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domingo, 14 de enero de 2018

Mis simpatías todas argentinas, y yo voy a dar mi vida por este país tan raro

"La causa justa", por Osvaldo Lamborghini

Ilustración: Carmen Cuervo

Terminado el partido empezaban, lamentablemente a “desarrollarse los acontecimientos”, las pioladas y las bromas de mal gusto, ese repugnante clima de “formamos todos una gran familia” creado generalmente por los acostumbrados al naranjín, pero que la juegan de campeones del “vinacho” –como dicen ellos, y que a las tres copas ya perdieron, ya están en pleno show, pero manifestando sus preferencias por el género sentimental–: abrazándose con todo el mundo, babeándose y buscando una manera infalible de asegurarles amistad a todos los compañeros. Los más inteligentes y seguros de sí mismos creen, en algún momento, haberla encontrado. Pegándose una fuerte palmada en la frente, empiezan a llevarse a sus colegas aparte, uno por uno, para decirles en plan confesional:

–Mirá, hermano, yo te quiero tanto que, te lo juro por mi madre, te chuparía la pija si fuera puto, sí, te lo juro, y vos sabés que yo no soy puto.

Este tipo de declaraciones creaba problemas, y el encargado de relaciones públicas internas tenía que andar a los saltos para evitar trifulcas, pues muchos de los “tan queridos” que su compañero llegaría a ese extremo (si fuera puto) para demostrárselo, pero el tan querido (sabía que no era puto), con lágrimas en los ojos y además una lógica perfecta, deducía que la respuesta adecuada era:

–Y vos sabés que yo estaría a tu disposición: lo primero que haría al levantarme a la mañana sería enchufártela en la boca. Te digo más, me quedaría sin trabajo, porque te inundaría de leche la garganta en la misma jeta del Gerente General. (Este, que estaba presente, opinaba para sí que había otras formas de manifestar la amistad.)

Y ya empezaba la pelea, precedida de diálogos aclaratorios de asombrosa lucidez:

–A mí no me inundarías de leche un carajo, ¿o al final te creés que soy puto en serio? ¡Avisá! Sos vos el que la mirás con cariño...

Como ya tenían audiencia, ninguno de los dos quería dar el brazo a torcer (ni a coger, dado el tema en cuestión). El defraudado porque primero le ofrecían chuparle la pija, y después cagarlo a trompadas, quería comérselo vivo al incoherente de mierda:

–Para que lo sepas, viejo, a mí no me gusta la carne de chancho, y tampoco soy ningún bufarrón. Buscate un marinero, si no andás muy necesitado: si estás muy caliente a Vos no te basta toda la tripulación de un portaaviones...

Chupapijas (si fuera puto) alcanzó a ponerle negro el ojo derecho, y El Desocupado (por dejársela mamar en la misma jeta del...) buen derechazo a la mandíbula y además la siguió obsesionado con el tema de dejársela chupar (¡por su culpa se había quedado sin trabajo!):

–Si yo quiero que me la chupen, tengo diez minas que andan relocas por prendérseme a la teta.

El otro boludo, también incansable:

–Claro, vos tenés tetas: ¿Qué marca de corpiño usás?

Volaban las trompadas, pero poquito: la nula resistencia para el alcohol y el exceso de público ayudaban a evitar desgracias. Pero:

En cierta ocasión, ayudaron estos dos giles a la aparición de un fanático de la verdad: El japonés, ingeniero electrónico, demasiado impasible (era muy tímido, a escondidas se había tomado tres cinturones negros, perdón se quiso decir tres vasos), con toda calma les explicó que irían a parar todos los degenerados al hospital, hasta Nal.

–¿Y por qué? –preguntó Nal.

–Vos los excitás, vos, culón.

Que irán a parar todos al hospital, o directamente a la tumba, si era muy fácil: mientras él los iba matando a todos, todos a la fosa común. Aquello era tierra, no asfalto.

Hablaban en serio.

En serio partió por la mitad a todas las sillas de madera con el canto de las manos: ¡Karatecas!

Fue una vergüenza. Todos (29) se refugiaron en las duchas y lograron trabar la puerta. Desde una ventana parlamentaban con el señor Tokuro, inútilmente.

–¿Pero en qué lo hemos ofendido, hombre? –le preguntaba Heredia, el que quería tanto a todos que les chuparía la pija (si fuera puto).

Tokuro: El que falta a la palabra falta al honor. El que hoy falta al honor, traiciona al amigo, es capaz de traicionar Patria y Emperador.

Con la puerta trabada, Heredia otra vez empezó a envalentonarse:

–Pero cortelá, Tokuro, yo no faltaba a ninguna palabra, a ningún honor, tampoco traicioné. Y no me venga con su puto Emperador.

Tokuro: Para la conversación exacta, las mismas palabras. Ya mismo pido disculpas por grosería que tendré yo, Tokuro, es decir. Usted le dijo, señor Heredia, al señor Mancini que le chuparía la pija tanto le quería. Yo no lo he visto. Ahora, ofensa grave: dijo “puto” a Emperador Japón.

Heredia empezó a aporteñarse otra vez:

–Pero avivesé, Tokuro, yo le dije que se la chuparía si fuera puto. Hasta se lo juré por mi vieja, y le aviso, ¿eh?, le aviso, yo con esas cosas no juego.

Tokuro: Pero ¿usted quiere a señor Mancini?

Heredia: Eso no significa que vaya a chuparle la pija. Eso sería en el caso de que yo fuera puto.

Tokuro: Usted es puto.

Heredia: Mire, Tokuro, debe ser un lío que usted se hizo con el idioma.

Tokuro: No, ningún lío con el idioma. Usted es puto.

Heredia: Me parece que esto va a terminar mal, no me obligue, Tokuro, todo tiene un límite...

Mentira: Tokuro, cinturón negro y aterradora fama de violento cuando se creía en la causa justa. Heredia estaba cagado hasta las patas.

Tokuro: Yo lo obligo. Usted tiene que chupar pija a señor Mancini...

Heredia: ¡Pero cómo, cómo...!

Tokuro: Yo no sé cómo. Yo no soy puto.

Heredia: Señor Tokuro, todo era una broma. Usted interpretó mal.

Tokuro: Yo entendí bien. Usted le dio el sí. Que incluso se la haría chupar aunque estuviera frente al Gerente General. ¿Miento, señor gerente general?

Gte. Gral.: No, no es que mienta, ocurre que según el nivel del diálogo, la confraternización se excede. Usted sabe, una palabra trae a la otra.

Tokuro: Pero Heredia quería chupar pija Mancini, y otra palabra trae Hiroshima.

Heredia: ¡Si fuera puto! Entienda, Tokuro: me encantaría chuparle la pija a Mancini si yo fuera puto, lo elegiría a él para que me rompiera el culo.

Tokuro: Es puto. ¿Por qué si no pensar qué cosas haría si fuera puto?

“El coro” empezaba a hartarse. Que Heredia y Mancini se las arreglaran con Tokuro... Así se lo dijeron a Heredia.

Heredia: Soy un buen muchacho, señor Tokuro, se lo pido por favor... (llorando a lágrima viva). No podré volver al trabajo, ni a mi casa...

Tokuro: Uds. deciden. Yo quiero aquí fuera a Heredia y Mancini. Uds. creen que esa puerta es segura. La rompo y entro. Golpe en el cuello a cada uno. Golpe mortal. Uds. deciden. Gerente debe venir también. Mancini dijo que se la dejaría chupar en su propia jeta.

- - -

Era un atardecer cualquiera, o como diría el más canalla de los sofistas: cualquiera (era un atardecer). Una bandada de pájaros quería volver a sus nidos. Precisamente. Precisamente eso era lo difícil. Si la bandada, disfrazada de jugadores de fútbol, se atrincheraba en unas duchas, atemorizada por un solo pájaro, el samurai, un pájaro con la manía del honor. ¿Deben tener coraje los hombres? Un arquero Col-on ¿tiene además la obligación de ser un héroe? Porque cada uno había pasado lo suyo en la vida. Y ahora, que todo parecía haberse tranquilizado, tenía que reaparecer, como un fantasma: Lo Suyo en la Vida, otra vez. Qué traidor, qué puñalada podía ser un poco de esperanza. Miraron a la Empresa como pidiéndole amparo. La Empresa era el Gerente General, el doctor Mariano Soria. A nadie le importa Mariano Soria. Pero la Empresa, ahora resulta evidente, no estaba preparada para enfrentarse al Tokuro de la palabra empeñada ni a la fuerza que generaba, esta vez en su propia contra, esa palabra empeñada e incumplida por dos de sus más humildes representantes. Ya discutían en la sala de las duchas para que luego, solidarios y unidos, ese nipón demente no los desnucara por el último chiste, cuando, claro todo se trataba de un simple chiste, y a los gritos, desde la ventana, se lo comunicaron a Tokuro:

–¡Todo se trataba de un simple chiste!

El sol tocó la blanca dentadura del señor Tokuro, quien pensó unos minutos y luego, riendo con su risa más límpida, exaltado, se les unió sin abandonar su puesto. Dijo:

–¡Todo se trataba de un simple chiste!

–Pero, claro, señor Tokuro. –Nal se atrevió (increíble) a contestar por todos–. Si todos somos amigos y trabajamos juntos, nos ganamos el pan en la misma Empresa, lo de prometerse esas cosas es una costumbre de nuestro amado país, la Argentina, ahora en guerra con el Imperio Británico.

Eufóricos, todos al unísono:

–¡Argentina, Argentina, Argentina!

Todavía con destellos en su dentadura, el señor Tokuro se levantó adoptando un aire marcial cuando se coreó una vez más la palabra ¡Argentina! El señor Tokuro entonces confesó:

–Mis simpatías todas argentinas, y yo voy a dar mi vida por este país tan raro. Argentina: ¡todo era un simple chiste! Esto me alivia. Los iba a matar porque estaba triste por la deshonra de la palabra incumplida. Yo me alisté como voluntario para Malvinas.

Miró los avances del cielo, cuyo color natural, mañana o en mil años, retornaría. Era un país enorme y raro, lleno de chistes, pero la palabra se cumplía, pensó. Luego cortésmente:

–Gracias. Ayudaron a conocer a extranjero esta tierra. Algún día comprenderé la llanura de sus chistes. Pero me alegro porque la palabra será cumplida. Vengan, señor Heredia, Gerente, señor Mancini. Yo puedo desempeñar el papel de testigo. Cierran las ventanas y que nadie mire repugnante acto íntimo que se va a cometer. Vengan, señor Heredia, señor Mancini

sábado, 30 de enero de 2016

El niño proletario


Un cuento de Osvaldo Lamborghini

[Advertencia: este texto puede herir sensibilidades delicadas]

Desde que empieza a dar sus primeros pasos en la vida, el niño proletario sufre las consecuencias de pertenecer a la clase explotada. Nace en una pieza que se cae a pedazos, generalmente con una inmensa herencia alcohólica en la sangre. Mientras la autora de sus días lo echa al mundo, asistida por una curandera vieja y reviciosa, el padre, el autor, entre vómitos que apagan los gemidos lícitos de la parturienta, se emborracha con un vino más denso que la mugre de su miseria.

Me congratulo por eso de no ser obrero, de no haber nacido en un hogar proletario.

El padre borracho y siempre al borde de la desocupación, le pega a su niño con una cadena de pegar, y cuando le habla es sólo para inculcarle ideas asesinas. Desde niño el niño proletario trabaja, saltando de tranvía en tranvía para vender sus periódicos. En la escuela, que nunca termina, es diariamente humillado por sus compañeros ricos. En su hogar, ese antro repulsivo, asiste a la prostitución de su madre, que se deja trincar por los comerciantes del barrio para conservar el fiado.

En mi escuela teníamos a uno, a un niño proletario.

Stroppani era su nombre, pero la maestra de inferior se lo había cambiado por el de ¡Estropeado! A rodillazos llevaba a la Dirección a ¡Estropeado! cada vez que, filtrado por el hambre, ¡Estropeado! no acertaba a entender sus explicaciones. Nosotros nos divertíamos en grande.

Evidentemente, la sociedad burguesa, se complace en torturar al niño proletario, esa baba, esa larva criada en medio de la idiotez y del terror.

Con el correr de los años el niño proletario se convierte en hombre proletario y vale menos que una cosa.

Contrae sífilis y, enseguida que la contrae, siente el irresistible impulso de casarse para perpetuar la enfermedad a través de las generaciones. Como la única herencia que puede dejar es la de sus chancros jamás se abstiene de dejarla. Hace cuantas veces puede la bestia de dos espaldas con su esposa ilícita, y así, gracias a una alquimia que aún no puedo llegar a entender (o que tal vez nunca llegaré a entender), su semen se convierte en venéreos niños proletarios. De esa manera se cierra el círculo, exasperadamente se completa.

¡Estropeado!, con su pantaloncito sostenido por un solo tirador de trapo y los periódicos bajo el brazo, venía sin vernos caminando hacia nosotros, tres niños burgueses: Esteban, Gustavo, yo.

La execración de los obreros también nosotros la llevamos en la sangre.

Gustavo adelantó la rueda de su bicicleta azul y así ocupó toda la vereda. ¡Estropeado! hubo de parar y nos miró con ojos azorados, inquiriendo con la mirada a qué nueva humillación debía someterse. Nosotros tampoco lo sabíamos aún pero empezamos por incendiarle los periódicos y arrancarle las monedas ganadas del fondo destrozado de sus bolsillos. ¡Estropeado! nos miraba inquiriendo con la cara blanca de terror o por ese color blanco de terror en las caras odiadas, en las fachas obreras más odiadas, por verlo aparecer sin desaparición nosotros hubiéramos donado nuestros palacios multicolores, la atmósfera que nos envolvía de dorado color.

A empujones y patadas zambullimos a ¡Estropeado! en el fondo de una zanja de agua escasa. Chapoteaba de bruces ahí, con la cara manchada de barro, y. Nuestro delirio iba en aumento. La cara de Gustavo aparecía contraída por un espasmo de agónico placer. Esteban alcanzó un pedazo cortante de vidrio triangular. Los tres nos zambullimos en la zanja. Gustavo, con el brazo que le terminaba en un vidrio triangular en alto, se aproximó a ¡Estropeado!, y lo miró. Yo me aferraba a mis testículos por miedo a mi propio placer, temeroso de mi propio ululante, agónico placer. Gustavo le tajeó la cara al niño proletario de arriba hacia abajo y después ahondó lateralmente los labios de la herida. Esteban y yo ululábamos. Gustavo se sostenía el brazo del vidrio con la otra mano para aumentar la fuerza de la incisión.

No desfallecer, Gustavo, no desfallecer.

Nosotros quisiéramos morir así, cuando el goce y la venganza se penetran y llegan a su culminación.

Porque el goce llama al goce, llama a la venganza, llama a la culminación.

Porque Gustavo parecía, al sol, exhibir una espada espejeante con destellos que también a nosotros venían a herirnos en los ojos y en los órganos del goce.

Porque el goce ya estaba decretado ahí, por decreto, en ese pantaloncito sostenido por un solo tirador de trapo gris, mugriento y desflecado.

Esteban se lo arrancó y quedaron al aire las nalgas sin calzoncillos, amargamente desnutridas del niño proletario. El goce estaba ahí, ya decretado, y Esteban, Esteban de un solo manotazo, arrancó el sucio tirador. Pero fue Gustavo quien se le echó encima primero, el primero que arremetió contra el cuerpiño de ¡Estropeado!, Gustavo, quien nos lideraría luego en la edad madura, todos estos años de fracasada, estropeada pasión: él primero, clavó primero el vidrio triangular donde empezaba la raya del trasero de ¡Estropeado! y prolongó el tajo natural. Salió la sangre esparcida hacia arriba y hacia abajo, iluminada por el sol, y el agujero del ano quedó húmedo sin esfuerzo como para facilitar el acto que preparábamos. Y fue Gustavo, Gustavo el que lo traspasó primero con su falo, enorme para su edad, demasiado filoso para el amor.

Esteban y yo nos conteníamos ásperamente, con las gargantas bloqueadas por un silencio de ansiedad, desesperación. Esteban y yo. Con los falos enardecidos en las manos esperábamos y esperábamos, mientras Gustavo daba brincos que taladraban a ¡Estropeado! y ¡Estropeado! no podía gritar, ni siquiera gritar, porque su boca era firmernente hundida en el barro por la mano fuerte militari de Gustavo.

A Esteban se le contrajo el estómago a raíz de la ansiedad y luego de la arcada desalojó algo del estómago, algo que cayó a mis pies. Era un espléndido conjunto de objetos brillantes, ricamente ornamentados, espejeantes al sol. Me agaché, lo incorporé a mi estómago, y Esteban entendió mi hermanación. Se arrojó a mis brazos y yo me bajé los pantalones. Por el ano desocupé. Desalojé una masa luminosa que enceguecía con el sol. Esteban la comió y a sus brazos hermanados me arrojé.

Mientras tanto ¡Estropeado! se ahogaba en el barro, con su ano opaco rasgado por el falo de Gustavo, quien por fin tuvo su goce con un alarido. La inocencia del justiciero placer.

Esteban y yo nos precipitamos sobre el inmundo cuerpo abandonado. Esteban le enterró el falo, recóndito, fecal, y yo le horadé un pie con un punzón a través de la suela de soga de alpargata. Pero no me contentaba tristemente con eso. Le corté uno a uno los dedos mugrientos de los pies, malolientes de los pies, que ya de nada irían a servirle. Nunca más correteos, correteos y saltos de tranvía en tranvía, tranvías amarillos.

Promediaba mi turno pero yo no quería penetrarlo por el ano.

-Yo quiero succión -crují.

Esteban se afanaba en los últimos jadeos. Yo esperaba que Esteban terminara, que la cara de ¡Estropeado! se desuniera del barro para que ¡Estropeado! me lamiera el falo, pero debía entretener la espera, armarme en la tardanza. Entonces todas las cosas que le hice, en la tarde de sol menguante, azul, con el punzón. Le abrí un canal de doble labio en la pierna izquierda hasta que el hueso despreciable y atorrante quedó al desnudo. Era un hueso blanco como todos los demás, pero sus huesos no eran huesos semejantes. Le rebané la mano y vi otro hueso, crispados los nódulosfalanges aferrados, clavados en el barro, mientras Esteban agonizaba a punto de gozar. Con mi corbata roja hice un ensayo en el cuello del niño proletario. Cuatro tirones rápidos, dolorosos, sin todavía el prístino argénteo fin de muerte. Todavía escabullirse literalmente en la tardanza.

Gustavo pedía a gritos por su parte un fino pañuelo de batista. Quería limpiarse la arremolinada materia fecal conque ¡Estropeado! le ensuciara la punta rósea hiriente de su falo. Parece que ¡Estropeado! se cagó. Era enorme y agresivo entre paréntesis el falo de Gustavo. Con entera independencia y solo se movía, así, y así, cabezadas y embestidas. Tensaba para colmo los labios delgados de su boca como si ya mismo y sin tardanza fuera a aullar. Y el sol se ponía, el sol que se ponía, ponía. Nos iluminaban los últimos rayos en la rompiente tarde azul. Cada cosa que se rompe y adentro que se rompe y afuera que se rompe, adentro y afuera, adentro y afuera, entra y sale que se rompe, lívido Gustavo miraba el sol que se moría y reclamaba aquel pañuelo de batista, bordado y maternal. Yo le di para calmarlo mi pañuelo de batista donde el rostro de mi madre augusta estaba bordado, rodeado por una esplendente aureola como de fingidos rayos, en tanto que tantas veces sequé mis lágrimas en ese mismo pañuelo, y sobre él volqué, años después, mi primera y trémula eyaculación.

Porque la venganza llama al goce y el goce a la venganza pero no en cualquier vagina y es preferible que en ninguna. Con mi pañuelo de batista en la mano Gustavo se limpió su punta agresiva y así me lo devolvió rojo sangre y marrón. Mi lengua lo limpió en un segundo, hasta devolverle al paño la cara augusta, el retrato con un collar de perlas en el cuello, eh. Con un collar en el cuello. Justo ahí.

Descansaba Esteban mirando el aire después de gozar y era mi turno. Yo me acerqué a la forma de ¡Estropeado! medio sepultada en el barro y la di vuelta con el pie. En la cara brillaba el tajo obra del vidrio triangular. El ombligo de raquítico lucía lívido azulado. Tenía los brazos y las piernas encogidos, como si ahora y todavía, después de la derrota, intentara protegerse del asalto. Reflejo que no pudo tener en su momento condenado por la clase. Con el punzón le alargué el ombligo de otro tajo. Manó la sangre entre los dedos de sus manos. En el estilo más feroz el punzón le vació los ojos con dos y sólo dos golpes exactos. Me felicitó Gustavo y Esteban abandonó el gesto de contemplar el vidrio esférico del sol para felicitar. Me agaché. Conecté el falo a la boca respirante de ¡Estropeado! Con los cinco dedos de la mano imité la forma de la fusta. A fustazos le arranqué tiras de la piel de la cara a ¡Estropeado! y le impartí la parca orden:

-Habrás de lamerlo. Succión-

¡Estropeado! se puso a lamerlo. Con escasas fuerzas, como si temiera hacerme daño, aumentándome el placer.

A otra cosa. La verdad nunca una muerte logró afectarme. Los que dije querer y que murieron, y si es que alguna vez lo dije, incluso camaradas, al irse me regalaron un claro sentimiento de liberación. Era un espacio en blanco aquel que se extendía para mi crujir.

Era un espacio en blanco.
Era un espacio en blanco.
Era un espacio en blanco.

Pero también vendrá por mí. Mi muerte será otro parto solitario del que ni sé siquiera si conservo memoria.

Desde la torre fría y de vidrio. Desde donde he contemplado después el trabajo de los jornaleros tendiendo las vías del nuevo ferrocarril. Desde la torre erigida como si yo alguna vez pudiera estar erecto. Los cuerpos se aplanaban con paciencia sobre las labores de encargo. La muerte plana, aplanada, que me dejaba vacío y crispado. Yo soy aquel que ayer nomás decía y eso es lo que digo. La exasperación no me abandonó nunca y mi estilo lo confirma letra por letra.

Desde este ángulo de agonía la muerte de un niño proletario es un hecho perfectamente lógico y natural. Es un hecho perfecto.

Los despojos de ¡Estropeado! ya no daban para más. Mi mano los palpaba mientras él me lamía el falo. Con los ojos entrecerrados y a punto de gozar yo comprobaba, con una sola recorrida de mi mano, que todo estaba herido ya con exhaustiva precisión. Se ocultaba el sol, le negaba sus rayos a todo un hemisferio y la tarde moría. Descargué mi puño martillo sobre la cabeza achatada de animal de ¡Estropeado!: él me lamía el falo.

Impacientes Gustavo y Esteban querían que aquello culminara para de una buena vez por todas: Ejecutar el acto. Empuñé mechones del pelo de ¡Estropeado! y le sacudí la cabeza para acelerar el goce. No podía salir de ahí para entrar al otro acto. Le metí en la boca el punzón para sentir el frío del metal junto a la punta del falo.
Hasta que de puro estremecimiento pude gozar. Entonces dejé que se posara sobre el barro la cabeza achatada de animal.

-Ahora hay que ahorcarlo rápido -dijo Gustavo.

-Con un alambre -dijo Esteban en la calle de tierra donde empieza el barrio precario de los desocupados.

-Y adiós Stroppani ¡vamos! -dije yo.

Remontamos el cuerpo flojo del niño proletario hasta el lugar indicado. Nos proveímos de un alambre. Gustavo lo ahorcó bajo la luna, joyesca, tirando de los extremos del alambre. La lengua quedó colgante de la boca como en todo caso de estrangulación.

[De "Sebregondi retrocede", publicado en 1973 © herederos de Osvaldo Lamborghini]

sábado, 26 de octubre de 2013

Por qué soy kirchnerista

Mi nombre es Juan Sebastián Soriano. Mi DNI es 28062691. Tengo 33 años, vivo en Santos Lugares, donde nací.

Soy el referente de Vatayón Militante, esa agrupación con la que Clarín se ensañó para decir que éramos los más malos, titulando un montón de veces que nosotros sacábamos presos para actos kirchneristas, cosa que se comprobó absolutamente falsa.
Pero no es de lo que quiero hablar.
Quiero hablar de otra cosa, quiero contarles a todos y a todas por qué carajo soy kirchnerista.

Soy kirchnerista porque sé que todos los bebitos y bebitas que nacen ahora, tienen por derecho, una Asignación Universal por Hijo, que no es otra cosa más que guita, plata, para que puedan comer y beber. Y también sé, aunque muchos digan que no es así, lo sé, que para que le den esa guita a la madre, tienen que presentar obligatoriamente los certificados de vacunación y de estudio.
Las vacunas son gratis. Ir a la escuela también.
Podría decirte un montón de otras cosas de por qué soy kirchnerista y por qué defiendo a este proyecto a largo plazo. Podría contarte que este gobierno es el que tiene la decisión de dar créditos, préstamos, nada de regalar, a las personas que quieran y puedan tener su casa propia. Y eso no es joda. Porque para que una persona pueda tener su casa propia, hay mucha gente que trabaja en la construcción, en las inmobiliarias, haciendo laburos de pintura, electricidad, carpintería, techos, suelos, paredes. Estamos hablando de casi doscientas cincuenta mil casas que se están construyendo.

Esto no es joda.
Podría decirte, hermano o hermana, que soy kirchnerista y soy como vos. Igual a vos.
Me gustan las películas que mirás: a mí también me gusta Tarantino, y escucho a Los Ramones. Me encantan los Redondos, Almafuerte. También me gusta mucho Daft Punk.
Y me encanta que un gobierno diga con exactitud lo que va a hacer y que luego lo haga.
Ya sé lo que me vas a decir: que en la política roban.
Te voy a contestar una cosa por la que muchos compañeros me van a querer matar: puede ser que roben. Puede ser que en la política en general, se robe.
Yo de hecho, conozco a muchos en la política que son hijos de puta, porque otro nombre no tienen, que me parece que roban.
Tipos y tipas que se acercan a la política para poder tener un mejor auto. Un mejor negocio. O que la policía no les toque el culo. Que no quieren hacer las cosas mejores para el pueblo.
Y sé que no conozco ni a la mitad de estos hijos de puta.

Pero también conozco a muchas madres y padres, familias enteras a las que les cambió la vida el kirchnerismo, y es por esto que te estoy contando: la Asignación Universal por Hijo. No sé de quién fue la idea, puede haber sido de Carrió, de Pino Solanas, de Kirchner, de cualquiera. Pero la fuerza política que dijo: “Podemos y tenemos que hacerlo”, fue ésta, el Frente Para la Victoria, muchas personas a las que les gusta la política, y que hacen lo que hacen porque no duermen pensando en esto.

Mi vieja, hablando de madres, es jubilada docente, fue directora de un jardín de infantes en el barrio durante cuarenta años, y el año pasado se fue a Estados Unidos por primera vez, con su jubilación. Es kirchnerista, y no lo era, pero tiene dos aumentos anuales en su jubilación.
Yo hago política. Abiertamente. Milito. Vamos con mi agrupación a los barrios a tratar de acercar el Estado al pueblo. Escuchamos a la gente. Vemos qué está mal. Les contamos qué pueden hacer para estar mejor. Nos enojamos. Nos ponemos tristes. Celebramos y nos ponemos felices con pequeñas victorias, también. Y lo hacemos muchos, mucho tiempo, cuando podemos, como podemos, porque queremos y porque podemos.


Y yo me muero por este proyecto porque me muero si un nene o una nena está mal. Me muero un poco cuando veo que hay pobres o villas o asentamientos y no llegamos. Me muero cada día cuando veo que una nena nace mal, vive mal y va a estar mal. Me muero cuando la urgencia le gana a la vida y me duele la cara al hablar de kirchnerismo, saberme militante y saber que no puedo llegar a todos lados. Me muero todos los días porque sé que lo que hacemos desde el peronismo, nunca alcanza del todo. Me muero como vos por no poder hacerlo. Pero te aseguro que doy la vida por esto. Doy la vida por mejorar todo. No estoy usando un eufemismo: yo sé lo que es no poder dormir, no comer, dormir en el suelo, sentirte golpeado, vapuleado, castigado, por querer hacer algo en nombre de un proyecto.

No milito por Cristina.
Milito a Cristina, porque Cristina representa lo mejor posible en mucho tiempo, por los niños y las niñas de mi país, a los que amo con los ojos cerrados y los abrazo haciendo cuando puedo hacer, y eso es todo el tiempo.

Podrás preguntarme a qué me dedico. Y te lo cuento: laburo para este Gobierno, y eso me llena de orgullo.
Mi cargo tiene que ver con la creatividad, porque laburé muchos años de creativo publicitario y también de guionista. En publicidad podría estar cobrando cerca de diez mil pesos: cuando me retiré había ganado muchos premios. Muchos de verdad.
Como guionista de televisión, podría estar ganando cerca de veinte lucas, no es joda, de verdad, eso paga la televisión en Argentina. ¿Sabías que somos el cuarto productor mundial de material audiovisual? Esto no es joda, esto es un hecho, está chequeado.

Yo elegí un día dedicarme a la política. Mandé muchos mails. Muchos de verdad. Traté de buscar a alguien que me abra una puerta. Traté de entrar y de mostrar qué es lo que sé hacer, y que de puta casualidad, es lo que me gusta. Y lo conseguí.
A fuerza de mucho laburo, de bancarme mucho tiempo sin nada para comer, literalmente. La computadora que tengo en mi casa me la regaló una compañera. La heladera también. Había gente que me traía a mi casa bolsas con comida, y de eso no me olvido más, porque fue durante el kirchnerismo que decidí apostar todo a esto, toda mi vida, todo mi tiempo, toda mi pasión, todo mi nervio, todos mis sueños y todos mis despertares. Literalmente, otra vez. Ahora gano siete mil pesos y medio. No es un sueldo altísimo, pero sé que es mejor que el de muchísimos y muchísimas en este país. Mi cargo es Asesor Conceptual de Eventos, para Jefatura de Gabinete, y sé que puede sonar a sarasa total pero no lo es: hago eventos, desde el planeamiento estratégico y político, pasando por la estética hasta llegar a su consumación final. Pueden ser charlas, conciertos, muestras y cosas que tienen siempre que ver con la cuestión cultural. También relacionadas a la comunicación, y eso, es muy parecido a hacer publicidad, pero en lugar de vender un desodorante, trato de contarle a todo el mundo qué es lo que yo creo que es mejor para todos y todas, y todos y todas los y las que van a nacer mañana.
Te digo todo esto para que no me digas que hablo porque me pagan: así no trabajara para el Estado, haría lo mismo que hago ahora, pelearía por lo mismo y militaría igual.
Esto no es para todo el mundo. Esto de militar. Esto de tratar de hacer las cosas. Esto de morirse todos los días por ver que no llegás a nada. Seguiría dando la vida por un Gobierno que me dice que la Patria es el Otro, tratando de contarle a todo el mundo un sentimiento muy fuerte, muy intenso, que consiste en comprender que si el de al lado mío está bien, yo voy a estar mejor. Porque eso pasa de sentimiento, a realidad.
Y esto es, en verdad, el peronismo.
El peronismo es uno sólo y no es un adjetivo. El peronismo es un modo de vivir, y por más que Menem te haya dicho que era peronista, Menem trabajaba por y para Estados Unidos y las empresas de allá.
Este gobierno, este movimiento suramericano en verdad, el kirchnerismo, es el que le dijo que no a Estados Unidos cuando quiso hacer un tratado de libre comercio, que era que cualquiera pueda ofertar cualquier cosa en toda América: si eso pasaba, la oferta de los países más poderosos nos iban a romper al medio e íbamos a perder todo.
Pero Néstor, Chávez, Lula, todos se pararon de manos.
Esa, querido compañero de vida, es una gran diferencia con el tipo que vino ahora a decirte que es como el kirchnerismo pero bueno, blanco y humilde: Massa, ese que dice que no pelea, que es sanito y que quiere trabajar con vos, hablaba todo el tiempo con la Embajada de Estados Unidos cuando era Jefe de Gabinete de este gobierno. Le contaba cosas que él creía malas de este gobierno, como si Estados Unidos fuera la policía del mundo. Eso no es traicionar a tu jefe. Eso es traicionar a la gente. Y no es que a Estados Unidos le denunciaba que alguien robaba, eh. No. Les contaba cosas de cómo funciona este país, de qué queríamos hacer y qué terminamos haciendo.

A mí también, te cuento, me enoja cuando veo cosas horribles. A mí no me gusta el Papa, y mucha gente se enojó dentro del kirchnerismo conmigo. Pero igual no me gusta. A mí no me gusta que ningún funcionario gane cuarenta lucas al mes, me parece obsceno y horrible. Y lo que ganan eso son todos los funcionarios de todos los partidos políticos, no solamente nosotros. Tampoco me gusta que en la esquina de mi casa haya un pozo, que se inunden los lugares que se inundan, sean en Belgrano o en la palangana, en La Matanza. Me da asco que todo eso pase. No me gusta ni de lejos la idea de bajar la edad de imputabilidad y también me da mucha bronca cuando la guita se gasta en cosas que podrían hacerse con menos guita. Tampoco me gusta que el Jefe del Ejército sea un tipo que al menos desde lejos, estuvo durante el Proceso. No me gusta y me resulta injustificable.
¿Y sabés qué? Yo digo esto, aun laburando en Jefatura de Gabinete, y sé concretamente que nadie me va ni a apretar las bolas, ni a echar, ni a decir nada de nada, porque en este país, cualquiera puede decir cualquier cosa, cualquiera puede ofender, difamar, mentir, decir las cosas más absurdas, también lo bueno y la libertad es tal, que nadie toma represalias. NUNCA. A mí jamás me dijo nadie que diga algo que no quiero decir. Jamás. Y todo lo que digo acá, sobre las cosas que no me gustan, las digo en cualquier lado, las digo en el momento oportuno, las digo a veces con malas palabras, y a veces me arrepiento del tono pero nunca de lo que digo.
Y lo que digo que me gusta no lo digo porque alguien me pague por decirlo.
Pero esto también es democracia.
Y esta democracia está fuertísima, porque hay un gobierno que teniendo a gran parte del poder económico en contra, trabajó, hizo fuerza y supo que el pueblo, en su enorme mayoría, elegía seguir haciendo como lo hacemos todos los días.
Quiero decirte, nada más y nada menos, querida amiga, querido amigo, que yo soy el kirchnerismo.
Yo, que soy un pibe normal, o ya no tan pibe.
Yo, que miro las películas que vos mirás.
Yo, que escucho las bandas que a vos te gustan.
Yo, que trabajo, milito y vivo para vos y para todo el mundo: los que nos quieren y los que no nos quieren.
Yo, que soy igual a un montón que nos votan y a otro montón que no nos votan.
¿Por qué te creés que soy kirchnerista? ¿Estoy loco?

Te pido que me des pelota, nada más.
Preguntame lo que quieras y tené en cuenta que si te pido que vuelvas a elegir a este gobierno, es por algo.
Estoy de tu lado.
Y yo me muero porque todos estemos mejor, durante muchos años más.


* NOTA DEL EDITOR DE UN LARGO:


Este es un texto que Hank Soriano me dio a leer la otra noche y le pedí para publicarlo en este blog. Fue originalmente publicado acá

Me interesa no porque suscriba cada palabra que dice. No hace falta estar de acuerdo en todo. Lo que me interesa en realidad es su decisión de mostrar desde dónde habla, cómo milita, para qué vive y de qué vive. El valor está en darle carnadura a la posición militante. Porque se habla demasiado de militancia hoy en día y muchas veces se usa la palabra como si todos entendieran lo mismo. Y para colmo hay un intento, desde la derecha y también desde esa posición desclasada del resentimiento, el reviente y el lumpenaje burgués, de demonizar la militancia, de connotarla de las peores cosas que se puedan atribuir a una vida. Desde los programas de televisión cualunquistas y desde blogs arrepentidos o chantajistas y desde los call centers hay un intento de burlarse de la militancia, de ridiculizarla, de asociarla a la violencia, la corrupción, la irreflexión, la impostura o la obsecuencia.

Está clarísimo que lo que más molesta del kirchnerismo no son las cosas que se hacen más o menos mal, o que Cristina hable mucho, o que tenga mucho dinero o que tenga un tono de directora de escuela al hablar. La revulsión que el kirchnerismo despierta no se basa en sus límites, sus componentes criticables, su reformismo tímido o su tendencia a achancharse: límites, cosas criticables y achanchamiento han tenido todos los gobiernos. Lo insoportable del kirchnerismo, como época, como marca, como recuperación, no son sus limites sino su proyección: es la militancia.

El kirchnerismo no inventó la militancia pero la recuperó para la época. La noción de que hay tareas que se comparten, peleas que dar, ideas por las que apasionarse, la certeza de que si no hacés política alguien hace tu política, es decir: te la arrebata. Hay tipos que no soportan tener que asumir su posición política, que quisieran despertarse un día y ver que la vuelta de la militancia fue un mal sueño y que en realidad cada uno está en su pequeña vidita de consumos y su melacolía cómoda y su egoísmo obstinado y paranoico. Hay tipos y tipas que no soportan que en este momento haya grupos que se juntan a militar;  desean que la militancia vuelva a salir de la escena, que se recluya en un costado enojado e irrelevante, que pretenda todo y haga nada. Si la militancia renunciara a llegar al poder y volviera a ser una posición sencilla y testimonial, estos tipos reventados suspirarían aliviados.

Lo bueno del texto de Hank es que muestra con franqueza dónde está: quién es, quién era, qué pretende ser, cuánto le falta. No la "idea" de la militancia, sino la práctica cotidiana de un militante. Alguien que no necesita idealizar el proyecto que apoya, que es capaz de contarle los huesos a ese perro flaco. Que se da cuenta de que en el kirchnerismo hay problemas pero no usa eso como excusa para apartarse o hacer una mueca de cancherismo.

Se da cuenta de que hay problemas y eso lo lleva a implicarse, a meterse en lugares más incómodos. Ese anhelo de incomodidad es una grieta por donde la luz entra.



Y mientras la grieta exista no habrá descanso ni calma.