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lunes, 26 de septiembre de 2022

Belleza de lo que termina - pero recomienza, al día, al amor siguiente - JLG/Ricagno

Filme Socialisme

 -Apuntes impresionistas sobre  una primera visión del film de Godard 

  en forma de poesía, con el permiso de Pasolini- 

por Alejandro Ricagno *


dedicada a  todos aquellos y aquellas que saben reírse seriamente con Godard, con Tati, con Toto, y con Keaton (Buster o Diane, igual da ¿igualdad?) A los que tienen -cinéfilos o no- en fin, sentido del humor y del amor.

 Ah; y  también a los cinéfilos que no detestan el teatro. 


La mer, la mer, toujours recommencée. O récompense après une pensée. Qu'un long

regard sur le calme des dieux!

Paul Valery

 

 Como en un film de Godard/ 

 Aturdido como después de un film de Godard/

 

 Y allí perdido entre los pasajeros del barco/ 

 Alain Badiou, entre camarotes en la geometría del vacío/

 

 Los pasajeros, mientras tanto, juegan con los tragamonedas/ 

 Y el mar…. La mer, la mer, toujours recomencée

 

Pero para los tripulantes de este Titanic/ 

cuyo hundimiento es seguir indiferente frente a la belleza del mar/

para ellos, Jean Luc,  

nunca recomienza. 

 

Ni siquiera está:

Superficie lisa de deslizamiento de falsa horizontalidad

(Idea Europea de Democracia expulsiva)

Salvo para vos, 

que lo retratás en HD, por primera vez…

 

(Hacer algo, por primera vez a los 80: nacer.)


Film Socialisme: uno se hunde en la butaca de ese mar de citas,

en el barco ebrio de dinero y desazón

aunque Patti Smith cante como una eléctrica Rimbaud:

Oh, Gloria!

Jesús murió por los pecados de alguien, pero no por los tuyos/ Patti, my dear!            

Pero no por los tuyos, 

Jean Luc, cher ami!

  

 Yo los saludo a ambos y levanto mi copa por más películas y poemas!

 Por la pobre Europa, levanto mi copa!

 Por entre los escombros de Medio Oriente, levanto mi copa!

 Por el Tercer Mundo y su miseria fotografiada hasta la Náusea en los libros  

 Y los documentales europeos       

 Y en los celulares de turistas, 

 Y en el banco de datos de Facebook 

 Apuro mi copa en alegre trago amargo -sin obrero-

 mientras dudo si seguir en el barco 

 o saltar: 

 Film Socialisme:

 

De un abismo a otro / De un pensamiento a una imagen

acá, en la pantalla, 

allá, en la vida - y viceversa-

en la búsqueda de la idea de un Socialismo para un Film

que como el mar…

-Etcétera-


Como en un film de Godard: 

la paradoja consiste en que la memoria universal

son sus fragmentos que Jean Luc hace estallar para clavarlos en la nuestra

¿La imagen nos enseña a ver antes que escribir? 

  

-Preguntas al no azar-

Ver será realmente Ver, sin vidrio oscuro

delante o detrás?

   

-Preguntas al no espacio-

Y la palabra, qué fija o dispara? 

Y la palabra que fija: dispara.

Un barco como una casa de citas 

-donde el ex nazi amable puede ser un señor de apellido ¿judío?, confundido en las luchas argelinas de aquel FLN, donde el marinero ruso no es de Potemkin, y el capitán posa frente al turismo obsceno de cámara digital y sonrisa de Black Jack(ass) entre el ruido de los tragamonedas-


Un barco como una Casa de Citas

Burdel cultural europeo de luxe multilingual 

Mientras Palestina es la herida y su pueblo se balancea en las cuerdas

de los equilibristas del ultimo film de la Vardá

-despreciado por varios críticos argentinos de Fipresci, que prefiere  las proezas físicas de los que se golpean, rien, y beben sudor testicular, por la gracia de la Libertad Documental Norteamericana & White Trash-

  

Y vos Jean Luc, con tus anteojos, supiste ver

que las playas de Agnès, también 

son las de otro pueblo que las anhela con sangre,

 

  y sin embargo allá nomás, 

 EL MAR - toujour recomencé

En Pax

En HD!!-

 

Y la eternidad - sabemos que es el Sol mezclado con el mar-

Siempre en Poniente. 

 

Belleza de lo que termina - pero recomienza, al día, 

al amor siguiente-


 Todos son -somos, queremos, ¿quisimos ser?- pasajeros de Europa Paquebote,

 Paquete bobo de mercancías culturales, sin  distinción 

 Imagen clara junto a imagen degradada. 

Ver más tarde: O antes de que sea demasiado tarde :VER- más vidrio-

 

Como en un film de Godard, 

como en la pesadilla de Pasolini

-muerto frente al mar pobre de Ostia o Bombay, Palestina, el Riachuelo, lo mismo da- 

sumergidos, todos, navegando en las autopistas o las aguas 

-troubled water-

del neocapitalismo moderno,

y Pier Paolo, solo, poeta civil en sus huesos al sol 

bajo el peligro de escribir en Profecía- 


¿Y cuando se filma en profético esplendor, Jean Luc?

Entonces: Filme Socialisme.


-¿Que pasa con las imágenes de Egypto, del final, por ejemplo?-

Los peligros de filmar en Profecía. 

Las palabras son importantes, ha detto  Moretti, Nanni.

Ah sí, pero también la melange de imágenes  -y lenguas- 

allá adelante: Abismo: Film Socialisme. 


Peligros de anticiparse a la historia en la nueva manipulación  poética

de viejas imágenes.

Lo filmado se vuelve Real.

Mientras el Paquebote navega 

su grave ficción de capital. 


¿Te acordás, Jean Luc, de Poesía en Forma de rosa

(Claro que te acordás, 

viejo zorro suizo con los ojos llorosos de inteligencia detrás de un cristal claro!!)

Si no hacés otra cosa que recordar... 

Pero –como Pier Paolo- hacia adelante…

Privilegio profético de filmar

uno dos, tres, pasos más en avance que los demás

Aún en precipicio

Aún en Abismo 

Uno Dos Tres pasos -sin nubes-: Film Socialisme.


Soledad del explorador de fondo:

Los que nadamos muy detrás de ti, te decimos 

Adelante viajero! 

Navegar es preciso y vivir no es preciso.

 

-Pero de vez en cuando, Jean Luc, 

 a mano:

 Un salvavidas.

-De vez en cuando- 

 

Una frase de la que agarrarnos,

una imagen que nos detenga en el momento

Exacto en que el pensamiento, saturado de dialéctica,

da un brinco o latido simple de belleza simple.


Dejanos conservar un instante esa imagen

Ese sonido.

Ese silencio.


Dejanos, un momento: 

Film Socialisme. 

 

-Me ahogo, a veces, entre tus voces, 

 entre tus luces,  

 Jean Luc, entre tus sombras 

 y sabés 

 que estoy como vos

 de parte y entre las cosas

 perdido. Como un niño-

 Me ahogo a veces, como vos, en medio de dos siglos.


 Como en un film de Godard: un ensayo musical

 dividido en tres movimientos 

 Una Sinfonía que va del Mar a la Tierra 

-a un Sur francés y luminoso-

para llegar a los puertos 

o ciudades, como puntos de memoria. 

Y la palabra: 

¿Socialisme? 

  

 Lo que interroga y atraviesa el mar

Como Deuda Eterna,  

de uno a otro siglo.

 -y hacia atrás, también, 

Helás; 

hacia atrás: 

la idea de varios socialismos

(¡Toujours recomencée!)

perdidos como niños.

Digresiones a acerca de la segunda parte de Film Socialisme. Incluye restos  diurnos de  una reciente polémica pesadilla crítica-

Pregunta escolar: Maestro Jean Luc, dice el alumno -que soy yo-

– la mano me tiembla, la escena es en una escuelita de críticos al sur del tercer mundo; mi mano, la de alumno que no quiere ser demasiado aplicado o manya oreja pero admira al prestigioso profesor invitado. Me escuece el guardapolvo del polvo de la nouvelle critique argentine -los compañeritos- hecha polvo, pomada para zapatos, suciedad del pensar de la falsa tolerancia; los otros alumnitos burlones se tiran, mientras tanto, con dvds de comedias escatológicas norteamericanas, se ríen del profesor suizo con barba de tres días, anteojos culo de botella y olor a cigarro; se ríen del alumno atrasado que pregunta (yo). Se ríen del barco quieto-:

“Monsieur Profesor Godard: ¿los ideales de la revolución francesa quedan solamente para que los interrogue un hermoso niño rubio frente su madre, en la cocina de una casa-garaje- gasolinera del “midi francés”? ¿Es una ironía la elección del lugar? ¿Tendrá algo que ver que allí fue donde la Resistencia Francesa dio la más dura de sus batallas en la Segunda Guerra? Pregunta el niño atrasado.

“Intelectual! Pedante! Atrasado! Fascista!!”

-gritan los otros alumnos, ante la pregunta del alumno atrasado – que soy yo- y prenden el televisor para ver Transformers mientras escriben en su cuadernos 

“La importancia tecno biológica de los auto-robots en el cine mainstream contemporáneo, contra la senilidad del pensamiento suizo y los críticos afrancesados”; mientras uno de ellos le pega a otro con una mano Gigante y todos ríen, ríen, ríen; hacen ruidos de pedos con la boca y se ríen, porque la risa es democrática y todos están de acuerdo en que la broma es estúpida pero la celebración de la estupidez es inteligente y democrática, así que celebremos, dicen, mientras pisotean copias de Film Socialisme

en nombre de la democrática risa contra los intolerantes que no se suman al festejo, mientras el alumno atrasado (yo) insiste frente al profesor suizo, que indiferente que ya no está allí… 

Se ha ido a mirar un pájaro cantor del otro lado de la ventana -tal vez un mirlo- pero el alumno atrasado -es decir, atrasado porque que no entiende la celebración (a)crítica de comedietas bastardas, por parte de los compañeritos, enarboladas como el último bien iluminador de los valores culturales de la globalización contra “la intelectualidad pretenciosa”-aka los films del profesor que el alumno atrasado intenta defender con argumentos balbuceantes -le pregunta al profesor suizo:

“¿Se resuelve, Monsieur Profesor, el socialismo como caricatura en la segunda parte de su Film Socialisme- por lejos, las más oscura- en esas alusiones a una elección local del sur de Francia, mientras vemos a un Burro y una Llama tercermundista esperar al lado de un surtidor de nafta?” 

Eso pregunta el alumno -es decir, yo- curioso y confundido, que de pronto no es más un alumno: es un viejo y le sudan los ojos y no ve bien. 

Y el profesor Godard se ha ido tras el mirlo o tras una mariposa o una paradoja o un mar. Y los alumnos compañeritos, también han crecido, pero no tanto -hasta la adolescencia indefinida entre 14 y 55 años, aunque algunos tengan canas, al lado de otros que pasan en skate- y ahora son profesores que acusan de retrogrado e intolerante al alumno atrasado y viejo (o sea yo); acusan  de pedante y senil al profesor suizo, mientras el alumno atrasado decide democráticamente mandarlos a la mismísima mierda, para hacer merecida gala del mote de intolerante, y en seguida huye alegremente tras el mirlo que, le dijo el profesor suizo, es un amigo intimo de Otar Iossellani con quien, al fin, toma vino al sol de una plaza entre cartoneros y linyeras cantores.

-Fin de la pesadilla con final feliz- 



Lento despertar de  las imágenes al universo de lo real, 

-pero sabemos que en lo Real está la muerte-

entonces no despertar del todo, 

duermevela aún, Jean Luc 

que en los sueños nos entendemos mejor 


En los sueños.

Como en el cine.

Ahh, perdón, querido Jean Luc. 

Me pierdo en rencillas críticas. 

Pesadillas recurrentes.-Pero vos entenderás.


La poesía se me desliza hacia la prosa. 

La prosa hacia la rabia- pero vos entenderás.

-Siempre te gustaron las polémicas-


Aquí, en el texto una idea y otra, desembocan en una nueva, inesperada.

-Como en Film Socialisme, ahora que lo pienso-

 Pero en el camino pierdo la (Nuestra) Música.

-Como en la segunda parte de Film Socialisme, ahora que lo pienso-

 

Te estoy pediendo la pista, joven Jean Luc,

Hijo de otro siglo próximo que aún no se inventó!!!

Me pierdo con vos -lejos de las mezquinas rencillas criticas, lejos de los que no te quieren, 

o peor aún, quieren lo que vos odiás,  

quieren aquello contra lo que vos luchaste y luchás,

 entre el mar de los siglos. 

 Lejos, 

 me pierdo con vos.


Contra los que celebran el triunfo de la estupidez oponer, Jean Lucky Luc, el jugar,

seriamente, como niño a veces, con la leve tontería y su verdad.


Me pierdo con vos, querido Jean Luc 

en la segunda parte de Filme Socialisme


Me pierdo en el gesto del niño rubio hablando de Renoir -el pintor- mientras le mira el culo a la negra africana 

-como Rimbaud que tuvo una cuando se perdía a si mismo en África y otros contrabandos non sanctos.

África, 

-que para Pier Paolo era “su última esperanza”-


Me pierdo, te dije.

Yo siempre es Un Otro, Jean Luc,

 ya lo sé. 

Ya los sabemos. 

-Se lo hiciste decir a Ana Karina, cuando aún podíamos, con ella,

con nosotros, Vivir su (nuestra) vida- 

Una idea confusa una imagen clara

¿Era así, Jean Luc? ¿Será así, todavía?

Porque, sin embargo, fíjate que régimen de imágenes se festeja

- Y nos domina-

¿Qué claridad, entonces, invocar? 

El  mar,  encore,  toujours…?

Y sin embargo el Otro no es nunca Yo; Jean Luc. 

¿En qué idioma hablarle? 

¿Bastan sólo las imágenes? 

¿Basta la poesía? ¿Basta la salud? 

 

El barco que sigue, la vida que sigue, el dolor… 

-pero también la alegría de poder nombrarlo…


 Me acuerdo de Renoir, el patrón, 

 que nos enseñó la crueldad de las reglas del juego

 de las clases (magistrales).

 Pero de un modo amable, Jean Luc: ahí esta  la cosa. 

(Estar de parte de las cosas) de Un modo amable.

 

¿Se puede ser amable con la Historia del último siglo, querido Jean Luc?

¿Y del nuevo, a un click virtual  de distancia y destrucción?

¿Se puede –a esta altura- volver al cuento? 

¿O acaso es mejor la música, como la música del viento sobre las oreja de un barco autista? 

¿Se puede ser amable, Jean Luc? ¿Cómo se hace? Vos que sabés hacer humor gravemente leve, ¿CÓMO SE HACE? Vos que sabés llorar como nadie…

Si hablamos todos en un otro idioma, en la nave de los locos, 

y las imágenes no alcanzan sino que nos alcanzan,

nos dan caza, caza-bombardeo, y toujours recomencé,

muertos, ya, sobre cubierta?


Si extraño  tantos a mis hermanos que, sabés, nunca estuvieron. 

¿Cómo se hace, Jean Luc, me cache en dié?

(Nota para otros naufragios: el barco es la metáfora social más navegada por la historia del cine: Navegantes, Potemkins, Titanics, Arcas Rusas, Sweets Movies, Itálicas y operísticas Naves que van, no se sabe a dónde, apoteosis de la mezcla de clases, de sus luchas, contrabandos, amores, hundimientos, rescates en alta mar, sus separaciones: Alta Marea). 

 

Yo solamente zarparía en L´Atalante, 

el más amable de los barcos de los pobres amantes.


 ¿Es eso, Jean Luc?

¿Zarpar y zapar entre registros digitales y ver qué pasa, 

qué queda de (en) los puertos de la memoria? 

¿Las ciudades? 

¿La Itaca de Kavafis del que siempre llevará su fracaso, de ciudad en ciudad?

 Allí están, al final de tu Coda: Nápoles- donde Pier Paolo preguntaba qué era el amor- Hellas pour toi. (Atenas), Egipto, ayer  nomás en las calles de El Cairo.

Palestina, la coda final. 

Palestina, la vieja herida actual.


-y ahora pienso en Trípoli bombardeada, como en Buenos Aires, décadas atrás-

¿Qué son, de quién son, de dónde vienen, esas imágenes 

que me surgen por mera asociación, en una ciudad que le da la espalda a su río marrón donde navegan los muertos sin sepultura que ni siquiera Sartre imaginó?

Buenos Aires, 

La Plata,  

Quilmes

Ostia, 

El Cairo 

Bombay,

Trípoli. 

 

Y los ríos  

Siempre deberán ir al mar que es el Morir, Jean Luc? 

Y- a til- une petit espoir…?  

Una sola…?

Un Juanele que nos guíe, por la senda azul 

y las orillas?


Morir de imaginar la muerte de la imagen 

-de los otros; de uno mismo- 


Pero también morir de Morir, de golpe, 

de porrazo, 

de recibir una imagen que no se ve,

que no se lee,

una palabra que no llega. 

O llega tarde 

y mal. 


Pero también de la bala por la espalda, por ejemplo, 

de las bombas en las plazas, del veneno en el agua, del hambre, en la esquina, acá nomás


un deslizarse mínimo sobre  la borda y cualquiera en cualquier momento

…en  la mer, la mer, toujour recomen…MERDE…!


(Glup, sonido de aguas profundas)

…….

No hagan olas, por favor.


Es el siglo XXI, estúpidos!  

Y es la economía líquida, virtual, pero también la crisis de la palabras que la nombran, 

la mala economía de la palabras liquidadas, como Film, como Socialisme, en el despilfarro de las imágenes que se reproducen y se reproducen y ya no puede nadie nadie puede nombrar más!


Qué nuevo siglo de manos!

No: de dedos en ordenadores!

Y no es sencillo, Jean Luc! 

No. Pas de tout. 

Niente. 

Non. No. 

Guarda al hilo.

¿Film? ¿Socialisme?

 Disparador de dudas, en otro sur, en otra lengua, 

 el mismo mundo.

 

Que nadie pueda decir esta imagen es mía, ya que si nada nos pertenece en igualdad, toda imagen en cambio, a cambio, nos pertenecerá. 


Así sea, Jean Luc. 

Así : sea. 

Así: mar.  

Yo me valgo de esquirlas de poetas cuyos nombres casi olvidé, vos de imágenes de noticieros, de videos, de películas de Hollywood, y de las otras, donde siempre hace siglos venimos cayéndonos en las Pirámides, o en las escalinatas de Odessa, que ahora remonta el turismo. 

Que toda imagen no tenga dueño. 

Que pueda ser reciclada, invocada por la memoria araña, en un  poema, en un ensayo, pero que no la roce nunca la estupidez.

-Aunque yo preferiría a la hora fatal llevarme una imagen casual, al pasar, mía, mía 

-resabio burgués, que en mi alma no pura, aún anida- 

Una imagen personal, no reciclable: una flor o piel de aquel amante, un cielo, aquellos ojos verdes- aquellos- y la voz de esa mujer, toujours recomenzando en mi memoria, antes el sonido que la imagen, 

una manera setentista de fumar  y de decir incluso la palabra “memoria” sin embalsamarla, 

y decir, escucharle decir algo “sobre mi rostro trágico”,

ESO anhelo, Jean Luc,

como última imagen visual y sonora, propia, mía, mía, 

no te la doy a vos que sos mi amigo, no se la doy a los enemigos de la inteligencia, 

a los ex amigos no se las doy tampoco, no la dono, no al entrego, egoísta de mí, 

pero a lo mejor  en esa hora grave, leve, entonces

                                                                               ya no importe.. 


-Una Imagen Sin Pasado Universal 

como la sonrisa de aquel amigo muerto hace tantos otoños, que es la época que mueren lo que saben morir, la película que no vimos mientras transcurría la película vivida que se desvanecerá en la nada. 

O en el mar.

 

Ahora qué hago con las esquirlas de metralla-collage que me dejaste, Jean Luc: 

Despertaste la bestia de belleza fatal: Film Socialisme

Me muero, memoria: 

Utopía de la pérdida. 

Ganancia sin usufructo de la pura belleza 


Frases, 

Palabras,

Paroles, 

Mots 

que nos lanzás como botellas del náufrago, como marinero de poema de Tuñón,

para hacer huir a los idiotas que necesitan celebrar la idiotez  

como Triunfo de la Voluntad.!!!

 

Pero vos sabés, mejor que nadie,  Jean Luc, querido

que aún quedan dichas 

terribles dichas a descubrir sobre la luz terrestre

La esperanza es un niño fauvista que dibuja a un negra adolescente sobre una escalera.

Y para las almas, (aún), -a dios Gracias-

No hay copyright.


Posdata:

Nadamos; Jean Luc. 

Es así, nomás.


Es la costumbre de los ahogados.


(continuará… en otros poemas)


(Se agradece la inestimable colaboración de Pasolini, Pratolini, Patti Smith, Molina, Cernuda, Paul Valery; Rimbaud, Badiou, Jarry y tantas otras voces y otros nombres universales secretos e íntimos, que están soplando en el viento de mi corazón o casa).


* Este texto fue escrito por Alejandro Ricagno para revista La otra n° 26, a propósito del estreno de Film Socialismo de Jean Luc Godard. En estos días adquiere renovada vigencia. 

lunes, 1 de agosto de 2022

El cine de la herencia política: Nicolás Prividera, Albertina Carri

Los rubios

M

por Oscar Cuervo *

Los cuatro odiosos

Los rubios (Carri, 2003), M (Prividera, 2007), Tierra de los padres (Prividera, 2012) y Cuatreros (Carri, 2015) son películas odiosas. En su antipatía radica su valor. Se recortan así de la mayoría de la producción cinematográfica producida en las últimas décadas. El cine argentino del siglo XXI da pocas posibilidades de detectar las tensiones políticas que atraviesan la sociedad. Las películas de Carri y Prividera se refieren a la violencia de las décadas pasadas, a raíz de la desaparición de sus padres (Roberto Carri y Ana María Caruso, padres de Carri; Marta Sierra, madre de Prividera). Las catástrofes del pasado, personales y colectivas, son experimentadas en su persistencia actual. Esa persistencia es el conflicto principal en los cuatro films. Ello se registra en el modo en el que en cada caso construyen sus puntos de vista, en sus desequilibrios y desbordes, en la tonalidad áspera que los impregna. Se trata de films que luchan contra sí mismos, contra sus autores, que no logran o no quieren reposar sobre sus propios marcos y esa inconsistencia es su principal interés. Cuatreros es una respuesta y una recusación de Carri en 2015 contra quien en 2003 hizo Los rubios. Tierra de los padres desplaza la perspectiva desde la que Prividera hizo cinco años antes M. Una superación dialéctica, Prividera preferirá pensar.

Sus películas patentizan además un malestar con el cine: la experiencia de la que dan cuenta desborda el plano específicamente cine­matográfico y demanda ser prolongada hacia el ensayo, la poesía, la crítica, la performance, las instalaciones, las intervenciones públicas. No como producciones paralelas a su filmografía, sino como una continuación de la lucha por otros medios. Formas de un desfasaje que caracteriza sus estilos excesivos y sus temples áridos. Rasgos que los dos autores tienen en común. Pero Carri y Prividera son cineastas muy diferentes y sus películas discrepan incluso entre sí.

M

Señaladores

Los años de realización de cada una de las películas trazan un arco histórico significativo. Carri estrena Los rubios en 2003. La con­cibió en el período anterior a la asunción de Néstor Kirchner, lo que la liga y a la vez la distingue del nuevo cine argentino previo, asociado a la década menemista. En su ampuloso gesto antipolítico –su expresa desconfianza respecto de todo discurso político sobre la derrota generacional de sus padres y la insignificancia de sus hermanos mayores– sobreactúa cierta distancia histórica e im­posta una apertura abstracta hacia las posibilidades futuras de su generación, puesta en escena por la caminata final de su equipo de coetáneos rubios hacia un horizonte indeterminado, rural y celeste, que puntúa una presunta consumación de la post-historia; todo lo cual no deja de constituir una ¿involuntaria? política. Los rubios está pensada desde la aparente estabilidad de una derrota conclusa. Pero bajo su desapego histórico fluye una corriente subterránea de dolor irresuelto. Lo que incuba es más interesante que lo que declama.

M fue terminada en 2007, durante el fin de la presidencia de Néstor Kirchner, después de la derogación de las leyes de la impuni­dad y en medio del impulso de los juicios a los genocidas. El avance de las condenas es lento, la reconstrucción pública de la memoria del genocidio, precaria; y la película refleja y reprocha la falta de información de que dispone el estado democrático y los organismos de derechos humanos, que iría creciendo en los años siguientes. M es la última película pre-kirchnerista: el kirchnerismo como identidad política iba a delinearse con nitidez a partir de 2008, con el extenso conflicto del gobierno contra las patronales agrarias, el enfrentamiento contra el Grupo Clarín y la prematura muerte de Néstor Kirchner. Esta concatenación vertiginosa engendra una intensa militancia kirchnerista y un furioso antikirchnerismo.

Tierra de los padres podría ser la primera película post-kirchnerista: se detectan, como en ninguna otra película de la época, los conflictos históricos latentes en la historia de la nación. La tan mentada grieta no es un invento: puede rastrearse en textos ilustres de la tradición político-literaria nacional. Tierra de los padres no es neutral en su lectura de la historia: remarca el enfrentamiento de los intereses de las clases dominantes contra el pueblo. A pesar de que Prividera es renuente a manifestar una simpatía con el kirchnerismo, su clara distancia de las posiciones oligárquicas le va a valer la sospecha de filokirchnerista por parte de un sector cada vez más poderoso de la crítica cinematográfica macrista, surgida de parte de la redacción de la revista El Amante-Cine, que terminará por manejar la programación del BAFICI y va a excluir Tierra de los padres de la edición 2012 de ese festival. Prividera intenta problematizar la grieta, pero la grieta se lo engulle.

Cuatreros es una película atravesada por los conflictos vividos en los años kirchneristas que en Los rubios ni siquiera podían sos­pecharse y van a dejar una marca fuerte en la posición de Carri. La película fue concebida entre el período final de la presidencia de Cristina Fernández y la inminencia de la restauración conservadora de Macri. A diferencia de las otras tres películas, celebradas o criticadas pero muy discutidas por la crítica argentina, la extemporaneidad de Cuatreros genera un llamativo cono de silen­cio a su alrededor.

Este texto también tiene su propia marca histórica: Macri hoy encabeza un gobierno negacionista. La pregunta ahora es quién y cómo filmará la violenta imposición de un régimen despiadado que avanza. **

Los rubios

Pelucas

Los rubios llega en un momento propicio. El nuevo cine argentino tenía sus obras fundacionales, sus apologetas, su festival, sus libros de ensayo, sus instituciones académicas y críticas con voluntad de adjudicarse la paternidad de la criatura. Carri viene de la FUC (Fundación Universidad del Cine, de Buenos Aires), uno de los focos de irradiación de esta avidez de novedades. Muchos, no todos los jóvenes cineastas ni necesariamente los mejores, vienen de la FUC. Gonzalo Aguilar escribe un libro que se volverá espejo en el que el cine de los 90 gusta mirarse: Otros mundos. Vale la pena leer sus frases iniciales: “¿Qué pasa cuando los mundos se esfuman, se enfrían o sencillamente desaparecen? ¿Cómo reconocer los otros mundos que comienzan a anunciarse, no menos intensos pero sin duda de contornos no tan precisos?” 1.

¿Mundos que se esfuman, que –nada menos– desaparecen? ¿Por un agujero del tiempo? ¿En el fondo del Río de la Plata? En la FUC, como Carri contará después en Cuatreros, la conocen como “la sobrina de Adolfito”. Se inscribe fuera de término y lo logra por su parentesco con Bioy Casares, miembro del comité académico. Pero ella es también hija de Roberto Carri, un notorio sociólogo de los años 70 desaparecido por la dictadura, junto a la madre de Albertina, Ana María Caruso. Los rubios declara que ella es una desobediente, pero ¿a quién obedece? Carri practica rupturas llamativas. La primera persona que enuncia el relato se multiplica: desde el lado documental, ella misma debate el sentido de la película con sus compañeros de la FUC; por otro lado, la actriz Analía Couceyro anuncia que en la película va a hacer el papel de Albertina. La Albertina documental marca, calcula, ironiza; la Albertina de ficción asume restos de intimismo (“No me gustan las vacas muertas, prefiero las arquitecturas bonitas”). Pero en verdad hay una tercera: la que desde afuera organiza el desdoblamiento visible y se nos esconde: en ese escondite espera su versión más interesante.

Los rubios son los padres. En sus años de militancia, los Carri se radicaron en un barrio de Hurlingham, en un proyecto de proletarización usual en esa época: militantes de origen burgués que se acercan al sujeto histórico a emancipar. El film declara el fracaso de la maniobra de asimilación. Los vecinos, años después, cuando Albertina vuelva para averiguar algo del secuestro, toda­vía recuerdan a la familia como “los rubios”, a pesar de que ellos nunca fueron rubios. Eso marca la distancia de clase insalvable, la imposibilidad de establecer lazos no impostados con el pueblo, la clave para que sean fácilmente extirpados del barrio. Albertina y sus amigos de la FUC repiten esa puesta de la ajenidad social cuando vuelven a filmarlos.

Carri se cansa pronto de entrevistar a los compañeros de militancia de sus padres. Cuando recibe un fax del INCAA que objeta que a la investigación le falta profundizar en las motivaciones políticas de aquella generación, ella resuelve el dilema: “esa es la película que tienen que hacer ellos, yo no tengo ganas”.

Para filmar el secuestro de los padres, al acercarse a la zona in­candescente donde la historia le produjo un desgarro irreparable, ella recurre a una animación con los muñequitos de Playmobil en la que los padres son abducidos por un plato volador. Esta apelación al camp interpone una distancia respecto del terror. Mucho crítico celebró que la tragedia solo se pudiera repetir como parodia desafectada. Aguilar equipara la rebeldía de formar parte de un proyecto revolucionario con el gusto por los apliques y el postizo 2. Albertina y sus compañeros se calzan las pelucas rubias para formar una familia sustituta y se alejan caminando hacia un horizonte limpio de salpicaduras de sangre.

M

Autoconciencia generacional

Prividera es el apólogo de la autoconciencia: sostiene con fervor la obligación de que el cineasta conquiste la consciencia de lo que filma. La responsabilidad no se limita a su propia obra. En su libro El país del cine, dice: “Hay que recordar que el NCA nació junto a una nueva crítica que lo alumbró, pero que –como el mismo NCA en la relación con la experiencia previa de los años sesenta– no propuso un intento de lectura general (y generacional); y esa falta (entendida como falla, es decir, como fractura) habla más bien de un cine que refleja las contradicciones de su tiempo sin lograr superarlas” 3. No basta con que el cine refleje las contradicciones de su tiempo: debe superarlas. Dado que cualquier película instituye un fuera de cam­po, puede inferirse que nunca bastará con hacer películas, que será necesario además despejar cualquier resto de opacidad que impida la omnicomprensión. Por eso, Prividera se entrega incansable a disipar las ambivalencias interpretativas a que está expuesto su cine. Filma para señalar lo no visto, pero el fuera de campo hace necesario conti­nuar la tarea discutiendo la recta interpretación de sus películas, detectando contradicciones en los textos fílmicos o críticos de los otros, señalando cada fracaso en la superación de las contradicciones. Un propósito productivo, infinito, enojoso.

M lo tiene como protagonista absorbente, con una contraparte decisiva: él investiga la desaparición durante la dictadura militar de Martha Sierra, su madre. Ella es la ausente hacia la que todo apunta. M, Martha, Madre. El nervio de la película es la opacidad de la conciencia colectiva de esa ausencia. A cada paso, Prividera constata que quienes estuvieron cerca de ella no pueden o no quieren recordar detalles que él necesita saber. Estas lagunas de la memoria lo enojan y él lo resalta con gestos de disgusto, con discursos a cámara. En toda indagación Prividera halla frases truncas, imprecisiones, olvido. La inquietud que lo impulsa es comprensible y compartible. Un exterminio  masivo no habría podido hacerse sin complicidad, omisión, distracción, obnubilación o desinterés de gran parte de la sociedad. Dice Prividera a su hermano, luego de que una mujer le contesta que su médico le recomendó no recordar porque está enferma y le hace mal:

"Busco a los responsables. Quien se hace responsable por lo menos se hace cargo. De algo. ¡En un país donde nadie se hace cargo de nada! Es increíble cómo nadie vio eso o nadie lo quiso ver. ¿Qué? ¿Los vientos de la historia? ¿Ceguera, ingenuidad, estupidez, un poco de todo?"

El cineasta/personaje nos muestra un momento íntimo: su cara en primer plano llena la pantalla. Atrás se ve en un espejo la imagen chiquita del hermano que escucha. La construcción del plano dice tanto como las palabras. ¿Le interesa que presenciemos que ese silencio que impera en la sociedad se hace más espeso en el seno de la familia?, ¿que reparemos en la ausencia notoria del padre, de cuya actitud hacia el secuestro de la madre no dice la película una palabra? ¿Muestra M el entramado familiar que se agujerea ante una desaparición forzada? ¿O es mejor mirar hacia afuera, hacia la red de responsabilidades a las que las palabras de Prividera apuntan?

Una entrevista que los hermanos responden al comienzo es reveladora:

–¿Cómo influye la desaparición de su mamá –le pregunta una periodista extranjera– y cuál es el impacto en su vida cotidiana?

–Es complicada la pregunta –empieza a contestar el menor–. Digamos... […]

–A nosotros –afirma Nicolás– nos ha tocado de un modo personal, pero hay toda una generación desaparecida. Seguramente eso ha cambiado la fisonomía de la Argentina. Y en tanto y en cuanto no sepamos qué pasó con todos y cada uno y quiénes son los responsa­bles en cada caso de su desaparición, va a ser muy difícil decir que vivimos en una democracia real y en una república verdadera.

–¿Estás enojado?

–Por supuesto que estoy enojado. Y creo que todos deberíamos estar enojados, esta es la cuestión, no es un enojo personal por algo que me hicieron.

¿Cómo podría no estar enojado? El enojo por no aceptar la fra­gilidad de la memoria muestra su dificultad para comprender que los mecanismos del recuerdo no son transparentes, que siempre queda un resto opaco, incluso ante un crimen de dimensiones co­losales. El signo más notorio de esta barrera invisible lo constituye la ausencia del padre en la película. Si los compañeros de Martha no recuerdan, no sabían bien, no se dieron cuenta, ¿no es notable que el padre ni siquiera aparezca? Ese fuera de campo es riquísi­mo, porque señala una micropolítica familiar en la que el terror de Estado se ha entreverado. La película hace silencio sobre esto. Prividera me manifestó muchas veces su desacuerdo con la posibi­lidad de abrir esa lectura de la dimensión personal y familiar del terror estatal. Dice que cometió el error de decir “enojado”, que la palabra correcta hubiera sido “indignado”, ya que aportaría una dimensión colectiva. En años de discusiones con él, no logré captar la diferencia semántica entre enojo e indignación, como no sea por una imposición interpretativa. No creo que la apertura hacia la intimidad familiar y el enojo personal diluyan la potencia de M, al contrario, ahí radica su mayor fuerza.

Tierra de los Padres

Los padres

Si M se centra en su madre, con un grado de involucramiento per­sonal que queda condensado en el plano en el que él proyecta una diapositiva de ella a una edad aproximada a la suya, para luego ponerse a su par, abriendo así una seguramente involuntaria di­mensión edípica de la película, el siguiente movimiento de Prividera se dirige hacia la figura simbólica que en M estaba excluida: los Padres. No se refiere allí a su propio padre, sino a los Padres de la Patria, tal como son venerados en la necrópolis que las clases dominantes construyeron en la ciudad de Buenos Aires, en el ce­menterio de Recoleta. Recoleta es la tierra de estos padres muertos por los que la oligarquía argentina ha decidido celebrarse a sí misma. En Tierra de los padres, Prividera se propone superar el terreno personal indeseado que asoma en M. Ahora, él aparece brevemente, entre otros integrantes de su generación, escritores, cineastas, actrices o hijos de desaparecidos. Cada uno de ellos cita, libro en mano y frente a las bóvedas de las familias patricias, un fragmento escrito por los Padres. La película avanza cronológicamente desde los escritores y políticos de la generación del 37 hasta una solicitada de la Sociedad Rural reivindicando la dictadura militar, con algu­nas citas especiales cuyos restos no yacen en Recoleta ni se adecuan a la figura de “Padres de la Patria”: Evita, Rodolfo Walsh o Joaquín Giannuzzi (cuya lectura se reserva el propio Prividera).

Tierra de los padres desvela el tiempo histórico condensado en el espacio del cementerio, la vida muerta y la muerte viva de la Patria. Con todo, no se trata de una película meramente histórica, sino del presente. Pero este presente no parece un terreno familiar, sino quizá lo más extraño: los que leen los textos de los muertos (las Cartas Quillotanas, Amalia, Una excursión a los indios ranqueles, Mi testamento, la Carta abierta de un escritor a la Junta Militar) se desvanecen como fantasmas tan pronto terminan de leer su parte. ¿Los convidados de piedra (¿de aire?) somos los presentes?

Las palabras leídas no son ensayos teóricos sino auténticas epístolas, o mejor todavía: partes de guerra, escritos en el fragor de la lucha. Un escalofrío empieza a sentirse a medida que las citas, plagadas de violencia, deseosas de exterminio, se acercan al tiempo actual, hasta llegar a la Carta abierta... de Walsh, el alegato de Massera en el juicio a las Juntas o la reivindicación de la dictadura por parte de la Rural.

El criterio con el que Prividera selecciona las citas no es binario como sus críticos sospecharon; por el contrario, es capaz de marcar las discusiones políticas entre diversos autores y actores históricos difíciles de situar de un lado de “la grieta” (en declaraciones periodísticas, Prividera ha dicho que su película es, en todo caso, alberdiana, lo que lo colocaría en una posición superadora de las dicotomías). Pero la aparición sucesiva de textos de Evita y Silvina Ocampo, o de Walsh y Massera puede facilitar lecturas más beligerantes.

A veces, las intenciones dialécticas no funcionan y, dado que la película resalta especialmente el rol violento de la Sociedad Rural en la historia, la crítica macrista, ya muy volcada a la derecha, va a ubicar a Tierra de los padres en el campo enemigo, más allá de las intenciones superadoras de Prividera. El autor logra desplazar su planteo histórico político del terreno personal, y se presenta como parte de una generación. Pero la omnicomprensión que Prividera intenta propiciar en su sucesión de citas encuentra otra vez un límite en una recepción que no interpreta lo que él espera.

Cuatreros

El cuerpo de la política

Las películas de Prividera y Carri se debaten entre las diversas po­sibilidades de poner el cuerpo ante el vendaval de la historia, de duplicarlo, triplicarlo, esconderlo, sustituirlo, ponerlo junto a otros coetáneos. Paralelamente con este nudo aparece la dimensión fami­liar, como ámbito en el que lo público y lo personal se articulan de modo complejo. En esta disputa, no están excluidas las pasiones: el enojo, la culpa, la indignación, la distancia impostada, el dolor.En Cuatreros, la voz singular y dolida de Carri habla la historia, de un modo que ella no se permitió hacerlo en Los rubios, el antecedente directo con el que Cuatreros va a medirse. Carri hace un ajuste de cuentas consigo misma. No hubo una superación del duelo que, por lo visto y oído, no termina de hacerse. La familia postiza no prosperó y, en el marco de la militancia queer que durante el kirchnerismo logró la legalización del matrimonio igualitario, Albertina funda su propia familia junto a la escritora Marta Dillon. Tienen un hijo con triple filiación, junto con su amigo común, el diseñador Alejandro Ross. Cuatreros se filma en medio de la crisis matrimonial de Carri y Dillon, tal como la cineasta se encarga de decir en la película.

La filiación de Cuatreros también es múltiple: en 2013, Lola Arias le encarga a Carri una lectura performática para el ciclo “Mis documentos”, un texto autobiográfico que la autora vuelve a citar en la película. En 2015, Carri hace una instalación en el Parque de la Memoria sobre la base de un trabajo archivístico, Operación fracaso y el sonido recobrado. La instalación incluye una sala cerrada con el título Investigación del cuatrerismo, con cinco pantallas de video en las que se ven simultáneamente materiales de archivo que finalmente Cuatreros va a agrupar en un solo plano. El archivo a la vez recoge parte del material que Carri acopió en su investigación para escribir varias versiones de un guión para una película sobre Isidro Velázquez, un cuatrero de los años 60 que su padre Roberto Carri había tomado como paradigma para el libro Isidro Velázquez. Formas prerrevolucionarias de la violencia popular. Los sucesivos intentos por hacer este guión fracasan y Cuatreros es el resultado paradójico de estos fracasos: irónicamente, los intentos de hacer una película que no podrá hacerse terminan tejiendo la trama de Cuatreros. Ya en el comienzo de Los rubios Carri le hacía leer a su doble de cuerpo Analía Couceyro un fragmento de Isidro Velázquez..., con una intención visiblemente distinta de la que va a otorgarle en Cuatreros.

La película liga fracasos: ya se hizo una película sobre Isidro Velázquez, pero nadie la vio. Fue filmada por Pablo Szir entre 1970 y 1972 y está tan desaparecida como su director. Se titulaba Los Velázquez. La propia vida del bandido rural Isidro Velázquez termina en fracaso: muere en una emboscada que le prepara una maestra a la que él se liga sentimentalmente y que lo entrega a la policía apenas pocos años antes de que Roberto Carri escriba su libro. La caída del cuatrero prefigura la del propio Carri. Cuatreros condensa todos los fracasos para reconvertirlos en una especie de triunfo.

Albertina Carri se vale de esta red de planes fallidos para recupe­rar el vínculo con su padre, de cuyo proyecto en Los rubios intenta­ba desligarse. En 2003, ella se mostraba desobediente del mandato de hacer la película sobre los padres desaparecidos que le marcaba el comité del INCAA. "No quiero ser la hija de Carri, quiero ser yo, voy a fundar mi propia familia con mis compañeros de la FUC". Su presunta desobediencia incluía una invisible obediencia a su clase. Carri le calzaba la peluca rubia a su dolor. Cuatreros es la respuesta de Carri a sí misma trece años después, cuando ya no tiene que presentarse como la sobrina de Adolfito.

La película exhibe la imposibilidad de esquivar una filiación pa­terna que contradice los motivos por los que antes la crítica había aclamado Los rubios como la película del nuevo cine argentino que, por fin, terminaba con la historia. Trece años después, el fin de la historia terminó y Carri parece dispuesta a asumir el legado de su padre (no precisamente en el modo de la obediencia): dice sin pudor que, si ella hubiera estado en el lugar de sus padres, habría asumido la militancia política tal como ellos lo hicieron. La desobediente Albertina se atreve a mostrar la fragilidad de toda desobediencia. No necesita una familia sustituta porque tiene padres que busca infructuosamente en archivos fílmicos, sin encontrarlos. Pero comprende finalmente la misión de su existencia y el vínculo que la une a ellos, aun cuando se pregunte si ellos no le reprocharán sus actitudes tilingas, en el cielo, el infierno o el lugar donde se encuentren.

Carri incluye una mirada problemática de su militancia queer. Ironiza sobre la hombría de Isidro Velázquez, juega con la blasfemia de ponerse de un lado y de otro de la empatía popular; imagina una versión gay de la historia de Velázquez que podría agregarle algo de gracia a una historia desoladora. En plena crisis matrimonial, declara el fracaso de su ilusión burguesa de fundar una familia a partir del matrimonio igualitario. Pero descubre la posibilidad de ligar la historia de su padre con la de su hijo: “¿Será mi hijo varón el que me lleva a Roberto, mi padre muerto? Si siempre dije que Isidro era una película de hombres, ¡que a mí no me vengan con películas de homosexuales encubiertos, dispuestos a dar la vida por el mejor amigo, por favor!”. El único plano actual que la película incluye fuera del material de archivo la muestra jugando feliz con su pequeño hijo.

Carri disloca el dispositivo cinematográfico. Su voz over, de una pulsión novelesca arrolladora, puede ser disfrutada como un texto literario autónomo, cerrando los ojos, en un gesto que para la cinefilia pura puede sonar a herejía. La simultaneidad de pantallas, que en el plano ironizan, pervierten, multiplican los sentidos del texto y desafían al espectador a generar sus propios recorridos perceptivos no dictados por un montaje lineal, señala una dirección más allá del cine, en parentesco con la instalación. Análogamente a los vínculos dispares con los que la autora ensambla diversidades familiares problemáticas, Cuatreros forma parte de una familia problemática de obras ensambladas.

Cuatreros estruja el cuerpo del cine, empuja las palabras, politiza las pasiones, historiza su identidad autoral, choca con el clima imperante de la pos-verdad y vence en cada fracaso.


NOTAS

1 Gonzalo Aguilar, Otros mundos, Santiago Arcos, Buenos Aires, 2006, p. 7.

2 Ibid., p. 180.  

3 Nicolás Prividera, El país del cine. Para una historia política del nuevo cine argentino, Villa Allende, Los Ríos, 2014, pp. 17-18. 


* Este texto fue publicado originalmente en el libro Después del nuevo cine. Diez miradas en torno al cine argentino contemporáneo (AAVV, editado por Emilio Bernini EUFyL, 2018). Decidí publicarlo ahora en la red, después de leer una nota de Horacio Verbitsky aparecida ayer domingo 31 de julio en El Cohete a la Luna, "Las vueltas de la memoria". En dicha nota, a partir de la canción "Que reste-t-il de nos amours?" (1942) de Charles Trenet, que recuerda después de haberla escuchado en la reciente película de Prividera, Adiós a la memoria (2022), ahora exhibida en la plataforma CineAr, Verbitsky se refiere también a M de Prividera y relaciona ambas películas con las de Albertina Carri, Los rubios y Cuatreros. 

Verbitsky señala algunas coincidencias entre las obras de Carri y Prividera: "no sé si ambos directores se conocen, pero la opera prima de Carri, de 2003, tiene varios puntos de contacto con la de Prividera, entre otros el rechazo inocultable por quienes fuimos compañeros de militancia de los progenitores ausentes"; y más adelante "me quedó la impresión de que no es, como la de Albertina, una búsqueda de las claves de su historia familiar, sino una reflexión más abstracta sobre la memoria. Y sobre las diversas formas del olvido, voluntario, personal, colectivo o forzoso". (Completo acá).

Verbitsky empezó hace muchos años su carrera periodística como crítico cinematográfico y no es la primera vez que muestra su ojo avezado para el cine. Escribió entre otros varios textos sobre Leonardo Favio, Lucrecia Martel y la citada Albertina Carri, con quien mantiene una relación de amistad (la llama "Albert"). Sin embargo, esta nota, si bien destaca un vínculo real entre el cine de Prividera y el de Carri, comete desde mi punto de vista algunas imprecisiones. De hecho Verbitsky aclara:

"Debería verla de nuevo y completa, porque la agarré empezada y me atrapó, pero me quedó la impresión de que no es, como la de Albertina, una búsqueda de las claves de su historia familiar, sino una reflexión más abstracta sobre la memoria. Y sobre las diversas formas del olvido, voluntario, personal, colectivo o forzoso".

Entiendo que esta visión parcial le resta rigor a los apuntes de Verbitsky. Entonces me pareció oportuno publicar mi texto -escrito años antes del estreno de Adiós a la memoria- en el que me dediqué a analizar con detenimiento los vínculos que unen y los que separan el cine de Prividera del de Carri. Hay un diálogo evidente entre ambas obras, pero no se los puede asimilar sin más: en muchos aspectos sus perspectivas son incompatibles. 

** Este párrafo hace referencia al año de publicación del libro, cuando mauricio macri presidía la Nación.

Adiós a la memoria

lunes, 7 de marzo de 2022

Pasolini: Sin sombras, la victoria no da luz

por Oscar Cuervo

El reciente 5 de marzo se cumplió el centenario del nacimiento de Pier Paolo Pasolini (Casarsa, Bologna). Y el 10 de junio próximo se cumplirán 40 años de la muerte de Rainer Werner Fasbinder. Es es por consiguiente un año pasoliniano/fassbinderiano, lo cual condensa la más potente conjunción del cine contemporáneo, dos de los artistas más vigentes del siglo pasado. No son precisamente dos de las figuras más fetichizadas por las sectas cinéfilas. Será interesante constatar cuántos festivales nacionales e internacionales rememoran la fuerza incandescente de dos cineastas que interpelan al presente como pocos de los que están en actividad.

Pasolini, el inaceptable *

I 

La decisión de Pasolini de ponerse a filmar, hace ya 58 años, El Evangelio según Mateo, tiene para nosotros un atractivo irresistible. Y esto tanto por aquella situación en la que Pasolini decide encarar este proyecto, como por esta desde la cual nosotros hoy vemos el film. 

Pasolini es un ateo filmando el Evangelio. 

Dice: «yo no creo que Cristo sea hijo de Dios, porque no soy creyente –al menos en la conciencia–. Pero creo que Cristo es divino: o sea, creo que en Él la humanidad ha llegado a ser tan alta, tan rigurosa, tan ideal, que va más allá de los límites comunes de la humanidad...» * 

Dice algo que no cabe en la cabeza de ningún comunista, de ningún librepensador para quien la Ilustración sea su condición natural. Y Pasolini es comunista, es el más librepensador de los iluministas. 

(Habría que aclarar el carácter herético del comunismo de Pasolini, habría que aclarar que fue expulsado de PCI por su "decadentismo estético”; en realidad esos son los motivos eufemísticos que alegaron los comunistas cuando expulsaron a Pasolini, pero en realidad lo expulsaron debido a las denuncias que lo señalaban como pedófilo: un par de menores de edad de Casarsa -un pueblito de la región del Friuli del cual Pasolini era dirigente comunista- dijeron que habían mantenido contactos sexuales con él: y eso es inaceptable para un comunismo urgido de aceptabilidad: 

«Nos basamos en los hechos que han determinado un grave expediente disciplinario a nombre del poeta Pasolini –decía L’Unità, órgano de prensa del partido comunista italiano el 29 de octubre de 1949- para denunciar, otra vez más, las deletéreas influencias de ciertas corrientes ideológicas y filosóficas de los distintos Gide, Sartre y de otros tantos poetas y literatos decadentes que quieren hacerse pasar por progresistas, pero que en realidad recogen los más deletéreos aspectos de la degeneración burguesa.» (Y, pensándolo bien, quizá no lo hayan expulsado por degenerado, quizá esa haya sido sólo una coartada: quizá muy pronto les quedó claro que Pasolini era un inaceptable)). 

Pasolini es capaz de albergar ideas en su cabeza que lo hacen un inaceptable, hasta para sus camaradas comunistas. Y, por ser inaceptable, es poeta. Porque la poesía no es para él un nicho estético donde esconderse del mundo. La poesía es una posición de resistencia frente a un mundo inaceptable, es la lengua insigne de los que no aceptan. 

Pero hay una raza que no acepta coartadas, 

una raza que en el instante en que ríe 

se acuerda de su propio llanto, y en el llanto, de su risa 

una raza que no se exime ni siquiera un día, ni una hora, 

del deber de la presencia airada, 

de la contradicción en que la vida no concede 

jamás adaptación alguna, una raza que hace 

de su propia dulzura un arma que no perdona. 

Yo me enorgullezco de ser de esa raza. 

Oh, muchacho, también yo, claro.» 

“El sueño de la razón”, en Poesía en forma de rosa, 1961-1964 

Y es como poeta que Pasolini ama visceralmente al Cristo de Mateo: «El Evangelio –se dice mientras prepara la película- deberá estar basado en la pura poesía, no en una visión racionalista, marxista de la historia; deberá ser fruto de una “furiosa oleada irracionalista”». En medio de ese pathos se dispone a contar la vida de quien, con más derecho que nadie, puede ser llamado el Inaceptable (y que hoy, en 1964, digo, en 2022, sigue siendo tan inaceptable como hace 2022 años). 

«Quiero añadir que nada me parece más contrario al mundo moderno que la figura de Cristo, suave en el corazón, pero nunca en la razón, decidido en el ejercicio de su libertad, como voluntad verificadora de la propia religión y como desprecio continuo de la contradicción y del escándalo.» 

II 

La situación desde la cual nosotros vemos hoy la película: 

Una amiga, al enterarse en 2004 de que yo estaba preparando un dossier Pasolini para el número 4 de revista La otra, me preguntó de qué se trataba. Le conté que había llegado a mis manos una vieja revista española de 1965 en la que se relataban los pormenores de la realización, el estreno y el consiguiente debate que produjo en su momento El Evangelio según Mateo. Le conté que entre otros documentos muy interesantes, estaba la correspondencia que Pasolini había mantenido con miembros de la Pro Civitate Christiana, una agrupación católica a la cual Pasolini había acudido para asegurarse de que su película se atuviera al más estricto respeto a la doctrina cristiana. 

Mi amiga me responde: «claro, Pasolini vivió en una época en la que ser gay no era, para nada, gay. Y eso le debe haber producido un inmenso complejo de culpa...» 

Mi amiga es una respetable exponente de esa clase media para la cual la emancipación, la incredulidad, la ausencia de oídos para lo sagrado, es una conquista de su condición social. En el mejor de los casos, la fe puede asociarse al complejo de culpa. Y Pasolini tendría motivos para sentirse culpable, "si tenemos en cuenta el contexto histórico en el cual desarrolló su obra". 

Para una librepensadora tan encadenada a su emancipación como esta amiga que me hizo el comentario sobre Pasolini, el gesto del poeta y cineasta comunista decidido a filmar el Evangelio es inaceptable, todavía hoy. Y es por eso que Pasolini lo filmó. Porque siempre se colocó en posiciones en las cuales no le sería posible ser aceptado. 

 A nosotros el Evangelio no puede resultarnos sino inaceptable. Estamos preparados para comprenderlo todo y siempre situamos cada fenómeno cultural en su contexto. Así podemos comprender el Evangelio como un producto cultural circunscripto en determinadas coordenadas históricas, así podemos comprender la religiosidad de las masas populares como una expresión de su todavía no alcanzada emancipación. 

A los librepensadores nos gusta hablar de política, de policiales, de piqueteros, de mass media, de grandes relatos, de psicología, de teología, de urbanismo, de estética, de semiótica, de merchandising, de probabilística, de bailística, de clacisismo, de modernismo, de postmodernismo, de Hadewijch, de diversidad sexual, de capacidades diferentes, de arte pop, de canciones tontas, de panorámicas, de bitcoins, del live update, del spam, de PTA, de DC, de Pixar... 

Pero nosotros, librepensadores, encadenados a nuestra emancipación como a la adquisición a la que no somos capaces de renunciar, tan capacitados para comprender cada cosa en su contexto, hay algo que no podemos aceptar: el Evangelio. Y otra cosa más: que un comunista librepensador, el más librepensador de los comunistas, Pasolini, sea capaz de filmar el Evangelio sin el menor rastro de ironía, de parodia, de sarcasmo, sin un solo guiño a nuestra conquistada emancipación.

III 

Pero, ¿quién es Pasolini, el hombre que, hace ya casi 60 años, se siente llamado a hacer un film sobre El Evangelio según Mateo? Podríamos decir rápidamente: “poeta, cineasta, semiólogo, pensador, militante”, palabras que también le cabrían a muchos otros y con eso quedaría más o menos respondida la cuestión de qué es. Pero en ese caso no habríamos dicho quién es, ni siquiera habríamos puesto en foco el punto donde se intersectan los caminos del poeta, el cineasta, el semiólogo, el pensador y el militante. Y aún si lográramos ponerlo en foco, todavía faltaría decir qué es Pasolini para nosotros. Porque Pasolini es el nombre de una tensión que nos atraviesa, una cierta manera de liberar las fuerzas que nos traban, de abrirlas hacia el mundo y no quedar sofocados por ellas. 

Pasolini viene de antes, de mucho antes: su madre, Susana Colussi, maestra de escuela elemental, hija de una antigua familia de campesinos de Casarsa cuya existencia se puede rastrear hasta el siglo XV, es la persona que Pasolini amó desde el primer día de su vida hasta el último: 

Es difícil decir con palabras de hijo 

aquello a lo que en el corazón apenas me asemejo. 

Tú eres la única en el mundo que sabe de mi corazón 

lo que ha sido siempre, antes de cualquier amor. 

Por eso debo decirte lo que es horrible reconocer: 

en el seno de tu gracia nace mi angustia. Eres insustituible. 

Por eso está condenada a la soledad la vida que me has dado... 

“Súplica a mi madre” de Poesía en forma de rosa 

Cuando Pasolini comienza a escribir poesía, lo hace en friulano, el dialecto de su madre. Cuando filma el Evangelio, pone a su madre en el rol de María, la madre de Jesús. La fidelidad de Pier Paolo a ella durará todo lo que dure su obra (y dura todavía). 

El padre, Carlos Alberto Pasolini, teniente de infantería, heredero de una familia noble venida a menos, es un hombre enredado con el fascismo, con el alcohol y con la desconfianza. Su matrimonio con Susana Colussi será desgraciado, su autoridad apenas logrará una sumisión formal que mantendrá a la familia en el encono, lo que no hará más que fortalecer el vínculo entre madre e hijo. Sólo muchos años después de que el padre muera, Pasolini rescatará en su memoria el vínculo de ternura y sensualidad que lo ligaba a ese hombre que fue para él un desconocido. 

Novela familiar como muchas otras. Pero la singularidad de Pasolini consiste en haberla experimentado no como una neurosis pequeño-burguesa, no como una coartada para vivir en la amargura (como hace la gente normal), sino como un don y como una oportunidad. Alguna vez dijo: los problemas de la vida no hay que resolverlos, hay que vivirlos. Su vínculo con lo arcaico, con el habla dialectal, sus amados rostros campesinos; pero también su proyecto burgués, su empresa emancipadora, su “carrera” artística, la asunción de su sexualidad, su militancia anti-fascista y su nostalgia por una autoridad legítima: así pudo abrir ese nudo, abrir su sentido, plantarlo en el mundo, ponerlo en obra. Su obra trabaja sobre esa tensión sin renunciar nunca a ella, al contrario: manteniéndola tanto como sea posible. 

(Es difícil, hablando de Pasolini, sortear el peligro del biografismo. Pero hay una manera: este semiólogo, que quiere descifrar la lengua de la realidad, escribe al vivir: escribe lo que vive pero también vive lo que escribe. Su singularidad es capaz de comunicarse y comunicarnos, no hablando la lengua universal de la ciencia, sino poetizando: es decir, dándole nombre a las fuerzas que lo agitan).

«No he tenido, por decirlo así, formación religiosa. Mi padre no creía en Dios. Si iba los domingos a misa, sólo era por respeto a una institución garantizadora del orden social. Practicaba externamente, por todas las razones que llevan a un hombre de derecha a bautizar a sus hijos, a casarlos ante el sacerdote... Mi madre mantenía las tradiciones religiosas de la mayor parte de los campesinos. Su fe era la prolongación de su poesía o, como dicen los teólogos, una religión natural. Por lo tanto, yo no he sufrido ninguna presión religiosa. Las únicas veces que me hacía la rata era para escapar al catecismo. La enseñanza del catecismo me resultaba insoportable. El colegio de curas me resultaba el peor de los presidios». 

A mediados de la década del 50 le escribe al poeta católico Carlo Betocchi: «En cuanto a la pregunta “¿qué es la realidad?”, su cultura burguesa y cristiana ya tiene preparada la respuesta. Y, sobre tal base, la eventual interpretación marxista sólo puede ser rechazada. Ahora yo lo envidio a usted y a los de su generación que ya tienen preparada esa respuesta: y envidio a los que creen en la respuesta aún potencial de la filosofía marxista. Yo me encuentro en el vacío, ni aquí (si bien todavía aquí por la violencia de la memoria, por la coacción de una infancia y de una educación) ni allá (si bien ya en la aspiración, en la simpatía por una vida que se renueve, y proponga una fe, si no otra cosa, en su ser en acto). Todo esto es escandaloso. (...) Pero siempre una posición sincera es escandalosa, este es uno de los conceptos absolutos del cristianismo, ¿no es verdad? A mí no me falta valor, pero siento que en este momento una elección sería un acto desesperado: un acto irracional, que requiere una forma de misticismo, si me decidiera por el “allí”; y un acto renunciador, peligrosamente viciado, si me asentase definitivamente –a gozar éxtasis católicos y exquisitamente burgueses- “aquí”». 

A Pasolini no le falta valor: al contrario, es su enorme valor lo que le permite no resolver los problemas, sino vivirlos. Sería más cómodo refugiarse en una visión católica de la existencia, sentirse parte de una iglesia consoladora que reconforte su espíritu, cerrar las heridas, olvidar (todos quieren olvidar). Pero Pasolini no es lo bastante burgués para aspirar a ese confort, prefiere la intemperie. 

El marxismo le ha enseñado que el cielo que promete la religión es el mundo al revés de la miseria material, una ilusión para soportarla mejor: «la religión es la realización fantástica de la esencia humana, porque la esencia humana carece de verdadera realidad (...). La miseria religiosa es a la vez la expresión de la miseria real y la protesta contra la miseria real. La religión es el suspiro de la criatura abrumada, el sentimiento de un mundo sin corazón, así como es el espíritu de una situación sin espíritu» (Karl Marx, Crítica a la filosofía del derecho de Hegel). 

Pero es ese mismo valor de Pasolini, su mismo amor por la verdad, lo que le hace descubrir muy pronto que el comunismo también tiene preparada una respuesta a la pregunta por la realidad, y resulta así otra variante de la religión: la promesa de una historia progresiva, el cielo en la tierra. Con el agravante de que el cielo comunista promete saciar el hambre de pan, pero olvida que no sólo de pan vive el hombre. Si el comunismo es impotente para producir una verdadera alteridad en este mundo sin corazón, si sólo termina proponiendo una mera alternativa a él, es porque no tiene oídos para lo sagrado. En eso, Marx es sólo otra variante del iluminismo moderno, que ha venido a abolir lo sagrado; y sus seguidores, los marxistas, terminarán por reducir todo a un reparto equitativo del pan. 

Pasolini necesitará cada día del resto de su vida para descubrir y volver a descubrir que la izquierda pretende una felicidad idéntica a la de los explotadores. Y así, «una lucha definida verbalmente como revolucionaria marxista-leninista se degrada en una lucha civil vieja como la burguesía, esencial para la existencia misma de la burguesía».(Cartas luteranas, 1975) 

Cuando en sus últimos años de vida alce su voz para denunciar los efectos devastadores que la revolución neocapitalista produce sobre el hombre y sobre el mundo, ya sabrá muy bien que contra esta mutación antropológica el comunismo no puede hacer nada porque, en un punto decisivo, burgueses y comunistas son lo mismo: «Porque hay una idea conductora que es común a todos: la idea de que el peor de los males del mundo es la pobreza, y que por tanto la cultura de las clases pobres debe ser sustituida por al cultura de las clases dominantes». (Cartas luteranas

«A algunos críticos de obediencia católica les ha molestado que sea un marxista el que se apropie de esta historia: son exégetas ultraconservadores de un relato que, por otra parte, casi no leen. Me reprochan una ingerencia que debe pisotear sus derechos. Pero me pregunto, ¿cuáles? No me molestan demasiado y, en todo caso, mucho menos que los elogios que he recibido de los organismos católicos. (...) Por otro lado, los críticos marxistas han objetado mi elección del tema, así como la “falta de compromiso” con la que, según ellos lo he tratado. Realmente, yo habría podido hacer la historia de Cristo dándole el aspecto de un agitador político y habría tenido el nihil obstat de los marxistas oficiales. No lo hice así porque va contra mi naturaleza profunda desacralizar cosas y personas. Al contrario, tiendo a sacralizarlas lo más posible». 

Como militante comunista forma parte de las fuerzas modernizantes que ayudan a disolver las estructuras sociales del clerical-fascismo, cuya opresión ha sufrido en carne propia; como poeta, cineasta y semiólogo, aprende a descifrar la lengua en que nos habla la realidad, dispone su oído a escuchar antiguas palabras nunca escritas; y al escucharlas advierte que esa modernidad que él mismo promueve acabará borrando todos los signos y arrasará el mundo. Y así descubre la escandalosa fuerza revolucionaria del pasado, la gracia de los siglos oscuros. 

«Entonces, según usted -dice reticente, 

mordisqueando el bolígrafo - ¿cuál es 

la función del marxista?» Y se dispone a apuntar. 

«Con... delicadeza de bacteriólogo... yo diría [balbuceo 

preso en ardores de muerte] 

mover las masas de ejércitos napoleónicos, estalinistas... 

con miles y miles de anexos... de forma que... 

la masa que se dice conservadora [del Pasado] lo pierda: 

la masa revolucionaria, lo gane 

reedificándolo en el acto de vencerlo... 

“Una desesperada vitalidad”, Poesía en forma de rosa


IV

«Es una obra de poesía la que quiero hacer. (...) Siguiendo al pie de la letra las “aceleraciones estilísticas” del evangelio de Mateo, la funcionalidad bárbaro práctica de su relato, la abolición de los tiempos cronológicos, los saltos elípticos de la historia en los que están incluídas las “desproporciones” de los éstasis didascálicos (el estupendo, interminable, sermón de la montaña), la figura de Cristo debería tener, al final, la misma violencia de una resistencia: algo que contradiga radicalmente a la vida tal y como se está configurando para el hombre moderno, su gris orgía de cinismo, ironía, brutalidad práctica, compromiso, conformismo, glorificación de la propia identidad en las señas de identidad de la masa, odio hacia toda diversidad, rencor teológico sin religión...”. 

¿Pero cómo, "siguiendo al pie de la letra..."? Le ruego al lector que relea el párrafo anterior, su cambio brusco de registro: la figura de Cristo debería tener, al final, la misma violencia de una resistencia: algo que... Pasolini es un astuto semiólogo, así que cuando en su discurso produce estos giros (y su obra poética está llena de ellos), hay que detenerse a leer el giro, porque allí está condensado el sentido: en este caso, el pasaje desde las consideraciones estilísticas, digamos formales, del relato de Mateo, hacia la figura de Cristo. 

¿Es que hay una forma de hablar acerca de Cristo que hace aparecer la violencia de una resistencia? ¿una forma que contradice radicalmente a la vida tal y como se está configurando para el hombre moderno? ¿Es que hay otra forma de hablar acerca de Cristo que impide que aparezca la violencia de una resistencia, que no contradice sino que halaga al hombre moderno, su gris orgía de cinismo, ironía, brutalidad práctica, compromiso, conformismo? 

Lo que a Pasolini le encanta del Evangelio es el ajuste entre la historia de quien, con más derecho que nadie, puede ser llamado el Inaceptable (que hoy, en 1964, digo, en 2022, sigue siendo tan inaceptable como hace 2022 años) y la forma en que esa historia ha de ser contada. Se trata de una operación poética que es a la vez una intervención política: ¿cómo hablarle a hombres (¿a nosotros?) que están sumergidos en una gris orgía de cinismo, ironía, brutalidad práctica, compromiso, conformismo? 

Hay escollos que parecerían insuperables: el cretinismo de un poder eclesiástico aliado históricamente al fascismo es uno de ellos, pero no el único. También está el insanable cretinismo de una clase (¿nosotros?) para la cual la certeza de que no hay nada sagrado es una conquista social irrenunciable. Ambas cosas, el clerical-fascismo que transforma al Evangelio en una trampa para incautos y el liberalismo de una clase ilustrada a medias, quizá sean más solidarios de lo que a primera vista parecen. Y por eso Pasolini hace El Evangelio según Mateo, porque siempre se coloca en posiciones en las cuales no le será posible ser aceptado. 


Pero antes que responder a la posición de otros (clericales, fascistas, liberales, comunistas), el tratamiento cinematográfico que Pasolini hace del Evangelio responde a sus propias tensiones internas: «en mi película se abren abismos de distintas dimensiones. En Accattone era yo el que relataba, aquí no, porque yo no creo. En cambio, he debido narrar el Evangelio a través de los ojos de otro que no soy yo, es decir, de un creyente: he hecho un “discurso libre indirecto”. Esta “visión indirecta” ha presupuesto una contaminación entre quien cree y quien no cree, y de ella ha surgido una confusión magmática. La investigación técnica, la intuición estilística, ha precedido a la real profundización ideológica. Pero a ustedes se les escapa todo esto –reprocha Pasolini a sus críticos de izquierda- No advierten que he caminado por el filo de la navaja: evitando, por mi parte, una visión sólo histórica y humana y, por parte del creyente, una visión demasiado mítica». 

“Visión indirecta” es el nombre que el semiólogo Pasolini le pone a su operación poética. Es una manera de fijar en un concepto la radical inquietud de su mirada, ese no poder establecerse ni aquí ni allá. Pero es esa inquietud la que resucita las palabras evangélicas. Porque si no, estas palabras son letra muerta: parte de una liturgia cristalizada para los católicos, o residuos de un contexto histórico ya fenecido para los marxistas; y entonces ya no nos hablan. Sólo quien está ni aquí ni allá puede sentirse interpelado por estas extrañas palabras, humanamente inaceptables: 

«No piensen que he venido a traer paz a la tierra. No he venido a traer paz, sino espada. Sí, he venido a enfrentar al hombre con su padre, a la hija con su madre, a la nuera con su suegra; y enemigos de cada cual serán los que conviven con él. «El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí. El que no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí. El que encuentre su vida, la perderá; y el que pierda su vida por mí, la encontrará». (Mt., 10, 34-39).


Es momento de volver a ver El Evangelio según Mateo, el film de Pasolini. Descubrir su ligereza y su vigor intactos, después de casi 60 años, desde aquella prodigiosa escena inicial, con la muda perplejidad de José frente al vientre preñado de su mujer-niña «antes de empezar a estar juntos ellos». («Y como él era justo y no quería ponerla en evidencia, resolvió repudiarla en secreto»). Sobrecogerse ante la mirada intensa y oscura del joven Jesús, de una seriedad adolescente, que sólo en momentos contados se permite la dulzura. La cámara se enamora de esa cara fresca y viril, tomada en planos cercanos, con objetivos angulares, bajo el biancor de una luz implacable. Sin dudas está en la manera de filmar ese rostro, esos rostros (los de Judas, Mateo, Juan, Pedro, Caifás y muchos otros que en las Escrituras no tienen nombre), que Pasolini lleva a cabo su personal lectura del texto. 

¿Y nosotros? ¿Quiénes somos nosotros? ¿Nos dicen algo estas palabras? ¿O todo esto es algo que hemos dejado definitivamente atrás, una historia caduca? Con nuestra crítica de la posición moderna a la que estamos encadenados, ¿hemos dicho algo que nos permita siquiera sospechar una experiencia de lo sagrado? No: todavía no hemos dicho nada.

* Partes de este texto fueron publicados en una versión ligeramente diferente en el n° 4 de revista La otra, otoño de 2004. Fragmentariamente, fueron publicados en el blog La otra.


V

Carta en forma de poema dirigida a Pietro Nenni

Era pleno verano, ese verano
del año bisiesto, tan triste
para la nación en la que sobrevivimos.
Un gobierno fascista había caído, y en todas partes
había, si no ese aire nuevo, esa nueva
luz que tiñó pueblos, ciudades, campañas,
el veinticinco de julio - una aunque fuera incierta
luz, que daba al corazón una alegría
excepcional, el sentido de una fiesta.
y yo como el "náufrago que vela" (escribo
a un hombre que por supuesto me concede el ceder
a las citas dannunzianas...)
feliz de haber salvado la piel - bisiesto
doblemente para mí fue el año -
he tenido, por un momento, dentro, el sentido
de un "poema a Fanfani": no sólo
por solidario antifascismo y gratitud,
sino como una contribución aunque más no sea ideal
de literato: un "apoyo moral", como se suele
decir. Fue la idea de una mañana
radiante por el sol de ese verano
que alguien había maldecido y cuya blancura
hacía de la Italia rica - que rondaba
en balnearios populares y en grandes hoteles,
en las calles de las incumbentes olimpíadas -
la imitación de una civilización enterrada.

Y entonces, se reducía a una sola herida:
si todavía era capaz de resistir,
se lo debía a una fuerza prenatal, a los abuelos
paternos o maternos, no sé, a una naturaleza
arraigada ya en otra sociedad.
Sin embargo, en aquel impulso mío, medio
loco y medio demasiado racional,
había una necesidad real, lo veo
mejor ahora, que la colaboración
es un problema político: y Usted lo expone.
Desde el cuarenta y ocho estamos en la oposición:
doce años de una vida:
toda ella dedicada a esta lucha - mía
en gran parte, aunque en privado
(cuántos terrores internos, cuántas furias).
Con qué amor lo veo a Usted, inmaduro,
los anteojos y la boina de intelectual,
y esa cara de ama de casa romañola,
en fotografías que, si quisiera alinear
harían la más verdadera historia de Italia, la única.
Yo todavía estaba en pañales, y luego ya bebé,
y luego adolescente antifascista por estética
revuelta... tímidamente Lo seguía
una generación después: y Lo he visto triunfar
con Parri, con Togliatti, en los grandiosos,
doloridos, picarescos días de posguerra.
Luego se volvió a empezar: y esta vez
hemos, aun lejanos, vuelto a empezar juntos.
Doce años, es, en el fondo, toda mi vida.
Yo me pregunto: ¿es posible cambiar una vida
siempre negando, siempre luchando, siempre
fuera de la nación, que vive, mientras tanto,
y excluye de sí las fiestas, las treguas,
las estaciones, a quien se le enfrenta?
Ser ciudadanos, pero no ciudadanos,
estar presentes pero no presentes,
estar furiosos en cada ocasión
ser testigos sólo del mal,
ser enemigos de los vecinos, ser odiado
del odio de quien odiamos por amor,
seguir en un continuo, obsesionado exilio
a pesar de vivir en el corazón de la nación?

Entonces, si nosotros no luchamos por nosotros,
sino para la vida de millones de hombres,
¿podemos asistir impotentes a una fatal
inacción, a verlos disgregarse
a la corrupción, la omisión, el cinismo?
Para querer ver desaparecer este estado
de metahistórica injusticia, ¿asistiremos
a su reconstrucción ante nuestros ojos?
Si no podemos conseguir todo, ¿no será
justo contentarse con conseguir un poco?
La lucha sin victoria se enaridece.

(Una carta, por lo general, tiene un propósito.
Esta que yo le escribo no lo tiene.
Se cierra con tres preguntas y una cláusula.
Pero si estuviera aquí confirmada la necesidad
de alguna ambigüedad de su lucha,
su complicación y su riesgo,
yo estaría feliz de haberla escrito.
Sin sombras, la victoria no da luz.)

"Nenni", Pier Paolo Pasolini, Avanti!, 31 de diciembre de 1964
Traducción al castellano: Ana Fioravanti