
Día a día crecen las disquisiciones acerca de “La Caja” y desde varios rincones se ha opinado al respecto, aunque lo mejor que he leído es lo escrito por
Martín Rodríguez en
este post que contiene un párrafo significativamente esclarecedor:
“Caja es una palabra del Conurbano. Néstor y Cristina construyeron la bisagra histórica de que ahora gana el que gobierna. Y sin embargo, basta observar el “código político” de los medios y la oposición para dar cuenta de lo que se dice: el Gobierno es la caja. Caja estatal que se “llena” con las retenciones. ¡Y guay con hablar del IVA! Detrás del uso denunciante de la palabra caja también desvisten su secreta vocación antidistributiva: ¿qué van a hacer con la plata? ¿Repartirla? Detrás de cada obra se “percibe” un negocio. Detrás de cada intendencia gritan ¡clientelismo! Detrás de un proyecto regional... ¡petrodólares! Así, la caja que tapa el bosque: y el bosque es la fortísima reubicación del Estado durante la gestión kirchnerista como actor central después de años de fantasías neoliberales, de globalifóbicos y maestrías del CEMA, como buitres. Y eso tiene que llamarse de alguna manera horrible: ya no es Estado, es Caja. Si la caja es el Estado... ¡hay que eliminar la caja! La caja como teoría tosca y agónica del neoliberalismo. (Y este nuevo Estado no se hizo fuerte por una “gestión exitosa”, sino por la centralidad política del “doble comando”: el presidente o la presidenta debían ser las personas más poderosas del país.)”
Se instala cada vez con más fuerza el asunto de “La Caja” y con ello la generalización de la sospecha de que atrás de cada acto de gobierno hay un negociado.
Pensándolo bien es ésta una forma inteligente y muy sutil de dinamitar toda posibilidad de revitalización del Estado en nuestra tierra justo en un período histórico donde en las principales economías –que insistentemente fueron promovidas como el ejemplo a seguir- son precisamente los Estados los que están asumiendo un rol preponderante e insustituible para salvar a sus economías del tsunami.
El establishment cree que es más directo atacar al Estado mediante el ardid de “La Caja”, porque así configura un dilema falso al plantear que el kirchnerismo ES el Estado, de la misma forma en que el alfonsinismo instaló allá por 1984 el espejismo de que su gobierno ERA la democracia. La consecuencia en aquel tiempo fue que a caballo de ese maniqueísmo el alfonsinismo se victimizaba respondiendo que los cuestionamientos a su gestión eran ataques a la democracia misma.
De este maniqueísmo se sirve hoy el establishment para hacer fluir su prédica antiestatal. En torno a esos fines inventa este dilema sumamente audaz y entonces nos encontramos con que si el kirchnerismo ES el Estado, toda sospecha sobre la gestión de ministros y subsecretarios e incluso toda irregularidad (de la que ningún gobierno está exento) o toda denuncia no debidamente documentada será cargada en la cuenta no de esta administración sino del Estado con la consecuente resultante discursiva de que no será el gobierno, o algunos de sus funcionarios los que eventualmente puedan usufructuar la función pública en su propio provecho personal, sino que “el Estado es genéticamente corrupto” y por lo tanto son burdas mentiras todas aquellas visiones para las que esta estructura es vital e insustituible si se quiere construir un país con inclusión social y redistribución de la riqueza.
Según este maniqueísmo, no será el Estado quien administre, por ejemplo, los fondos previsionales -como en todo el mundo- sino una banda de inescrupulosos que se los roban.
No será el Estado el que retenga un porcentaje de ganancias extraordinarias al complejo agroexportador sino una “asociación ilícita comandada por Néstor Kirchner” la que se queda con esa plata.
Según esta visión, si se plantea nacionalizar el comercio exterior de granos parangonando lo que hacen países como Canadá o Australia, el experimento saldrá mal porque esos países “son serios”, no como “este país” que está gobernado por una banda de ladrones…
Se degrada así un debate trascendente y troncal sobre la importancia y el rol del Estado, poniéndolo al nivel de una conversación de taxímetro o una discusión de peluquería y el objetivo de esta artimaña es camuflar el fin último del ataque a esta estructura, la única herramienta que tiene el pueblo para desmontar el formato económico y social del país que nos legaron los años noventa.
Y accionan de esta manera, disfrazando los verdaderos fines, pues el mundo les refuta a diario sus pronósticos y certezas.Cualquier mirada con alguna dosis de sentido común demuestra que en el trazo grueso el accionar de la Casa Rosada para enfrentar la crisis está en sintonía con lo que están haciendo los gobiernos de las principales potencias. Eso no pueden negarlo, a lo sumo lo ningunean, como lo hace cotidianamente el dispositivo mediático al dar un tratamiento meramente informativo y descontextualizado de las novedades que hora tras hora llegan del exterior dando cuenta de que las consecuencias de la explosión de la burbuja financiera parecen no encontrar un límite. No pueden negar que todo lo que nos vendieron como la panacea del capitalismo globalizado se escurrió como agua entre los dedos y que se han quedado sin proyecto y sin referentes.
Carlos Melconian en el programa de Mauro Viale por Canal 26 confesó que si estuviéramos en un país “en serio” el índice de despidos ya sería elevadísimo (y no se puso colorado. Es más, lo dijo convencido y desde la insensibilidad más dura del gabinete neoliberal donde sabemos que ahí hay números despoblados de seres humanos) Al escuchar tamaña declaración de principios recordé instantáneamente –y perdonen la insistencia- aquél titular de Clarín que rezaba:
“Para los economistas, algunos problemas de la Argentina reducen el impacto de la crisis”
Seis meses después de aquel hito en la historia de los titulares de la prensa argentina, Melconián vuelve a ratificar que a veces es muy bueno tener problemas…y que es bárbaro tener un gobierno que en materia de empleo no haga las cosas como los países del primer mundo ¿no?
Cuando el ex candidato a ministro de economía de Menem en 2003 y ex candidato a senador porteño por el PRO en 2007 lanza como idea que “los problemas de ser un país poco serio atenúan el impacto de la crisis en materia de empleo", está diciendo que según su punto de vista se están haciendo las cosas mal y que habría que despedir gente sin contemplaciones, mientras que desde nuestra mirada entendemos que si a un período expansivo de la economía donde las empresas tuvieron ganancias exorbitantes, le sucede una crisis, lo que se impone no es despedir gente, sino buscar un camino alternativo, por ejemplo contemplar la posibilidad que la patronal ponga también una parte de todo lo que ganó para atemperar las consecuencias del parate. No no no, esto no está en su cabeza, con lo que revela una sujeción ideológica a una visión del mundo tan cerrada que descalifica cualquier mirada discordante con la suya, o sea, la única posible.
El mensaje es “Las cosas son así y no hay posibilidad de que sean de otra manera”.La verdad es una sola y está en ese discurso único que defiende a capa y espada la estructura económica y social que dejó el neoliberalismo de los noventa.
El problema del establishment es que no encuentra el modo de parar la debacle de sus ideas y sus aplicaciones en el mundo desarrollado. Si la caída del muro de Berlín dejó a la izquierda a la deriva, ahora la caída del muro de Wall Street ha condenado a la derecha a atravesar el desierto.
El problema, entonces, no es “La Caja” sino la explosión del paradigma del capitalismo financiero de las últimas décadas.
El problema quizá sea que por más terrorismo periodístico y político que se practique, tarde o temprano Argentina y el mundo deban volver sobre sus pasos a tiempos donde había mas Estado y las cosas estaban indudablemente mejor que en el presente.