La fuerza de la amplia alianza de clases que sustenta a Mauricio Macri y las diferencias entre su programa económico y el que hubiese implementado el FpV
Por Claudio Scaletta
El 16 de diciembre de 2015 será recordado como la fecha oficial de un nuevo cambio de régimen de acumulación, oscilación cíclica que diferencia al país de otras economías de la región más homogéneas en los objetivos de largo plazo de sus elites. Pero aunque tenga el sello de los modelos FMI para todo tiempo y lugar, la novel restauración ortodoxa no es exactamente igual a las anteriores. Tiene componentes predecibles y otros nuevos. Entre los primeros se cuentan la megadevaluación sin la red de las retenciones a las exportaciones, tarifazo a los servicios públicos, mayor apertura comercial, liberalización financiera con apertura casi total de la cuenta capital y regreso al endeudamiento externo. No hace falta volver a repetir aquí los resultados de estas políticas en materia de transferencias de recursos en desmedro de los salarios, sobre la actividad económica y la estructura productiva y, por extensión, sobre el nivel de empleo. Sí vale repetir que la economía es una ciencia, que tiene leyes que explican las relaciones causa efecto y que su laboratorio es la historia. Por todo ello los resultados de las políticas anunciadas esta semana, con matices, están disponibles tanto en las experiencias locales del segundo cuarto del siglo pasado, como en las de otras latitudes; por ejemplo en la periferia europea.
Pero en el nuevo caso local es probable que se incurra en un error si se hace una analogía directa con las experiencias de ajustes ortodoxos recientes. Por múltiples razones. La primera y más poderosa es que el ajuste se realiza, por primera vez en la historia, con el apoyo popular. La potente devaluación de esta semana fue la más anunciada de la historia. Más allá de la profundidad de la conciencia política de quienes depositaron su voto en favor de la Alianza PRO, nadie puede aquí sentirse sorprendido por los hechos y, mucho menos, engañado. Al apoyo de las urnas se suma el sostén de una extendida alianza de clases locales y globales, una alianza bastante más sólida que la que sostuvo a los gobiernos de Cristina Kirchner, en particular, durante su segundo mandato.
El nuevo gobierno cuenta con el cerrado apoyo del agro, de la mayoría de la industria, del sector financiero y los organismos multilaterales, de la embajada estadounidense, de la prensa hegemónica, de una porción importante del sindicalismo y del grueso de la familia judicial. Su único debe, por ahora, es el Poder Legislativo y parte de las provincias, a las que confía controlar al uso tradicional: con la billetera. Una alianza que, además, trasciende a quien supo ponérsele al frente, y que como en la célebre obra de Luigi Pirandello, hace años buscaba catalizar su autor. El peor error que podría cometer cualquier fuerza transformadora que aspire a reemplazar a la rediviva plutocracia gobernante es subestimar al adversario. Mauricio es mucho más que Macri.
Es por esta sumatoria de factores que para saber qué puede esperarse en el mediano plazo no alcanza con la descripción mecánica de los efectos conocidos de una devaluación. Otra vez el camino es recurrir a las similitudes y diferencias, en este caso; entre las propuestas políticas que compitieron en el balotaje. Esta semana la oposición criticó la transferencia multimillonaria al agro implícita en el combo eliminación de retenciones y ajuste cambiario y se quejó del eufemismo “salir del cepo” para no hablar de la potente devaluación inducida. Sin embargo, si se repasan las propuestas de los principales economistas del PRO y del Frente para la Victoria, existían coincidencias tanto en la eliminación de las retenciones como en la necesidad de salir de los controles cambiarios. También en bajar subsidios a los servicios, en recuperar la credibilidad de las estadísticas públicas y en acudir a una batería de instrumentos para reforzar las reservas internacionales muy parecidos a los anunciados esta semana: adelantos de las grandes comercializadoras-exportadoras de granos, aportes de terceros estados (como fue el caso de la hasta ayer denostada China, cuyos yuanes se decía no existían en las reservas) endeudamiento externo, que se materializó con las promesas de aportes de un pool de grandes bancos, blanqueo de capitales y la eterna esperanza del regreso de los “dólares de los argentinos”.
El nuevo gobierno cuenta con el cerrado apoyo del agro, de la mayoría de la industria, del sector financiero y los organismos multilaterales, de la embajada estadounidense, de la prensa hegemónica, de una porción importante del sindicalismo y del grueso de la familia judicial. Su único debe, por ahora, es el Poder Legislativo y parte de las provincias, a las que confía controlar al uso tradicional: con la billetera. Una alianza que, además, trasciende a quien supo ponérsele al frente, y que como en la célebre obra de Luigi Pirandello, hace años buscaba catalizar su autor. El peor error que podría cometer cualquier fuerza transformadora que aspire a reemplazar a la rediviva plutocracia gobernante es subestimar al adversario. Mauricio es mucho más que Macri.
Es por esta sumatoria de factores que para saber qué puede esperarse en el mediano plazo no alcanza con la descripción mecánica de los efectos conocidos de una devaluación. Otra vez el camino es recurrir a las similitudes y diferencias, en este caso; entre las propuestas políticas que compitieron en el balotaje. Esta semana la oposición criticó la transferencia multimillonaria al agro implícita en el combo eliminación de retenciones y ajuste cambiario y se quejó del eufemismo “salir del cepo” para no hablar de la potente devaluación inducida. Sin embargo, si se repasan las propuestas de los principales economistas del PRO y del Frente para la Victoria, existían coincidencias tanto en la eliminación de las retenciones como en la necesidad de salir de los controles cambiarios. También en bajar subsidios a los servicios, en recuperar la credibilidad de las estadísticas públicas y en acudir a una batería de instrumentos para reforzar las reservas internacionales muy parecidos a los anunciados esta semana: adelantos de las grandes comercializadoras-exportadoras de granos, aportes de terceros estados (como fue el caso de la hasta ayer denostada China, cuyos yuanes se decía no existían en las reservas) endeudamiento externo, que se materializó con las promesas de aportes de un pool de grandes bancos, blanqueo de capitales y la eterna esperanza del regreso de los “dólares de los argentinos”.
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