuando realmente lo comercial hubiera sido que hiciera sus canciones. No sé, es una idea que yo me hago.

"Mateo era muy consciente, porque también hay una especie de leyenda que quiere pintarlo como muy volado, zarpado. Cosa que él también tenía como todo creador, y el tema de la droga también le daba un poco más de zarpadera que las normales. Pero era muy consciente. Mateo lo que necesitaba era trabajo. El habría sido otro tipo, se habría muerto más tarde si le hubieran dado laburo, de artista, ¿no? Cuando Mateo laburaba y ganaba sus pesitos con su arte, era otra persona. Mateo lo primero que se compraba era ropa: su pantaloncito gris, su saco sport azul con botones dorados, se empilchaba. Mateo siempre venía a manguearme guita, venía a mi casa a comer. A tal punto que un día viene y me dice: “vo-vo –porque tartamudeaba un poquito- Horacio, va-vamo a cer una cosa, porque yo vengo siempre y te-te pido plata, para que yo no te joda más, viste? Vamo a fijar un día, yo vengo todo los martes a las tres de la tarde...” Era como un sueldo, y caía a casa con comida, con vino. El era un  creador, y como todo buen creador era un tipo especial, con una visión de la vida diferente a otros. Pero no era un zarpado, un loco’e mierda. Más allá de que yo lo vi tomarse un café con 8 antigripales pisados. Cosa que yo le decía: “Mateo, dejate de joder, te doy plata y comprate cocaína, que es más sano que estos 8 antigripales picados.”

"Con respecto a mí, yo resolví algún día ¿cómo hago para sobrevivir? Dije: bueno, yo tengo un talento acá, cómo es que lo puedo aprovechar, que no me ensucie demasiado, que yo esté dispuesto también a transar algo, pero no tener que transar nada en lo artístico. Yo era periodista de un diario del partido comunista, El Popular, y hacía teatro vinculado a la izquierda. Pero tuve la suerte o la desgracia de laburar bien siempre, en la publicidad, que era la única cosa que se podía hacer durante la dictadura. Yo trabajaba 6, 7 meses. Durante algún tiempo daba la imagen de que estaba más normal, me recomponía, pagaba las deudas, pero me enfermaba por dentro, hasta que no podía más y entonces volvía al teatro. Yo me planteé esa forma de sobrevivencia, no es nada pura y tiene sus problemas. Porque pese a haber recibido más de 100 premios en publicidad, yo fui el que que gané el primer Clío en Cannes, pero hoy no me bancan, en el ambiente de la publicidad nadie me quiere. Por un tiempo me bancaron, hasta que se dieron cuenta que yo era un antisistema. Mateo no tenía más remedio que hacer lo que hacía. Otra cosa no podía hacer. No tenía otro camino. Pero en este país no se puede, así que tenía que vivir de la caridad.

"Yo quiero exorcizar ciertas cosas de lo que se difundió de Mateo.

"Hubo un tiempo en que yo estuve un poco enojado con él, por su relación con la droga fue, allá por los principios de lo 70. Yo me enojé de que él se amasijara tanto, me parecía que era una macana, que lo limitaba en su parte creativa. Era una etapa de él en que estaba más preocupado por conseguir droga que por tocar. Yo lo enfrenté muy duramente. Después entendí que me equivoqué quizás ahí. Ta bien, yo estaba tratando de hacer algo por mi amigo, pero me equivoqué, porque Mateo era eso, entraba a tu casa e iba al baño, abría el botiquín y era un maestro, entraba a mirar todas las cajitas y pensaba qué mezcla tenía que hacer. Era eso. Te anunciaba un concierto y no iba, o estaba en el medio del concierto y sentía que había mala onda, se levantaba y se iba, ese era Mateo.

"Mateo era un tipo muy difícil, con los músicos. Yo vi salir con la cabeza baja del estudio a Hugo y a Osvaldo Fatorrusso, mirá de quién te estoy hablando, los echó del estudio Mateo, estaban grabando. Yo salí y le digo al Hugo: “Hugo, se pasó Mateo...” Y el Hugo me dice: “No, no, tiene razón, no lo alcanzamos”. Era un tipo duro. Hubo una etapa en que se mofaron de Mateo. En un recital yo lo saqué porque se estaban riendo, y el medio se ofendió conmigo. Era una etapa muy jodida, era demasiado, demasiado. Se sentaba y empezaba a afinar la viola, pero no la estaba afinando, estaba haciendo un tema. La gente empezaba a gritarle cosas, le silbaban. Era muy feo verlo, era como si dijera: “estúpidos...”. Eso fue por los años 70, llegó un momento en que ya nadie ni siquiera le daba una sala, nadie le creía. Andaba con un cuadernito de esos de nene, viste? Y te decía: “voy a hacer un recital, ¿vos vas a ir?”. “Sí, claro, Mateo”. “Te anoto, son $ 20 la entrada.” “No, pero cómo...”. “Sí, yo estoy cobrándola ahora”. Pero eran mentiras, vos le dabas los veinte pesos y no se hacía.

"Después hubo una vuelta. En el 79, 80, plena dictadura, con algunos compañeros hicimos un teatro, agarramos un lugar, La Candela y lo transformamos en teatro. Mateo estaba muy bravo, muy bravo, los milicos ya lo tenían muy golpeado, había estado preso en la cárcel de Migueletes por drogas. Estaba muy asustado, sin plata, le regalaban una guitarra y la vendió. En ese momento ya nadie le daba bola: nadie. Yo entonces me lo llevo al teatro y le armamos una cama en uno de los camarines. Y como estaba en el teatro, vivendo ahí, le digo: vamo’ a hacer un espectáculo. Se llamó Tres bigotes y una mosca. Y era tan impresionante, porque la gente venía al teatro y decía “vo, ¿en serio va a estar Mateo?”. “Mirá, te podemo’ asegurar que sí, porque él vive en el teatro, podemos darte fe que va a estar”. Porque la gente no creía que iba a estar Mateo. Y fue brutal, porque él hacía más de un año que no hacía nada. Y se transformó en un éxito y le quedaba una buena guita para él. Y Urbano, que estaba en España, una noche le hicimos una cartita, Urbano recibió eso, le tocó el cuore y se vino, se sumó al espectáculo, que pasó a llamarse Tres bigotes, una mosca y otra mosca más. Esa fue la última cosa que hicimos juntos la gente de esa generación, los de Musicasión. Y ese fue el rescate de Mateo. Porque además se hizo una novia, una mujer muy bien, se fue a vivir con ella y allá se transformó en un señor que veía televisión, tomaba la sopa, había que ir a verlo porque no quería salir. Por eso hay una cosa en la que quiero insistir: Mateo necesitaba laburo: Mateo tenía laburo y él estaba bien.

"Nosotros en Musicasión, aún cuando estábamos políticamente comprometidos, habábamos del Che, le hicimos con Mateo una canción a Ho Chi-ming, o denunciábamos el asesinato de un estudiante; pero aún cuando hacíamos eso, nosotros no encuadrábamos en el tipo de artista militante de este país. Éramos militantes, pero no encajábamos en eso. En este país, todos tenemos que pertenecer a algo: partido tal del sector tal, ¿entendés? Y nosotros mostrábamos que no se necesita estar encuadrados en un partido, ser militantes adustos, con el termo bajo el brazo, zapatillas: podíamos tener el pelo largo y coso de terciopelo, o fumar marihuana; igual hacíamos nuestro arte, dirigido contra lo que había que dirigirlo. Por eso fue que en su momento nos ignoraron como generadores de una parte de la vida cultural de este país. Uruguay tiene una característica que no tienen la Argentina y otros paises: durante la dictadura, no hubo un solo intelectual más o menos valioso que fuera de la derecha. El 100 % de la intelectualidad uruguaya estuvo en contra de la dictadura y el 95 % es de izquierda, desde siempre. Pero está el envoltorio de la izquierda, esa cosa adusta de los uruguayos, para el cual el gozar del hecho de cantar, aún de cantar a la libertad, es sospechoso.

"Hoy todos los músicos hablan maravillas de Mateo, pero en aquellos tiempos, en los 70, hasta los 80, no querían saber nada de él, hasta lo despreciaban. Fijate vos que Jaime Ross, a quien quiero nombrar particularmente, que hoy se adueña de la marca Mateo, que produce antologías de Mateo, que dice que Mateo es su guía, su no sé qué, nunca le grabó un tema en la etapa que Mateo se moría de hambre. Y Jaime, que era el único que vendía discos en este país, con haberle grabado dos o tres temas, Mateo capaz que comía más. No sólo eso: lo tuvo engañado mucho tiempo con que iba a ser telonero de él. Hubiera sido bárbaro para Mateo, que le tirara 100 dólares, Jaime hacía 10 bailes por fin de semana. Pero resulta que hoy Jaime es el pope, hoy hay fotografías de Mateo que las tiene Jaime nomás, hay que pedírselas a él. Y resulta que Alencar Pinto era el empleado de Jaime; por eso cuando se hace el libro, Jaime le escribe en la contratapa. Cosa que por muchos de nosotros no fue bien vista, porque no tenemos una buena visión de Jaime como persona.

"Mateo a veces me dice: seguí, acordate, seguí. Porque nosotros ya estamos viejos, sesenta años, Mateo ya tendría sesenta y tres. Tiene sesenta Rada, sesenta Caetano, Milton, no está tan mal tener 60. Yo a veces me conformo con eso, pensando en todos los que tienen sesenta. Pero a veces te cansa, ¿no? Yo tengo una visión muy apocalíptica del estado cultural del país y del mundo. Estamos en un momento de la mayor decadencia. Y quisiera poder volver a pelear como peleamos en los 60. A mí me da un poco de no sé qué ver cómo el sistema se va protegiendo de los Mateo, cada vez va cerrándose más. A pesar de que creamos que no, que este es un momento de más apertura, de más libertad, pero a algún Mateo de hoy cada vez le resulta más difícil que a Mateo".  
(Más sobre Eduardo Mateo acá)

* Entrevistado por Willy Villalobos en 2003. Publicado originalmente en revista La otra nº 2, primavera 2003 

miércoles, 6 de noviembre de 2013

Detrás de las paredes I

Estar preso... no es ésa la cuestión.
La cosa es no entregarse: ¡ésa es la cosa!
NÂZIM HIKMET








por Willy Villalobos

Es necesario recordar el pasado.

Las historias de la cárcel en la época de la dictadura estan obviamente centradas en la denuncia de los malos tratos, asesinatos, torturas a las que fueron sometidos los presos. Me parece lógico que así sea, ya que esos testimonios permitieron denunciar a los genocidas que, gracias a la lucha de los organismos de derechos humanos, y posteriormente a la valentía de los gobiernos de Alfonsín -a medias pero lo intentó-, y fundamentalmente a los de Néstor y Cristina, hoy la mayoría están condenados o siendo juzgados por la justicia de la democracia.

Pero hay otra historia que casi no se conoce. Suele ser la que recordamos los ex-presos cuando nos juntamos, y tiene que ver con la vida de todos los días. Eso es lo que quiero recordar, ya que vivir en la cárcel fue una experiencia que, salvando las distancias obvias, tiene cosas en común con la vida en cualquier otro lugar.

Lo que se vive intensamente es imborrable como esos discos o películas que se pueden repetir de memoria. La clave, en la cárcel o donde sea, es aceptar lo que te tocó.

En las cárceles de la dictadura los que peor la pasaban eran los que sólo esperaban salir en libertad. Sufrían como condenados. Tengo un amigo que dice que los problemas no hay que resolverlos, hay que vivirlos, y tiene razón.

Lo que me impulsó a hacer este laburo de narrar algunas historias de la cácel, que espero pueda transformarse en historieta pronto, es que además de nuestras convicciones lo que nos mantenía en pie era reconocer que ese era el lugar que nos tocaba vivir y había que transitarlo en libertad, a pesar de las rejas.

Y cuando uno vive le pasan cosas. Voy a recordar una anécdota para que tengan una idea. Recuerdo que al salir de la cárcel, expulsado a Suecia, un país que me recibió con los brazos abiertos, decidí luego viajar a Madrid para encontrarme con la mujer de mis sueños. Al poco tiempo de estar en España, me dí cuenta de que me costaba mucho vivir en libertad, me mareaba la velocidad y lo que es peor, extrañaba la cárcel. Obviamente no le contaba a nadie lo que me pasaba porque temía que creyeran que había pirado. Un día me encuentro con un ex preso y decido contarle, y, por suerte o por desgracia, al compañero le pasaba lo mismo. “¿Cómo puede ser que uno extrañe ese lugar tan doloroso? ¿qué es lo que extrañábamos?”, nos preguntábamos.

En esta serie de pequeñas historias esta la respuesta.


No va más…

Cacho estaba preso en el Pabellón 13, un número que para él no pasaba desapercibido, ya que era muy cabulero. Había llegado ahí por su militancia en una organización revolucionaria, y su conducta dentro de la cárcel fue íntegra.

Quiero describir cómo era ese pabellón de la parte nueva de la U9 de La Plata, que seguramente hoy sigue funcionando. Hay que atravesar dos rejas para entrar, a los costados las oficinas de los empleados, cobanis para los presos (palabra que viene de soplón). Luego de las puertas de barrotes se entra en un largo pabellón con unas 20 celdas de cada lado cuyas puertas tienen una pequeña abertura, que se usa para pasar los platos de comida a los detenidos. Ese “pasaplatos” se abre desde afuera y en ese año, 1976, permanecía casi todo el tiempo cerrado. Las celdas eran de tres por dos, y en su interior había dos camas, una encima de otra, al estilo litera, y una pileta para lavarse con un inodoro incorporado. La ventana estaba cubierta por esos vidrios que por su diseño no dejan que uno vea del otro lado.

Teníamos la sensación de vivir adentro de un baño.

Esos pabellones se fueron llenando de presos políticos a partir del gobierno de Isabel Perón, y paradójicamente, como diría mi madre, era una suerte ser un preso legal, ya que a la mayoría de los detenidos por razones políticas los llevaban a los campos de concentración donde imperaba la tortura y la muerte.

Si las cosas estaban tranquilas el régimen era: veinte horas de encierro y cuatro horas de recreo, divididas en dos por la mañana y dos por la tarde. Si había algún problema, por ejemplo descubrían que los presos teníamos una biblioteca rodante organizada, se cortaban los recreos hasta nuevo aviso y los responsables eran castigados.

Era nuestra pelea diaria organizarnos. La biblioteca, hacer gimnasia todos juntos a pesar del encierro, armar el economato, transmitirnos las noticias que llegaban de afuera, armar campeonatos de dominó, competencias de escritura, repartirnos la plata para cubrir a los que no tenían visita, estudiar en grupo, eran tareas absolutamente necesarias para mantenerse fuertes  a pesar de los castigos que nos teníamos que bancar en caso de ser descubiertos.

Para la yuta siempre había problemas.

Los pabellones del fondo, el 13 y el 14, tenían una característica singular: sus pisos eran de goma. Por eso uno podía escuchar el ruido de la llave cuando se abrían las rejas del adelante, pero no se sabía dónde andaban los guardias. Ese piso de goma le ponía una cuota de paranoia especial al día a día. Ese silencio de pasos difíciles de ubicar le permitía a los cobanis vigilar y castigar a los que transgredían las reglas.

Los castigos consistían en llevarnos a “los buzones”, un pabellón más pequeños con celdas sin ventana, con una cama de cemento y una letrina. Ahí te recibía una patota, cuatro o cinco milicos, te obligaban a ponerte en bolas y te daban una paliza de esas que duelen por varios días.

Cacho conoció por mucho tiempo esos buzones por una historia increíble que voy a contar más adelante.

En los recreos, unos patios chiquitos vigilados por varios guardias, aprovechábamos para conversar con los compañeros, nuestra nueva familia. Los temas predominantes eran las noticias que los familiares nos contaban en las visitas y los chismes de lo que había sucedido ese día en el pabellón.

Me gustaba caminar un rato con Cacho para hablar de fútbol, de minas, de todas esas cosas que no tenían que ver con la política. Era un tipo muy gracioso, de esos que pueden contarte una tragedia con mucho humor. A Cachito le gustaba mucho el escolazo, jugar a la ruleta. Era de esos personajes que esperan que abra el Casino para entrar y se van cuando cierra. Podía pasarse horas sin apostar, anotando bola a bola los números que iban saliendo para llevar una estadística, y elegía el momento de poner las fichas cuando le parecía que iba a salir la docena o el color que venía mas atrasados. Por razones obvias el tipo no podía escolacear en la cárcel y ocupaba gran parte del tiempo en tratar de encontrar la manera de poder seguir una estadística desde su celda. Meses pensando como reemplazar el azar de cada una de las bolas de la ruleta y no le encontraba la vuelta.

Un día, en el recreo de la mañana, lo veo entrar al patio con una sonrisa de oreja a oreja. Fue directamente hasta donde yo estaba, no hablaba de estos temas con otros compañeros. Me encaró, y dijo que tenía que hablar conmigo, que era urgente. Conseguí uno que me reemplazara en la partida de dominó y fui a caminar con él.

- ¡La tengo!- me dijo emocionado -¡encontré la manera de reemplazar a la ruleta!- me gritó en el oído mientras me daba un abrazo.

Le pedí que me contara con detalles.

Resulta que había descubierto que los números de teléfono de los clasificados de Clarín, El Gran Diario Argentino, eran azarosos, y con esos números había conseguido armar una estadística similar a la que seguía cuando iba a “laburar” al Casino. No me pidan que les explique exactamente cómo era, la clave consistía en sumar los últimos dos números de teléfono de los que publicaban avisos clasificados. El tipo estaba feliz porque su cabeza volvía a ocuparse de eso que tanto le interesaba: demostrar que finalmente hay un orden a largo plazo en la ruleta que se puede descubrir y de esa manera ganarle a la banca.

Y así fue que este jugador empedernido encontró un entretenimiento que le permitía sobrepasar las largas horas de encierro. Su nueva tarea era poner al día la estadística en un cuaderno que dividía en columnas donde se destacaban la primera, segunda y tercera docena, el negro o el colorado, el mayor o menor, y el número correspondiente.

Cachito había vuelto a jugar al juego que más le gustaba. Durante meses este entrañable amigo pudo llenar su tiempo y sus cuadernos con este nuevo trabajo que le alegraba la vida. Pero todos sabemos que lo bueno, como todo, se termina.

Un día entró la requisa, revisaron su celda minuciosamente y al ver los cuadernos lo acusaron de estar comunicándose con el exterior a partir de una “misteriosa” clave que llegaba en los números de teléfono de los clasificados. Ahora que lo pienso, es cierto que Cacho había encontrado una manera de ser libre, de salirse de la cárcel y por eso también lo castigaron. Mi amigo intentó explicarles su pasión por la rula, les contó su martingala, su idea de poder ganarle a la banca, pero fue en vano. Lo llevaron a los buzones de castigo y se comió una paliza que no vale la pena destacar.

Mucho tiempo estuvo encerrado hasta que un día, pálido y mas flaco pero sonriente, volvió al patio de recreo. Nos dimos un fuerte abrazo y el diálogo, lo recuerdo como si fuera hoy, fue el siguiente:

- ¿Como estas querido?

- Bien, me sacaron los cuadernos estos hijos de puta y alucinaron una de James Bond.

- ¿Fué muy duro?

- Qué te voy a contar que vos no conozcas. Lo más gracioso fue que después de unos días engomado -así se llamaba al encierro- abren la celda. Yo pensé que cobraba de nuevo, y uno de los que había participado de las paliza se acerca y me dice: “¿Es verdad que usted tiene una forma de ganarle a la ruleta?”. ¡No lo podía creer, el tipo, como yo, antes que nada era un jugador y no se pudo aguantar la ansiedad!

- ¿ Le pasaste el dato?


- Si, pero le aclaré que para ganar había que ser un laburante de la rula y no un jugador a suerte y verdad. Ahora lo que tengo que hacer es tratar de llevar la estadística sin anotar, vamos a ver si se nos ocurre algo.

Otro abrazo emocionado y nos fuimos a caminar disfrutando el sol de la mañana.