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jueves, 29 de septiembre de 2022

Rompecabezas Wittgenstein: "Incapaz de pronunciar la única palabra redentora"

por Oscar Alberto Cuervo

Todo lo que puede decirse, puede decirse claramente. De lo que no se puede hablar, se debe guardar silencio. Resulta curioso, pero estas frases provienen del Tractatus Logico-philosophicus, un libro hermético y desconcertante, fuente del mayor equívoco de la filosofía del siglo XX: los positivistas lo erigieron como su libro sagrado, sin haberlo comprendido, precisamente por no haberlo comprendido. Su autor, Ludwig Wittgenstein -que pudo haberse dedicado a la ingeniería aeronáutica o haberse suicidado a los 20 años, pero no- persiste como enigma, a pesar suyo. Lo que nos da que pensar es su silencio.

Pudo haberse suicidado como lo hicieron tres de sus nueve hermanos. Hijo menor de una familia de la alta burguesía austríaca de origen judío, Wittgenstein nació en Viena el 26 de abril de 1889, bajo el signo de Tauro. Su padre era un capitán de la industria metalúrgica que destinaba una parte de su fortuna al mecenazgo de artistas como el pintor Gustav Klimt, el escultor Auguste Rodin o el músico Gustav Mahler, pero no respetaba otra profesión que la de ingeniero. Sobre todo, le disgustaba que sus hijos tuvieran inclinaciones artísticas, como las que manifestaron Hans y Rudolf, quienes, además, eran homosexuales declarados. Los hermanos mayores de Ludwig no fueron capaces de soportar las presiones paternas: lo cierto es que se suicidaron poco después de cumplir los 20 años. Ludwig estudió ingeniería aeronáutica y estuvo varias veces al borde del suicidio, tal vez atormentado por la culpa que le producía su a duras penas velada homosexualidad, o quizás por su desbocada sed de absoluto. El temple de Wittgenstein penduló siempre entre la sorda desesperación y la experiencia de un amparo invulnerable. Para esta guerra no tuvo palabras.

Como técnico, pronto se destacó en el diseño de una hélice de propulsión por reacción. El tema lo obsesionó y, sin proponérselo, desde las conjeturas físicas fue deslizándose hacia los fundamentos de las matemáticas y de ahí hacia la filosofía. En 1908 llegó a sus manos un libro de Bertrand Russell, Los principios de las matemáticas. Wittgenstein decidió escribirle una carta a su autor.

El novio del átomo

El techo es blanco, la cama es de madera, las sábanas son azules y esta mano tiene cinco dedos. Así sucesivamente. La realidad es una colección de hechos simples que son descriptibles por medio de proposiciones igualmente simples. A cada hecho le corresponde una proposición. "El techo es blanco" es una proposición verdadera si y sólo si el techo es blanco. El lenguaje es una figura de la realidad. La realidad y el lenguaje tienen la misma forma. Ambos pueden descomponerse hasta llegar a sus elementos simples -o atómicos- que los componen. El todo es la suma de las partes (la cama es de madera, las sábanas son azules, etc.). La realidad no es ambigua ni contradictoria, nuestra forma de hablar de ella puede serlo a veces. Pero para solucionar eso (para curar esa enfermedad del habla) está la filosofía. Ella tiene que determinar con claridad la forma lógica del lenguaje para erradicar las contradicciones. Tiene que purgar las ambigüedades y las vaguedades en el uso de los términos para figurar los hechos con precisión. Tiene que mostrar que la mayoría de los problemas planteados por la filosofía tradicional son pseudo-problemas originados por un mal uso del lenguaje. Si la filosofía logra esto -y está en vías de lograrlo-, entonces el lenguaje y el pensamiento humanos conquistarán la precisión del cálculo matemático (esta mano tiene cinco dedos, etc.). El resto es silencio.

El párrafo anterior describe el programa del atomismo lógico, el proyecto filosófico puesto en marcha por el filósofo inglés Bertrand Russell hace ya más de un siglo y continuado por el Círculo de Viena en los años 20 del siglo pasado. Aún hoy es el pensamiento dominante de los departamentos de filosofía de aquí, allá y de todas partes. En realidad estas tesis pasan en limpio el craso sentido común, al que tratan de formalizar. La filosofía clara de una época oscura. Es más fácil resumir este programa en quince renglones que consumarlo en sus articulaciones y detalles. A Russell y acólitos les llevó décadas el intento y en el camino se encontraron con paradojas aún no resueltas, tal vez insalvables. ¿Falta mucho para llegar a las verdades simples y precisas (el techo es blanco, las sábanas son azules, etc.)? El desafío fue una tentación que Wittgenstein no pudo o no quiso evitar. En 1908 encontraba un fundamento sólido para seguir viviendo o se mataba.

Dos potencias se saludan

El encuentro de Russell y Wittgenstein en Cambridge resultó decisivo para los dos. En 1911 Russell era, a sus 40 años, una autoridad académica cuyas tesis sobre filosofía de las matemáticas eran estudiadas en todo el mundo; estaba trabajando para concretar el objetivo de máxima de la metafísica occidental: demostrar que la realidad es enteramente representable por el lenguaje proposicional de sujeto y predicado; es decir: por la ciencia. (Una metafísica, digamos, que ni siquiera se reconoce como tal). Wittgenstein era un estudiante de 22 años inadaptado, de vocación no del todo definida y con serios problemas anímicos. Así lo vio Russell en sus primeros encuentros:

"Mi amigo alemán amenaza ser un suplicio. Después de mi clase me acompañó a mi casa y estuvo discutiendo conmigo hasta la hora de la cena; lo hacía de un modo testarudo y extravagante, aunque me parece que no es nada estúpido".

Wittgenstein tenía que tomar una decisión: o dedicaba su vida a la aeronáutica o la dedicaba a la filosofía. Le fue a preguntar a Russell si veía en él algún talento filosófico porque si así no fuera estaba dispuesto a abandonar para siempre esa vocación. Russell le dijo que no estaba seguro de sus reales aptitudes pero, después de leer un ensayo que Wittgenstein le acercó, se convenció de su talento excepcional y lo alentó a seguir. En sus memorias, Russell lo recuerda así:

"Fue el ejemplo más perfecto de genio que encontré en mi vida: apasionado, profundo, intenso y dominante... Cada medianoche me visitaba y durante tres horas, sumido en un nervioso silencio, se movía de un lado para otro como un animal salvaje. Una vez le pregunté: '¿Usted está pensando sobre lògica o sobre sus pecados?'. 'Sobre las dos cosas' me contestó y siguió moviéndose por la habitación. Yo no quería mencionarle que ya iba siendo hora de acostarse, porque temía que se fuera a suicidar si lo hacía ir'".

La relación entre maestro y discípulo fue mutando con el correr del tiempo. Wittgenstein se tomaba las tesis del atomismo lógico como una obsesión personal, con su incapacidad tan característica para ponerle límites a su inquietud que lo obligaba a perseguir una idea hasta extraer las últimas consecuencias y descubrir los puntos débiles de cualquier argumentación. Ludwig concordaba, en principio, con el programa científico de Russell, pero encontraba serios inconvenientes en el concepto de representación; esto es: en la capacidad del lenguaje para hacer referencia a los hechos. ¿Cómo es posible que haya una concordancia entre una proposición simple y un hecho? ¿Hay en nuestra experiencia 'hechos simples'? Las proposiciones negativas, como por ejemplo "vos no estás aquí", ¿se refieren a hechos negativos? ¿a "no hechos"? ¿Tiene algún sentido hablar de un hecho negativo - un "no estás"-? ¿o los hechos son simplemente lo que son? ¿Cuál es el sentido entonces de una proposición negativa? ¿Y qué pasa con una proposición general, como por ejemplo "todos los metales se dilatan con el calor"? ¿Se refiere, en razón de la infinidad de hechos a los que alude, a algo real, a una infinitud real de hechos? ¿O es sólo una manera de hablar?

Los cuestionamientos a Russell se fueron haciendo cada vez más duros, hasta bordear la violencia. Ludwig le dijo que estaba totalmente equivocado, que él ya había ensayado recorrer ese camino hasta convencerse de que no conducía a ninguna parte. Las críticas hicieron tambalear a Russell. Años después, el filósofo inlgés reconocería que el encuentro con Wittgenstein fue "un acontecimiento importantísimo en mi vida, que afectó todo lo que hizo desde entonces. Vi que él tenía razón y que yo no podría hacer ya ninguna tarea fundamental en la filosofía". De hecho, Russell no produjo ya grandes novedades en su pensamiento filosófico después de cruzarse con Wittgenstein y, a pesar de que vivió hasta los 98 años, sus intereses se fueron desplazando cada vez más hacia la causa pacifista, los derechos humanos y el feminismo.

La distancia entre ambos aumentó hacia 1914, no sólo por razones filosóficas: sus actitudes de vida eran totalmente opuestas. Russell era un librepensador, un antirreligioso que se burlaba de los escrúpulos de Wittgenstein sobre el pecado y de su misticismo; el inglés tenía todo el sentido del humor y la sociabilidad que le faltaban al austríaco. Solo el brillo intelectual de Wittgenstein y el respeto y la paciencia que Russell le llegó a profesar le permitían disculparlo por los continuos desplantes que su discípulo tenía contra las normas académicas y las convenciones sociales.

Cuando empezó la Primera Guerra Mundial, Russell pudo profundizar su militancia pacifista, precisamente en el momento en que Wittgenstein decidió enrolarse como voluntario en el ejército austríaco. Esa era su oportunidad para romper con la comodidad y el vacío de la vida burguesa que tanto despreciaba. Creyó encontrar en la guerra un remedio extremo, el sentido fuerte del que su existencia hasta ese momento carecía.

La guerra de un solo hombre

Durante sus años de guerra Wittgenstein llevó un diario escrito en cuadernos escolares, con un llamativa distribución: en las hojas del lado derecho escribía sus áridas reflexiones sobre la lógica proposicional; del lado izquierdo y en una clave secreta, dejaba testimonio de su tormento personal. Creo que nunca se ha expresado de manera tan patente la íntima fisura y la oculta tensión que existen entre la verdad científica y la inquietud existencial. Los lectores de Wittgenstein, sus equívocos discípulos, sus herederos intelectuales, no han cesado de ahondar la disociación.

15 de agosto de 1914

Hoja izquierda:

Son tantas las cosas que ocurren que un solo día me parece tan largo como una semana. Ayer me destinaron a prestar servicio en el reflector de un barco que hemos requisado y que patrullará por el Vístula. ¡La tripulación es una banda de cerdos! ¡De entusiasmo, nada! ¡Son increíbles su grosería, su estupidez y su maldad! No es cierto que la gran causa común ennoblezca necesariamente a las personas. Esto hace también que las tareas más desagradables se conviertan en una labor de esclavos. Resulta notable ver cómo son las propias personas las que hacen de sus tareas un tormento aborrecible. A pesar de las circunstancias externas, las tareas en nuestro barco podrían procurarnos un período magnífico, feliz... ¡y en cambio! Sin duda resultará imposible entenderse aquí con la gente. Por tanto, hay que ejecutar las tareas con humildad y, por amor a Dios, ¡no perderse a sí mismo! Pues cuando uno quiere darse a los demás es cuando más fácilmente se pierde a sí mismo.

5 de septiembre de 1914

Hoja izquierda:

Me encuentro en camino hacia un gran descubrimiento. ¿Pero llegaré a él? Noto mi sensualidad más que antes. Hoy he vuelto a masturbarme. Afuera hace un tiempo gélido y tormentoso.

19 de septiembre de 1914

Hoja derecha:

Una proposición como “este sillón es marrón” parece decir algo enormemente complicado, dado que si quisiéramos expresar esta proposición de modo tal que nadie pudiera hacernos objeciones acerca de su ambigüedad, tendría que resultar infinitamente larga.

7 de octubre de 1914

Hoja izquierda:

Siento un frío helado que me viene de dentro. ¡Si al menos pudiera dormir lo suficiente otra vez antes de que comience la cosa! Trabajé poco. Aún no acierto a cumplir con mi deber simplemente porque es mi deber, ni a reservar todo mi ser para la vida del espíritu. Puedo morir dentro de una hora o dentro de dos. Puedo morir dentro de un mes o dentro de algunos años. No puedo saberlo y nada puedo hacer ni a favor ni en contra: así es esta vida. ¿Cómo he de vivir para salir airoso a cada instante? Vivir en lo bueno y en lo bello hasta que la vida se acabe.

15 de octubre de 1914

Hoja derecha:

En la proposición componemos, por así decirlo, experimentalmente las cosas, tal como estas no necesitan componerse en la realidad. No podemos componer sin embargo algo ilógico, porque para eso tendríamos que salirnos en el lenguaje fuera de la lógica. (...). De existir proposiciones totalmente generales, ¿qué componemos experimentalmente con ellas? Cuando se tiene miedo a la verdad, como me ocurre a mí ahora, no se presiente la entera verdad. He considerado aquí las relaciones entre los elementos proposicionales y sus referencias, como si fueran tentáculos, por decirlo así, por medio de los cuales la proposición entra en contacto con el mundo exterior; por eso, la generalización de una proposición equivaldría a la contradicción de los tentáculos; hasta que al fin la proposición general estaría totalmente aislada. Pero, ¿es válida esta figura?

11 de noviembre de 1914

Hoja izquierda:

Hemos oído el estampido de los cañones desde las fortificaciones. He enviado una carta a David. ¡Cuánto pienso en él! ¿Pensará él en mí, por lo menos la mitad?

Hoja derecha:

¿Acaso no corresponde mi estudio del lenguaje al estudio de los procesos mentales que los filósofos consideraron siempre tan esenciales para la filosofía de la lógica? Lo que ocurre es que siempre se perdieron en disquisiciones psicológicas inesenciales. Igual peligro se corre con mi método.

21 de noviembre de 1914

Hoja izquierda:

Incesante cañoneo. Mucho frío. Explosiones casi ininterrumpidas desde las fortificaciones. Trabajé bastante. Pero soy incapaz de pronunciar la única palabra redentora. Doy vueltas a su alrededor, muy cerca, pero aún no he podido agarrarla. Sigo preocupado por mi futuro, porque no reposo del todo en mí.

Hoja derecha:

En este punto intento expresar otra vez lo que no resulta expresable.

25 de mayo de 1915

Hoja derecha:

¿Se nos aparece en el campo visual algo mínimo visible como indivisible? Lo que tiene extensión es divisible. ¿Hay en nuestro campo visual partes carentes de extensión? ¿Las estrellas fijas, por ejemplo?

El impulso hacia lo místico viene de la insatisfacción de nuestros deseos por medio de la ciencia. Sentimos que incluso una vez resueltos todos los posibles problemas científicos, nuestro problema ni siquiera habría sido aún rozado. Ninguna otra cuestión quedaría ya en pie, obviamente, y esa sería la respuesta.

***

Austria terminó siendo derrotada en 1918. Wittgenstein fue hecho prisionero por las tropas italianas. Estuvo cautivo diez meses en Montecasino. Quienes administraron su herencia filosófica publicaron póstumamente en 1960 las hojas del lado derecho, con el título Diario filosófico (1914-1916) e hicieron desaparecer durante décadas toda referencia al lado izquierdo: "Del contendido de los diarios hemos dejado afuera muy poca cosa. Las omisiones afectan casi solo a los esbozos de simbolismos que no pudimos interpretar o que por otros motivos carecen de interés" escribieron los editores en la introducción al Diario filosófico. Recién en 1985 fueron publicadas bajo el título Diarios secretos las páginas izquierdas del diario de guerra de Ludwig.

La solución final

En su cautiverio, Wittgenstein reanudó la correspondencia con Russell y comenzó la preparación del Tractatus, en base a las anotaciones del lado derecho de sus cuadernos de guerra. Ya liberado, se resistió a volver a la vida académica, renunció a heredar su fortuna familiar, incluyó en su renuncia una clásusula por la cual comprometía a sus hermanos a que no le permitieran arrepentirse aunque él mismo se los pidiera, y se fue a trabajar varios años como jardinero en un monasterio, donde los monjes hacían votos de silencio. Después, ya como maestro de escuela, intentó aplicar con los alumnos sus ideas sobre el lenguaje; pero como perdía fácilmente la paciencia y castigaba a los chicos, los padres hicieron un petitorio para que lo despidieran.

Al poco tiempo de terminar de escribir el Tractatus, Wittgenstein empezó a distanciarse de su obra sin saber del todo por qué. Se desentendió de la suerte del libro, que fue publicado en su ausencia gracias al empeño de Russell, en 1922. Fue su único libro publicado en vida.

Pocos obras en la filosofía contemporánea fueron tan influyentes y pocas tan mal entendidas. La oscuridad del asunto contradecía las intenciones del autor, que estaba convencido de que todo lo pensable puede decirse claramente. Precisamente el libro se proponía fijar de modo definitivo los límites del lenguaje, de lo que se puede decir y pensar. La dificultad radica en que para hacerlo no se permitió recurrir a otra cosa más que al mismo lenguaje. Todo lo escrito allí queda de este lado de lo decible, ya que Wittgenstein quiso evitar caer en los vicios del lenguaje en que habían caído los filósofos anteriores, entre ellos el mismo Russell. Por eso, para no violar sus propias reglas, muchas de las ideas escritas en los diarios de guerra quedaron reducidas en el Tractatus a escuetas alusiones, lo que le da al libro un tono hermético, por momentos impenetrable. El suponía que, si lograba presentar claramente lo decible –lo pensable-, de esta forma estaría señalando (oblicuamente) lo indecible. Por ese tiempo, escribió una carta a un amigo en la que decía que el libro tenía dos partes: 1) lo que estaba escrito, y 2) todo lo que no había sido escrito; y esta segunda parte... ¡era la más importante! “Creo que todo aquello sobre lo que muchos parlotean, yo lo puse en evidencia en mi libro, guardando silencio sobre ello.”

Gran parte del Tractatus está dedicada a resolver los aspectos insuficientes de la filosofía russelliana y lo hace con éxito, inventando algunos instrumentos lógicos que luego fueron adoptados por el positivismo. En sus proposiciones principales, el libro dice que el mundo es todo aquello que acaece: la existencia de los hechos simples. El pensamiento es la figura lógica de los hechos y su expresión es el lenguaje proposicional. Pensamiento, lenguaje y hechos tienen la misma forma, por lo que los límites del lenguaje son los límites del mundo; no podemos decir ni pensar cómo sería un mundo ilógico. Gran parte de lo escrito sobre filosofía, sostiene Wittgenstein, no es ni siquiera falso: apenas carece de sentido, precisamente por desconocer los límites dentro de los cuales puede decirse algo con sentido. Todo lo que puede decirse se refiere en última instancia a los hechos simples y en esa referencia se decide su verdad o falsedad. Esta crítica a los usos del lenguaje y los aportes lógicos de Wittgenstein encandilaron a los neopositivistas, que en la segunda década del siglo formaron el Círculo de Viena, tomando como base de su escuela filosófica al Tractatus.

Pero

Pero para hacerlo, los positivistas debieron prescindir de las últimas páginas del libro, en las que el pensamiento muestra un giro imprevisto, incomprensible para ellos (un poco como si a los evangelios les quitáramos la parte del calvario y la cruz). Por empezar, las generalizaciones acerca de hechos, como las que forman las ciencias naturales ("todos los metales se dilatan con el calor"), no tienen fundamentación lógica sino psicológica (cosa que después de todo ya había dicho David Hume hacía mucho, mucho). Que el sol salga dentro de un rato porque ha salido ayer y anteayer y antes de anteayer es sólo una hipótesis (y esto significa que no podemos saber si saldrá). La idea moderna de que la naturaleza está sometida a leyes constantes es para Wittgenstein una ilusión. Los modernos se aferran a las leyes naturales como los antiguos se aferraban a Dios y al destino; ambos tienen razón y no la tienen. Pero los antiguos eran aún más claros, dado que reconocían un límite preciso, mientras que el sistema moderno quiere aparentar que todo está explicado.

Porque (acá viene el hueso duro de roer) existe ciertamente lo inexpresable, lo que, atravesando lo decible, se muestra a sí mismo. Esto es lo místico. Ante esto, todo aquello de lo que se puede hablar carece de  la más mínima importancia. Y de lo que no se puede hablar se debe callar.

Los positivistas se mostraron algo desorientados ante esta modulación mística de las últimas páginas del Tractatus, pero creyeron posible pasarla por alto, como si fuera el epílogo prescindible de un libro valioso.Valoraron más bien el aporte instrumental que el libro brindaba en sus aspectos lógicos (Wittgenstein inventó, por añadidura, las bases de la moderna lógica proposicional, lo que en su camino personal fue un tránsito necesario pero, una vez atravesado, carente de valor). La extrañeza del planteo wittgensteiniano se acentúa por la manera seca y tajante con que lo presenta en su breve prólogo:

"primero... la verdad de los pensamientos aquí comunicados me parece intocable y definitiva. Soy, pues, de la opinión de que los problemas han sido, en lo esencial, finalmente resueltos. Y si no estoy equivocado en esto, el valor de este trabajo consiste, en segundo lugar, en el hecho de que muestra cuán poco se ha hecho cuando se han resuelto estos problemas".

Mezcla de arrogancia filosófica extrema y humildad desconcertante, la declaración produce una especie de comicidad involuntaria (lo cómico como reflejo oblicuo del misterio). Para un libro que al principio se jacta de haber resuelto todos los problemas de la filosofía, el final parece una broma decepcionante:

"Mis proposiciones son esclarecedoras de este modo: quien me comprende termina por reconocer que carecen de sentido, siempre que el que comprenda haya salido a través de ellas, fuera de ellas. (Debe, pues, por así decirlo, tirar la escalera después de haber subido). Debe superar estas proposiciones; entonces tiene la justa visión del mundo".

Un extraño libro que dice resolverlo todo e invita inmediatamente a ser olvidado, un trazo que se borra cuando termina de trazarse.

Tal era el efecto auto-anulador de la filosofía del Tractatus que el propio autor lo abandonó a su suerte. Russell, en cambio, quedó deslumbrado por los instrumentos lógicos que proveía a su programa filosófico y levemente perplejo por su final anticlimático. Por eso, se encargó personalmente de traducirlo al inglés (W lo había escrito en alemán) y de prologarlo, destacando lo que a su juicio eran los aportes decisivos de quien había sido su discípulo. El prólogo selló el malentendido, porque hizo que la obra empezara a leerse en la clave que Russell proponía. El Tractatus se abrió camino mientras su autor estaba desaparecido. Inlcuso muchos pensaban que quizá Wittgenstein hubiera muerto en la guerra. Mientras tanto él se había sumido en el silencio al que su tratado invitaba:

"De lo que no se puede hablar se debe guardar silencio".

El triunfo en los círculos positivistas solo fue posible amputando una parte del libro y tergiversando la otra. En torno a él se reunió una generación de jóvenes filósofos en Viena, con la pretensión de subordinar definitvamente la filosofía al rol de auxiliar del conocimiento científico. Desgraciadamente (para los positivistas) su autor no había muerto: unos años después apareció vivito y coleando. Y les dijo en sus caras que no lo habían entendido en absoluto y que nunca lo entenderían. Pero el intento de aclarar el malentendido no fue asumido por Wittgenstein con la suficiente convicción, porque él mismo empezó a odiar al libro que le había conquistado una fama que despreciaba. 

El Tractatus quedó como una fotografía de lo que  había pensado durante un cierto período de su vida, en sus años de guerra. Era solamente un pasaje hacia otra cosa, a pesar del tono terminante de su escritura. Este movimiento paradójico hizo que el libro fuera aplaudido por aquellos contra quienes había sido escrito. Wittgenstein dedicó el resto de su vida a reformular su pensamiento, que quedó expresado en libros sólo publicados póstumamente, tomados de apuntes de clases, de cuadernos de anotaciones, de notas escritas al margen de libros ajenos. El malentendido nunca terminó de despejarse, hasta el día de hoy.

El verano mengua y mi corazón palpita. ¡Cuánto pienso en ti! ¿Pensarás en mí, al menos la mitad?

Sin salida

Una proposición tan simple como “la sábana es azul” no puede ser comprendida si sólo se la toma como representación de un hecho real –y recordemos que este tipo de proposiciones son el núcleo puro y duro de la filosofía positivista. No conocemos objetos simples por nuestra percepción, conocemos objetos complejos: vemos una superficie azul, no vemos los puntos azules que la componen. Esto Wittgenstein ya lo advertía en su diario de guerra. Además, ¿cómo podemos saber que comprendemos el significado de la palabra “azul”? ¿y cómo saber si otro comprende esta palabra? Podríamos aventurar que comprenderla es saber cómo los hombres la utilizan, pero esto no resuelve el problema, ya que abre otros frentes de conflicto. “¿Comprendo una palabra cuando describo el modo como es aplicada? ¿Comprendo su propósito? ¿No me estoy engañando acerca de algo importante?... No sé por qué los hombres que usan esta palabra actúan así, no sé cómo interviene el lenguaje en sus vidas... ¿No es el significado de la palabra la manera en que este uso interviene en la vida?... El lenguaje interviene en mi vida y lo que se llama lenguaje es un ser que consiste de partes heterogéneas y la manera en que interviene en la vida es infinitamente diversa.” (Gramática filosófica, 1931).

La concepción positivista -que reduce la realidad a un conjunto de hechos representables mediante proposiciones simples- conduce a un callejón sin salida, porque sólo hay “simples hechos” si hay proposiciones simples que al nombrarlos, los delimitan; y las proposiciones simples son, en sentido estricto, simplemente imposibles. Wittgenstein llegó a esta conclusión después de haberse tomado en serio el proyecto positivista y de haber caminado por ese callejón hasta el fondo. O sea: ser positivista es no ir hasta el final, no querer llegar.

¿Cuánto te tocará vivir la otra mitad?

¿Alguna vez tuviste la experiencia de estar a salvo? Digamos, no a salvo de una tormenta porque en medio de la noche encontrarás un refugio; no a salvo de la tristeza porque la persona a la que amás también te ama. No: sentirte a salvo, pase lo que pase. Aunque estés a la intemperie, empapado y helado, despreciado por la persona que amás: a salvo. Esto es la experiencia del amparo, absurda para una mentalidad científica, dado que el amparo no es representable en el lenguaje proposicional, porque desborda el límite de lo que una proposición puede contener: una taza de te sólo puede recibir el volumen de una taza, por más que se vierta  en ella un litro. La experiencia del amparo, pase lo que pase, es un sinsentido que queda afuera de la cadena de los hechos naturales (es de noche, llueve, hace frío, el techo es blanco, las sábanas son azules, etc.). El amparo no es de este mundo y sin embargo es lo único que le puede dar valor a una vida.

Esta experiencia absurda nos lleva a arremeter contra los límites del lenguaje. No se puede escribir un libro sobre ella o, mejor dicho, si pudiera escribirse un libro sobre ella, en el acto se pulverizarían todos los otros libros del mundo.

Esto les decía Wittgenstein a unos oyentes algo sorprendidos, que el 2 de enero de 1930 asistieron en Cambridge a escuchar su Conferencia sobre ética.

Citizen Wittgenstein

¿Tendrá sentido escribir este texto? ¿Se podrá conocer a un hombre por medio del relato apurado de unas páginas que mezclan versiones de su vida y versiones de su pensamiento? ¿Es lícito hacerlo justamente con Wittgenstein, quien por años tejió tan amorosamente su silencio? ¿Habrá sido así, como yo lo escribo? Las palabras son como la piel sobre el agua profunda. ¿Y si pudiera decir yo algo, no con palabras sino entre los puntos y aparte? ¿Y si Wittgenstein fuera sólo el pretexto para señalarlo no a él: a otro?

The End

No, Wittgenstein no se suicidó, murió de cáncer a los 62 años el 29 de abril de 1951. Fue enterrado en el cementerio de St. Giles por el rito católico.

Epílogo epigramático

El problema con los racionalistas

El problema con los "istas": los racionalistas no son racionales en su valoración de los límites de la razón.

No digo "el problema con la razón" sino con los racionalistas. La razón es más racional si acepta toparse con sus propios límites. Y menos racional cuando se vuelve racionalista.

Wittgenstein se hizo más racional cuando se topó con el límite de la Lógica y descubrió eso de lo que no puede hablarse.

Bertrand Russell se volvió más racional al chocarse con la paradoja de los conjuntos normales y se deprimió.

Había sido un fundamentalista de la razón. Quería completar el proyecto moderno de matematización de la razón.

Proyecto que venía desde Descartes y Galileo, como mínimo.

Kant le dio una gran mano a ese proyecto. Era un tipo de racionalista sobrio y reconoció sus límites.

Kant quizá haya sido el gran racionalista de la modernidad. El más racional. Por ese reconocimiento de los límites.

Después, en el siglo 19, llegó Frege. Y poco después Russell: quisieron llevar a cabo hasta el fondo el proyecto de matematización de la razón.

Pero Russell tuvo dos problemitas: la paradoja de los conjuntos normales y un alumno que le apareció: un tal Wittgenstein.

La paradoja. En matemática de conjuntos hay conjuntos normales y conjuntos anormales.

Los conjuntos normales son los que no se incluyen a sí mismos como elementos de sí mismos. Por ejemplo, el conjunto de todos los perros no es un perro.

Los conjuntos anormales son los que se incluyen a sí mismos como elementos de sí mismos: el conjunto de todos los entes matemáticos es un ente matemático. El conjunto de los entes matemáticos está incluido dentro del conjunto de los entes matemáticos. Forma parte de sí mismo.

El conjunto de todas las cosas que se pueden nombrar con palabras es una cosa que se puede nombrar con palabras. Es un conjunto anormal. Es parte de sí mismo. Se incluye a sí mismo como un elemento más de sí mismo, entre todas las cosas que se pueden nombrar con palabras .

El conjunto de todos los paraguas no es un paraguas, sino un ente matemático. No sirve para taparse de la lluvia. Es un conjunto normal.

Hasta acá todo bien. Si paramos acá, no hay problemas aún para la teoría de conjuntos.

Pero Russell tuvo la necesidad de ir más allá. O la honestidad de ir más allá.

Pensemos en todos los conjuntos normales: el conjunto de todos los perros, el conjunto de los paraguas, el de los tintoreros japoneses, el de los egresados de la UBA...

Hagamos con todos los conjuntos normales un conjunto. Ese conjunto estará formado por todos los conjuntos que no se contengan a sí mismos.

El conjunto de todos los conjuntos normales.

¿Es normal o anormal?

Si opto por decir que el conjunto de todos los conjuntos normales es normal, entonces se contiene a sí mismo, o sea: no es normal.

Si digo que el conjunto de todos los conjuntos normales es anormal, entonces no se contiene a sí mismo. O sea: no es anormal.

Es decir: cualquiera de las dos respuestas implican su contradictoria.

Si el conjunto de todos los conjuntos normales es normal, entonces no es normal.

Si el conjunto de todos los conjuntos normales es anormal, entonces no es anormal.

Russell quería racionalizar las matemáticas ligándola a la lógica de conjuntos. Pero advirtió que la lógica de conjuntos es autocontradictoria.

Ese es el punto culminante del pensamiento de Russell. Se lo comunicó en una carta a un amigo en 1902. Vivió 70 años más, pero los dedicó a escribir huevadas.

Cuando Russell se dio cuenta de que su proyecto de reducir la razón a cálculo matemático no funcaba, se deprimió.

Unos años más tarde, dando clases, Russell conoció a un joven estudiante austríaco algo extravagante: Ludwig Wittgenstein.

El motivo por el que Russell bancaba a Wittgenstein era que el austríaco loco no quería demolerle el proyecto sino perfeccionarlo.

Wittgenstein se angustiaba porque tenía una necesidad extrema de encontrar el sentido de su vida en una razón de fundamentos precisos e inobjetables. No pretendía destruir la teoría de Russell, sino ponerla a salvo de las paradojas.

Años después, Russell admitió que las objeciones de Wittgenstein eran correctas. Es decir: lo bancaba porque el alumno le estaba enseñando.

En la Primera Guerra Mundial, Wittgenstein seguía mal; para salir de la desesperación se enroló en el ejército a combatir por su patria.

En la guerra, Wittgenstein escribió un diario. En las hojas derechas del cuaderno seguía obsesionado con sus especulaciones lógico matemáticas.

En las hojas izquierdas Wittgenstein escribía sobre su desesperación. Extrañaba a su *mejor amigo*, que combatía en el ejército enemigo.

Wittgenstein lado derecho: "En la proposición componemos experimentalmente las cosas, tal como estas no necesitan componerse en la realidad. De existir proposiciones totalmente generales, ¿qué componemos experimentalmente con ellas?".

Y después, en la misma hoja derecha, parece colársele una oración del lado izquierdo:

"Cuando se tiene miedo a la verdad, como me ocurre a mí ahora, no se presiente la entera verdad".

Rarísimo: un lógico extremo hablando de miedo. A la verdad.

Nada raro: un desesperado temiendo a la verdad.

Ese miedo de Wittgenstein, así como la decepción de Russell ante la aparición de su paradoja son los momentos más sinceros del racionalismo contemporáneo.

Después vino el joven matemático Gödel que demostró mediante un teorema que la aritmética era o bien incompleta o bien contradictoria.

Pero no esperen que desarrolle el teorema de Gödel en un post ya tan largo. 

sábado, 23 de noviembre de 2019

La demanda en adicciones, entre la criminalización y la expulsión

Consumo problemático y los dispositivos de salud mental. Este domingo a las 12 de la noche los autores desarrollan estas ideas en La otra.-radio, FM 89,3


por Alejandro Brain, Luciano Rosé, Rodrigo Videtta y Hernán Arra *

El verdadero objetivo de los tratamientos, plantean los autores, no es que la persona deje de consumir, aunque en muchas ocasiones sería lo más aconsejable, sino alojarla y favorecer las nuevas condiciones de producción de subjetividad.

El campo de la salud mental presenta una curiosa relación con el mundo de las sustancias psicoactivas. Los y las psiquiatras, al igual que los equipos de salud, disponemos de ellas como herramienta terapéutica, en muchos casos fundamental, a la vez que rechazamos sin mayores cuestionamientos tratar a aquellas personas que desarrollan trastornos derivados de su uso.

La ilegalidad de muchas de estas drogas no es una cuestión menor, en tanto quienes consultan por problemas derivados de su consumo son técnicamente delincuentes por el simple hecho de tenerlas consigo. Este rechazo a atender la demanda por consumo problemático de drogas no se limita a aquellas sustancias ilegales, también se extiende a sustancias como el alcohol o las benzodiacepinas.

La situación actual, reflejada por los últimos datos del Observatorio Argentino de Drogas, es que los consultorios externos y los hospitales son el cuarto y quinto efector en importancia en recibir la demanda de tratamiento por adicciones. Por encima de ellos se encuentran las iglesias y grupos religiosos, las reuniones de Alcohólicos Anónimos y las comunidades terapéuticas. Esto pone de manifiesto el incumplimiento generalizado de la Ley Nacional de Salud Mental y Adicciones, que en su artículo 4° remarca la obligatoriedad de brindar atención a las personas que usan drogas en todos los hospitales públicos y las lleva a buscar respuestas en otros agentes o a que nunca lleguen al sistema sanitario.

No se necesitan centros especializados en adicciones para recibirlas, lo que se necesita es un compromiso ético para trabajar con las presentaciones clínicas de la época. Debemos darle a la salud pública el rol protagónico que le corresponde ocupar en cualquier proceso de transformación social y cultural.

El sistema de salud público y estatal, con sus dimensiones de gestión y de atención en los diferentes niveles de complejidad, debería ser el actor protagónico en el proceso de cambio del paradigma en el abordaje de los consumos problemáticos de sustancias. Para alcanzar este objetivo es necesario implementar un modelo de atención complejo, científico, interdisciplinario, intersectorial, conforme a una perspectiva de derechos y accesible.

La única manera de atender la demanda por consumo problemático de sustancias es, valga la obviedad, aceptando que se utilizan estas sustancias. No podemos asistir a esta población si pretendemos que llegue siempre a la consulta sobria, pulcra y a horario. Proponer estas condiciones como parte inflexible del encuadre terapéutico e institucional implica negar la clínica de los consumos y perpetuar el circuito de exclusión que estos sujetos arrastran desde el inicio de su padecimiento.

Entonces, para que la atención de estas personas pueda instituirse bajo las condiciones arriba propuestas, es necesario que su problema de salud sea descriminalizado. Los trastornos derivados del consumo de sustancias son un problema de salud en la misma medida en que lo son un infarto de miocardio, una fractura de tibia o un aborto. En tanto la tenencia de drogas continúe siendo un delito penal, la figura del “adicto” o la “adicta” va a seguir siendo homologada a la del “delincuente”, lo que provoca la exclusión de potenciales usuarios o usuarias del sistema de salud de sus diferentes efectores (consultorios, hospitales, centros de salud, guardias).

Alojar, ser hospitalario y sostener vínculos intersubjetivos complejos son partes ineludibles de nuestra tarea. En tanto los consumos problemáticos no se constituyan y acepten como un problema de salud, quienes trabajan en el sistema sanitario difícilmente puedan realizar este tipo de abordajes. Para poder hacerlo, es necesario también partir de la idea de que las personas que consumen drogas cuentan con un saber que los profesionales y las profesionales de campo de la salud no tenemos. Este saber --que no es teórico sino biográfico, subjetivo, social y cultural-- debe ser puesto a dialogar con los saberes profesionales y académicos.

En Tesis sobre el concepto de historia, Walter Benjamin señala que la historia se escribe desde el punto de vista de los vencedores. Lo que el autor nos propone es escribirla desde el punto de vista de quienes fueron vencidos. Para tratar a las personas con un consumo problemático de sustancias hay que darles la palabra, sobre todo a quienes “no están recuperadas”, en tanto su palabra está devaluada. Solo a través de esta operación de reescritura invertida es posible interrumpir el circuito de la opresión.

Por otra parte, la representación social del estereotipo del “adicto” o la “adicta” alcanza tanto al personal del campo de la salud como a las propias personas que consumen sustancias. No es infrecuente que de ambos lados del mostrador, el equipo de salud y quienes los consultan, coincidan en que el problema es “la droga”.

Es nuestra tarea otorgarle al abordaje clínico de los consumos problemáticos el espesor subjetivo que le corresponde, haciéndolos objeto de una atención sanitaria de igual calidad y compromiso ético que los que se les procuran a los demás padecimientos mentales.

Para esto, el dispositivo de atención debe ser descentrado, con un foco que no recaiga únicamente en el o la paciente sino también en su entorno y en el equipo tratante que lo recibe. Todas las personas participantes de este dispositivo son el centro en algún momento. La flexibilidad del sistema, que no significa blandura ni acefalía, es la única forma de alojar sin expulsar. Es por eso que entendemos que el verdadero objetivo de los tratamientos no es que la persona deje de consumir (aunque en no pocas ocasiones esto sería lo más aconsejable) sino alojarla y favorecer las nuevas condiciones de producción de subjetividad que implican que haya una red que escucha.

* Los autores son miembros de la Asociación Argentina de Salud Mental (AASM). Publicado originalmente en la sección Psicología de Página 12

miércoles, 13 de noviembre de 2019

Para pensar la ciencia y la técnica


Cristina Campagna , Mónica Giardina, Oscar Cuervo, Eduardo Laso, Para pensar la ciencia y la técnica. Una introducción a la tecnociencia, Buenos Aires, Editorial FEDUN, 2017

por Cecilia Pourrieux *

En los libros dedicados a temas de Epistemología y Metodología, sobre todo los que están dedicados a cursos de iniciación en estas disciplinas, es común advertir que hay varias deficiencias cuando se presentan temas de Metodología sin sustento epistemológico o se presentan los autores emblemáticos de la Epistemología sin tratar las derivaciones de sus ideas en el campo de la Ética o la Política. Algunas propuestas son logicistas y aparecen como sucedáneas del clásico manual de Irving Copi, de Introducción a la lógica, o son decididamente una secuela del manual de Introducción a la filosofía de Adolfo Carpio. En los inicios del Ciclo Básico Común de la Universidad de Buenos Aires, en marzo de 1985, la materia Introducción al Pensamiento Científico, una de las dos obligatorias junto a Introducción al conocimiento de la Sociedad y el Estado, requirió la formación de una gran masa de docentes. Las distintas cátedras orientaron sus programas, sobre la base de unos contenidos mínimos, pero entre sí mostraban una gran dispersión de intereses. En esos manuales era frecuente encontrar la Historia de la ciencia contada como el logro de algunas mentes más brillantes que otras mientras que los temas canónicos de la Filosofía de la ciencia aparecían desgajados de las contextualizaciones históricas. Ante tal estado de cosas aparece como necesario recordar la conocida sentencia de Lakatos que remeda la de Kant:

La filosofía de la ciencia sin historia de la ciencia es vacía, la historia de la ciencia sin filosofía de la ciencia es ciega (Lakatos, 1987) LAKATOS I: La historia de la ciencia y sus reconstrucciones racionales. Madrid, Tecnos, 1987 p.11.

El libro del que nos ocupamos en esta reseña evade estas limitaciones ya que se presenta como una propuesta de epistemología crítica pero sienta las bases filosóficas para mostrar en los orígenes de la filosofía griega esta actitud de la que espera ser consecuente en su propuesta. El ordenamiento de los artículos evidencia esta postura rupturista respecto a la posición canónica acerca de la neutralidad y la objetividad científica. Los autores, expertos profesores en el dictado de la materia Introducción al pensamiento científico del Ciclo Básico Común de la UBA, ordenan en esta secuencia de artículos una propuesta completa y exhaustiva de presentación crítica de los supuestos epistemológicos del positivismo y del neopositivismo, a la vez que desarrollan los principales argumentos de pensadores de rara aparición en este tipo de manuales como, Friedrich Nietzsche, Karl Marx, Martin Heidegger, Gastón Bachelard, Alexandre Koyré, Louis Althusser, Michel Foucault, Illya Prigogine, Enrique Mari y Oscar Varsavsky.

La secuencia de artículos evidencia la propuesta didáctica ya que podemos ver la especial preocupación por fundamentar el concepto de “tecnociencia”, de fuerte carga crítica respecto a la imagen positivista de la ciencia como un saber autonomizado del resto de las actividades sociales en vista a los requerimientos de objetividad y neutralidad. En "El saber y la filosofía" de Oscar Cuervo, se pregunta ¿qué es saber? Cuestiona la distinción entre saber teórico y práctico sin decirlo en términos técnicos y con ello abre la puerta a una toma de distancia con el cientificismo. La fusión entre la actitud filosófica y actitud política tiene como ejemplo el de Sócrates aludiendo a la presentación de Platón en Apología de Sócrates. Con la presentación de Descartes abre la puerta a la filosofía de la subjetividad moderna antes de exponer en el artículo siguiente las principales notas del Positivismo. En "Ciencia y epistemología" Oscar Cuervo se pregunta ¿qué son las ciencias? Ahora revisa el criterio de demarcación entre ciencia y no ciencia mostrando los argumentos de rechazo a la actitud monista para presentar los caracteres de la actitud cientificista. Realiza una presentación del positivismo a través de los tres estadíos enunciados por Augusto Comte. Presenta una crítica al cientificismo como actitud hegemónica que ha logrado asentar la distinción entre ciencia pura, ciencia aplicada y tecnología. Para contrarrestar la inercia de esta posición tradicional propone recuperar el plural para hablar de Ciencias como paso necesario de una epistemología crítica, una epistemología ampliada a la consideración de las condiciones socio históricas en las que se producen las ciencias y a los particulares marcos metodológicos en cada una de ellas. Luego de este posicionamiento epistemológico encontramos dos artículos dedicados a la revisión histórica de las matemáticas en un artículo de Cristina Campagna "El saber matemático: un recorrido histórico" donde se presenta el período pregriego, pre euclideo y Euclides, las geometrías neoeuclideanas y una conclusión sobre el estado actual. Luego otro artículo de vertiente histórica sobre "La revolución copernicana: un nuevo modelo de saber" de Oscar Cuervo quien profundiza en la necesidad de contextualizar los logros de la modernidad en el campo de las ciencias. En este artículo se revisa la Historia de la física a partir de la presentación del llamado “giro copernicano”. El autor presenta el giro copernicano como innovación y luego como Revolución científica en términos de Kuhn a partir de “El caso Galileo”, ejemplo paradigmático ya tomado por Thomas Kuhn como caso de interés epistemológico para mostrar las complejidades del cambio de paradigma. El artículo de Mónica Giardina "Del “mundo del aproximadamente” hacia el “universo de la precisión”". La impronta matemática en la física de Galileo profundiza la presentación de los artículos anteriores de Cuervo y Campagna. Giardina presenta el caso del principio de inercia como un intento de modelización matemática. El experimento de la torre de Pisa sirve como ejemplo, en favor de la posición de Thomas Kuhn, para mostrar que viendo lo mismo los aristotélicos y los galileanos interpretaron cosas distintas. La idea que se presenta, en contra de la noción tradicional de objetividad, es que los hechos toman sentido a la luz de un marco teórico en relación con otros hechos. Aquí se expresa el ideal de reducir los fenómenos a esquemas matemáticos, ideal que marca las posiciones de Descartes, Galileo y Bacon.

Luego de este bloque de artículos de posicionamiento histórico y epistemológico se presentan los siguientes artículos escritos por Eduardo Laso dedicados a temas de Metodología y Lógica. El titulado "Lógicas formales de la investigación científica: los métodos" resulta central para un curso de Introducción al pensamiento científico ya que avanza en el terreno del pensamiento formal sobre la base de la presentación anterior de la historia de la filosofía, de la matemática y de la física. Se exponen los distintos métodos, en primer lugar el método inductivo y las críticas de Hume. La presentación del método deductivo alude especialmente a la formulación del Método Hipotético Deductivo tal como lo presenta Carl Hempel. A partir de esta exposición se refiere el autor a los criterios de demarcación verificacionista y falsacionista. Cierra el artículo con las críticas al falsacionismo. El siguiente artículo "Paradigmas y revoluciones científicas" del mismo autor presenta el debate formalismo vs historicismo. Presenta las características de la llamada “Concepción Heredada” y sus autores emblemáticos como representantes del formalismo. Para la presentación del historicismo señala la importancia de la aparición en 1962 del libro La estructura de las revoluciones científicas de Kuhn. Aquí se presentan los conceptos emblemáticos de este autor como los de “comunidad científica”, “ciencia normal”, “revolución científica”, “progreso científico”, “inconmensurabilidad”. Como un aporte importante en estos temas se señala también la crítica de Enrique Marí quien destaca que Kuhn mira solamente la historia interna de la ciencia, las comunidades científicas y deja afuera los factores económicos y políticos. El último artículo de Laso, Una introducción a la epistemología de las ciencias sociales presenta la figura emblemática del positivismo, Augusto  Comte, como un pensador preocupado en la necesidad de ordenar y hacer gobernable el cuerpo social, necesidad del desarrollo capitalista a finales del S XVIII y principios del XX. Aquí se evidencia el aporte de la filosofía de Michel Foucault en sus análisis de la llamada “sociedad disciplinaria”. Laso revisa los tres paradigmas en ciencias sociales: el Positivismo, la Hermenéutica y la Ciencia social crítica: el materialismo histórico. Para caracterizar a este paradigma de alto impacto en el pensamiento contemporáneo revisa los conceptos presentes en la obra de Karl Marx de praxis, estructura y superestructura, conflicto social y lucha de clases, ideología, método dialéctico.

Finalmente, un último bloque de artículos está dedicado a presentar el problema de la técnica y a fundamentar el uso del término “tecnociencia”. En "La cuestión de la técnica" Mónica Giardina alude a la imagen del fuego y la técnica: Prometeo y Hefesto. Presenta la autora las diferencias conceptuales entre técnica, tecnología, tecnocracia, tecnociencia. Luego señala el vínculo entre tecnología y economía. Expone las posiciones de José Ortega y Gasset y de Martin Heidegger para cuestionar el problema de la neutralidad tecnocientífica. En el artículo siguiente "Casos para pensar los contenidos previos" Mónica Giardina revela una perspectiva heideggeriana, en la aplicación de las ideas del artículo anterior a situaciones que muestran la intervención de la tecnociencia en la sociedad. En “La pelota maldita” alude a la intervención de la ciencia en el diseño de la pelota del Mundial. En “La rosa azul” señala la intervención de la ingeniería genética cuando produce formas inéditas en la naturaleza. "Fukushima", "El embotellamiento chino" y "La selfie es un camino de ida" son apartados de este capítulo que suponemos serán de gran fertilidad para mostrar la presencia de la tecnociencia en nuestra sociedad. El artículo de la misma autora, La ecología en el horizonte contemporáneo recupera el origen del término “ecología” en Ernst Haeckel. Giardina alude a este marco teórico como un nuevo paradigma para pensar la vida. Los últimos tres artículos definen la posición de inicio: necesidad de repensar el lugar de la producción científica en la sociedad, crítica a la neutralidad de la ciencia, crítica al pensamiento hegemónico, crítica a las dicotomías entre razón teórica y práctica, actitud cientificista. "La ética y la responsabilidad social en la investigación" de Cristina Campagna expone una crítica al positivismo en los supuestos de objetividad y neutralidad. La autora señala un punto de quiebre en las imágenes optimistas de la ciencia luego de las consecuencias de la Segunda Guerra Mundial, en el juicio de Nuremberg y en la sanción del Código por parte de Las Naciones Unidas. Así se señala la necesidad de formación ética en los profesionales que no se restringa al conocimiento de las normas. En "Ciencia, política y economía" Campagna alude a las posiciones de Amartya Sen, Oscar Varsavsky, Enrique Dussel antes de la presentación de organismos regionales de biotecnología que atienden a los aspectos bioéticos de la producción científica. Cierra este libro el artículo La Universidad como escuela de ciudadanía donde Campagna presenta las limitaciones actuales de las Universidades Nacionales frente a los nuevos desafíos y plantea un ideal hacia el que orientar las acciones “debe ser elástica, permeable, ética, intercultural. Acompañará los cambios sociales o quedará fuera de la contienda que los pueblos están protagonizando”.

Para concluir esta presentación destacamos los méritos de esta presentación de temas: resisten la tentación de la cita bibliográfica lo que es muy difícil para quienes nos formamos en la escritura académica. Este estilo evidencia seguridad y manejo en profundidad del tratamiento de los autores involucrados. El estilo de escritura también evidencia capacidad de síntesis y de allanamiento del tecnicismo filosófico. Un libro introductorio es el primero que se lee y el último que se escribe. Este libro es un concentrado de ideas, expuestas con criterio didáctico y evidencia la experiencia tomada en las aulas junto al conocimiento en profundidad producto de la producción de escritos académicos acreditados en publicaciones anteriores. En definitiva este libro evade las limitaciones ya mencionadas y muestra una propuesta sólida y completa para iniciar la vida universitaria en esta sociedad tecnocientífica que transitamos y en vista a cumplirse los 100 años de la Reforma universitaria de 1918.

* Este texto fue publicado por la revista Perspectivas Metodológicas, editada por la Universidad Nacional de Lanús, Volumen 17, n° 20.

sábado, 27 de julio de 2019

¿Qué significa “Llegamos a la Luna”?


En la película First Man el director toma la decisión de no mostrar el momento en que Armstrong planta la bandera en la Luna, lo que nos genera sentimientos encontrados que nos llevan a plantearnos la épica del desarrollo tecnológico.

Por Marcelo Rodríguez *

Hay dos detalles del alunizaje que el espectador aguarda ver en El primer hombre (First man, 2018), la película del director Daniel Chazelle sobre la historia de Neil Armstrong en sus años de entrenamiento y el periplo lunar, y finalmente no ve. Uno es la ceremonia religiosa que Edwin “Buzz” Aldrin celebró en la superficie de la Luna según el rito presbiteriano, y que incluyó la comulgación, que fue la primera ingesta de comida de un ser humano en otro mundo. Otro, cuya ausencia es más llamativa, es el momento en que el primer hombre en la luna clava en ella una pica con la bandera estadounidense. Detalle, este último, que el espectador de otra nacionalidad por una parte agradece y por otra echa de menos, porque justamente ese arranque de patrioterismo que puede suscitar el plantón de la divisa norteamericana le permite tomar distancia de la escena, enmarcar a la conquista del espacio y a ese, su hecho más emblemático, como un logro puramente militar, sin significado antropológico.

La tradición humanista, señalaba el filósofo francés Gilbert Simondon allá por los años en que se iniciaba la conquista espacial, se empeña en no asignarle ningún valor cultural al desarrollo tecnológico. Y termina de esa manera abonando, decía, a la misma idea de neutralidad que sostienen los tecnócratas enamorados de la máquina, esa “neutralidad” que dice que la tecnología no es “ni buena ni mala, sólo nos mejora la vida para que cada cual le dé su propio sentido”; lo bueno y lo malo, se dice desde esta óptica, son las personas, y no la tecnología ni mucho menos la ciencia. Lo malo es que desde esta perspectiva, decía ya en los tardíos años ’50 Simondon –un fanático de la biomecánica, que sostenía que ningún ciudadano debía ignorar cómo funcionan los motores y sus sistemas de control–, la cultura que renuncia a pensar en el significado real de su producción técnica termina dándole a ésta un carácter sagrado. Y bien se sabe que lo sagrado, contrariando todo precepto de la racionalidad que deberían inspirarnos la ciencia y la tecnología, no se cuestiona.

¿Cuáles serían esos “verdaderos” significados de la tecnología, de los que supuestamente no se habla? Pueden ser varios. Empezando por el mismo funcionamiento, que por sernos en general desconocido termina por producir un efecto como de magia. El discurso publicitario, que se ha vuelto dominante incluso en áreas donde en teoría debería expresarse la racionalidad de una sociedad democrática, se desentiende cada vez más de cualquier intento de descripción objetiva de las cosas de este mundo, y tiende a incrementar ese efecto “mágico”. Las razones de ser de cada nuevo producto, de cada innovación tecnológica, la racionalidad capaz de discernir por qué las cosas se hacen de una determinada manera y no de otra, se esfuman en virtud de esa prestidigitación –eficaz, eficiente, simplificadora– y asumen la forma de la satisfacción de las necesidades, de una tautología de la felicidad que sintetiza sus múltiples caras.

Pero la tecnología tampoco es sólo un set de herramientas, o de prótesis de nuestro cuerpo, como lo había pensado a mediados del siglo XIX el alemán Ernst Kapp, de quien McLuhan tomó la idea de los medios electrónicos como “extensiones de nuestros sentidos”. Abstrayéndose de esa “ilusión” que ve a los objetos técnicos como meros “útiles” a la medida de nuestros deseos, Simondon y otros autores de su época demostraron que en la sociedad industrial –en el capitalismo, pero probablemente también en los sistemas socialistas como se habían dado hasta entonces y, agregamos nosotros, en la actualidad– toda la tecnología tiende a conformar sistemas de gran escala. Las “herramientas”, decía este autor, quedaron en la historia, en el pasado romántico de los artesanos que a fines de la Edad Media desarrollaban su actividad en los márgenes de las ciudades europeas, y que eran los poseedores de la técnica, de los medios de producción y de un sentido de la innovación donde la calidad, la función y la elegancia de los productos eran valores que no habían sido pervertidos por la lógica mercantilista de la producción masiva. Hoy las personas, al vincularse con cualquier producto de la tecnología, pasan a formar inmediatamente parte de un sistema que les asigna un rol social –es productor o consumidor, diseñador o usuario, vendedor o comprador, actor o espectador, espía o espiado, manipulador o manipulado, o a veces varios roles a la vez–, un rol social que es consecuencia directa e inevitable de las funciones técnicas de los artefactos, que es independiente de lo que cada persona crea estar haciendo, por ejemplo, cuando se sube a un auto o envía un mensaje por una red social, y que probablemente no existía, ni siquiera como posibilidad, antes de que esa tecnología fuera inventada y puesta en funcionamiento. Autores como Simondon o McLuhan, cada uno a su manera, lo vieron claramente a partir de la emergencia de fenómenos como la masividad de la televisión, y hoy la velocidad de desarrollo de las infinitas aplicaciones a través de internet hacen pensar a muchos que tal vez esa característica de la tecnología, advertida hace al menos medio siglo sin perjuicio de que siguiéramos viéndola como “neutral” o hasta “inocente”, ya nos ha pasado por encima. Cuanta más capacidad de dominar tienen unos, más posibilidad de ser dominados tienen otros, y esta parece ser una realidad que, como el principio de acción y reacción formulado por Newton como una ley inquebrantable de la física, se cumple indefectiblemente, aunque la cultura nos la oculte, o aunque un tabú nos impida mirar hacia ese lado bajo la pena de cargar el estigma del rechazo irracional, del rencor del vencido o del rezagado. En definitiva, del anatema patriarcal de la impotencia.

Desde la posición de quien asume y pone en palabras ese tácito rencor, probablemente, surgen las versiones negacionistas de la llegada del hombre a la Luna: toda la “magia” consistió no más que en caminatas de astronautas grabadas en estudios de Hollywood, trucos de iluminación en el desierto de Nevada, directores de cine famosos –¿por qué no Stanley Kubrick, que el año anterior había estrenado la magnífica 2001, odisea del espacio?– trabajando en secreto con la NASA y guionistas de Disney, y una gigantesca conspiración tan bien montada que ni siquiera los rusos –¿qué no hubieran dado ellos por poder refutar el alunizaje norteamericano?– habrían advertido tan evidente farsa. Es comprensible que ver a la conquista del espacio exclusivamente en términos de una contienda militar entre las dos superpotencias del momento exacerbe esa paranoia negacionista, y la imagen de Neil Armstrong clavando en la Luna su bandera –imagen que Chazelle, probablemente en un acierto estético más de First man, elige no mostrar– la lleva hasta el paroxismo. Es que una forma de no verse en ese lugar de inferioridad, complementario de esa soberbia muestra de poder tecnológico y militar, es negar el hecho que nos habla de ella. Más aún cuando esa muestra de poder es enviada por una potencia con capacidad de destruir el mundo con sus armas nucleares, y que por entonces manifestaba con saña su impunidad y desprecio por la vida, bombardeando a la población civil en Vietnam, o entrenando a las fuerzas militares sudamericanas para un “combate contra el terrorismo” que poco después se traduciría en las atrocidades del Plan Cóndor.

First man muestra que los cuestionamientos al enorme gasto público que implicaba la carrera espacial iban, dentro de los Estados Unidos, mucho más allá de los sectores más radicalizados, los mismos que protestaban por el cese de la guerra de Vietnam. En una elegante recepción oficial, Armstrong (interpretado por el actor Ryan Gosling) flaquea al tratar de definir el “esfuerzo” que implican los proyectos de la NASA, y atina a rechazar el pelotazo: “Depende en qué contexto se lo considere”. “Lo estoy considerando en el contexto del dinero de los contribuyentes”, le responde cortante su interlocutor, formulando en términos ridículamente prosaicos (y realistas, diríamos, pero sólo en un sentido restringido de la palabra “realista”) la grandilocuencia de la empresa:

Si algo nos enseña nuestra historia es que el hombre, en su búsqueda de conocimiento y de progreso, es determinado y no puede ser disuadido. […] Elegimos la Luna no porque sea fácil, sino porque es difícil.

El discurso del presidente norteamericano John F. Kennedy en 1961 había lanzado al mundo el desafío de llevar, antes de que terminara la década, a un hombre a la Luna y traerlo de vuelta. Armstrong, que a diferencia del origen militar de la mayoría de los astronautas era piloto de aviación civil, se postuló como candidato para integrar el Proyecto Gemini, cuyo objetivo era el de “ensayar”, a través de una serie de vuelos espaciales tripulados, algunos de los dispositivos, maniobras y habilidades técnicas que la NASA estimaba necesarias para las futuras misiones lunares. En 1962 los ingenieros espaciales estadounidenses ya tenían claro (y lo habían hecho público) que la forma más segura de transportar gente al satélite sería a través de dos naves: una que transportase a los astronautas hasta la órbita lunar y otra que descendiera a la superficie y luego se volviera a elevar para encontrarse con la primera y volver de regreso a casa. Además de los artefactos en sí, eran precisas una serie de operaciones –entre ellas la actividad extra-vehicular (EVA), el trasbordo de los astronautas de nave a nave, el acoplamiento “nariz a nariz”–, cada una de las cuales constituiría una proeza en sí misma, porque nunca habían sido realizadas en el espacio y a nadie le constaba que fueran realmente posibles.


“Papá va a ir a la Luna”

Entristecido por un profundo dolor (la película comienza con el episodio de la muerte de su pequeña hija, en 1961), reservado y taciturno, el Armstrong de First man se distancia enormemente del héroe de Hollywood para acercarnos más a ese otro modelo de héroe norteamericano que es el misterioso Capitán Achab, creado por Herman Melville en Moby Dick. La posibilidad del fracaso y de la muerte lo acechan permanentemente en la vida y en el pensamiento, conformando con el deseo una sola materia. El hombre destinado a llevarse el mayor de los laureles desconoce el sentimiento de euforia, y se adivina que no sabría qué cara poner en caso de tener que festejar un triunfo. El filme pinta un astro que brilla en la oscuridad.

En marzo de 1965 les tocó ver por televisión cómo los rusos se les adelantaban una vez más, esta vez con el primer EVA o “paseo espacial”: fue el de Alexéi Leonov, flotando en el espacio a metros de la nave Voskhod 2. La televisación no fue en directo. Las autoridades rusas (según se supo décadas después) sólo liberó las imágenes una vez concluida la misión, que fue por demás accidentada. Primero, el traje espacial de Leonov se había hinchado demasiado y le impedía volver a entrar en la nave tras el paseo: lo logró a duras penas con un movimiento desesperado, ingresando de cabeza por la manga de salida cuando la indicación era hacerlo con los pies. Adentro de la nave se descontroló el nivel de oxígeno y temieron el incendio durante todo el regreso a tierra, que tampoco ocurrió según lo previsto: Leonov y su compañero Pavel Belyayev fueron a parar a un bosque helado de la taiga siberiana, donde casi son comidos por los lobos y sólo pudieron ser rescatados días después.

Con el inicio del Programa Apolo, en febrero de 1967, la tragedia toca de cerca al grupo. Los astronautas Virgil Grissom, Ed White y Roger Chaffee fallecieron en la rampa de lanzamiento de Cabo Cañaveral a bordo de la cápsula Apolo 1 por fallas técnicas que provocaron un incendio. Buzz Aldrin cree que la muerte de Grissom lo coloca entre los candidatos a viajar a la Luna, y desenfadado y sin pelos en la lengua, lo dice delante de todos. Su comentario resulta, como mínimo, inoportuno. Buzz se excusa; al fin y al cabo, dice, “es lo que todos piensan”. “Tal vez deberías pensar en no decirlo”, lo corta Armstrong. La verdad es para él un reino de silencio y de contemplación, aún, y sobre todo, cuando está sobrecogido por el terror, a bordo de un avión-cohete X-15, esos costosos engendros militares ensayados en la década del ’60 que superaban la velocidad Mach 6 y permitían, en una experiencia cercana a la desintegración total del avión y del piloto, sobrepasar la atmósfera:

Era tan delgada, una parte tan pequeña de la Tierra, que apenas se podía ver; y cuando estás aquí abajo entre la multitud y miras hacia arriba, parece… parece bastante grande y no piensas mucho en ello. Pero cuando tienes un punto de vista diferente, cambia tu perspectiva. No sé qué descubrirá la exploración espacial, pero no creo que sea sólo una exploración por el bien de la exploración. Creo que será más el hecho de que nos permitirá ver cosas que tal vez deberíamos haber visto desde hace mucho tiempo, pero que no hemos sido capaces hasta ahora. [1]

Por eso, les dice a los reclutadores del Proyecto Gemini en la NASA, quiere ser astronauta, como si en la operación tecnológica que iba a anular de manera efectiva y para siempre la distancia que separa al hombre de su diosa lunar debiera necesariamente estar presente, y en grandes dosis, la metafísica.

– ¿Qué pasa, mamá?

– Nada, querido. Tu papá va a ir a la Luna.


Misiones a la Luna

Una página actual de Wikipedia ofrece el simpático detalle de incluir en el listado de “Misiones espaciales lanzadas a la Luna” a proyectos imaginarios como, por ejemplo, la leyenda contada por Plutarco en el siglo I antes de Cristo acerca de un “camino que lleva a la Luna” en De facie en orbe Lunae, una novela de Luciano de Samosata fechada en el año 79 de nuestra era, una cita de La Divina Comedia de Dante Alighieri y, por supuesto, De la Tierra a la Luna (1865) y Alrededor de la Luna (1870), ambas de Julio Verne, sin olvidar las anteriores La conquista de la Luna (1809), del norteamericano Washington Irving, y el relato fantástico La incomparable aventura de un tal Hans Pfaall (1835), de Edgar Allan Poe. Según ese listado, para julio de 1969 las misiones espaciales reales enviadas al satélite natural de la Tierra por soviéticos y norteamericanos a partir de 1958 habían sido, en total, setenta y una. Salvo las misiones Apolo 8 y 10, ninguno de los otros vuelos fue tripulado, pero todos tenían un objetivo técnico, ya fuera de aproximarse, de orbitar o bien de alunizar, además de probar tecnologías.

Solamente 25 de esas 71 misiones lunares (el 35 por ciento) habían sido exitosas. Tras el alunizaje en First man se escucha a un locutor de radio desde la Tierra:

Estos primeros hombres en la Luna han visto algo que los hombres que los sigan no experimentarán.

La teoría dice que los primeros son siempre los que allanan el camino y ponen las piedras para que los que vienen detrás pisen más seguros. Pero si bien en el Programa Apolo las cosas venían saliendo a pedir de boca, al menos a partir del accidente inicial que costó la vida de tres astronautas en Tierra, esa regla en general no se había dado en el transcurso de la carrera hacia la Luna. Los rusos habían fracasado en 26 de sus 41 misiones, la enorme mayoría aún después del éxito pionero del Lunik 2 en 1959, y en otros 6 de sus intentos hubo fallas, y el éxito fue sólo parcial. La NASA contaba 16 éxitos totales y cuatro parciales, pero 14 fracasos intercalados entre ellos: nada garantizaba que, tras un éxito, el esquema se repitiera. En diciembre de 1968, el Apolo 8 orbitó por primera vez la Luna con tres astronautas a bordo: Frank Borman, James Lovell y William Anders, con lo que, literalmente, el sueño de Julio Verne en De la Tierra a la Luna –donde los tres personajes logran orbitar la Luna y regresar a la Tierra– se hallaba ya cumplido. En mayo de 1969, el Apolo 10 repitió la hazaña.

Las misiones tripuladas a la Luna fueron cinco en total. La última, Apolo 17, logró hacer alunizar al módulo de excursión y un vehículo todoterreno, y estuvo integrada por Eugene Cernan, Ronald Evans y Harrison Schmitt, un geólogo. Fue el 7 de diciembre de 1972.


[1] TRADUCIDO DE UN FRAGMENTO DEL DISCURSO DEL PERSONAJE DE NEIL ARMSTRONG EN EL FILME DE CHAZELLE.

* Publicado originalmente en La espiral de Argquímedes.

jueves, 30 de abril de 2015

El caso Galileo


por Oscar Cuervo

[Viene de acá]

Las innovaciones específicamente astronómicas de la modernidad se las debemos a Copérnico y a Kepler. La solución del enigma físico que explica el movimiento del universo, en su versión moderna, lo encontró, después de Galileo, el inglés Isaac Newton (1642-1727). El rol de Galileo en la revolución copernicana, sin embargo, fue el más resonante, dado que a él le correspondió transformar una discusión de expertos en una polémica pública. Su talento literario y su astucia política lo llevaron a poner el problema del heliocentrismo al alcance de las personas comunes. Escribía libros en los que, en lugar de los cálculos abstrusos e incomprensibles para la mayoría que usaban Copérnico y Kepler, ponía a discutir a personajes que hablaban en una lengua coloquial. Por eso, puede considerárselo –en términos actuales- un divulgador;pero, lo que es más decisivo, un activista de la revolución copernicana. Galileo emprendió giras por las ciudades europeas en las que explicaba a públicos no iniciados argumentos para hacer admisible la idea del movimiento de la Tierra. 

En 1609 se le ocurre una idea genial: observar el cielo a través del telescopio, un instrumento que él no inventó. Unos pulidores de lentes, quizá holandeses, habían combinado dos lentillas para aumentar el tamaño de los objetos alejados. En principio, el telescopio fue usado por los navegantes, pero al enterarse de su existencia Galileo probó sus propios modelos y apuntó con su telescopio al cielo. El resultado fue asombroso, porque el cielo mostró un aspecto enteramente desconocido hasta ese momento: los cráteres de la luna, las manchas solares, nuevas estrellas, los satélites de Júpiter (lo que le permitió observar un modelo visible del sistema solar), las distintas fases de Venus. El cielo se mostró más rico y variado de lo que ningún astrónomo hasta el momento había soñado. La Vía Láctea, que se había considerado un resplandor difuso, quizás un reflejo engañoso, era en realidad una gigantesca colección de estrellas demasiado débiles y juntas como para ser percibidas a simple vista. De esta manera, Galileo trasladó el debate entre el geocentrismo y el heliocentrismo desde una especulación matemática hacia un universo concreto y tangible. Con la fascinación de esas novedades, invitó a las personas comunes a observar por el telescopio y ver un cielo nuevo. Cualquiera podía construir, mediante una combinación de cristales, su propio telescopio, les decía.

Por este activismo, la contribución decisiva de Galileo desbordó el plano de la hoy llamada “historia interna” de la ciencia. A diferencia de Copérnico, casi un siglo después del iniciador de este proceso, con Galileo la innovación muestra su carácter revolucionario, en el sentido más político del término. En libros como Diálogo sobre los dos sistemas máximos pone en escena una lucha dialéctica. El contrincante a vencer es el escolástico que cree que en los libros del Magister Aristóteles se hallan las respuestas a todos los enigmas de la naturaleza. Para Galileo, la verdad no hay que buscarla en los libros, sino en el mundo, al que considera otro texto, distinto al de los libros escolásticos:

La filosofía está escrita en este libro que tenemos continuamente abierto ante nuestros ojos (el universo, yo digo), pero que no puede entenderse si antes no se aprende a entender la lengua y conocer los caracteres en que está escrito. Está escrito en lengua matemática, y los caracteres son triángulos, círculos y otras figuras geométricas sin cuyo medio es imposible humanamente entender una palabra: sin ellos, todo es errar vanamente por un oscuro laberinto”.

Este pasaje de Il Saggiatore (que Galileo publicó en 1623) es de una audacia que excede la dimensión astronómica en la que hasta entonces se había desenvuelto el problema. Galileo puso en jaque toda la concepción medieval del saber, que prefería suponer que la verdad ya estaba escrita y solo era necesario acudir a los libros correctos. Contra ese dogmatismo de la escolástica, el pensador sugiere que hay un texto que tenemos ante los ojos: el universo mismo. Pero la idea de que el universo es un texto desmiente por anticipado cualquier interpretación simplificadora que diga que la ciencia moderna, a diferencia de la medieval, se basa en la directa observación. Un texto requiere conocer la lengua en que está escrito. Por lo tanto, no se trata solamente de observar sino de saber observar, un saber que no se adquiere observando sino que es precondición de toda observación entendible. La postulación de una clave matemática requerida para no perderse en las observaciones “como en un oscuro laberinto” indica que también Galileo estaba imbuído de una mentalidad neoplatónica: también para él las apariencias sensibles habían de ser trascendidas hacia una estructura subyacente que les diera sentido. 

Entonces, Galileo no solo supera a sus adversarios escolásticos sino se adelanta a desmentir las posteriores interpretaciones empiristas y positivistas que conciben a la ciencia como el resultado de la mera observación. La prioridad matemática del saber moderno queda establecida desde la mirada galileana. No resulta imposible comprender por qué, además de una desconfianza radical hacia el saber impuesto por la tradición, un sujeto moderno necesita desbaratar también la apariencia inmediata de las cosas. Después de todo, la humanidad había vivido siglos “observando” la inmovilidad de la Tierra y el movimiento del Sol. No solo era preciso destituir la autoridad de Aristóteles, sino además la de las apariencias inmediatas. La naturaleza, según Galileo, primero ha de ser concebida y a partir de estos conceptos hace falta encontrar las observaciones que la hagan concreta.

La propuesta de Galileo demandaba una transformación no solo científica sino también epistemológica: no se trataba apenas de que los aristotélicos estuvieran equivocados por leer los libros incorrectos, sino que lo estaban porque no es en los libros donde hay que buscar el saber. Así, se desafiaba al mismo tiempo al geocentrismo y a la escolástica, para proponer un nuevo modelo de saber. Aceptar la propuesta galileana implicaba una profunda subversión política: cada individuo podría producir el saber desde sus propias facultades, sin apelar a las autoridades externas. 



La Iglesia dejó durante algunos años propagar sus ideas a Galileo. Pero en el fondo su práctica científica atentaba contra el orden establecido, dado que respondía a un nuevo modelo de científico ubicado fuera de la tutela de la Iglesia. Las jerarquías católicas se habían ido endureciendo desde la época de Copérnico, sobre todo a partir de la reforma protestante. La respuesta católica consistió en emprender la persecución de toda posible “desviación herética”. El tribunal de la Santa Inquisición llevó a cabo, bajo el clima represivo de la Contrarreforma, una caza de herejes en la que cualquier pensador disidente podía terminar en la hoguera. Galileo, consciente de sus riesgos pero a la vez confiado de su poder persuasivo, declaraba que no poseía ningún ánimo de cuestionar a la autoridad religiosa en materia de los dogmas de la fe, pero a la vez argumentaba que el conocimiento de la naturaleza no se vinculaba a esta fe. Para eso proponía distinguir entre verdades de fe (de origen sobrenatural, a las que solo se accede mediante la revelación divina) y verdades de orden natural (a las que cada individuo está en condiciones de acceder por sus propias potencias). Hoy nos suena una salida razonable: se trataba de separar la fe de la ciencia, como dos regímenes no opuestos sino autónomos. Galileo trataba de convencer a sus interlocutores de que no hacía falta desprenderse de las Escrituras (en las que decía creer), sino separar la religión de la cosmovisión geocéntrica, que no se hallaba en la Biblia sino en el antiguo saber griego. Por más razonable que hoy nos resulte, esta propuesta era inaceptable para la Iglesia, habituada durante siglos a ejercer un control total de la producción y circulación cultural y científica.

Después de diversas advertencias y amonestaciones, que en algún caso Galileo había eludido gracias a sus contactos con jerarquías de la Iglesia, en 1633 el tribunal de la Inquisición decide procesar y finalmente condenar la doctrina heliocéntrica defendida por Galileo como una herejía. No había sido su autor, pero se había convertido en su más peligroso militante. Dicho tribunal conmina a un Galileo ya anciano y casi ciego a desdecirse de la citada doctrina. Galileo se retracta:

Yo, Galileo, hijo de Vincenzo Galileo de Florencia, a la edad de 70 años, interrogado personalmente en juicio y postrado antre vosotros, Eminentísimos y Reverendísimos Cardenales, en toda la República Cristiana contra la herética perversidad Inquisidores generales; teniendo ante mi vista los sacrosantos Evangelios, que toco con mi mano, juro que siempre he creído, creo aún y, con la ayuda de Dios, seguiré creyendo todo lo que mantiene, predica y enseña la Santa, Católica y Apostólica Iglesia.

Pero, como, después de haber sido jurídicamente intimado para que abandonase la falsa opinión de que el Sol es el centro del mundo y que no se mueve y que la Tierra no es el centro del mundo y se mueve, y que no podía mantener, defender o enseñar de ninguna forma, ni de viva voz ni por escrito, la mencionada falsa doctrina, y después de que se me comunicó que la tal doctrina es contraria a la Sagrada Escritura, escribí y di a la imprenta un libro en el que trato de la mencionada doctrina perniciosa y aporto razones con mucha eficacia a favor de ella sin aportar ninguna solución, soy juzgado por este Santo Oficio vehementemente sospechoso de herejía, es decir, de haber mantenido y creído que el Sol es el centro del mundo e inmóvil, y que la Tierra no es el centro y se mueve. Por lo tanto, como quiero levantar de la mente de las Eminencias y de todos los fieles cristianos esta vehemente sospecha que justamente se ha concebido de mí, con el corazón sincero y fe no fingida, abjuro, maldigo y detesto los mencionados errores y herejías y, en general, de todos y cada uno de los otros errores, herejías y sectas contrarias a la Santa Iglesia. Y juro que en el futuro nunca diré ni afirmaré, de viva voz o por escrito, cosas tales que por ellas se pueda sospechar de mí; y que si conozco a algún hereje o sospechoso de herejía, lo denunciaré a este Santo Oficio o al Inquisidor u Ordinario del lugar en que me encuentre.

Juro y prometo cumplir y observar totalmente las penitencias que me han sido o me serán, por este Santo Oficio, impuestas; y si incumplo alguna de mis promesas y juramentos, que Dios no lo quiera, me someto a todas las penas y castigos que me imponen y promulgan los sacros cánones y otras constituciones contra tales delincuentes. Así, que Dios me ayude, y sus santos Evangelios, que toco con mis propias manos.

Yo, Galileo Galilei, he abjurado, jurado y prometido y me he obligado; y certifico que es verdad que, con mi propia mano he escrito la presente cédula de mi abjuración y la he recitado palabra por palabra en Roma, en el convento de Minerva este 22 de junio de 1633. Yo, Galileo Galilei, he abjurado por propia voluntad.

De no haberse retractado, es posible que corriera la suerte de tantos otros que encontraron la muerte en la hoguera. Dice la tradición oral (pero, a diferencia de su retractación, no existen constancias irrefutables de esto) que al retirarse del tribunal Galileo dijo en voz muy baja: “Y sin embargo se mueve”

En los pocos años de vida que le quedaron siguió defendiendo el modelo heliocéntrico. Murió nueve años después de la retractación y solo sus discípulos llegaron a ver el triunfo final del heliocentrismo. Pero en el enfrentamiento entre Galileo y sus inquisidores, ¿quién ganó? ¿Los inquisidores, que tuvieron la satisfacción de ejercer una vez más su poder, obligando a humillarse ante ellos a uno de los hombres más brillantes de su época? ¿Quizás triunfó Galileo, que tuvo la astucia de fingir lo que no creía para salvar el pellejo y seguir trabajando por su idea? 

Galileo tuvo que volverse hipócrita para sobrevivir. Su decisión trazó el destino de una ciencia moderna que dice una cosa y hace otra. El decía que el hombre puede saber por sus propios medios, en vez de repetir escolarmente lo que está escrito en los libros. Hoy en nuestras aulas se repiten las ideas de nuestros nuevos textos sagrados, que son las ideas que Galileo defendía. Entonces, ¿quién ganó?



Epílogo

Entre las astucias de Galileo se encuentra la de percatarse que no bastaba con desechar la astronomía aristotélica-ptolemaica sino que era necesario también producir una nueva física acorde con la cosmología heliocéntrica. No fue él quien logró desarrollar esta nueva física, aunque empezó a delinear algunos esbozos con su primera formulación del principio de inercia, que luego sería precisado por Isaac Newton en su libro Philosophiæ naturalis principia matemática, en el que iría a postular además la fundamental ley de la gravitación universal a la que la ciencia moderna le adjudicará un alcance irrestricto en todas las regiones del universo. Con una sola ley Newton se propuso explicar la mecánica del universo entero, la caída de los cuerpos en el espacio terrestre tanto como el movimiento de los planetas alrededor del Sol y el de los satélites alrededor de los planetas. Esto ocurrió en 1685, un siglo y medio después de que Copérnico postulara su primera versión del heliocentrismo. Así, finalmente, en el término de pocas generaciones se desalojó completamente la antigua cosmovisión de los griegos y se desencadenó la poderosa maquinaria de la ciencia moderna. El triunfo fue tan grande que hasta la Iglesia tuvo que aceptar finalmente el acierto de Galileo y su propio error al condenarlo. Este triunfo conlleva el peligro de haber desalojado un antiguo dogmatismo para poner en su lugar un dogmatismo más eficaz.