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miércoles, 29 de diciembre de 2021

Apuntes sobre la subjetividad libertaria

por Juan Manuel Iribarren

Gran parte del actual credo libertario se fundamenta por un apriorismo del individuo que niegan casi todas las ciencias sociales, pero cuyo núcleo duro epistemológico se encuentra en un reducido grupo de economistas de un Imperio al borde del abismo. Mientras los escritores de Austria-Hungría pintaban grandes frescos históricos y alegorías de su decadencia, mientras la Viena de principio de siglo se llenaba de postales de histeria, remordimiento e hipocresía, a las que de a poco se aplicarían las nuevas curaciones del alma; hombres que no conocían la historia reciente aseguraban los nuevos modelos teóricos de la ciencia económica del siglo XX, elevando a condición de ciencia una estructura de conocimiento que se parecía sospechosamente a una utopía. La compulsiva presentación de una doctrina de mercados autorregulados en un mundo dividido por los desastres que había traído el patrón oro y la respuesta de un imperialismo creciente no parecía tener ninguna realidad, pero a la Viena de aquella época le fascinaban las ideas.

Todavía se piensa la Escuela Austríaca como una revolución en el pensamiento económico, pero en lo que respecta a la economía, sus grandes aportes fueron deudores de la escuela marginalista que surgió en toda Europa al mismo tiempo. Y lo que sí iniciaron fue una revuelta epistemológica, una desconfianza violenta de los fundamentos de las ciencias sociales europeas, pero que no conllevaba ningún cambio de paradigma relevante, y que habitualmente confundía ciencia con propaganda. Para llenar ese vacío presentaban conceptos a priori sin fundamentación ontológica y sin posibilidad de comprobación empírica, mientras la revolución epistemológica se consolidaba muy cerca: en el círculo de Viena y en sus críticos y allegados. 

La visión “austríaca” de las ciencias sociales ha quedado fuera de lugar, curiosidades de batallas teóricas sin relevancia en el mundo académico actual.  Y sin embargo, una parte de esa crítica todavía persiste transformada, fundamenta el desorden cognitivo generado por las reformas neoliberales, naturaliza cierto individualismo metodológico como accesorio indispensable de la argumentación mediática. No sabemos hasta qué punto el núcleo del profundo entusiasmo que todavía genera esa escuela se explica más por su particular concepción de la acción humana como estructura atomizada de comportamiento, que por sus concepciones de autorregulación de los mercados. Esta última noción no es del todo accesible a la mayoría de sus militantes.

Nunca llegaron a pensar la esencia del hombre, sino la esencia de su acción, en un mundo paralelo incoaccionable, donde la esencia de la acción del hombre sería la incoacción. De ahí su obsesión con la coacción estatal, que va a ser el caballito de batalla de las discusiones de sus militantes por décadas, por una creencia en un teórico hombre incoaccionable, libre del contrato social. Ni Menger ni Mises 1 tuvieron interés en las culturas trabajadoras de la Europa industrial, lo que pudo potenciar su alergia al historicismo y su absoluta negación del hombre como género, su interpretación del hombre exclusivamente como individuo.


Quedará para historiadores preguntarse si el carácter del Imperio facilitó la renovación de las robinsonadas de la economía política, reformulando la idea de sujetos autodeterminados por su propio interés en una isla desierta fuera de la historia, reactualizada con un corolario que no tenían los conceptos originales: la novedosa idea de que el sujeto de soberanía es el individuo y no la comunidad. 

Es ampliamente discutible que Adam Smith haya aventurado semejante noción de individuo, pues nunca pensó en los planes vitales de realización personal, sino en los intereses privados de grupos que se oponen al libre mercado; ya que el principal enemigo del mercado no lo detectaba en el Estado, sino en los monopolios y oligopolios. Por eso y por secreta filiación contractualista concibió la economía política como una rama de la ciencia del estadista o legislador, de ningún modo al servicio de la libertad personal. Por eso no habló de Acciones Humanas sino de Riqueza de Naciones.  

La acción humana y la cooperación social como una ciencia de relaciones dadas, el giro epistemológico de la Escuela Austríaca, esa “revolución de enormes consecuencias” de la que hablaba Mises, no ha sido examinada más que desde el fervor partidario a favor y en contra, en relación con la evidencia empírica más o menos soslayada. Y sin embargo, los partidarios de Hayek y Mises 2 suelen citar su interdisciplinariedad para afirmar que la escuela contiene verdaderos estudiosos de la conducta humana. ¿Pero cuáles son los fundamentos de la “acción humana”, y en dónde sustentan su noción de individuo autodeterminado? Convertir la teoría de los precios del mercado en una teoría general de la elección humana, dice Mises en Human Action, determinando que acción y elección están siempre ligadas. 

No es mi intención hacer un muñeco de paja de este argumento, pero se observa una consecuencia endeble: que el concepto de coacción sólo se aplicaría para ilustrar las relaciones humanas mediadas por un agente externo institucional. Si acción y elección humana siempre están ligadas, entonces la variable coacción sólo puede considerarse proviniendo de las instituciones impuestas sobre relaciones humanas de libre elección. Y de ahí Camino de Servidumbre y la parafernalia posterior de Libertad de Elegir, donde el problema son las instituciones reguladoras del campo social. Dicen que por ellas no hay libertad.


Digamos que en el mundo de las acciones de Mises no sólo no existe la dominación de clase o grupo, sino que tampoco hay lugar para la tragedia clásica, el mal y la violencia se soslayan, y especialmente la violencia económica. Y en una reducción al absurdo no se acepta que los individuos tengan en la consecuencia de sus actos lo que intuitivamente llaman “suerte”, pues la suerte buena o mala implica un principio de no elección, es decir, un resultado impredecible de la acción no ligada a la elección. De ahí que los preconceptos “austríacos” pueden echar luz sobre el soslayamiento de las condiciones de vida de cada sujeto, como marca de fábrica del militante libertario, como si la elección individual partiera de un sujeto autodeterminado y libre, sin circunstancias psicológicas, sociales, financieras, de buena o mala fortuna. 

¿Y que puede ser entonces la Acción Humana para Mises? ¿La maximización del sujeto de su bienestar individual? ¿Y en base a esto elaborar una teoría general de la acción humana, que se desligue por completo de la psicología y de la sociología? ¿Qué clase de criatura teórica resulta de eso?

“La acción humana es una conducta consciente, movilizada voluntad transformada en actuación, que pretende alcanzar precisos fines y objetivos; es una reacción consciente del ego ante los estímulos y las circunstancias del ambiente; es una reflexiva acomodación a aquella disposición del universo que está influyendo en la vida del sujeto”.

Precisemos algo: según Mises, el hombre al actuar aspira a sustituir un estado menos satisfactorio por otro mejor, la mente presenta situaciones más gratas y el incentivo que induce al individuo a actuar es el malestar, a lo que se agrega un tercer requisito que es advertir la existencia de cierta conducta deliberada con capacidades de reducir la incomodidad sentida. Sólo el ser que vive bajo dichas condiciones es un ser humano, un homo agens, casi una extrapolación de un agente económico en un mercado. De hecho, Mises llega a afirmar que los seres de ascendencia humana que, de nacimiento o por defecto adquirido, carecen de capacidad para actuar, a efectos prácticos, no son seres humanos, carecen de humanidad. Y por supuesto, no hay acciones humanas sin fines pretendidos 3.


Y cuesta encontrar consideraciones previas. La primera sensación que se tiene cuando uno arrima a la Escuela Austríaca es que no se han estructurado los conceptos previos, como si siempre estuvieran en un estado de positiva propaganda proactiva, lo que ayudaría a explicar la racionalidad emocional de los libertarios -jalonada de juicios de valor y descalificaciones ya en los cimientos de su propia “ciencia”- como constitutiva de su práctica política. ¿Y en que consiste su práctica política?

La historia es harto conocida: unas pocas personas con intereses definidos y amplios recursos económicos financian unos cuantos think-tanks conservadores con ideas viejas y fracasadas, con la finalidad de defender un clima social favorable a sus intereses privados en el momento en que comienzan a avanzar nuevas ideas amenazantes. Y entonces a los militantes les llueven del cielo los recursos y creen que su causa es justa y necesaria, por una mezcla de moral calvinista y persistente indiferencia moral ante los problemas de su tiempo. No son estudiosos de otras disciplinas y están tan convencidos de sus ideas que no creen necesario debatir sus fundamentos. No provienen de las clases que los manipulan adulterando aquellas ideas que aman con locura y no comprenden. Y tienen, ante todo, una gran necesidad de expresarse en forma descalificadora, condescendiente y violenta. Aquí no analizaremos esa violencia, pero diremos que va en línea con la racionalidad emocional de los textos de Mises. 

Que la nueva concepción de un individuo coartado por la comunidad y sus encarnaciones superestructurales, insista en la referencia a naturalezas humanas ahistóricas y autodeterminadas, negando la hegemonía ideológica en la construcción del sujeto y su sujeción histórica, habilita esa cualidad de poder fantasear sobre el concepto de libertad, una vez negado todo carácter problemático al sujeto. Por esto fue condición necesaria para comenzar a articular el modelo teórico de Mises, defender previamente la invariabilidad de lo humano, frente a las concepciones históricas de las ciencias sociales. Y por eso fundar la economía en la naturaleza de la acción humana, como hizo Mises, también arrastra el problema filosófico de la indeterminación ontológica de lo humano.
 
Ahora bien, ¿cuál es la noción de lo humano de los libertarios? ¿Cómo encaran la esencia del ser humano? ¿Toda coacción los vuelve inhumanos? ¿Son esencialmente inhumanos, con su potencial humanidad condicionada a la destrucción del Estado? ¿Cuál es la humanidad de un libertario? ¿Poder elegir? ¿Qué la acción esté ligada a una elección incondicionada? Al menos eso dice Mises y no ha sido desmentido por la militancia. Precisando: ser humano no es ser libre, sino creer en una acción ligada a la libre elección. La libertad es un concepto demasiado complejo para la Escuela Austríaca, lo que militan es la creación de un mundo paralelo donde todas las acciones estén ligadas a libres elecciones: exactamente eso entienden por libertad. Y el primer problema es que esto implica un mundo de información perfecta sin condicionamiento social. No se enteraron que, desde hace ya varias décadas, hasta la Academia Sueca viene premiando la desconfianza en ese tipo de ideas. ¿Podríamos afirmar de una vez por todas que el supuesto de la información perfecta, fuera de los ejercicios académicos, ya en discusiones serias no existe más? Los libertarios no quieren dar vuelta la página, insisten con el cuento.

Y como la sagacidad debe limitarse al reconocimiento de la opresión estatal, desconocen las coerciones de otras instituciones. Desconocen ante todo el carácter institucional del mercado regulado por leyes y conductas monopólicas: plantean su naturaleza reguladora y favorecedora de las acciones humanas.


De sus discursos se precisa que este supuesto sujeto no coactivo, al que cualquier política de redistribución coactivaría, no tiene más esencia que su propia libertad, cuyo fundamento último es transgredir posibles amenazas de coacción. No se han preguntado ni qué es la libertad ni por qué ser libres, lo fundamental es lo incoaccionable. Y cabalmente no es que quieran ser libres, sino que quieren ser sujetos incoaccionables, una suerte de oxímoron epistemológico, una utopía banal y exagerada. 
 
La palabra “coacción” usada exclusivamente para señalar acciones de las instituciones estatales, implica dar por sentado una persona no coaccionada por su subjetividad ni por sus relaciones sociales, es decir, incondicionada y libre de influencia social. Un esquema o entelequia que no es atravesado por la historia, la cultura, las determinaciones genéticas, socioeconómicas, etc. Y no buscan con esto redefinir lo humano, sino crear un sujeto coaccionado por su propio deseo e interés, sujeto a un campo de acción condicionado, lo que determina su identidad como separación y cálculo, continuando la línea de la construcción del Homo Economicus en reemplazo del ser humano. Como si las elecciones de una teoría de juegos pudieran agotar las acciones y relaciones humanas. Como si el único campo de acción vital fuera el mercado. 

“Nadie puede prohibirme lo que yo quiero”. ¿Y eso que querés es libre o está condicionado? 

Por la idea de un deseo incondicionado y sujeto a la creación de un Frankenstein Homo Agens —aun después de que Keynes planteara sus animal spirits aggiornándose al psicoanálisis y toda la economía conductual enfilara detrás suyo— los libertarios persisten en usar retazos de viejas doctrinas para legitimar ideas malformadas y desactualizadas acerca de las conductas de las personas, reduciendo ostensiblemente su humanidad y postulando –bajo el barniz de seres libres– monigotes de las fuerzas del mercado. 

¿Y qué debería entonces haber hecho Van Gogh para no morirse de hambre? “Producir algo más competitivo”.

Dejar de ser Van Gogh, convertirse en un pintor mediocre, cuando una existencia material garantizada nos hubiera dado algunas décadas más de sus pinturas, sin el relato de un loco que lo mantenía su hermano y resulta que era un genio. ¿No es acaso una externalidad positiva la mera existencia de los genios? ¿Pagaron un precio adecuado por la Capilla Sixtina? Las externalidades económicas no entran en el vocabulario de los libertarios, pero la experiencia de dar mucho más de lo que se recibe, es parte sustancial de las conquistas de la humanidad. No puede considerarse mero accidente.

Por otra parte, la obsesión “austríaca” por la autonomía conceptual —especialmente recordando lo que Derrida llamaba la metafísica de la presencia— se manifestó en las escuelas de Viena como aquella farsa teórica de la acción humana como presencia indispuesta por el “Estado”, siendo el Estado un concepto derivado de una falsa creencia en acciones autodeterminadas y libres. Y fue el modo más racional que encontraron de ponerse en contra de cualquier idea genérica de humanidad: suponer la presencia inalterable de un individuo con absoluta libertad de elección. Y al tratar de construir un sujeto sin realidad social, la consumación de ese individuo no podía darse más que como alteraciones psíquicas promovidas por conductas alienadas, como recorte de conciencia y como impostura.

Pues ni el sujeto ni la libertad son autónomos. Y la libertad no es libre, mal que les pese. La libertad es condicionada por distintas variables, como la no sujeción a la necesidad que vuelve esclavos a millones de personas desde los tiempos de los enclosures 5.

Y mientras los escritores de la MittelEuropa se dedicaban a grandes frescos sobre la decadencia de su cultura, con sus médicos estudiando las razones inconscientes de su profunda histeria, y sus filósofos trastornando la percepción, priorizando el análisis del lenguaje y los fenómenos —allí donde todo parecía profundamente inasible— los economistas consolidaron la teoría del valor marginal, derivando la esencia humana de una teoría de precios, postulando un mercado autorregulado, correlativo a una idea de libertad del individuo, que lo despojaba de la Igualdad y la Fraternidad con conscientes daños a la humanidad; pues no querían humanidad, sino “acciones humanas” subsumidas como engranajes de un mercado espectral. 



NOTAS

1 - Carl Menger (1840-1921) es el primer economista de la Escuela Austríaca, y uno de los primeros en desarrollar la Teoría marginalista, en oposición al paradigma clásico de la teoría del valor-trabajo

Ludwig von Mises (1881-1973) es la figura más destacada de la Escuela Austríaca y la principal influencia para los economistas posteriores libertarios, especialmente por su crítica al socialismo y a la intervención estatal. También es el creador del concepto de Acción Humana y de una reformulación de las ciencias sociales a la luz de ese concepto.

2 - Friedrick Hayek (1899-1992) es el economista más popular de la Escuela Austríaca, conocido especialmente por su crítica al totalitarismo y por la adhesión incondicional a sus ideas por parte de Margaret Thatcher y de Ronald Reagan.

La escuela austríaca plantea la noción de homo agens en contraposición al homo economicus de la escuela neoclásica, planteando un sujeto de acción que no es meramente el representante de una función de utilidad. Su crítica al positivismo de la escuela neoclásica implica el supuesto de acción con algunos requisitos previos.

“Consideramos de contento y satisfacción aquel estado del ser humano que no induce ni puede inducir a la acción. El hombre, al actuar, aspira a sustituir un estado menos satisfactorio por otro mejor. La mente presenta al actor situaciones más gratas, que éste, mediante la acción, pretende alcanzar. Es siempre el malestar el incentivo que induce al individuo a actuar. El ser plenamente satisfecho carecería de motivo para variar de estado. Ya no tendría ni deseos ni anhelos; sería perfectamente feliz. Nada haría; simplemente viviría.

"Pero ni el malestar ni el representarse un estado de cosas más atractivo bastan por sí solos para impeler al hombre a actuar. Debe concurrir un tercer requisito: advertir mentalmente la existencia de cierta conducta deliberada capaz de suprimir o, al menos, de reducir la incomodidad sentida. Sin la concurrencia de esa circunstancia, ninguna actuación es posible; el interesado ha de conformarse con lo inevitable. No tiene más remedio que someterse a su destino.

"Tales son los presupuestos generales de la acción humana. El ser que vive bajo dichas condiciones es un ser humano. No es solamente homo sapiens, sino también homo agens. Los seres de ascendencia humana que, de nacimiento o por defecto adquirido, carecen de capacidad para actuar (en el sentido amplio del vocablo, no sólo en el legal), a efectos prácticos, no son seres humanos. Aunque las leyes y la biología los consideren hombres, de hecho carecen de la característica específicamente humana. El recién nacido no es un ser actuante; no ha recorrido aún todo el trayecto que va de la concepción al pleno desarrollo de sus cualidades humanas. Sólo al finalizar tal desarrollo se convertirá en sujeto de acción”. La Acción Humana, Ludwig Von Mises.

4 Animal Spirits es un concepto acuñado por John Maynard Keynes, para incluir los elementos irracionales en el comportamiento humano y en las decisiones de los agentes económicos, resaltando la confianza y el optimismo, en contraposición a la ponderación racional de los hechos que plantean las escuelas precedentes.

5 Los “enclosures” o cercamientos, fue el proceso de división de las tierras comunales en tierras divididas y cercadas, para conseguir la eficiencia agrícola que requería el funcionamiento de una sociedad capitalista.  Según Karl Polanyi (1886-1964): 

“Con razón se ha dicho que los cercamientos fueron una revolución de los ricos contra los pobres. Los señores y los nobles estaban perturbando el orden social, derogando antiguas leyes y costumbres, a veces por medios violentos, a menudo por la presión y la intimidación. Estaban literalmente robando a los pobres su participación en las tierras comunales, derribando las casas que, por la fuerza insuperable de la costumbre, los pobres habían considerado durante mucho tiempo como suyas y de sus herederos. Se estaba perturbando la urdimbre de la sociedad; las aldeas desoladas y las ruinas de viviendas humanas atestiguaban la fiereza con que arrasaba la revolución, poniendo en peligro las defensas del país, vaciando sus pueblos, diezmando a su población, convirtiendo en polvo su suelo sobrecargado, hostigando a sus habitantes y convirtiéndolos en una muchedumbre de pordioseros y ladrones cuando antes eran agricultores inquilinos.”

miércoles, 23 de junio de 2021

Conferencia de prensa: una reflexión sobre la vida

por Horacio González *

En todos estos días que estamos pasando, se pone de relieve un desocultamiento de situaciones que tenían una fuerte incorporación en nuestra aceptación natural, amablemente irreflexiva, pues nuestras capacidades críticas iban por otro lado. Digo desocultamiento coqueteando con una palabra fundamental de un conocido filósofo, y señalo que las críticas estaban dirigidas hacia otros focos de atención, acudiéndose a la alternativa de pagar o no la deuda externa, el probable default, y también al importantísimo y deficientemente tratado tema de la “falsa opción” entre economía y vida. Partimos, con estas reflexiones apiladas rápidamente, de lo ocurrido en una Conferencia de Prensa sobre la prosecución de la cuarentena, dada por las máximas autoridades del país al promediar el mes de mayo. Para el caso no importa mencionarla específicamente, pero sí advertir sobre los modos en que se desarrollan las llamadas conferencias de prensa, como desafíos a los funcionarios desde órganos de prensa especializados, tratando de ponerlos ante un límite, ridiculizarlos y ofrecerlos como piezas ya capturadas por diestros mastines que disfrazan de pregunta ingenua su capacidad de desgarrar vestiduras.

Ante una afirmación del gobernador de la Provincia de Buenos Aires, respecto a que ya con las gripes clásicas el sistema hospitalario estaba colapsado ―y se refería a la situación durante el gobierno anterior―, la pregunta fue qué le hacía suponer que ahora, con las obras nuevas que estaba promoviendo, iban a alcanzar las camas para los afectados. Al virus del cual se hablaba, lo veían escalando la tabla de las estadísticas de un modo peligroso, como la curva de un objeto de vuelo lineal que repentinamente se encumbra. Una parte de la respuesta indicó que habría más camas, además de las que se estaba previendo, porque ante el virus nuevo disminuían las gripes clásicas, y porque el enclaustramiento colectivo reducía las muertes por accidentes de tránsito. Evidentemente son razonamientos estadísticos, pero indican hechos de cierta extrañeza, pues nos llevan a pensar, mucho más allá de las estadísticas, los costos generales de la existencia en la civilización urbano-técnica y tecno-circulatoria. ¿Un virus mayor absorbe los ya conocidos? ¿No está bien, aunque se considere un efecto secundario, que disminuyan las muertes por causa de la densidad del tráfico urbano?

Entenderíamos que los muertos por accidentes de tránsito, desde los más simples a las caídas de los aviones ―que de un modo tajante no acatan el relativismo de todo evento trágico callejero, y súbitamente encierra en una única masacre a todos los pasajeros―, son los cálculos que deberíamos aceptar por vivir en un cultura constituida por mecanismos que suplen la traslación humana por locomoción “a sangre”, por poderosos artefactos que consumen tiempo de una manera favorable para darle racionalidad al misterio de las distancias. El monto de muertes que tiene esa superación de las caravanas y las carretas, está ya computados y absorbidos por la “progresión civilizatoria”. ¿Acaso no podían hundirse los trirremes griegos en el mar Egeo, las carabelas españolas en el voraz océano antes incluso de llegar a las islas Canarias? Todo horizonte cuya línea es traspasada por el diseño de un nuevo artefacto que lo desbarata como límite, interioriza la ecuación trágica, accidentaria. La exploración con cohetes espaciales tiene el precio de la muerte de varios astronautas por malos cálculos matemáticos, esto está previsto, incluso como retraso de un plan espacial por varios años. Las muertes sorpresivas, no por la caída del jinete de un caballo, sino de los turistas del Titanic, están insertas como fúnebre combustible humano en la hipótesis inicial que diseña cualquier dispositivo que afecta la cotidianeidad naturalista del tiempo.

No obstante, cuando la retracción del tránsito impone la noticia de que hay menos muertes que ocupan las salas de terapia intensiva de hospitales, que así pueden derivarse a otros usos ―el más urgente es el del virus, que es un accidente, pero de otro tipo, no fácilmente definible―, entonces nos preguntamos, a diferencia de los periodistas de la conferencia de prensa, como si se tratase de una pregunta sobre el ser y la nada, si esto no demostraría que el cese provisorio de la productividad en sus diversas formas, fabril o locomocional, no constituye un hecho benéfico para la vida humana. Si lo es, deberían pensarse nuevas formas productivas, lo que es muy difícil, y si no lo es, hay que admitir que la racionalidad instrumental que rige la construcción de las grandes metrópolis, con sus puentes, vigas de acero, rutas aéreas y trenes subterráneos, es una dialéctica entre el habitar y la cuota de muertos necesaria, entre el construir y la cuota de muertos necesarios, entre el transportar, y la cuota de muertos necesarios. Etcétera.

Necesariamente, esta situación en torno a la cuota de sacrificados estadísticos, los sin nombre, los que no saben que entran en la cuota accidentaria pues la cuota tampoco lo sabe, traduce el juego de las estadísticas en una figura de la conciencia, la angustia, término que también apareció entre las preguntas de los periodistas a las autoridades. Llamativo momento donde un concepto lo suficientemente inscripto en la lengua cotidiana y lo nutridamente expuesto en obras filosóficas ―la más notoria la de Kierkegaard, que dejó una honda huella en el Siglo XX―, permitió que la figura presidencial se mostrara razonablemente enojada por una inquisitorial advertencia respecto a la angustia de los encerrados por la cuarentena. Hay un nudo central en esta cuestión, más allá de los alcances filosóficos del concepto de angustia, que se redondea dificultosamente alrededor del punto en el cual, los seres mortales no consiguen ubicar en su finitud, la hipótesis onto-teológica de la eternidad imaginada. Lo imaginado se presenta con una solidez provocada, por que la certeza de muerte solo es comprobable en los otros, no en un sí mismo que apuesta temblorosamente por su propia perennidad. Evidentemente hay una trama angustiosa en el existir lanzado al mundo por sus propios medios. Un Estado, razonablemente, no trata las cuestiones de angustia más que cuando se presentan bajo categorías como las de “políticas de Estado”.

Suprimir, acentuar, o elaborar cuestiones en torno a la angustia, solo sería competencia de departamentos de asistencia social del Estado, y, aun así, se podría considerar las lógicas estatales, vistas del ángulo que fueren, como entes inadecuados para tratar las manifestaciones de la conciencia angustiada. La Filosofía del Derecho de Hegel o el anarquismo nómade que ve al Estado como un panóptico disciplinario, no admitiría ese compromiso entre instituciones psiquiátricas del Estado y atención de la “conciencia desdichada”. La estatalidad tendría una consistencia impropia para considerar el tema del “nido oscuro” de la subjetividad humana, excepto fuera bajo las consignas de una oficina neuropática funcionando con consignas positivistas y una estricta línea divisoria entre patológico y normal. 

No obstante, la palabra angustia fue pronunciada en una pregunta que la máxima autoridad del Estado respondió tomando en cuenta la oscura intencionalidad con que se la formulaba. Se quería acentuar las dificultades de la cuarentena, que es notoriamente un momento de pausa existencial, de reclusión domiciliaria que nada tendría de anómalo en la visión romántico burguesa del hogar donde impera una división de trabajo amorosa. Pero las medidas de reclusión actual en tanto “políticas de cuidado”, se sostienen en una ética de expropiación de la ciudad, con sus nervios vitales como corredores vitales y su contrarréplica como lugar de emplazamiento de hechos políticos, artísticos y los dramas del “logos accidentario”, que ahora nos son provisoriamente ahorrados.

En la pregunta sobre la angustia, fue respondida por el presidente señalando que no es posible plantear una angustia en torno a la retención de la vida en el hogar, si está de por medio la completa angustia por la existencia. O el hecho de un desconocimiento de los “protocolos” que conducen a la muerte. De ese hecho único brota la angustia, en este caso, las “angustia del Estado”. La respuesta es propicia, pues tenía varios planos, uno de los cuales apuntaba a responder a quienes quieren desmoronar el esquema de la cuarentena, con el cual se está empujando al gobierno a que acepte, domeñado, el retorno al esquema económico productivo, reactivando el mercado “normalizado”, previniendo, como insólitamente hizo un notorio dirigente político de los años 70, de que podría haber una “rebelión social” ante la desmesura de un cierre de los flujos de la producción. Si en cambio estos se abrieran, resolverían el hambre y la angustia, con un precio en cantidad de vidas seguramente mayor que aquel que habría con el cierre social. Pero con la apertura hacia la correntada del capitalismo real, en su nerviosa espera, las muertes mayores si continúa la peste igual son tan probabilísticas como las específicas de la enfermedad. La opción sería entonces entre estadísticas más suaves y estadísticas más graves, pero con estas últimas se volvería al trabajo y también a las muertes “aceptables”, por accidentes de trabajo o de tránsito.

La pregunta periodística actuaba en nombre de una dudosa dedicación por conjurar la angustia de la inactividad social ―cuidadora de las muertes por contagio de “origen indeterminado”, pero centradas ahora en los puntos de aglomeración y hacinamiento―, desdeñando las muertes que estadísticamente se producen en toda sociedad por enfermedades varias, accidentes de trabajo, la llamada “tasa de criminalidad” y descuidos previsibles o imprevisibles. Lo mismo da. ¿Por qué no sacar consecuencias del asombro de la ecología o del ciudadano común que no se siente agresivo con la naturaleza al oír los pasos ganados por el mundo animal sobre las ciudades? Los lobos marinos en Mar del Plata en las calles del puerto, exigiendo ciudadanía portuaria, los ciervos en el Delta del Paraná que se dejan ver y quieren ver, las especies que huyen de las ciudades y las visitan ahora como orondos plantígrados que recorren calles periféricas sin temor a tener que mostrar cédula de identidad. ¿Ese espectáculo de las liebres y osos asustados que se asoman a un terreno que creen provisoriamente ganado, “la selva urbana”, no puede decirnos algo? La actividad humana mediada por tecnologías necesariamente amenazadoras, pues no hay mundo técnico sin una instrumentalidad agresiva, no es necesario aclarar que no está dispuesta a tomar como una señal más elocuente que la que dan los supuestos ovnis “extraterrestres” avistados por los aviones de la CIA, a esta invitación del mundo animal que es llamado a las primeras estribaciones del mundo humano para compartir visibilidades. Llamado, ciertamente, por un instinto de convivencia inexplicable, o por lo menos, no fácil de explicar. 

Pero es posible decir que hay una angustia en tanto sentimiento de estar en las inmediaciones de los abismos. Y para quienes los miran con la obsesión de resguardar su ser o entregarse al vacío de la nada, es una angustia que se hace presente en las circunstancias en que hay una decisión del Estado sobre la sociedad para desactivarla. Inmovilizarla por razones superiores que crearán un tipo de angustia de paralización circulatoria o laboral, y si vamos más lejos, de ser un dato computable para todos los aparatos de vigilancia y localización de itinerarios que se hallan vigentes en nombre del mesianismo digital que le dará otra terminalidad a los domicilios y proveerá a los estados y a las empresas de las estadísticas reales sobre  el complejo poblacional, su estado sanitario, psicológico y sus supuestas capacidades para la disciplina o la “desprotocolización” (un protocolo para cada actividad, si perdurase luego del cese del estado excepcional, sería un inaceptable indicio de congelamiento arbitrario y burocratización digitalizada del fluir real de la vida).

Así, para preservar de la angustia mayor ―la suprema y única de la que nada puede decirse―, un Estado justamente indignado por los factores que quieren debilitar su cuarentena, podría afirmar la angustia primordial de la muerte en nombre de las psicopatologías de la vida cotidiana, bien estudiadas, y motivos frecuentes de políticas de estado a través de las instituciones oficiales de psicología colectiva y gabinetes hospitalarios de consulta psiquiátrica o psicológica. Formidable discusión, que aparece en los sordos debates entre periodistas y funcionarios, y como es de índole política, no trasciende al plano específicamente filosófico.

El enojo presidencial cabe, porque las preguntas del cuerpo periodístico que responde a las necesidades fundadoras del orden productivo-corporativo ―que solo sabe calcular en términos financieros―, están graduadas voluntaria o involuntariamente para afectar al Estado. Las inquisiciones del Estado Comunicacional parten de una institucionalidad volátil engarzada en lugares comunes, ya fortificados, de la lengua usual. Es más etéreo, simbólico, evanescente y reticular que las instituciones públicas conocidas. Por eso hay una pregunta sobre la porción de muertes necesarias para volver a la producción “normal”. Es una tasa de mortandad que también se origina en una suerte de ontología financiera. Son los circuitos abstractos en que se produce dinero con tiempo y tiempo con cuerpos vivos sumergidos en su propio desastre. Es así que lo que ocurría en esa Conferencia de Prensa lo debemos ver en una franja de tensión política que a su vez está recorrida por muchas otras estrías.

Era una discusión profunda sobre las valoraciones de la vida en su sentido más desencarnado y a la vez como categoría fundadora de toda posibilidad de pensar en destinos comunes. Vidas sin vestimentas en particular, seres empíricos, despojados de singularidades, pues no hay ámbitos compartidos porque hay itinerarios desnutridos, atados al monolito cero del vivir societal e histórico, donde toda vida se anonada y queda apta para la aplicación de protocolos, haya o no infecciones. Pero ese cero choca con el infinito histórico, que reparte las vidas en suertes inagotablemente plurales, según el ritmo de los casilleros que determinan la disparidad de las propiedades y las desiguales herencias recibidas. Los trabajos, las competencias, las violencias, las simbologías, los distingos raciales, sexuales y simbólicos actúan para quebrar el grado de ingenua nulidad inicial de las vidas, que las iguala en breves instantes y las separa enseguida con toda clase de segmentaciones estamentales. La contracara de esta violentación del trabajo del ser, y del ser del trabajo, tiene su complementación en la vituperación del mundo natural, que, por mirar al mundo histórico, se historiza él mismo, trasladando las dificultades de su supuesta inmovilidad, que la naturaleza en verdad nunca tiene, al mundo social y produce el efecto de “naturalizarlo”.

 Los virus son intermediarios letales bajo ciertas circunstancias y personajes centrales de una dialéctica oscura y nociva entre naturaleza e historia; bajo otras circunstancias, que no atinaríamos a definir cabalmente, suelen ser la tensión que puede componer esa relación bajo un permanente equilibrio inestable. Pero lo más seguro es que este equilibrio se rompa por la incapacidad de evaluación sensitiva del monto socialmente necesario de la producción humana, agregada de la reproducción incesante de lo producido, que desequilibra las condiciones de existencia colectiva, soltando las piezas intermediarias que “ni vivas ni muertas”, comienzan a recorrer y ser recorridas, con los funcionarios y los medios de comunicación viéndolas como humanoides dibujados por los diseñadores de los medios masivos como un muñequito redondo semejante a un emoticón con pinchos de peluquería.

En verdad estas micro formaciones relacionadas con el origen de la vida y los desplazamientos de las enfermedades de muerte, representan constantes mediaciones socio-naturales, cuya tensión sostenida casi que con cables de acero, se va acentuando hacia la consideración de la naturaleza viva como un simple depósito de materiales, un cantero inerte de recursos que hay que pasar ya mismo a la cinta de producción, que es como retirarlos de su forma de vida, esa materialidad que no es inerte sino que se brinda a lo humano dispuesta a humanizarse ella misma y se ve atrapada por un cerco que la condensa cada vez más en una especie única, destinada a la servidumbre del “homo economicus financierus”. Si siempre largó virus, bacilos, fiebres, cóleras, ahora interviene con un dato desnudo de advertencia. No se trata de un antropoide, ni de una zoomorfia que tiene nombre científico y entra en batalla para culpabilizarnos, invocar plegarias o rezar por la ciencia. Como los viejos dioses trágicos y cómicos, un rostro del bacilo añora la cadena natural que lo ha desprendido y busca alojamientos en huéspedes involuntarios a los que les hace correr peligro de muerte. El otro rostro es su grasa quieta, sus proteínas dormidas que quizás no hubieran querido despertar.

No hay mundo productivo, sensitivo, existencial y de compromisos políticos, sin que intervengan organismos que parecen exógenos pero que vuelven hacia la historia crítica de lo humano, que es la que ―finalmente― los ha creado. Por eso nos obliga a pensar en la economía de la muerte, cuestión para la cual no hay “políticas públicas” que valgan. Con “economía de la muerte” queremos decir que toda la estructura última del capitalismo se recorta sobre el fondo de unas estadísticas de la fatalidad. De alguna manera, las estadísticas siempre tienen un sello predictivo y destinal. Son famosas las estadísticas de suicidas que hizo Durkheim a finales del Siglo XIX. No las atribuía a la economía sino al modo en que la sociedad se “interiorizaba” en la constitución misma de las expectativas del sujeto capaz de decidir sobre sus propios itinerarios. Pero las estadísticas como acontecimiento ontológico ―así son para Durkheim―, reclaman cada año su cuota ya establecida de muertes. Son de algún modo una “política pública”, no un recuento burocrático de casos, sino que imponen a los casos mismos su destinación. Evidentemente, esta es una ilusión que crean los Estados con sus estadísticas, necesarias sin duda, pero ignorantes del modo en que ellas van condicionando los hechos futuros y del modo en que traducen un razonamiento fundamental de la economía: ¿cuántos muertos se precisan para tal o cual inversión, plan de desarrollo o la selección de tal o cual tecnología de extracción de tesoros “naturales”?

De la Conferencia de Prensa se desprenden entonces muchos planos, como franjas de una masa de hojaldre. No solo el choque sutil e implícito entre el cuerpo periodístico que expresa el cuestionamiento de las corporaciones a las restricciones que impone el sanitarismo al despliegue libre del circuito del mercado del dinero que se multiplica en la magia caricaturesca de las finanzas, sino también la filosofía subterránea que hay en una conferencia donde el Estado ―que con sus figuras representativas hace anuncios fundamentales―, se expone a la democracia de las inquisiciones toleradas, que fingen provenir de una necesidad de información, pero buscan que queden al desnudo las contradicciones de los expositores. Estos son los momentos en que el Estado se hace voz pública e imagen rígida, donde empiezan a contar los gestos imprevisibles de los funcionarios o sus “gaffes”, carnívoramente computadas. Es lo más fácil de mundo percibir sus contradicciones, sobre todo cuando se produjo un gesto inesperado, pues en vez de anunciar solamente “políticas sanitarias de aislamiento”, se las envolvió en una teleología humanista, la “preferencia por la vida”, que de ser observada como nueva doctrina estratégica, obliga al poder económico a combatirla con salvajismo mandando primero sus peones, luego los alfiles, y así pensando nuevas jugadas hasta obligar a invertir la ecuación vida-economía.

Todo el esfuerzo de la corporación económico-financiera (cuyo resumen en términos de lenguaje puede llamarse “periodismo de investigación de las fisuras que se abren cuando el Estado habla de sus opciones sensibles”), es desmembrar las políticas públicas de las que se desprenden fragmentos vitales extraídos de una hipótesis de humanización de las decisiones técnicas. ¿Hay tiempo y lugar para mantenerlas? ¿O serán derrotadas porque quienes las plantean no saben muy bien cómo defenderlas? Los ciervos volverán a esconderse, los accidentes volverán a las rutas y los pájaros volarán más alto para evitar el hollín de las chimeneas. Esta democracia bucólica sin productividad no es posible. O si lo fuera, vendría a suplir la economía de la información. Los domicilios convertidos en terminales de trabajo, como lo son del gas, la luz y la telefonía fija. Ahora, como Terminales Totales, son anexos “amorosos” de las empresas digitales, con su logo-centrismo basado en la sustitución de la ”vita activa” por la actividad del “macro-dato”, con lo que los accidentes serán de otra forma ―algunas conocidas―, como “la caída del sistema”. Y si el centro de todas las redes donde concurran los flujos reactivos quedan a cargo de una “Inteligencia General” que procede como el virus pero contagia sin enfermar los cuerpos, sino adosándolos invisiblemente al autómata central, entonces una conferencia de prensa de la índole que estamos comentando, nunca deja de ser un hecho filosófico, un conjunto de temas que inesperadamente se abren a una reflexión mayor.

Que esa Conferencia, en sí misma, no puede consumar pero sí puede mostrar, como invitación a la reflexión y angustia de los seres vivientes, que ven que partes de lo viviente alcanzado menos por lo orgánico y más por los estilos de elección grupales y sociales, son porciones de libertad que van quedando canceladas. Una oclusión ética del pensar como apertura temática en lugares abiertos, puede quedar relativizado si fracasa la preferencia por la vida. Esta no rehúye ni rechaza el mundo de la economía. Se invita a pensar en otro que le sea alternativo. Y sirva a la vida, en vez de ésta servir a la economía. La ecuación vida-economía podría ser entonces economía-vida-economía. Donde en la segunda vez que aparece luego de haber pasado por la vida, la economía ya es otra.


* Nota del Editor de Un Largo: Este texto de Horacio González fue publicado originalmente en junio del 2020 en el libro Posnormales. Pensamiento Contemporáneo en Tiempos de Pandemia, una recopilación de ensayos de varios autores realizada por editorial ASPO, cuya totalidad puede descargarse gratuitamente clickeando acá. Pablo Amadeo fue quien tuvo la iniciativa de convocar a un conjunto de pensadores e investigadores de diversas disciplinas "a partir de una consigna que propone ensayar formas de sobreponerse y adaptarse activamente a los escenarios traumáticos ―muerte y aislamiento― a los que nos arroja el estado de pandemia y las lógicas de inmunización neoliberales / neoindividuales". La edición de este libro recopilatorio fue la tercera de una serie, precedida por Sopa de Wuhan y La Fiebre.

La meditación que hace aproximadamente un año emprendía Horacio González tiene su sello inconfundible: cruza las dimensiones existenciales, políticas, económicas, tecnológicas y culturales del acontecimiento que desde hace más de un año y medio trastornó la vida planetaria: la pandemia del COVID. La tensión de esta época atraviesa su escritura y desencadena preguntas que encaran la catástrofe como una oportunidad del pensar, en un contexto histórico habitualmente adverso para la reflexión. Ningún acontecimiento ha sido adverso para que Horacio González reflexionara. La angustia ante la muerte propia, el cálculo económico de las "muertes aceptables" para que el sistema de producción continúe expandiéndose, la desigualdad social, las tensiones entre el poder democrático y los poderes fácticos que enervan la historia argentina de las últimas décadas, la ficción espuria del periodismo, la responsabilidad sanitaria del estado, la reducción capitalista de la naturaleza viva a un reservorio de recursos disponibles para su saqueo son magistralmente enhebrados por la inquietud punzante de Horacio González. 

La conferencia de prensa a la que Horacio hace alusión en el texto fue ofrecida conjuntamente por el Presidente de la Nación, el Gobernador de la Provincia de Buenos Aires y el Jefe de Gobierno de CABA el sábado 23 de mayo de 2020. La periodista Silvia Mercado, en representación del diario digital Infobae, habitual vocero de la derecha vinculada a la Embajada de USA, cuestionó la extensión del período de cuarentena adjudicándole a esta medida sanitaria de prevención la causa de una "angustia" de la población al verse impelida a los protocolos de aislamiento social. La derecha desetabilizadora empezaba a intentar resquebrajar el clima social que durante las primeras semanas había sido aceptado por el conjunto de la sociedad como un esfuerzo necesario para preservar la salud colectiva. Estaba empezando el movimiento negacionista que pretendía deteriorar los índices sanitarios para desestabilizar la situación política.

Ninguna de las dimensiones del conflicto se le escapan a González: desde el peculiar modo de existencia del virus, la compleja intersección entre la naturaleza y la sociedad que la pandemia vino a desvelar y el uso avieso del periodismo para corroer a los gobiernos democráticos, tanto como la angustia ante la muerte y la indiferencia económica del sistema frente a las muertes "aceptables". 

En esa inquietud, el pensamiento de Horacio González permanece vivo.

sábado, 21 de noviembre de 2015

Las patentes y el derecho a una salud para todos


por Susana de Luque y Gabriela Bes

El tema de las patentes farmacéuticas es un asunto clave cuando se considera la salud y la calidad de vida de nuestra sociedad argentina. Está íntimamente relacionado con los precios de los medicamentos y  por consiguiente, con los presupuestos de salud pública y privada y el  acceso de la población a un derecho fundamental como lo es el derecho a la salud. Las patentes farmacéuticas son parte de los denominados derechos de propiedad industrial y habilitan a sus poseedores -empresas farmacéuticas multinacionales- a explotar comercialmente los medicamentos que han resultado de sus procesos de investigación y desarrollo.  El otorgamiento de una patente farmacéutica pretende reconocer, en términos económicos, la inversión realizada para la invención de medicamentos capaces de curar o mejorar las dolencias humanas. Las patentes son territoriales, es decir, que es una prerrogativa de los estados nacionales decidir a través de sus organismos correspondientes (I.N.P.I., Instituto Nacional de la Propiedad Industrial, en Argentina) si este derecho de propiedad industrial, se otorga o no. Para ello las oficinas de patentes deben evaluar tres variables: el nivel de innovación, de creatividad y de aplicación industrial  que posee  la invención que se pretende patentar. El reconocimiento de una patente implicará el derecho de explotar en forma monopólica durante un lapso aproximado de 20 años la producción y comercialización de las drogas o medicamentos patentados, proteger sus datos de prueba por 5 a 12 años y obtener una marca comercial con  registro sanitario previo.

Como en cualquier mercado, las prácticas monopólicas conducen a distorsiones y arbitrariedades en los precios. Pero en el ámbito de la salud la situación se torna mucho más inequitativa y dislocada en la medida que cualquier individuo o familia está dispuesto a pagar lo que sea necesario con tal de resolver su dolencia. Es en este marco en el que las empresas definen sus precios de venta. Como resultado de esta situación, se establecen precios abusivos que generan ganancias y transferencias multimillonarias desde las arcas sociales públicas y privadas hacia las empresas farmacéuticas transnacionales. La falta de relación existente entre los costos de producción de un medicamento -incluyendo las inversiones en desarrollo e investigación-  y los precios de venta deja ver una lógica mercantil extorsiva desleal que lucra con las posibilidades del bienestar de las poblaciones. Las patentes farmacéuticas y las prácticas monopólicas asociadas a su otorgamiento se constituyen, de este modo, en barreras que impiden el acceso al  medicamento como bien social  y con ello, se erigen como claros determinantes sociales de la salud. Si bien esta problemática es más dramática en los países de recursos medios y bajos que no disponen del conocimiento ni de la infraestructura necesaria para producir medicamentos, también es una realidad palpable en los países más ricos.

Por esta razón resulta imprescindible que el Estado adopte una posición activa en defensa de los intereses de la población. Si bien, por un lado está obligado por los acuerdos internacionales * a dar lugar a las solicitudes de patentes, por el otro, su responsabilidad principal es cuidar los recursos comunes y evitar los abusos de precios que provienen del ejercicio de una posición dominante en el mercado. Esto en el contexto de un sistema económico que ve en la salud una mercancía antes que un derecho. Es necesario que exista un compromiso político por parte del Estado que se focalice en los pacientes y la salud pública y ponga freno a los intereses de la Industria farmacéutica.

Argentina ha sostenido una tradición de cautela respecto al otorgamiento de patentes en el país. Por otra parte, en la última década, algunas iniciativas regionales desde MERCOSUR y UNASUR se han venido enfocando en el logro de decisiones conjuntas que permitan mejorar la posición negociadora de los países integrantes. Entre ellas podría mencionarse el acuerdo realizado en el  año 2009 entre los ministros de salud del Mercosur para la redacción de “guías de patentabilidad”. Estas guías tienen como objetivo construir procedimientos comunes y patrones de evaluación claros para posibilitar una revisión crítica de las patentes solicitadas en los distintos países. No en pocas oportunidades las empresas del sector intentan patentar drogas o medicamentos que no presentan caracteres suficientemente novedosos o, a través de lo que se denomina práctica de “evergreening”, intentan prorrogar los beneficios de una patente ya obtenida incorporando pequeñas modificaciones al producto y tratando de justificar su extensión y sus ganancias por muchos más años. En  2012, el Ministerio de Industria, Ministerio de Salud y el INPI emitieron en forma conjunta la Resolución MI 118/2012  MS 546/2012  INPI 107/2012 de patentes de invención y modelos de utilidad, dando  pautas para el examen de patentabilidad de las solicitudes de patentes sobre invenciones químico-farmacéuticas. Por otra parte, en consonancia con la necesidad de fortalecer la producción local de medicamentos, en diciembre de 2014 se sancionó la ley 27113 que declara de interés público y estratégico la investigación y producción de medicamentos en nuestro país y se anunció la creación de una Agencia Nacional de Laboratorios Públicos. Por último, en la reunión de ministros de salud de UNASUR de setiembre de 2015 se acordó la negociación conjunta para la provisión de drogas farmacéuticas y la posibilidad de conseguir rebajas sustanciales en los precios de compra.

Reflexión

Resulta importante tener en cuenta estas cuestiones porque es mucho el dinero que está en juego y son múltiples los instrumentos con los que tanto el Estado como la sociedad civil cuentan para llevar adelante acciones que contribuyan a evitar situaciones abusivas, y de este modo posibilitar el acceso a una salud de mejor calidad para todos (licitaciones obligatorias, salvaguardas en salud, oposiciones, importación paralela).  No hay dudas de que quienes adhieren por ideología a la preeminencia de la libertad de mercado antes que a las regulaciones estatales terminan favoreciendo a aquellos que tienen posiciones dominantes en el mercado, descuidando un derecho plasmado en la Constitución Argentina: el derecho a la salud. La integración regional de nuestro país con el resto de los países de la región no es una mera cuestión de latinoamericanismo folklórico sino que entraña la posibilidad de defender nuestros intereses desde una posición de mayor fortaleza, por ejemplo, frente a los laboratorios multinacionales farmacéuticos. En los últimos años, en Argentina, ese espíritu de consolidación regional y defensa de los derechos humanos –como lo es la salud- se ha instalado de manera auspiciosa. Habría que fortalecer (y votar) a quienes seguirán por este camino y rechazar de plano a quienes dejarían la salud a merced de los desatinos del mercado internacional. 


* En 1994, la constitución de la Organización Mundial del Comercio vino a reemplazar al acuerdo GATT sobre aranceles que regía hasta ese momento las prácticas de comercio internacional. La OMC incorporó temáticas trascendentes como las de la propiedad intelectual, las inversiones y los servicios, que hasta ese momento no formaban parte de los acuerdos y las negociaciones internacionales. A partir de estos acuerdos, los países miembros se comprometieron a modificar sus legislaciones locales y adecuarlas a los nuevos marcos internacionales. Se establecieron plazos y nuevas negociaciones a futuro. En el año 2001 se llevó a cabo la denominada Ronda de Doha cuyo objetivo principal fue avanzar en la reducción de los obstáculos al libre comercio. Los temas más sensibles, dados los intereses que involucran, fueron aquellos relacionados con el comercio agrícola y con los derechos de propiedad intelectual. Respecto a estos últimos, en esa oportunidad se acordaron los ADPIC (Aspectos de los Derechos de Propiedad Intelectual para el Comercio) que intentan fortalecer, en una declaración aparte, la interpretación de los acuerdos en favor de la Salud Publica.

viernes, 21 de agosto de 2015

Melconian, Espert, Broda... ¿Y Bein?

De qué hablamos cuando hablamos de liberales y otras cuestiones 3



por Juan Manuel Iribarren


Creo que sería bueno cerrar estos apuntes desordenados tratando de ver al otro economista, el que no es Melconian Espert Broda ni tampoco Kicillof. A mi modo de ver, teatralizando un poco, Miguel Bein parece plantarse en este punto: ok, no es la economía estúpido, pero tampoco es la política, pavotes, porque si fuera la política, pavotes, estaríamos sujetos a un ciclo de empleo y consumo que no se podría sostener por siempre, y que nos llevaría a una crisis, y, por el otro lado, la agenda electoral determinaría las políticas económicas más populares, sin tomar en cuenta el largo plazo (varias décadas), y por este medio se puede hacer mucho y se ha hecho mucho, pero no se puede hacer todo, y eso siempre pasa así y siempre tenemos que volver a comenzar, por lo que habría que pasar a un ciclo de inversión y productividad: una versión bastante más matizada de la frase de Miguel Ángel Broda: la Macro siempre se venga.

Bein comparte presupuestos con los economistas de la oposición: el kirchnerismo ha sido cortoplacista, ha buscado políticas económicas populares, pero debido a esto se está quedando sin reservas, y hasta aquí no hay grandes diferencias entre los discursos; sin embargo, es crucial entender que hay enormes diferencias entre estos economistas y que estas diferencias esenciales tienen que ver con los enfoques tanto del pasado como del futuro: para los economistas de la oposición no existió década ganada, para Miguel Bein la década fue "recontraganada"; para los economistas de la oposición el corto plazo fue solo propaganda para la agenda electoral, para Miguel Bein el corto plazo fue un proceso necesario para incorporar 7 millones de pobres a la clase media; para los economistas de la oposición la caída de las reservas demuestra el carácter irresponsable del gobierno, para Miguel Bein la caída de las reservas no se puede adjudicar del todo al gobierno, sino también a los procesos de desestabilización contra el gobierno por parte de movimientos especulativos foráneos.

Ver cómo ven el futuro ambos es mucho más difícil, ambos quieren inversiones y ambos quieren bajar la inflación: el tema de las inversiones es complejo de ver, porque no se han pronunciado demasiado, pero a mi modo de entender Bein piensa en una inversión orientada a investigación y desarrollo, con el fin de  diversificar  las exportaciones y subir la calidad de empleo, pero también piensa en reducir la inflación a un dígito de aquí a cuatro años, aunque no creo que piense en un levantamiento del cepo, ni en un ajuste rápido, ni en privatizaciones, sino en una desaceleración del crecimiento, necesaria para no quedarse sin reservas, y seguramente también en adquirir algún préstamo importante. En el caso de Melconian Espert Broda, no es fácil ver qué entienden por inversiones, pero cuando dicen "inversiones", de acuerdo al credo que profesan  suena a privatizaciones para capitalizar, las reservas al mismo tiempo que levantan el cepo cambiario. Y, por supuesto, antes de pensar cómo, ir haciendo crecer las exportaciones gradualmente, reducir la inflación a un dígito en un año por una liberación del mercado e inversiones del tipo anterior o aún medidas más arriesgadas; en suma: achicar el gasto público por medio de despidos masivos y algún panfleto de libre comercio: a mi modo de entender, en nombre del largo plazo quieren hacer medidas cortoplacistas que reduzcan la inflación y traigan inversiones, pero en este caso no se ve muy clara cuál es la idea a largo plazo.

Es decir, se puede inducir fácilmente que para Bein el modelo sería un país como Corea del Sur (llegar a ser un país desarrollado en 30 años, algo tan alejado de la sensibilidad argentina, y tan sospechoso de coartada, aunque en su frase lo deja claro: "uno puede llegar en tren bala al pleno empleo, pero el desarrollo es un tren lechero"). Por esto, la incógnita sería si cree que puede o no puede hacerlo sin tener que reducir mucho el gasto público, si tiene alguna idea para un Estado de Bienestar desarrollista al estilo de los Tigres Asiáticos,  o incluso de los países nórdicos, sin petróleo o con petróleo, aunque esto último por cuestiones demográficas y culturales sea un poco más difícil. Sin embargo, lo que parece seguro es que el modelo económico peronista y kirchnerista de consumo y empleo no es precisamente el que está pensando, aunque esto no es totalmente lo mismo que descartar el modelo político de justicia social, sino que puede tratarse de retenerlo sin aumentarlo -o sin priorizarlo- como base para el desarrollo futuro, ralentizar la economía mientras se generan inversiones y muy probablemente no incorporar más pobres a la clase media, sino darle prioridad a elevar el nivel de esa clase media cuidando de no reducirla: el futuro de esto parece confuso, puede tratarse de una intrincada mayoría de edad como de una trampa más, es muy difícil analizarlo: la óptica del pensamiento nacional y popular ha asumido una mayoría de edad prematura, por el gran crecimiento y la profunda originalidad del modelo, que podría juzgar este intento de retroceso, sin preocuparse en discernir donde están las causas de este retroceso, si en ideas económicas, en intereses ajenos al modelo, o en coyunturas económicas creadas por el modelo. Pero creo que esto es lo que hay, crudo, en el pensamiento de Bein, posiblemente, la velocidad de la lancha; ahora, es mucho más difícil pensar en el modelo de Melconian Espert Broda, porque su lenguaje está siempre generalizando, y se precisa muy poco por medio de sus discursos .Incluso hay un intento clarísimo de parte de Melconian de no hablar con claridad sobre esto, afirmando que los subsidios generan irritabilidad social, pero lo cuantitativo está en otra parte. Por supuesto, se trata de ajuste, reducción de subsidios, despidos, tratados de libre comercio y todo el recetario, así que podría sugerirse que el modelo sería un país como Colombia, un país con estabilidad monetaria (que justo en estos días se rompió) por medio de inversiones constantes cuya consecuencia natural sería la apertura indiscriminada al mundo y el sálvese quien pueda.

Hay otra diferencia más esencial aún: para Bein la época kirchnerista de crecimiento y pleno empleo se tiene que compaginar con una nueva época de inversión y productividad; cuando se llega al pleno empleo el motor de la economía ya no puede ser más el consumo, sino que pasa a ser la inversión, hay que cambiar la agenda; en tanto que para Melconian Espert y Broda todo ha sido mal hecho y hay que rehacerlo: lo único que sirve son sus ideas.


Creo que otra diferencia que se puede señalar es que Miguel Bein tiene algo para decir, y quiere ser entendido, no habla como si estuviera en ámbitos académicos y el problema de ser entendido fuera del otro, que es el mensaje de Melconian, por ejemplo, al expresarse: pragmatismo versus dogmatismo.

Esto es sumamente crucial, ya que el kirchnerismo tienes dos bases: una base histórica heredera de los ideales justicialistas, pero también una base profundamente original de un modelo que a pesar de las apariencias no se casa con instrumentos; es decir, exclusivamente pragmático en función de las necesidades del momento, y mucho más sensible por esto a las inquietudes de la época que cualquier otro modelo anterior. Quizás hoy sea algo raro de pensar o incluso de visualizar, porque en Occidente los políticos han desnaturalizado un poco el término, pero en la historia argentina reciente, desde mediados de siglo pasado hasta aquí, el pragmatismo brilló por su ausencia: los ideales abrochados a las recetas ocuparon su lugar. Y ojo, que pragmatismo no significa sentido común, sino todo lo contrario: las ideas pueden estar sujetas al cambio, no hay verdades absolutas, y siempre se necesita investigar en función de lo que se quiere realizar. Sin embargo, creo que Axel Kicillof marca la línea roja que no se puede cruzar, y justamente lo hace en el mismo recinto del que venimos hablando, cuando dice frente al Consejo Interamericano de Comercio y Producción: "Ningún país de fuerte, vigorosa industrialización tardía,periférica, lo hizo sin una decidida y clara intervención de su Estado".


El interrogante que queda pendiente es si de ahora en más se va a hacer hincapié en el carácter heredero de los ideales justicialistas o en el carácter pragmático para hacer de la Argentina un país de vigorosa industrialización. Sinceramente, creo que esa es la discusión próxima dentro del kirchnerismo, porque del mismo modo que es difícil de ver hoy (debido al mito) el carácter pragmático del modelo, puede que en el futuro sea difícil de ver (debido al próximo mito) el carácter justicialista de su continuidad.

Del otro lado sólo hay palabras sueltas, y es interesante ver cómo la prensa mima a los economistas que hablan con tecnicismos, como si el complejo de inferioridad intelectual del que padecen muchos periodistas no encontrara mejor lugar para verse reflejado que en el vacío de ideas que esconden los tecnicismos. Y que, al poder compartir con los periodistas, los pone a hablar de lo mismo que es, en último lugar, la imposición ideológica de la que no quieren hacerse cargo: la fuerza de los intereses privados en sus palabras.

martes, 18 de agosto de 2015

Fundamentalistas de mercado

De qué hablamos cuando hablamos de liberales y otras cuestiones 2



por Juan Manuel Iribarren

(viene de acá)

Y me voy: regreso por un momento a la Argentina del Siglo xxi, a la reunión del Consejo Interamericano de Comercio y Producción, con economistas que se autodenominan liberales porque consideran despectivo el término neoliberal -o quizás piensen que no tiene que ver con ellos.

Lo que llama singularmente la atención es que no hay ninguna señal en el debate de que la Argentina haya pasado por un proceso de crecimiento y cambio, reconocible aun para muchos economistas ortodoxos; la negación de estos 12 años es total, e incluso la llaman "la década perdida" en un intento de negación pueril que sólo evidencia una completa adhesión a su credo.

En realidad, es como si estos señores recién acabaran de salir de un seminario con Milton Friedman, iluminados y racionales en contraposición al dogmatismo ignorante de los viejos economistas del establishment (veteranos keynesianos del New Deal). Y entonces, sinceramente preocupados por el problema de la inflación, sinceramente histéricos por su reputación, creyesen que nada se ha hecho correctamente, que hay que cesar la emisión monetaria, abrir fronteras, ajustar, más deuda externa y punto: lo demás lo hace el sector privado. Sinceramente, pero raro.

Milton Friedman

La arrogancia y la impostada seriedad con la que hoy hablan de estos temas no hace más que solapar la inseguridad que sentirían frente a verdaderos referentes de peso en este momento, pero también oculta algo peor, algo que se le debería poder cuestionar a cualquiera que se dedique a una ciencia social -con matices normativos- y pretenda ser un referente: desconocen por completo la sensibilidad contemporánea, aun de los economistas de más peso en la opinión mundial; desconocen -o quieren desconocer- que el tema más preocupante en el mundo en estos momentos para los verdaderos referentes de la economía -de los cuales ninguno, hay que decirlo, es neoliberal- es la abrumadora desigualdad, es el capitalismo patrimonial -que vuelve superfluos los puntos de vista liberales de la igualdad de oportunidades-, y que todos estos temas, evidenciando que son centrales en esta época, se transparentan en la crisis del Euro por la imposición de esas políticas que defiende la Troika y que están acabando  con el proyecto de la Unión Europea por irracionalidades, cinismos y castigos.

Escuchándolos pensaría no que estamos volviendo a los 90, sino que estamos en los 70, al comienzo de la contrarrevolución contra Keynes, la que pretendió restaurar al Dios Mercado y su panacea del equilibrio, la de los modelos consistentes que han puesto la lógica del mercado por encima de todo, la que lanzó por décadas la cruzada contra el impuesto de la inflación con que el Estado malvado, enemigo de la libertad, robaba al pueblo (técnicamente, cobraba un impuesto oculto) pero la que también, por sobre todo, cerró los ojos frente al monopolio, las grandes concentraciones de capital, la información asimétrica, los acuerdos de los gremios (actualizando: los oligopolios) a los que Adam Smith denunció y combatió, incluso censurando cualquier posibilidad de reunión entre patrones, a años luz de las consultorías actuales, de esos economistas al servicio de la empresa privada que viven en la ilusión autoritaria de no tener ideología, de no obedecer a líneas políticas, de ser objetivos y neutrales; digamos también que esa cruzada a la larga, por acción u omisión, demostró lo que entendía por pueblo, defendiendo los intereses de unos pocos en nombre del liberalismo que ciertamente defendía (o intentaba generar las condiciones para defender) los intereses de muchos, pero esta vez no, esta vez no sería ese el destino, esta vez se propugnaría por omisión de críticas -por omisión también de refinamiento de sus premisas, de actualización frente a la realidad de las naciones y el mercado, ambas cambiantes- el terrorismo económico de sus gurúes desestabilizando gobiernos, intrigando, boicoteando, realizando golpes de estado y reprimiendo, por medio de la terapia de shock necesaria para imponer un nuevo paradigma, por medio del atontamiento y hablemos de una vez de la terapia de choque, porque estos señores parece que saben apreciarla lo suficiente para nombrarla repetidas veces.

La terapia de choque fue planteada en contraposición al gradualismo, desmontar el Estado por partes, gradualmente, en objetivos de largo plazo, o hacerlo de golpe, no permitiendo ninguna reacción, por sorpresa: se considera esto más eficaz frente a estados fuertes consolidados; pero terapia de choque en el fondo también significa: con ustedes no se puede razonar, solo hay que golpearlos, atontarlos, son ignorantes que no comprenden la profundidad de los cambios que hay que hacer, y debido a que no son interlocutores válidos, como sus ideas no importan y esto es cuestión de especialistas, solo se puede imponer nuestro paradigma por medio del debilitamiento de su resistencia, golpeando por sorpresa, reduciendo sus derechos sociales al mínimo indispensable para dejar todo en manos privadas y en la sabiduría perenne del mercado; y por supuesto, todo esto en nombre de los ideales liberales, de la libertad de mercado, de la libertad a secas, de la libertad, etc.:  se trató de un hombre que al principio fue una voz en el desierto, pero luego consiguió unos cuantos miles de fieles e impuso una doctrina que durante dos décadas se consideró palabra santa, pero que pasado ese tiempo, demostrada la inutilidad de su percepción para la mayoría de los pueblos, su enseñanza se enquistó en las universidades, en los organismos de crédito y en algunas consultorías privadas y así se fue  transformando de a poco en una pequeña secta de tecnócratas, apoyados por una sobreexposición en los medios, que aún conciben su culto y sus delirios de grandeza por medio de chantajes cuando tienen el poder, de astucias y engaños cuando no lo tienen: nada más alejado del liberalismo que estos neoliberales, los cuales sólo existen por haberse aferrado a las imperiosas necesidades que genera el problema de la inflación -y posteriormente de la deuda-, parasitando todas las opciones por medio de su fe ciega por un lado, su profundo ocultamiento de estar al servicio de los intereses privados, por el otro.

Bien, sabemos que la inflación puede ser un gran problema, pero mientras los modos de arreglar la inflación que se propongan consistan en un uso político de la solución para coartar libertades y reforzar privilegios, la medicina va a ser peor que la enfermedad y esto lo puede comprender cualquiera: es irresponsable pensar que algo va a solucionarse creando un nuevo problema en su lugar, no es así como funcionan las responsabilidades, y tampoco es así como funciona en todos los casos la inflación: hay casos de alta emisión monetaria y nula inflación, contradiciendo los presupuestos básicos del monetarismo: no está claro que achicar el gasto público y dejar de emitir moneda sea el único modo de solucionar una inflación, aunque sí está perfectamente claro, aun para estos soñadores fríos, que de este modo el país va hacia un retroceso, lo que sería una tragedia, ellos dicen, provisoria, pero las consecuencias realmente no se pueden prever. Y aunque no puedan ser medidas eternas, la indexación continua de los salarios y el control de precios son medidas mucho más sensatas y prudentes que la postración ante el Dios Mercado.

Por eso también es importante reconocer a esta gente por un nombre: fundamentalistas: sus ideas no sólo son más importantes que el sufrimiento y la pérdida de una generación, que el futuro de un sector de la población que no contemplan en sus números, sino que -y esto es decisivo para ellos- sus ideas son más importantes que la necesidad de revisarlas, actualizarlas y cuestionarlas de acuerdo a los datos de la realidad, no de la ficción estereotipada de los números, sino de la sensibilidad contemporánea con respecto a los temas sensibles de nuestra época, ya que justamente es en las sensibilidades de una época  donde siempre hay información sobre las necesidades, no solo del presente, sino también del futuro, por lo que descuidar las sensibilidades de la época suele ser un rasgo propio del despotismo, y por supuesto, de los malos gobernantes; y esto que digo no es nada menor, ya que ellos fueron parte de un proceso desastroso en la economía del que no han hecho ninguna autocrítica ni parecen tener intenciones de hacerla, por lo que se trata clara y llanamente de fundamentalismo de mercado, terapia de shock (ahora dicen que gradual) e imposición del modelo neoliberal que viene fracasando en todo el mundo y que solo se sostiene por los intereses de las instituciones que lo promueven, pero que ha perdido todo peso en el mundo actual de las ideas económicas, y a medida que avanza el siglo xxi parece perder progresivamente peso en la geopolítica mundial.

Cualquiera que escuchara sus discursos podría incluso pensar que las naciones avanzadas del mundo no tienen gasto público y mucho menos estado de bienestar, que esa es una barbarie del populismo latino, que quizás lo desmantelan para avanzar y crecer económicamente y así se vuelven países civilizados, pero la realidad no es esa: Reino Unido, Francia, Alemania, Holanda, Dinamarca, Suecia, Austria, Noruega, Finlandia, Japón e Israel usan entre un 40 y un 58 % del PBI en gasto público (algunas de estas naciones tienen un sistema de cobertura social más completo que el nuestro, incluso para los inmigrantes); en el caso de Argentina este porcentaje está alrededor del 45%, menos del 40% tienen Suiza, EEUU, Australia y Canadá. Creo que más allá de las diferencias demográficas y de prioridad dentro del mismo gasto público que habría que tomar en cuenta para que esto no fuera más que una observación menor al margen, se puede intentar inferir que el estado mínimo no tiene mucha incidencia en las naciones desarrolladas, y que, al menos en lo que respecta a Europa, el Estado de Bienestar está claramente consolidado. Y habría que recordar que entre 1993 y el 2000 este porcentaje en la Argentina promediaba en cerca del 25% del PBI, al que muchos considerarían necesario volver.

Se ha generado un modo de emitir moneda sin generar inflación, por lo que no sólo las ideas, sino también las políticas en el mundo, no parecen querer ya profesar el neoliberalismo, aunque lo prediquen a las naciones subdesarrolladas, rasgándose las vestiduras o vistiéndose de víctimas de la irresponsabilidad de los gobiernos: chantajeando y controlando, censurando, aun así, casi todas las naciones, a pesar de esto, suelen estar a favor de un fuerte estado de bienestar que les garantice el consumo y el acuerdo entre clases.

Es por eso que nada ha criticado tanto el credo neoliberal como la construcción de este estado de bienestar en países subdesarrollados, por eso su indolente percepción lo percibe simplemente como una interferencia del mercado, le niega toda bondad y necesidad, y solo habla de ajustes -como quien no quiere la cosa- en medio del comienzo de una polémica mundial sobre la necesidad de un impuesto global al capital para que el capitalismo no degenere en oligarquía, y para que la separación entre clases cada vez mayor no sea un sino irremediable; para evitar una vuelta al siglo xix, al imperio de los patrimonios, las grandes fortunas y las grandes miserias. Este intento bienintencionado de salvar al capitalismo de sus excesos -porque esta viene siendo la principal tarea de los economistas hace ya algún tiempo- que han emprendido los principales referentes mundiales (Stiglitz, Krugman y Piketty en primera fila, secundados desde lejos por el aura de Amartya Sen, proponiendo una nueva razón práctica que guíe la economía en una vuelta a los valores filosóficos) parecen pertenecer a un tiempo muy distinto al de Melconian, Espert y Broda, los que profesan la religión monetarista sin siquiera necesidad de actualizarla, con todos sus mantras (achicar el estado, reducir el gasto, eliminar aranceles).

En serio que este discurso no se diferencia en nada del que podrían haber dado en la década del 70, carece del oportunismo menemista de los 90 y es un programa dogmático al estilo del Ladrillo, los Chicago Boys, Martínez de Hoz y la era Reagan Thatcher, da la sensación de haberse quedado en esa época influido por la lamentable conversión de Milton Friedman, de crítico necesario, cuidadoso y consciente del keynesianismo a irresponsable ideólogo conservador de la derecha, pero en nombre de los valores liberales, tergiversando profundamente el pensamiento de Adam Smith. Aclarémoslo de una vez: el neoliberalismo no tiene demasiados valores en común con el liberalismo, más bien parece ser un indirecto promotor de muchas cosas que Adam Smith combatió y que la teoría económica parece soslayar en sus observaciones, dejándoles la dudosa categoría de fallas del mercado, como si estas fallas fueran una abolladura en una máquina y no los fundamentos que ponen a funcionar la máquina, generando desigualdad de oportunidades, principalmente; el gran problema de la teoría económica clásica es que ha visto accidentes innecesarios (perturbaciones del equilibrio) en cuestiones que ya son prácticamente inseparables del funcionamiento del mercado.

La escuela de Chicago, como promotora del fundamentalismo de mercado de los 80 y los 90, del desmantelamiento de naciones, de particiones, guerras civiles y desplazamientos de fronteras, fortaleció indirectamente el lamentable traspaso de la economía desde una ciencia descriptiva hacia una ciencia predictiva, el lamentable traspaso de la figura del humanista ilustrado a la del gurú soberbio que tanto daño ha hecho por profecías autocumplidas y demás intrigas. Esa degradación de la ciencia social a una disciplina técnica sin rostro humano pero con halos pseudomísticos, con lenguaje revelado, con iniciados y secretos, toda esta parafernalia técnica se trasunta de la arrogancia de estos señores, pero cada vez parece más fuera de lugar en los debates del mundo actual.
Y esta es la gente que piensa que puede entender y cambiar la Argentina. No, de ningún modo, esta gente cree que puede amoldar la Argentina, reducirla a sus perspectivas, y principalmente por eso es afecta a los pronósticos erróneos, ya que intentar entender a la Argentina, por supuesto, no es parte de su trabajo.