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jueves, 11 de septiembre de 2008

El florecer de la cría menemista

La Cámara Federal confirmó el procesamiento de dos ciudadanos que sin causa justificada no se presentaron a ser autoridades de mesa en las elecciones del año pasado.

Todos sabemos que la justicia electoral selecciona ciudadanos con por lo menos el bachillerato aprobado para actuar como autoridades de mesa en los comicios nacionales.
En su gran mayoría los convocados pertenecen a la clase media y es sabido que hay muchos nominados como autoridad de mesa que toman esa citación como una condena, como un castigo injusto, como una intromisión del poder judicial en SU vida privada. Por eso no cumplen con su deber, entre otras cosas porque no lo conciben como tal. No creen que tengan algún deber para con una sociedad que, según ellos, no les brinda casi nada.
Es tan solo una muestra de cómo ven muchos los asuntos públicos. No sólo no les interesa el país como conjunto, en realidad lo abominan.
Es que entienden su proyecto de vida como algo “privado”.
“Si yo pago mi salud, si yo pago la escuela privada de mis hijos ¿Porqué tengo que hacer cosas para el resto si no tengo nada que ver con él?” rumian mientras hacen tronar las bocinas de sus autos ante el más leve retraso del tránsito.
Es gente que así como descree en un futuro como país (Son los que a cada rato disparan “Este país”) por decantación descree de nuestro sistema electoral y no dudaría en apoyar la instauración del voto calificado que pregonó hace décadas Álvaro Alsogaray.
He aquí el fundamento del desertor cívico.
Es que en el fondo desprecian las elecciones tal como son hoy día y no terminan de digerir que SU voto tenga el mismo valor que el de un pobre desamparado de Cuartel Noveno. Ese inconveniente digestivo, ese cólico de asco social, es el que genera el enrojecimiento de rostros que muchos vimos con pavor en las convulsiones de junio en Barrio Norte, Belgrano y Olivos donde la gente linda se confundió en un pogo finamente perfumado al grito de “Si este no es el pueblo, el pueblo donde está”
Y gritan desde la ofensa, reclamando su lugar, para que se aclare de una vez por todas que “pueblo” son ellos, porque los otros, los que con sus carretones llenos de basura demoran el tránsito, los que beben “Córdoba”, los que viven de los planes sociales y se hacinan en villas y barrios humildes son cualquier cosa menos “pueblo”.
Entonces, si el voto de ellos no vale lo mismo que los otros, todo lo que aquellos sufragios mugrientos elijan carecerá de legitimidad y por ende no se merece respeto alguno ¿ta?

Es el florecimiento de la plantación realizada en los noventa. Cada puerta de la vida nacional que abrimos nos depara un espectáculo fantasmagórico y en la base de este show macabro están los años de Menem y Cavallo cuyas consecuencias las padeceremos por más tiempo del esperado.
Lo que quedó es una sociedad con grietas muy profundas, una sociedad hecha pedazos donde cada sector hace la propia y donde la mirada de conjunto lamentablemente parece haber pasado a mejor vida.
Es la noción de país la que está muriendo porque los ganadores, exhibiendo una miopía social patética, entendieron que la solución pasa por encarcelar SU vida dentro de barrios privados y porque hay legiones de pequebú que echan mano a cualquier recurso con tal de encerrarse como los de arriba.
Es en este contexto que aparece la justicia electoral a recordarles a algunos que mal que les pese, mientras no se modifique la legislación vigente, tienen el deber cívico de donar un día de trabajo cada dos años al sistema democrático. Y es ahí donde estalla el pequebú. Donde en llamas arranca su show de los “YO” y los “MI”:
“YO no puedo arruinar MI domingo”, y toda esa cantinela que delata una concepción absolutamente individualista y, por ende, PRIVADA, de la vida y el mundo.

Es muy complicado lidiar con gente que a fuerza de salvarse –perdón, de creer que se salva- cada día encuentra menos motivos para sentirse parte del país. Lo único que los une al resto puede ser la selección de fútbol y alguna otra manifestación deportiva. Pero en lo demás se sienten otra cosa.
Unos tienen sus prepagas; sus hospitales; sus escuelas y universidades; sus barrios exclusivos; sus playas paquetas y su custodia propia.
Los otros van tras sus pasos, degustando las sobras de aquellos. Viviendo una especie de paquetería de segunda selección; usando las mismas marcas pero con prendas adquiridas en los outlet de la calle Aguirre, en Villa Crespo.
Si eso es lo que vale, lo que pesa
¿Cómo se le ocurre a la justicia electoral venir a joderles un domingo?
¿A cambio de qué?
¿Para qué?

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