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sábado, 30 de enero de 2016

El niño proletario


Un cuento de Osvaldo Lamborghini

[Advertencia: este texto puede herir sensibilidades delicadas]

Desde que empieza a dar sus primeros pasos en la vida, el niño proletario sufre las consecuencias de pertenecer a la clase explotada. Nace en una pieza que se cae a pedazos, generalmente con una inmensa herencia alcohólica en la sangre. Mientras la autora de sus días lo echa al mundo, asistida por una curandera vieja y reviciosa, el padre, el autor, entre vómitos que apagan los gemidos lícitos de la parturienta, se emborracha con un vino más denso que la mugre de su miseria.

Me congratulo por eso de no ser obrero, de no haber nacido en un hogar proletario.

El padre borracho y siempre al borde de la desocupación, le pega a su niño con una cadena de pegar, y cuando le habla es sólo para inculcarle ideas asesinas. Desde niño el niño proletario trabaja, saltando de tranvía en tranvía para vender sus periódicos. En la escuela, que nunca termina, es diariamente humillado por sus compañeros ricos. En su hogar, ese antro repulsivo, asiste a la prostitución de su madre, que se deja trincar por los comerciantes del barrio para conservar el fiado.

En mi escuela teníamos a uno, a un niño proletario.

Stroppani era su nombre, pero la maestra de inferior se lo había cambiado por el de ¡Estropeado! A rodillazos llevaba a la Dirección a ¡Estropeado! cada vez que, filtrado por el hambre, ¡Estropeado! no acertaba a entender sus explicaciones. Nosotros nos divertíamos en grande.

Evidentemente, la sociedad burguesa, se complace en torturar al niño proletario, esa baba, esa larva criada en medio de la idiotez y del terror.

Con el correr de los años el niño proletario se convierte en hombre proletario y vale menos que una cosa.

Contrae sífilis y, enseguida que la contrae, siente el irresistible impulso de casarse para perpetuar la enfermedad a través de las generaciones. Como la única herencia que puede dejar es la de sus chancros jamás se abstiene de dejarla. Hace cuantas veces puede la bestia de dos espaldas con su esposa ilícita, y así, gracias a una alquimia que aún no puedo llegar a entender (o que tal vez nunca llegaré a entender), su semen se convierte en venéreos niños proletarios. De esa manera se cierra el círculo, exasperadamente se completa.

¡Estropeado!, con su pantaloncito sostenido por un solo tirador de trapo y los periódicos bajo el brazo, venía sin vernos caminando hacia nosotros, tres niños burgueses: Esteban, Gustavo, yo.

La execración de los obreros también nosotros la llevamos en la sangre.

Gustavo adelantó la rueda de su bicicleta azul y así ocupó toda la vereda. ¡Estropeado! hubo de parar y nos miró con ojos azorados, inquiriendo con la mirada a qué nueva humillación debía someterse. Nosotros tampoco lo sabíamos aún pero empezamos por incendiarle los periódicos y arrancarle las monedas ganadas del fondo destrozado de sus bolsillos. ¡Estropeado! nos miraba inquiriendo con la cara blanca de terror o por ese color blanco de terror en las caras odiadas, en las fachas obreras más odiadas, por verlo aparecer sin desaparición nosotros hubiéramos donado nuestros palacios multicolores, la atmósfera que nos envolvía de dorado color.

A empujones y patadas zambullimos a ¡Estropeado! en el fondo de una zanja de agua escasa. Chapoteaba de bruces ahí, con la cara manchada de barro, y. Nuestro delirio iba en aumento. La cara de Gustavo aparecía contraída por un espasmo de agónico placer. Esteban alcanzó un pedazo cortante de vidrio triangular. Los tres nos zambullimos en la zanja. Gustavo, con el brazo que le terminaba en un vidrio triangular en alto, se aproximó a ¡Estropeado!, y lo miró. Yo me aferraba a mis testículos por miedo a mi propio placer, temeroso de mi propio ululante, agónico placer. Gustavo le tajeó la cara al niño proletario de arriba hacia abajo y después ahondó lateralmente los labios de la herida. Esteban y yo ululábamos. Gustavo se sostenía el brazo del vidrio con la otra mano para aumentar la fuerza de la incisión.

No desfallecer, Gustavo, no desfallecer.

Nosotros quisiéramos morir así, cuando el goce y la venganza se penetran y llegan a su culminación.

Porque el goce llama al goce, llama a la venganza, llama a la culminación.

Porque Gustavo parecía, al sol, exhibir una espada espejeante con destellos que también a nosotros venían a herirnos en los ojos y en los órganos del goce.

Porque el goce ya estaba decretado ahí, por decreto, en ese pantaloncito sostenido por un solo tirador de trapo gris, mugriento y desflecado.

Esteban se lo arrancó y quedaron al aire las nalgas sin calzoncillos, amargamente desnutridas del niño proletario. El goce estaba ahí, ya decretado, y Esteban, Esteban de un solo manotazo, arrancó el sucio tirador. Pero fue Gustavo quien se le echó encima primero, el primero que arremetió contra el cuerpiño de ¡Estropeado!, Gustavo, quien nos lideraría luego en la edad madura, todos estos años de fracasada, estropeada pasión: él primero, clavó primero el vidrio triangular donde empezaba la raya del trasero de ¡Estropeado! y prolongó el tajo natural. Salió la sangre esparcida hacia arriba y hacia abajo, iluminada por el sol, y el agujero del ano quedó húmedo sin esfuerzo como para facilitar el acto que preparábamos. Y fue Gustavo, Gustavo el que lo traspasó primero con su falo, enorme para su edad, demasiado filoso para el amor.

Esteban y yo nos conteníamos ásperamente, con las gargantas bloqueadas por un silencio de ansiedad, desesperación. Esteban y yo. Con los falos enardecidos en las manos esperábamos y esperábamos, mientras Gustavo daba brincos que taladraban a ¡Estropeado! y ¡Estropeado! no podía gritar, ni siquiera gritar, porque su boca era firmernente hundida en el barro por la mano fuerte militari de Gustavo.

A Esteban se le contrajo el estómago a raíz de la ansiedad y luego de la arcada desalojó algo del estómago, algo que cayó a mis pies. Era un espléndido conjunto de objetos brillantes, ricamente ornamentados, espejeantes al sol. Me agaché, lo incorporé a mi estómago, y Esteban entendió mi hermanación. Se arrojó a mis brazos y yo me bajé los pantalones. Por el ano desocupé. Desalojé una masa luminosa que enceguecía con el sol. Esteban la comió y a sus brazos hermanados me arrojé.

Mientras tanto ¡Estropeado! se ahogaba en el barro, con su ano opaco rasgado por el falo de Gustavo, quien por fin tuvo su goce con un alarido. La inocencia del justiciero placer.

Esteban y yo nos precipitamos sobre el inmundo cuerpo abandonado. Esteban le enterró el falo, recóndito, fecal, y yo le horadé un pie con un punzón a través de la suela de soga de alpargata. Pero no me contentaba tristemente con eso. Le corté uno a uno los dedos mugrientos de los pies, malolientes de los pies, que ya de nada irían a servirle. Nunca más correteos, correteos y saltos de tranvía en tranvía, tranvías amarillos.

Promediaba mi turno pero yo no quería penetrarlo por el ano.

-Yo quiero succión -crují.

Esteban se afanaba en los últimos jadeos. Yo esperaba que Esteban terminara, que la cara de ¡Estropeado! se desuniera del barro para que ¡Estropeado! me lamiera el falo, pero debía entretener la espera, armarme en la tardanza. Entonces todas las cosas que le hice, en la tarde de sol menguante, azul, con el punzón. Le abrí un canal de doble labio en la pierna izquierda hasta que el hueso despreciable y atorrante quedó al desnudo. Era un hueso blanco como todos los demás, pero sus huesos no eran huesos semejantes. Le rebané la mano y vi otro hueso, crispados los nódulosfalanges aferrados, clavados en el barro, mientras Esteban agonizaba a punto de gozar. Con mi corbata roja hice un ensayo en el cuello del niño proletario. Cuatro tirones rápidos, dolorosos, sin todavía el prístino argénteo fin de muerte. Todavía escabullirse literalmente en la tardanza.

Gustavo pedía a gritos por su parte un fino pañuelo de batista. Quería limpiarse la arremolinada materia fecal conque ¡Estropeado! le ensuciara la punta rósea hiriente de su falo. Parece que ¡Estropeado! se cagó. Era enorme y agresivo entre paréntesis el falo de Gustavo. Con entera independencia y solo se movía, así, y así, cabezadas y embestidas. Tensaba para colmo los labios delgados de su boca como si ya mismo y sin tardanza fuera a aullar. Y el sol se ponía, el sol que se ponía, ponía. Nos iluminaban los últimos rayos en la rompiente tarde azul. Cada cosa que se rompe y adentro que se rompe y afuera que se rompe, adentro y afuera, adentro y afuera, entra y sale que se rompe, lívido Gustavo miraba el sol que se moría y reclamaba aquel pañuelo de batista, bordado y maternal. Yo le di para calmarlo mi pañuelo de batista donde el rostro de mi madre augusta estaba bordado, rodeado por una esplendente aureola como de fingidos rayos, en tanto que tantas veces sequé mis lágrimas en ese mismo pañuelo, y sobre él volqué, años después, mi primera y trémula eyaculación.

Porque la venganza llama al goce y el goce a la venganza pero no en cualquier vagina y es preferible que en ninguna. Con mi pañuelo de batista en la mano Gustavo se limpió su punta agresiva y así me lo devolvió rojo sangre y marrón. Mi lengua lo limpió en un segundo, hasta devolverle al paño la cara augusta, el retrato con un collar de perlas en el cuello, eh. Con un collar en el cuello. Justo ahí.

Descansaba Esteban mirando el aire después de gozar y era mi turno. Yo me acerqué a la forma de ¡Estropeado! medio sepultada en el barro y la di vuelta con el pie. En la cara brillaba el tajo obra del vidrio triangular. El ombligo de raquítico lucía lívido azulado. Tenía los brazos y las piernas encogidos, como si ahora y todavía, después de la derrota, intentara protegerse del asalto. Reflejo que no pudo tener en su momento condenado por la clase. Con el punzón le alargué el ombligo de otro tajo. Manó la sangre entre los dedos de sus manos. En el estilo más feroz el punzón le vació los ojos con dos y sólo dos golpes exactos. Me felicitó Gustavo y Esteban abandonó el gesto de contemplar el vidrio esférico del sol para felicitar. Me agaché. Conecté el falo a la boca respirante de ¡Estropeado! Con los cinco dedos de la mano imité la forma de la fusta. A fustazos le arranqué tiras de la piel de la cara a ¡Estropeado! y le impartí la parca orden:

-Habrás de lamerlo. Succión-

¡Estropeado! se puso a lamerlo. Con escasas fuerzas, como si temiera hacerme daño, aumentándome el placer.

A otra cosa. La verdad nunca una muerte logró afectarme. Los que dije querer y que murieron, y si es que alguna vez lo dije, incluso camaradas, al irse me regalaron un claro sentimiento de liberación. Era un espacio en blanco aquel que se extendía para mi crujir.

Era un espacio en blanco.
Era un espacio en blanco.
Era un espacio en blanco.

Pero también vendrá por mí. Mi muerte será otro parto solitario del que ni sé siquiera si conservo memoria.

Desde la torre fría y de vidrio. Desde donde he contemplado después el trabajo de los jornaleros tendiendo las vías del nuevo ferrocarril. Desde la torre erigida como si yo alguna vez pudiera estar erecto. Los cuerpos se aplanaban con paciencia sobre las labores de encargo. La muerte plana, aplanada, que me dejaba vacío y crispado. Yo soy aquel que ayer nomás decía y eso es lo que digo. La exasperación no me abandonó nunca y mi estilo lo confirma letra por letra.

Desde este ángulo de agonía la muerte de un niño proletario es un hecho perfectamente lógico y natural. Es un hecho perfecto.

Los despojos de ¡Estropeado! ya no daban para más. Mi mano los palpaba mientras él me lamía el falo. Con los ojos entrecerrados y a punto de gozar yo comprobaba, con una sola recorrida de mi mano, que todo estaba herido ya con exhaustiva precisión. Se ocultaba el sol, le negaba sus rayos a todo un hemisferio y la tarde moría. Descargué mi puño martillo sobre la cabeza achatada de animal de ¡Estropeado!: él me lamía el falo.

Impacientes Gustavo y Esteban querían que aquello culminara para de una buena vez por todas: Ejecutar el acto. Empuñé mechones del pelo de ¡Estropeado! y le sacudí la cabeza para acelerar el goce. No podía salir de ahí para entrar al otro acto. Le metí en la boca el punzón para sentir el frío del metal junto a la punta del falo.
Hasta que de puro estremecimiento pude gozar. Entonces dejé que se posara sobre el barro la cabeza achatada de animal.

-Ahora hay que ahorcarlo rápido -dijo Gustavo.

-Con un alambre -dijo Esteban en la calle de tierra donde empieza el barrio precario de los desocupados.

-Y adiós Stroppani ¡vamos! -dije yo.

Remontamos el cuerpo flojo del niño proletario hasta el lugar indicado. Nos proveímos de un alambre. Gustavo lo ahorcó bajo la luna, joyesca, tirando de los extremos del alambre. La lengua quedó colgante de la boca como en todo caso de estrangulación.

[De "Sebregondi retrocede", publicado en 1973 © herederos de Osvaldo Lamborghini]

sábado, 3 de enero de 2015

Dialogando con Clarice Lispector

por Liliana Piñeiro

Todo texto invita a un diálogo con su lector. A veces esta posibilidad se frustra, por una cuestión de expectativas (del autor y del lector). Pero otras, esta conversación imaginaria encuentra un tono, una frecuencia que la hace audible, en ese continuum maravilloso que es el lenguaje.

En este caso, Clarice Lispector * me “invitó” a escribir. A partir de algunos fragmentos, que estimo pueden ser una puerta de entrada a su obra, nacieron en mí asociaciones, imágenes, reflexiones que pongo a consideración de mis lectores, a modo de homenaje a esta gran escritora de la lengua portuguesa.

- Este libro es como cualquier libro. Pero me sentiría contenta si lo leyesen únicamente personas de alma ya formada. Aquellas que saben que el acercamiento, a lo que quiera que sea, se hace de modo gradual y penoso, atravesando incluso lo contrario de aquello a lo que uno se aproxima. (La pasión según G. H.)

- Clarice, tus frases se deslizan inevitables, como si alguien te llevara de la mano suavemente hacia esos lugares prohibidos que no se pueden tocar. Palpando en la oscuridad el recorrido es trabajoso, porque el mundo se resiste siempre. Y solamente tenemos las palabras para acariciarlo.
Pero lo que adviene genera preguntas: ¿podremos dialogar con palabras nuevas? ¿o habrá una sola lengua y es Babel?

- Las palabras ya dichas me amordazan la boca. ¿Qué es lo que una persona le dice a la otra? Además del “¿Hola, qué tal?”. Si tuvieran la locura de la franqueza, ¿qué se dirían las personas, unas a otras? Y lo peor sería lo que se diría una persona a sí misma… (“Tempestad de almas”)

- Aunque tal vez, nuestro encuentro se dé calladamente…Imposible olvidar tu palabra atravesada por el silencio, como el alma por la hendidura del cuerpo:

- Está vacío y sin promesas. Si por lo menos se escuchara el viento (…) Pero hay un momento en que del cuerpo descansado se eleva el espíritu atento, y de la tierra, la luna alta. Entonces él, el silencio, aparece. El corazón late al reconocerlo. (Silencio)


- Algo trae ese silencio de noche de montaña, tan vasto y opaco… posiblemente la ausencia radical de un otro, que no espera ni siquiera respuestas. Ninguna otra cosa tiene ese espesor amenazante, que se extiende como un océano oscuro bordeando el corazón.
Arrojada a esa precariedad hiciste un surco, cavaste. Y el pozo resultó fecundo: de tu palabra nació un mundo dentro de mí.


- Su carne blanca estaba dulce como la de una langosta, las piernas de una langosta viva moviéndose lentamente en el aire. Y aquella pequeña maldad de quien tiene un cuerpo. (“Devaneo y embriaguez de una muchacha” en Lazos de Familia).

- ¿Muchacha perdida en el espejo, y recuperada en la escritura? Así parece. En esas frases, felizmente encontradas, está la clave de tu foto, un desafiante ejercicio de seducción. Carne para la letra. Los ojos desprecian levemente y tus labios se ofrecen, para rehusarse. Pequeña maldad de la belleza, cuando sabe de sí.


Pero hay también otros rostros inolvidables, arrancados, en un acto de redención, a esa masa de signos que es el lenguaje:


- Su nombre era Eremita. Tenía diecinueve años. Rostro confiado, algunos granitos. ¿En qué consistía su belleza? Había belleza en ese cuerpo que no era ni feo ni bonito, en ese rostro donde una dulzura ansiosa de mayores dulzuras era la señal de la vida.
Belleza, no sé. Posiblemente no la tenía, aunque los rasgos indecisos atrajesen como atrae el agua. Había, sí, sustancia viva, uñas, carnes, dientes, mezcla de resistencias y flaquezas, que constituían una vaga presencia que se concretaba sin embargo de inmediato en una cabeza interrogativa y ya servicial, apenas se pronunciaba un nombre: Eremita. Los ojos castaños eran intraducibles, sin correspondencia con el conjunto del rostro. Tan independientes como si estuvieran plantados en la carne de un brazo, y desde allí nos mirasen – abiertos, húmedos. Toda ella era de una dulzura cercana a las lágrimas. (“Como una corza” en Revelación de un mundo).


- Ésa es una de tus virtudes: rescatar de la ausencia, hacer sustancia viva de una materia inerte. Y en este alumbramiento de nuevas formas hay espacio para la transmutación: un escenario de reverberación kafkiana, una puesta en escena de tu interior.


- La cucaracha no tiene nariz. La miré, con aquella boca suya y sus ojos: parecía una mulata agonizante. Pero los ojos eran negros y estaban radiantes. Ojos de novia. Cada ojo en sí mismo parecía una cucaracha. El ojo, franjeado, oscuro, vivo y desempolvado. Y el otro ojo idéntico. Dos cucarachas incrustadas en la cucaracha, y cada ojo reproducía la cucaracha entera (…)

- La cucaracha es pura seducción. Cilios, cilios pestañeando que llaman.
También yo, que poco a poco me estaba reduciendo a lo que en mí era irreductible, también yo tenía millares de cilios pestañeando, y con mis cilios avanzo, yo, protozoo, proteína pura. (La pasión según G. H.)


- Así como el caballo ve fuera de sí lo que está dentro de sí, tu mirada quiere subvertir el límite humano. Y encuentra en este animal deslumbrante su representación más fidedigna. Indómito, el deseo toma el ritmo de un galope salvaje, propio de su condición:


- Con la envidia del deseo mi rostro adquiría la nobleza inquieta de una cabeza de caballo (...)
En cuanto saliera del cuarto mi forma iría cobrando volumen y purificándose, y, cuando llegara a la calle, ya podría galopar con patas sensibles, los cascos resbalando en los últimos tramos de la escalera de la casa. Desde la calle desierta yo miraría: una esquina y otra. Y vería las cosas como un caballo las ve. Ése era mi deseo. (“Seco estudio de caballos”)


- ¿Hacia dónde parten los trenes? ¿Qué comparten los pasajeros cuando cruzan sus vidas en movimiento, sentados frente a frente en un vagón? Tal vez sea falsa la creencia de que vamos a la estación fijada por el mapa del itinerario… ¿o no es cierto, acaso, que el punto de llegada incluye un pasado que no puede dejarse en la estación de partida?

De cada pregunta, un cuento. Toda vida tiene su hora, su punto de inflexión.
En “La partida del tren” hay iluminaciones. Y es tu voz, Clarice, la que se escucha en Ángela, la joven que huye de un amor, fugitiva del suicidio. Y también es tuya la voz de María Rita, la anciana de las arrugas incomprensibles:


- Ángela se miró en el pequeño espejo del bolso. Me parezco a un desmayo. Cuidado con el abismo, le digo a aquella que se parece a un desmayo (…)
La coherencia, no la quiero más. La coherencia es mutilación. Quiero el desorden. Sólo adivino a través de una vehemente incoherencia.

Yo no puedo detener el tiempo, pensó María Rita Alvarenga Chagas Souza Meló. Fracasé. Estoy vieja. Y fingió leer el diario sólo para recuperar la compostura (…)


¿Por qué los viejos, aún los que no tiemblan, sugieren algo delicadamente trémulo? Doña María Rita tenía un temblor quebradizo de música de acordeón.
Pero cuando se trata de la vida, ¿quién nos ampara? Pues cada uno es uno. Y cada vida tiene que ser amparada por esa propia vida de cada uno. Cada uno de nosotros: es con lo que contamos. (“La Partida del tren”)


- Nómade por destino, te aferraste a la lengua portuguesa como a una cuna. En esa cadencia escuchaste los primeros sonidos: así se dio la felicidad de nombrarte y de robar el mundo. Y a ella volviste, para escribir con los trazos vivos y ríspidos de la pintura:


- Esta es una confesión de amor: amo la lengua portuguesa. (…) La lengua portuguesa es un verdadero desafío para quien escribe. Sobre todo para quien escribe quitando de las cosas y las personas la primera capa de superficialidad. (“Declaración de amor” en Revelación de un mundo)



- Aunque a veces se deba cubrir el hueso, velarlo con adornos (como una coartada más, frente a un cuerpo que va camino a lo definitivo), no hay posibilidad de engañar tu cruda lucidez. Hay que escribir en situación de emergencia, despojando…


- Escribo sobre lo parco mínimo adornándolo con púrpura, joyas y esplendor. ¿Así se escribe? No; no es acumulando y sí desnudando. Pero tengo miedo de la desnudez, pues ella es la palabra final (…)

Me apasioné súbitamente por los hechos sin literatura, los hechos son piedras duras y actuar me está interesando más que pensar, de los hechos no hay cómo huir (…)

Los hechos son sonoros pero entre los hechos hay un susurro. Es el susurro lo que me impresiona (…) (La hora de la estrella)


- Y al final del camino te esperaba Macabea, la nordestina, para compartir un saber: que la felicidad es un bien escaso. Y que tal vez, en la distracción, aparezca Dios.

- Debo decir que esa muchacha no tiene conciencia de mí, si la tuviese tendría a quien rezarle y sería su salvación. Pero yo tengo plena conciencia de ella: a través de esa joven doy mi grito de horror a la vida. La vida que tanto amo.


- En todo insomnio algo se sospecha… algo resiste a abandonarse. Pero el sueño es, tal vez, el rito de pasaje que debemos cumplir. ¿Alguien nos ayudará, en esa noche cerrada, a estrenar la valentía?


- Estoy tan asustada que sólo podré aceptar que me he perdido si imagino que alguien me tiende la mano (…)

Dar la mano a alguien ha sido siempre lo que esperé de la alegría. Muchas veces, antes de dormirme – en esa pequeña lucha por no perder la conciencia y entrar en un mundo más vasto - , muchas veces, antes de tener el valor de embarcarme para el gran viaje del sueño, finjo que alguien me tiende la mano y entonces avanzo, avanzo hacia la enorme ausencia de forma que es el sueño. E incluso cuando, así acompañada me falta la valentía, entonces sueño (…)

Por el momento estoy inventando tu presencia, como un día tampoco sabré aventurarme a morir sola, morir es el mayor riesgo, no sabré franquear el umbral de la muerte y dar el primer paso en la primera ausencia de mí; también en esa hora última y tan primera inventaré tu presencia desconocida y contigo comenzaré a morir hasta que pueda aprender sola a no existir, y entonces te liberaré. (La pasión según G.H.)


- Haciéndote cargo del mundo, tu escritura no dejó de asombrarme: en la felicidad clandestina, sobre el corazón salvaje, por la imitación de la rosa. Palabras nuevas crean sentimientos nuevos, descubrí que era infinita la cantidad de pliegues en mi interior.

Sólo espero que mi compañía, como la de todos tus lectores, haya sido suficiente en el umbral. Y ahora que tus palabras avanzan sobre mí, no me liberes, quiero seguir presente en el dulce cautiverio de tu mano.



* Clarice Lispector es una de las novelistas más originales del siglo XX. Por la introspección y precisión del lenguaje que presiden toda su narrativa, se la ha comparado a James Joyce y Virginia Woolf.

Nacida en Ucrania en 1920, llegó con su familia a Maceió, en el nordeste de Brasil, con poco más de un año de vida. Después se mudó a Recife, también en el nordeste. A la edad de 10 años, Clarice perdió a su madre. Cuando tenía 14 años se instaló con su padre y una hermana en Río de Janeiro.

Casada con un diplomático, con quien tuvo dos hijos, vivió en diversos países de Europa y América. Empezó a escribir muy joven, y en 1944 publicó su primera novela, Cerca del corazón salvaje, la cual fue reeditada en francés en 1954, con portada de Henri Matisse. A esta obra siguió El brillo (1946), La ciudad sitiada (1949) y La bella y la bestia (1979). Luego de su separación, que tuvo lugar en 1959, publicó en 1960  Lazos de familia, un libro de cuentos que alcanzó un gran reconocimiento. A partir de entonces fue calificada como uno de los mayores exponentes de la literatura portuguesa.

Entre 1967 y 1973, acepta escribir crónicas para el Jornal do Brasil, recopiladas luego como Revelación de un mundo.

Otras obras aparecidas posteriormente fueron La manzana en la oscuridad, La legión extranjera, La pasión según G. H., Felicidad clandestina, La imitación de la rosa, La araña,  Agua viva, La hora de la estrella y su obra póstuma Un soplo de vida.

Sus novelas han sido traducidas a más de quince idiomas.

Clarice Lispector falleció a los 56 años, a raíz de un cáncer, el 9 de diciembre de 1977, en un Hospital de Río de Janeiro.

viernes, 26 de diciembre de 2014

"CITIZEN FORD" por Daniel Salzano



Nota del editor: esta nota apareció originalmente en el número 18 de revista Metrópolis (Córdoba, junio de 2004) y posteriormente en revista La otra número 7 (verano 2005). Su autor, Daniel Salzano, acaba de morir en Córdoba, la ciudad donde había nacido en 1941.

Fue muchas cosas en su vida el joven Sean Aloysius O’Fearna (u O’Feeney), cuyos ancestros irlandeses llegaron a los Estados Unidos siguiendo el rastro de la tierra prometida. Fabricó y vendió zapatos, redactó informes policiales, arreó ganado y, por fin, terminó como cadete en los grandes estudios cinematográficos de California. Empezó como pistín y terminó, en 1973, con seis Oscars, 131 películas y 55 años de carrera.

Cuando le preguntaban cuáles eran sus realizadores preferidos, Orson Welles respondía: “Los viejos maestros de siempre: John Ford, John Ford y John Ford”.

Claro que no sucedía lo mismo cuando al propio Ford le hacían preguntas similares: “¿Bergman? ¿Quién es Bergman?... Debe ser ese director sueco que dijo que yo era el mejor de todos”.

Así nacen las leyendas.

Aunque, pensándolo bien, lo de mejor director apenas si viene al caso hablando de John Ford, cineasta tratado por la cátedra como a un dios, como un antes y un después en la gran historia del cine norteamericano. Opiniones que, dicho sea de paso, no contaron con su consentimiento porque las opiniones ajenas le interesaban un pito. “A mí me dan un guión y yo lo filmo. Eso es todo.”

LA ANÉCDOTA DEL CUCHILLO

John Ford era esencialmente un hombre cachazudo, al que no le gustaba que le buscaran las cosquillas. Por eso en los estudios, era más temido que verdaderamente respetado.

¿Conocen la anécdota del cuchillo que contaba Sal Mineo?

“Durante el rodaje de El ocaso de los Cheyennes (1964) yo me la pasaba escuchando música de jazz a todo volumen. Una noche, muy tarde, entró el viejo Ford y me pidió que la bajara. Yo le dije que el volumen era un requisito indispensable para el jazz. Fue entonces que Ford sacó su enorme cuchillo de caza y lo depositó sugestivamente sobre la mesa. Después volvió a pedirme que bajara el volumen, mirándome fríamente a los ojos. Yo le contesté que sí, que podía bajarlo. Ford guardó el cuchillo y me dijo: «Es exactamente lo que a mí me parecía». Luego se fue”.

A veces sacaba el cuchillo delante de sus actores (también lo hacía con frecuencia para dividir su cigarro en dos mitades), pero no era más que un tic matrizado para mantener intacta su fama de cacique. La verdad es que a los actores los quería. Por lo menos tanto como se quería a sí mismo.

“Somos ciudadanos de segunda”, decía. Y eso era porque para él, el cine era un territorio tan acotado como el de los indios apaches. No se podía vivir en él sin conocer todos sus códigos.

Cheyenne autumn

LA DE LA ACTRIZ IMPUNTUAL

Quienes no advertían desde el vamos que, con su único ojo vivo, John Ford veía tres veces más que el común de los mortales, estaban liquidados (con un solo ojo descifró más enigmas del comportamiento humano que una legión de antropólogos apiñados detrás de un microscopio).

Y, si no, ahí está para demostrarlo, la triste historia de Margot Grahame, a quien Ford había seleccionado para El delator (1935), después de verla sobre un escenario. En su primer día de filmación, la Grahame, confundiendo el hambre con las ganas de comer, llegó una hora tarde. John Ford la vio llegar y no le dijo ni pío. Cuando la actriz reapareció del camarín vestida, peinada y maquillada, el director la recibió con un cross en la mandíbula: “¡Qué lástima que no estuviera aquí hace una hora! Como no estaba, hicimos otra cosa. Era una gran escena, pero he decidido eliminarla”. Y mientras la Grahame, llorando, se sacaba el miriñaque y la peluca, Ford, implacable, desde atrás de la puerta del camarín, continuaba diciéndole: “¡Cuánto lo siento! ¡Estaba tan bonita con ese vestido! ¡Su peinado era francamente delicioso!”.

LA DEL PRODUCTOR

Para el realizador Peter Bogdanovich, que lo entrevistó a lo largo de un libro altamente recomendable (a esta altura, un clásico de la editorial Fundamentos), John Ford hacía películas con la misma facilidad de quien sólo busca hacer pasar buenos ratos a sus amigos, que eran todos sus contemporáneos. Lo mismo que Chaplin, “encumbró a los humildes e hizo letrados a los analfabetos. Por eso su voz tuvo resonancias genesíacas: mejoró a quienes lo oyeron”. Menos a los productores de Hollywood, a quienes visceralmente despreciaba.

El primer día de filmación de Pasión de los fuertes (1946), convocó a todo el equipo para presentarle oficialmente al productor, Samuel Engel. “Miren bien este rostro”, dijo, mientras hacía girar la cabeza del productor hacia ambos lados. “Mírenlo bien porque hasta que terminemos de trabajar no volverán a verlo...”.

Decidido a desquitarse del oprobio, Engel se cuidó muy bien de volver a pisar el set de rodaje. Pero en cuanto advirtió que el director se iba desfasando de su plan original de rodaje y que terminaría de trabajar más allá del tiempo estipulado, envió para recriminarlo a uno de sus secretarios.

Ford despreciaba a lo productores como a sus secretarios.

Con su único ojo triple y su proverbial humor de perros observó al pistín como a un insecto y, arrancando un puñado de hojas del guión, se las extendió en un gesto de desprecio: “Vaya a decirle a su jefe que ahora estamos a mano”.

LA DE CECIL B. DE MILLE

John Ford, con o sin cuchillo, se las aguantaba. Al despuntar los años ’50, cuando en Hollywood bastaba con llevar bigotes para ser considerado un sicario de José Stalin, Ford asistió a la muy famosa sesión en la que el gremio de directores de cine intentó pasarle factura a Joseph “Joe” Mankiewicz.

Para el ala más reaccionaria del sindicato, liderada por Cecil B. De Mille, Mankiewicz era un comunista larvado, un obús ideológico al que había que neutralizar antes de que contaminara a la gran colmena hollywoodense. El productor De Mille habló durante cuatro horas seguidas en su afán de convencer a los detractores de la perfidia de Mankiewicz. Hablaba el realizador de Los diez mandamientos (1956) cuando por fin, el Gran Padre Blanco (y además Tuerto) levantó la mano. “Me llamo John Ford –dijo- y hago películas del oeste”. A continuación brevemente elogió a De Mille como director: “No creo que haya nadie en esta sala que sepa mejor lo que quiere el público que De Mille”, dijo, para luego buscarle la mirada. “Pero no me gustas, Cecil, y no me gusta lo que has estado diciendo. Propongo que demos a Joe un voto de confianza y luego nos vayamos a casa a dormir un poco porque mañana tenemos que trabajar. Las películas no se hacen solas”.

Era en estas circunstancias cuando se transparentaba el Ford verdaderamente corajudo, el inmigrante agradecido que se mantuvo toda la vida enrolado en las filas del partido republicano (le encantaba ir a la Casa blanca a jugar el rummy con Richard Nixon), pero que no sólo despreciaba a las elites sino que hablaba de los temas más delicados con las palabras más accesibles.

Se lo hizo decir a Henry Fonda en El joven Lincoln (1939): “En la vida sólo hay una opción por la que vale la pena luchar. O la justicia o la barbarie”.

El delator

LA DEL JOVEN PERIODISTA

¿Cómo era John Ford por la parte de afuera? Según el relato de quienes lo vieron –y vivieron para contarlo- Sean Aloysius O’Fearna (así se llamaba antes de encallar en California) era en sus años postreros un viejo fortachón que, con la gorrita de béisbol inclinada sobre la frente, casi siempre intimidaba. Y lo sabía.

Por eso, seguramente, pudiendo usar anteojos negros para combatir el efecto de su ojo inservible, prefería taparlo con un parche de pirata. Ford apestaba a tabaco habano y solía divertirse en los bares empinando el codo con una mezlca matrizada por sus ancestros del Maine: tres partes de cognac y siete de Benedictine. Sin hielo. Cuando, presionado por las circunstancias y/o las recomendaciones (a veces del propio Richard Nixon) concedía una entrevista, John Ford empezaba por el bar (la mezcla de cognac y Benedictine operaba como un mazazo en los vasos comunicantes del reportero novato) y terminaba con una de sus típicas encerronas.

Por ejemplo:

- Usted debe ser uno de esos críticos que cree que yo me desacredito por hacer películas del oeste, ¿no es así?

- Oh, no señor. Yo estoy escribiendo un artículo sobre su obra y quisiera saber cuál es su opinión sobre El delator.

- ¿El delator? ¿Usted está seguro de que esa película es mía?

miércoles, 17 de diciembre de 2014

Lo que no ha de ser

por Paulo Manterola

La aceptación de lo inevitable. La impotencia ante la imposibilidad de esta premisa, la negación de lo evidente. Este tipo de cuestiones suelen conducir a ninguna otra cosa más que a la locura, la obsesión, la negligencia. La fe, de alguna forma, tiene algo que ver con eso. Schopenhauer lo sabía, sí. Y Joaquín Murat, conde, rey, hermano ante la ley y protegido de Napoleón, pudo intuirlo, adivinarlo, aunque no comprenderlo. Testimonio en carne y hueso de esta imprudencia del alma humana que determinó su existencia. Y así fue que, siendo un virtuoso estratega militar, se dedicó en cuerpo y espíritu a un fin tan ruin y bajo, de forma tan magnánima y temeraria, que resultó en definitiva tan ineficaz como insignificante.

Murat sentía una honda pasión por la música, aunque nada de talento poseía. Sentía también cierta inclinación hacia la teología, la cual fue, por algún tiempo, su objeto de estudio (una vez descartadas sus aspiraciones musicales), pero que finalmente abandonó. Nacido en la segunda mitad del siglo XVIII, en un pueblo pequeño y de pocas ambiciones cerca de los pirineos franceses, pasó su infancia entre los muros de la posada de su padre. Allí conoció a todo tipo de hombres, mujeres y culturas. Sus días trascurrían entre las tareas religiosas que su padre lo obligaba a cumplir y su ávida curiosidad por las misas y liturgias de la música sacra. En vano intentaba sacar algún sonido de un viejo violín que un viajero le había obsequiado; sus dedos no estaban hechos para esos afanes. Su voz tampoco era buena, apenas podía comprender una partitura y carecía de la creatividad o la fuerza de voluntad necesarias.

Los aires de la época estaban cambiando. Podía sentirse la revolución golpeando las puertas del nuevo siglo, para derribar el antiguo régimen. Murat, sin embargo, era tradicionalista, tanto en sus aficiones como en su ideología. Detestaba con ímpetu a sus contemporáneos (ellos, los músicos; filósofos y pensadores), profanadores de la belleza estética a la que aspiraba. Detestaba, por sobre todo, a Joseph Haydn, a quien tuvo la oportunidad de conocer en su adolescencia. Haydn, por el contrario, nunca lo conoció a él, ni siquiera el día en que Murat lo asesinó.

Franz Joseph Haydn sería el referente de todas las innovaciones en las formas musicales del siglo que estaba a punto de comenzar. A la vuelta de uno de sus viajes a Londres, se vio forzado a detener su camino por unos días en este remoto pueblo francés, en la posada del padre de Murat, junto a María Anna Keller, su esposa. Murat se sintió profundamente cautivado por la mujer desde el primer momento en que la vio. Ella, por su parte, se enamoró de la forma en que la cortejaba el joven. Desde ese momento, ambos mantuvieron, hasta la muerte de ella, una relación de amor y amistad que nunca llegó a concretarse físicamente.

Aquel encuentro fue un punto de inflexión en la vida de Joaquín. Este decidió dejar de lado la teología, así como cualquier esperanza con respecto a la música. Lo único que le importaba era otra cosa: encontrar la forma de unirse a su amada. Entonces, lejos de María Anna, tras estallar la revolución, se enlistó en el ejército. Allí descubrió un inesperado y sorprendente talento para la planificación y la estrategia militar; al punto que, unos años después, Napoleón solicitó sus servicios, ascendiéndolo a general. También descubrió, con más satisfacción aun, que en aquel lugar disponía de los medios necesarios para lograr su objetivo. Napoleón mantenía estrechas relaciones con la familia real húngara de los Estheràzy, los principales benefactores de Haydn.

Comenzaba a tomar forma su plan. Murat logró convencer a Anton Estheràzy de recluir a Haydn en el palacio que la familia real había comenzado a construir desde hacía treinta años, manteniéndolo como director de orquesta. La excentricidad de los encargos y pedidos de Anton, igualables a los de su padre, y el aislamiento en el que se encontraba ubicada la finca, generaron el desgaste y el deterioro tanto del músico como el de sus relaciones. Murat también convenció a Anton de hacer desaparecer todas las partituras que circularan de Haydn. Sus obras podrían ser escuchadas nada más que asistiendo a los teatros del palacio Esztheráza. La fama y la popularidad de la familia se engrandecerían aún más. Eso le decía Joaquín, para manipularlo.

Murat había perdido a su dios hacía tiempo. A menudo se preguntaba cuál sería la mayor desgracia. En algún lado había escuchado que consistía en haber sido arrojado al mundo. Un siglo más tarde esta sentencia tomaría mucha fuerza. Por el contrario, él creía que la mayor de las desgracias sin dudas era nunca haber nacido. Y algo de eso había en su estrategia. Él no pretendía simplemente asesinar a Haydn. Murat quería hacerlo desaparecer de la historia, eliminarlo de la memoria de los hombres. No era suficiente destrozarlo, humillarlo. Esto significaría reconocer su existencia. Quería que el mundo olvidara que un hombre llamado Franz Joseph Haydn alguna vez había sido.
Lamentablemente, con el comienzo del nuevo siglo, le llegó a Joaquín la noticia de la muerte de María Anna. Esto le provocó una herida que nunca se cerraría. Se puso descuidado, torpe en su accionar; sus pensamientos eran desesperados. Su desprecio hacia Haydn se acrecentó, aunque ya no importaba tanto el plan. Este carecía de sentido ya. Su ambición, sin embargo, no lo había abandonado. Se enfocó entonces en su carrera militar. Se casó con Carolina, la hermana de Napoleón. La expansión del imperio francés le daría la posibilidad de completar su obra y, finalmente, tras nueve largos años de espera, el recientemente nombrado Rey de Nápoles fue encomendado a liderar uno de los batallones en la toma de la ciudad de Viena, donde se refugiaba un Haydn ya débil y enfermo.

La invasión fue exitosa. No podía ser de otra manera. Murat no vaciló. Entró en la casa donde descansaba el músico y lo asesinó mientras dormía. Con su fusil de percusión, apuntó al rostro y disparó. Lo desfiguró por completo. Luego se encargó de esconder el cuerpo. Nadie se enteraría de que había muerto. La única persona que él conocía que podía reclamarlo ya estaba muerta también: María Anna. Su fecha de nacimiento era incierta y todo registro de su obra había desaparecido, así como su relación con la familia real de los Estheràzy.

Desafortunadamente, Murat vivió lo suficiente como para enterarse de que, durante el tiempo en que él estuvo abocado a su plan, Haydn se había hecho famoso en Londres, en donde realizó algunas de sus más grandes obras. Luego de su desaparición y la posterior confirmación de su muerte, este fue mejor conocido por el mundo entero como el padre de la sinfonía y de los cuartetos de cuerda. Murat no supo contemplar estos detalles, no tuvo la serenidad o la capacidad para recalcular sus pasos, o para sospechar que, un siglo más tarde, la medicina forense podría contarnos la historia de aquella gente que ya no puede hacerlo. Desolado ante su fracaso, traicionó a Napoleón y, desde su reino, negoció con los austríacos para declararle la guerra. Al ser vencido, volvió a suplicar el perdón de Napoleón. Finalmente, fue derrotado en la batalla de Tolentino y hecho prisionero. Ante el pelotón de fusilamiento que él mismo alguna vez había comandado, Joaquín arengó a los soldados a que abrieran fuego.

Murat no temía a la muerte. Temía el ser insignificante. No supo darse cuenta de que, habiendo dedicado tanto su vida a condenar al olvido, a la nada misma, la existencia de su antagonista, acabó siendo él intrascendente. Un personaje pueril y poco ilustre en la historia de la humanidad 1 .




1 Si bien los datos de esta crónica son, en su mayoría, comprobables en cualquier biografía escrita con anterioridad, no existen registros de que Joaquín Murat haya asesinado al compositor o de que haya tenido relación alguna con su esposa. La causa, la fecha y las circunstancias de la muerte de Franz Joseph Haydn siguen hasta hoy siendo inciertas.

lunes, 24 de noviembre de 2014

Ventana

(Un largo muy corto) 



 por Liliana Piñeiro 

 Un rayo de luz entra por las hendijas de la ventana. Sentado en el sillón, me doy cuenta de que no he dormido, no sé cuánto tiempo he pasado así, inmóvil, en medio del vacío de mi propia casa. 

Ella se fue. Desde hacía rato yo sentía vagamente el olor a rancio del amor, que día tras día socavaba las paredes, pero sostenía los andamios a pura complacencia. Ella me miraba con irritación, a veces con pena. Yo ya estaba solo. 

Me pongo de pie, y subo la persiana. Bajo el cielo claro, la gente camina por las calles como si nada hubiera sucedido. El espectáculo me parece obsceno. Inesperadamente, recuerdo la escena de una película que vi hace poco. La cámara fija enfoca una ventana. La protagonista, agitada, va y viene por la habitación, por momentos sale del cuadro. Con manos temblorosas enciende un cigarrillo, aspira, vuelve a salir. El viento agita las cortinas y uno siente la tensión que ocurre fuera de campo, hasta que ella entra de nuevo, deja la colilla humeante en el cenicero, y salta. 

Cuando la luz del sol me lastima la cara, enciendo mi cigarrillo.


(Este texto fue seleccionado para participar de la Antología Trinacional de Microficciones  (Argentina- Chile- Perú), “Borrando Fronteras” (Macedonia Ediciones), que se presentó en la Ciudad de Buenos Aires el 18 de noviembre de 2014).

martes, 15 de abril de 2014

La luna roja

Foto: Mary Kobrak
Nada lo anunciaba por la tarde.

Las actividades comerciales se desenvolvieron normalmente en la ciudad. Olas humanas hormigueaban en los pórticos encristalados de los vastos establecimientos comerciales, o se detenían frente a las vidrieras que ocupaban todo el largo de las calles oscuras, salpicadas de olores a telas engomadas, flores o vituallas.

Los cajeros, tras de sus garitas encristaladas, y los jefes de personal rígidos en los vértices alfombrados de los salones de venta, vigilaban con ojo cauteloso la conducta de sus inferiores.

Se firmaron contratos y se cancelaron empréstitos.

En distintos parajes de la ciudad, a horas diferentes, numerosas parejas de jóvenes y muchachas se juraron amor eterno, olvidando que sus cuerpos eran perecederos; algunos vehículos inutilizaron a descuidados paseantes, y el cielo, más allá de las altas cruces metálicas pintadas de verde, que soportaban los cables de alta tensión, se teñía de un gris ceniciento, como siempre ocurre cuando el aire está cargado de vapores acuosos.

Nada lo anunciaba.

Por la noche fueron iluminados los rascacielos.

La majestuosidad de sus fachadas fosforescentes, recortadas a tres dimensiones sobre el fondo de tinieblas, intimidó a los hombres sencillos. Muchos se formaban una idea desmesurada respecto a los posibles tesoros blindados por muros de acero y cemento. Fornidos vigilantes, de acuerdo a la consigna recibida, al pasar frente a estos edificios, observaban cuidadosamente los zócalos de puertas y ventanas, no hubiera allí abandonada una máquina infernal. En otros puntos se divisaban las siluetas sombrías de la policía montada, teniendo del cabestro a sus caballos y armados de carabinas enfundadas y pistolas para disparar gases lacrimógenos.

Los hombres timoratos pensaban: “¡Qué bien estamos defendidos!”, y miraban con agradecimiento las enfundadas armas mortíferas; en cambio, los turistas que paseaban hacían detener a sus choferes, y con la punta de sus bastones señalaban a sus acompañantes los luminosos nombres de remotas empresas. Estos centelleaban en interminables fachadas escalonadas y algunos se regocijaban y enorgullecían al pensar en el poderío de la patria lejana, cuya expansión económica representaban dichas filiales, cuyo nombre era menester deletrear en la proximidad de las nubes. Tan altos estaban.

Desde las terrazas elevadas, al punto que desde allí parecía que se podían tocar las estrellas con la mano, el viento desprendía franjas de músicas, “blues” oblicuamente recortados por la dirección de la racha de aire. Focos de porcelana iluminaban jardines aéreos. Confundidos entre el follaje de costosas vegetaciones, controlados por la respetuosa y vigilante mirada de los camareros, danzaban los desocupados elegantes de la ciudad, hombres y mujeres jóvenes, elásticos por la práctica de los deportes e indiferentes por el conocimiento de los placeres. Algunos parecían carniceros enfundados en un “smoking”, sonreían insolentemente, y todos, cuando hablaban de los de abajo, parecían burlarse de algo que con un golpe de sus puños podían destruir.

Los ancianos, arrellanados en sillones de paja japonesa, miraban el azulado humo de sus vegueros o deslizaban entre los labios un esguince astuto, al tiempo que sus miradas duras y autoritarias reflejaban una implacable seguridad y solidaridad. Aun entre el rumor de la fiesta no se podía menos de imaginárseles presidiendo la mesa redonda de un directorio, para otorgar un empréstito leonino a un estado de cafres y mulatillos, bajo cuyos árboles correrían linfas de petróleo.

Desde alturas inferiores, en calles más turbias y profundas que canales, circulaban los techos de automóviles y tranvías, y en los parajes excesivamente iluminados, una microscópica multitud husmeaba el placer barato, entrando y saliendo por los portalones de los “dancings” económicos, que como la boca de altos hornos vomitaban atmósferas incandescentes.

Hacia arriba, en oblicuas direcciones, la estructura de los rascacielos despegaba sobre cielos verdosos o amarillentos, relieves de cubos, sobrepuestos de mayor a menor. Estas pirámides de cemento desaparecían al apagarse el resplandor de invisibles letreros luminosos; luego aparecían nuevamente como “super dreadnoughts”, poniendo una perpendicular y tumultuosa amenaza de combate marítimo al encenderse lívidamente entre las tinieblas. Fue entonces cuando ocurrió el suceso extraño.

El primer violín de la orquesta Jardín Aéreo Imperius iba a colocar en su atril la partitura del “Danubio Azul”, cuando un camarero le alcanzó un sobre. El músico, rápidamente, lo rasgó y leyó la esquela; entonces, mirando por sobre los lentes a sus camaradas, depositó el instrumento sobre el piano, le alcanzó la carta al clarinetista, y como si tuviera mucha prisa descendió por la escalerilla que permitía subir al paramento, buscó con la mirada la salida del jardín y desapareció por la escalera de servicio, después de tratar de poner inútilmente en marcha el ascensor.

Las manos de varios bailarines y sus acompañantes se paralizaron en los vasos que llevaban a los labios para beber, al observar la insólita e irrespetuosa conducta de este hombre. Mas, antes de que los concurrentes se sobrepusieran de su sorpresa, el ejemplo fue seguido por sus compañeros, pues se les vio uno a uno abandonar el palco, muy serios y ligeramente pálidos.

Es necesario observar que a pesar de la prisa con que ejecutaban estos actos, los actuantes revelaron cierta meticulosidad. El que más se destacó fue el violoncelista que encerró su instrumento en la caja.  Producían la impresión de querer significar que declinaban una responsabilidad y se “lavaban las manos”. Tal dijo después un testigo. Y si hubieran sido ellos solos.

Los siguieron los camareros. El público, mudo de asombro, sin atreverse a pronunciar palabra (los camareros de estos parajes eran sumamente robustos) les vio quitarse los fracs de servicio y arrojarlos despectivamente sobre las mesas. El capataz de servicio dudaba, mas al observar que el cajero, sin cuidarse de cerrar la caja, abandonaba su alto asiento, sumamente inquieto se incorporó a los fugitivos.

Algunos quisieron utilizar el ascensor. No funcionaba.

Súbitamente se apagaron los focos. En las tinieblas, junto a las mesas de mármol, los hombres y mujeres que hasta hacía unos instantes se debatían entre las argucias de sus pensamientos y el deleite de sus sentidos, comprendieron que no debían esperar. Ocurría algo que rebalsaba la capacidad expresiva de las palabras, y entonces, con cierto orden medroso, tratando de aminorar la confusión de la fuga, comenzaron a descender silenciosamente por las escaleras de mármol.

El edificio de cemento se llenó de zumbidos. No de voces humanas, que nadie se atrevía a hablar, sino de roces, tableteos, suspiros. De vez en cuando, alguien encendía un fósforo, y por el caracol de las escaleras, en distintas alturas del muro, se movían las siluetas de espaldas encorvadas y enormes cabezas caídas, mientras que en los ángulos de pared las sombras se descomponían en saltantes triángulos irregulares.

No se registró ningún accidente.

A veces, un anciano fatigado o una bailarina amedrentada se dejaba caer en el borde de un escalón, y permanecía allí sentada, con la cabeza abandonada entre las manos, sin que nadie la pisoteara. La multitud, como si adivinara su presencia encogida en la pestaña de mármol, describía una curva junto a la sombra inmóvil.

El vigilante del edificio, durante dos segundos, encendió su linterna eléctrica, y la rueda de luz blanca permitió ver que hombres y mujeres, tomados indistintamente de los brazos, descendían cuidadosamente. El que iba junto al muro llevaba la mano apoyada en el pasamanos. Al llegar a la calle, los primeros fugitivos aspiraron afanosamente largas bocanadas de aire fresco. No era visible una sola lámpara encendida en ninguna dirección.

Alguien raspó una cerilla en una cortina metálica, y entonces descubrieron en los umbrales de ciertas casas antiguas, criaturas sentadas pensativamente. Estas, con una seriedad impropia de su edad, levantaban los ojos hacia los mayores que los iluminaban, pero no preguntaron nada.

De las puertas de los otros rascacielos también se desprendía una multitud silenciosa.

Una señora de edad quiso atravesar la calle, y tropezó con un automóvil abandonado; más allá, algunos ebrios, aterrorizados, se refugiaron en un coche de tranvía cuyos conductores habían huido, y entonces muchos, transitoriamente desalentados, se dejaron caer en los cordones de granito que delimitaban la calzada.

Las criaturas inmóviles, con los pies recogidos junto al zócalo de los umbrales, escuchaban en silencio las rápidas pisadas de las sombras que pasaban en tropel.

En pocos minutos los habitantes de la ciudad estuvieron en la calle.

De un punto a otro en la distancia, los focos fosforescentes de linternas eléctricas se movían con irregularidad de luciérnagas. Un curioso resuelto intentó iluminar la calle con una lámpara de petróleo,
y tras de la pantalla de vidrio sonrosado se apagó tres veces la llama. Sin zumbidos, soplaba un viento frío y cargado de tensiones voltaicas. La multitud espesaba a medida que transcurría el tiempo.

Las sombras de baja estatura, numerosísimas, avanzaban en el interior de otras sombras menos densas y altísimas de la noche, con cierto automatismo que hacía comprender que muchos acababan de dejar los lechos y conservaban aún la incoherencia motora de los semidormidos.

Otros, en cambio, se inquietaban por la suerte de su existencia, y calladamente marchaban al encuentro del destino, que adivinaban erguido como un terrible centinela, tras de aquella cortina de humo y de silencio.

De fachada a fachada, el ancho de todas las calles trazadas de este a oeste se ocupaba de multitud. Esta, en la oscuridad, ponía una capa más densa y oscura que avanzaba lentamente, semejante a un monstruo cuyas partículas están ligadas por el jadeo de su propia respiración.

De pronto un hombre sintió que le tiraban de una manga insistentemente. Balbuceó preguntas al que así le asía, mas como no le contestaban, encendió un fósforo y descubrió el achatado y velludo rostro de un mono grande que con ojos medrosos parecía interrogarlo acerca de lo que sucedía. El desconocido, de un empellón, apartó la bestia de sí, y muchos que estaban próximos a él repararon que los animales estaban en libertad.

Otro identificó varios tigres confundidos en la multitud por las rayas amarillas que a veces fosforecían entre las piernas de los fugitivos, pero las bestias estaban tan extraordinariamente inquietas que, al querer aplastar el vientre contra el suelo, para denotar sumisión, obstaculizaban la marcha, y fue menester expulsarlas a puntapiés. Las fieras echaron a correr, y como si se hubiera pasado una consigna, ocuparon la vanguardia de la multitud.

Adelantábanse con la cola entre las zarpas y las orejas pegadas a la piel del cráneo. En su elástico avance volvían la cabeza sobre el cuello, y se distinguían sus enormes ojos fosforescentes, como bolas de cristal amarillo. A pesar de que los tigres caminaban lentamente, los perros, para mantenerse a la par de ellos, tenían que mover apresuradamente las patas.

Súbitamente, sobre el tanque de cemento de un rascacielos apareció la luna roja. Parecía un ojo de sangre despegándose de la línea recta, y su magnitud aumentaba rápidamente. La ciudad, también enrojecida, creció despacio desde el fondo de las tinieblas, hasta fijar la balaustrada de sus terrazas en la misma altura que ocupaba la comba descendente del cielo.

Los planos perpendiculares de las fachadas reticulaban de callejones escarlatas el cielo de brea. En las murallas escalonadas, la atmósfera enrojecida se asentaba como una neblina de sangre. Parecía que debía verse aparecer sobre la terraza más alta un terrible dios de hierro con el vientre troquelado de llamas y las mejillas abultadas de gula carnicera.

No se percibía ningún sonido, como si por efectos de la luz bermeja la gente se hubiera vuelto sorda.

Las sombras caían inmensas, pesadas, cortadas tangencialmente por guillotinas monstruosas, sobre los seres humanos en marcha, tan numerosos que hombro con hombro y pecho con pecho colmaban las calles de principio a fin.

Los hierros y las cornisas proyectaban a distinta altura rayas negras paralelas a la profundidad de la atmósfera bermeja. Los altos vitriales refulgían como láminas de hielo tras de las que se desemparva un incendio.

A la claridad terrible y silenciosa era difícil discernir los rostros femeninos de los masculinos. Todos aparecían igualados y ensombrecidos por la angustia del esfuerzo que realizaban, con los maxilares apretados y los párpados entrecerrados. Muchos se humedecían los labios con la lengua, pues los afiebraba la sed. Otros con gestos de sonámbulos pegaban la boca al frío cilindro de los buzones, o al rectangular respiradero de los transformadores de las canalizaciones eléctricas, y el sudor corría en gotas gruesas por todas las frentes.

De la luna, fijada en un cielo más negro que la brea, se desprendía una sangrienta y pastosa emanación de matadero.

La multitud en realidad no caminaba, sino que avanzaba por reflujos, arrastrando los pies, soportándose los unos en los otros, muchos adormecidos e hipnotizados por la luz roja que, cabrilleando de hombro en hombro, hacía más profundos y sorprendentes los tenebrosos cuévanos de los ojos y roídos perfiles.

En las calles laterales los niños permanecían quietos en sus umbrales.

Del tumulto de las bestias, engrosado por los caballos, se había desprendido el elefante, que con trote suave corría hacia la playa, escoltado por dos potros. Estos, con las crines al viento y los belfos vueltos hacia las apantalladas orejas del paquidermo, parecían cuchichearle un secreto.

En cambio, los hipopótamos a la cabeza de la vanguardia, buceaban fatigosamente en el aire, recogiéndolo con los golpes en vacío de sus hocicos acorazados. Un tigre restregando el flanco contra los muros avanzaba de mala gana.

El silencio de la multitud llegó a hacerse insoportable. Un hombre trepó a un balcón y poniéndose las manos ante la boca a modo de altoparlante, aulló congestionado:

—Amigos, ¡qué pasa, amigos! Yo no sé hablar, es cierto, no sé hablar, pero pongámonos de acuerdo.

Desfilaban sin mirarle, y entonces el hombre secándose el sudor de la frente con el velludo dorso del brazo se confundió en la muchedumbre.

Inconscientemente todos se llevaron un dedo a los labios, una mano a la oreja. No podían ya quedar dudas.

En una distancia empalizada de fuego y tinieblas, más movediza que un océano de petróleo encendido, giró lentamente sobre su eje la metálica estructura de una grúa.

Oblicuamente un inmenso cañón negro colocó su cónico perfil entre cielo y tierra, escupió fuego retrocediendo sobre su cureña, y un silbido largo, cruzó la atmósfera con un cilindro de acero.

Bajo la luna roja, bloqueada de rascacielos bermejos, la multitud estalló en un grito de espanto:

—¡No queremos la guerra! ¡No..., no..., no!...

Comprendían esta vez que el incendio había estallado sobre todo el planeta, y que nadie se salvaría.

ROBERTO ARLT

martes, 4 de marzo de 2014

El viejo

por Paulo Manterola

Estaba sentado en su escritorio de trabajo, al fondo del local, ocupado –como de costumbre– en algún pedazo de chatarra al que tal vez pudiera encontrarle algún uso o fin que solamente él sabría valorar. El lugar era grande, amplio; no tenía muchas divisiones. Frente a la puerta que daba a la calle, a unos metros, estaba el mostrador donde se atendía a la clientela. Detrás de este, había un cuarto pequeño que funcionaba como cocina y, al lado, el baño. A un costado, se extendía un largo y ancho pasillo que llevaba al escritorio, su mesa de trabajo, donde pasaba la mayor parte del tiempo. Ya era pasada la medianoche. Una pequeña, débil luz parpadeaba sobre sus manos; todo el resto del local estaba a oscuras.

Sería una noche inusual, de todas formas.

Al oír a alguien tocando la puerta del frente, el viejo levantó la vista sobresaltado; aunque no podía distinguirse una figura precisa entre tanta oscuridad, la silueta esfumada tras la puerta le era familiar. ¿Quién podría querer arreglar un reloj o una cocina eléctrica o una radio a estas horas de la noche?, pensó. Un despertador quizás, si acaso se tratara de una verdadera emergencia, algo impostergable. Pero él no creía ya en ese tipo de supersticiones. Tomó el bastón que tenía a un costado de su silla y, cojeando un poco, se acercó a la puerta con un júbilo algo bastante mesurado para recibir a aquella visita inesperada.

— ¡Buenas, mi amigo! ¿Cómo anda usted?

Al viejo se le encendieron los ojos y estrechó al hombre entre sus brazos. Aunque ya había comenzado a disfrutar el pasar horas en soledad y a media luz, trabajando en cosas inútiles, la visita de su amigo era más que bienvenida y oportuna:

— No me quejo, no me quejo. Pero ¿qué te trae por acá a estas horas?

El otro se sonrió mientras le sostenía la mirada.

— Andaba demasiado despierto como para acostarme. Vos no cambiás más, Diego, querido. Pasé por tu casa y me dijo Clara que todavía estabas acá en el taller.

— Sí, pobre Clara. Es una mujer tan buena y yo, cada vez que puedo, la dejo sola.

— Sí. Pobre Clara —replicó Ariadno.

El viejo le hizo un ademán para que pase y cerró la puerta tras de sí.

— Tengo algo que contarte, ¿sabés? Es una de esas curiosidades de las que a vos te encanta hablar y debatir —dijo Diego con excitación, rompiendo el clima melancólico que se había generado— ¿Querés algo para tomar mientras?

— Lo mismo de siempre, mi estimado.

— Muy bien. Sentate nomás. En un rato, estoy.

El viejo se alejó, aquejado un poco por el cojeo, encaminado hacia el pequeño cuarto del taller, que estaba detrás del mostrador. El cuarto constaba de una pileta, una pequeña cocina, una heladera portátil y una mesada improvisada. Ariadno se dirigió hacia el fondo del local, el único rincón donde había algo de luz, tomó asiento y se puso a examinar las cosas que había sobre el escritorio. Además del artefacto en el que minutos atrás había estado trabajando su amigo, había unos manuscritos que llamaron su atención. Los tomó y comenzó a hojearlos con detenimiento y curiosidad. Mientras tanto, el viejo seguía en aquel cuartito destinado a los quehaceres cotidianos del taller, preparando las bebidas. Como todo lo que hacía, esto era algo científico, metódico para él. Las medidas precisas de cada elemento, en el orden en que debían ir, según sus parámetros. Lo disfrutaba mucho.

Luego de unos minutos, se reunió con su amigo en el escritorio.

— Listo. Acá lo tenés —dijo Diego presentándose con ambos vasos en una mano, ya que en la otra se apoyaba en su bastón. Ariadno tomó el suyo rápidamente, dándose cuenta de la dificultad de este. Luego le dijo:

— Esto es más que interesante, ¿sabés?

Diego vio los manuscritos en su mano y se rió entre dientes.

— No, no. No era esto de lo que quería hablarte.

— ¿Y de qué se trata esto? —replicó Ariadno, divertido, agitando los papeles.

— Esos escritos no me pertenecen.

— ¿A quién entonces? —preguntó.

— A una chica que conocí hace mucho tiempo. Los dejó en mi casa el último día que la vi, hace mucho mucho tiempo. Estaba pensando en reenviárselos, corregidos. La verdad es que ni siquiera sé si todavía vive: imaginate el tiempo que pasó. Pero, bueno, me dedico a eso, ¿no? Tal vez, después de tanto tiempo, sepa apreciar el detalle —dijo Diego, sonriéndose, mientras se acomodaba en la silla con esfuerzo y un leve lamento.

— ¿Hace cuánto tiempo fue esto?

— Cuando éramos jóvenes —se rió—. Más jóvenes que ahora, sin dudas.

— ¿Te acordás su nombre?

— Si mal no recuerdo, era Victoria.

— Sí. Victoria. —Ariadno se llevó una mano a la cabeza y comenzó a rascarla, jugando. Se quedó en silencio por unos instantes.

Diego lo miraba expectante

— ¿Sabés? Yo recuerdo estos escritos. De hecho, estoy comenzando a recordarla a ella también.

— ¡¿La conociste?! —preguntó Diego, sorprendido.

— Sí, sí. Antes que vos tengo que suponer.

— ¿Por qué? —dijo Diego, algo molesto e incómodo con el giro que había tomado la conversación— De todas formas, no era de esto de lo que te quería hablar, sinceramente. Pero, decime: ¿cómo la conociste entonces?

— Fue hace mucho tiempo, la verdad. Vos sabés…

— Sí, sí, lo sé. Quizás tampoco quieras hablar de esto: era una chica complicada. —Ambos se sonrieron. ¿Y quién no lo es?, pensaron— Pero ahora que veo esto, creo que la protagonista de uno de los escritos se parece mucho a cómo era ella: el de los sueños progresivos, la chiquita con el cuaderno de notas. ¿No te parece? Es decir, llegué a la conclusión de que, en ese cuaderno, la chiquita iba anotando los momentos en que los grandes sucesos de su vida deberían ir aconteciendo, como una agenda. El problema es que la vida es algo impredecible y las cosas que nos pasan no dependen solo de nosotros. Digo, en gran parte sí lo hacen, pero hay un montón de otros factores que apenas si podemos contemplar. Por eso la chiquita lo miraba tan desconcertada, aquel cuaderno: porque se borraba y se escribía solo a cada momento. Ella siempre estaba tratando de esquematizar todo, su vida, sus proyectos, poniendo plazos y fechas. Me pregunto cuándo fue que se le habrá hecho pedazos ese cuaderno, a Victoria me refiero. Sería un momento horrible y glorioso al mismo tiempo para ella.

Ariadno sonreía mientras recordaba. El viejo no decía nada. Algunas emociones se revolvieron en su pecho y lo acongojaron, pero logró controlarlas.

— Tal vez la conociste mejor que yo —dijo éste, dándole el primer sorbo a su bebida.

Ariadno lo imitó, dando un trago largo.

Entre la oscuridad que llenaba los espacios, el aire se había entrecortado. Al viejo le costaba disimular sus emociones y su amigo se daba cuenta de todo esto:

— Esta pieza en la que estás trabajando parece el corazón de un autómata.

— No lo es, ciertamente —dijo Diego, esbozando una sonrisa fingida, tímida, tratando de salir de la melancolía.

— Hace poco escuché una historia de lo más curiosa relacionada a esto que te menciono.

— Ah, ¿sí? —comentó el viejo con poco interés, pero antes de que tuviera posibilidad de cambiar de tema, el otro ya había comenzado su relato:

— En el siglo XVIII, un ingeniero, un genio científico, fanático de la electricidad –un artista en realidad, para hacerle justicia–, cuyo nombre no viene a colación, algo loco, oscuro, construyó un autómata. Esta máquina, que no era más que pedazos de metal soldados y cables, imitaba a la perfección la figura, los movimientos y los gestos de un ser humano. Por supuesto que no tenía voluntad, alma si querés. Seguía siendo un pedazo de metal, técnicamente. Carecía de la facultad de sentir, emocionarse, aun contando con un corazón fuerte y saludable, como es esta pieza que está entre nosotros.

— Un corazón en sentido figurado, claro —agregó Diego, un poco más relajado, dejándose llevar por el efecto de su bebida y por la historia que su amigo estaba desarrollando de a poco, con un talento que siempre envidió.

— Seguro, no hace falta aclarar —contestó Ariadno, con una sonrisa entre los labios, y prosiguió—.. Las emociones, los sentimientos, no tienen nada que ver con el corazón, el músculo en sí mismo: están relacionados a la psiquis. Por más inteligente que sea un mecanismo artificial, no podría acercarse siquiera a lo que es nuestro cerebro. De todas formas, no se trata simplemente de eso. Este autómata tenía una facultad extraordinaria que nadie nunca quiso o pudo explicarse: hablaba. Y no solamente eso: sus palabras eran sabias, acertadas. La gente que sabía de su existencia pagaba a su dueño para poder hablar con nuestro amigo de hojalata, le pedía consejos, le hacía preguntas sobre lo que le deparaba la vida, el destino, como quieras llamarle. Y ¿sabés qué es lo realmente curioso de todo esto?

— ¿Qué es? —preguntó Diego divertido, algo intrigado.

— Siempre daba la respuesta correcta. No se equivocaba. Nunca.

Ariadno hizo una pausa antes de volver a hablar. El viejo aguardó sin decir nada, esperando. Sabía cómo era su amigo: todavía faltaba más.

— ¡Daba consejos! Sabios, buenos consejos. ¡Imaginate! ¡Una máquina, un pedazo de metal oxidado, un ser sin alma ni capacidad emocional, intelectual o intuitiva, aconsejando a unos pobres seres humanos desesperados!

— Me cuesta un poco creer todo eso. ¿De qué libro lo sacaste? —dijo Diego, dándole un trago largo a su bebida e inclinándose hacia adelante sobre el escritorio.

— Sí, es extraño. Pero es verdad. Sin embargo —retomó Ariadno, haciendo otra pausa—, supongamos que hubiera algún truco.

— Eso sería un poco más lógico quizás.

— Pero no lo es —replicó Ariadno sonriente—. De todas formas, supongámoslo. Quisiera saber qué dice tu razonamiento lógico a todo esto, ¿te parece?

Diego asintió y se reclinó sobre su asiento nuevamente:

— Probame.

Ariadno se rió y le dijo:

— ¿Tenés idea de por qué las personas iban a verlo y a hablar con este autómata?

— ¿Por qué? —increpó el viejo, dándole el gusto a su amigo para que se explayara sobre alguna verdad asombrosa, evidente e inevitable de la vida.

— ¡Porque siempre daba la respuesta correcta! —gritó Ariadno con un suspiro triunfal mientras se echaba hacia atrás en su asiento con las manos en alto, como si estuviera sosteniendo a una criatura, con una enorme sonrisa en la cara.

Diego se quedó mirándolo, esperando.

— Suponiendo que hubiera algún truco, ¿cierto? ¿Cómo es posible que siempre tuviera la respuesta correcta? Siempre. Para cada persona. ¿Cómo puede predecirse eso? ¿Cómo puede ser que no haya fallado aunque sea una sola vez?

— Realmente no sabría decirte —dijo Diego, con menos interés en descubrir la respuesta que en escuchar de la boca de su amigo algún discurso encantador, mágico.

— Sin embargo, hay una respuesta lógica detrás de todo esto. Después de mucho tiempo llegué a verla. Es tan simple, Diego, tan hermoso todo esto.

— Decime entonces.

El viejo tomó otro trago largo, tratando de seguir fingiendo que lo divertía.

— En cada pregunta que hacemos, todos, cualquiera, ya tenemos la mitad de la respuesta ahí mismo, en la misma pregunta. Fijate en esto. No es lo mismo preguntar: ¿Dios existe?, que preguntar: ¿Dios no existe? ¿Te das cuenta? Uno no busca la verdad en las preguntas que se hace, sino que busca un convencimiento, una confirmación de algo que ya intuye o ya da por verdadero, pero no tiene el valor de aceptarlo. Uno siempre va a aceptar lo que esté preparado a aceptar en el momento en el que deba hacerlo, no más. Todas las cosas que sabemos, ya sean muchas, ya sean pocas, sobre el mundo, sobre nosotros mismos, sobre los demás, tal vez, a lo largo de nuestras vidas, podemos intuirlas; pero solamente tomamos conocimiento de éstas en el momento en que estamos preparados para aceptar esas verdades –entre comillas–, en el momento que podemos aceptarlas como tales.

Diego se rascó la cabeza. Ya no lo miraba a Ariadno. Tenía la mirada fija en el escritorio, en los papeles. Pensaba, meditaba, buscaba recuerdos, trataba de iluminarlos con estas palabras reveladoras. Todas las preguntas que quedaron sin responder sobre Victoria. Todas las preguntas que nunca se animaría a hacerle a su esposa. Se sentía desolado ahora:

— De todas formas, sería lindo creer que hay algo de magia en todo eso, en algún lugar de este mundo, en algún momento de nuestra vida —dijo Diego, de repente, para tratar de salir de esa introspección en la que se había hundido.

— ¡Y así es, Diego! —gritó entusiasmado Ariadno— La magia está en el propio engaño al que nos sometemos y no en otra cosa. Fuera la respuesta que fuese, la respuesta siempre sería la correcta, porque las personas escuchan lo que quieren que les digan, solamente eso, y lo interpretan como quieren. La respuesta no importa en realidad.

Ariadno hizo una pausa. El viejo no dijo nada, estaba aplastado en su silla, reflexionando.

— ¿Querés saber cómo lo hacía? —preguntó Ariadno.

— ¿Qué cosa? —repuso Diego, distraído.

— ¿Cómo logró este ingeniero llegar a esto que te digo?

— ¿Cómo fue? Decime.

— Basándose en el lenguaje, en la combinación de las palabras, como sistema de símbolos, asociándolos en contenidos sensoriales.

El lenguaje no es más que un fenómeno de encadenamiento de símbolos, que depende de los propios símbolos y de la actividad humana simbólica. Este ingeniero (ahora ves por qué digo que era un artista) elaboró un mecanismo que pudiera identificar y diferenciar ciertos símbolos de otros, una descomunal cantidad de símbolos, imitando la capacidad humana para utilizarlos, generando diferentes cadenas isotópicas, desde miles de grupos hasta llegar a un mínimo de dos, un grupo positivo y otro negativo. Sobre la base de esto, el autómata elaboraba la respuesta que le resultara satisfactoria a quien fuera que le hablara.

Ariadno estaba a punto de explotar de la excitación que le generaba simplemente explicar todo aquello. Lo maravillaba realmente.

Diego no sabía bien qué decir. No tenía muchas ganas de decir nada.

— La verdad que es asombroso —dijo, de todas formas, mientras jugaba con unas hojas.

— Ciertamente lo es —dijo Ariadno, notando la falta de interés del viejo.

A Diego se le encendió la mirada. Se le ocurrió algo que le daría un giro a esta conversación que ya no le resultaba seductora ni graciosa:

— ¿Y vos tenés alguna pregunta? ¿Alguna pregunta a la que no puedas encontrarle la respuesta, que no puedas ni siquiera intuirla?

— Sé que hay una respuesta —dijo Ariadno, ingenioso, con calma y levedad —, pero todavía no sé cuál es la pregunta.

— Ah, una buena declaración, debería escribirla, ¿no? —replicó Diego, sonriendo.

Ambos se quedaron unos minutos en silencio, vaciando los vasos.

Cada uno estaba reflexionando, meditando algo que el otro tal vez no podría ni siquiera imaginarse. Sin embargo, los dos estaban pensando en Victoria.

Diego se levantó, saliendo del letargo, apretó con fuerza su vaso, como cerrando el puño, al sentir el dolor que le subía por la pierna hasta su cerebro; tomó el vaso de la mano de Ariadno con algo de brusquedad, le hizo un ademán en señal de que iba a recargar las bebidas y se fue cojeando, olvidándose del bastón.

Un nuevo trago, un poco más cargado, le ayudaría a olvidar el dolor que sentía en la pierna cada vez que apoyaba su pie izquierdo en el piso. Pero, a su vez, otro que ya no podía ocultar, comenzaba a erizarle la piel. Un dolor mucho más hondo, irreparable.

Mientras, Ariadno se inclinó sobre el escritorio y comenzó a revolver los papeles:

— ¿Te molesta si le pego una hojeada a esto? —le gritó al viejo.

— No, no, para nada —respondió este con amargura.

Luego de un rato, Diego volvió con los vasos cargados y se arrojó sobre su silla, no sin exhalar un leve lamento. Una vez sentado, Ariadno le entregó unos papeles:

— Creo que éste debería ser el orden de los capítulos.

El viejo lo miró, extrañado, sin comprender en un primer momento, miró los papeles. Luego los tomó y comenzó a pasar las hojas. Era perfecto. Casi como si no hubiera habido nunca otro orden posible, como si él lo supiera.

Simplemente perfecto.

— ¿Te parece? —preguntó Diego, falaz.

— Creo que le da más sentido al relato. Ese orden. Pero es una opinión nomás. El escritor sos vos. Vos deberías saberlo.

— No lo escribí yo esto. Ya te lo había dicho.

— Ah, sí. Victoria.

— Está muy bien, sin embargo. La verdad es que nunca se me hubiera ocurrido ponerlos de este modo —dijo Diego, ya perplejo, rendido ante el genio de su amigo.

Tiró los papeles sobre el escritorio, algo molesto, en un gesto de desprecio y desinterés, y estiró la mano hacia su vaso. Lo vació de un sorbo.

Ariadno lo miraba, divertido, contento. No advertía lo que le pasaba a su viejo amigo.

Después de un largo silencio, el viejo finalmente escupió las palabras:

— Ahora, sabiendo esto que me contaste, tengo una pregunta para hacerte. ¿Me podrás dar vos la respuesta correcta? —dijo, no sin angustia y aturdimiento.

— Sí, seguro. Puedo intentarlo. Nos conocemos hace mucho, Diego. Decime.

— Está bien.

Diego abrió uno de los cajones y sacó un arma, un arma corta. La dejó sobre el escritorio, algo nervioso, aunque con calma, lentamente, sin apartar demasiado la mano.

Ariadno se asustó, lo miraba confundido, sin retirar los ojos de los suyos, interrogándolo con la mirada. No sabía bien a qué venía todo eso.

— ¿Y eso? ¿qué es? —preguntó.

— Nos conocemos hace mucho, sí
—hizo una pausa—. Te pregunto, entonces: ¿Desde hace cuánto que te estás acostando con Clara?