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miércoles, 21 de diciembre de 2016

Las palabras tramposas, la posverdad y sus diccionarios


por Lidia Ferrari

Como estoy trabajando desde hace años en el problema de la dimensión narrativa de la ficción, la mentira y la verdad, decidí indagar de qué se trata este vocablo de moda: la postverdad o posverdad. Imaginaba que el léxico se estaba aggiornando respecto al predominio de las operaciones que hacen circular información falsa (false flag, por ejemplo) para manipular elecciones o para justificar guerras.  Pensaba que se nominaba a un hecho cada vez más recurrente (pero no nuevo) sobre la erosión del valor de la verdad y el predominio de la mentira como formas de manipulación de la opinión pública.

La primera sorpresa fue encontrar que al buscar en Google sobre la posverdad los primeros sitios que acuden a responder son los canales periodísticos de  la mainstream mediática internacional. Y fui hacia allí. La primera definición la encontré en el periódico español El País:

Se trata de la post-truth o de la posverdad, un híbrido bastante ambiguo cuyo significado “denota circunstancias en que los hechos objetivos influyen menos en la formación de la opinión pública, que los llamamientos a la emoción y a la creencia personal”.

Allí la primera sorpresa. Se trata de la confrontación entre la subjetividad y la objetividad. Bueno, no tendría por qué sorprenderme como psicoanalista, ya que sabemos que el sujeto desmiente la más enfática realidad en función de sus fantasmas y sus deseos. Pero entonces, ¿qué es lo nuevo en esta definición?  Sigamos leyendo la explicación que nos da el periódico:

La definición es una manera de describir el contratiempo y hasta la conmoción que han supuesto el Brexit o la victoria de Donald Trump. Dos posverdades en la medida en que una y otra noticia han sobrepasado cualquier expectativa ortodoxa o racional, reflejando por añadidura la miopía de la clase política en sus iniciativas plebiscitarias o el escaso predicamento de los medios informativos convencionales en su esfuerzo de sensatez editorial. Es una verdad que Trump ha ganado las elecciones. Y es también una posverdad o una metaverdad, precisamente porque no se hubiera producido sin las variables de la emoción, de la creencia o de la superstición.

¡Increíble! No se trata de ese mecanismo psíquico de la desmentida freudiana, o de que el sujeto ve la realidad con sus propios lentes fantasmáticos, o de que la verdad sólo se puede decir a medias. Nos dicen que frente a la objetividad de la verdad, que se nos puede ofrecer a partir de los medios de comunicación “en su esfuerzo de sensatez editorial” o a “la racionalidad”, los sujetos eligen lo que quieren más allá de estos esfuerzos sensatos.


En esta indagación me encontré con el interesante artículo “La Postverdad” de Pablo Boczkowski, en la excelente revista Anfibia. Allí se habla de la destitución de la autoridad cultural no sólo de los medios de información, sino del conocimiento en general. El texto hace un análisis muy valioso de la relación entre la verdad y la información periodístico-cultural en la época actual. Pero no se analiza la definición y la propagación de ese vocablo.

Cómo no estar de acuerdo con la idea de la erosión de la autoridad cultural cuando el “prestigioso” diccionario Oxford decide incorporar el vocablo posverdad. Porque las palabras no significan, cuando hablan, exactamente lo que dice el diccionario, pero el diccionario sí es una fuente de autoridad acerca de lo que las palabras significan.

 Sabemos que el lenguaje nos preexiste, también para quienes poseen poder de manipulación a través de la palabra. También a ellos el lenguaje les preexiste, y no lo inventan sino indirectamente a través de su uso. Todos somos hablados de alguna manera, pero sucede también que en las palabras que se nos imponen hay una forma de manipular las ideas. Continúa diciendo el diario El País:

Todos los ejemplos plantean la relevancia de las cuestiones emocionales. Se votaba más con las vísceras y el instinto que con la razón o la lógica, de tal manera que el Diccionario Oxford considera necesario acuñar un término a medida...

Indaguemos qué se dice en Inglaterra sobre este término.  La “respetable” BBC nos dice:
En 2013 fue 'selfie', en 2014 'vape' y en 2015 'emoji'
¿Y cuál es la palabra de 2016 en inglés según el prestigioso Diccionario Oxford?
'Post-truth' (post-verdad)
Pero, ¿qué significa?
"Relativo a o denotando circunstancias en las que hechos objetivos son menos influyentes en la formación de la opinión pública que la apelación a la emoción y a la creencia personal".
Así define el Diccionario Oxford esta palabra que eligió "después de mucho debate y discusión", según afirma en su página web.
Esta palabra viene a definir una era en la que el que algo aparente ser verdad es más importante que la propia verdad.

Reflexionemos sobre estas definiciones. Ellas se difunden después de las elecciones de Trump y del Brexit -agregamos la del referéndum italiano. En ellas los medios de comunicación daban por descontado (manipulaban para que así ocurriese) un resultado opuesto del que ocurrió. Con esta definición de posverdad tendríamos que pensar que la gente que eligió a Trump, la que votó por salir de Europa o el No en el Referéndum italiano eligió la falsedad en lugar de la verdad. Denunciando aparentemente algo, este vocablo nos está guiando a una manera de entender las cosas que suceden. Casi como una operación de falsa bandera. En esas elecciones se produjo –más allá de que nos guste o no nos guste- una diferencia respecto de lo que se esperaba. Si se va a la definición del diccionario Oxford se verá que hay algo que se esfuma. No se habla de la manipulación de la información en relación a la verdad de los hechos. Se pone a cuenta del sujeto (elector en este caso) que elige la subjetiva emoción en lugar de la objetiva realidad. No pone en ningún lugar la idea de “manipulación de los hechos”, sino que confronta hechos con subjetividades, evocando una perspectiva positivista de viejo cuño cuando se trata de un vocablo tan posmoderno.

El mentiroso te dice que no quieres creer su verdad –que es mentira- porque te adhieres a una apariencia de verdad. Más allá de que es cierto –aunque no lo digan- que los medios de comunicación y el marketing político mienten a raudales y construyen una apariencia de verdad en la que la gente cree, como sucedió en las elecciones de Argentina. Pero esta definición no habla de la  manipulación de la verdad mediáticamente extendida por el planeta. Tampoco dice que quizá los electores también hayan votado más allá de esa manipulación.

Aquí intentan traducir el problema en una cuestión de discordancia entre la objetividad de los hechos y la subjetividad de las emociones de cada persona, pero para erigirse ellos (los medios y el diccionario) en detentores de la realidad de los hechos. La BBC, para aclarar nuestras ideas, nos dice:
"Trump es el máximo exponente de la política 'post-verdad', (...) una confianza en afirmaciones que se 'sienten verdad' pero no se apoyan en la realidad", escribió la revista The Economist.

Trump será así el símbolo de la mentira en la política, cuando es difícil señalar que la manipulación de la verdad a través de la información mediática haya sido sólo proveniente de su parte. Como nos ocurre frecuentemente, nos encontramos con la paradoja de que vamos a informarnos sobre lo que las palabras quieren decir en esos lugares que son los primeros en manipularlas. El trabajo psíquico que significa estar continuamente expuestos a estas manipulaciones desde los más “prestigiosos”, “respetables” y sensatos medios de información es agotador. Ahora bien, siempre los diccionarios han inoculado ideología; dependen de quién tenga el poder para construir el significado de las palabras. El diccionario es una máquina de guerra ideológica, pero construida a lo largo del tiempo. Antes de que una nueva palabra sea aceptada en un diccionario pasa una prueba en el hablar de la lengua. Ahora casi que la inventan previamente y la imponen.

Esta erosión de la “autoridad cultural” (Boczkowski) nos pone frente a un problema histórico novedoso. No hay nada nuevo bajo el sol en ese sentido. Ya Hernán Cortés usó el engaño para la conquista “al servicio de poder manipular los mitos de los aztecas para, por ejemplo, hacerles creer que es la encarnación del retorno del Quetzacóatl” *. Lo nuevo son las prodigiosas tecnologías a su disposición. Pero también con estas tecnologías hay posibilidad de que las personas accedan a otras fuentes de información. Es lo que está pasando con la situación en Siria. Un claro ejemplo de que la guerra también se realiza a través de la información, cuando los grandes medios internacionales trabajan tanto para hacer llegar una determinada versión. Existen, de todos modos, otras versiones que llegan en cuenta gotas, pero llegan, de los medios alternativos.

La posverdad no es sino una manera en que intentan apropiarse de la capacidad de resistir a un discurso hegemónico vendiéndolo ya envasado para que se repita por doquier. La “posverdad”: un significante que está allí para confundir. Como hemos dicho en otro lugar **, la velocidad y la eficacia de la información se realiza en torno a alguna palabra, algún sintagma que condense significación y que sea potencialmente unificadora para imponer un sentido. Una manera de intentar socavar la resistencia a la homogeneidad de ese sentido; resistencia que ocurre, a pesar de todo. 


* Lidia Ferrari. La diversión en la crueldad. Psicoanálisis de una pasión argentina, Buenos Aires, Letra Viva, 2016, p. 64.

** Lidia Ferrari. “Una estrategia narrativa de la dominación y la Verleugnung freudiana”, publicado en la revista Psicoanálisis y el hospital, Nro. 49, “El superyó de la época”, 2016.

martes, 15 de octubre de 2013

El caso Díaz

por Andrés Mombrú Ruggiero *

Un viejo chiste anticomunista narraba el diálogo entre dos amigos, uno de ellos comunista y el otro que lo interrogaba sobre qué actitud asumiría cuando llegara el comunismo. –Dime, cuando venga el comunismo, si tuvieras dos vacas, ¿me darías una? –Por supuesto hombre, yo soy comunista. – Y si tuvieras dos chanchos, ¿me darías uno? – No podría ser de otro modo, porque yo soy comunista. – Y si tuvieras dos gallinas, ¿me darías una? – Ah no, eso sí que no, de ningún modo. – ¡Pero, cómo! Me darías una vaca, un chancho y no me darías una mísera gallina. ¿Por qué? – Es que gallinas tengo.

Declarar la tolerancia, el respeto por las diferencias, el reconocimiento a los demás y su derecho a pensar y sentir diferente, a tener otras convicciones y plantearse otros modos de estar en el mundo, a querer compartir un espacio bajo el sol, es algo que tiene buena prensa, pero suele plantearse de una manera cuando se trata de declamar principios de modo abstracto y de otra cuando se ponen en juego intereses concretos.

Desde nuestro punto de vista las situaciones de escasez material pueden generar conflictos cruentos cuando lo que lo que se encuentra en juego es la supervivencia. Estas situaciones suelen producir violencia y destrucción, "más allá de las necesidades racionales". La lucha por la justicia no se puede separar de la lucha por la abundancia y por la distribución de la riqueza.

En el campo de los bienes materiales, su condición de limitados, obliga a un justo equilibrio en su distribución. En el caso de bienes no materiales, y por ende ilimitados, como la curiosidad, el pensamiento, el conocimiento, el deseo de saber, la disposición a investigar, no deberían producir enfrentamientos y luchas cruentas; son tan inagotables que hay para todos y por los siglos de los siglos. Sin embargo, no son estos bienes en sí mismos los que pueden generar conflictos innecesarios, pero sí el significado que cobran para quienes los persiguen y el tipo de deseos que se esconden detrás. No todos quieren las mismas cosas del mismo modo y por los mismos motivos. Esos bienes inagotables también son objeto de disputa y en muchas oportunidades más cruentas que las que concitan los bienes materiales. Es verdad que detrás de las disputas que ponen en juego el prestigio, la reputación, el reconocimiento social, se encuentran intereses más concretos, tales como el dinero y el poder, pero cuántas veces los deseos de fama, popularidad, gloria, son antepuestos a aquellos.

Entendemos que uno de los bienes más valiosos al que toda persona pueda aspirar es el respeto. En una sociedad en donde las personas se encuentran en extremo devaluadas, el respeto es un bien muy escaso. Respetar no es solamente cumplir con los mandatos de cortesía de la sociedad, sino considerar al otro en su condición de ser irreductible, y necesario en su irreductibilidad, para que sea posible la reciprocidad del reconocimiento y del ser.

La dialéctica vincular en relación al mundo y a los otros puede estar orientada por la lógica de la voluntad de poder ser con los otros y/o por la lógica de la voluntad del poder como dominio. Las expresiones declamatorias, permiten visualizar, en los discursos más rudimentarios, cuándo se trata de palabras vacías que no se condicen con "los hechos"; en cambio, cuando el discurso se hace más sofisticado, se hace mucho más difícil descubrir el engaño. Si queremos tener un panorama más completo, es necesario entonces analizar no sólo las ideas, sino también las prácticas.

Esther Díaz es una mujer. Por supuesto que es una epistemóloga, filósofa y pensadora. Es importante tener en cuenta que esta circunstancia, la de ser mujer, no es un dato menor en nuestra sociedad, que bajo ciertas apariencias igualadoras sigue manteniendo una estructura patriarcal. Pero además ella es una mujer que piensa por cuenta propia, lo cual agrava su situación, la hace todavía más delicada (a la situación y a ella); es que se trata de una mujer que piensa por cuenta propia en un ámbito en el cual el lugar de las mujeres se encuentra reservado, como en el hogar, a la educación de los chicos. En el ámbito de la filosofía y de la epistemología se ve con buenos ojos que una mujer pueda ser una excelente profesora; que tenga pretensiones de pensadora y de filósofa sigue considerándose una insolencia. Si además, esa insolente por su condición, pretende insolentarse también cuestionado los sagrados principios de la ciencia, de la filosofía y la epistemología, así como la autoridad venerable de sus prohombres, colma todos los límites. Y si encima de todo no cumple con la estética profesoral clásica de sobriedad monacal y se muestra bella y sensual, hay quienes creen que habría que pensar en la hoguera.

Hoy se ven más mujeres como ella, pero hace varias décadas, cuando su nombre y sus ideas comenzaron a resonar en los claustros académicos, era una pionera. Junto con sus originales peinados y sus clases cálidas y entusiastas llegó también un aire fresco a los oscuros y mohosos claustros.

Esther Díaz se doctoró en filosofía en 1991, en 1994 tenía la segunda categorización como investigadora y la categoría más alta en 2004. Es fácil consultar su muy prolífica trayectoria como investigadora, como formadora de investigadores, como conferencista y su participación en congresos y seminarios de máximo nivel nacional e internacional, así como los premios que se le han otorgado y la enorme cantidad de artículos y libros que ha publicado. No invocamos falazmente el principio de autoridad, queremos dar cuenta de que estamos hablando de una persona que, por sus méritos y trayectoria, merece un trato respetuoso. Su obra tiene una doble dimensión. Por un lado, como docente que se sabe responsable de comunicar todos aquellos contenidos disciplinares que hacen a una formación académica de calidad. Por otro, como innovadora capaz de reflexionar críticamente y de realizar aportes significativos en las disciplinas que cultiva.

Frontal en su modo de ser y de encarar los problemas, rigurosa en sus conceptos, puede ser una muy dura contrincante, pero también profundamente sensible y contenedora a la hora de asistir a quienes la requieren. Esther Díaz es una de esas personas que en el plano académico uno pude querer tener como amiga o como contrincante. Como amiga por lo que se puede aprender de ella y como contrincante, por la misma razón.

En 1985, a tres años de la recuperación de la democracia, el daño inferido por la dictadura a las instituciones universitarias se presentaba como un problema a solucionar. La Universidad de Buenos Aires adoptó, entre otras medidas, el principio del ingreso irrestricto. Para dar contención al aluvión de jóvenes, y no tan jóvenes, que después de la larga noche se encontraban ávidos de las "luces del conocimiento", era necesario implementar una forma de ingreso que diera lugar a todos y no hiciera colapsar a las distintas facultades. Fue así que surgió el Ciclo Básico Común, (CBC) un ciclo universitario de pregrado. Su propuesta era incentivar el pensamiento crítico y contribuir a la formación ética, cívica y democrática, así como promover una formación interdisciplinaria. No se constituía como una unidad académica independiente, como cualquier facultad, sino que dependía directamente del Consejo Superior, y por lo tanto, su autonomía se veía condicionada por las internas entre los distintos decanos. El plan consistía en seis materias. Dos específicas del área disciplinar, dos específicas de la carrera que seguiría el alumno en el grado, y dos comunes para todos. De las dos comunes, una era Sociedad y Estado, ésta tenía el propósito de dar a los jóvenes elementos de juicio que permitieran respaldar a la naciente democracia. La otra era Introducción al Pensamiento Científico, (IPC) pensada para promover el pensamiento crítico interdisciplinario y para consolidar metodologías de aprendizaje.

Esther Díaz obtuvo un cargo como titular de IPC. La mayoría de los titulares de esa materia habían sido discípulos de Klimovsky, como él mismo lo expresa en Mis diversas existencias (p.193). El programa que Díaz había propuesto cumplía con los contenidos mínimos establecidos por el Ministerio de Educación para la materia, presentaba un panorama de las corrientes epistemológicas más representativas y además agregaba un contenido adicional sobre corrientes no ortodoxas.

A pesar de que sus discípulos tenían casi todas las cátedras del CBC, Klimovsky siempre se mostró como opositor al mismo, además de tener un conato personal con el Rector Francisco Delich.

Por mi parte, acostumbrado como estaba ya a las materias cero, a cómo ahorraban tiempo y no creaban mayores problemas, vi con bastante poca simpatía la implementación del CBC, factor que también contribuyó a ensanchar el distanciamiento con Delich, quien advertía con molestia que yo no comulgaba con su manera de pensar. El punto culminante de esta situación ocurrió cuando hubo que votar en el Consejo Superior el proyecto de Delich. Todos los decanos y algunos delegados de los graduados apoyaron la iniciativa, salvo la delegación estudiantil, que le hizo otras consideraciones, y yo. Esto significó una especie de ruptura definitiva, que seguramente suscitó en Delich la obsesión de que yo desapareciera como decano de Exactas, cosa que casi se produce en ese momento. (Klimovsky, 2008, p. 196)

Las materias cero, eran unos cursos breves que se habían implementado en la Facultad de Ciencias Exactas, eran una especie de preparación que daba la facultad para sus exámenes de ingreso. Surgió a instancias de Klimovsky y éste tuvo la pretensión de que se extendiera a toda la Universidad de Buenos Aires. Se trataba para él de una solución política intermedia entre el ingreso irrestricto al que se oponía y el examen de ingreso con el que simpatizaba. Una vez institucionalizado el CBC y desde su rol como decano de dicha facultad, Klimovsky trató por todos los medios de generar, a través de sus discípulos, la mayoría de los cuales también eran miembros del SADAF, (Sociedad Argentina de Análisis Filosófico), sociedad que él dirigía, que por lo menos IPC se convirtiera lo más posible en el modelo que él tenía para Exactas.

Klimovsky afirmaba que el CBC no resolvería los problemas que se suponía venía a resolver, pero todavía hoy, cuando se hace referencia en cursos de grado de las distintas facultades, sobre temas como la revolución copérnico-galileana, los conflictos y factores que determinaron el advenimiento de la ciencia experimental moderna, y otros aspectos epistemológicos relevantes, los estudiantes que cursaron IPC en aquellas cátedras quedan desconcertados, y cuando se les pregunta, ¿qué estudiaron en IPC?, responden "lógica", revelando la pobreza de aquella propuesta.

En los cursos de Esther Díaz también se daba lógica. A nadie se le ocurría que los alumnos pudieran comprender algunas de las propuestas epistemológicas más relevantes y al mismo tiempo ignoraran los elementos más básicos de lógica. Lo que en verdad fastidiaba a Klimovsky y a sus discípulos era que, además, se hablara de Feyerabend, de Foucault, de Bachelard, de Althusser, de Piaget. Autores que junto con Kuhn y Lakatos aparecen en su obra Las desventuras del conocimiento científico (1997) bajo el título: "Epistemologías alternativas”. Lo que no debe leerse como las controversias con las posturas ortodoxas, sino, del modo en que se alude explícitamente en Epistemología y Psicoanálisis Tomo I -y que citáramos- a: "pequeñas 'escuelas epistemológicas' en manos de aventureros intelectuales” (p. 169). Menos le gustaba que se hablara de Nietzsche, quien pensaba en una gaya ciencia y no como Klimovsky en una ciencia "seria".

Sin duda, para Klimovsky Esther Díaz representaba un peligro y un mal ejemplo para sus discípulos. Esa mujer podía seducirlos y llevarlos por el mal camino de los aventureros intelectuales, al tiempo que negar la epistemología seria, verdadera y objetiva. Podía ser capaz de corromper a la juventud, además de enseñarle a algunas de sus discípulas a vestirse como mujeres.

Díaz era la manzana podrida que había que quitar del cajón. El momento en que las naves tornaran de Delos sería el propicio para su fin. Y las naves tornaron con un concurso por el cargo de titular de IPC y un proyecto de investigación. Puede parecer exagerado comparar la situación de Díaz con el proceso a Sócrates, pero lo que aquí está en juego no son las figuras grandes o pequeñas de estas tragedias, sino la reiteración de los "crímenes contra la filosofía”.

En un reportaje realizado por la revista La otra, Díaz realiza algunas declaraciones que extraeremos y alternaremos con otras realizadas con motivo de éste trabajo:

Con el grupo de docentes con el que trabajo hemos soportado todo tipo de presiones. Cuando recién comenzábamos, Gregorio Klimovsky era decano de la facultad de Ciencias Exactas y, por ende, su voz tenía mucho peso sobre una estructura académica precaria como el CBC. Bien, Klimovsky me hizo llegar advertencias para que revisara mi programa, porque no se podía enseñar epistemología criticando a la ciencia. Yo defendí mi programa diciendo que damos todo lo que daría un neopositivista y además un plus. Y como existe libertad de cátedra en Argentina, nadie puede objetarme que yo incluya una visión alternativa de la epistemología. Con este discurso pude zafar los años que estuvo este señor como decano de Exactas. Unos años después, tuve que defender mi cátedra en un concurso y me tocó ¡¡¡otra vez!!! Klimovsky, ahora de jurado. Y este señor prefirió dejar un cargo desierto, alegando que la profesora Esther Díaz no estaba en condiciones ni intelectuales ni pedagógicas de estar al frente de una cátedra, a pesar de que hacía 10 años que yo estaba a cargo de la cátedra. Pero tuve la suerte de que cometieran un error increíble. Yo había presentado un proyecto de investigación con un colega. Ahora, miren lo que pasó: este colega con el que yo presento la investigación obtiene su cargo en el concurso. Pero en el fundamento para dejarme fuera del orden de méritos del concurso era que mi proyecto de investigación era confuso y sin un objetivo claro. Y al colega que hizo la misma investigación conmigo, presentada con las mismas palabras, le dieron el cargo porque ¡su investigación era "excelente y correspondía perfectamente a los objetivos de la materia"! Los jurados, Klimovsky, un sociólogo llamado Fishermann y una metodóloga que se llamaba Ruth Sautú, ni siquiera se tomaron el trabajo de leer los antecedentes, porque si los hubieran leído se tendrían que haber dado cuenta de que ambos proyectos eran uno y el mismo, y que nosotros así lo explicitábamos. Por supuesto yo impugné el concurso, pero pasé un año hasta con fantasías de suicidio, porque era mi muerte profesional, ese dictamen que me había dado una de las personas más prestigiosas de la Argentina. Yo iba al CBC y era como si entrara un leproso de la Edad Media, la gente me eludía, porque si Klimovsky había dicho eso de mí... "por algo será", como solíamos decir los argentinos. Esto tuvo un final feliz para mí, porque el concurso fue anulado. (Revista La otra, de julio de 2004)

Esther Díaz había sido hostigada por el maestro y sus discípulos para que desistiera de sus herejías epistemológicas.

Esas advertencias me las hizo llegar a través de profesores de su entorno, que en ese momento eran compañeros míos en el CBC, y me decían cosas como: "Klimovsky no ve con buenos ojos que enseñes pensamiento científico criticando a la ciencia" o "El Decano de Exactas está enojadísimo porque se enteró que vos das Nietzsche en Pensamiento Científico" y cosas por el estilo. En una conversación oral puedo dar nombre y apellido de esas personas, pero me niego a ponerlo por escrito porque ya no quiero más pleitos con esos mediocres mandaderos del imperialismo epistemológico, al menos desde lo que de mí depende. De todos modos ellos siguen hostigando y tachando a mis discípulos en varias de las agencias de investigación y en los concursos. El relato de varios damnificados es que se los expulsa en estos términos: "Usted no puede acceder a ese cargo porque se nota que sigue la orientación de Esther Díaz y aquí se hace filosofía en serio". Incluso actualmente cuando personas de la orientación anglosajona evalúan desde la CONEAU los posgrados que dirijo, insisten en las descalificaciones, y si mantengo –hasta ahora- la acreditación de esa institución es porque sus autoridades, con encomiable criterio, no se quedaron con la evaluación sesgada y ladina de mis pares neo-positivistas y, obviando sus negativos informes, le otorgaron la acreditación a esos posgrados. (Díaz, declaración personal)

Continuamos con el reportaje de Cuervo en la revista La otra.

Cuervo: El final feliz es un acto fallido por parte de estos jurados, porque imaginemos que hubieran encontrado una manera más inteligente de dejarla afuera...

Esther Díaz: Cosas así hicieron en toda la Argentina. Dejaron afuera a la gente que pensaba diferente de ellos. A estos señores les pasó como a los militares: ya venían cebados de tanto imponer el poder sin una verdad que lo acompañe. Y como decía Foucault, no hay poder que no tenga relación con la verdad, así como no hay verdad que no tenga relación con el poder. Entonces, ellos creyeron que con el poder solo era suficiente, y cometieron esa desprolijidad que hizo que el Consejo Superior de la UBA, por primera vez desde el advenimiento de la democracia, declarara ese concurso disuelto y acusara al jurado de sospechoso de arbitrariedad contra mi persona.

Cuervo: ¿Después de eso tuvo más problemas en la UBA?

Esther Díaz: La última estocada fuerte fue después de que se hicieron los nuevos concursos, a fines de 2003. Por supuesto, ya no pudieron poner a Klimovsky en el jurado, pero ponen a sus amigos, porque esa corriente epistemológica sigue siendo hegemónica. Pero a esta altura, mi curriculum es de tal volumen y mi capacidad para luchar es tan grande, que entonces no pudieron dejarme afuera. Pero le puedo asegurar que yo tuve que hacer un curriculum 4 veces más grande (hablando como un almacenero) que cualquiera de los otros que obtuvieron el cargo. Porque eran mis enemigos los que me evaluaban. Me dieron el cargo, pero no fue todavía tan fácil. Tan pronto como me lo dieron, once de los doce profesores que quedaron como titulares de IPC, por supuesto neopositivistas, presionaron para desmembrar al grupo de docentes a mi cargo, alegando que mi cátedra tenía demasiados docentes. Es verdad, somos la cátedra de IPC más grande... ¿por qué será? Porque hemos consolidado un grupo de investigación que nos dio un arraigo y nos hizo tomar conciencia de que ocupamos un lugar alternativo en la epistemología argentina. Una vez más, la posición de los profesores de mi cátedra fue tan firme que logramos evitar el desmembramiento.

Cuervo: Usted habló de la libertad de cátedra. Ahora, por todo lo que dijo, parece que fuera muy precaria; porque, en todo caso, usted como titular puede defender su visión crítica, pero esa libertad de cátedra no existe para los estudiantes que por azar van a caer en alguna de las once cátedras positivistas, o a lo mejor en las dos que tienen una visión distinta. Y la libertad de cátedra tampoco existe para los centenares de docentes auxiliares, que están al frente de las aulas todos los días.

Esther Díaz: Tal cual, porque si algún profesor de mi cátedra no se sintiera cómodo con la postura teórica que sostenemos, tendría para elegir once cátedras neopositivistas. En cambio, si profesores de esas cátedras quisieran pasarse a mi cátedra (cosa que ha pasado), no podrán, con la excusa de que esta cátedra es muy grande: "vos no podés seguir acumulando profesores". Ellos no dicen la palabra que una puede leer tranquilamente, no dicen "no podés seguir acumulando poder". Acumular profe-sores y acumular alumnos significa acumular poder. Para ellos, "poder" es una mala palabra, para mí no, porque yo lo considero como una instancia positiva, mientras no sea mero dominio. (Revista La otra, de julio de 2004)

Entendemos que el relato habla por sí mismo. Estos testimonios pueden ser contrastados empíricamente con los dictámenes y los escritos que documentan todo el proceso y se encuentran en los archivos del CBC.

Gregorio Klimovsky fue una figura relevante para ciertas concepciones de la epistemología. Podríamos decir que esa relevancia es el fruto de haber servido al poder. De alguna manera esto es cierto, su visión epistemológica condice con la visión heredada, que da sustento a una ciencia que se descompromete de toda implicancia ética y abre el campo a todo tipo de aplicación instrumental, frente a las cuales no puede mantener su autonomía. Como hemos visto Klimovsky separa la investigación de la responsabilidad como persona y ciudadano.

Otro yo, de las diversas existencias de Klimovsky, sin duda demostró ser probo y consecuente frente a la barbarie de las varias dictaduras que imperaron en la Argentina en los últimos 60 años. Su participación en la lucha por los derechos humanos y en la CONADEP revelan en él un compromiso con una lógica de la voluntad de poder ser con los otros. Es imposible establecer los motivos que lo condujeron a tomar esos compromisos, por ello no pondremos en cuestión su honestidad al hacerlo.

Hemos dicho que las dos lógicas de la voluntad atraviesan a todas las personas y se visualiza en sus ideas y sus prácticas. Las ideas y las prácticas de Klimovsky son contradictorias en términos éticos. Fue capaz de comprometer su seguridad personal frente a dictaduras sangrientas, pero no tuvo reparo en querer destruir, por los métodos más espurios, a una mujer que cuestionaba sus ideas y su poder. A la que, en lugar de enfrentar en el campo en que un caballero de la ciencia debe hacerlo, en el de las ideas, en el de la polémica severa y respetuosa; antes que considerarla un contrincante valioso para confrontar, reflexionar, revisar, modificar, crear, se abroqueló en su dogma epistemológico y prefirió sacarse de encima, en un gesto pávido, no a la profesora Esther Díaz, sino a la perturbadora representante de las ideas que comenzaban a resquebrajar el dogmatismo epistemológico de casi un siglo que él personificaba.

Si bien Díaz, como ella lo declara, estuvo al borde del suicidio, a causa de la depresión que estos sucesos le provocaron, sacó de este desgraciado encuentro un gran provecho que la fortaleció en su dignidad como persona, que la mostró como capaz de pensar por cuenta propia sin la tutela de otro. Paradójicamente, uno de los mayores mandatos del pensamiento ilustrado y de la racionalidad que Klimovsky declamaba defender. ¿Qué dice hoy Esther Díaz?

¡Gracias Klimovsky por haberme humillado, maltratado y haber intentado borrarme de la epistemología argentina! Porque si usted me hubiera otorgado ese cargo (que de todos modos obtuve en otro concurso) yo lo hubiera respetado por haber reconocido a una estudiosa de la epistemología a pesar de que no comulgaba con su postulados teóricos, y nunca me hubiera atrevido a deconstruir las relaciones de poder que se escondían detrás de su dogmatismo epistemológico. En cambio, al haber mostrado usted su corrupción académica, logró que mis alas crecieran y que no tuviera miedo de expresar mis ideas y de denunciar los turbios manejos de quienes se postulan dueños de la epistemología, sin advertir, en el mejor de los casos, que están sirviendo a los intereses hegemónicos del mercado científico, y sabiendo, en el peor de los casos, que están al servicio de un corporativismo que no admite competencias. (Díaz, declaración personal)

El otro yo del Dr. Klimovsky no había comprendido que compartiendo las gallinas había más posibilidades de que las gallinas se reprodujeran. No podemos ni estamos en condición de analizar los motivos psicológicos profundos, el modo en que se conjugaban en Klimovsky los deseos, los conocimientos, los saberes, los miedos, las convicciones. Pero es seguro que sus concepciones epistemológicas no lo ayudaron a vislumbrar la posibilidad de una epistemología ampliada, de una integración de los saberes, de los conocimientos, de alcanzar una sapiencia capaz de extender la lógica de la voluntad de poder ser con los otros por encima de la lógica de la voluntad del poder como dominio allí donde en campos como la epistemología es tan necesario como posible.

* Fragmento de Philia y Sophía para una metacrítica de la epistemología, tesis doctoral de Andrés Mombrú Ruggiero.